Ortega y Gasset
Abstract
Articles in La Nación (1936) on the memoirs of Gaspar de Mestanza: the portrait of an exceptional witness of the fin de siècle generation, in which the European trusted himself most and for that very reason lost all caution — the immediate but deep cause of what is happening now. Ortega observes that history tends to switch off the light at the hour of its great mutations: when humanity is about to change, men seem to turn stupid.
Connections
Assi: Senso della storia
Posizioni: teoria delle generazioni
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Artículos publicados en La Nación de Buenos Aires,
octubre de 1936
I
Don Gaspar de Mestanza, recientemente fallecido, es uno de los pocos españoles interesantes que han nacido en los últimos cien años. Porque es forzoso reconocer que el español, tan lleno de otras virtudes más importantes, no posee casi nunca el don de interesar. Es de ordinario un hombre excelente, pero aburrido. La causa de ello acaso esté en que reacciona siempre del modo previsto y no da margen para que esperemos de él nada que no esté ya en el programa. Por esta razón la vida española ha sido siempre poco divertida, hoy como en tiempo de Viriato. Don Gaspar de Mestanza representa una egregia excepción. Era siempre otra cosa además o aparte de lo que pudiera presumirse. Ya el hecho de que haya dejado escritas unas extensísimas memorias lo demuestra. Porque ni sus amigos más próximos sospechaban que este hombre tan alegre que parecía embarcarse entero en la gracia de cada hora fuese capaz de esa periódica retirada o abandono de la vida que supone la redacción de unas memorias.
Don Gaspar de Mestanza ha muerto de ochenta años, de modo que casi un siglo entero se ha destilado por aquella alma sutilísima, que se acercaba tanto a todo, conservando, a la vez, de todo una absoluta distancia. Nació en 1855, y esto le consigna a la generación que «tuvo el grito» en las postrimerías del siglo. Fuera acaso conveniente contar algún día a los jóvenes lo que fue aquel estilo de vida que se llamó fin de siècle, y que es probablemente el más opuesto entre los imaginables al vigente hoy. Ha sido el tiempo en que el europeo sintió más radical confianza en sí mismo y en el porvenir. Ese exceso de confianza le hizo abandonarse, perder toda cautela, y quien quiera hallar la causa inmediata, pero profunda, de cuanto hoy acontece, la encontrará rebuscando en esa última quincena de la centuria. Pero no suele faltar en ninguna generación un hombre que vive un poco al fondo de la escena, un hombre deslizante, que pasa inadvertido y que es su testigo excepcional. Hombre de ojo claro y frío, implacable en el ver, que lleva, como no puede menos, en su entraña los atributos de su generación, pero que no queda sumergido en ella, sino que la mira flotando sobre ella y por eso se salva cuando ella transcurre y sigue apto para vivir otros tiempos que subsiguen. Claro que esto sólo es posible en hombre cuyo modo sustancial de vida no es la pasión, sino la visión. Esa pupila implacable de azor que otea el paisaje ha sido Mestanza durante más de cincuenta años. La muerte, al acercarse, le ha encontrado con una inteligencia tan alerta como en la hora mejor de su vida y con la mano puesta en sus Memorias, donde, no hace todavía dos meses, urdía el comentario a los últimos acontecimientos del mundo. Dotado de sin igual perspicacia para percibir los cambios de los tiempos y definirlos, su obra no tiene pareja en la bibliografía porque nunca se ha podido asistir con tanta clarividencia a cambios históricos tan radicales. La historia ha solido siempre usar de un automático pudor que le hacía apagar la luz en la hora de sus graves mutaciones, como en el teatro se hace la oscuridad al tiempo de cambiar la decoración. Cuando la humanidad va a transformarse, los hombres parecen previamente volverse tontos y no ven lo que pasa. No podrá decirse lo mismo del presente. Estas Memorias tienen la particularidad de que no cuentan muchas cosas. No tienen una intención narrativa, sino analítica. Destacan sólo ciertos hechos de la vida pública y de la vida privada —más aún, de la vida íntima— que el autor considera representativos y los somete a una pavorosa endoscopia. Mete en lo real la fina sonda que lleva al cabo una lamparita eléctrica y nos hace ver mágicamente iluminada la entraña del humano existir en sus más secretas operaciones.
Para mí lo más sorprendente en Mestanza es que hombre de tal calidad, de mente tan densa, fuese diplomático. Tal vez se trata, por mi parte, de una injusticia respecto a ese oficio. Pero debo confesar la debilidad que me hace sentir angustia y una atroz melancolía cuando en una comida me encuentro sentado junto a un diplomático. «He aquí —pienso— dos horas de mi vida, total e irremediablemente perdidas. Voy a oír una serie de anécdotas que no tienen nada que ver entre sí ni con la realidad de cosa alguna, noticias vagas sobre países que no parecen estar en el mapa, e ideas equivocadas sobre todo». El giro popular español que habla de «tomar el rábano por las hojas» parece la definición de la diplomacia. Estos hombres de la carrière son el universal casi. Son casi elegantes, casi aristócratas, casi funcionarios, casi inteligentes y casi donjuanes. Pero el casi es el vocablo de la ausencia. A veces, sin embargo —recuérdese el caso de Stendhal—, la carrera diplomática es el mejor antifaz que un hombre distante de los demás hombres puede elegir para circular entre ellos sin que sospechen los ricos hontanares de espíritu que lleva dentro. Todos los individuos auténticamente personales que he conocido tenían dos vidas —una de ellas simple coraza de la otra. Así Mestanza, que pudo pasear impunemente durante cincuenta años su hipersensibilidad por las capitales de Europa y América, merced a una vulgar máscara de diplomático. En su profesión era considerado como hombre exacto, cumplidor, y que no se dejaba sorprender nunca. Probablemente este oficio le sirvió además para vivir fuera de su país. En España sufría excesivamente, y desde lejos su nación y su raza le aparecían purificadas en la esencialidad del recuerdo y la monumentalidad de la distancia. Muchas veces le oí decir: «Al revés que en los demás europeos, lo peor en el español es la piel y el primer movimiento. El español es de cutis áspero, como papel de lija: por dentro es suave y hasta blando. En cambio, el francés, que es de cuero untuoso, tiene una hoja de aserrar en el eje de su alma». Ello es que Mestanza rehuyó siempre y cuanto pudo el contacto con la piel de sus compatriotas. En sus Memorias ha dejado observaciones sobre nuestro carácter, sobre nuestra historia, tan agudas que no creo exista nada ni de lejos parecido. Con un soberano desdén hacia los tópicos, va desde luego a las vísceras y descubre tremendos secretos de esta alma española, tan vieja y tan mal conocida. Porque si Mestanza soslayaba el contacto con sus paisanos, sentía, no obstante, una enorme curiosidad por ellos. De aquí que conociese a España mejor que nadie. Fue, con Francisco Alcántara, el primero que penetró a fondo en el terruño peninsular, que descubrió los pueblos profundos y perdidos. No era raro que desde sus remotos puestos oficiales —de Londres, de Berlín, de la América del Sur— descendiese fulminante, como un alcotán, sobre la menuda presa entrevista; sobre una vetusta villa perdida en el riñón de nuestra tierra. Vivía allí unas semanas y luego levantaba el vuelo llevándose en las garras la delicia gozada y algún secreto de España. En el tomo IV de sus Memorias hallo lo siguiente: «Debía cada cual hacer una lista de situaciones imaginarias que a su juicio representasen formas superlativas de la delicia del vivir. Yo tengo hecha esta lista, y uno de sus desiderata consiste en lo siguiente: ser inglés, que me durmiesen con un hipnótico en Oxford y me despertasen en Córdoba en un huerto de naranjos. Esa primera emoción del hombre nórdico ante la inverosimilitud del naranjo es una forma máxima de existencia». En uno de estos súbitos descensos predatorios le conocí yo, siendo casi adolescente. Fue hacia 1902. Dirigido por Alcántara, el gran maestro de los desconocidos rincones españoles, visité entonces por primera vez a Albarracín. Esta caduca ciudad lanza a las alturas su increíble perfil alucinado, agarrada a un cerro de piedra caliza que bajo el sol parece de plata. La entonces humilde y polvorienta carretera renunciaba, como hoy, a subir hasta ella y pasaba el cerro por un túnel. Allí, junto al túnel, empotrada en la roca, había una posada de cuento, tenida por una legendaria viejecita. En aquel tugurio encontré a Mestanza, que había llegado dos días antes de Berlín, donde representaba a nuestro país. Éste fue el fantástico escenario en que brotó nuestra amistad, una amistad firme y continuada que ha sido la causa de que la familia me haya entregado sus memorias al morir su admirable pariente. Yo espero dar pronto a la luz pública estos volúmenes, pero quisiera adelantar algunos extractos que den una idea anticipada de su curioso contenido.
II
Articles published in La Nación of Buenos Aires,
October 1936
I
Don Gaspar de Mestanza, recently deceased, is one of the few interesting Spaniards who have been born in the last hundred years. Because it is forced to recognize that the Spaniard, so full of other more important virtues, almost never possesses the gift of interesting. He is ordinarily an excellent man, but boring. The cause of it perhaps lies in that he always reacts in the foreseen manner and gives no margin for us to expect from him anything that is not already in the program. For this reason Spanish life has always been little fun, today as in the time of Viriato. Don Gaspar de Mestanza represents an egregious exception. He was always another thing besides or apart from what might be presumed. Already the fact that he has left written some most extensive memoirs demonstrates it. Because not even his closest friends suspected that this man so cheerful, who seemed to embark whole in the grace of every hour, should be capable of that periodic retirement or abandonment of life that the writing of memoirs supposes.
Don Gaspar de Mestanza has died at eighty years of age, so that almost a whole century has been distilled through that most subtle soul, which approached everything so closely, conserving, at the same time, of everything an absolute distance. He was born in 1855, and this consigns him to the generation that ‘had the cry’ in the last days of the century. It might be convenient one day to tell the young what that style of life was which was called fin de siècle, and which is probably the most opposite among the imaginable to the one in force today. It has been the time in which the European felt the most radical confidence in himself and in the future. That excess of confidence made him abandon himself, lose all caution, and whoever wants to find the immediate, but profound, cause of whatever today happens, will find it by rummaging in that last fortnight of the century. But there does not usually fail to be in any generation a man who lives a little at the back of the scene, a sliding man, who passes unnoticed and who is its exceptional witness. A man of clear and cold eye, implacable in seeing, who carries, as he cannot but do, in his entrails the attributes of his generation, but who does not remain submerged in it, but rather watches it floating over it and that is why he is saved when it passes away and remains apt to live other times that follow. Clearly this is only possible in a man whose substantial mode of life is not passion, but vision. That implacable goshawk pupil that scans the landscape has been Mestanza for more than fifty years. Death, on approaching, has found him with an intelligence as alert as in the best hour of his life and with his hand placed on his Memoirs, where, not yet two months ago, he was weaving the commentary on the latest events of the world. Endowed with peerless perspicacity for perceiving the changes of the times and defining them, his work has no match in the bibliography because never has one been able to attend with so much clairvoyance to historical changes so radical. History has usually always used an automatic modesty that made it put out the light in the hour of its grave mutations, as in the theatre darkness is made at the time of changing the scenery. When humanity is about to transform itself, men seem previously to become stupid and do not see what is happening. The same cannot be said of the present. These Memoirs have the particularity that they do not tell many things. They have not a narrative intention, but an analytical one. They single out only certain facts of public life and of private life —more still, of intimate life— that the author considers representative and submits them to a fearsome endoscopy. He puts into the real the fine probe that carries at its tip a little electric lamp and makes us see magically illuminated the entrails of human existing in its most secret operations.
For me the most surprising thing in Mestanza is that a man of such quality, of so dense a mind, should be a diplomat. Perhaps it is a matter, on my part, of an injustice with respect to that profession. But I must confess the weakness that makes me feel anguish and an atrocious melancholy when at a dinner I find myself seated next to a diplomat. ‘Here —I think— are two hours of my life, totally and irremediably lost. I am going to hear a series of anecdotes that have nothing to do with one another nor with the reality of anything, vague news about countries that do not seem to be on the map, and mistaken ideas about everything.’ The popular Spanish turn that speaks of ‘taking the radish by the leaves’ seems the definition of diplomacy. These men of the carrière are the almost-universal. They are almost elegant, almost aristocrats, almost functionaries, almost intelligent and almost Don Juans. But the almost is the word of absence. Sometimes, however —remember the case of Stendhal—, the diplomatic career is the best mask that a man distant from other men can choose to circulate among them without their suspecting the rich springs of spirit he carries inside. All the authentically personal individuals I have known had two lives —one of them a simple armour of the other. Thus Mestanza, who could stroll with impunity for fifty years his hypersensitivity through the capitals of Europe and America, thanks to a vulgar diplomat’s mask. In his profession he was considered an exact man, fulfilling, and who never let himself be taken by surprise. Probably this profession also served him to live outside his country. In Spain he suffered excessively, and from afar his nation and his race appeared to him purified in the essentiality of memory and the monumentality of distance. Many times I heard him say: ‘Unlike the other Europeans, the worst in the Spaniard is the skin and the first movement. The Spaniard is of rough cutis, like sandpaper: inside he is soft and even tender. In contrast, the Frenchman, who is of unctuous leather, has a saw blade in the axis of his soul.’ The fact is that Mestanza always avoided, as much as he could, contact with the skin of his compatriots. In his Memoirs he has left observations on our character, on our history, so acute that I do not believe anything even remotely similar exists. With a sovereign disdain toward commonplaces, he goes directly to the entrails and discovers tremendous secrets of this Spanish soul, so old and so poorly known. Because if Mestanza sidestepped contact with his countrymen, he felt, nonetheless, an enormous curiosity for them. Hence he knew Spain better than anyone. He was, with Francisco Alcántara, the first to penetrate thoroughly into the peninsular soil, to discover the deep and lost peoples. It was not rare that from his remote official posts —of London, of Berlin, of South America— he would descend fulminating, like a lanner, upon the minute glimpsed prey; upon an ancient town lost in the kidney of our land. He would live there some weeks and then take flight carrying in his claws the savoured delight and some secret of Spain. In volume IV of his Memoirs I find the following: ‘Each one ought to make a list of imaginary situations that in his judgment represented superlative forms of the delight of living. I have made this list, and one of its desiderata consists in the following: to be English, that they put me to sleep with a hypnotic in Oxford and wake me in Córdoba in an orange grove. That first emotion of the Nordic man before the improbability of the orange tree is a maximum form of existence.’ In one of these sudden predatory descents I met him, being almost an adolescent. It was toward 1902. Directed by Alcántara, the great master of the unknown Spanish corners, I then visited Albarracín for the first time. This decrepit city hurls to the heights its incredible hallucinated profile, clinging to a hill of limestone that under the sun seems of silver. The then humble and dusty road renounced, as today, to climb up to it and passed the hill through a tunnel. There, next to the tunnel, set into the rock, there was a fairytale inn, kept by a legendary little old woman. In that hovel I found Mestanza, who had arrived two days before from Berlin, where he represented our country. This was the fantastic stage on which our friendship blossomed, a firm and continued friendship that has been the cause that the family has delivered to me his memoirs upon the death of his admirable relative. I hope soon to bring to public light these volumes, but I would like to advance some extracts that give an anticipated idea of their curious content.
II
Articoli pubblicati su La Nación di Buenos Aires,
ottobre 1936
I
Don Gaspar de Mestanza, recentemente scomparso, è uno dei pochi spagnoli interessanti che siano nati negli ultimi cento anni. Perché è forzoso riconoscere che lo spagnolo, tanto pieno di altre virtù più importanti, non possiede quasi mai il dono di interessare. È di ordinario un uomo eccellente, ma noioso. La causa di ciò forse sta in che reagisce sempre del modo previsto e non dà margine perché aspettiamo da lui nulla che non sia già nel programma. Per questa ragione la vita spagnola è stata sempre poco divertente, oggi come al tempo di Viriato. Don Gaspar de Mestanza rappresenta un’egregia eccezione. Era sempre un’altra cosa inoltre o a parte di ciò che potesse presumersi. Già il fatto che abbia lasciato scritte delle estesissime memorie lo dimostra. Perché nemmeno i suoi amici più prossimi sospettavano che quest’uomo tanto allegro che sembrava imbarcarsi intero nella grazia di ogni ora fosse capace di quella periodica ritirata o abbandono della vita che suppone la redazione di delle memorie.
Don Gaspar de Mestanza è morto di ottant’anni, di modo che quasi un secolo intero si è distillato per quella anima sottilissima, che si avvicinava tanto a tutto, conservando, a un tempo, di tutto un’assoluta distanza. Nacque nel 1855, e questo lo consegna alla generazione che «ebbe il grido» nelle postrimerie del secolo. Sarebbe forse conveniente contare un giorno ai giovani ciò che fu quello stile di vita che si chiamò fin de siècle, e che è probabilmente il più opposto tra gli immaginabili al vigente oggi. È stato il tempo in cui l’europeo sentì più radicale fiducia in sé stesso e nell’avvenire. Quell’eccesso di fiducia lo fece abbandonarsi, perdere ogni cautela, e chi voglia trovare la causa immediata, ma profonda, di quanto oggi accade, la troverà ricercando in quell’ultima quindicina della centuria. Ma non suole mancare in nessuna generazione un uomo che vive un poco al fondo della scena, un uomo sdrucciolevole, che passa inavvertito e che è il suo testimone eccezionale. Uomo di occhio chiaro e freddo, implacabile nel vedere, che porta, come non può non fare, nelle sue viscere gli attributi della sua generazione, ma che non resta sommerso in essa, bensì la guarda fluttuando sopra di essa e perciò si salva quando essa trascorre e segue atto a vivere altri tempi che subsieguono. Chiaro che questo solo è possibile in uomo il cui modo sostanziale di vita non è la passione, ma la visione. Quella pupilla implacabile di astore che spia il paesaggio è stato Mestanza per più di cinquant’anni. La morte, al avvicinarsi, l’ha trovato con un’intelligenza tanto all’erta come nell’ora migliore della sua vita e con la mano posta sulle sue Memorie, dove, non ancora due mesi fa, ordiva il commento agli ultimi avvenimenti del mondo. Dotato di senza pari perspicacia per percepire i cambiamenti dei tempi e definirli, la sua opera non ha pariglia nella bibliografia perché non si è mai potuto assistere con tanta chiaroveggenza a cambiamenti storici tanto radicali. La storia ha solito sempre usare di un automatico pudore che le faceva spegnere la luce nell’ora delle sue gravi mutazioni, come nel teatro si fa l’oscurità al tempo di cambiare la decorazione. Quando l’umanità sta per trasformarsi, gli uomini sembrano preventivamente diventare tonti e non vedono ciò che passa. Non potrà dirsi lo stesso del presente. Queste Memorie hanno la particolarità che non contano molte cose. Non hanno un’intenzione narrativa, ma analitica. Distaccano solo certi fatti della vita pubblica e della vita privata —più ancora, della vita intima— che l’autore considera rappresentativi e li sottopone a una paurosa endoscopia. Mete nel reale la sonda fine che porta al suo capo una lampadina elettrica e ci fa vedere magicamente illuminata la viscere dell’umano esistere nelle sue più segrete operazioni.
Per me la cosa più sorprendente in Mestanza è che uomo di tale qualità, di mente tanto densa, fosse diplomatico. Forse si tratta, da parte mia, di un’ingiustizia rispetto a quel mestiere. Ma devo confessare la debolezza che mi fa sentire angoscia e un’atroce malinconia quando in un pranzo mi trovo seduto accanto a un diplomatico. «Ecco —penso— due ore della mia vita, total e irremediabilmente perdute. Vado a sentire una serie di aneddoti che non hanno nulla a che vedere tra loro né con la realtà di cosa alcuna, notizie vaghe su paesi che non sembrano essere sulla mappa, e idee sbagliate su tutto». Il giro popolare spagnolo che parla di «prendere il rafano per le foglie» sembra la definizione della diplomazia. Questi uomini della carrière sono l’universale quasi. Sono quasi eleganti, quasi aristocratici, quasi funzionari, quasi intelligenti e quasi dongiovanni. Ma il quasi è il vocabolo dell’assenza. A volte, tuttavia —si ricordi il caso di Stendhal—, la carriera diplomatica è il miglior antifaccia che un uomo distante dagli altri uomini possa scegliere per circolare tra essi senza che sospettino i ricchi fonti di spirito che porta dentro. Tutti gli individui autenticamente personali che ho conosciuto avevano due vite —una di esse semplice corazza dell’altra. Così Mestanza, che poté passeggiare impunemente per cinquant’anni la sua ipersensibilità per le capitali d’Europa e d’America, mercé una volgare maschera di diplomatico. Nella sua professione era considerato come uomo esatto, compiente, e che non si lasciava sorprendere mai. Probabilmente questo mestiere gli servì inoltre per vivere fuori del suo paese. In Spagna soffriva eccessivamente, e da lontano la sua nazione e la sua razza gli apparivano purificate nell’essenzialità del ricordo e la monumentalità della distanza. Molte volte gli sentii dire: «Al rovescio degli altri europei, il peggio nello spagnolo è la pelle e il primo movimento. Lo spagnolo è di cute aspra, come carta vetrata: per dentro è morbido e finanche tenero. In cambio, il francese, che è di cuoio untuoso, ha una lama di sega nell’asse della sua anima». Il fatto è che Mestanza rifuggì sempre e quanto poté il contatto con la pelle dei suoi compatrioti. Nelle sue Memorie ha lasciato osservazioni sul nostro carattere, sulla nostra storia, tanto acute che non credo esista nulla nemmeno da lontano simile. Con un sovrano disdegno verso i luoghi comuni, va senz’altro alle viscere e scopre tremendi segreti di quest’anima spagnola, tanto vecchia e tanto mal conosciuta. Perché se Mestanza scansava il contatto con i suoi paesani, sentiva, nondimeno, un’enorme curiosità per essi. Di qui che conoscesse la Spagna meglio di nessuno. Fu, con Francisco Alcántara, il primo che penetrò a fondo nel terriccio peninsulare, che scoprì i popoli profondi e perduti. Non era raro che dai suoi remoti posti ufficiali —da Londra, da Berlino, dall’America del Sud— discendesse fulminante, come un falco, sulla minuta preda intravista; su una vetusta villa perduta nel rene della nostra terra. Viveva lì alcune settimane e poi levava il volo portando negli artigli la delizia goduta e qualche segreto di Spagna. Nel tomo IV delle sue Memorie trovo quanto segue: «Dovrebbe ciascuno fare una lista di situazioni immaginarie che a suo giudizio rappresentassero forme superlative della delizia del vivere. Io ho fatta questa lista, e uno dei suoi desiderata consiste in quanto segue: essere inglese, che mi addormentassero con un ipnotico a Oxford e mi svegliassero a Córdoba in un frutteto di aranci. Quella prima emozione dell’uomo nordico dinanzi all’inverosimiglianza dell’arancio è una forma massima di esistenza». In uno di questi subitanei discorsi predatorii lo conobbi io, essendo quasi adolescente. Fu verso il 1902. Diretto da Alcántara, il gran maestro degli sconosciuti angoli spagnoli, visitai allora per la prima volta Albarracín. Questa caduca città lancia alle altezze il suo incredibile profilo allucinato, aggrappata a un colle di pietra calcarea che sotto il sole sembra di argento. L’allora umile e polverosa carreggiata rinunciava, come oggi, a salire fino ad essa e passava il colle per un tunnel. Lì, accanto al tunnel, incassata nella roccia, c’era una locanda da fiaba, tenuta da una leggendaria vecchietta. In quel tugurio trovai Mestanza, che era arrivato due giorni prima da Berlino, dove rappresentava il nostro paese. Questo fu il fantastico scenario in cui sbocciò la nostra amicizia, un’amicizia ferma e continuata che è stata la causa per cui la famiglia mi ha consegnato le sue memorie al morire il suo ammirevole parente. Io spero dare presto alla luce pubblica questi volumi, ma vorrei anticipare alcuni estratti che diano un’idea anticipata del suo curioso contenuto.
II
En el mismo tomo IV, que corresponde, aproximadamente a su cincuentena, escribe Mestanza: «Al llegar a cierta altura de su transcurso, nuestra vida hace automáticamente balance definitivo de sus experiencias en un cierto orden de asuntos. No por ser tan normal es menos extraño el fenómeno a que aludo. Porque esa operación de balance y cierre de cuentas respecto a un tema vital —al amor y la mujer, por ejemplo, o bien sobre lo que se espera de nuestro pueblo y de los demás, o bien sobre la política— va motivada por una absoluta convicción de que ya hemos hecho todas las experiencias acerca de él que podemos hacer. Y esto es lo extraño: ¿cómo sabe nuestra vida de antemano que ya no va a experimentar nada nuevo en aquel orden? Nada tiene que ver este balance auténticamente definitivo e inexorable con otros que hacemos en alguna hora patética y de cuya insinceridad nos damos cuenta. En éstos nos sentimos histriones de nuestra propia vida. (Sería interesante, por cierto, estudiar el histrionismo que el hombre menos histrión segrega a lo largo de su vida, como si ésta necesitase de cuando en cuando darse espectáculos íntimos). El balance a que me refiero lleva en sí mismo la garantía de su autenticidad; sabe que no es ficción y que es irremediable; más aún, se lo encuentra uno hecho y terriblemente concluso.
»Es una inapelable conciencia de que ya sabemos lo que es el amor, lo que es la mujer, lo que es nuestro pueblo, lo que es la política, y, a la vez, sabemos por qué antes no lo sabíamos y caminábamos a ciegas no obstante la fingida seguridad que aparentábamos. Este saber no tiene un carácter intelectual o teórico, no es siquiera un saber formulado y acaso sea informulable. Sin embargo, está ahí, interviniendo activamente en nuestra vida, como una luz soberana, como un incontrovertible mandato. Si intentamos iniciar un nuevo amor, advertimos al punto que nos es imposible porque se nos presenta desde luego con implacable evidencia toda su trayectoria y no nos deja márgenes de indecisión donde puedan fermentar las ilusiones.
»No debiera, después de todo, sorprendernos tanto la cosa porque la vida será todo lo rica, varia y profunda que se quiera, pero es, al fin y al cabo, una realidad finita, determinada. Irla viviendo es, a la par, irla conociendo, y este conocimiento llega en un cierto momento a su propia plenitud. En cada orden de asuntos tardaremos más o menos tiempo, pero en casi todos concluimos por haber dado la vuelta entera alrededor de ellos. Tal vez es ésta la expresión que mejor declara la plenitud de conocimiento en que, queramos o no, nos sentimos estar: haber dado la vuelta entera al tema, haberlo visto por todas sus caras. Antes, como nos faltaba alguna cara por ver, nuestro conocimiento no se cerraba sobre sí mismo, no era hermético, y en aquel vacío de intuición hacían su nido las ilusiones y ponían su trampa las generosas esperanzas. Como el hombre, en lo que depende de su voluntad, es por naturaleza tramposo, quisiera prolongar indefinidamente este estado de conocimiento insuficiente y abierto a nuevas posibilidades, pero la vida no le deja, y una cierta mañana se encuentra con que su saber sobre el amor, sobre su pueblo, sobre sí mismo, está ya completo y cerrado. ¡Adiós, las penumbras deliciosas! Hay que vivir en adelante bajo una cruda luz de mediodía. Todo está claro, ferozmente diáfano: cada cosa es lo que es y nada más. La existencia se despoja de las ilusiones, acariciadoras pero fraudulentas. En cambio, brota en nosotros una sorprendente sensación de dominio sobre la vida, una sensación rara que se asemeja a la que experimentamos sobre una comarca cuyos caminos y sitios conocemos perfectamente y al movernos por la cual llevamos con toda claridad en la mente su plano».
En las Memorias de Gaspar de Mestanza encuentro dos momentos en que el autor, sin declararlo expresamente, hace sendos cierres de cuentas. Uno de ellos se refiere a la faena sentimental que representa para el hombre el trato con la mujer; otro: atañadero a la política. Cuando hace el primero, Mestanza debía tener cincuenta años. El segundo coincide con los sesenta y tres o sesenta y cuatro. Por cierto que, al desarrollar sus ideas definitivas in eroticis, Mestanza escribe lo siguiente: «Tres veces, por lo menos, he dado por concluida mi juventud y me he colocado íntima y externamente en la actitud de un hombre que va a vivir en los modos de la madurez. Pero, con enorme sorpresa mía, me encontré otras tantas con que había padecido un error óptico. Me fue forzoso reconocer que, por debajo de mi juicio que decretaba el término de mi juventud, seguía ésta fluyendo con todos sus esenciales atributos. La primera vez fue a los treinta y dos años. La segunda a los cuarenta. La tercera a los cuarenta y cinco. ¿No es cómica esta situación? Me parece la contrapartida de la otra situación cómica en que el hombre resueltamente decrépito sigue creyéndose joven. Cuando analizo el porqué de aquella ilusión óptica, hallo pronto su causa. Se trata del influjo pasmoso que las ideas vulgarmente extendidas tienen sobre nosotros. En mi tiempo existía con plena vigencia la idea de que la juventud está adscrita a la veintena. Adviértase, por ejemplo, que toda mi generación se sabía de memoria unos ridículos versos de don Gaspar Núñez de Arce que comenzaban así:
¡Treinta años! ¡Quién me diría
que tuviera al cabo de ellos,
si no blancos mis cabellos,
el alma apagada y fría!
»Todos, pues, esperábamos el día de cumplir los treinta años para asistir, con ingenua y secreta curiosidad, a ese fenómeno de congelación anímica. Pero esa idea que en los versos deplorables de Núñez de Arce toma un aspecto ridículo era incuestionablemente una opinión seria que se había formado con plena solidez. ¿Es posible que apreciaciones tan sustantivas sobre el proceso normal de nuestra existencia se formen de un modo completamente arbitrario? No lo creo. Más verosímil me parece suponer que la vida humana modifica la extensión de sus diversas sazones y que la juventud dura más en ciertas épocas que en otras o empieza antes y es antes desalojada por la madurez. No hay duda, por ejemplo, de que los hombres de 1800 a 1840 dejaban más pronto de ser adolescentes y concluían antes de ser jóvenes. Los románticos son gente prematura. Producen su obra en lo que hoy se consideraría casi la niñez. Y me refiero lo mismo a los poetas que a los políticos y a los industriales. En las novelas de Balzac sorprende que duquesas de veinticuatro años descubran a sus amantes adolescentes, en largas y elocuentes tiradas, todos los secretos de la perversa sociedad. Balzac exageraba, toda su obra es un edificio construido por la exageración. Pero, aun descontando ésta, no poco de verdad debía quedar en el comportamiento de sus personajes. De otro modo, no hubieran parecido tolerables a sus contemporáneos.
»Es, pues, forzoso reconocer que en la primera mitad del siglo último el proceso de la vida humana marchaba a mayor velocidad. Durante mi vida he podido observar cómo este proceso se iba haciendo más lento: los muchachos prolongaban más su puericia, la juventud empezaba más tarde y la madurez venía a establecerse en una edad que los románticos llamaban senectud. Esto explica que las ideas tópicas sobre las edades no coincidían con la marcha que éstas han llevado en mi vida. Hoy veo que el antiguo canon sobre las fechas normales de la juventud y la madurez ha perdido vigencia, pero no creo que se haya formado aún otro nuevo y el individuo puede vacar libremente a ser joven o a ser viejo, conforme se le antoje».
III
«Cuando miro al trasluz —escribe Mestanza en el tomo VI de sus Memorias— los cuarenta años y pico de mi vida diplomática, veo en su ámbito agitarse, como infusorios en un líquido corrupto, los innumerables políticos que he conocido. He visto pasar por delante de mí los gobernantes de casi todos los países y los que aspiraban a serlo. ¿Qué impresión ha depositado en el fondo de mi ser esa fabulosa muchedumbre de personajes, a que fuera preciso añadir la recibida en mis lecturas históricas, continuadas durante medio siglo? No me es fácil enunciarla porque me repugnan las extravagancias, y aquella impresión lo es a fondo y sin remedio. Yo preferiría poder incriminar esa opinión mía sobre los políticos encontrando algún pretexto para descalificarla ante mi propio juicio.
In the same volume IV, which corresponds, approximately, to his fifties, Mestanza writes: ‘On reaching a certain height of its course, our life automatically makes a definitive balance of its experiences in a certain order of matters. Not because it is so normal is the phenomenon I allude to less strange. Because that operation of balance and closing of accounts with respect to a vital theme —love and woman, for example, or else on what is expected of our people and of the others, or else on politics— is motivated by an absolute conviction that we have already made all the experiences about it that we can make. And this is the strange thing: how does our life know in advance that it is not going to experience anything new in that order? Nothing has to do this authentically definitive and inexorable balance with others that we make in some pathetic hour and whose insincerity we realize. In these we feel ourselves histrions of our own life. (It would be interesting, for sure, to study the histrionism that the least histrionic man secretes along his life, as if it needed from time to time to give itself intimate spectacles). The balance to which I refer carries in itself the guarantee of its authenticity; it knows that it is not fiction and that it is irremediable; more still, one finds it already made and terribly concluded.
‘It is an unappealable consciousness that we already know what love is, what woman is, what our people is, what politics is, and, at once, we know why before we did not know it and walked blindly notwithstanding the feigned security we pretended. This knowledge does not have an intellectual or theoretical character, it is not even a formulated knowledge and perhaps it is unformulable. However, it is there, intervening actively in our life, like a sovereign light, like an incontrovertible command. If we try to begin a new love, we notice at once that it is impossible for us because its whole trajectory presents itself to us from the outset with implacable evidence and leaves us no margins of indecision where illusions can ferment.
‘It should not, after all, surprise us so much the thing because life will be all the rich, various and profound one wishes, but it is, when all is said and done, a finite, determinate reality. To go living it is, at once, to go knowing it, and this knowledge arrives at a certain moment at its own plenitude. In each order of matters we shall take more or less time, but in almost all we end by having gone the whole way round them. Perhaps it is this the expression that best declares the plenitude of knowledge in which, whether we want or not, we feel ourselves to be: to have gone the whole way round the theme, to have seen it on all its faces. Before, as some face was missing for us to see, our knowledge did not close upon itself, was not hermetic, and in that void of intuition the illusions made their nest and the generous hopes set their trap. As man, in what depends on his will, is by nature a trickster, he would like to prolong indefinitely this state of insufficient knowledge and open to new possibilities, but life does not let him, and one certain morning he finds that his knowledge about love, about his people, about himself, is already complete and closed. Goodbye, the delicious penumbras! One has to live henceforth under a crude light of midday. Everything is clear, fiercely diaphanous: each thing is what it is and nothing more. Existence strips itself of the illusions, caressing but fraudulent. In exchange, there springs up in us a surprising sensation of dominion over life, a rare sensation that resembles the one we experience over a region whose roads and sites we know perfectly and moving through which we carry with all clarity in our mind its plan.’
In the Memoirs of Gaspar de Mestanza I find two moments in which the author, without declaring it expressly, makes two respective closings of accounts. One of them refers to the sentimental task that the dealing with woman represents for man; another: concerning politics. When he makes the first, Mestanza must have been fifty years old. The second coincides with the sixty-three or sixty-four. By the way, in developing his definitive ideas in eroticis, Mestanza writes the following: ‘Three times, at least, I have given my youth for concluded and I have placed myself intimately and externally in the attitude of a man who is going to live in the modes of maturity. But, to my enormous surprise, I found myself as many times having suffered an optical error. It was forced on me to recognize that, underneath my judgment that decreed the end of my youth, it continued flowing with all its essential attributes. The first time was at thirty-two years. The second at forty. The third at forty-five. Is this situation not comic? It seems to me the counterpart of the other comic situation in which the resolutely decrepit man continues believing himself young. When I analyze the why of that optical illusion, I soon find its cause. It is a matter of the astonishing influence that vulgarly widespread ideas have on us. In my time there existed with full force the idea that youth is attached to the twenties. Note, for example, that my whole generation knew by heart some ridiculous verses of don Gaspar Núñez de Arce that began thus:
Thirty years! Who would tell me
that at their end I should have,
if not white my hairs,
the soul dimmed and cold!
‘We all, then, waited for the day of turning thirty to attend, with naive and secret curiosity, that phenomenon of soul-freezing. But that idea that in the deplorable verses of Núñez de Arce takes a ridiculous aspect was unquestionably a serious opinion that had been formed with full solidity. Is it possible that appreciations so substantive about the normal process of our existence are formed in a completely arbitrary manner? I do not think so. More verisimilar seems to me to suppose that human life modifies the extension of its diverse seasons and that youth lasts longer in certain epochs than in others or begins before and is before dispossessed by maturity. There is no doubt, for example, that the men of 1800 to 1840 stopped being adolescents sooner and finished being young sooner. The romantics are premature people. They produce their work in what today would be considered almost childhood. And I refer alike to the poets as to the politicians and the industrialists. In Balzac’s novels it surprises that duchesses of twenty-four discover to their adolescent lovers, in long and eloquent tirades, all the secrets of the perverse society. Balzac exaggerated, all his work is an edifice built by exaggeration. But, even discounting this, not a little truth must have remained in the behaviour of his characters. Otherwise, they would not have seemed tolerable to his contemporaries.
‘It is, then, forced to recognize that in the first half of the last century the process of human life marched at greater speed. During my life I have been able to observe how this process was becoming slower: the boys prolonged more their boyhood, youth began later and maturity came to establish itself at an age that the romantics called senectitude. This explains that the topical ideas about the ages did not coincide with the march that these have carried in my life. Today I see that the ancient canon on the normal dates of youth and maturity has lost force, but I do not believe that another new one has yet been formed and the individual can freely be young or be old, as he pleases.’
III
‘When I look against the light —writes Mestanza in volume VI of his Memoirs— at the forty-odd years of my diplomatic life, I see in its ambit agitating, like infusorians in a corrupt liquid, the innumerable politicians I have known. I have seen pass before me the rulers of almost all countries and those who aspired to be so. What impression has deposited in the depth of my being that fabulous multitude of personages, to which it would be necessary to add that received in my historical readings, continued during half a century? It is not easy for me to enunciate it because extravagances are repugnant to me, and that impression is one to the core and without remedy. I would prefer to be able to incriminate this opinion of mine about politicians by finding some pretext to disqualify it before my own judgment.’
Nello stesso tomo IV, che corrisponde, approssimativamente, alla sua cinquantina, scrive Mestanza: «Al giungere a certa altezza del suo trascorso, la nostra vita fa automaticamente bilancio definitivo delle sue esperienze in un certo ordine di affari. Non per essere tanto normale è meno strano il fenomeno a cui alludo. Perché quella operazione di bilancio e chiusura di conti rispetto a un tema vitale —all’amore e alla donna, per esempio, o anche su ciò che si aspetta dal nostro popolo e dagli altri, o anche sulla politica— va motivata da un’assoluta convinzione che abbiamo già fatte tutte le esperienze su di esso che possiamo fare. E questo è lo strano: come sa la nostra vita in anticipo che non andrà più a sperimentare nulla di nuovo in quell’ordine? Nulla ha a che vedere questo bilancio autenticamente definitivo e inesorabile con altri che facciamo in qualche ora patetica e della cui insincerità ci rendiamo conto. In questi ci sentiamo istrioni della nostra propria vita. (Sarebbe interessante, per certo, studiare l’istrionismo che l’uomo meno istrione secerne lungo la sua vita, come se questa necessitasse di quando in quando di darsi spettacoli intimi). Il bilancio a cui mi riferisco porta in sé stesso la garanzia della sua autenticità; sa che non è finzione e che è irremediabile; più ancora, se lo trova uno fatto e terribilmente concluso.
»È una inappellabile coscienza che già sappiamo ciò che è l’amore, ciò che è la donna, ciò che è il nostro popolo, ciò che è la politica, e, a un tempo, sappiamo perché prima non lo sapevamo e camminavamo a cieche nonostante la finta sicurezza che apparenzavamo. Questo sapere non ha un carattere intellettuale o teorico, non è nemmeno un sapere formulato e forse è informulabile. Tuttavia, è lì, intervenendo attivamente nella nostra vita, come una luce sovrana, come un incontrovertibile mandato. Se tentiamo di iniziare un nuovo amore, avvertiamo al punto che ci è impossibile perché si presenta senz’altro con implacabile evidenza tutta la sua traiettoria e non ci lascia margini di indecisione dove possano fermentare le illusioni.
»Non dovrebbe, dopo tutto, sorprenderci tanto la cosa perché la vita sarà tutto il ricca, varia e profonda che si voglia, ma è, in fin dei conti, una realtà finita, determinata. Andarla vivendo è, a un tempo, andarla conoscendo, e questa conoscenza giunge in un certo momento alla sua propria pienezza. In ogni ordine di affari tarderemo più o meno tempo, ma in quasi tutti concludiamo per aver dato la volta intera intorno ad essi. Forse è questa l’espressione che meglio dichiara la pienezza di conoscenza in cui, vogliamo o no, ci sentiamo essere: aver dato la volta intera al tema, averlo visto per tutte le sue facce. Prima, come ci mancava qualche faccia da vedere, la nostra conoscenza non si chiudeva su sé stessa, non era ermetica, e in quel vuoto di intuizione facevano il nido le illusioni e ponevano la loro trappola le generose speranze. Come l’uomo, in ciò che dipende dalla sua volontà, è per natura truffaldino, vorrebbe prolungare indefinitamente questo stato di conoscenza insufficiente e aperto a nuove possibilità, ma la vita non glielo lascia, e una certa mattina si trova con che il suo sapere sull’amore, sul suo popolo, su sé stesso, è già completo e chiuso. Addio, le penombre deliziose! Bisogna vivere in avanti sotto una cruda luce di mezzogiorno. Tutto è chiaro, ferocemente diafano: ogni cosa è ciò che è e niente di più. L’esistenza si spoglia delle illusioni, carezzevoli ma fraudolente. In cambio, sboccia in noi una sorprendente sensazione di dominio sulla vita, una sensazione rara che si assomiglia a quella che sperimentiamo sopra una contrada i cui cammini e luoghi conosciamo perfettamente e muovendoci per la quale portiamo con tutta chiarezza nella mente la sua pianta».
Nelle Memorie di Gaspar de Mestanza trovo due momenti in cui l’autore, senza dichiararlo espressamente, fa altrettante chiusure di conti. Uno di essi si riferisce alla faccenda sentimentale che rappresenta per l’uomo il tratto con la donna; altro: attinente alla politica. Quando fa il primo, Mestanza doveva avere cinquant’anni. Il secondo coincide con i sessantatré o sessantaquattro. Per certo che, al sviluppare le sue idee definitive in eroticis, Mestanza scrive quanto segue: «Tre volte, almeno, ho dato per conclusa la mia gioventù e mi sono collocato intima ed esternamente nell’atteggiamento di un uomo che andrà a vivere nei modi della maturità. Ma, con enorme sorpresa mia, mi trovai altrettante volte con che avevo patito un errore ottico. Mi fu forzoso riconoscere che, per sotto il mio giudizio che decretava il termine della mia gioventù, seguiva questa fluendo con tutti i suoi essenziali attributi. La prima volta fu ai trentadue anni. La seconda ai quaranta. La terza ai quarantacinque. Non è comica questa situazione? Mi sembra la contropartita dell’altra situazione comica in cui l’uomo risolutamente decrepito segue credendosi giovane. Quando analizzo il perché di quella illusione ottica, trovo presto la sua causa. Si tratta dell’influsso pasmoso che le idee volgarmente estese hanno su di noi. Nel mio tempo esisteva con piena vigenza l’idea che la gioventù è ascritta alla ventina. Avvertasi, per esempio, che tutta la mia generazione sapeva a memoria dei ridicoli versi di don Gaspar Núñez de Arce che cominciavano così:
¡Trent’anni! Chi mi direbbe
che avessi al termine di essi,
se non bianchi i miei capelli,
l’anima spenta e fredda!
»Tutti, dunque, aspettavamo il giorno di compiere i trent’anni per assistere, con ingenua e segreta curiosità, a quel fenomeno di congelazione animica. Ma quell’idea che nei versi deplorevoli di Núñez de Arce prende un aspetto ridicolo era incuestionabilmente un’opinione seria che si era formata con piena solidità. È possibile che apprezzazioni tanto sostantive sul processo normale della nostra esistenza si formino di un modo completamente arbitrario? Non lo credo. Più verosimile mi sembra supporre che la vita umana modifichi l’estensione delle sue diverse stagioni e che la gioventù duri di più in certe epoche che in altre o cominci prima e sia prima sfrattata dalla maturità. Non c’è dubbio, per esempio, che gli uomini dal 1800 al 1840 lasciavano più presto di essere adolescenti e concludevano prima di essere giovani. I romantici sono gente prematura. Producono la loro opera in ciò che oggi si considererebbe quasi l’infanzia. E mi riferisco ugualmente ai poeti che ai politici e agli industriali. Nei romanzi di Balzac sorprende che duchesse di ventiquattro anni scoprano ai loro amanti adolescenti, in lunghe ed eloquenti tirate, tutti i segreti della perversa società. Balzac esagerava, tutta la sua opera è un edificio costruito dall’esagerazione. Ma, anche scontando questa, non poco di verità doveva restare nel comportamento dei suoi personaggi. Altrimenti, non sarebbero sembrati tollerabili ai suoi contemporanei.
»È, dunque, forzoso riconoscere che nella prima metà del secolo scorso il processo della vita umana marciava a maggior velocità. Durante la mia vita ho potuto osservare come questo processo si andasse facendo più lento: i ragazzi prolungavano più la loro puerizia, la gioventù cominciava più tardi e la maturità veniva a stabilirsi in un’età che i romantici chiamavano senilità. Questo spiega che le idee topiche sulle età non coincidessero con la marcia che queste hanno portato nella mia vita. Oggi vedo che l’antico canone sulle date normali della gioventù e della maturità ha perso vigore, ma non credo che si sia formato ancora un altro nuovo e l’individuo può vacare liberamente a essere giovane o a essere vecchio, conforme gli si antoji».
III
«Quando guardo controluce —scrive Mestanza nel tomo VI delle sue Memorie— i quarant’anni e passa della mia vita diplomatica, vedo nel suo ambito agitarsi, come infusorii in un liquido corrotto, gli innumerevoli politici che ho conosciuto. Ho visto passare davanti a me i governanti di quasi tutti i paesi e quelli che aspiravano a esserlo. Che impressione ha depositato nel fondo del mio essere quella favolosa moltitudine di personaggi, a cui fosse preciso aggiungere la ricevuta nelle mie letture storiche, continuate durante mezzo secolo? Non mi è facile enunciarla perché mi ripugnano le stravaganze, e quella impressione lo è a fondo e senza rimedio. Io preferirei poter incriminare questa mia opinione sui politici trovando qualche pretesto per squalificarla dinanzi al mio proprio giudizio.
»Hay opiniones en cuya formación nos damos cuenta de haber intervenido: las hemos buscado y solicitado, las hemos ido urdiendo, por decirlo así, con nuestras manos y conocemos el secreto lugar de ellas donde, para redondearlas, les dimos un ligero coup de pouce que acaso es arbitrario o, por lo menos, no impuesto ineludiblemente por los hechos. Pero hay otras opiniones de que nos sabemos por completo inocentes. Nunca intentamos formárnoslas, no fuimos ni remotamente sus conscientes creadores. Al contrario: nos las encontramos un buen día formadas en nosotros por generación espontánea, sin que sepamos de dónde vinieron y cuál ha sido su gestación. Por lo visto, en nuestro roce con la realidad, se han ido poco a poco precipitando en nosotros, como mecánicamente, en virtud de cierta secreta química tan solapada que ha ido operando a espaldas de nuestra íntima vigilancia. Ello es que, precisamente por no ser obra nuestra, no podemos nada frente a estas opiniones que ejercen un influjo inexorable sobre nosotros».
No se puede negar el acierto de esta distinción establecida por Mestanza en la fauna de nuestras opiniones, aunque le falte la clave última de ella. Mestanza, que era un formidable analítico de la vida humana, no fue un filósofo. Leyó mucho sobre las disciplinas filosóficas, sobre todo psicología y sociología, pero en sus meditaciones, aun aprovechando todos esos conocimientos con evidente garbo, suele detenerse allí donde el análisis de la vida en concreto había de despegar, como dicen los aviadores, y lanzarse a las abstracciones ontológicas. Ésta es acaso la enorme utilidad que encuentro en su manera y en su obra. Porque la vida humana, aunque resulte escandaloso advertirlo, es una realidad sobre la cual se ha pensado todavía muy poco en forma deliberada y no es posible, como hoy intentamos, plantear los últimos problemas filosóficos a que ella incita sin que hayamos antes dominado un poco más los caracteres de su estructura concreta. Entre la mera observación de sus hechos singulares, es decir, el puro, espontáneo empirismo, y las sumas generalizaciones de la filosofía hay una zona intermedia que corresponde en este tema humano a lo que es la física frente a los fenómenos materiales.
Pero nos importa, más que precisar el estilo intelectual de Mestanza, entresacar algunas de sus ideas sobre asuntos que hoy nos urgen e intrigan. No puede decirse que el amor y la mujer pertenezcan a esta clase. Será penoso o venturoso, pero es un hecho que hoy escasea el humor para hablar sobre el amor. Aprietan demasiado las cuestiones públicas para que nuestra vida encuentre ante sí espacio libre suficiente donde entregarse con morosidad a esas ocupaciones privadas. Tal vez es este hecho uno de los síntomas más terribles de nuestra época. No podía haber pasado inadvertido a Mestanza, que, como he dicho, vivió siempre con pupila de cazador, atento a los «cambios de los tiempos». «Si se me pregunta —dice en el tomo V, capítulo noveno— cuál ha sido la transformación más grande a que he asistido, no vacilaré en afirmar que la acontecida en lo que va de siglo XX —¡y no antes, conste!— respecto al radio de individuación concedido al hombre. Reconozco que la expresión es abstrusa, pedante y nada afortunada, pero no encuentro otra. Todo será que me esfuerce un poco en aclararla. Me sorprende que los historiadores no hayan caído en la cuenta de que una de las magnitudes decisivas para resolver la ecuación que nos permite comprender una época, consiste en determinar la medida en que, durante ella, podía y tenía el hombre que comportarse según su individual inspiración. Probablemente no hay en toda la historia dos épocas que hayan dejado al hombre ser individuo en la misma dosis. Lo más frecuente ha sido que al hombre le sean impuestas formas de comportamiento —modos de pensar, sentir y actuar— por la colectividad en que vive, de suerte tal que apenas queda en su vida dimensión alguna donde pueda vivir por cuenta propia. Por supuesto, jamás ha acontecido ni acontecerá que el hombre pueda conducirse exclusivamente según su personal gobierno. Una criatura humana en cuya existencia no tuviesen la menor intervención usos, costumbres y leyes —por tanto, lo social— no podría sostenerse porque ello implicaría tener que inventar en absoluto con la propia Minerva todos sus pensamientos, deseos y medios de satisfacerlos. El problema empezaría al despertarse con el natural apetito mañanero. ¿Qué desayunar? Por fortuna la sociedad sale al paso de ese problema ofreciéndonos cierto repertorio de costumbres alimenticias matinales entre las cuales nos es relativamente fácil elegir. Sin este auxilio de la sociedad como directora de nuestra conducta, cada paso sería para nosotros un conflicto. ¿Qué hacer, por ejemplo, al entrar en una reunión? ¿Cómo resolver el peculiar problema consistente en el primer acto de nuestra relación con otros hombres, ese acto inicial, previo a todos los demás que motivan nuestra aproximación? La dificultad nos es dada hoy tan resuelta que casi nos cuesta trabajo representárnosla. Pero imagínense dos hombres que nunca se han visto y que se encuentran de pronto en un desierto. Cada uno ignora las intenciones del otro: ¿es un enemigo?, ¿es un necesitado pacífico? Evidentemente se hace preciso un acto que preceda a todos los demás y cuya única finalidad resida en mostrar la intención benévola de ambos, que constituya desde luego el área de trato sobre la cual van a moverse los actos subsecuentes. La sociedad nos ahorra el esfuerzo y el riesgo de inventar ese comportamiento inicial adelantándonos próvida el uso del saludo, un acto convencional, en sí mismo ridículo, pero que sirve a aquel ineludible menester de iniciar la relación. Entre los tuaregs, hombres de auténtico desierto, el uso salutatorio tiene que ser muy cauteloso y se desarrolla en largo ceremonial que dura aproximadamente media hora. Hoy en Europa, que es lo contrario del desierto, donde la población es demasiado densa, basta con un rápido apretón de manos, y, a lo que veo, este mínimo uso ha entrado en decadencia y empieza a ser bastante una leve inclinación de cabeza cuando no un minúsculo guiño de ojos. Puede decirse que hemos llegado a la taquigrafía del saludo. Ya no se pregunta siquiera por la familia, ni como en la India —cosa bien natural—: “¿Ha tenido usted muchos mosquitos esta noche?” Pero el hecho es que, hoy como hace milenios, el hombre no tiene que inventar por sí lo que va a hacer primero al toparse con un semejante, sino que la sociedad le da resuelto el problema mediante la norma colectiva del saludo».
IV
«Me parece un error creer que la red con que la sociedad mantiene en su seno, aprisionado, al individuo esté tejida principalmente con las ventajas materiales que le ofrece, presentándole resueltas sus más urgentes necesidades físicas. Si fuera así, pienso que resultaría mucho más frecuente el caso de hombres que huyesen resueltamente de toda convivencia humana. Porque esas ventajas materiales quedan de sobra contrapesadas por los enojos que reporta el trato con los prójimos. La experiencia me ha enseñado que, contra lo que afirman retóricas generalizaciones, son numerosísimos los hombres que no estiman las comodidades físicas y cuya capacidad para adaptarse a las mayores escaseces es prácticamente ilimitada. No creo, pues, que sea ésa la causa de que el individuo quede con tan extraña regularidad retenido dentro de la vida social, a pesar del vigor con que a cierta altura de la existencia suele sentir atroz misantropía. ¿Quién no ha pasado por más de una hora en que le pareció con irrefragable evidencia que no hay nada que hacer con “los demás”, que la presunta convivencia no es tal con-vivencia, sino más bien una extra o antivivencia, que vivir es inexorable incomunicación, incorregible soledad y consustancial no entenderse con nadie? No se simplifique, pues, livianamente el problema de la famosa “sociabilidad” del hombre. Antes se resolvían cuestiones como ésta apelando al Deus ex machina de los instintos, pero bien claro se ve que el hombre es un animal que los ha perdido y que arrastra sólo la ruina de ellos. Por tanto, algo peor que no tenerlos es conservar sus muñones e inorgánicas piltrafas, incapaces ya de dirigirnos, pero suficientes para no dejarnos seguir tranquilamente a la razón. Esto da a la condición del hombre esa penosa y ridícula ambigüedad que hace de él, a la par, un animal degenerado y un petulante cachorro de arcángel.
‘There are opinions in whose formation we realize that we have intervened: we have sought and solicited them, we have been weaving them, so to speak, with our hands and we know the secret place of them where, to round them off, we gave them a slight coup de pouce that is perhaps arbitrary or, at least, not imposed ineluctably by the facts. But there are other opinions of which we know ourselves completely innocent. We never tried to form them, we were not even remotely their conscious creators. On the contrary: we find them one fine day formed in us by spontaneous generation, without our knowing where they came from and what their gestation has been. Evidently, in our rubbing against reality, they have been little by little precipitating in us, as mechanically, by virtue of a certain secret chemistry so underhand that it has been operating behind the back of our intimate vigilance. The fact is that, precisely for not being our work, we can do nothing before these opinions that exercise an inexorable influence on us.’
The success of this distinction established by Mestanza in the fauna of our opinions cannot be denied, although it lacks the last key of it. Mestanza, who was a formidable analyst of human life, was not a philosopher. He read much about the philosophical disciplines, above all psychology and sociology, but in his meditations, even availing himself of all that knowledge with evident elegance, he usually stops there where the analysis of life in the concrete had to take off, as the aviators say, and hurl itself into the ontological abstractions. This is perhaps the enormous utility that I find in his manner and in his work. Because human life, even though it may be scandalous to notice it, is a reality about which very little has still been thought in a deliberate form and it is not possible, as today we attempt, to pose the last philosophical problems to which it incites without our having first mastered a little more the characters of its concrete structure. Between the mere observation of its singular facts, that is, the pure, spontaneous empiricism, and the sum generalizations of philosophy there is an intermediate zone that corresponds in this human theme to what physics is before material phenomena.
But it matters to us, more than specifying Mestanza’s intellectual style, to draw out some of his ideas on matters that today press upon us and intrigue us. It cannot be said that love and woman belong to this class. It will be painful or fortunate, but it is a fact that today the humour to speak about love is scarce. The public questions press too much for our life to find before itself sufficient free space where to give itself over with leisure to those private occupations. Perhaps this fact is one of the most terrible symptoms of our epoch. It could not have passed unnoticed by Mestanza, who, as I have said, always lived with a hunter’s pupil, attentive to the ‘changes of the times’. ‘If I am asked —he says in volume V, chapter nine— what has been the greatest transformation I have attended, I will not hesitate to affirm that it is the one that has occurred in what has gone of the twentieth century —and not before, let it be noted!— with respect to the radius of individuation conceded to man. I recognize that the expression is abstruse, pedantic and not at all fortunate, but I find no other. All that remains is that I make a little effort to clarify it. It surprises me that the historians have not fallen into realizing that one of the decisive magnitudes for solving the equation that allows us to understand an epoch consists in determining the measure in which, during it, man could and had to behave according to his individual inspiration. Probably there are not in all history two epochs that have left man to be an individual in the same dose. The most frequent thing has been that forms of behaviour are imposed on man —ways of thinking, feeling and acting— by the collectivity in which he lives, in such a way that hardly any dimension remains in his life where he can live on his own account. Of course, never has it happened nor will it happen that man can conduct himself exclusively according to his personal government. A human creature in whose existence usages, customs and laws —therefore, the social— had not the least intervention could not sustain itself because that would imply having to invent absolutely with his own Minerva all his thoughts, desires and means of satisfying them. The problem would begin on waking with the natural morning appetite. What to have for breakfast? By fortune society steps in to meet that problem offering us a certain repertoire of morning alimentary customs among which it is relatively easy for us to choose. Without this aid of society as director of our conduct, each step would be for us a conflict. What to do, for example, on entering a gathering? How to solve the peculiar problem consisting in the first act of our relation with other men, that initial act, prior to all the others that motivate our approach? The difficulty is given to us today so much resolved that it almost costs us work to represent it to ourselves. But imagine two men who have never seen each other and who find themselves suddenly in a desert. Each ignores the intentions of the other: is he an enemy?, is he a peaceful needy man? Evidently an act becomes necessary that precedes all the others and whose only finality resides in showing the benevolent intention of both, which constitutes from the outset the area of dealing on which the subsequent acts are going to move. Society spares us the effort and the risk of inventing that initial behaviour by anticipating us providently the usage of greeting, a conventional act, in itself ridiculous, but which serves that ineluctable need of initiating the relation. Among the Tuareg, men of authentic desert, the salutatory usage has to be very cautious and develops in a long ceremonial that lasts approximately half an hour. Today in Europe, which is the opposite of the desert, where the population is too dense, a rapid handshake suffices, and, as far as I see, this minimal usage has entered into decadence and a slight inclination of the head begins to be enough when not a tiny wink of the eyes. It can be said that we have arrived at the shorthand of greeting. One no longer even asks about the family, nor as in India —a very natural thing—: ‘Have you had many mosquitoes this night?’ But the fact is that, today as millennia ago, man does not have to invent for himself what he is going to do first upon encountering a fellow being, but society gives him the problem solved through the collective norm of greeting.’
IV
‘It seems to me an error to believe that the net with which society keeps in its bosom, imprisoned, the individual is woven mainly with the material advantages that it offers him, presenting to him resolved his most urgent physical necessities. If it were so, I think that the case of men who fled resolutely from all human living-together would turn out much more frequent. Because those material advantages are amply counterbalanced by the annoyances that dealing with one’s fellow men brings. Experience has taught me that, against what rhetorical generalizations affirm, the men who do not esteem physical comforts are extremely numerous and their capacity to adapt to the greatest scarcities is practically unlimited. I do not believe, then, that that is the cause for the individual to remain with such strange regularity retained within social life, despite the vigour with which at a certain height of existence he usually feels atrocious misanthropy. Who has not gone through more than an hour in which it seemed to him with irrefragable evidence that there is nothing to be done with “the others”, that the presumed living-together is not such a co-living, but rather an extra or anti-living, that living is inexorable lack of communication, incorrigible solitude and consubstantial not understanding one another with anyone? Let the problem of the famous “sociability” of man not be lightly simplified, then. Formerly questions like this were resolved appealing to the Deus ex machina of the instincts, but it is seen very clearly that man is an animal that has lost them and that drags only their ruin. Therefore, something worse than not having them is conserving its stumps and inorganic shreds, incapable already of directing us, but sufficient not to let us quietly follow reason. This gives to the condition of man that painful and ridiculous ambiguity that makes of him, at once, a degenerate animal and a petulant cub of an archangel.
»Ci sono opinioni nella cui formazione ci rendiamo conto di essere intervenuti: le abbiamo cercate e sollecitate, le siamo andati ordivano, per dirla così, con le nostre mani e conosciamo il luogo segreto di esse dove, per arrotondarle, abbiamo dato loro un leggero colpo di pollice che forse è arbitrario o, per lo meno, non imposto ineluttabilmente dai fatti. Ma ci sono altre opinioni di cui ci sappiamo per completo innocenti. Non tentammo mai di formarcele, non fummo nemmeno remotamente i loro consapevoli creatori. Al contrario: ce le troviamo un bel giorno formate in noi per generazione spontanea, senza che sappiamo da dove vennero e quale è stata la loro gestazione. Per lo visto, nel nostro attrito con la realtà, si sono andate poco a poco precipitando in noi, come meccanicamente, in virtù di certa segreta chimica tanto solapata che è andata operando a spalle della nostra intima vigilanza. Il fatto è che, precisamente per non essere opera nostra, non possiamo nulla dinanzi a queste opinioni che esercitano un influsso inesorabile su di noi».
Non si può negare l’azzeccata di questa distinzione stabilita da Mestanza nella fauna delle nostre opinioni, sebbene le manchi la chiave ultima di essa. Mestanza, che era un formidabile analitico della vita umana, non fu un filosofo. Lesse molto sulle discipline filosofiche, sopra tutto psicologia e sociologia, ma nelle sue meditazioni, anche approfittando di tutte quelle conoscenze con evidente garbo, suole fermarsi lì dove l’analisi della vita in concreto doveva staccare, come dicono gli aviatori, e lanciarsi alle astrazioni ontologiche. Questa è forse l’enorme utilità che trovo nella sua maniera e nella sua opera. Perché la vita umana, anche se risulti scandaloso avvertirlo, è una realtà su cui si è pensato ancora molto poco in forma deliberata e non è possibile, come oggi tentiamo, piantare gli ultimi problemi filosofici a cui essa incita senza che abbiamo prima dominato un poco di più i caratteri della sua struttura concreta. Tra la mera osservazione dei suoi fatti singolari, cioè, il puro, spontaneo empirismo, e le somme generalizzazioni della filosofia c’è una zona intermedia che corrisponde in questo tema umano a ciò che è la fisica dinanzi ai fenomeni materiali.
Ma ci importa, più che precisare lo stile intellettuale di Mestanza, estrarre alcune delle sue idee su affari che oggi ci urgono e ci intrigano. Non può dirsi che l’amore e la donna appartengano a questa classe. Sarà penoso o venturoso, ma è un fatto che oggi scarseggia l’umore per parlare sull’amore. Stringono troppo le questioni pubbliche perché la nostra vita trovi dinanzi a sé spazio libero sufficiente dove consegnarsi con morosità a quelle occupazioni private. Forse è questo fatto uno dei sintomi più terribili della nostra epoca. Non poteva essere passato inavvertito a Mestanza, che, come ho detto, visse sempre con pupilla di cacciatore, attento ai «cambiamenti dei tempi». «Se mi si chiede —dice nel tomo V, capitolo nono— quale è stata la trasformazione più grande a cui ho assistito, non esiterò ad affermare che quella avvenuta in ciò che va del secolo XX —e non prima, si noti!— rispetto al radio di individuazione concesso all’uomo. Riconosco che l’espressione è astrusa, pedante e nulla fortunata, ma non ne trovo un’altra. Tutto sarà che mi sforzi un poco a chiarirla. Mi sorprende che gli storici non siano caduti nella conta che una delle grandezze decisive per risolvere l’equazione che ci permette di comprendere un’epoca, consiste nel determinare la misura in cui, durante essa, poteva e doveva l’uomo comportarsi secondo la sua individuale ispirazione. Probabilmente non c’è in tutta la storia due epoche che abbiano lasciato all’uomo essere individuo nella stessa dose. Lo più frequente è stato che all’uomo siano imposte forme di comportamento —modi di pensare, sentire e agire— dalla collettività in cui vive, di tal sorta che appena resta nella sua vita dimensione alcuna dove possa vivere per conto proprio. Naturalmente, mai è accaduto né accadrà che l’uomo possa condursi esclusivamente secondo il suo personale governo. Una creatura umana nella cui esistenza non avessero la minima intervenzione usi, costumi e leggi —dunque, il sociale— non potrebbe sostenersi perché ciò implicherebbe dover inventare in assoluto con la propria Minerva tutti i suoi pensieri, desideri e mezzi di soddisfarli. Il problema comincerebbe al destarsi con il naturale appetito mattutino. Che cosa colazione? Per fortuna la società esce al passo di quel problema offrendoci un certo repertorio di costumi alimentari mattutini tra i quali ci è relativamente facile scegliere. Senza questo ausilio della società come direttrice della nostra condotta, ogni passo sarebbe per noi un conflitto. Che cosa fare, per esempio, al entrare in una riunione? Come risolvere il peculiare problema consistente nel primo atto della nostra relazione con altri uomini, quell’atto iniziale, previo a tutti gli altri che motivano la nostra approssimazione? La difficoltà ci è data oggi tanto risolta che quasi ci costa lavoro rappresentarcela. Ma immagininsi due uomini che non si sono mai visti e che si trovano di punto in bianco in un deserto. Ciascuno ignora le intenzioni dell’altro: è un nemico?, è un bisognoso pacifico? Evidentemente si fa preciso un atto che preceda tutti gli altri e la cui unica finalità risieda nel mostrare l’intenzione benevola di entrambi, che costituisca senz’altro l’area di trattato sulla quale andranno a muoversi gli atti subseguenti. La società ci risparmia lo sforzo e il rischio di inventare quel comportamento iniziale anticipandoci provvida l’uso del saluto, un atto convenzionale, in sé stesso ridicolo, ma che serve a quell’ineludibile bisogno di iniziare la relazione. Tra i tuareg, uomini di autentico deserto, l’uso salutatorio deve essere molto cauteloso e si sviluppa in lungo cerimoniale che dura approssimativamente mezz’ora. Oggi in Europa, che è il contrario del deserto, dove la popolazione è troppo densa, basta con un rapido stringersi di mani, e, a quel che vedo, questo minimo uso è entrato in decadenza e comincia a bastare una lieve inclinazione di testa quando non un minuscolo ammiccamento di occhi. Può dirsi che siamo giunti alla stenografia del saluto. Non si domanda nemmeno più per la famiglia, né come in India —cosa ben naturale—: «Ha avuto lei molte zanzare questa notte?» Ma il fatto è che, oggi come millenni fa, l’uomo non deve inventare da sé ciò che andrà a fare prima al incontrarsi con un simile, ma la società gli dà risolto il problema mediante la norma collettiva del saluto».
IV
«Mi sembra un errore credere che la rete con cui la società mantiene nel suo seno, prigioniero, l’individuo sia tessuta principalmente con i vantaggi materiali che gli offre, presentandogli risolte le sue più urgenti necessità fisiche. Se fosse così, penso che risulterebbe molto più frequente il caso di uomini che fuggissero risolutamente da ogni convivenza umana. Perché quei vantaggi materiali restano di sobra controbilanciati dai fastidi che comporta il tratto con i prossimi. L’esperienza mi ha insegnato che, contro ciò che affermano retoriche generalizzazioni, sono numerosissimi gli uomini che non stimano le comodità fisiche e la cui capacità di adattarsi alle maggiori scarsezze è praticamente illimitata. Non credo, dunque, che sia quella la causa per cui l’individuo resti con tanto strana regolarità ritenuto dentro la vita sociale, a dispetto del vigore con cui a certa altezza dell’esistenza suole sentire atroce misantropia. Chi non è passato per più di un’ora in cui gli parve con irrefragabile evidenza che non c’è nulla da fare con “gli altri”, che la presunta convivenza non è tale con-vivenza, ma piuttosto una extra o antivivenza, che vivere è inesorabile incomunicazione, incorreggibile solitudine e consustanziale non intendersi con nessuno? Non si semplifichi, dunque, leggermente il problema della famosa “sociabilità” dell’uomo. Prima si risolvevano questioni come questa appellandosi al Deus ex machina degli istinti, ma ben chiaro si vede che l’uomo è un animale che li ha persi e che trascina solo la rovina di essi. Per tanto, qualcosa di peggio che non averli è conservare i suoi moncherini e inorganiche brindelle, incapaci già di dirigerci, ma sufficienti per non lasciarci seguire tranquillamente la ragione. Questo dà alla condizione dell’uomo quella penosa e ridicola ambiguità che fa di lui, a un tempo, un animale degenerato e un petulante cucciolo di arcangelo.
»No es, pues, la ventaja material ni un mitológico instinto de sociabilidad lo que más resueltamente mantiene al hombre en sociedad, sino esa otra ventaja moral que consiste en ahorrarle el esfuerzo de decidir qué es lo que va a hacer en cada minuto. Esto sí que es poderoso sobre nosotros y nos prende por el más secreto subsuelo de nuestra vida, iba a decir que por su peana. Tan secreto, tan previo y elemental es ese ligamen, que ni siquiera lo advertimos, y si un día nos faltara, nos pondría en trance de enloquecer. Imagínese que un hombre tuviera, de verdad, que inventar por sí mismo todos los actos intelectuales, apreciativos y corporales que necesita ejecutar en una sola de sus jornadas. ¡Sería pavoroso y sucumbiría de angustia ante la empresa! Por aquí es por donde la sociedad nos soborna haciendo que en todo instante nuestro contorno colectivo nos proponga una pauta de conducta —el sistema de costumbres, usos y leyes— en el cual, como en un cómodo cauce, dejamos fluir la mayor porción de nuestra existencia. Pero esto significa que nuestro comportamiento en esa mayor porción de nuestra existencia no es propio y original nuestro, sino módulo de origen colectivo —que esto es ser algo costumbre y uso. No es, en consecuencia, nuestra individual persona el efectivo agente de toda esa parte de nuestra vida. Somos más bien pacientes del molde en que la sociedad ahorma la materia fusiva de nuestro ser. Mas precisamente gracias a esta parcial enajenación de nuestra existencia podemos reservar nuestras escasas energías para poder ser individuos y vivir según propia inspiración en algún orden de ella.
»La vida de cada hombre aparece así integrada por dos zonas muy diferentes: aquélla en que somos meros autómatas, movidos por un mecanismo y repertorio de movimientos que la colectividad nos imbuye, y aquélla otra en que actuamos por nuestra personalísima iniciativa. Ahora bien, la proporción o dosis en que somos lo uno o lo otro —autómatas sociales o personas— es por fuerza distinta en cada hombre y también en cada época. Una vez sobornados por la sociedad, una vez “socializados” por la peana de nuestra vida, por la sumisión a innumerables pequeños usos e inaparentes costumbres que nos parecen lo más “natural” e imprescindible del mundo, estamos perdidos. Porque ya no depende de nosotros qué es lo que de nuestra existencia entreguemos a la colectividad, sino que es ésta quien, en definitiva, nos deja más o menos holgura para ser personas. A esto me refería al principio cuando invitaba a los historiadores a determinar el radio de individuación que cada época otorga al individuo e insinuaba que el cambio más grave de la vida humana a que en la mía, tan larga, he asistido, me parece consistir en la fabulosa reducción de ese radio operada en lo que va del siglo XX.
»Es inconcebible la ignorancia en que aun los más perspicaces se encuentran hoy sobre puntos tan decisivos en el destino humano, y que no sólo teórica, sino con terrible presión práctica, afectan a la vida de los que hoy viven. Se pasma uno al advertir que hablar de estas cosas es hablar chino.
»No se ha reparado, ni mucho menos analizado y descrito a fondo, aquella extraña situación en que se encontraron los que en 1815 contaban entre veinte y treinta años. La Revolución había aniquilado todas las formas de la sociedad. Por otra parte, la ruina de Napoleón representaba el fracaso del Estado como poder regulador de la vida. Acontecía al mismo tiempo que los hombres europeos se hallaban con una riqueza de potencias intelectuales, morales y materiales superior a la que nunca había existido. Resultaba, pues, que el individuo de veinte años se sentía lanzado a la vida con una enorme potencialidad para ser y sin que la sociedad ciñese desde luego esa energía con los firmes moldes de usos bien establecidos. Hombres como Guizot, Lamennais, Stendhal, Lamartine, Vigny, Comte, Balzac, y con ellos los menos o nada ilustres de su generación —médicos, militares, industriales—, se encontraban teniendo que existir sin hallar ante sí preformadas figuras de existencia. Habían perdido vigencia social las viejas ideas y las viejas maneras. Las cosas antes deseables, sobre todo los “puestos” sociales que antes incitaban y atraían las ambiciones, no existían o habían perdido actualidad y con ella prestigio y brillantez. De aquí que no sólo pudieron, sino que tuvieron por fuerza que inventar por sí mismos el perfil de su comportamiento, incluso el de sus aspiraciones y de sus normas morales. Para que se entienda bien lo insólito de la situación, basta recordar que durante el Imperio no existieron normas morales, pero, en su lugar, se encontraba el individuo apretado de todos lados por una hipertrofia de mandatos imperiales. El Moniteur ahormaba cotidianamente y desde fuera, con su tono imperativo, la vida externa de los franceses. Al desaparecer esto, lo más natural hubiera sido que el individuo, sin ninguna presión ni directiva externas, se hubiese encanallado. Sólo podían dar tono, continuidad, elevación y dignidad a sus vidas aquellos hombres si sacaban de sí mismos el molde de sus propias vidas, y esto, a su vez, sólo era posible si partían de una gran fe y una alta idea de su individual persona, único punto de apoyo y roca superviviente del universal naufragio. De aquí un fenómeno que, a pesar de su evidencia, no se ha advertido ni menos explicado: la general soberbia y la superlativa vanidad, casi megalománica, de aquellos hombres. Cuando se ha caído en la cuenta de esto resulta divertidísimo entretenerse en dibujar las diferentes formas de soberbia y vanidad que fueron raíz del existir, sostén y nutrimento para estos hombres. En Guizot toma el aspecto de una terrible ambición reconcentrada y fría que necesita, sin embargo, satisfacerse en mando y sólo en mando. En Lamartine la soberbia se halla casi por completo disuelta en pura y absoluta vanidad, vaga y vaporosa nube de apetitos —de puro ser universal y sin límites. En Lamennais, la soberbia toma máscara satánica, y el frenético abate se pasa la vida a puñetazo limpio con Dios. En Comte la megalomanía toma una forma aún más cómica y, a la vez, no puede negarse que magnífica: este pobre hombre calvo y a quien le llora un ojo, con su aire de modesto empleado, se obstina, desde su habitación en un piso tercero izquierda, en fundar nada menos que una nueva religión, resumen y cima de todas las anteriores y en la cual le corresponde el papel de Sumo Pontífice».
‘It is not, then, the material advantage nor a mythological instinct of sociability what most resolutely keeps man in society, but that other moral advantage that consists in sparing him the effort of deciding what he is going to do in each minute. This yes is powerful over us and catches us by the most secret subsoil of our life, I was going to say by its pedestal. So secret, so prior and elemental is that bond, that we do not even notice it, and if one day it were to fail us, it would put us in the throes of going mad. Imagine that a man truly had to invent for himself all the intellectual, appreciative and corporal acts that he needs to execute in a single one of his days. It would be dreadful and he would succumb from anguish before the undertaking! This is where society bribes us, making that in every instant our collective environment propose to us a pattern of conduct —the system of customs, usages and laws— in which, as in a comfortable channel, we let flow the greater portion of our existence. But this means that our behaviour in that greater portion of our existence is not our own and original, but a module of collective origin —that this is what being something custom and usage is. It is not, consequently, our individual person the effective agent of all that part of our life. We are rather patients of the mould in which society shapes the matter fusible of our being. But precisely thanks to this partial alienation of our existence we can reserve our scarce energies to be able to be individuals and to live according to our own inspiration in some order of it.
‘The life of each man thus appears integrated by two very different zones: that in which we are mere automata, moved by a mechanism and repertoire of movements that the collectivity instils in us, and that other in which we act by our most personal initiative. Now then, the proportion or dose in which we are the one or the other —social automata or persons— is of necessity distinct in each man and also in each epoch. Once bribed by society, once ‘socialized’ by the pedestal of our life, by the submission to innumerable small usages and inconspicuous customs that seem to us the most ‘natural’ and indispensable thing in the world, we are lost. Because it no longer depends on us what of our existence we deliver to the collectivity, but it is this one which, in the last analysis, leaves us more or less leeway to be persons. To this I referred at the beginning when I invited the historians to determine the radius of individuation that each epoch grants to the individual and insinuated that the most grave change of human life to which I, in my so long one, have attended, seems to me to consist in the fabulous reduction of that radius operated in what has gone of the twentieth century.
‘The ignorance in which even the most perspicacious find themselves today about points so decisive in the human destiny is inconceivable, and that not only theoretically, but with terrible practical pressure, affect the life of those who live today. One is astonished on noticing that speaking of these things is speaking Chinese.
‘No heed has been paid, nor much less analyzed and described in depth, that strange situation in which those who in 1815 were between twenty and thirty years old found themselves. The Revolution had annihilated all the forms of society. On the other hand, the ruin of Napoleon represented the failure of the State as regulating power of life. It happened at the same time that the European men found themselves with a wealth of intellectual, moral and material powers superior to any that had ever existed. It resulted, then, that the individual of twenty years felt himself launched into life with an enormous potentiality for being and without the society girding from the outset that energy with the firm moulds of well-established usages. Men like Guizot, Lamennais, Stendhal, Lamartine, Vigny, Comte, Balzac, and with them the less or not at all illustrious of their generation —doctors, soldiers, industrialists—, found themselves having to exist without finding before themselves preformed figures of existence. The old ideas and the old manners had lost social force. The things before desirable, above all the social ‘posts’ that before incited and attracted ambitions, did not exist or had lost actuality and with it prestige and brilliance. Hence that not only could they, but they had of necessity to invent for themselves the profile of their behaviour, even that of their aspirations and of their moral norms. For the unusualness of the situation to be well understood, it suffices to remember that during the Empire moral norms did not exist, but, in their place, the individual found himself pressed on all sides by a hypertrophy of imperial mandates. The Moniteur shaped daily and from outside, with its imperative tone, the external life of the French. When this disappeared, the most natural thing would have been that the individual, without any external pressure or directive, would have become a blackguard. Only could give tone, continuity, elevation and dignity to their lives those men if they drew out of themselves the mould of their own lives, and this, in turn, was only possible if they set out from a great faith and a high idea of their individual person, the only point of support and surviving rock of the universal shipwreck. Hence a phenomenon that, despite its evidence, has not been noticed nor less explained: the general pride and the superlative vanity, almost megalomaniac, of those men. When one has fallen into realizing this it turns out most amusing to entertain oneself drawing the different forms of pride and vanity that were root of existing, support and nourishment for these men. In Guizot it takes the aspect of a terrible concentrated and cold ambition that needs, however, to satisfy itself in command and only in command. In Lamartine pride is found almost completely dissolved in pure and absolute vanity, a vague and vaporous cloud of appetites —of being pure universal and without limits. In Lamennais, pride takes a satanic mask, and the frenetic abbot spends his life at clean blows with God. In Comte the megalomania takes an even more comic form and, at once, it cannot be denied that a magnificent one: this poor bald man and whose one eye weeps, with his air of a modest employee, obstinately insists, from his lodging on a third floor left, on founding nothing less than a new religion, summary and summit of all the previous ones and in which the role of Supreme Pontiff corresponds to him.’
»Non è, dunque, il vantaggio materiale né un mitologico istinto di socievolezza ciò che più risolutamente mantiene l’uomo in società, ma quell’altro vantaggio morale che consiste nel risparmiargli lo sforzo di decidere ciò che andrà a fare in ogni minuto. Questo sì che è potente su di noi e ci prende per il più segreto sottosuolo della nostra vita, stavo per dire che per la sua peana. Tanto segreto, tanto previo ed elementare è quel legame, che nemmeno lo avvertiamo, e se un giorno ci mancasse, ci metterebbe in trance di impazzire. Immaginisi che un uomo dovesse, davvero, inventare da sé stesso tutti gli atti intellettuali, apprezzativi e corporali che ha bisogno di eseguire in una sola delle sue giornate. Sarebbe pavoroso e soccomberebbe di angoscia dinanzi all’impresa! Per qui è per dove la società ci corrompe facendo che in ogni istante il nostro contorno collettivo ci proponga una pauta di condotta —il sistema di costumi, usi e leggi— nel quale, come in un comodo cauce, lasciamo fluire la maggior porzione della nostra esistenza. Ma questo significa che il nostro comportamento in quella maggior porzione della nostra esistenza non è proprio e originale nostro, ma modulo di origine collettiva —che questo è essere qualcosa costume e uso. Non è, in conseguenza, la nostra individuale persona l’effettivo agente di tutta quella parte della nostra vita. Siamo piuttosto pazienti del molde in cui la società ahorma la materia fusiva del nostro essere. Ma precisamente grazie a questa parziale alienazione della nostra esistenza possiamo riservare le nostre scarse energie per poter essere individui e vivere secondo propria ispirazione in qualche ordine di essa.
»La vita di ogni uomo appare così integrata da due zone molto differenti: quella in cui siamo meri automi, mossi da un meccanismo e repertorio di movimenti che la collettività ci imbeve, e quell’altra in cui agiamo per nostra personalissima iniziativa. Orbene, la proporzione o dose in cui siamo l’uno o l’altro —automi sociali o persone— è per forza distinta in ogni uomo e anche in ogni epoca. Una volta corrotti dalla società, una volta «socializzati» per la peana della nostra vita, per la sottomissione a innumerevoli piccoli usi e inapparenti costumi che ci sembrano il più «naturale» e imprescindibile del mondo, siamo perduti. Perché non dipende già da noi ciò che della nostra esistenza consegniamo alla collettività, ma è questa che, in definitiva, ci lascia più o meno agio per essere persone. A questo mi riferivo al principio quando invitavo gli storici a determinare il radio di individuazione che ogni epoca concede all’individuo e insinuavo che il cambiamento più grave della vita umana a cui nella mia, tanto lunga, ho assistito, mi sembra consistere nella favolosa riduzione di quel radio operata in ciò che va del secolo XX.
»È inconcepibile l’ignoranza in cui anche i più perspicaci si trovano oggi su punti tanto decisivi nel destino umano, e che non solo teorica, ma con terribile pressione pratica, affettano la vita di quelli che oggi vivono. Ci si pasma al avvertire che parlare di queste cose è parlare cinese.
»Non si è riparato, né molto meno analizzato e descritto a fondo, quella strana situazione in cui si trovarono quelli che nel 1815 contavano tra venti e trent’anni. La Rivoluzione aveva annichilito tutte le forme della società. Da altra parte, la rovina di Napoleone rappresentava il fallimento dello Stato come potere regolatore della vita. Accadeva a un tempo che gli uomini europei si trovavano con una ricchezza di potenze intellettuali, morali e materiali superiore a quella che mai era esistita. Risultava, dunque, che l’individuo di vent’anni si sentiva lanciato alla vita con un’enorme potenzialità per essere e senza che la società cingesse senz’altro quella energia con i fermi molde di usi ben stabiliti. Uomini come Guizot, Lamennais, Stendhal, Lamartine, Vigny, Comte, Balzac, e con essi i meno o nulla illustri della loro generazione —medici, militari, industriali—, si trovavano dovendo esistere senza trovare dinanzi a sé preformate figure di esistenza. Avevano perduto vigore sociale le vecchie idee e le vecchie maniere. Le cose prima desiderabili, sopra tutto i «posti» sociali che prima incitavano e attraevano le ambizioni, non esistevano o avevano perduto attualità e con essa prestigio e brillantezza. Di qui che non solo poterono, ma dovettero per forza inventare da sé stessi il profilo del loro comportamento, anche quello delle loro aspirazioni e delle loro norme morali. Perché si capisca bene l’insolito della situazione, basta ricordare che durante l’Impero non esistettero norme morali, ma, nel loro luogo, si trovava l’individuo stretto da tutti i lati da un’ipertrofia di mandati imperiali. Il Moniteur ahormava quotidianamente e da fuori, con il suo tono imperativo, la vita esterna dei francesi. Al scomparire questo, il più naturale sarebbe stato che l’individuo, senza nessuna pressione né direttiva esterne, si fosse incanaglio. Solo potevano dare tono, continuità, elevazione e dignità alle loro vite quelli uomini se traevano da sé stessi il molde delle loro proprie vite, e questo, a sua volta, solo era possibile se partivano da una gran fede e un’alta idea della loro individuale persona, unico punto di appoggio e roccia sopravvivente del universale naufragio. Di qui un fenomeno che, nonostante la sua evidenza, non si è avvertito né meno spiegato: la generale superbia e la superlativa vanità, quasi megalomane, di quelli uomini. Quando si è caduto nella conta di questo risulta divertidissimo intrattenersi a disegnare le differenti forme di superbia e vanità che furono radice dell’esistere, sostegno e nutrimento per questi uomini. In Guizot prende l’aspetto di una terribile ambizione riconcentrata e fredda che ha bisogno, tuttavia, di soddisfarsi in comando e solo in comando. In Lamartine la superbia si trova quasi per completo dissolta in pura e assoluta vanità, vaga e vaporosa nube di appetiti —di puro essere universale e senza limiti. In Lamennais, la superbia prende maschera satanica, e il frenetico abate si passa la vita a pugni puliti con Dio. In Comte la megalomania prende una forma ancora più comica e, a un tempo, non può negarsi che magnifica: questo povero uomo calvo e a cui piange un occhio, con il suo aria di modesto impiegato, si ostina, dalla sua abitazione in un terzo piano sinistra, a fondare niente meno che una nuova religione, riassunto e cima di tutte le anteriori e nella quale gli corrisponde il ruolo di Sommo Pontefice».