Ortega y Gasset

Abstract

A review of the second volume of Count Romanones’s Notas de una vida (1901-1912). The paradoxical thesis Ortega draws from it: the essence of those years was permanent indiscipline, but almost all of it charged not to the people but to the state itself and the groups nearest it — ‘in our country it is the arché itself that practises anarchy’. Political journalism.

Connections

Concetti: Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El conde de Romanones publica ahora el segundo tomo de las Notas de una vida, donde recoge sus Memorias como hace el pastor con su ganado al caer la tarde. Este símil no es sólo romántico, sino que tiene alguna pretensión sociológica. En Homero los gobernantes reciben el título oficial de «pastores de pueblos», y, por otra parte, el pueblo español posee una dulzura, una docilidad tan bucólicas, tan gregarias, tan pastueñas, que se puede contar, como en este libro, la historia de casi un reinado sin que, aparte unas horas pase en él nada dramático, crispado o temible. Así que, visto a distancia, en las páginas muy veraces de este libro sólo llegan a nosotros balidos temblorosos, campanillitas de oveja o de ermita, fuerzas públicas que pasan armadas asegurando un orden que nadie pensaba quebrar, y de cuando en cuando, para que se vea la inevitabilidad del símil pecuario, báculos de obispos —pastores, que se alzan y agitan nerviosos y rebeldes.

Porque ésta es la más sorprendente impresión que deja la lectura de este libro y que bastaría para asegurar la enorme oportunidad de su publicación. Narra la historia de la vida pública española de 1901 a 1912. Si se descuentan los años de guerra y posguerra, que son como un paréntesis y una suspensión del proceso interno nacional, representan aquellos años la etapa principal en el reinado de Alfonso XIII, son la época y la forma de ingreso en el siglo XX de la nación hispana; en ellos se suscitan todos los componentes y acontecen los hechos que habían de traer como consecuencia la situación actual. Esta situación más que anuncio y columbro del futuro, significa el resumen, el fruto y el finiquito de todo ese pasado. Pues bien, busque el lector lo esencial de la vida pública española a lo largo de estas páginas. ¿Qué halla? La impresión es superabundante. Lo esencial en esos años ha sido la permanente indisciplina. ¿Cómo? ¿No habíamos dicho que el pueblo español era plácido, dócil, con psicología lanuda? Ciertamente que lo hemos dicho y lo reiteramos. Pero ahora decimos esto otro, que parece todo lo contrario. La concordancia de ambas tesis es, sin embargo, muy sencilla. De 1901, a 1912 no ha habido apenas un día sin indisciplina. Pero de toda esa hilera de jornadas rebeldes sólo siete días —la famosa «semana trágica» de Barcelona— corresponde la indisciplina a las masas populares y burguesas, que son la nación española. En cambio, toda la ingente perspectiva de las restantes indisciplinas está a cargo —¿quién lo diría?— de los elementos mismos que componen el Estado o de los grupos sociales más próximos a él: las fuerzas armadas, los dignatarios eclesiásticos, las Damas de la Acción Católica, los aristócratas. Ahora bien: por indisciplina, hablando de lo público, sólo puede entenderse indisciplina frente y contra el Estado. Pero resulta que en España la casi totalidad de las indisciplinas han sido cometidas por el Estado mismo, por trozos de él o por clases inmediatas a él. De donde resulta que en nuestro país es la arquía misma quien practica anarquía. Esto tiene todo el aire de una paradoja, ¿no es cierto? Pues bien, esa paradoja es la pura y esencial verdad respecto a nuestra vida pública. Todo lo demás es secundario, superficial, anecdótico. Y sospechamos que quien no vea esa paradoja, y la entienda y analice su mecanismo, no entiende una palabra de lo que España ha sido en esa época, es en ésta y será todavía durante un largo rato.

El conde de Romanones no había nunca aspirado a ser un especialista de la sinceridad. Por eso se presumía que estas Memorias serían un velo más, y esta vez tipográfico, arrojado sobre los hechos auténticos. Pero esta presunción ha sido errónea. El buen conde cuenta todo lo que importa. Tal vez evite publicar tal o cual documento; pero ello no mengua la claridad de su confesión. Así, resulta de ella paladinamente que la casi totalidad de las innumerables crisis y cambios de Gobierno acontecidos en esa época, y que constituían la mayor objeción contra el régimen parlamentario, no procedió de éste, sino, al revés, contra éste, por ingerencias de otras instituciones. Éstos son los hechos y es preciso que nadie se obstine, inhonestamente, en ocultarlos, porque en ello va el porvenir claro de la nación.

Nosotros somos muy defectuosamente amigos de este conde universal en lo que tiene de hombre público. Le acompañaríamos cordialmente a cazar codornices en las vegas pedregosas y broncas de la Alcarria porque aplaudimos toda perfección, y el conde es, tal vez, el más perfecto cazador de codornices que Dios ha modelado. Pero como político nos pareció siempre sobremanera imperfecto, sin puntería, miope. Miope, ¿quién lo ignora?, quiere decir vista de ratón. La viveza ratonil del conde, que hizo de él la figura más popular de toda una época, le hizo no ver sino lo que tenía delante de la nariz: por eso acertó en cada minuto y se equivocó todo el día.

Es una pena que no sea buena sazón para comentar línea a línea este libro. Pero ya que no sea para comentarlo, la sazón es inmejorable para leerlo. No es cosa de subrayar ahora estúpidamente nuestra distancia de un personaje contra el cual hemos disparado otro tiempo nuestros mejores adjetivos. Más vale, por ahora, insistir en su vertiente mejor. Romanones no intentó la menor innovación en la política de su tiempo y éste es su más oneroso pecado; pero no puede negarse que dentro de lo que era entonces la política se entregó a ella con tal denuedo y tan sin reservas, con tal fruición y entusiasmo, que hacen de él uno de los pocos casos conocidos de un español que sigue radicalmente su vocación. Esto es —para quien piense un poco— sobremanera respetable. Además: eso fue su fuerza, su única fuerza. Ni su fortuna, ni su insuficiente oratoria le proporcionaron la indiscutible eficacia que en aquella vida pública, tan aldeana y torpe, consiguió tener. Su vocación le hacía estar siempre en la brecha. ¿Le hacía…? Ahora mismo, estas Memorias son tal vez la intervención más eficaz que un viejo político puede intentar.

Otros dos puntos es justo destacar. Todo inducía al conde para hacer de él un aristócrata. Aristócrata, quiere decir, ante todo, hombre sin oficio. Lo burgués, lo no aristocrático, es entregarse por completo a un oficio, lo inelegante por excelencia. Pues bien: en todas estas Memorias se advierte que el conde ha vivido absorto en su profesión de político, absorto casi maniáticamente. Este conde incalculable ha sido lo menos conde que se puede imaginar, y, sin embargo, durante veinte años cuando se decía en España «el Conde», nadie dudaba de quién se hacía mención.

La otra cosa que fuera de justicia recordar es ésta: la calamitosa manera de aceptar los usos políticos de su tiempo y aun llevarlos al superlativo, la debilidad de querer figurar como Ulises de la democracia y parecer astuto y pícaro, no han impedido que hubiese en él una aspiración de buen político constructor. Así, la veracidad exige reconocer que en un orden tan poco lucido y tan importante como es la Instrucción pública, todo lo que de serio se ha hecho lo ha hecho o lo ha iniciado este cazador de codornices.

Firmado X., El Sol, 12 de septiembre de 1929

The Count of Romanones now publishes the second volume of the Notes of a life, where he gathers his Memoirs as the shepherd does with his flock at the fall of evening. This simile is not only romantic, but has some sociological pretension. In Homer the rulers receive the official title of ‘shepherds of peoples’, and, on the other hand, the Spanish people possesses a sweetness, a docility so bucolic, so gregarious, so pastoral, that one can tell, as in this book, the story of almost a reign without anything dramatic, tense or fearsome happening in it apart from a few hours. So that, seen from a distance, in the very truthful pages of this book only trembling bleats reach us, little bells of sheep or of hermitage, public forces that pass armed assuring an order that no one thought of breaking, and from time to time, so that the inevitability of the pastoral simile may be seen, bishops’ croziers —shepherds, that rise and wave, nervous and rebellious.

Because this is the most surprising impression that the reading of this book leaves and that would suffice to assure the enormous opportuneness of its publication. It narrates the history of Spanish public life from 1901 to 1912. If the war and post-war years are discounted, which are like a parenthesis and a suspension of the national internal process, those years represent the principal stage in the reign of Alfonso XIII, they are the epoch and the form of entry into the twentieth century of the Hispanic nation; in them all the components are raised and the facts happen that had to bring as a consequence the current situation. This situation, more than announcement and glimpse of the future, signifies the summary, the fruit and the settlement of all that past. Well then, let the reader seek the essential of Spanish public life through these pages. What does he find? The impression is superabundant. The essential in those years has been the permanent indiscipline. What? Had we not said that the Spanish people was placid, docile, with a woolly psychology? Certainly we have said it and we reiterate it. But now we say this other thing, which seems the opposite. The concordance of both theses is, however, very simple. From 1901 to 1912 there has hardly been a day without indiscipline. But of all that line of rebellious days only seven —the famous ‘tragic week’ of Barcelona— does the indiscipline correspond to the popular and bourgeois masses, which are the Spanish nation. In contrast, all the huge perspective of the remaining indisciplines is in charge of —who would say it?— the very elements that compose the State or of the social groups closest to it: the armed forces, the ecclesiastical dignitaries, the Ladies of Catholic Action, the aristocrats. Now then: by indiscipline, speaking of the public, only indiscipline against and against the State can be understood. But it turns out that in Spain almost the totality of the indisciplines have been committed by the State itself, by pieces of it or by classes immediate to it. From which it results that in our country it is the archy itself that practises anarchy. This has all the air of a paradox, is it not true? Well then, that paradox is the pure and essential truth with respect to our public life. Everything else is secondary, superficial, anecdotal. And we suspect that whoever does not see that paradox, and understand it and analyze its mechanism, does not understand a word of what Spain has been in that epoch, is in this one and will still be for a long while.

The Count of Romanones had never aspired to be a specialist in sincerity. That is why it was presumed that these Memoirs would be one more veil, and this time typographical, cast over the authentic facts. But this presumption has been erroneous. The good count tells everything that matters. Perhaps he will avoid publishing such or such a document; but that does not diminish the clarity of his confession. Thus, it results from it plainly that almost the totality of the innumerable crises and changes of Government that happened in that epoch, and that constituted the greatest objection against the parliamentary regime, did not proceed from it, but, on the contrary, against it, by interference of other institutions. These are the facts and it is necessary that no one obstinately, dishonestly, hide them, because in it goes the clear future of the nation.

We are very defectively friends of this universal count in what he has of public man. We would cordially accompany him to hunt quails in the stony and rough meadows of the Alcarria because we applaud every perfection, and the count is, perhaps, the most perfect quail hunter that God has modelled. But as a politician he always seemed to us exceedingly imperfect, without aim, myopic. Myopic, who does not know it?, means mouse’s sight. The mouse-like liveliness of the count, which made of him the most popular figure of a whole epoch, made him see only what he had in front of his nose: that is why he hit the mark every minute and was wrong all day.

It is a pity that it is not a good season to comment line by line this book. But since it is not for commenting, the season is unbeatable for reading it. It is not a matter of stupidly underlining now our distance from a character against whom we have fired at another time our best adjectives. Better is, for now, to insist on his better side. Romanones did not attempt the least innovation in the politics of his time and this is his most onerous sin; but it cannot be denied that within what was then politics he gave himself over to it with such boldness and so without reserves, with such relish and enthusiasm, that they make of him one of the few known cases of a Spaniard who radically follows his vocation. This is —for whoever thinks a little— exceedingly respectable. Moreover: that was his strength, his only strength. Neither his fortune, nor his insufficient oratory provided him the indisputable effectiveness that in that public life, so countrified and clumsy, he managed to have. His vocation made him always be in the breach. Made him…? Right now, these Memoirs are perhaps the most effective intervention that an old politician can attempt.

Two other points it is just to highlight. Everything induced the count to make of him an aristocrat. Aristocrat, means, before all, man without a profession. The bourgeois, the non-aristocratic, is to give oneself over completely to a profession, the inelegant par excellence. Well then: in all these Memoirs it is noticed that the count has lived absorbed in his profession of politician, absorbed almost maniacally. This incalculable count has been the least count that can be imagined, and, however, for twenty years when ‘the Count’ was said in Spain, no one doubted of whom mention was being made.

The other thing that it would be just to remember is this: the calamitous manner of accepting the political usages of his time and even carrying them to the superlative, the weakness of wanting to figure as a Ulysses of democracy and to seem astute and roguish, have not prevented that there was in him an aspiration of a good constructive politician. Thus, veracity requires recognizing that in an order so little showy and so important as is Public Instruction, everything serious that has been done has been done or initiated by this quail hunter.

Signed X., El Sol, 12 September 1929

Il conte di Romanones pubblica ora il secondo tomo delle Note di una vita, dove raccoglie le sue Memorie come fa il pastore con il suo gregge al cadere della sera. Questo símil non è solo romantico, ma ha qualche pretensione sociologica. In Omero i governanti ricevono il titolo ufficiale di «pastori di popoli», e, da altra parte, il popolo spagnolo possiede una dolcezza, una docilità tanto bucoliche, tanto gregarie, tanto ovine, che si può contare, come in questo libro, la storia di quasi un regno senza che, a parte alcune ore, accada in esso nulla di drammatico, contratto o temibile. Cosicché, visto a distanza, nelle pagine molto veraci di questo libro arrivano a noi solo belati tremolanti, campanelline di pecora o di eremo, forze pubbliche che passano armate assicurando un ordine che nessuno pensava di spezzare, e di quando in quando, perché si veda l’inevitabilità del símil pecoraio, bastoni pastorali di vescovi —pastori, che si levano e agitano nervosi e ribelli.

Perché questa è la più sorprendente impressione che lascia la lettura di questo libro e che basterebbe per assicurare l’enorme opportunità della sua pubblicazione. Narra la storia della vita pubblica spagnola dal 1901 al 1912. Se si scontano gli anni di guerra e dopoguerra, che sono come una parentesi e una sospensione del processo interno nazionale, rappresentano quegli anni la tappa principale nel regno di Alfonso XIII, sono l’epoca e la forma di ingresso nel secolo XX della nazione ispana; in essi si suscitano tutti i componenti e accadono i fatti che dovevano portare come conseguenza la situazione attuale. Questa situazione più che annuncio e intravedo del futuro, significa il riassunto, il frutto e il finiquito di tutto quel passato. Ebbene, cerchi il lettore l’essenziale della vita pubblica spagnola lungo queste pagine. Che trova? L’impressione è superabbondante. L’essenziale in quegli anni è stata la permanente indisciplina. Come? Non avevamo detto che il popolo spagnolo era placido, docile, con psicologia lanuta? Certamente lo abbiamo detto e lo reiteriamo. Ma ora diciamo quest’altro, che sembra tutto il contrario. La concordanza di entrambe le tesi è, tuttavia, molto semplice. Dal 1901 al 1912 non c’è stato appena un giorno senza indisciplina. Ma di tutta quella fila di giornate ribelli solo sette giorni —la famosa «settimana tragica» di Barcellona— corrisponde l’indisciplina alle masse popolari e borghesi, che sono la nazione spagnola. In cambio, tutta l’ingente prospettiva delle restanti indiscipline è a carico —chi lo direbbe?— degli elementi stessi che compongono lo Stato o dei gruppi sociali più prossimi ad esso: le forze armate, i dignitari ecclesiastici, le Dame dell’Azione Cattolica, gli aristocratici. Orbene: per indisciplina, parlando del pubblico, solo può intendersi indisciplina di fronte e contro lo Stato. Ma risulta che in Spagna la quasi totalità delle indiscipline sono state commesse dallo Stato stesso, da pezzi di esso o da classi immediate ad esso. Da dove risulta che nel nostro paese è l’archia stessa che pratica anarchia. Questo ha tutto l’aria di un paradosso, non è vero? Ebbene, quel paradosso è la pura ed essenziale verità rispetto alla nostra vita pubblica. Tutto il resto è secondario, superficiale, aneddotico. E sospettiamo che chi non veda quel paradosso, e lo capisca e analizzi il suo meccanismo, non capisce una parola di ciò che la Spagna è stata in quell’epoca, è in questa e sarà ancora per un lungo tratto.

Il conte di Romanones non aveva mai aspirato a essere uno specialista della sincerità. Perciò si presumeva che queste Memorie sarebbero state un velo di più, e questa volta tipografico, gettato sopra i fatti autentici. Ma questa presunzione è stata erronea. Il buon conte conta tutto ciò che importa. Forse eviterà di pubblicare tale o quale documento; ma ciò non diminuisce la chiarezza della sua confessione. Così, risulta da essa paladinamente che la quasi totalità delle innumerevoli crisi e cambi di Governo avvenuti in quell’epoca, e che costituivano la maggior obiezione contro il regime parlamentare, non procedette da questo, ma, al rovescio, contro questo, per ingerenze di altre istituzioni. Questi sono i fatti ed è necessario che nessuno si ostini, disonestamente, a occultarli, perché in ciò va l’avvenire chiaro della nazione.

Noi siamo molto difettosamente amici di questo conte universale in ciò che ha di uomo pubblico. Lo accompagneremmo cordialmente a cacciare quaglie nelle vega pietrose e brusche dell’Alcarria perché applaudiamo ogni perfezione, e il conte è, forse, il più perfetto cacciatore di quaglie che Dio ha modellato. Ma come politico ci sembrò sempre oltremodo imperfetto, senza mira, miope. Miope, chi lo ignora?, vuol dire vista di topo. La vivezza rattona del conte, che fece di lui la figura più popolare di tutta un’epoca, lo fece vedere solo ciò che aveva davanti al naso: perciò azzeccò in ogni minuto e si sbagliò tutto il giorno.

È un peccato che non sia buona stagione per commentare riga a riga questo libro. Ma già che non sia per commentarlo, la stagione è inmejorable per leggerlo. Non è cosa di sottolineare ora stupidamente la nostra distanza da un personaggio contro il quale abbiamo sparato altro tempo i nostri migliori aggettivi. Meglio vale, per ora, insistere sulla sua versione migliore. Romanones non tentò la minima innovazione nella politica del suo tempo e questo è il suo più oneroso peccato; ma non può negarsi che dentro ciò che era allora la politica si consegnò ad essa con tanto ardire e tanto senza riserve, con tanta fruizione ed entusiasmo, che fanno di lui uno dei pochi casi conosciuti di uno spagnolo che segue radicalmente la sua vocazione. Questo è —per chi pensi un poco— oltremodo rispettabile. Inoltre: quello fu la sua forza, la sua unica forza. Né la sua fortuna, né la sua insufficiente oratoria gli procurarono l’indiscutibile efficacia che in quella vita pubblica, tanto aldeana e torpe, riuscì ad avere. La sua vocazione lo faceva essere sempre nella breccia. Lo faceva…? Ora stesso, queste Memorie sono forse l’intervento più efficace che un vecchio politico può tentare.

Altri due punti è giusto mettere in risalto. Tutto induceva il conte a fare di lui un aristocratico. Aristocratico, vuol dire, ante tutto, uomo senza mestiere. Il borghese, il non aristocratico, è consegnarsi per completo a un mestiere, l’inelegante per eccellenza. Ebbene: in tutte queste Memorie si avverte che il conte ha vissuto assorto nella sua professione di politico, assorto quasi maniacamente. Questo conte incalcolabile è stato il meno conte che si possa immaginare, e, tuttavia, per vent’anni quando si diceva in Spagna «il Conte», nessuno dubitava di chi si faceva menzione.

L’altra cosa che fuori di giustizia ricordare è questa: la calamitosa maniera di accettare gli usi politici del suo tempo e anche portarli al superlativo, la debolezza di voler figurare come Ulisse della democrazia e sembrare astuto e furfante, non hanno impedito che ci fosse in lui un’aspirazione di buon politico costruttore. Così, la veracità esige riconoscere che in un ordine tanto poco lucente e tanto importante come è l’Istruzione pubblica, tutto ciò che di serio si è fatto lo ha fatto o lo ha iniziato questo cacciatore di quaglie.

Firmato X., El Sol, 12 settembre 1929