Ortega y Gasset
Abstract
Starting from Van Leisen’s booklet on Mirabeau, Ortega distinguishes ideals from archetypes: ideals are things recreated by our desire, archetypes are things according to their inescapable reality; ‘idealism’ lives off a lack of imagination, since reality invents far more than we know how to wish for. Mirabeau is for him the archetype — not the ideal — of the politician.
Connections
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Yo había leído este librito de Herbert Van Leisen, titulado Mirabeau y la política real, con prólogo de Jacques Bainville, esperando alguna nueva claridad sobre el magnífico provenzal[51]. Siempre he creído ver en Mirabeau una cima del tipo humano más opuesto al que yo pertenezco, y pocas cosas nos convienen más que informarnos sobre nuestro contrario. Es la única manera de complementarnos un poco. Nada capaz para la política, presumo en Mirabeau algo muy próximo al arquetipo del político. Arquetipo, no ideal. No debiéramos confundir lo uno con lo otro. Tal vez el grande y morboso desvarío que Europa está ahora pagando proviene de haberse obstinado en no distinguir los arquetipos y los ideales. Los ideales son las cosas según estimamos que debieran ser. Los arquetipos son las cosas según su ineluctable realidad. Si nos habituásemos a buscar de cada cosa su arquetipo, la estructura esencial que la Naturaleza, por lo visto, ha querido darles, evitaríamos formarnos de esa misma cosa un ideal absurdo que contradice sus condiciones más elementales. Así, suele pensarse que el político ideal sería un hombre que, además de ser un gran estadista, fuese una buena persona. Pero ¿es que esto es posible? Los ideales son las cosas recreadas por nuestro deseo —son desiderata. Pero ¿qué derecho tenemos a considerar lo imposible, a considerar como ideal el cuadrado redondo?
Hace mucho tiempo he postulado una higiene de los ideales, una lógica del deseo. Tal vez lo que más diferencia la mente infantil del espíritu maduro es que aquélla no reconoce la jurisdicción de la realidad y suplanta las cosas por sus imágenes deseadas. Siente lo real como una materia blanda y mágica, dócil a las combinaciones de nuestra ambición. La madurez comienza cuando descubrimos que el mundo es sólido, que el margen de holgura concedido a la intervención de nuestro deseo es muy escaso y que más allá de él se levanta una materia resistente, de constitución rígida e inexorable. Entonces empieza uno a desdeñar los ideales del puro deseo y a estimar los arquetipos, es decir, a considerar como ideal la realidad misma en lo que tiene de profunda y esencial. Estos nuevos ideales se extraen de la Naturaleza y no de nuestra cabeza: son mucho más ricos de contenido que los píos deseos y tienen mucha más gracia. En definitiva: el «idealismo» vive de falta de imaginación. Todo el que sea capaz de imaginarse con exactitud realizado su abstracto ideal sufre una desilusión, porque ve entonces cuán sórdido y mísero era si se compara con la fabulosa cuantía de cosas deseables que la realidad, sin nuestra colaboración, ha inventado. Sería admirable que, para confusión de los «idealistas», aun de los mayores, de Platón o de Kant, un irónico taumaturgo dejase por unas horas reducido el universo a lo que éste sería según su esquemático programa.
El «ideal» al uso es menos, y no más, que la realidad. Así, el atributo de buena persona que imponemos al político ideal es muy fácil de imaginar y definir; en cambio, todo lo demás que constituye al gran político no podríamos jamás extraerlo de nuestra minerva, sino que necesitamos humildemente esperar a que la Naturaleza tenga a bien inventarlo ella, magníficamente, y se resuelva a parir un titán como Mirabeau. Una vez que está ahí, por obra y gracia de las potencias cósmicas, nosotros, ingratos y petulantes, nos apresuramos a censurar el engendro, porque no tiene las virtudes de un honrado y corriente burgués. La humanidad es como la mujer que se casa con un artista porque es artista y luego se queja porque no se comporta como un jefe de negociado.
El librito del señor Van Leisen está muy lejos de aclararnos punto alguno de importancia sobre Mirabeau. Pertenece a una clase de emanaciones impresas que cada día son más frecuentes, por mala ventura, en las letras de Francia. Son obras maniáticas, de angosto horizonte, que ni siquiera aspiran a la agudeza intelectual. Así, el señor Van Leisen, discípulo de Maurras, se propone, con el beneplácito de Bainville, no más que demostrar la identidad radical entre la política de Mirabeau y la de Luis XIV y Luis XV. Éste es el propósito; pero claro es que no hay ni la apariencia del logro.
La política de Mirabeau no tiene oscuridad alguna. Como los hechos de todo un siglo se encargaron de comprobar, fue la obra más clara que se intentó en la Revolución Francesa. Si algo en el mundo tiene derecho a causar sorpresa y maravilla, es que este hombre, ajeno a las Cancillerías y a la Administración, ocupado en un tráfago perpetuo de amores turbulentos, de pleitos, de canalladas, que rueda de prisión en prisión, de deuda en deuda, de fuga en fuga, súbitamente, con ocasión de los Estados Generales, se convierta en un hombre público, improvise, cabe decir que en pocas horas, toda una política nueva, que va a ser la política del siglo XIX (la Monarquía constitucional); y esto, no vagamente y como en germen, sino íntegramente y en su detalle; crea no sólo los principios, sino los gestos, la terminología, el estilo y la emoción del liberalismo democrático según el rito del Continente. En un instante, Mirabeau ve en todo su futuro desarrollo la nueva política, y ve más allá aún: ve sus límites, sus vicios, sus degeneraciones y hasta los medios de desacreditarla, que han sido, en efecto, lo que siglo y medio más tarde la han traído al desprestigio. Quien quiera convencerse de que este hecho portentoso ha acaecido y no es una fantasía ni un inexacto encarecimiento, lea cualquier libro sobre Mirabeau[52] —menos el del señor Van Leisen, que, a decir verdad, no pretende tampoco estudiar su fisonomía histórica.
Pero el pensamiento político es sólo una dimensión de la política. La otra es la actuación. Sin preverlo él mismo, Mirabeau encuentra en sí, mágicamente presto, el formidable instrumento para la nueva forma de vida pública: la oratoria romántica, la magnífica musa vociferante de los Parlamentos continentales, que sopla, como el espíritu divino sobre las aguas, sobre el alma líquida de las muchedumbres, haciendo tormentas e imponiendo calmas. El efecto de su primer discurso fue electrizante. Un testigo de la sesión— el reflexivo Dumont, nos lo dice: «En el tumultuoso preludio de las Comunas no se había oído aún nada comparable en fuerza y dignidad: fue como una delicia nueva, porque la elocuencia es el encanto de los hombres reunidos». Su estatura enorme, su cabeza de gigante y la cabellera ampulosa, que la aumentaba, le daban un aire de león.
Se dirá que todo eso —oratoria y pelambre y leonismo— es retórica. Ya es bastante que fuera retórica. Pero demos que sólo sea eso. No es retórica, en cambio, su valor personal y de la especie propia al político, que es el valor ante los encrespamientos multitudinarios. Si entera la Asamblea Nacional se levanta contra él, Mirabeau no se inmuta, no pierde un quilate de serenidad; al contrario: su mente se aguza, penetra mejor la situación, la hace transparente, la disocia en sus elementos y pasa gentil al otro lado, llevando a la rastra, domesticada, aquella misma Asamblea unos minutos antes tan arisca y tan fiera. (A esto llamaba él déterminer le troupeau). Del león, pues, tendría la retórica y la melena; pero también el coraje, la serenidad y la garra. (Este león decía en un discurso al chacal Robespierre: «Joven: la exaltación de los principios no es lo sublime de los principios»).
Más clarividente que los historiadores de un siglo después, no se dejó engañar por las quejas de hambre y carestía, tópico de la época que aquéllos han tomado en serio, enalteciendo ambas plagas hasta el rango de causas de la revolución. Francia estaba mejor que nunca, y, por lo mismo, necesitaba un Estado más ancho. Mirabeau lo percibe con toda evidencia y quisiera convencer de ello al rey mediante el ministro Montmorin. Por eso escribe a éste: «Francia no se ha sentido nunca más fuerte ni más saludable, intrínsecamente hablando; jamás ha estado tan cerca de desarrollar toda su estatura. El único mal que hay es el muy pasajero inconveniente de una Administración poco sistemática y el miedo ridículo de recurrir a la nación para constituir la nación».
Mirabeau no se apea de esto. Había inexorablemente llegado el tiempo de constituir la nación por medio de la nación misma, y todo lo demás eran zarandajas. Los expedientes y arbitrismos que se proponían a Luis XVI en forma de despotismos ilustrados o sin ilustrar, tiranías, dictaduras, le parecían puras superfluidades; peor: le parecían caminos funestos. Con la visión profética que abunda en sus locuciones, dijo a los palaciegos: «Así se conduce un rey al patíbulo».
I
I had read this little book by Herbert Van Leisen, entitled Mirabeau and Real Politics, with a preface by Jacques Bainville, hoping for some new light on the magnificent Provençal[51]. I have always believed I see in Mirabeau a summit of the human type most opposed to that to which I belong, and few things suit us better than to inform ourselves about our contrary. It is the only way to complement ourselves a little. Capable of nothing for politics, I suspect in Mirabeau something very close to the archetype of the politician. Archetype, not ideal. We ought not to confuse the one with the other. Perhaps the great and morbid delirium that Europe is now paying for comes from having obstinately refused to distinguish archetypes from ideals. Ideals are things as we esteem they ought to be. Archetypes are things according to their ineluctable reality. If we accustomed ourselves to seek from each thing its archetype, the essential structure that Nature, evidently, has wished to give them, we would avoid forming of that same thing an absurd ideal that contradicts its most elementary conditions. Thus, it is customary to think that the ideal politician would be a man who, besides being a great statesman, were a good person. But is this possible? Ideals are things recreated by our desire —they are desiderata. But what right have we to consider the impossible, to consider as ideal the round square?
For a long time I have postulated a hygiene of ideals, a logic of desire. Perhaps what most differentiates the infantile mind from the mature spirit is that the former does not recognize the jurisdiction of reality and supplants things with their desired images. It feels the real as a soft and magical matter, docile to the combinations of our ambition. Maturity begins when we discover that the world is solid, that the margin of slack granted to the intervention of our desire is very scant, and that beyond it there rises a resistant matter, of rigid and inexorable constitution. Then one begins to disdain the ideals of pure desire and to esteem archetypes, that is, to consider as ideal reality itself in what it has of profound and essential. These new ideals are extracted from Nature and not from our head: they are much richer in content than pious desires and have far more grace. In short: «idealism» lives on lack of imagination. Whoever is capable of imagining with exactness his abstract ideal realized suffers a disillusionment, because he then sees how sordid and miserable it was compared with the fabulous quantity of desirable things that reality, without our collaboration, has invented. It would be admirable if, to the confusion of the «idealists», even of the greatest, of Plato or Kant, an ironic thaumaturge left for a few hours the universe reduced to what it would be according to their schematic program.
The current «ideal» is less, and not more, than reality. Thus, the attribute of good person that we impose on the ideal politician is very easy to imagine and define; on the other hand, all the rest that constitutes the great politician we could never extract from our own mind, but we need humbly to wait for Nature to see fit to invent it herself, magnificently, and resolve to give birth to a titan like Mirabeau. Once he is there, by the work and grace of the cosmic powers, we, ungrateful and petulant, hasten to censure the offspring, because he lacks the virtues of an honest and ordinary bourgeois. Humanity is like the woman who marries an artist because he is an artist and then complains because he does not behave like a head clerk.
Mr. Van Leisen’s little book is very far from clarifying for us any point of importance about Mirabeau. It belongs to a class of printed emanations that are every day more frequent, by ill fortune, in the letters of France. They are maniacal works, of narrow horizon, that do not even aspire to intellectual acuity. Thus Mr. Van Leisen, a disciple of Maurras, proposes, with Bainville’s blessing, no more than to demonstrate the radical identity between the politics of Mirabeau and that of Louis XIV and Louis XV. This is the purpose; but it is clear that there is not even the appearance of achievement.
Mirabeau’s politics has no obscurity whatever. As the facts of a whole century took charge of confirming, it was the clearest work that was attempted in the French Revolution. If anything in the world has a right to cause surprise and wonder, it is that this man, alien to the Chancelleries and to the Administration, occupied in a perpetual bustle of turbulent loves, of lawsuits, of rascalities, who rolls from prison to prison, from debt to debt, from flight to flight, suddenly, on the occasion of the Estates General, becomes a public man, improvises —one might say in a few hours— a whole new politics, which is to be the politics of the nineteenth century (the constitutional Monarchy); and this, not vaguely and as in germ, but integrally and in its detail; he creates not only the principles, but the gestures, the terminology, the style and the emotion of democratic liberalism according to the rite of the Continent. In an instant, Mirabeau sees the new politics in all its future development, and sees further still: he sees its limits, its vices, its degenerations and even the means of discrediting it, which have been, in effect, what a century and a half later have brought it into disrepute. Whoever wishes to convince himself that this portentous fact has happened and is not a fantasy nor an inexact exaggeration, let him read any book on Mirabeau[52] —except that of Mr. Van Leisen, which, to tell the truth, does not pretend either to study his historical physiognomy.
But political thought is only one dimension of politics. The other is action. Without foreseeing it himself, Mirabeau finds in himself, magically ready, the formidable instrument for the new form of public life: romantic oratory, the magnificent vociferating muse of the continental Parliaments, which blows, like the divine spirit over the waters, upon the liquid soul of the multitudes, making storms and imposing calms. The effect of his first speech was electrifying. A witness of the session —the reflective Dumont— tells us: «In the tumultuous prelude of the Communes nothing comparable in force and dignity had yet been heard: it was like a new delight, because eloquence is the enchantment of men gathered together». His enormous stature, his giant’s head and the pompous mane of hair, which increased it, gave him an air of a lion.
It will be said that all that —oratory and mane and lionism— is rhetoric. It is already quite a lot that it was rhetoric. But let us grant that it is only that. It is not rhetoric, however, his personal courage and that of the species proper to the politician, which is the courage before the swellings of the multitudes. If the whole National Assembly rises against him, Mirabeau does not flinch, he does not lose a carat of serenity; on the contrary: his mind sharpens, penetrates the situation better, makes it transparent, dissociates it into its elements and passes gently to the other side, dragging after him, domesticated, that same Assembly a few minutes before so skittish and so fierce. (This he called déterminer le troupeau). Of the lion, then, he would have the rhetoric and the mane; but also the courage, the serenity and the claw. (This lion said in a speech to the jackal Robespierre: «Young man: the exaltation of principles is not what is sublime in principles»).
More clear-sighted than the historians of a century later, he did not let himself be deceived by the complaints of hunger and scarcity, a commonplace of the epoch which those have taken seriously, exalting both plagues to the rank of causes of the revolution. France was better off than ever, and, for that very reason, needed a wider State. Mirabeau perceives it with all evidence and would like to convince the king of it through the minister Montmorin. That is why he writes to him: «France has never felt itself stronger nor healthier, intrinsically speaking; it has never been so close to developing all its stature. The only ill there is, is the very transitory inconvenience of an Administration little systematic and the ridiculous fear of having recourse to the nation to constitute the nation».
Mirabeau does not come down from this. Inexorably the time had arrived to constitute the nation by means of the nation itself, and all the rest was trumpery. The expedients and arbitrary schemes that were proposed to Louis XVI in the form of enlightened or unenlightened despotisms, tyrannies, dictatorships, seemed to him pure superfluities; worse: they seemed to him fatal paths. With the prophetic vision that abounds in his locutions, he said to the courtiers: «Thus is a king led to the scaffold».
I
Ho letto questo libretto di Herbert Van Leisen, intitolato Mirabeau e la politica reale, con prologo di Jacques Bainville, sperando in qualche nuova luce sul magnifico provenzale[51]. Ho sempre creduto di vedere in Mirabeau una vetta del tipo umano più opposto a quello a cui io appartengo, e poche cose ci convengono più che informarci sul nostro contrario. È l’unico modo di completarci un poco. Nulla capace per la politica, suppongo in Mirabeau qualcosa di molto vicino all’archetipo del politico. Archetipo, non ideale. Non dovremmo confondere l’uno con l’altro. Forse il grande e morboso delirio che l’Europa sta ora pagando proviene dall’essersi ostinata a non distinguere gli archetipi dagli ideali. Gli ideali sono le cose secondo come noi stimiamo che dovrebbero essere. Gli archetipi sono le cose secondo la loro ineluttabile realtà. Se ci abituassimo a cercare di ogni cosa il suo archetipo, la struttura essenziale che la Natura, a quanto pare, ha voluto dare loro, eviteremmo di formarci di quella stessa cosa un ideale assurdo che contraddice le sue condizioni più elementari. Così, si suole pensare che il politico ideale sarebbe un uomo che, oltre a essere un grande statista, fosse una buona persona. Ma è mai questo possibile? Gli ideali sono le cose ricreate dal nostro desiderio —sono desiderata. Ma che diritto abbiamo di considerare l’impossibile, di considerare come ideale il quadrato rotondo?
Da molto tempo ho postulato un’igiene degli ideali, una logica del desiderio. Forse ciò che più differenzia la mente infantile dallo spirito maturo è che quella non riconosce la giurisdizione della realtà e sostituisce alle cose le loro immagini desiderate. Sente il reale come una materia molle e magica, docile alle combinazioni della nostra ambizione. La maturità comincia quando scopriamo che il mondo è solido, che il margine di gioco concesso all’intervento del nostro desiderio è molto scarso e che al di là di esso si erge una materia resistente, di costituzione rigida e inesorabile. Allora si comincia a disdegnare gli ideali del puro desiderio e a stimare gli archetipi, cioè a considerare come ideale la realtà stessa in ciò che ha di profondo ed essenziale. Questi nuovi ideali si estraggono dalla Natura e non dalla nostra testa: sono molto più ricchi di contenuto dei pii desideri e hanno molta più grazia. In definitiva: l’«idealismo» vive di mancanza di immaginazione. Chiunque sia capace di immaginarsi realizzato con esattezza il proprio astratto ideale subisce una delusione, perché vede allora quanto sordido e misero fosse se lo si confronta con la favolosa quantità di cose desiderabili che la realtà, senza la nostra collaborazione, ha inventato. Sarebbe ammirevole che, per confusione degli «idealisti», anche dei maggiori, di Platone o di Kant, un ironico taumaturgo lasciasse per qualche ora ridotto l’universo a ciò che esso sarebbe secondo il suo schematico programma.
L’«ideale» corrente è meno, e non più, della realtà. Così, l’attributo di buona persona che imponiamo al politico ideale è molto facile da immaginare e definire; invece, tutto il resto che costituisce il grande politico non potremmo mai estrarlo dalla nostra minerva, ma abbiamo bisogno umilmente di aspettare che la Natura abbia a bene di inventarlo essa, magnificamente, e si risolva a partorire un titano come Mirabeau. Una volta che è lì, per opera e grazia delle potenze cosmiche, noi, ingrati e petulanti, ci affrettiamo a censurare il parto, perché non ha le virtù di un onesto e comune borghese. L’umanità è come la donna che sposa un artista perché è artista e poi si lamenta perché non si comporta come un capo di ufficio.
Il libretto del signor Van Leisen è molto lontano dal chiarirci alcun punto di importanza su Mirabeau. Appartiene a una classe di emanazioni stampate che ogni giorno sono più frequenti, per mala ventura, nelle lettere di Francia. Sono opere maniacali, di angusto orizzonte, che non aspirano nemmeno all’acume intellettuale. Così, il signor Van Leisen, discepolo di Maurras, si propone, con il beneplacito di Bainville, non più che di dimostrare l’identità radicale tra la politica di Mirabeau e quella di Luigi XIV e Luigi XV. Questo è lo scopo; ma è chiaro che non c’è nemmeno l’apparenza del risultato.
La politica di Mirabeau non ha oscurità alcuna. Come i fatti di un intero secolo si incaricarono di comprovare, fu l’opera più chiara che si tentò nella Rivoluzione Francese. Se qualcosa al mondo ha diritto a causare sorpresa e meraviglia, è che quest’uomo, estraneo alle Cancellerie e all’Amministrazione, occupato in un perpetuo trambusto di amori turbolenti, di liti, di vigliaccate, che rotola di prigione in prigione, di debito in debito, di fuga in fuga, improvvisamente, in occasione degli Stati Generali, si converta in un uomo pubblico, improvvisi, si può dire, in poche ore, tutta una politica nuova, che sarà la politica del XIX secolo (la Monarchia costituzionale); e questo, non vagamente e come in germe, ma integralmente e nel suo dettaglio; crea non solo i principi, ma i gesti, la terminologia, lo stile e l’emozione del liberalismo democratico secondo il rito del Continente. In un istante, Mirabeau vede in tutto il suo futuro sviluppo la nuova politica, e vede più oltre ancora: vede i suoi limiti, i suoi vizi, le sue degenerazioni e persino i mezzi per screditarla, che sono stati, in effetti, ciò che un secolo e mezzo più tardi l’hanno portata al disprezzo. Chi voglia convincersi che questo fatto portentoso è accaduto e non è una fantasia né un’inesatta esagerazione, legga un qualsiasi libro su Mirabeau[52] —meno quello del signor Van Leisen, che, a dire il vero, non pretende nemmeno di studiare la sua fisionomia storica.
Ma il pensiero politico è solo una dimensione della politica. L’altra è l’azione. Senza prevederlo lui stesso, Mirabeau trova in sé, magicamente pronto, il formidabile strumento per la nuova forma di vita pubblica: l’oratoria romantica, la magnifica musa vociferante dei Parlamenti continentali, che soffia, come lo spirito divino sulle acque, sull’anima liquida delle folle, facendo tempeste e imponendo calme. L’effetto del suo primo discorso fu elettrizzante. Un testimone della seduta —il riflessivo Dumont— ci dice: «Nel tumultuoso preludio delle Comuni non si era ancora udito nulla di comparabile in forza e dignità: fu come una delizia nuova, perché l’eloquenza è l’incanto degli uomini riuniti». La sua statura enorme, la sua testa di gigante e la capigliatura ampollosa, che la aumentava, gli davano un’aria di leone.
Si dirà che tutto ciò —oratoria e chioma e leonismo— è retorica. Già è abbastanza che fosse retorica. Ma concediamo che sia solo questo. Non è retorica, invece, il suo valore personale e della specie propria al politico, che è il valore di fronte ai gonfiamenti delle folle. Se tutta l’Assemblea Nazionale si alza contro di lui, Mirabeau non si scompone, non perde un carato di serenità; al contrario: la sua mente si aguzza, penetra meglio la situazione, la rende trasparente, la dissocia nei suoi elementi e passa gentile dall’altra parte, portandosi a rimorchio, addomesticata, quella stessa Assemblea pochi minuti prima tanto ritrosa e tanto fiera. (Questo lo chiamava lui déterminer le troupeau). Del leone, dunque, avrebbe la retorica e la criniera; ma anche il coraggio, la serenità e la zampa. (Questo leone diceva in un discorso allo sciacallo Robespierre: «Giovane: l’esaltazione dei principi non è ciò che vi è di sublime nei principi»).
Più chiaroveggente degli storici di un secolo dopo, non si lasciò ingannare dai lamenti di fame e carestia, topos dell’epoca che quelli hanno preso sul serio, esaltando entrambe le piaghe fino al rango di cause della rivoluzione. La Francia stava meglio che mai, e, proprio per questo, aveva bisogno di uno Stato più largo. Mirabeau lo percepisce con tutta evidenza e vorrebbe convincerne il re mediante il ministro Montmorin. Per questo gli scrive: «La Francia non si è mai sentita più forte né più sana, intrinsecamente parlando; mai è stata così vicina a sviluppare tutta la sua statura. L’unico male che c’è è il molto passeggero inconveniente di un’Amministrazione poco sistematica e la paura ridicola di ricorrere alla nazione per costituire la nazione».
Mirabeau non si smonta da questo. Era arrivato inesorabilmente il tempo di costituire la nazione per mezzo della nazione stessa, e tutto il resto erano sciocchezze. Gli espedienti e gli arbitrii che si proponevano a Luigi XVI in forma di dispotismi illuminati o non illuminati, tirannie, dittature, gli sembravano pure superfluità; peggio: gli sembravano vie funeste. Con la visione profetica che abbonda nelle sue locuzioni, disse ai cortigiani: «Così si conduce un re al patibolo».
No se comprende que mente tan sagaz confiase en que el rey habría de reconocer la situación. La clave está acaso en que Mirabeau, de espíritu liberal y democrático, era de alma y de raza un noble. Ahora bien; el noble, por muy inteligente que sea, por muy libre de prejuicios que se imagine, suele padecer un fatal misticismo palatino.
Sin embargo, en aquel estadio histórico no había más que una posibilidad seria: la Monarquía constitucional. Mirabeau fue el único que vio esto sin vacilaciones. Los demás, o eran demasiado monárquicos, o demasiado constitucionales. Descartados aquéllos por la violencia popular, fueron éstos —los archirrevolucionarios, los radicales— quienes hicieron fracasar la revolución. Pues no debe olvidarse que la Revolución Francesa —uno de los trozos más animados de la historia universal— fue un completo fracaso. Los principios por ella defendidos tardaron casi un siglo en lograr una aproximada y tranquila instauración. Fracasó porque en la Asamblea Nacional no había más que un político auténtico que, además, desapareció en 1791. Mirabeau sentía sumo desdén por aquellos colegas definidores, geómetras del Estado, que tenían la cabeza llena de fórmulas luminosas, tan luminosas, que los ofuscaban en el trato con las cosas. De ellos decía: «Yo no he adoptado jamás ni su novela ni su metafísica ni sus crímenes inútiles».
Dotado de una capacidad de trabajo fabulosa, Mirabeau era un organizador nato. Donde llegaba ponía orden, síntoma supremo del gran político. Ponía orden en el buen sentido de la palabra, que excluye como ingredientes normales policía y bayonetas. Orden no es una presión que desde fuera se ejerce sobre la sociedad, sino un equilibrio que se suscita en su interior.
Como siempre es delicioso contemplar la perfección, conmueve leer la historia de estos primeros tiempos revolucionarios, de esta primera etapa en la vida de la Asamblea, porque se ve a un hombre que posee el genio de su oficio henchir sobradamente el perfil de éste, moverse elástico y triunfante, rebosar toda circunstancia. La Asamblea se veía forzada a tomar medidas que la defendieran del poder sugestivo que sobre ella misma ejercía este único varón. Su muerte fue declarada desdicha nacional, y su enorme cadáver inauguró el Panteón de Grandes Hombres.
Pero he aquí que después fueron descubiertas las pruebas de su venalidad. Mirabeau, que era cuanto acabo de decir, era además un hombre inverecundo. En seguida el pedante que siempre está a punto, a la sazón Joseph Chénier, pidió la palabra en la Asamblea y propuso que los restos de Mirabeau fuesen extraídos del Panteón, «considerando que no hay grande hombre sin virtud». ¡La gran frase!
Ella nos plantea la cuestión. Porque la historia de Mirabeau recuerda gravemente la de César y, en varia medida, la de casi todos los grandes políticos. Con rara coincidencia, el gran político ha repetido siempre el mismo tipo de hombre, hasta en los detalles de su fisiología.
II
«Considerando que no hay grande hombre sin virtud», dijo Joseph Chénier para denigrar la memoria de Mirabeau. Se comprende que todo el mundo le hiciese caso, porque había dicho una «frase», y durante mucho tiempo, el europeo ha necesitado para vivir respirar frases como balones de oxígeno[53].
Yo propongo ahora al lector que cargue un rato su atención sobre esa «frase» y procure analizar con cautela su sentido. Chénier se refiere especialmente al grande hombre político; de suerte que al oír o leer la primera parte del juicio por él formulado, si queremos llenar de significación las palabras «grande hombre», nuestra mente se orienta hacia realidades como César o Mirabeau. Avanzan entonces hacia nosotros, como heroicos fantasmas, las ciclópeas calidades de estos hombres o sus congéneres. Vemos su inagotable energía, la tensión constante de su esfuerzo, la fertilidad y monumentalidad de sus proyectos, la rapidez, la eficacia con que los ejecutan, la previsión genial de los acontecimientos, la entereza y serenidad con que acogen los peligros, el garbo triunfal de su actitud en todas las circunstancias. Si en algún momento, por descuido trivial, se nos ocurre calificar sus acciones de egoístas, nos corregimos al punto avergonzados, porque caemos en la cuenta de que en estos hombres el ego está ocupado casi totalmente por obras impersonales, mejor dicho, transpersonales. ¿Tiene sentido decir de César que era egoísta, que vivía para sí mismo? Pero ¿en qué consistía el «sí mismo», el «yo» de César? En un afán indomable de crear cosas, de organizar la historia. Por eso toma sobre sí, con la misma naturalidad, los grandes honores y las grandes angustias. Y es inaceptable que el hombre mediocre, incapaz de buscar voluntariamente y soportar estas últimas, discuta al grande hombre el derecho al grande honor y al gran placer.
Nuestro tiempo no hubiera nunca inventado estas dos palabras: magnanimidad y pusilanimidad. Más bien lo que ha hecho es olvidarlas, ciego para la distinción fundamental que designan. Desde hace siglo y medio todo se confabula para ocultarnos el hecho de que las almas tienen diferente formato, que hay almas grandes y almas chicas, donde grande y chico no significan nuestra valoración de esas almas, sino la diferencia real de dos estructuras psicológicas distintas, de dos modos antagónicos de funcionar la psique. El magnánimo y el pusilánime pertenecen a especies diversas; vivir es para uno y otro una operación de sentido divergente y, en consecuencia, llevan dentro de sí dos perspectivas morales contradictorias. Cuando Nietzsche distingue entre «moral de los señores» y «moral de los esclavos», da una fórmula antipática, estrecha y, a la postre, falsa de algo que es una realidad innegable.
La perspectiva moral del pusilánime, certera cuando trata de juzgar a sus congéneres, es injusta cuando se aplica a los magnánimos. Y es injusta sencillamente porque es falsa, porque parte de datos erróneos, porque al pusilánime le suele faltar la intuición inmediata de lo que pasa dentro del alma grande. Así en la cuestión que ahora tangenteamos. El magnánimo es un hombre que tiene misión creadora: vivir y ser es para él hacer grandes cosas, producir obras de gran calibre. El pusilánime, en cambio, carece de misión; vivir es para él simplemente existir él, conservarse, andar entre las cosas que están ya ahí, hechas por otros —sean sistemas intelectuales, estilos artísticos, instituciones, normas tradicionales, situaciones de poder público. Sus actos no emanan de una necesidad creadora, originaria, inspirada e ineludible —ineludible como el parto. El pusilánime, por sí, no tiene nada que hacer: carece de proyectos y de afán rigoroso de ejecución. De suerte que, no habiendo en su interior «destino», forzosidad congénita de crear, de derramarse en obras, sólo actúa movido por intereses subjetivos —el placer y el dolor. Busca el placer y evita el dolor. Este modo de funcionar vitalmente que en sí encuentra le lleva a suponer, por ejemplo, que si un pintor se afana en su oficio es movido por el deseo de ser famoso, rico, etcétera. ¡Como si entre el deseo de fama, riqueza, delicias, y la posibilidad de pintar este o aquel gran cuadro, de inventar un estilo determinado, existiese la menor conexión! El pusilánime debía advertir que el primer pintor famoso no se pudo proponer ser un pintor famoso, sino exclusivamente pintar, por pura necesidad de crear belleza plástica. Sólo a posteriori de su vida y obra se formó en la mente de los otros, especialmente de los pusilánimes, la idea o ideal de ser «famoso pintor». Y entonces, sólo entonces, atraídos en efecto por las ventajas egoístas de ese papel —«ser famoso pintor»—, empezaron a pintar los pusilánimes, es decir, los malos pintores.
¿No es cómico que se califique a César de ambicioso? ¡Hay que ver! ¡César pretendía nada menos que ser un César, y Napoleón tuvo la avilantez de aspirar durante toda su vida al puesto ilustre de Napoleón! Este gracioso contrasentido resulta siempre que se considere la vida del grande hombre, u hombre de obras, bajo la perspectiva moral y según los datos psicológicos del hombre menor, sin destino de creación.
Pero la verdad es muy diferente: la previsión de placeres y honores tuvo sobre el alma de César tan poca influencia como, viceversa, la evitación de dolores. Así como el deseo de eludir sufrimientos no le apartó de su obra, tampoco le movió a ella la esperanza de delicias. Esto es lo que no comprenderá nunca bien el pusilánime: que para ciertos hombres la delicia suprema es el esfuerzo frenético de crear cosas —para el pintor, pintar; para el escritor, escribir; para el político, organizar el Estado.
La oposición entre egoísmo y altruismo pierde sentido referida al grande hombre, porque su «yo» está lleno hasta los bordes con «lo otro»: su ego es un alter —la obra. Preocuparse de sí mismo es preocuparse del Universo.
It is not understood that so sagacious a mind should trust that the king would recognize the situation. The key is perhaps that Mirabeau, liberal and democratic in spirit, was in soul and in race a noble. Now; the noble, however intelligent he may be, however free from prejudices he imagines himself, is wont to suffer a fatal palatine mysticism.
Nevertheless, in that historical stage there was only one serious possibility: the constitutional Monarchy. Mirabeau was the only one who saw this without hesitation. The others were either too monarchical or too constitutional. Those having been set aside by popular violence, it was these —the arch-revolutionaries, the radicals— who caused the revolution to fail. For it must not be forgotten that the French Revolution —one of the most animated pieces of universal history— was a complete failure. The principles it defended took almost a century to achieve an approximate and tranquil establishment. It failed because in the National Assembly there was only one authentic politician, who, moreover, disappeared in 1791. Mirabeau felt supreme disdain for those colleagues who defined, geometers of the State, whose heads were full of luminous formulas, so luminous that they dazzled them in dealing with things. Of them he said: «I have never adopted either their novel or their metaphysics or their useless crimes».
Endowed with a fabulous capacity for work, Mirabeau was a born organizer. Wherever he arrived he brought order, the supreme symptom of the great politician. He brought order in the good sense of the word, which excludes as normal ingredients police and bayonets. Order is not a pressure exercised from outside upon society, but an equilibrium that is aroused in its interior.
As it is always delightful to contemplate perfection, it moves one to read the history of these first revolutionary times, of this first stage in the life of the Assembly, because one sees a man who possesses the genius of his office filling to overflowing the profile of it, moving elastic and triumphant, overflowing with all circumstance. The Assembly found itself forced to take measures that defended it from the suggestive power that this single man exercised over it. His death was declared a national misfortune, and his enormous corpse inaugurated the Pantheon of Great Men.
But behold that afterwards the proofs of his venality were discovered. Mirabeau, who was all that I have just said, was moreover a shameless man. At once the pedant who is always at hand, at that time Joseph Chénier, asked for the floor in the Assembly and proposed that the remains of Mirabeau be removed from the Pantheon, «considering that there is no great man without virtue». What a great phrase!
It raises the question for us. For the history of Mirabeau gravely recalls that of Caesar and, in varying measure, that of almost all great politicians. With rare coincidence, the great politician has always repeated the same type of man, down to the details of his physiology.
II
«Considering that there is no great man without virtue», said Joseph Chénier to denigrate the memory of Mirabeau. It is understandable that everyone should have paid him heed, because he had said a «phrase», and for a long time, the European has needed for living to breathe phrases like oxygen balloons[53].
I now propose to the reader to rest his attention for a while on that «phrase» and to try to analyze its meaning with caution. Chénier refers especially to the great political man; so that when hearing or reading the first part of the judgment he formulated, if we wish to fill with significance the words «great man», our mind orients itself toward realities like Caesar or Mirabeau. There advance then toward us, like heroic ghosts, the Cyclopean qualities of these men or of their kind. We see their inexhaustible energy, the constant tension of their effort, the fertility and monumentality of their projects, the rapidity, the efficacy with which they execute them, the genial prevision of events, the steadfastness and serenity with which they meet dangers, the triumphant grace of their bearing in all circumstances. If at some moment, by trivial carelessness, it occurs to us to qualify their actions as egoistic, we correct ourselves at once, ashamed, because we fall into the realization that in these men the ego is occupied almost totally by impersonal —rather, transpersonal— works. Does it make sense to say of Caesar that he was egoistic, that he lived for himself? But in what did the «self», the «I» of Caesar consist? In an indomitable craving to create things, to organize history. That is why he takes upon himself, with the same naturalness, the great honors and the great anguishes. And it is unacceptable that the mediocre man, incapable of voluntarily seeking and enduring the latter, should dispute the great man’s right to the great honor and the great pleasure.
Our time would never have invented these two words: magnanimity and pusillanimity. Rather what it has done is to forget them, blind to the fundamental distinction they designate. For a century and a half everything conspires to hide from us the fact that souls have different formats, that there are great souls and small souls, where great and small do not mean our evaluation of those souls, but the real difference of two distinct psychological structures, of two antagonistic modes of functioning of the psyche. The magnanimous and the pusillanimous belong to different species; living is for the one and the other an operation of divergent sense and, consequently, they carry within themselves two contradictory moral perspectives. When Nietzsche distinguishes between the «morality of masters» and the «morality of slaves», he gives an unpleasant, narrow and, in the end, false formula of something that is an undeniable reality.
The moral perspective of the pusillanimous man, accurate when it comes to judging his fellow creatures, is unjust when applied to the magnanimous. And it is unjust simply because it is false, because it starts from erroneous data, because the pusillanimous man usually lacks the immediate intuition of what passes within the great soul. So in the question we are now touching on. The magnanimous man is a man who has a creative mission: to live and to be is for him to do great things, to produce works of great caliber. The pusillanimous man, on the other hand, lacks a mission; to live is for him simply to exist himself, to conserve himself, to walk among the things that are already there, made by others —be they intellectual systems, artistic styles, institutions, traditional norms, situations of public power. His acts do not emanate from a creative, original, inspired and ineluctable necessity —ineluctable as childbirth. The pusillanimous man, of himself, has nothing to do: he lacks projects and a rigorous craving for execution. So that, there being no «destiny» in his interior, no congenital compulsoriness to create, to pour himself out in works, he acts only moved by subjective interests —pleasure and pain. He seeks pleasure and avoids pain. This mode of vital functioning that he finds in himself leads him to suppose, for example, that if a painter toils at his craft it is moved by the desire to be famous, rich, etcetera. As if between the desire for fame, wealth, delights, and the possibility of painting this or that great picture, of inventing a certain style, there existed the least connection! The pusillanimous man should notice that the first famous painter could not have proposed to himself to be a famous painter, but exclusively to paint, out of pure necessity of creating plastic beauty. Only a posteriori to his life and work did the idea or ideal of being a «famous painter» form in the minds of others, especially of the pusillanimous. And then, only then, attracted in effect by the egoistic advantages of that role —«being a famous painter»— did the pusillanimous begin to paint, that is, the bad painters.
Is it not comic that Caesar should be qualified as ambitious? Just imagine! Caesar pretended nothing less than to be a Caesar, and Napoleon had the effrontery to aspire all his life to the illustrious post of Napoleon! This amusing contradiction in terms results whenever one considers the life of the great man, or man of works, under the moral perspective and according to the psychological data of the lesser man, without a destiny of creation.
But the truth is very different: the prevision of pleasures and honors had as little influence upon Caesar’s soul as, vice versa, the avoidance of pains. Just as the desire to elude suffering did not separate him from his work, neither did the hope of delights move him to it. This is what the pusillanimous man will never well understand: that for certain men the supreme delight is the frenetic effort of creating things —for the painter, to paint; for the writer, to write; for the politician, to organize the State.
The opposition between egoism and altruism loses meaning when referred to the great man, because his «I» is filled to the brim with «the other»: his ego is an alter —the work. To concern himself with himself is to concern himself with the Universe.
Non si comprende che mente tanto sagace confidasse che il re avrebbe dovuto riconoscere la situazione. La chiave è forse nel fatto che Mirabeau, di spirito liberale e democratico, era d’anima e di razza un nobile. Ora; il nobile, per quanto intelligente sia, per quanto libero da pregiudizi si immagini, suole patire un fatale misticismo palatino.
Tuttavia, in quello stadio storico non c’era che una possibilità seria: la Monarchia costituzionale. Mirabeau fu l’unico che vide questo senza esitazioni. Gli altri, o erano troppo monarchici, o troppo costituzionali. Scartati quelli dalla violenza popolare, furono questi —gli arcirivoluzionari, i radicali— a far fallire la rivoluzione. Poiché non si deve dimenticare che la Rivoluzione Francese —uno dei pezzi più animati della storia universale— fu un completo fallimento. I principi da essa difesi tardarono quasi un secolo a ottenere una approssimata e tranquilla instaurazione. Fallì perché nell’Assemblea Nazionale non c’era che un politico autentico che, inoltre, scomparve nel 1791. Mirabeau sentiva sommo disdegno per quei colleghi definitori, geometri dello Stato, che avevano la testa piena di formule luminose, tanto luminose che li abbagliavano nel rapporto con le cose. Di loro diceva: «Io non ho mai adottato né il loro romanzo né la loro metafisica né i loro crimini inutili».
Dotato di una capacità di lavoro favolosa, Mirabeau era un organizzatore nato. Dove arrivava metteva ordine, sintomo supremo del grande politico. Meteva ordine nel buon senso della parola, che esclude come ingredienti normali polizia e baionette. Ordine non è una pressione che dall’esterno si esercita sulla società, ma un equilibrio che si suscita nel suo interno.
Come è sempre delizioso contemplare la perfezione, commuove leggere la storia di questi primi tempi rivoluzionari, di questa prima tappa nella vita dell’Assemblea, perché si vede un uomo che possiede il genio del suo mestiere riempire sovrabbondantemente il profilo di questo, muoversi elastico e trionfante, traboccare di tutta circostanza. L’Assemblea si vedeva costretta a prendere misure che la difendessero dal potere suggestivo che su di essa stessa esercitava questo unico uomo. La sua morte fu dichiarata sciagura nazionale, e il suo enorme cadavere inaugurò il Pantheon dei Grandi Uomini.
Ma ecco che dopo furono scoperte le prove della sua venalità. Mirabeau, che era quanto ho appena detto, era inoltre un uomo impudente. Subito il pedante che è sempre pronto, a quel tempo Joseph Chénier, chiese la parola nell’Assemblea e propose che le spoglie di Mirabeau fossero estratte dal Pantheon, «considerando che non c’è grande uomo senza virtù». La grande frase!
Essa ci pone la questione. Perché la storia di Mirabeau ricorda gravemente quella di Cesare e, in varia misura, quella di quasi tutti i grandi politici. Con rara coincidenza, il grande politico ha sempre ripetuto lo stesso tipo di uomo, fino nei dettagli della sua fisiologia.
II
«Considerando che non c’è grande uomo senza virtù», disse Joseph Chénier per denigrare la memoria di Mirabeau. Si comprende che tutti gli facessero caso, perché aveva detto una «frase», e per molto tempo, l’europeo ha avuto bisogno per vivere di respirare frasi come palloni di ossigeno[53].
Io propongo ora al lettore di caricare per un po’ la sua attenzione su quella «frase» e di cercare di analizzare con cautela il suo senso. Chénier si riferisce specialmente al grande uomo politico; di guisa che all’udire o leggere la prima parte del giudizio da lui formulato, se vogliamo riempire di significazione le parole «grande uomo», la nostra mente si orienta verso realtà come Cesare o Mirabeau. Avanzano allora verso di noi, come eroici fantasmi, le ciclopiche qualità di questi uomini o dei loro congeneri. Vediamo la loro inesauribile energia, la tensione costante del loro sforzo, la fertilità e monumentalità dei loro progetti, la rapidità, l’efficacia con cui li eseguono, la previsione geniale degli avvenimenti, la fermezza e serenità con cui accolgono i pericoli, il garbo trionfale del loro atteggiamento in tutte le circostanze. Se in qualche momento, per trascurabile disattenzione, ci viene in mente di qualificare le loro azioni come egoiste, ci correggiamo subito vergognandoci, perché ci accorgiamo che in questi uomini l’ego è occupato quasi totalmente da opere impersonali, anzi, transpersonali. Ha senso dire di Cesare che era egoista, che viveva per se stesso? Ma in che consisteva il «sé stesso», l’«io» di Cesare? In un indomito desiderio di creare cose, di organizzare la storia. Per questo si prende addosso, con la stessa naturalezza, i grandi onori e le grandi angosce. Ed è inaccettabile che l’uomo mediocre, incapace di cercare volontariamente e sopportare queste ultime, discuta al grande uomo il diritto al grande onore e al grande piacere.
Il nostro tempo non avrebbe mai inventato queste due parole: magnanimità e pusillanimità. Piuttosto ciò che ha fatto è dimenticarle, cieco per la distinzione fondamentale che designano. Da un secolo e mezzo tutto si confà a nasconderci il fatto che le anime hanno differente formato, che ci sono anime grandi e anime piccole, dove grande e piccolo non significano la nostra valutazione di quelle anime, ma la differenza reale di due strutture psicologiche distinte, di due modi antagonisti di funzionare della psiche. Il magnanimo e il pusillanime appartengono a specie diverse; vivere è per l’uno e per l’altro un’operazione di senso divergente e, in conseguenza, portano dentro di sé due prospettive morali contraddittorie. Quando Nietzsche distingue tra «morale dei signori» e «morale degli schiavi», dà una formula antipatica, angusta e, alla fine, falsa di qualcosa che è una realtà innegabile.
La prospettiva morale del pusillanime, certa quando si tratta di giudicare i suoi congeneri, è ingiusta quando si applica ai magnanimi. Ed è ingiusta semplicemente perché è falsa, perché parte da dati erronei, perché al pusillanime suole mancare l’intuizione immediata di ciò che passa dentro l’anima grande. Così nella questione che ora tangiamo. Il magnanimo è un uomo che ha missione creatrice: vivere ed essere è per lui fare grandi cose, produrre opere di grande calibro. Il pusillanime, invece, manca di missione; vivere è per lui semplicemente esistere lui, conservarsi, camminare tra le cose che sono già lì, fatte da altri —siano sistemi intellettuali, stili artistici, istituzioni, norme tradizionali, situazioni di potere pubblico. I suoi atti non emanano da una necessità creatrice, originaria, ispirata e ineludibile —ineludibile come il parto. Il pusillanime, da sé, non ha nulla da fare: manca di progetti e di desiderio rigoroso di esecuzione. Di guisa che, non essendoci nel suo interno «destino», forzosità congenita di creare, di riversarsi in opere, agisce soltanto mosso da interessi soggettivi —il piacere e il dolore. Cerca il piacere ed evita il dolore. Questo modo di funzionare vitalmente che in sé trova lo porta a supporre, per esempio, che se un pittore si affanna nel suo mestiere è mosso dal desiderio di essere famoso, ricco, eccetera. Come se tra il desiderio di fama, ricchezza, delizie, e la possibilità di dipingere questo o quel grande quadro, di inventare un determinato stile, esistesse la minima connessione! Il pusillanime dovrebbe avvertire che il primo pittore famoso non si poté proporre di essere un pittore famoso, ma esclusivamente di dipingere, per pura necessità di creare bellezza plastica. Solo a posteriori della sua vita e opera si formò nella mente degli altri, specialmente dei pusillanimi, l’idea o ideale di essere «famoso pittore». E allora, solo allora, attratti in effetti dai vantaggi egoistici di quel ruolo —«essere famoso pittore»—, cominciarono a dipingere i pusillanimi, cioè i cattivi pittori.
Non è comico che si qualifichi Cesare di ambizioso? Bisogna vedere! Cesare pretendeva niente meno che essere un Cesare, e Napoleone ebbe l’ardire di aspirare per tutta la sua vita all’illustre posto di Napoleone! Questo grazioso controsenso risulta sempre che si consideri la vita del grande uomo, o uomo di opere, sotto la prospettiva morale e secondo i dati psicologici dell’uomo minore, senza destino di creazione.
Ma la verità è molto diversa: la previsione di piaceri e onori ebbe sull’anima di Cesare tanto poca influenza quanto, viceversa, l’evitazione dei dolori. Come il desiderio di eludere sofferenze non lo allontanò dalla sua opera, nemmeno lo mosse ad essa la speranza di delizie. Questo è ciò che non comprenderà mai bene il pusillanime: che per certi uomini la delizia suprema è lo sforzo frenetico di creare cose —per il pittore, dipingere; per lo scrittore, scrivere; per il politico, organizzare lo Stato.
L’opposizione tra egoismo e altruismo perde senso riferita al grande uomo, perché il suo «io» è pieno fino all’orlo con «l’altro»: il suo ego è un alter —l’opera. Preoccuparsi di se stesso è preoccuparsi dell’Universo.
La «frase» de Chénier, en su segunda parte, habla de virtudes. Pero éstas no son esas cualidades que hemos descubierto en César o Mirabeau —no son las virtudes o virtualidades del grande hombre. Son, por el contrario, las maneras normales de comportarse los pequeños hombres, las almas chicas. Chénier exige a Mirabeau que sea Mirabeau y además que sea el señor Duval, uno de los varios millones de señores Duval que componían la mediocridad de Francia o de cualquier otro pueblo en cualquiera otra época. Porque, en efecto, estos millones de hombres son virtuosos: no estafan, no mienten, no estupran. Todo su valer se reduce a no hacer ninguna de esas cosas, en efecto, inmorales.
Conste, pues, que no me ocurre disputar el título de virtudes a la honradez, a la veracidad, a la templanza sexual. Son, sin duda, virtudes; pero pequeñas: son las virtudes de la pusilanimidad. Frente a ellas encuentro las virtudes creadoras, de grandes dimensiones, las virtudes magnánimas. Chénier no quiere reconocer el valor substantivo de éstas cuando faltan aquéllas, y esto es lo que me parece una inmoral parcialidad en favor de lo pequeño. Pues no es sólo inmoral preferir el mal al bien, sino igualmente preferir un bien inferior a un bien superior. Hay perversión dondequiera que haya subversión de lo que vale menos contra lo que vale más. Y es, sin disputa, más fácil y obvio no mentir que ser César o Mirabeau. Ni fuera exagerado afirmar que la inmoralidad máxima es esa preferencia invertida en que se exalta lo mediocre sobre lo óptimo, porque la adopción del mal suele decidirse sin pretensiones de moralidad, y, en cambio, aquella subversión se encarece casi siempre en nombre de una moral, falsa, claro está, y repugnante.
En vez de censurar al grande hombre porque le faltan las virtudes menores y padece menudos vicios, en vez de decir que «no hay grande hombre sin virtud», en vez de coincidir con su ayuda de cámara, fuera oportuno meditar sobre el hecho, casi universal, de que «no hay grande hombre con virtud»; se entiende con pequeña virtud. Esto es lo que, en una u otra proporción, pero con escandalosa insistencia, nos muestra la historia. Y en lugar de evadirnos por la dimensión vana de una «frase», debemos hincar ahí el bisturí del análisis. El pensamiento no nos ha sido dado para eludir los problemas, los agudos problemas bicornes, sino al contrario: para citarlos a cuerpo limpio y mancornarlos.
Es posible que el régimen de magnanimidad —sobre todo en el hombre público—incapacite para el servicio a las virtudes menores y arrastre consigo automáticamente la propensión para ciertos vicios. Esto es lo que puede verse con alguna claridad en el caso de Mirabeau.
Es preciso ir educando a España para la óptica de la magnanimidad, ya que es un pueblo ahogado por el exceso de virtudes pusilánimes. Cada día adquiere mayor predominio la moral canija de las almas mediocres, que es excelente cuando está compensada por los fieros y rudos aletazos de las almas mayores, pero que es mortal cuando pretende dirigir una raza y, apostada en todos los lugares estratégicos, se dedica a aplastar todo germen de superioridad.
Veamos, veamos un poco más de cerca a Mirabeau, por lo mismo que es de nuestro problema un caso extremo: el más inmoral de los grandes hombres.
III
Veamos, veamos qué fue, como máquina psicofísica, como aparato vital este Mirabeau. Con tal fin voy a enumerar lacónicamente los hechos principales de su vida, subrayando, sobre todo, los que han motivado la fama de inmoral.
Nace en Provenza en 1749. Por ambas alas familiares, numerosos dementes. Sobre todo, los Mirabeau venían siendo, de muchas generaciones atrás, unos frenéticos. Los Mirabeau podían denominarse los Karamazof gascones. El padre de nuestro héroe, hablando de su familia, la llamará «tempestiva raza». En 1767, el marqués de Mirabeau —economista, publicista, «amigo de los hombres», absurdo, inquieto— envía a su hijo, el pequeño gigante Gabriel, a un regimiento. Gabriel reúne dieciocho años. Apenas llega, tiene una formidable cuestión con el coronel. Su padre pide una orden de prisión, y este diabólico arcángel Gabriel entra por vez primera en la cárcel. Poco después es libertado. Retorna a casa. Es un vendaval de actividad. Estudia la tierra de Mirabeau, dibuja planos contra las inundaciones; trabaja, toma notas sobre el estado de los cultivos entre los campesinos, que le adoran. Su padre le llama monsieur le Comte de Bourrasque. Su padre le detesta y él a su padre. Marqués y marquesa riñen y se separan. Comienza entre ellos un pleito de intereses. Incitado por su padre, Gabriel ataca a su madre violentamente.
El viejo economista quiere organizar en sus tierras y confinantes una oficina de prudomía para que los campesinos diriman entre sí sus querellas. Gabriel logra esta organización, que parecía imposible. Va, viene, insinúa, aplaca, armoniza, convence. Entretanto, pobre, hace deudas.
Se casa en 1772. Crecen las deudas. Descubre un desliz de su mujer. La perdona. Apretado por los acreedores, tiene que entrar nuevamente en prisión. Sale de ella en 8 de junio de 1774. El 21 de agosto insultan a su hermana y él se bate para ampararla, con lo cual el 20 de septiembre vuelve a la cárcel, en el castillo de If, donde son enviadas órdenes de extremado rigor en el tratamiento. Su mujer no le quiere acompañar, y Mirabeau, desde el castillo, riñe con su mujer. Conquista la benevolencia del gobernador, monsieur d’Allegre, y se hace dueño de la situación. También se hace dueño de la única mujer que hay en el castillo: la mujer del cantinero.
Es trasladado al castillo de Joux bajo órdenes no menos severas. No se le permiten libros ni nada. Conquista al gobernador, monsieur de Maurin y probablemente a su mujer. Consigue libros. Lee frenéticamente, toma notas, compone memorias; por ejemplo: sobre las Salinas del Franco-Condado, que es el problema más inmediato al sitio donde se encuentra. Monsieur de Maurin corteja a una dama: Sofía de Monnier. La invita a comer, juntamente con su detenido. Sofía se enamora del detenido. Mirabeau entra y sale a su antojo. Publica en Neuchâtel el Ensayo sobre el despotismo —un libro farragoso. Para publicarlo contrae nueva deuda con el librero. El gobernador, ofendido como rival y comprometido por la publicidad que la deuda da a las salidas de Mirabeau, escribe a éste que se reintegre a la prisión. Mirabeau, lejos de recluirse, contesta insultando al gobernador. Pasa la frontera suiza y se detiene en Verrières. ¿Qué hacer con Sofía? Sofía está locamente enamorada de él. Lo dejará todo por su amante. Usa una de las primeras divisas románticas: «Gabriel o morir». ¿Qué hacer con Sofía, sin medios económicos ningunos, este hombre que iba formando sobre sus hombros un universo de deudas? Su hermana y su sobrina —de veintitrés años— van a su encuentro. De paso, Mirabeau no dejará de seducir a su sobrina. Mirabeau dirá de sí mismo que es un «atleta en amor». ¿Qué hacer con Sofía, a quien, efectivamente, ama? Comprende que raptarla es una locura capaz de hacer ya insoluble su apurada situación. No obstante, llama a Sofía. Es aceptar el compromiso de volver a empezar la vida. La familia de Sofía cae sobre él: nuevos procesos. Se le acusará de haber raptado a Sofía para apropiarse sus dineros. Y, en efecto, Sofía quisiera llevar algún dinero. Esto es un hecho que sus cartas prueban.
Perfectamente. Pero es un hecho también que ambos amantes huyen sin un ochavo y recalan en Amsterdam. Mirabeau se pone a traducir para ganar algo. Ha aprendido él solo inglés y cuatro o cinco idiomas más. Trabaja fieramente desde las seis de la mañana. Entretanto, le persiguen el Poder público, su padre, la familia de su amante. Lleva sobre sí un enjambre de procesos. Pero él, mientras atiende a éstos y traduce y ama, cultiva la música y escribe un ensayo estético sobre este arte melifluo, un ensayo que está muy bien de fondo y mejor de título: El lector pondrá el título. Éste es el título. Parece de hoy.
Como antes había atacado a su madre, escribirá ahora una memoria contra su padre, que no cesa de perseguirle. La consecuencia de todo ello es una demanda de extradición. Se envía contra él para darle caza un feroz policía: Bruquières, que, en efecto, detiene a la pareja para hacerse a poco su más fiel y leal servidor. Mirabeau ha conquistado al policía.
Mas, por lo pronto, tiene que ingresar en el castillo de Vincennes, una de las altas prisiones de Francia, Mirabeau asciende en su categoría de perpetuo encarcelado. Cada vez su prisión es más prisión, de más rango, de más cadenas.
Chénier’s «phrase», in its second part, speaks of virtues. But these are not those qualities we have discovered in Caesar or Mirabeau —they are not the virtues or potentialities of the great man. They are, on the contrary, the normal ways of behaving of little men, of small souls. Chénier demands of Mirabeau that he be Mirabeau and moreover that he be Mr. Duval, one of the several millions of Mr. Duvals that composed the mediocrity of France or of any other people in any other epoch. Because, in effect, these millions of men are virtuous: they do not cheat, they do not lie, they do not ravish. All their worth reduces itself to doing none of those things, in effect, immoral.
Let it be noted, then, that it does not occur to me to dispute the title of virtues to honesty, veracity, sexual temperance. They are, without doubt, virtues; but small ones: they are the virtues of pusillanimity. Over against them I find the creative virtues, of great dimensions, the magnanimous virtues. Chénier does not wish to recognize the substantive value of these when those are lacking, and this is what seems to me an immoral partiality in favor of the small. For it is not only immoral to prefer evil to good, but equally to prefer an inferior good to a superior good. There is perversion wherever there is subversion of that which is worth less against that which is worth more. And it is, without dispute, easier and more obvious not to lie than to be Caesar or Mirabeau. Nor would it be exaggerated to affirm that the maximum immorality is that inverted preference in which the mediocre is exalted over the optimal, because the adoption of evil is usually decided without pretensions to morality, and, on the other hand, that subversion is almost always vaunted in the name of a morality, false, of course, and repugnant.
Instead of censuring the great man because he lacks the lesser virtues and suffers petty vices, instead of saying that «there is no great man without virtue», instead of concurring with his valet, it would be opportune to meditate upon the fact, almost universal, that «there is no great man with virtue»; that is, with small virtue. This is what, in one proportion or another, but with scandalous insistence, history shows us. And instead of escaping through the vain dimension of a «phrase», we must thrust in there the scalpel of analysis. Thought has not been given us to elude problems, the acute bicorn problems, but on the contrary: to cite them bare-chested and to master them.
It is possible that the regime of magnanimity —above all in the public man— incapacitates for the service of the lesser virtues and drags with it automatically the propensity for certain vices. This is what can be seen with some clarity in the case of Mirabeau.
It is necessary to go on educating Spain for the optics of magnanimity, since it is a people suffocated by the excess of pusillanimous virtues. Every day there acquires greater predominance the puny morality of mediocre souls, which is excellent when it is compensated by the fierce and rude wingbeats of the greater souls, but which is mortal when it pretends to direct a race and, posted in all the strategic places, devotes itself to crushing every germ of superiority.
Let us look, let us look a little more closely at Mirabeau, precisely because it is of our problem an extreme case: the most immoral of great men.
III
Let us see, let us see what this Mirabeau was, as a psychophysical machine, as a vital apparatus. To that end I am going to enumerate laconically the principal facts of his life, underlining, above all, those that have motivated his reputation for immorality.
He is born in Provence in 1749. On both familial wings, numerous demented. Above all, the Mirabeaus had been, for many generations back, a race of madmen. The Mirabeaus could be called the Gascon Karamazovs. The father of our hero, speaking of his family, will call it a «tempestuous race». In 1767, the marquis of Mirabeau —economist, publicist, «friend of men», absurd, restless— sends his son, the little giant Gabriel, to a regiment. Gabriel turns eighteen. Scarcely does he arrive, he has a formidable quarrel with the colonel. His father asks for a lettre de cachet, and this diabolical archangel Gabriel enters prison for the first time. Shortly after he is freed. He returns home. He is a whirlwind of activity. He studies the land of Mirabeau, draws plans against the floods; he works, takes notes on the state of the crops among the peasants, who adore him. His father calls him monsieur le Comte de Bourrasque. His father detests him and he his father. Marquis and marchioness quarrel and separate. A lawsuit over interests begins between them. Incited by his father, Gabriel violently attacks his mother.
The old economist wants to organize in his lands and those bordering an office of prud’homme so that the peasants may settle their quarrels among themselves. Gabriel achieves this organization, which seemed impossible. He goes, comes, insinuates, appeases, harmonizes, convinces. Meanwhile, poor, he runs into debt.
He marries in 1772. The debts grow. He discovers a lapse of his wife. He forgives her. Pressed by creditors, he has to enter prison again. He comes out of it on June 8, 1774. On August 21 they insult his sister and he fights to protect her, whereupon on September 20 he returns to prison, in the Château d’If, where orders of extreme rigor in treatment are sent. His wife does not wish to accompany him, and Mirabeau, from the château, quarrels with his wife. He conquers the benevolence of the governor, Monsieur d’Allegre, and makes himself master of the situation. He also makes himself master of the only woman there is in the château: the wife of the canteen keeper.
He is transferred to the Château de Joux under orders no less severe. He is not allowed books nor anything. He conquers the governor, Monsieur de Maurin, and probably his wife. He obtains books. He reads frenetically, takes notes, composes memoirs; for example: on the Saltworks of the Franche-Comté, which is the most immediate problem to the place where he finds himself. Monsieur de Maurin courts a lady: Sophie de Monnier. He invites her to dine, together with his prisoner. Sophie falls in love with the prisoner. Mirabeau comes and goes at his pleasure. He publishes in Neuchâtel the Essay on Despotism —a farraginous book. To publish it he contracts a new debt with the bookseller. The governor, offended as a rival and compromised by the publicity that the debt gives to Mirabeau’s outings, writes to him to return to prison. Mirabeau, far from shutting himself up, answers insulting the governor. He crosses the Swiss frontier and stops at Verrières. What to do with Sophie? Sophie is madly in love with him. She will leave everything for her lover. He uses one of the first romantic mottos: «Gabriel or die». What to do with Sophie, without any economic means whatever, this man who was building upon his shoulders a universe of debts? His sister and his niece —of twenty-three years— go to meet him. In passing, Mirabeau will not fail to seduce his niece. Mirabeau will say of himself that he is an «athlete in love». What to do with Sophie, whom, in effect, he loves? He understands that abducting her is a madness capable of making his straitened situation already insoluble. Nevertheless, he calls Sophie. It is accepting the commitment to begin life over. Sophie’s family falls upon him: new lawsuits. He will be accused of having abducted Sophie to appropriate her money. And, in effect, Sophie would like to carry some money. This is a fact that his letters prove.
Perfectly. But it is also a fact that both lovers flee without a penny and fetch up in Amsterdam. Mirabeau sets himself to translating to earn something. He has learned English alone and four or five other languages. He works fiercely from six in the morning. Meanwhile, they persecute him —the public Power, his father, his lover’s family. He carries upon him a swarm of lawsuits. But he, while attending to these and translating and loving, cultivates music and writes an aesthetic essay on this mellifluous art, an essay that is very good in content and better in title: The Reader Will Supply the Title. That is the title. It seems of today.
As before he had attacked his mother, he will now write a memoir against his father, who never ceases persecuting him. The consequence of all this is a demand for extradition. There is sent against him to hunt him down a fierce policeman: Bruquières, who, in effect, arrests the couple only to become shortly after their most faithful and loyal servant. Mirabeau has conquered the policeman.
But, for the present, he has to enter the Château de Vincennes, one of the high prisons of France. Mirabeau ascends in his category of perpetual prisoner. Each time his prison is more of a prison, of more rank, of more chains.
La «frase» di Chénier, nella sua seconda parte, parla di virtù. Ma queste non sono quelle qualità che abbiamo scoperto in Cesare o Mirabeau —non sono le virtù o virtualità del grande uomo. Sono, al contrario, i modi normali di comportarsi dei piccoli uomini, delle anime piccole. Chénier esige da Mirabeau che sia Mirabeau e inoltre che sia il signor Duval, uno dei vari milioni di signori Duval che componevano la mediocrità della Francia o di qualsiasi altro popolo in qualunque altra epoca. Perché, in effetti, questi milioni di uomini sono virtuosi: non truffano, non mentono, non stuprano. Tutto il loro valore si riduce a non fare nessuna di quelle cose, in effetti, immorali.
Resta inteso, dunque, che non mi accade di disputare il titolo di virtù all’onestà, alla veracità, alla temperanza sessuale. Sono, senza dubbio, virtù; ma piccole: sono le virtù della pusillanimità. Di fronte ad esse trovo le virtù creatrici, di grandi dimensioni, le virtù magnanime. Chénier non vuole riconoscere il valore sostantivo di queste quando mancano quelle, e questo è ciò che mi sembra una immorale parzialità in favore del piccolo. Poiché non è solo immorale preferire il male al bene, ma ugualmente preferire un bene inferiore a un bene superiore. C’è perversione dovunque ci sia sovversione di ciò che vale meno contro ciò che vale di più. Ed è, senza disputa, più facile e ovvio non mentire che essere Cesare o Mirabeau. Né sarebbe esagerato affermare che l’immoralità massima è quella preferenza invertita in cui si esalta il mediocre sopra l’ottimo, perché l’adozione del male suole decidersi senza pretese di moralità, e, invece, quella sovversione si raccomanda quasi sempre in nome di una morale, falsa, è chiaro, e ripugnante.
Invece di censurare il grande uomo perché gli mancano le virtù minori e patisce menuti vizi, invece di dire che «non c’è grande uomo senza virtù», invece di coincidere con il suo cameriere personale, sarebbe opportuno meditare sul fatto, quasi universale, che «non c’è grande uomo con virtù»; si intende con piccola virtù. Questo è ciò che, in una o altra proporzione, ma con scandalosa insistenza, ci mostra la storia. E invece di evaderci per la dimensione vana di una «frase», dobbiamo affondare lì il bisturi dell’analisi. Il pensiero non ci è stato dato per eludere i problemi, gli acuti problemi bicorni, ma al contrario: per convocarli a viso scoperto e domarli.
È possibile che il regime di magnanimità —soprattutto nell’uomo pubblico— renda incapaci al servizio delle virtù minori e trascini con sé automaticamente la propensione per certi vizi. Questo è ciò che si può vedere con qualche chiarezza nel caso di Mirabeau.
È necessario andare educando la Spagna all’ottica della magnanimità, giacché è un popolo soffocato dall’eccesso di virtù pusillanimi. Ogni giorno acquista maggiore predominio la morale mingherlina delle anime mediocri, che è eccellente quando è compensata dai fieri e rudi battiti d’ala delle anime maggiori, ma che è mortale quando pretende di dirigere una razza e, appostata in tutti i luoghi strategici, si dedica a schiacciare ogni germe di superiorità.
Vediamo, vediamo un poco più da vicino Mirabeau, proprio perché è del nostro problema un caso estremo: il più immorale dei grandi uomini.
III
Vediamo, vediamo che cosa fu, come macchina psicofisica, come apparato vitale questo Mirabeau. A tal fine vado a enumerare laconicamente i fatti principali della sua vita, sottolineando, soprattutto, quelli che hanno motivato la fama di immorale.
Nasce in Provenza nel 1749. Per entrambe le ali familiari, numerosi dementi. Soprattutto, i Mirabeau venivano essendo, da molte generazioni indietro, dei frenetici. I Mirabeau potevano denominarsi i Karamazov guasconi. Il padre del nostro eroe, parlando della sua famiglia, la chiamerà «razza tempestosa». Nel 1767, il marchese di Mirabeau —economista, pubblicista, «amico degli uomini», assurdo, inquieto— invia suo figlio, il piccolo gigante Gabriel, a un reggimento. Gabriel compie diciotto anni. Appena arriva, ha una formidabile questione con il colonnello. Suo padre chiede un ordine di prigione, e questo diabolico arcangelo Gabriele entra per la prima volta in carcere. Poco dopo è liberato. Ritorna a casa. È un turbine di attività. Studia la terra di Mirabeau, disegna piani contro le inondazioni; lavora, prende note sullo stato dei raccolti tra i contadini, che lo adorano. Suo padre lo chiama monsieur le Comte de Bourrasque. Suo padre lo detesta e lui suo padre. Marchese e marchesa litigano e si separano. Comincia tra loro una lite di interessi. Incitato dal padre, Gabriel attacca violentemente sua madre.
Il vecchio economista vuole organizzare nelle sue terre e confinanti un ufficio di prudomeria perché i contadini risolvano tra loro le loro querele. Gabriel riesce a realizzare questa organizzazione, che sembrava impossibile. Va, viene, insinua, placa, armonizza, convince. Nel frattempo, povero, fa debiti.
Si sposa nel 1772. Crescono i debiti. Scopre uno scivolone di sua moglie. La perdona. Pressato dai creditori, deve entrare nuovamente in prigione. Ne esce l’8 giugno 1774. Il 21 agosto insultano sua sorella ed egli si batte per proteggerla, con la quale cosa il 20 settembre torna in carcere, nel castello di If, dove vengono inviate ordini di estremo rigore nel trattamento. Sua moglie non vuole accompagnarlo, e Mirabeau, dal castello, litiga con sua moglie. Conquista la benevolenza del governatore, monsieur d’Allegre, e si fa padrone della situazione. Si fa padrone anche dell’unica donna che c’è nel castello: la moglie del cantiniere.
È trasferito al castello di Joux sotto ordini non meno severi. Non gli sono permessi libri né nulla. Conquista il governatore, monsieur de Maurin, e probabilmente sua moglie. Ottiene libri. Legge freneticamente, prende note, compone memorie; per esempio: sulle Saline della Franca Contea, che è il problema più immediato al luogo dove si trova. Monsieur de Maurin corteggia una dama: Sofia de Monnier. La invita a mangiare, insieme con il suo detenuto. Sofia si innamora del detenuto. Mirabeau entra ed esce a suo piacimento. Pubblica a Neuchâtel il Saggio sul dispotismo —un libro farraginoso. Per pubblicarlo contrae nuovo debito con il libraio. Il governatore, offeso come rivale e compromesso dalla pubblicità che il debito dà alle uscite di Mirabeau, gli scrive che si reintegri nella prigione. Mirabeau, lungi dal recluirsi, risponde insultando il governatore. Passa la frontiera svizzera e si ferma a Verrières. Che fare con Sofia? Sofia è pazzamente innamorata di lui. Lascerà tutto per il suo amante. Usa uno dei primi motti romantici: «Gabriel o morire». Che fare con Sofia, senza mezzi economici alcuno, quest’uomo che andava formandosi sulle spalle un universo di debiti? Sua sorella e sua nipote —di ventitré anni— vanno al suo incontro. Di passaggio, Mirabeau non lascerà di sedurre sua nipote. Mirabeau dirà di se stesso che è un «atleta in amore». Che fare con Sofia, che, in effetti, ama? Comprende che rapirla è una pazzia capace di rendere già insolubile la sua disperata situazione. Nonostante ciò, chiama Sofia. È accettare l’impegno di ricominciare la vita. La famiglia di Sofia piomba su di lui: nuovi processi. Lo si accuserà di aver rapito Sofia per appropriarsi dei suoi denari. E, in effetti, Sofia vorrebbe portare qualche denaro. Questo è un fatto che le sue lettere provano.
Perfettamente. Ma è un fatto anche che entrambi gli amanti fuggono senza un centesimo e approdano ad Amsterdam. Mirabeau si mette a tradurre per guadagnare qualcosa. Ha imparato da solo l’inglese e quattro o cinque altre lingue. Lavora ferocemente dalle sei di mattina. Nel frattempo, lo perseguitano il Potere pubblico, suo padre, la famiglia della sua amante. Porta addosso uno sciame di processi. Ma egli, mentre attende a questi e traduce e ama, coltiva la musica e scrive un saggio estetico su quest’arte meliflua, un saggio che sta molto bene di fondo e meglio di titolo: Il lettore metterà il titolo. Questo è il titolo. Sembra di oggi.
Come prima aveva attaccato sua madre, scriverà ora una memoria contro suo padre, che non cessa di perseguitarlo. La conseguenza di tutto ciò è una domanda di estradizione. Si invia contro di lui per dargli la caccia un feroce poliziotto: Bruquières, che, in effetti, ferma la coppia per farsi a poco il suo più fedele e leale servitore. Mirabeau ha conquistato il poliziotto.
Ma, per il momento, deve entrare nel castello di Vincennes, una delle alte prigioni di Francia. Mirabeau ascende nella sua categoria di perpetuo incarcerato. Ogni volta la sua prigione è più prigione, di più rango, di più catene.
Esta vez la reclusión va a durar de 1777 a 1780. Tres años «en un calabozo de diez pies de ancho». ¿Qué hará allí esta magnífica fiera? Sin duda, hozar con su alma de gran felino. Por lo pronto, se las arreglará para escribir a Sofía carta sobre carta. Este epistolario se publicó después con enorme escándalo. Porque en el calabozo de diez pies, contraída la sensualidad gigantesca de su temperamento, se escapará por la dimensión literaria. En las cartas a Sofía vierte materias de toda índole: ensayos oratorios y líricos, consideraciones morales, efusiones sinceras, pornografía y hasta trozos de libros y revistas que da como suyos. Empieza una carta: «Escucha, amiga mía, voy a verter en el tuyo mi corazón», y lo que vierte, en realidad, es un artículo ajeno del Mercurio de Francia[54]. Me interesa mucho subrayar este dato.
En este tiempo compone una memoria, mansamente dirigida a su padre, defendiéndose. Además, compone cuentos, diálogos, tragedias; traduce a Tácito, Tibulo, Boccaccio; escribe para Sofía un estudio sobre la inoculación y una gramática; estudia el islamismo y el Korán; comienza una historia de los Países Bajos. Además, escribe libros pornográficos. ¿Nada más? No; todavía más. Entre los prisioneros está un señor Baudoin de Guémadeuc, que tiene una amante, la señorita Julia, a quien Mirabeau no ha visto ni verá jamás. No obstante, entabla con ella una larga correspondencia, llena de gracia, de amenidad y de mentiras. Se presenta como persona de grande influencia en la Corte. La señorita Julia no tenía importancia alguna. ¿A qué, pues, esta farsa y el esfuerzo que supone? Subraye también este hecho el curioso lector.
Entre los libros compuestos en Vincennes, hay uno cuya publicación tuvo enorme resonancia: sus estudios Des lettres de cachets et des prisons d’Etat. Prisionero Mirabeau, quiere organizar seriamente las prisiones en general y reformar las instituciones. La política de la Asamblea está anticipada en este ensayo. Entretanto, feroces cólicos nefríticos.
«Desnudo como un gusano» sale Mirabeau del calabozo en 1780. Está en los treinta años. ¿Por qué no descansar un poco? ¿Descansar? Le esperan a la puerta, como prevenidos lobos, los dos procesos más graves. Uno, provocado por el marido de Sofía Monnier; otro, por sus suegros. En las actuaciones, que fueron públicas, se agolpaba la muchedumbre. Es aventado a los cuatro puntos cardinales todo su pretérito. No hay que decir el escándalo producido en toda Francia por esta vida turbulenta, a que la Justicia —siempre un poco pedante— se encarga de dar notoriedad oficial.
Mirabeau ha conseguido la fama a fuerza de insensateces; una fama negativa, lastrada de pecados capitales. Es una ascensión a la inversa.
Sí; pero llega, en el proceso, el momento en que se concede la palabra al acusado. Y da la casualidad de que el acusado es Mirabeau. Y da la casualidad de que el acusado tiene una pequeña substancia mágica que nombramos con un vocablo tonto, pueril, propio para la terminología de los cuentos de niños; tiene… genio. Y hace un discurso judicial, una cosa que nunca había hecho. Y ese discurso es una creación perfecta, y jueces, testigos y público oyen lo que no habían oído nunca: la palabra, nada, un poco de aire estremecido que, desde la madrugada confusa del Génesis, tiene poder de creación. De modo que, en un instante, aquellas circunstancias desastrosas son transmutadas en un triunfo. La ascensión negativa cambia de signo, se hace positiva, y la fama adversa, con todo su lastre de fango, se convierte en gloria. Estamos en 1783.
La gloria, pero no el dinero. La gloria, como sus fenómenos hermanos —el orto y la puesta del sol— tiene el hábito del oro, pero no su materia: tiene el amarillo y la refulgencia. Mirabeau comienza por tercera o cuarta vez su vida, glorioso e impecune. En 1784 empeña, en el Monte de Piedad, «su» traje bordado de plata, con su casaca y pantalón y su casaca de paño con plata semiluto y encajes de invierno. Poco después contrae, juntamente con su madre, un préstamo usurario de 30.000 libras: otra insensatez. Y comienza de pronto una vida opulenta, con gran tren, carrozas, comidas y ningún orden económico. (Recuérdese César, recuérdese Wagner). De una vez para siempre nació sensual y necesitaba las delicias como el pulmón necesita el aire. Pero fíjese el lector. Este hombre ha pasado tres años en un calabozo de diez pies, sin delicia alguna. ¿Qué ha hecho su pulmón? ¿Ahogarse? Hemos visto la fabulosa actividad desarrollada durante ese encarcelamiento. ¿En qué quedamos, pues? La contradicción es sólo aparente. Un alma fuerte es fuerte en sus apetitos; necesita mucho muchas cosas; pero, a la vez, es fuerte para renunciar, para no necesitar cuando el caso forzoso llega.
Entra en su vida madama de Nehra, una holandesita de diecisiete años, dulce y buena, que pondrá un poco de sentido común y de orden en la vida frenética de este hombre. Comienzan los años de viaje: Inglaterra, Alemania. Mirabeau estudia el Continente. Se informa de la política y de la economía, de sus problemas inminentes, de sus posibilidades. Escribe sobre estas materias, sobre todo se ocupa de asuntos financieros; por ejemplo: sobre el Banco de España, llamado de San Carlos. La resonancia de estas publicaciones es tan grande, que en un momento llegó a influir en la balanza de la Bolsa continental. El Banco de San Carlos quiso comprar su pluma. Pero Mirabeau, que seguía siendo pobre, rehusó. Porque sus campañas desarrollaban una idea política, y Mirabeau no estaba dispuesto a combatir su propia idea. Este hecho nos va a dar la clave de lo que se ha llamado su venalidad. Ya veremos la graciosa paradoja en que se resuelve esta gran acusación, y que se puede anticipar y resumir diciendo: el venal Mirabeau es uno de los hombres que se han vendido menos, si se advierte que es uno de los hombres que más se ha querido comprar. El pusilánime, al hacer su cuenta al grande hombre, olvida siempre el otro factor, que es el esencial: su grande hombría.
En 1787 vuelve a Francia. La nación está encinta de grandes acontecimientos. Hay un desasosiego universal en la sociedad. Todos, los de arriba y los de abajo, presienten que es preciso hacer algo; pero nadie sabe qué. Mirabeau ve al punto, con indefectible seguridad, que su vida va a confundirse con la vida de Francia. Todo aquel privado frenesí de veinte años, toda aquella acumulación de saberes, de noticias, de proyectos, aquella energía, aquella capacidad de trabajo, aquella fruición en el conflicto, aquella voz de trompeta de postrimería, aquella fluencia verbal, va a insertarse en un punto de la historia.
Mirabeau reclama la reunión de los Estados Generales para 1789. Su voz, de fuerza cósmica, de diabólico arcángel, anuncia el juicio final del Antiguo Régimen. Tiene cuarenta años. Es un gigante obeso, con el rostro picado de viruelas.
IV
Convocados los Estados Generales, Mirabeau busca en su Provenza natal electores. Va a Aix y a Marsella, donde se percata de las dimensiones que ha adquirido su popularidad. No obstante, sus congéneres los nobles de Provenza, con una hipersensibilidad de ayudas de cámara, quieren evitar la contaminación de su presencia y le excluyen del estado noble. Mirabeau no se inmuta. Pocos días después se producen graves revueltas en Marsella, tan graves, que el Poder público se declara incapaz de reprimirlas, y entonces los nobles de Marsella recurren a Mirabeau, el revolucionario excluido de sus rangos por sus «opiniones subversivas del orden público y atentatorias a la autoridad real». ¿Qué hará Mirabeau cuando se le pide que vaya a Marsella para corregir, contener y castigar al pueblo mismo que poco antes le aclamaba y cuya adhesión era su única fuerza? Mirabeau es el político por la gracia de Dios, el hombre de Estado nato, y no duda un momento. Va a Marsella, y, sin perder un minuto, organiza a jóvenes burgueses y obreros en una milicia ciudadana, que impone pronto el orden. Mirabeau permanece cuatro días seguidos sin dormir. Pacificada Marsella, brota la revuelta en Aix, y Mirabeau sale a galope, sin tomar descanso, hacia la villa de cuya nobleza ha sido borrado. Mirabeau será elegido representante del Tercer Estado por el departamento de Aix.
This time the seclusion will last from 1777 to 1780. Three years «in a dungeon ten feet wide». What will this magnificent beast do there? Without doubt, root about with its soul of a great feline. For the present, he will manage to write to Sophie letter upon letter. This correspondence was published afterwards with enormous scandal. For in the dungeon of ten feet, contracted the gigantic sensuality of his temperament, it will escape through the literary dimension. In the letters to Sophie he pours out matters of every kind: oratorical and lyrical essays, moral considerations, sincere effusions, pornography and even passages of books and magazines that he gives as his own. He begins a letter: «Listen, my friend, I am going to pour my heart into yours», and what he pours, in reality, is someone else’s article from the Mercure de France[54]. It interests me greatly to underline this fact.
In this time he composes a memoir, mildly directed to his father, defending himself. Moreover, he composes tales, dialogues, tragedies; he translates Tacitus, Tibullus, Boccaccio; he writes for Sophie a study on inoculation and a grammar; he studies Islamism and the Koran; he begins a history of the Netherlands. Moreover, he writes pornographic books. Nothing more? No; still more. Among the prisoners there is a Monsieur Baudoin de Guémadeuc, who has a mistress, Mademoiselle Julia, whom Mirabeau has not seen nor will ever see. Nevertheless, he enters into a long correspondence with her, full of grace, of pleasantness and of lies. He presents himself as a person of great influence at Court. Mademoiselle Julia had no importance whatever. To what, then, this farce and the effort it implies? Let the curious reader also underline this fact.
Among the books composed at Vincennes, there is one whose publication had enormous resonance: his studies Des lettres de cachets et des prisons d’Etat. Prisoner though he is, Mirabeau wants to organize seriously the prisons in general and to reform the institutions. The politics of the Assembly is anticipated in this essay. Meanwhile, ferocious nephritic colics.
«Naked as a worm» Mirabeau comes out of the dungeon in 1780. He is thirty years old. Why not rest a little? Rest? There await him at the door, like lying-in-wait wolves, the two gravest lawsuits. One, provoked by the husband of Sophie Monnier; the other, by his parents-in-law. In the hearings, which were public, the crowd thronged. All his past is broadcast to the four cardinal points. Needless to say the scandal produced in all France by this turbulent life, to which Justice —always a little pedantic— takes charge of giving official notoriety.
Mirabeau has achieved fame by force of follies; a negative fame, ballasted with capital sins. It is an ascent in reverse.
Yes; but there arrives, in the trial, the moment in which the floor is granted to the accused. And it so happens that the accused is Mirabeau. And it so happens that the accused has a little magical substance that we name with a silly, puerile word, fit for the terminology of children’s stories; he has… genius. And he makes a judicial speech, a thing he had never done. And that speech is a perfect creation, and judges, witnesses and public hear what they had never heard: the word, nothing, a little trembling air that, from the confused dawn of Genesis, has power of creation. So that, in an instant, those disastrous circumstances are transmuted into a triumph. The negative ascent changes sign, becomes positive, and the adverse fame, with all its ballast of mud, is converted into glory. We are in 1783.
Glory, but not money. Glory, like its brother phenomena —the rising and the setting of the sun— has the habit of gold, but not its matter: it has the yellow and the refulgence. Mirabeau begins for the third or fourth time his life, glorious and penniless. In 1784 he pledges, at the pawnshop, «his» coat embroidered in silver, with its coat and breeches and his cloth coat with silver for half-mourning and winter laces. Shortly after he contracts, together with his mother, a usurious loan of 30,000 livres: another folly. And he suddenly begins an opulent life, with great state, carriages, dinners and no economic order. (Remember Caesar, remember Wagner). Once and for all he was born sensual and needed delights as the lung needs air. But let the reader note. This man has spent three years in a dungeon of ten feet, without any delight. What has his lung done? Suffocate? We have seen the fabulous activity developed during that imprisonment. Where do we stand, then? The contradiction is only apparent. A strong soul is strong in its appetites; it needs much, many things; but, at the same time, it is strong to renounce, to have no needs when the forced case arrives.
There enters into his life Madame de Nehra, a little Dutch girl of seventeen, sweet and good, who will put a little common sense and order into the frenetic life of this man. The years of travel begin: England, Germany. Mirabeau studies the Continent. He informs himself of the politics and the economy, of its imminent problems, of its possibilities. He writes on these matters, above all he occupies himself with financial affairs; for example: on the Bank of Spain, called San Carlos. The resonance of these publications is so great that at one moment it came to influence the balance of the continental Stock Exchange. The Bank of San Carlos wanted to buy his pen. But Mirabeau, who continued to be poor, refused. Because his campaigns developed a political idea, and Mirabeau was not disposed to fight his own idea. This fact is going to give us the key to what has been called his venality. We shall see the graceful paradox in which this great accusation resolves itself, and which can be anticipated and summarized by saying: the venal Mirabeau is one of the men who have sold themselves the least, if one notes that he is one of the men whom most has been wanted to buy. The pusillanimous man, when making his account of the great man, always forgets the other factor, which is the essential one: his great manliness.
In 1787 he returns to France. The nation is pregnant with great events. There is a universal restlessness in society. All, those above and those below, have a presentiment that it is necessary to do something; but no one knows what. Mirabeau sees at once, with infallible security, that his life is going to be confounded with the life of France. All that private frenzy of twenty years, all that accumulation of knowledges, of news, of projects, that energy, that capacity for work, that relish in conflict, that trumpet voice of the last hour, that verbal fluency, is going to insert itself at a point of history.
Mirabeau demands the meeting of the Estates General for 1789. His voice, of cosmic force, of diabolical archangel, announces the last judgment of the Ancien Régime. He is forty years old. He is an obese giant, with his face pitted with smallpox.
IV
Once the Estates General are convolved, Mirabeau seeks electors in his native Provence. He goes to Aix and to Marseille, where he becomes aware of the dimensions his popularity has acquired. Nevertheless, his fellow nobles of Provence, with a hypersensitivity of valets, want to avoid the contamination of his presence and exclude him from the noble estate. Mirabeau does not flinch. A few days later grave riots occur in Marseille, so grave that the public Power declares itself incapable of repressing them, and then the nobles of Marseille have recourse to Mirabeau, the revolutionary excluded from their ranks for his «opinions subversive of public order and injurious to the royal authority». What will Mirabeau do when he is asked to go to Marseille to correct, contain and punish the very people that shortly before acclaimed him and whose adherence was his only strength? Mirabeau is the politician by the grace of God, the born statesman, and he does not hesitate a moment. He goes to Marseille, and, without losing a minute, organizes young bourgeois and workers into a citizen militia, which soon imposes order. Mirabeau remains four consecutive days without sleeping. Marseille pacified, the revolt breaks out in Aix, and Mirabeau rides out at a gallop, without taking rest, toward the town from whose nobility he has been erased. Mirabeau will be elected representative of the Third Estate by the department of Aix.
Questa volta la reclusione durerà dal 1777 al 1780. Tre anni «in un carcere di dieci piedi di larghezza». Che farà lì questa magnifica fiera? Senza dubbio, grufolare con la sua anima di grande felino. Per il momento, si sistemerà per scrivere a Sofia lettera su lettera. Questo epistolario si pubblicò dopo con enorme scandalo. Perché nel carcere di dieci piedi, contratta la sensualità gigantesca del suo temperamento, si esprimerà per la dimensione letteraria. Nelle lettere a Sofia riversa materie di ogni sorta: saggi oratori e lirici, considerazioni morali, effusioni sincere, pornografia e persino brani di libri e riviste che dà come suoi. Comincia una lettera: «Ascolta, amica mia, vado a riversare nel tuo il mio cuore», e ciò che riversa, in realtà, è un articolo altrui del Mercurio di Francia[54]. Mi interessa molto sottolineare questo dato.
In questo tempo compone una memoria, mansuetamente diretta a suo padre, difendendosi. Inoltre, compone racconti, dialoghi, tragedie; traduce Tacito, Tibullo, Boccaccio; scrive per Sofia uno studio sull’inoculazione e una grammatica; studia l’islamismo e il Corano; comincia una storia dei Paesi Bassi. Inoltre, scrive libri pornografici. Nient’altro? No; ancora di più. Tra i prigionieri c’è un signor Baudoin de Guémadeuc, che ha un’amante, la signorina Julia, che Mirabeau non ha visto né vedrà mai. Nonostante ciò, intavola con lei una lunga corrispondenza, piena di grazia, di amenità e di menzogne. Si presenta come persona di grande influenza a Corte. La signorina Julia non aveva importanza alcuna. A che, dunque, questa farsa e lo sforzo che suppone? Sottolinei anche questo fatto il curioso lettore.
Tra i libri composti a Vincennes, ce n’è uno la cui pubblicazione ebbe enorme risonanza: i suoi studi Des lettres de cachets et des prisons d’Etat. Prigioniero Mirabeau, vuole organizzare seriamente le prigioni in generale e riformare le istituzioni. La politica dell’Assemblea è anticipata in questo saggio. Nel frattempo, feroci coliche nefritiche.
«Nudo come un verme» esce Mirabeau dal carcere nel 1780. È sulla trentina. Perché non riposare un poco? Riposare? Lo aspettano alla porta, come lupi appostati, i due processi più gravi. Uno, provocato dal marito di Sofia Monnier; l’altro, dai suoi suoceri. Nelle udienze, che furono pubbliche, si accalcava la folla. È sventagliato ai quattro punti cardinali tutto il suo passato. Non c’è bisogno di dire lo scandalo prodotto in tutta la Francia da questa vita turbolenta, a cui la Giustizia —sempre un poco pedante— si incarica di dare notorietà ufficiale.
Mirabeau ha conseguito la fama a forza di insensatezze; una fama negativa, zavorrata di peccati capitali. È un’ascesa alla rovescia.
Sì; ma arriva, nel processo, il momento in cui si concede la parola all’accusato. E dà la casualità che l’accusato è Mirabeau. E dà la casualità che l’accusato ha una piccola sostanza magica che nominiamo con un vocabolo sciocco, puerile, proprio per la terminologia dei racconti di bambini; ha… genio. E fa un discorso giudiziario, una cosa che non aveva mai fatto. E quel discorso è una creazione perfetta, e giudici, testimoni e pubblico odono ciò che non avevano mai udito: la parola, niente, un poco d’aria agitata che, dall’alba confusa del Genesi, ha potere di creazione. Di modo che, in un istante, quelle circostanze disastrose sono trasmutate in un trionfo. L’ascesa negativa cambia di segno, si fa positiva, e la fama avversa, con tutto il suo zavorramento di fango, si converte in gloria. Siamo nel 1783.
La gloria, ma non il denaro. La gloria, come i suoi fenomeni fratelli —il sorgere e il tramontare del sole— ha l’abito dell’oro, ma non la sua materia: ha il giallo e la rifulgenza. Mirabeau comincia per la terza o quarta volta la sua vita, glorioso e impecunioso. Nel 1784 impegna, nel Monte di Pietà, «il suo» abito ricamato d’argento, con la sua casacca e calzoni e la sua casacca di panno con argento da mezzolutto e merletti invernali. Poco dopo contrae, insieme con sua madre, un prestito usurario di 30.000 lire: un’altra insensatezza. E comincia di colpo una vita opulenta, con gran tenore, carrozze, pranzi e nessun ordine economico. (Si ricordi Cesare, si ricordi Wagner). Una volta per tutte nacque sensuale e aveva bisogno delle delizie come il polmone ha bisogno dell’aria. Ma faccia attenzione il lettore. Quest’uomo ha passato tre anni in un carcere di dieci piedi, senza delizia alcuna. Che cosa ha fatto il suo polmone? Soffocare? Abbiamo visto la favolosa attività sviluppata durante quell’incarceramento. In che cosa restiamo, dunque? La contraddizione è solo apparente. Un’anima forte è forte nei suoi appetiti; ha bisogno di molto, di molte cose; ma, allo stesso tempo, è forte per rinunciare, per non aver bisogno quando il caso forzoso arriva.
Entra nella sua vita madama de Nehra, un’olandesina di diciassette anni, dolce e buona, che metterà un poco di senso comune e di ordine nella vita frenetica di quest’uomo. Cominciano gli anni di viaggio: Inghilterra, Germania. Mirabeau studia il Continente. Si informa della politica e dell’economia, dei suoi problemi imminenti, delle sue possibilità. Scrive su queste materie, soprattutto si occupa di questioni finanziarie; per esempio: sulla Banca di Spagna, detta di San Carlo. La risonanza di queste pubblicazioni è tanto grande che in un momento arrivò a influire sulla bilancia della Borsa continentale. La Banca di San Carlo volle comprare la sua penna. Ma Mirabeau, che continuava a essere povero, rifiutò. Perché le sue campagne sviluppavano un’idea politica, e Mirabeau non era disposto a combattere la propria idea. Questo fatto ci darà la chiave di ciò che si è chiamato la sua venalità. Già vedremo il grazioso paradosso in cui si risolve questa grande accusa, e che si può anticipare e riassumere dicendo: il venale Mirabeau è uno degli uomini che si sono venduti di meno, se si avverte che è uno degli uomini che più si è voluto comprare. Il pusillanime, facendo il suo conto al grande uomo, dimentica sempre l’altro fattore, che è l’essenziale: la sua grande virilità.
Nel 1787 torna in Francia. La nazione è incinta di grandi avvenimenti. C’è un disagio universale nella società. Tutti, quelli di sopra e quelli di sotto, presagiscono che è necessario fare qualcosa; ma nessuno sa che cosa. Mirabeau vede al punto, con indefettibile sicurezza, che la sua vita sta per confondersi con la vita della Francia. Tutto quel privato furore di vent’anni, tutta quella accumulazione di saperi, di notizie, di progetti, quella energia, quella capacità di lavoro, quella fruizione nel conflitto, quella voce di tromba dell’ultim’ora, quella fluenza verbale, sta per inserirsi in un punto della storia.
Mirabeau reclama la riunione degli Stati Generali per il 1789. La sua voce, di forza cosmica, di diabolico arcangelo, annuncia il giudizio finale dell’Antico Regime. Ha quarant’anni. È un gigante obeso, con il volto butterato dal vaiolo.
IV
Convocati gli Stati Generali, Mirabeau cerca nella sua Provenza natale elettori. Va ad Aix e a Marsiglia, dove si accorge delle dimensioni che ha acquistato la sua popolarità. Nonostante ciò, i suoi congeneri i nobili di Provenza, con un’ipersensibilità da camerieri, vogliono evitare la contaminazione della sua presenza e lo escludono dallo stato nobile. Mirabeau non si scompone. Pochi giorni dopo si producono gravi sommosse a Marsiglia, tanto gravi che il Potere pubblico si dichiara incapace di reprimerle, e allora i nobili di Marsiglia ricorrono a Mirabeau, il rivoluzionario escluso dai suoi ranghi per le sue «opinioni sovversive dell’ordine pubblico e attentatorie dell’autorità reale». Che farà Mirabeau quando gli si chiede di andare a Marsiglia per correggere, contenere e punire il popolo stesso che poco prima lo acclamava e la cui adesione era la sua unica forza? Mirabeau è il politico per grazia di Dio, l’uomo di Stato nato, e non dubita un momento. Va a Marsiglia, e, senza perdere un minuto, organizza giovani borghesi e operai in una milizia cittadina, che impone subito l’ordine. Mirabeau rimane quattro giorni di seguito senza dormire. Pacificata Marsiglia, spunta la rivolta ad Aix, e Mirabeau esce al galoppo, senza prendere riposo, verso la villa dalla cui nobiltà è stato cancellato. Mirabeau sarà eletto rappresentante del Terzo Stato dal dipartimento di Aix.
En la primera sesión de los Estados Generales se forma un vacío en torno al lugar donde Mirabeau ha tomado asiento. Es un apestado. Pocos días después es el conductor de aquel rebaño turbulento. Gracias a él, el trabajo parlamentario toma una dirección y un orden. Él mismo hará frente, con una capacidad de labor verdaderamente legendaria, a todos los asuntos. Para ello necesita sostener una oficina con numerosos secretarios. Pero Mirabeau sigue impecune. Ocupado en la cosa pública, mal puede atender a su privado presupuesto. Sin embargo, vive y mantiene su hueste de colaboradores, y produce, y crea. Es una obra de magia. La gente recelará subvenciones inconfesables, y cada movimiento de su táctica política será atribuido a alguna simonía. Como nadie sabe nada concreto, se construye imaginariamente la historia de su venalidad. ¿No es el más rico y el más ambicioso hombre de Francia el duque de Orleáns? Mirabeau se ha vendido al duque de Orleáns. Pero he aquí que el conde de la Mark, testimonio irrecusable por su carácter y posición, nos dice que mientras se acusaba a Mirabeau de haberse vendido al arca más repleta de Francia, Mirabeau, tímidamente, iba a pedirle prestados unos luises. Pero entiéndase bien: no rehusaba el oro de Orleáns por razones de virtud íntima. Mirada según su óptica moral, esta pulcra renuncia significaría una inmoralidad y una estupidez. No tenía derecho a entorpecer su acción pública por darse el gusto de mantener una pulcritud privada. No pidió dinero al duque de Orleáns porque este personaje le parecía incompatible con su política. La venalidad de Mirabeau —esto es lo esencial— fue siempre articulada con la trayectoria de su táctica política, y no era más que un ingrediente de ésta.
La política de Mirabeau era una política clara. Tan clara, que el Continente no ha podido seguir durante todo un siglo otra política que la anticipada genialmente por él. Ahora bien; una política es clara cuando su definición no lo es. Hay que decidirse por una de estas dos tareas incompatibles: o se viene al mundo para hacer política, o se viene para hacer definiciones. La definición es la idea clara, estricta, sin contradicciones; pero los actos que inspira son confusos, imposibles, contradictorios. La política, en cambio, es clara en lo que hace, en lo que logra, y es contradictoria cuando se la define. Recuérdese el dicho de Einstein a propósito de la geometría, que es un puro sistema de definiciones. «Las proposiciones matemáticas, en cuanto tienen que ver con la realidad, no son ciertas, y en cuanto que son ciertas, no tienen que ver con la realidad». La física se parece mucho a la política, porque en ambas lo real ejerce su imperativo sobre lo ideal o conceptual.
La política de Mirabeau, como toda auténtica política, postula la unidad de los contrarios. Hace falta, a la vez, un impulso y un freno, una fuerza de aceleración, de cambio social, y una fuerza de contención que impida la vertiginosidad. El impulso de 1789 era la nueva burguesía y su credo racional; el freno era el pasado de Francia, resumido en la autoridad Real. Con motivo de la Declaración de los Derechos, la magnífica definición abstracta en que fructifican dos siglos de razón pura, Mirabeau dijo: «No somos salvajes recién llegados de las riberas del Orinoco para formar una sociedad. Somos una nación vieja, tal vez demasiado vieja para nuestra época. Tenemos un Gobierno preexistente, un Rey preexistente, prejuicios preexistentes. Es preciso, en lo posible, acomodar todas estas cosas a la Revolución y salvar la subitaneidad del tránsito».
¡La subitaneidad del tránsito! ¡Admirable expresión, que condensa todo el método político y diferencia a éste de la magia![55] El revolucionario es lo inverso de un político: porque al actuar, obtiene lo contrario de lo que se propone. Toda revolución, inexorablemente —sea ella roja, sea blanca—, provoca una contrarrevolución. El político es el que se anticipa a este resultado, y hace a la vez, por sí mismo, la revolución y la contrarrevolución.
La Revolución era la Asamblea que Mirabeau dominaba. Necesitaba también dominar la Contrarrevolución, tenerla en su mano. Necesitaba el Rey. De aquí su afán por penetrar en Palacio. Pero los conservadores —Rey, aristocracia— son también definidores, como los radicales, y sentían repulsión hacia Mirabeau. Es probable que los desastres subsiguientes se hubiesen evitado aceptando la idea simplicísima de Mirabeau: unión de Palacio y Asamblea en un Ministerio de representantes. Los radicales hicieron imposible esta decisión decretando la incompatibilidad del cargo de ministro con el de diputado.
Cegado este camino llano de llegar a Palacio, tuvo Mirabeau que tomar el tortuoso y secreto. Ésta fue la famosa venta que de sí hizo el grande hombre. El sueldo que debía, por derecho histórico, por obligación superior, haber recibido como ministro, lo recibió como consejero privado. Con el dinero, lo primero que hizo este apasionado lector fue comprar la mejor biblioteca de Francia, la biblioteca de Buffon.
Poco después, el 2 de abril de 1791, Mirabeau moría por una inflamación del diafragma. Luego, vino el diluvio.
Si oteamos esta vida con mirada de psicólogos, veremos destacarse luminosamente ciertos rasgos constantes. Primero, la impulsividad. Para Mirabeau, vivir era responder inmediatamente con un acto a la excitación que del contorno recibía. Reflexiona después de hallarse fuera de sí, comprometido en la acción. En quien no es impulsivo, el pensamiento precede al acto; es decir: se hace cuestión del acto mismo, anticipándolo en forma de idea. Esto trae consigo que el acto no se decida y ejecute sino cuando ha sido aprobado en tanto que idea. Como las relaciones entre las ideas son muy complicadas, el no impulsivo, el reflexivo, decide casi siempre no actuar. Mirabeau no se hacía cuestión de sus actos sino después de hallarse en ellos, y su pensamiento atendía sólo a perfeccionar la ejecución. Segundo, el activismo. Consecuencia de la impulsividad es que se necesite constantemente la acción. Como Mirabeau decía de sí mismo, sólo podía vivir «una vida ejecutiva». Vivir, para él, no es pensar, sino hacer. ¿Qué? Lo que se pueda: raptar una dama, arreglar las salinas del Franco-Condado, ya que se está en la cárcel cerca de ellas; escribir farsas a la señorita Julia, atacar a los agiotistas, reprimir motines, organizar el Estado y, si no se puede otra cosa, copiar, copiar páginas de libros. Todo menos soñar; es decir: imaginar que se hace algo sin hacerlo. Almas así sienten profunda repugnancia a esa suplantación del acto que es su imagen o idea, su espectro.
Tenía veintiséis años cuando, encarcelado en el fuerte de Joux, escribió a su tío estas líneas: «Los tiempos se regeneran, la ambición es hoy permitida. Salvadme, os lo pido, de esta fermentación terrible en que me encuentro, que podría destruir el efecto producido sobre mí por las reflexiones y las desdichas. Hay hombres que es preciso ocupar. La actividad, que lo puede todo y sin la que nada se puede, tórnase turbulencia cuando carece de empleo y de objeto».
Esta confesión revela hasta qué punto sentía en su propio interior la necesidad de actividad. En la inercia, su torrencial activismo le ahogaba. He aquí lo más característico en todo grande hombre político.
El intelectual no siente la necesidad de la acción. Al contrario: siente la acción como una perturbación que conviene eludir, y sólo, cuando es forzosa, a regañadientes y de mala manera, ejecutar. Se complace, por el contrario, en intercalar cavilaciones entre la excitación y la actuación. Hay hombres que es preciso no ocupar en nada, y éstos son los intelectuales. Ésta es su gloria y tal vez su superioridad. En última instancia, se bastan a sí mismos, viven de su propia germinación interior, de su magnífica riqueza íntima. El intelectual de pura cepa no necesita de nada ni de nadie, porque es un microcosmos. La mujer, que es tan perspicaz en materia de secretos vitales, entrevé esta fiesta maravillosa que es el alma de un puro intelectual, esta constante diversión y féerie que acontece en una mente meditabunda. La entrevé, y por eso quiere asomarse más, abrir la cabeza del intelectual, como se abre una bombonera, y asistir al espectáculo secreto de las ideas danzarinas. Cuando no lo consigue se enfada y pide al Tetrarca, como Salomé, que le decapite, y es ella la que danza con la cabeza llena de danzas.
Hay, pues, dos clases de hombres: los ocupados y los preocupados; políticos e intelectuales. Pensar es ocuparse antes de ocuparse, es preocuparse de las cosas, es interponer ideas entre el desear y el ejecutar. La preocupación extrema lleva a la apraxia, que es una enfermedad. El intelectual es, en efecto, casi siempre, un poco enfermo. En cambio, el político es —como Mirabeau, como César—, por lo pronto, un magnífico animal, una espléndida fisiología.
In the first session of the Estates General a void forms around the place where Mirabeau has taken his seat. He is a plague-stricken. A few days later he is the leader of that turbulent flock. Thanks to him, parliamentary work takes a direction and an order. He himself will face, with a truly legendary capacity for labor, all the affairs. For this he needs to maintain an office with numerous secretaries. But Mirabeau remains penniless. Occupied with the public thing, he can ill attend to his private budget. Nevertheless, he lives and maintains his band of collaborators, and produces, and creates. It is a work of magic. People will suspect unconfessable subsidies, and each movement of his political tactics will be attributed to some simony. As no one knows anything concrete, the story of his venality is built up imaginarily. Is not the richest and most ambitious man in France the duke of Orléans? Mirabeau has sold himself to the duke of Orléans. But behold that the count de la Marck, an unexceptionable witness by his character and position, tells us that while Mirabeau was accused of having sold himself to the most full-coffered chest in France, Mirabeau, timidly, went to ask him for a loan of a few louis. But let it be well understood: he did not refuse Orléans’s gold for reasons of intimate virtue. Looked at according to his moral optics, this neat renunciation would signify an immorality and a stupidity. He had no right to obstruct his public action for the sake of giving himself the pleasure of maintaining a private tidiness. He did not ask money of the duke of Orléans because this personage seemed to him incompatible with his politics. Mirabeau’s venality —this is the essential thing— was always articulated with the trajectory of his political tactics, and was nothing more than an ingredient of it.
Mirabeau’s politics was a clear politics. So clear that the Continent has not been able to follow for a whole century any other politics than that genially anticipated by him. Now; a politics is clear when its definition is not. One must decide for one of these two incompatible tasks: either one comes into the world to make politics, or one comes to make definitions. The definition is the clear, strict idea, without contradictions; but the acts it inspires are confused, impossible, contradictory. Politics, on the other hand, is clear in what it does, in what it achieves, and is contradictory when it is defined. Remember Einstein’s saying on the subject of geometry, which is a pure system of definitions. «Mathematical propositions, insofar as they have to do with reality, are not certain, and insofar as they are certain, they have nothing to do with reality». Physics resembles politics very much, because in both the real exercises its imperative over the ideal or conceptual.
Mirabeau’s politics, like all authentic politics, postulates the unity of contraries. There is needed, at the same time, an impulse and a brake, a force of acceleration, of social change, and a force of containment that prevents vertiginousness. The impulse of 1789 was the new bourgeoisie and its rational creed; the brake was the past of France, summarized in the Royal authority. On the occasion of the Declaration of Rights, the magnificent abstract definition in which two centuries of pure reason fructify, Mirabeau said: «We are not savages newly arrived from the banks of the Orinoco to form a society. We are an old nation, perhaps too old for our epoch. We have a pre-existing Government, a pre-existing King, pre-existing prejudices. It is necessary, insofar as possible, to accommodate all these things to the Revolution and to save the suddenness of the transition».
The suddenness of the transition! Admirable expression, which condenses the whole political method and differentiates it from magic![55] The revolutionary is the inverse of a politician: because in acting, he obtains the contrary of what he proposes. Every revolution, inexorably —be it red, be it white—, provokes a counter-revolution. The politician is he who anticipates this result, and makes at the same time, by himself, the revolution and the counter-revolution.
The Revolution was the Assembly that Mirabeau dominated. He also needed to dominate the Counter-revolution, to have it in his hand. He needed the King. Hence his eagerness to penetrate the Palace. But the conservatives —King, aristocracy— are also definers, like the radicals, and felt repulsion toward Mirabeau. It is probable that the subsequent disasters would have been avoided by accepting Mirabeau’s simplest idea: union of Palace and Assembly in a Ministry of representatives. The radicals made this decision impossible by decreeing the incompatibility of the office of minister with that of deputy.
This plain road to the Palace having been blinded, Mirabeau had to take the tortuous and secret one. This was the famous sale that the great man made of himself. The salary that he ought, by historical right, by superior obligation, to have received as minister, he received as private counselor. With the money, the first thing this passionate reader did was to buy the best library in France, the library of Buffon.
Shortly after, on April 2, 1791, Mirabeau died of an inflammation of the diaphragm. Then came the deluge.
If we scan this life with the eye of psychologists, we shall see certain constant traits stand out luminously. First, impulsiveness. For Mirabeau, to live was to respond immediately with an act to the excitation he received from his surroundings. He reflects after finding himself beside himself, committed in the action. In him who is not impulsive, thought precedes the act; that is: he makes a question of the act itself, anticipating it in the form of an idea. This brings with it that the act is not decided and executed save when it has been approved as an idea. As the relations between ideas are very complicated, the non-impulsive man, the reflective man, almost always decides not to act. Mirabeau did not make a question of his acts save after finding himself in them, and his thought attended only to perfecting the execution. Second, activism. A consequence of impulsiveness is that action is constantly needed. As Mirabeau said of himself, he could only live «an executive life». To live, for him, is not to think, but to do. What? Whatever one can: carry off a lady, arrange the saltworks of the Franche-Comté, since one is in prison near them; write farces to Mademoiselle Julia, attack the speculators, repress riots, organize the State and, if one cannot do anything else, copy, copy pages of books. Anything but dream; that is: imagine that one is doing something without doing it. Souls of this kind feel a profound repugnance to that supplanting of the act which is its image or idea, its ghost.
He was twenty-six years old when, imprisoned in the fort of Joux, he wrote to his uncle these lines: «Times are regenerating, ambition is today permitted. Save me, I beg you, from this terrible fermentation in which I find myself, which might destroy the effect produced upon me by reflections and misfortunes. There are men who must be kept occupied. Activity, which can do everything and without which nothing can be done, turns into turbulence when it lacks employment and object».
This confession reveals to what extent he felt in his own interior the necessity of activity. In inertia, his torrential activism choked him. Here is the most characteristic thing in every great political man.
The intellectual does not feel the necessity of action. On the contrary: he feels action as a perturbation that it suits to elude, and only, when it is forced, reluctantly and ill-humoredly, to execute. He delights, on the contrary, in intercalating cogitations between excitation and action. There are men who must not be occupied in anything, and these are the intellectuals. This is their glory and perhaps their superiority. In the last instance, they suffice to themselves, they live of their own interior germination, of their magnificent intimate richness. The intellectual of pure stock needs nothing and no one, because he is a microcosm. Woman, who is so perspicacious in matter of vital secrets, catches a glimpse of this marvellous feast that is the soul of a pure intellectual, this constant diversion and féerie that happens in a meditative mind. She catches a glimpse of it, and that is why she wants to lean in more, to open the intellectual’s head, as one opens a bonbonnière, and attend the secret spectacle of the dancing ideas. When she does not succeed she becomes angry and asks the Tetrarch, like Salome, to behead her, and it is she who dances with her head full of dances.
There are, then, two classes of men: the occupied and the preoccupied; politicians and intellectuals. To think is to occupy oneself before occupying oneself, it is to be preoccupied with things, it is to interpose ideas between desiring and executing. Extreme preoccupation leads to apraxia, which is an illness. The intellectual is, in effect, almost always, a little sick. On the other hand, the politician is —like Mirabeau, like Caesar—, for the present, a magnificent animal, a splendid physiology.
Nella prima seduta degli Stati Generali si forma un vuoto intorno al luogo dove Mirabeau ha preso posto. È un appestato. Pochi giorni dopo è il conduttore di quel gregge turbolento. Grazie a lui, il lavoro parlamentare prende una direzione e un ordine. Lui stesso farà fronte, con una capacità di lavoro veramente leggendaria, a tutti gli affari. Per questo ha bisogno di mantenere un ufficio con numerosi segretari. Ma Mirabeau continua impecunioso. Occupato nella cosa pubblica, male può attendere al suo privato bilancio. Tuttavia, vive e mantiene la sua schiera di collaboratori, e produce, e crea. È un’opera di magia. La gente sospetterà sovvenzioni inconfessabili, e ogni movimento della sua tattica politica sarà attribuito a qualche simonia. Come nessuno sa nulla di concreto, si costruisce immaginariamente la storia della sua venalità. Non è il più ricco e il più ambizioso uomo di Francia il duca d’Orléans? Mirabeau si è venduto al duca d’Orléans. Ma ecco che il conte de la Marck, testimonianza irrecusable per il suo carattere e posizione, ci dice che mentre si accusava Mirabeau di essersi venduto all’arca più ricolma di Francia, Mirabeau, timidamente, andava a chiedergli in prestito qualche luigi. Ma si capisca bene: non rifiutava l’oro d’Orléans per ragioni di virtù intima. Guardata secondo la sua ottica morale, questa pulita rinuncia significherebbe un’immoralità e una stupidità. Non aveva diritto a intralciare la sua azione pubblica per darsi il gusto di mantenere una pulizia privata. Non chiese denaro al duca d’Orléans perché questo personaggio gli sembrava incompatibile con la sua politica. La venalità di Mirabeau —questo è l’essenziale— fu sempre articolata con la traiettoria della sua tattica politica, e non era più che un ingrediente di questa.
La politica di Mirabeau era una politica chiara. Tanto chiara che il Continente non ha potuto seguire per un intero secolo altra politica che quella anticipata genialmente da lui. Ora; una politica è chiara quando la sua definizione non lo è. Bisogna decidersi per uno di questi due compiti incompatibili: o si viene al mondo per fare politica, o si viene per fare definizioni. La definizione è l’idea chiara, stretta, senza contraddizioni; ma gli atti che ispira sono confusi, impossibili, contraddittori. La politica, invece, è chiara in ciò che fa, in ciò che ottiene, ed è contraddittoria quando la si definisce. Si ricordi il detto di Einstein a proposito della geometria, che è un puro sistema di definizioni. «Le proposizioni matematiche, in quanto hanno a che vedere con la realtà, non sono certe, e in quanto sono certe, non hanno a che vedere con la realtà». La fisica somiglia molto alla politica, perché in entrambe il reale esercita il suo imperativo sull’ideale o concettuale.
La politica di Mirabeau, come ogni autentica politica, postula l’unità dei contrari. Fanno bisogno, allo stesso tempo, un impulso e un freno, una forza di accelerazione, di cambiamento sociale, e una forza di contenimento che impedisca la vertiginosità. L’impulso del 1789 era la nuova borghesia e il suo credo razionale; il freno era il passato di Francia, riassunto nell’autorità Reale. In occasione della Dichiarazione dei Diritti, la magnifica definizione astratta in cui fruttificano due secoli di ragione pura, Mirabeau disse: «Non siamo selvaggi appena arrivati dalle rive dell’Orinoco per formare una società. Siamo una nazione vecchia, forse troppo vecchia per la nostra epoca. Abbiamo un Governo preesistente, un Re preesistente, pregiudizi preesistenti. È necessario, per quanto possibile, accomodare tutte queste cose alla Rivoluzione e salvare la subitaneità del transito».
La subitaneità del transito! Ammirabile espressione, che condensa tutto il metodo politico e differenzia questo dalla magia![55] Il rivoluzionario è l’inverso di un politico: perché agendo, ottiene il contrario di ciò che si propone. Ogni rivoluzione, inesorabilmente —sia essa rossa, sia bianca—, provoca una controrivoluzione. Il politico è colui che si anticipa a questo risultato, e fa allo stesso tempo, da se stesso, la rivoluzione e la controrivoluzione.
La Rivoluzione era l’Assemblea che Mirabeau dominava. Aveva bisogno anche di dominare la Controrivoluzione, averla in mano. Aveva bisogno del Re. Di qui il suo desiderio di penetrare a Palazzo. Ma i conservatori —Re, aristocrazia— sono anch’essi definitori, come i radicali, e sentivano repulsione verso Mirabeau. È probabile che i disastri successivi si sarebbero evitati accettando l’idea semplicissima di Mirabeau: unione di Palazzo e Assemblea in un Ministero di rappresentanti. I radicali resero impossibile questa decisione decretando l’incompatibilità della carica di ministro con quella di deputato.
Cieco questo cammino piano di arrivare a Palazzo, dovette Mirabeau prendere il tortuoso e segreto. Questa fu la famosa vendita che di sé fece il grande uomo. Lo stipendio che doveva, per diritto storico, per obbligo superiore, aver ricevuto come ministro, lo ricevette come consigliere privato. Con il denaro, la prima cosa che fece questo appassionato lettore fu comprare la migliore biblioteca di Francia, la biblioteca di Buffon.
Poco dopo, il 2 aprile 1791, Mirabeau moriva per un’infiammazione del diaframma. Poi, venne il diluvio.
Se scrutiamo questa vita con occhio di psicologi, vedremo stagliarsi luminosamente certi tratti costanti. Primo, l’impulsività. Per Mirabeau, vivere era rispondere immediatamente con un atto all’eccitazione che riceveva dal contorno. Riflette dopo essersi trovato fuori di sé, impegnato nell’azione. In chi non è impulsivo, il pensiero precede l’atto; cioè: si fa questione dell’atto stesso, anticipandolo in forma di idea. Questo porta con sé che l’atto non si decida ed esegua se non quando è stato approvato in quanto idea. Come le relazioni tra le idee sono molto complicate, il non impulsivo, il riflessivo, decide quasi sempre di non agire. Mirabeau non si faceva questione dei suoi atti se non dopo essersi trovato in essi, e il suo pensiero attendeva solo a perfezionare l’esecuzione. Secondo, l’attivismo. Conseguenza dell’impulsività è che si necessiti costantemente l’azione. Come diceva Mirabeau di se stesso, poteva vivere solo «una vita esecutiva». Vivere, per lui, non è pensare, ma fare. Che cosa? Quello che si può: rapire una dama, sistemare le saline della Franca Contea, giacché si è in carcere vicino a esse; scrivere farse alla signorina Julia, attaccare gli agiotatori, reprimere sommosse, organizzare lo Stato e, se non si può altro, copiare, copiare pagine di libri. Tutto meno sognare; cioè: immaginare che si fa qualcosa senza farla. Anime così sentono profonda ripugnanza a quella sostituzione dell’atto che è la sua immagine o idea, il suo spettro.
Aveva ventisei anni quando, incarcerato nel forte di Joux, scrisse a suo zio queste righe: «I tempi si rigenerano, l’ambizione oggi è permessa. Salvatemi, ve lo chiedo, da questa fermentazione terribile in cui mi trovo, che potrebbe distruggere l’effetto prodotto su di me dalle riflessioni e dalle disgrazie. Ci sono uomini che è necessario occupare. L’attività, che può tutto e senza la quale nulla si può, si torna turbolenza quando manca di impiego e di oggetto».
Questa confessione rivela fino a che punto sentiva nel suo proprio interno la necessità di attività. Nell’inerzia, il suo torrenziale attivismo lo soffocava. Ecco qui la cosa più caratteristica in ogni grande uomo politico.
L’intellettuale non sente la necessità dell’azione. Al contrario: sente l’azione come una perturbazione che conviene eludere, e solo, quando è forzosa, a malincuore e di malavoglia, eseguire. Si compiace, al contrario, di intercalare elucubrazioni tra l’eccitazione e l’attuazione. Ci sono uomini che è necessario non occupare in nulla, e questi sono gli intellettuali. Questa è la loro gloria e forse la loro superiorità. In ultima istanza, bastano a se stessi, vivono della propria germinazione interiore, della loro magnifica ricchezza intima. L’intellettuale di puro ceppo non ha bisogno di nulla né di nessuno, perché è un microcosmo. La donna, che è tanto perspicace in materia di segreti vitali, intravede questa festa meravigliosa che è l’anima di un puro intellettuale, questa costante diversione e féerie che accade in una mente meditabonda. La intravede, e per questo vuole affacciarsi di più, aprire la testa dell’intellettuale, come si apre una bomboniera, e assistere allo spettacolo segreto delle idee danzanti. Quando non lo ottiene si arrabbia e chiede al Tetrarca, come Salomè, che la decapiti, ed è lei quella che danza con la testa piena di danze.
Ci sono, dunque, due classi di uomini: gli occupati e i preoccupati; politici e intellettuali. Pensare è occuparsi prima di occuparsi, è preoccuparsi delle cose, è interporre idee tra il desiderare e l’eseguire. La preoccupazione estrema porta all’aprassia, che è una malattia. L’intellettuale è, in effetti, quasi sempre, un poco malato. Invece, il politico è —come Mirabeau, come Cesare—, per il momento, un magnifico animale, una splendida fisiologia.
La moral, psicológicamente, representa una preocupación, puesto que implica la detención de nuestras impulsiones hasta determinar si son debidas o indebidas. En el hombre normal, el acto no se dispara tan rápidamente después de deseado que no deje tiempo para hacerse cuestión moral de él, para preguntarse si es bueno o malo, para ver su cariz ético. Pero imagínese el funcionamiento de un alma impulsiva: su primer momento no es de ver ese cariz del acto, sino de comenzar desde luego su ejecución. Hay, pues, mucha injusticia en llamarle inmoral por haber querido aquel acto incorrecto. ¿Es que lo ha querido; es decir: que ha habido un instante en que lo ha visto, en que se ha colocado ante él contemplativamente? Eso es lo que hace el intelectual, el moral: contemplar sus propios actos. Por eso suele no ejecutarlos. Pero el impulsivo no se anda en contemplaciones. En él lo primario es ya el operar. Desde un punto de vista moral, lo único que cabe exigirle es que se arrepienta después de la acción consumada, ya que sólo entonces le es dado contemplarla.
No acusemos, pues, de inmoralidad al gran político. En vez de ello, digamos que le falta escrupulosidad. Pero un hombre escrupuloso no puede ser un hombre de acción. La escrupulosidad es una cualidad matemática, intelectual: es la exactitud aplicada a la valoración ética de las acciones. Si se examina con cuidado la vida de Mirabeau, de César, de Napoleón, se ve que la presunta maldad no es sino la inevitable falta de escrupulosidad aneja a todo temperamento activista y, por tanto, impulsivo. El mundo antiguo, que iba en todo hasta las últimas consecuencias, cuando decidió ser escrupuloso —en el estoicismo— tuvo que elegir como norma suprema la epoché, la inacción.
V
La vida de un grande hombre político cambia de aspecto en el momento en que empieza a actuar como hombre público. En el cauce de la publicidad, de dilatadas riberas, parece aquel torrente vital ganar sus propias dimensiones y con ello un curso de ritmo magnífico, fértil y majestuoso. Entonces el contemporáneo o el lector de la biografía comienza a aplaudir; le entusiasma la audacia, la infatigabilidad, la eficiencia de todos sus actos y gestos, la entereza inmutable con que aguanta el insulto y resiste al ataque, la presencia de espíritu con que gobierna su persona en medio de la tempestad política. Pero este entusiasmo tardío es un poco vil: se alaba el fruto después de haber denigrado la semilla. El contemporáneo o el lector de la biografía son injustos con la juventud del grande hombre político, que es semilla y raíz de su madurez fructuosa. Se quiere ignorar que no ha esperado para ser hombre público a que llegue la hora de su popular epifanía, sino que lo fue desde luego, y que la turbulencia y absurdo sesgo de su mocedad provienen precisamente de que, siendo ya, por su constitución orgánica, hombre público, tuvo que moverse en el angosto molde de la vida privada. En Napoleón se nota menos esta dolorosa contracción juvenil porque vive inscrito en el esquema de la disciplina militar, donde un rápido ascenso permitía la expansión graduada de su temple. Sin embargo, una breve demora en uno de estos ascensos produce en él tal depresión, que resuelve, según comunicó a un íntimo, desertar del Ejército francés y pasar a Turquía a fin de fundar allí un reino. Este fundador de reinos imaginarios en Turquía era a la sazón un pobre oficial, de uniforme traspillado, de cuerpo enfermo, de rostro verdoso y agudo, como el de una fuina, si no recuerdo mal mancillado por una sarna tenaz. Lo normal es, sin embargo, que el cachorro de grande hombre político tenga una juventud revuelta y atropellada, a veces tangente de la botaratería. Así Temístocles, Alcibíades, César, Mirabeau. La última Edad Media vio esto mejor que nosotros y creó un género literario aparte para cantar la prehistoria tumultuosa de los grandes hombres. Llamósele «mocedades»; así Les enfances Guillaume, «Las mocedades del Cid».
Todas esas excelencias que se revelan en la hora ilustre suponen genio, ciertamente; pero también un substrato de ciertas condiciones orgánicas que aisladas parecen monstruosas. Tales son la impulsividad, el activismo e inquietud constantes, la falta de escrupulosidad. Sobre éstas va a caballo el genio; sin esas capacidades psicofisiológicas, que son como fuerzas brutas y poderes elementales —demoníacos, diría un antiguo—, no hay grande hombre político. La historia lo ve desde luego como estatua ecuestre, y así hace gran figura; pero en su juventud fue ya caballero a horcajadas sobre el aire, y fue potro suelto sin caballero. Las piezas de la estatua ecuestre, antes de ajustarlas, son dos imágenes monstruosas.
Cabe no desear la existencia de grandes hombres, y preferir una humanidad llana como la palma de la mano; pero si se quieren grandes hombres, no se les pidan virtudes cotidianas.
La escrupulosidad es una forma de bondad; pero no es la única. Y hay incongruencia en exigirla al hombre de acción, que es de acción porque es impulsivo. En la acción hay que evitar el piétinement sur place, y esto es el escrúpulo. Sólo podemos reclamar en el hazañoso una bondad homogénea con su temperamento: ésta es la otra forma de bondad, la bondad impulsiva, que no resulta de una deliberación, como la escrupulosidad, sino de la sanidad nativa de los instintos. Ahora bien: es interesante observar que esta sanidad de instintos, esta generosidad ubérrima brota en todas las biografías de grandes políticos, y permite diferenciar al falso del auténtico, a Sylla de César.
Tampoco debe extrañarnos la afición a la farsa que revela la vida de Mirabeau. Una y otra vez le sorprendemos mintiendo descaradamente. Al intelectual de casta le sobrecoge siempre ese don de la mentira que posee el gran político. Tal vez, en el fondo, envidia esa tranquilidad prodigiosa con que los hombres públicos dicen lo contrario de lo que piensan, o piensan lo contrario de lo que están viendo con sus propios ojos. Esta envidia descubre ingenuamente la virtud específica del buen intelectual. Su existencia radica en el esfuerzo continuo por pensar la verdad y una vez pensada decirla, sea como sea, aunque le despedacen. Éste es el máximum de acción que al intelectual corresponde: una acción que es, en rigor, una pasión. El hombre de pensamiento no puede, no debe aspirar a otra forma de heroísmo que al martirio. El mayor triunfo es el naufragio para este perpetuo navegante sobre Gólgotas de tres palos, como los bergantines.
Recíprocamente, al gran político le maravilla ese heroico servicio a la verdad que informa la vida del buen intelectual. Esta mutua admiración de dos temperamentos contrapuestos es simpática, como todo lujo generoso; pero se funda en un error. Cada uno de ambos proyecta sobre el otro su propia constitución, y al ver que en él da resultados contrarios, atribuye éstos a un esfuerzo gigantesco. Pero la verdad es que ni la mentira cuesta nada al político ni la veracidad al intelectual. Una y otra manan naturalmente de su distinta condición.
El intelectual vive, principalmente, una vida interior, vive consigo mismo, atento a la pululación de sus ideas y emociones. Nada en el mundo tiene para él realidad comparable a esas cosas íntimas. Por lo mismo, las ve y las distingue con inevitable claridad. Sabe en cada instante lo que piensa y por qué lo piensa. La idea verdadera y la idea falsa acusan terriblemente ante la mirada interior sus contrarios perfiles. Es natural que mentir le suponga un enorme esfuerzo, porque tiene que negar lo innegable, tiene que cegar su propia evidencia, suplantar su realidad íntima por otra ficticia.
El hombre de acción, en cambio, no existe para sí mismo, no se ve a sí mismo. El ruido de fuera, hacia el cual su alma está por naturaleza proyectada, no le deja oír el rumor de su intimidad. Falta ésta de atención y cultivo, anda desmedrada. Sorprende notar que todos los grandes hombres políticos carecen de vida interior. No es paradoja decir que no tienen personalidad. La tienen sus actos, sus obras; pero no ellos. Por esta razón —el fenómeno es muy curioso— no son interesantes. Para convencerse de ello basta informarse del sumo juez en materia de hombres interesantes: la mujer. ¿No es extraño que los grandes hombres políticos, al fin y al cabo grandes triunfadores de la vida, dueños del poder, de la riqueza, corporalmente destacados y aureolados sobre el resto de los varones, no hayan conseguido nunca, nunca, valiosos triunfos sobre la mujer? Ni siquiera César puede ser considerado como una excepción.
Morality, psychologically, represents a preoccupation, since it implies the detention of our impulsions until it is determined whether they are due or undue. In the normal man, the act does not fire so rapidly after being desired that it leaves no time to make a moral question of it, to ask oneself whether it is good or bad, to see its ethical aspect. But imagine the functioning of an impulsive soul: its first moment is not to see that aspect of the act, but to begin at once its execution. There is, then, much injustice in calling him immoral for having willed that incorrect act. Is it that he has willed it; that is: that there has been an instant in which he has seen it, in which he has placed himself before it contemplatively? That is what the intellectual, the moral man, does: contemplate his own acts. That is why he usually does not execute them. But the impulsive man does not go in for contemplations. In him the primary thing is already the operating. From a moral point of view, the only thing that can be demanded of him is that he repent after the consummated action, since only then is it given him to contemplate it.
Let us not, then, accuse the great politician of immorality. Instead of that, let us say that he lacks scrupulousness. But a scrupulous man cannot be a man of action. Scrupulousness is a mathematical, intellectual quality: it is exactitude applied to the ethical evaluation of actions. If the life of Mirabeau, of Caesar, of Napoleon is examined with care, it is seen that the supposed wickedness is nothing but the inevitable lack of scrupulousness attached to every activist and, therefore, impulsive temperament. The ancient world, which went in everything to the last consequences, when it decided to be scrupulous —in Stoicism— had to choose as its supreme norm the epoché, inaction.
V
The life of a great political man changes its aspect at the moment in which he begins to act as a public man. In the channel of publicity, with widened banks, that vital torrent seems to gain its own dimensions and with it a course of magnificent rhythm, fertile and majestic. Then the contemporary or the reader of the biography begins to applaud; he is enthused by the audacity, the indefatigability, the efficiency of all his acts and gestures, the immovable steadfastness with which he endures insult and resists attack, the presence of mind with which he governs his person in the midst of the political storm. But this belated enthusiasm is a little vile: the fruit is praised after having denigrated the seed. The contemporary or the reader of the biography are unjust to the youth of the great political man, which is seed and root of his fruitful maturity. It is wished to ignore that he did not wait to be a public man until the hour of his popular epiphany arrived, but that he was so from the outset, and that the turbulence and absurd course of his youth come precisely from the fact that, being already, by his organic constitution, a public man, he had to move in the narrow mold of private life. In Napoleon this painful juvenile contraction is less noticed because he lives inscribed in the schema of military discipline, where a rapid rise permitted the graduated expansion of his temperament. Nevertheless, a brief delay in one of these promotions produces in him such a depression that he resolves, according to what he communicated to an intimate, to desert the French Army and pass over to Turkey in order to found there a kingdom. This founder of imaginary kingdoms in Turkey was at that time a poor officer, of threadbare uniform, of sickly body, of greenish and sharp face, like that of a marten, if I remember rightly defiled by a stubborn mange. The norm is, however, that the cub of a great political man should have a troubled and headlong youth, sometimes tangent to bluster. Thus Themistocles, Alcibiades, Caesar, Mirabeau. The last Middle Ages saw this better than we and created a separate literary genre to sing the tumultuous prehistory of great men. It was called «mocedades»; thus Les enfances Guillaume, «The Childhood Deeds of the Cid».
All those excellences that are revealed in the illustrious hour suppose genius, certainly; but also a substratum of certain organic conditions which, isolated, seem monstrous. Such are impulsiveness, constant activism and restlessness, the lack of scrupulousness. Over these genius rides; without those psychophysiological capacities, which are like brute forces and elemental powers —demoniacal, an ancient would say— there is no great political man. History sees him at once as an equestrian statue, and thus he cuts a great figure; but in his youth he was already a rider astride the air, and was a loose colt without a rider. The pieces of the equestrian statue, before being fitted together, are two monstrous images.
One may not desire the existence of great men, and prefer a humanity as flat as the palm of the hand; but if great men are wanted, let not everyday virtues be asked of them.
Scrupulousness is a form of goodness; but it is not the only one. And there is incongruity in demanding it of the man of action, who is of action because he is impulsive. In action one must avoid the piétinement sur place, and this is the scruple. We can only claim in the hero a goodness homogeneous with his temperament: this is the other form of goodness, the impulsive goodness, which does not result from a deliberation, like scrupulousness, but from the native soundness of the instincts. Now; it is interesting to observe that this soundness of instincts, this exuberant generosity springs up in all the biographies of great politicians, and allows one to differentiate the false from the authentic, Sylla from Caesar.
Nor should the fondness for farce that Mirabeau’s life reveals surprise us. Again and again we catch him lying shamelessly. The intellectual of caste is always taken aback by that gift of lying which the great politician possesses. Perhaps, at bottom, he envies that prodigious tranquillity with which public men say the contrary of what they think, or think the contrary of what they are seeing with their own eyes. This envy ingenuously reveals the specific virtue of the good intellectual. His existence is rooted in the continuous effort to think the truth and, once thought, to tell it, whatever the consequences, even if they tear him to pieces. This is the maximum of action that corresponds to the intellectual: an action that is, strictly speaking, a passion. The man of thought cannot, must not aspire to any other form of heroism than martyrdom. The greatest triumph is shipwreck for this perpetual navigator over Golgothas of three masts, like the brigs.
Reciprocally, the great politician marvels at that heroic service to the truth which informs the life of the good intellectual. This mutual admiration of two opposed temperaments is pleasing, like every generous luxury; but it is founded on an error. Each of the two projects upon the other his own constitution, and on seeing that in him it gives contrary results, attributes these to a gigantic effort. But the truth is that neither does lying cost the politician anything nor veracity the intellectual. The one and the other flow naturally from their distinct condition.
The intellectual lives, principally, an interior life, he lives with himself, attentive to the teeming of his ideas and emotions. Nothing in the world has for him a reality comparable to those intimate things. For that very reason, he sees them and distinguishes them with inevitable clarity. He knows at every instant what he thinks and why he thinks it. The true idea and the false idea accuse terribly before the interior gaze their contrary profiles. It is natural that lying should be an enormous effort for him, because he has to deny the undeniable, he has to blind his own evidence, supplant his intimate reality with a fictitious one.
The man of action, on the other hand, does not exist for himself, does not see himself. The noise from outside, toward which his soul is by nature projected, does not let him hear the murmur of his intimacy. Lacking this attention and cultivation, it goes stunted. It surprises one to note that all great political men lack an interior life. It is not a paradox to say that they have no personality. Their acts, their works have it; but not they. For this reason —the phenomenon is very curious— they are not interesting. To convince oneself of it, it suffices to consult the supreme judge in matter of interesting men: woman. Is it not strange that the great political men, after all great victors in life, masters of power, of wealth, corporally conspicuous and aureoled above the rest of men, should never have achieved, never, valuable triumphs over woman? Not even Caesar can be considered an exception.
La morale, psicologicamente, rappresenta una preoccupazione, poiché implica la detenzione delle nostre impulsioni fino a determinare se sono dovute o indebite. Nell’uomo normale, l’atto non si spara tanto rapidamente dopo essere stato desiderato da non lasciare tempo per farsi questione morale di esso, per domandarsi se è buono o cattivo, per vedere il suo aspetto etico. Ma si immagini il funzionamento di un’anima impulsiva: il suo primo momento non è di vedere quell’aspetto dell’atto, ma di cominciare senz’altro la sua esecuzione. C’è, dunque, molta ingiustizia nel chiamarlo immorale per aver voluto quell’atto incorretto. È forse che lo ha voluto; cioè: che c’è stato un istante in cui lo ha visto, in cui si è posto davanti ad esso contemplativamente? Questo è ciò che fa l’intellettuale, il morale: contemplare i propri atti. Per questo suole non eseguirli. Ma l’impulsivo non si dà a contemplazioni. In lui il primario è già l’operare. Da un punto di vista morale, l’unica cosa che gli si può esigere è che si penta dopo l’azione consumata, giacché solo allora gli è dato contemplarla.
Non accusiamo, dunque, di immoralità il grande politico. Invece di questo, diciamo che gli manca scrupolosità. Ma un uomo scrupoloso non può essere un uomo d’azione. La scrupolosità è una qualità matematica, intellettuale: è l’esattezza applicata alla valutazione etica delle azioni. Se si esamina con cura la vita di Mirabeau, di Cesare, di Napoleone, si vede che la presunta malvagità non è altro che l’inevitabile mancanza di scrupolosità annessa a ogni temperamento attivista e, perciò, impulsivo. Il mondo antico, che andava in tutto fino alle ultime conseguenze, quando decise di essere scrupoloso —nello stoicismo— dovette scegliere come norma suprema l’epoché, l’inazione.
V
La vita di un grande uomo politico cambia di aspetto nel momento in cui comincia ad agire come uomo pubblico. Nell’alveo della pubblicità, di dilatate rive, sembra quel torrente vitale guadagnare le proprie dimensioni e con ciò un corso di ritmo magnifico, fertile e maestoso. Allora il contemporaneo o il lettore della biografia comincia ad applaudire; lo entusiasmano l’audacia, l’infaticabilità, l’efficienza di tutti i suoi atti e gesti, la fermezza immutabile con cui sopporta l’insulto e resiste all’attacco, la presenza di spirito con cui governa la sua persona in mezzo alla tempesta politica. Ma questo entusiasmo tardivo è un poco vile: si loda il frutto dopo aver denigrato il seme. Il contemporaneo o il lettore della biografia sono ingiusti con la giovinezza del grande uomo politico, che è seme e radice della sua maturità fruttuosa. Si vuole ignorare che non ha aspettato per essere uomo pubblico che arrivasse l’ora della sua popolare epifania, ma che lo fu fin da subito, e che la turbolenza e l’assurdo corso della sua giovinezza provengono precisamente dal fatto che, essendo già, per la sua costituzione organica, uomo pubblico, dovette muoversi nell’angusto stampo della vita privata. In Napoleone si nota meno questa dolorosa contrazione giovanile perché vive inscritto nello schema della disciplina militare, dove una rapida ascesa permetteva l’espansione graduata del suo temperamento. Tuttavia, un breve indugio in una di queste promozioni produce in lui tale depressione, che risolve, secondo comunicò a un intimo, di disertare l’Esercito francese e passare in Turchia al fine di fondarvi un regno. Questo fondatore di regni immaginari in Turchia era a quel tempo un povero ufficiale, di uniforme logoro, di corpo malato, di volto verdastro e aguzzo, come quello di una donnola, se non ricordo male deturpato da una rogna tenace. La norma è, tuttavia, che il cucciolo di grande uomo politico abbia una giovinezza rivoltata e travolgente, a volte tangente la spavalderia. Così Temistocle, Alcibiade, Cesare, Mirabeau. L’ultima Età di Mezzo vide questo meglio di noi e creò un genere letterario a parte per cantare la preistoria tumultuosa dei grandi uomini. Lo si chiamò «mocedades»; così Les enfances Guillaume, «Le fanciullezze del Cid».
Tutte quelle eccellenze che si rivelano nell’ora illustre suppongono genio, certamente; ma anche un substrato di certe condizioni organiche che isolate sembrano mostruose. Tali sono l’impulsività, l’attivismo e l’inquietudine costanti, la mancanza di scrupolosità. Su queste va a cavallo il genio; senza quelle capacità psicofisiologiche, che sono come forze brute e poteri elementali —demoniaci, direbbe un antico—, non c’è grande uomo politico. La storia lo vede fin da subito come statua equestre, e così fa gran figura; ma nella sua giovinezza fu già cavaliere a cavalcioni sull’aria, e fu puledro sciolto senza cavaliere. I pezzi della statua equestre, prima di aggiustarli, sono due immagini mostruose.
È lecito non desiderare l’esistenza dei grandi uomini, e preferire un’umanità piana come il palmo della mano; ma se si vogliono grandi uomini, non si chiedano loro virtù quotidiane.
La scrupolosità è una forma di bontà; ma non è l’unica. E c’è incongruenza nell’esigerla all’uomo d’azione, che è d’azione perché è impulsivo. Nell’azione bisogna evitare il piétinement sur place, e questo è lo scrupolo. Solo possiamo reclamare nell’eroe una bontà omogenea al suo temperamento: questa è l’altra forma di bontà, la bontà impulsiva, che non risulta da una deliberazione, come la scrupolosità, ma dalla sanità nativa degli istinti. Ora; è interessante osservare che questa sanità di istinti, questa generosità ubertosa spunta in tutte le biografie dei grandi politici, e permette di differenziare il falso dall’autentico, Silla da Cesare.
Nemmeno deve sorprenderci l’affezione per la farsa che rivela la vita di Mirabeau. Una e un’altra volta lo sorprendiamo mentendo spudoratamente. L’intellettuale di casta resta sempre sopraffatto da quel dono della menzogna che possiede il grande politico. Forse, in fondo, invidia quella tranquillità prodigiosa con cui gli uomini pubblici dicono il contrario di ciò che pensano, o pensano il contrario di ciò che stanno vedendo con i propri occhi. Questa invidia scopre ingenuamente la virtù specifica del buon intellettuale. La sua esistenza radica nello sforzo continuo di pensare la verità e una volta pensata dirla, sia come sia, anche se lo fanno a pezzi. Questo è il massimo di azione che all’intellettuale corrisponde: un’azione che è, in rigore, una passione. L’uomo di pensiero non può, non deve aspirare ad altra forma di eroismo che al martirio. Il maggior trionfo è il naufragio per questo perpetuo navigante su Golgota di tre alberi, come i brigantini.
Reciprocamente, al grande politico meraviglia quell’eroico servizio alla verità che informa la vita del buon intellettuale. Questa mutua ammirazione di due temperamenti contrapposti è simpatica, come ogni lusso generoso; ma si fonda su un errore. Ciascuno dei due proietta sull’altro la propria costituzione, e al vedere che in lui dà risultati contrari, attribuisce questi a uno sforzo gigantesco. Ma la verità è che né la menzogna costa nulla al politico né la veracità all’intellettuale. L’una e l’altra sgorgano naturalmente dalla loro distinta condizione.
L’intellettuale vive, principalmente, una vita interiore, vive con se stesso, attento alla pulsazione delle sue idee ed emozioni. Nulla al mondo ha per lui realtà comparabile a quelle cose intime. Per ciò stesso, le vede e le distingue con inevitabile chiarezza. Sa in ogni istante ciò che pensa e perché lo pensa. L’idea vera e l’idea falsa accusano terribilmente davanti allo sguardo interiore i loro contrari profili. È naturale che mentire gli supponga un enorme sforzo, perché deve negare l’innegabile, deve accecare la propria evidenza, sostituire la sua realtà intima con un’altra fittizia.
L’uomo d’azione, invece, non esiste per se stesso, non si vede a se stesso. Il rumore di fuori, verso il quale la sua anima è per natura proiettata, non gli lascia udire il brusio della sua intimità. Manca questa di attenzione e coltura, e resta deperita. Sorprende notare che tutti i grandi uomini politici mancano di vita interiore. Non è paradosso dire che non hanno personalità. Ce l’hanno i loro atti, le loro opere; ma non loro. Per questa ragione —il fenomeno è molto curioso— non sono interessanti. Per convincersene basta informarsi del sommo giudice in materia di uomini interessanti: la donna. Non è strano che i grandi uomini politici, in fin dei conti grandi trionfatori della vita, padroni del potere, della ricchezza, corporalmente in vista e aureolati sopra il resto dei maschi, non abbiano conseguito mai, mai, validi trionfi sulla donna? Nemmeno Cesare può essere considerato un’eccezione.
El caso de Mirabeau confirma plenamente esta regla. Su sensibilidad le inducía sin descanso hacia la mujer. Su audacia y su rumbo verbal le permitían cazar rápidamente la hembra predispuesta a ser cazada. Pero este tipo de cazador de mujeres no tiene nada que ver con el verdadero seductor. Son distintos ellos y son distintos los tipos de mujer sobre que actúan. Una cosa es conseguir favores de una mujer, y otra absorber íntegramente su alma. La que es capaz de hacer favores suele ser incapaz de entregar su alma, y viceversa. Esta última es la mujer interesante, la que vive hermética, cerrada en su íntimo recato, y que no puede conceder nada si no concede su vida entera. Salvo madama de Nehra, que era una niña, Mirabeau no conoció más que faldas, faldas, muchas faldas.
Esta carencia de vida interior da a la existencia privada del gran político un cariz de relativa vulgaridad, de basteza. Ni sus ideas ni sus gustos son precisos, originales, refinados. Mirado desde la óptica de un intelectual, el hombre de acción vive en constante à peu près íntimo. Poco más o menos, le es todo igual, porque le parece irreal. Lo importante para él son los actos. Cuando miente, en rigor no miente, porque no está adscrito íntimamente a nada determinado. Las palabras, y dentro de ellas las ideas, son para él tan sólo instrumentos. De otro modo: él no es sus ideas; cuando las finge no se niega, porque él no consiste en ellas. Viceversa, no acertará a ver la realidad íntima de los demás; sólo percibirá de ellos su facción utilizable. «Yo no puedo excomulgar a nadie —decía Mirabeau. En verdad, todo me parece bien: los sucesos, los hombres, las cosas, las opiniones; todo tiene un asa, un agarradero». La expresión es certera: el grande hombre político todo lo ve en forma de asa.
¡Bueno fuera que, obligado a resolver conflictos exteriores, llevase también en su interior conflictos! Por fortuna, existe lo que yo llamo un cutis de grande hombre, una piel de paquidermo humano, dura y sin poros, que impide la transmisión al interior de heridas desconcertantes. También habría incongruencia en exigir al político una epidermis de princesa de Westfalia o de monja clarisa.
Impulsividad, turbulencia, histrionismo, imprecisión, pobreza de intimidad, dureza de piel, son las condiciones orgánicas, elementales, de un genio político. Es ilusorio querer lo uno sin lo otro, y es, por tanto, injusto imputar al grande hombre como vicios sus imprescindibles ingredientes.
Pero claro está que no basta poseer éstos para ser un político de genio. Es preciso agregar el genio. Cuando éste falta, aquellas potencias no producen más que un mascarón de proa. Nada, en efecto, es más fácil de aparentar que la grandeza política. A la postre, si un intelectual no tiene ideas, no logrará fingir, por lo menos fingir bien, su intelectualidad ausente. Pero el gran político y el que no lo es se presentan igualmente con el poder público en la mano. Su atuendo, su talle, son los mismos para las miradas torpes.
¿Qué signos diferencian en esta materia la autenticidad de la ficción? Algunos, algunos hay; pero es difícil describirlos e intentarlo excede mi pretensión.
Lo discreto, de todos modos, es no hacerse ilusiones, por lo mismo que en política es tan fácil hacérselas. Yo, a ratos, logro convencerme de que soy un Napoleón porque, como él, no tengo más que sesenta pulsaciones por minuto. La confusión en mi caso no es grave, porque soy tan sólo un escritor.
VI
Es la política una actividad tan compleja, contiene dentro de sí tantas operaciones parciales, todas necesarias, que es muy difícil definirlas sin dejarse fuera algún ingrediente importante. Verdad es que, por la misma razón, la política, en el sentido perfecto del vocablo, no existe casi nunca. Casi todos los hombres políticos lo son meramente en parte. En el mejor caso, poseen con plena conciencia una u otra dimensión del político, y se contentan con ella, ciegos para las restantes.
Se dirá que política es tacto y astucia para conseguir de otros hombres lo que deseamos, y no se puede negar que, en efecto, sin eso no hay política. Pero, evidentemente, hace falta más. Hay quien, hiperestésico para los defectos de la justicia social, llamará política a un credo de reforma pública que proporcione mayor equidad a la convivencia humana. Y no hay duda de que sin cierto sentido, y como afición nativa a la justicia, no puede nadie ser un gran político. Pero esto es más bien la porción de idealidad moral que el hombre político lleva a su actuación pública. Hacer consistir en ello la política, es vaciarla de sí misma y llenarla de un pobre misticismo ético. Durante más de un siglo se ha cometido este error de perspectiva: se situaba en el centro del programa un cuerpo de doctrinas morales, y sólo en el segundo término se atendía a lo propiamente político. Otros dirán que política no es nada de eso, sino un buen sentido administrativo que sepa regir, como una industria, los intereses materiales y morales de una nación, etcétera, etcétera.
Repito que todo eso, y muchas cosas más, tienen que reunirse en un hombre para hacer de él un gran político. Viene a ser éste como un alto edificio, en que cada piso sostiene al que le sigue en la vertical. La política es la arquitectura completa, incluso los sótanos. En las páginas antecedentes he subrayado hasta qué punto el hombre público necesita las cualidades más extrañas, algunas de ellas de apariencia viciosa, y aun no sólo de apariencia. Son los cimientos subterráneos, las oscuras raíces que sustentan el gigantesco organismo de un gran político.
Me importaba mucho poner al descubierto esas potencias demoníacas, casi puramente zoológicas, que proporcionan la energía necesaria para el movimiento de tan enorme máquina como es uno de estos hombres creadores de historia. En ninguna otra figura humana, tanto como en el gran político, aparecen acusadas las facciones de Titán. Y el Titán es, a la vez, más que un hombre y menos que un hombre. Se hunde más hondamente que nuestra especie normal en los senos cósmicos, en lo infrahumano, donde sus raíces absorben las ígneas substancias de que se nutre la vida toda antes de ser vida, es decir, organización, regla, orden, norma. Y esta profundidad de sus cimientos le da fuerzas para sobrepasar la línea humana y llegar más allá, acercarse a las estrellas. En las figuras de Miguel Ángel aparece, magníficamente, esta doble condición superlativa del Titán: sus hombres son ya un poco dioses y todavía un poco chivos.
Ahora bien; no hay creación en ningún orden sin cierta dosis de titanismo —que es, en verdad, la ausencia de dosis, el absoluto lujo de vitalidad.
Me importaba, digo, subrayar esto, porque no creo posible la salvación de Europa si no se decide la humanidad de Occidente, perforando todos los prejuicios y remilgos de una vieja civilización, a buscar el contacto inmediato con la más nuda realidad de la vida, es decir, a aceptar ésta íntegramente en todas sus condiciones, sin aspavientos de un artificioso pudor. Durante siglos se ha obstinado Europa en evitar ese sincero reconocimiento. Una hipocresía radical nos ha llevado a no querer ver de la vida lo que las sucesivas morales declaraban indeseable, como si esto bastase para poder prescindir de ellas. No se trata de pensar que todo lo que es, puesto que es, además debe ser, sino precisamente de separar, como dos mundos diferentes, lo uno y lo otro. Ni lo que es, sin más debe ser, ni, viceversa, lo que no debe ser, sin más no es. Ningún otro continente se ha mostrado tan ligero, tan frívolo, tan pueril como el europeo en dar por no existente lo fatal. A esto se debe, en buena parte, la perpetua inquietud de su historia. Al adoptar posturas que no encajan en el marco de condiciones inexorables impuestas a la vida, se hacía ésta imposible, y forzoso buscar otra colocación, y así sucesivamente. La quietud de Asia, su mayor asiento sobre el haz de la existencia, procede, sin duda, de falta de heroísmo y de entusiasmo, pero a la vez de que se halla mejor engastada y en el soporte último de la vida.
Asia es conformista: para ella lo que es, debe ser. Europa es reformista: para ella lo que no debe ser, no es. Si algún sentido trascendente tiene el hecho de la convivencia intercontinental que caracteriza al siglo presente, será, a no dudarlo, hacer posible el mutuo complemento de esas dos tendencias exclusivas: la reforma emanada de una previa conformidad con lo real; la modificación ideal de la vida, que parte de haber reconocido previamente sus condiciones.
The case of Mirabeau fully confirms this rule. His sensibility induced him without rest toward woman. His audacity and his verbal wit allowed him to hunt down quickly the female predisposed to be hunted. But this type of hunter of women has nothing to do with the true seducer. They are different, and different are the types of woman upon which they act. One thing is to obtain favors from a woman, and another to absorb integrally her soul. She who is capable of doing favors is usually incapable of surrendering her soul, and vice versa. The latter is the interesting woman, she who lives hermetic, closed in her intimate reserve, and who cannot grant anything unless she grants her whole life. Except for Madame de Nehra, who was a child, Mirabeau knew nothing but skirts, skirts, many skirts.
This lack of interior life gives to the private existence of the great politician a cast of relative vulgarity, of coarseness. Neither his ideas nor his tastes are precise, original, refined. Looked at from the optics of an intellectual, the man of action lives in a constant intimate à peu près. More or less, everything is the same to him, because everything seems unreal to him. What matters to him are acts. When he lies, strictly speaking he does not lie, because he is not intimately attached to anything determinate. Words, and within them ideas, are for him only instruments. In another way: he is not his ideas; when he feigns them he does not deny himself, because he does not consist in them. Vice versa, he will not manage to see the intimate reality of others; he will perceive of them only their usable feature. «I cannot excommunicate anyone —said Mirabeau. In truth, everything seems good to me: events, men, things, opinions; everything has a handle, a grip». The expression is accurate: the great political man sees everything in the form of a handle.
It would be a fine thing if, obliged to resolve external conflicts, he also carried within himself conflicts! Fortunately, there exists what I call a great man’s skin, a hide of human pachyderm, hard and without pores, which prevents the transmission to the interior of disconcerting wounds. There would also be incongruity in demanding of the politician an epidermis of a princess of Westphalia or of a Poor Clare nun.
Impulsiveness, turbulence, histrionism, imprecision, poverty of intimacy, hardness of skin, are the organic, elemental conditions of a political genius. It is illusory to want the one without the other, and it is, therefore, unjust to impute to the great man as vices his indispensable ingredients.
But it is clear that it does not suffice to possess these to be a politician of genius. One must add genius. When this is lacking, those powers produce nothing more than a figurehead. Nothing, in effect, is easier to simulate than political greatness. In the end, if an intellectual has no ideas, he will not manage to feign, at least to feign well, his absent intellectuality. But the great politician and he who is not appear equally with public power in hand. Their attire, their bearing, are the same for clumsy glances.
What signs differentiate in this matter authenticity from fiction? Some, some there are; but it is difficult to describe them and to attempt it exceeds my pretension.
The discreet thing, in any case, is not to delude oneself, precisely because in politics it is so easy to delude oneself. I, at times, manage to convince myself that I am a Napoleon because, like him, I have no more than sixty pulsations per minute. The confusion in my case is not grave, because I am only a writer.
VI
Politics is an activity so complex, it contains within itself so many partial operations, all necessary, that it is very difficult to define them without leaving out some important ingredient. It is true that, for that very reason, politics, in the perfect sense of the word, almost never exists. Almost all political men are so merely in part. In the best case, they possess with full consciousness one or another dimension of the politician, and content themselves with it, blind to the remaining ones.
It will be said that politics is tact and astuteness for obtaining from other men what we desire, and it cannot be denied that, in effect, without that there is no politics. But, evidently, more is needed. There is one who, hyperesthetic to the defects of social justice, will call politics a creed of public reform that provides greater equity to human coexistence. And there is no doubt that without a certain sense, and as a native fondness for justice, no one can be a great politician. But this is rather the portion of moral ideality that the political man carries into his public action. To make politics consist in this, is to empty it of itself and fill it with a poor ethical mysticism. For more than a century this error of perspective has been committed: a body of moral doctrines was placed at the center of the program, and only in the second place was attention given to the properly political. Others will say that politics is none of that, but a good administrative sense that knows how to manage, like an industry, the material and moral interests of a nation, etcetera, etcetera.
I repeat that all that, and many more things, must be gathered in a man to make of him a great politician. He comes to be like a tall building, in which each floor supports the one that follows it in the vertical. Politics is the complete architecture, even the cellars. In the preceding pages I have underlined to what extent the public man needs the strangest qualities, some of them of vicious appearance, and not only of appearance. They are the subterranean foundations, the dark roots that sustain the gigantic organism of a great politician.
It mattered greatly to me to lay bare those demoniacal powers, almost purely zoological, which provide the necessary energy for the movement of so enormous a machine as is one of these creators of history. In no other human figure, as much as in the great politician, do the features of Titan appear accentuated. And Titan is, at the same time, more than a man and less than a man. He sinks more deeply than our normal species into the cosmic bosoms, into the infrahuman, where his roots absorb the igneous substances of which all life nourishes itself before being life, that is, organization, rule, order, norm. And this depth of his foundations gives him strength to surmount the human line and go beyond, approach the stars. In the figures of Michelangelo appears, magnificently, this double superlative condition of the Titan: his men are already a little gods and still a little he-goats.
Now; there is no creation in any order without a certain dose of titanism —which is, in truth, the absence of dose, the absolute luxury of vitality.
It mattered to me, I say, to underline this, because I do not believe the salvation of Europe possible if Western humanity does not resolve, piercing all the prejudices and coyness of an old civilization, to seek immediate contact with the barest reality of life, that is, to accept it integrally in all its conditions, without outcries of an artificial modesty. For centuries Europe has obstinately avoided that sincere recognition. A radical hypocrisy has led us not to wish to see of life what the successive moralities declared undesirable, as if this sufficed to be able to dispense with them. It is not a matter of thinking that everything that is, since it is, moreover ought to be, but precisely of separating, as two different worlds, the one from the other. Neither does what is, without more, ought to be, nor, vice versa, what ought not to be, without more, is not. No other continent has shown itself so light, so frivolous, so puerile as the European in giving as nonexistent what is fatal. To this is due, in good part, the perpetual restlessness of its history. By adopting postures that do not fit into the framework of inexorable conditions imposed on life, life was made impossible, and it was forced to seek another placement, and so successively. The quietness of Asia, its greater seat upon the surface of existence, proceeds, without doubt, from lack of heroism and enthusiasm, but at the same time from its being better set and upon the ultimate support of life.
Asia is conformist: for it, what is, ought to be. Europe is reformist: for it, what ought not to be, is not. If the fact of intercontinental coexistence that characterizes the present century has any transcendent sense, it will be, without doubt, to make possible the mutual complement of those two exclusive tendencies: the reform emanating from a prior conformity with the real; the ideal modification of life, which starts from having previously recognized its conditions.
Il caso di Mirabeau conferma pienamente questa regola. La sua sensibilità lo induceva senza sosta verso la donna. La sua audacia e la sua verve verbale gli permettevano di cacciare rapidamente la femmina predisposta a essere cacciata. Ma questo tipo di cacciatore di donne non ha nulla a che vedere con il vero seduttore. Sono distinti loro e sono distinti i tipi di donna su cui agiscono. Una cosa è ottenere favori da una donna, e un’altra assorbire integralmente la sua anima. Colei che è capace di fare favori suole essere incapace di consegnare la sua anima, e viceversa. Quest’ultima è la donna interessante, quella che vive ermetica, chiusa nel suo intimo riserbo, e che non può concedere nulla se non concede la sua vita intera. Salvo madama de Nehra, che era una bambina, Mirabeau non conobbe che gonnelle, gonnelle, molte gonnelle.
Questa mancanza di vita interiore dà all’esistenza privata del grande politico un aspetto di relativa volgarità, di rozzezza. Né le sue idee né i suoi gusti sono precisi, originali, raffinati. Guardato dall’ottica di un intellettuale, l’uomo d’azione vive in costante à peu près intimo. Poco più o poco meno, tutto gli è uguale, perché tutto gli sembra irreale. L’importante per lui sono gli atti. Quando mente, in rigore non mente, perché non è ascritto intimamente a nulla di determinato. Le parole, e dentro di esse le idee, sono per lui soltanto strumenti. In altro modo: lui non è le sue idee; quando le finge non si nega, perché lui non consiste in esse. Viceversa, non riuscirà a vedere la realtà intima degli altri; solo percepirà di loro la loro parte utilizzabile. «Io non posso scomunicare nessuno —diceva Mirabeau. In verità, tutto mi sembra bene: gli avvenimenti, gli uomini, le cose, le opinioni; tutto ha un’ansa, un manico». L’espressione è precisa: il grande uomo politico vede tutto in forma di ansa.
Sarebbe bella che, obbligato a risolvere conflitti esteriori, portasse anche nel suo interno conflitti! Per fortuna, esiste ciò che io chiamo una cute di grande uomo, una pelle di paquidermo umano, dura e senza pori, che impedisce la trasmissione all’interno di ferite sconcertanti. Ci sarebbe anche incongruenza nell’esigere al politico un’epidermide di principessa di Vestfalia o di monaca clarissa.
Impulsività, turbolenza, istrionismo, imprecisione, povertà di intimità, durezza di pelle, sono le condizioni organiche, elementali, di un genio politico. È illusorio volere l’uno senza l’altro, ed è, perciò, ingiusto imputare al grande uomo come vizi i suoi imprescindibili ingredienti.
Ma è chiaro che non basta possedere questi per essere un politico di genio. È necessario aggiungere il genio. Quando questo manca, quelle potenze non producono più che un mascherone di prua. Nulla, in effetti, è più facile da simulare che la grandezza politica. Alla fine, se un intellettuale non ha idee, non riuscirà a fingere, almeno a fingere bene, la sua intellettualità assente. Ma il grande politico e chi non lo è si presentano ugualmente con il potere pubblico in mano. Il loro abbigliamento, il loro portamento, sono gli stessi per gli sguardi ottusi.
Quali segni differenziano in questa materia l’autenticità dalla finzione? Alcuni, alcuni ci sono; ma è difficile descriverli e tentarlo eccede la mia pretesa.
La cosa discreta, in ogni caso, è non farsi illusioni, proprio perché in politica è tanto facile farsele. Io, a tratti, riesco a convincermi di essere un Napoleone perché, come lui, non ho più di sessanta pulsazioni al minuto. La confusione nel mio caso non è grave, perché sono soltanto uno scrittore.
VI
È la politica un’attività tanto complessa, contiene dentro di sé tante operazioni parziali, tutte necessarie, che è molto difficile definirle senza lasciarsi fuori qualche ingrediente importante. Vero è che, per la stessa ragione, la politica, nel senso perfetto del vocabolo, non esiste quasi mai. Quasi tutti gli uomini politici lo sono meramente in parte. Nel migliore dei casi, possiedono con piena coscienza una o un’altra dimensione del politico, e si contentano di essa, ciechi per le restanti.
Si dirà che politica è tatto e astuzia per ottenere da altri uomini ciò che desideriamo, e non si può negare che, in effetti, senza questo non c’è politica. Ma, evidentemente, ce ne vuole di più. C’è chi, iperestesico per i difetti della giustizia sociale, chiamerà politica un credo di riforma pubblica che fornisca maggiore equità alla convivenza umana. E non c’è dubbio che senza un certo senso, e come nativa inclinazione alla giustizia, nessuno può essere un grande politico. Ma questo è piuttosto la porzione di idealità morale che l’uomo politico porta alla sua attuazione pubblica. Far consistere in questo la politica, è svuotarla di se stessa e riempirla di un povero misticismo etico. Per più di un secolo si è commesso questo errore di prospettiva: si situava al centro del programma un corpo di dottrine morali, e solo in secondo termine si attendeva al propriamente politico. Altri diranno che politica non è nulla di tutto ciò, ma un buon senso amministrativo che sappia reggere, come un’industria, gli interessi materiali e morali di una nazione, eccetera, eccetera.
Ripeto che tutto questo, e molte cose di più, devono riunirsi in un uomo per fare di lui un grande politico. Viene a essere questo come un alto edificio, in cui ogni piano sostiene quello che lo segue nella verticale. La politica è l’architettura completa, anche i sotterranei. Nelle pagine antecedenti ho sottolineato fino a che punto l’uomo pubblico necessiti le qualità più strane, alcune di esse di apparenza viziosa, e non solo di apparenza. Sono le fondamenta sotterranee, le oscure radici che sostengono il gigantesco organismo di un grande politico.
Mi importava molto mettere allo scoperto quelle potenze demoniache, quasi puramente zoologiche, che forniscono l’energia necessaria per il movimento di tanto enorme macchina quale è uno di questi uomini creatori di storia. In nessun’altra figura umana, tanto quanto nel grande politico, appaiono accusati i tratti di Titano. E il Titano è, allo stesso tempo, più che un uomo e meno che un uomo. Si sprofonda più a fondo della nostra specie normale nei seni cosmici, nell’infraumano, dove le sue radici assorbono le ignee sostanze di cui si nutre la vita tutta prima di essere vita, cioè organizzazione, regola, ordine, norma. E questa profondità delle sue fondamenta gli dà forze per oltrepassare la linea umana e arrivare più in là, avvicinarsi alle stelle. Nelle figure di Michelangelo appare, magnificamente, questa doppia condizione superlativa del Titano: i suoi uomini sono già un poco dèi e ancora un poco caproni.
Ora; non c’è creazione in nessun ordine senza una certa dose di titanismo —che è, in verità, l’assenza di dose, l’assoluto lusso di vitalità.
Mi importava, dico, sottolineare questo, perché non credo possibile la salvezza dell’Europa se non si decide l’umanità dell’Occidente, perforando tutti i pregiudizi e le smancerie di una vecchia civiltà, a cercare il contatto immediato con la più nuda realtà della vita, cioè ad accettare questa integralmente in tutte le sue condizioni, senza strilli di un artificioso pudore. Per secoli l’Europa si è ostinata a evitare questo sincero riconoscimento. Un’ipocrisia radicale ci ha portato a non voler vedere della vita ciò che le successive morali dichiaravano indesiderabile, come se questo bastasse per poter prescindere da esse. Non si tratta di pensare che tutto ciò che è, poiché è, inoltre deve essere, ma precisamente di separare, come due mondi differenti, l’uno e l’altro. Né ciò che è, senz’altro deve essere, né, viceversa, ciò che non deve essere, senz’altro non è. Nessun altro continente si è mostrato tanto leggero, tanto frivolo, tanto puerile come l’europeo nel dare per non esistente ciò che è fatale. A questo si deve, in buona parte, la perpetua inquietudine della sua storia. Adottando posture che non si adattano al quadro di condizioni inesorabili imposte alla vita, si faceva questa impossibile, e forzoso cercare un’altra collocazione, e così successivamente. La quiete dell’Asia, il suo maggior assestamento sulla superficie dell’esistenza, procede, senza dubbio, da mancanza di eroismo e di entusiasmo, ma allo stesso tempo dal fatto che si trova meglio incastonata e sul supporto ultimo della vita.
L’Asia è conformista: per essa ciò che è, deve essere. L’Europa è riformista: per essa ciò che non deve essere, non è. Se qualche senso trascendente ha il fatto della convivenza intercontinentale che caratterizza il secolo presente, sarà, a non dubitarne, rendere possibile il mutuo complemento di queste due tendenze esclusive: la riforma emanata da una previa conformità con il reale; la modificazione ideale della vita, che parte dall’aver riconosciuto precedentemente le sue condizioni.
He aquí por qué me ha parecido de alguna oportunidad quitar la piel al grande hombre político, y mostrar, como en preparación anatómica, sus músculos rojos, sus venas azules, sus tendones lívidos. Pero claro es que ninguna de esas fuerzas zoológicas —sin las que no se da el gran político— son su política.
VII
Hay un sentido de la palabra «política» que me parece la cima de su complejo significado y que es, a mi juicio, la dote suprema que califica al genio de ella, separándolo del hombre público vulgar. Si fuese forzoso quedarse en la definición de la política con un solo atributo, yo no vacilaría en preferir éste: política es tener una idea clara de lo que se debe hacer desde el Estado en una nación.
Refirámonos a España, para evitar movernos en puras expresiones abstractas. Supongamos que alguien nos dice: «En España hay que afirmar el principio de autoridad y hay que hacer economías». Está bien: yo no niego que convenga hacer ambas cosas; pero niego que eso sea una política en el mejor sentido de la palabra. Por una razón para mí decisiva: la autoridad y las economías que se recomienda hacer, se hacen en el Estado español, no en la nación española. Y esta distinción es, en mi entender, lo decisivo.
El Estado no es más que una máquina situada dentro de la nación para servir a ésta. El pequeño político tiende siempre a olvidar esta elemental relación, y cuando piensa lo que debe hacerse en España, piensa, en rigor, sólo lo que conviene hacer en el Estado y para el Estado. Las economías no se hacen en España, sino en el Estado, y por muy importante que sea el lograrlas, carecen por sí mismas de verdadero valor nacional. Parejamente, la autoridad es necesaria, como condición previa para que la máquina Estado funcione; pero con poseerla no se ha hecho nada importante. La cuestión empieza cuando nos preguntamos: esa máquina del Estado, con sus economías y su autoridad, ¿cómo va a funcionar, a actuar sobre la nación? Esto es lo decisivo: porque la realidad histórica efectiva es la nación y no el Estado. El gran político ve siempre los problemas de Estado al través y en función de los nacionales. Sabe que aquél es tan sólo un instrumento para la vida nacional. Inversamente, el pequeño político, como se encuentra con el Estado entre las manos, tiende a tomarlo demasiado en serio, a darle un valor absoluto, a desconocer su sentido puramente instrumental.
Este error lleva a tergiversar por completo la esencial cuestión. Yo veo que casi todo el mundo —autoritarios como radicales— moviliza su intelecto en esta falsa dirección: ¿cómo es posible crear en España un Estado lo más perfecto que quepa imaginar? (Para el autoritario y para el radical, la perfección del Estado consiste en cualidades divergentes; pero el propósito es común: lograr un Estado perfecto). Para quien piensa que la perfección del Estado se halla fuera de él, en la perfección del cuerpo nacional, el pensamiento político tiene que volver del revés la cuestión: ¿cómo hay que organizar el Estado para que la nación se perfeccione?
La distinción no es ociosa ni utópica. Llega nuestro pueblo, como los demás de Europa, a un punto en que se ve forzado a inventar instituciones; esto es, una figura de Estado. La solución variará sobremanera según se halle dispuesto a ver el problema en una u otra forma. Rusia e Italia han preferido equivocarse, y en vez de innovar profundamente[56] han seguido la tradición utópica de los dos últimos siglos; han preferido el fantasma transitorio de un Estado «perfecto» al porvenir de una nación vigorosa y saludable. Yo deseo para nuestra España una solución inversa, más completa y de más larga perspectiva.
En definitiva, quien vive es la nación. El Estado mismo, que tan fecundamente puede actuar sobre ella, se nutre, a la larga, de sus jugos. La gran política se reduce a situar el cuerpo nacional en forma que pueda fare da se. Ya veremos, cuando pase algún tiempo, el resultado de esas soluciones que se proponen lo contrario: suspender toda espontaneidad nacional e intentar fare dallo Stato, vivir desde el Estado.
Cabría decir que un Estado es perfecto cuando, concediéndose a sí mismo el mínimum de ventajas imprescindible, contribuye a aumentar la vitalidad de los ciudadanos. Si nos abstraemos de esto último, si nos ponemos a dibujar un Estado perfecto en sí mismo, como puro y abstracto sistema de instituciones, llegaremos, inevitablemente, a construir una máquina que detendrá toda la vida nacional. Como suele acontecer, esta reductio ad absurdum nos sirve para descubrir el error que hay en esa dirección del pensamiento político.
En la historia triunfa la vitalidad de las naciones, no la perfección formal de los Estados. Y lo que debe ambicionarse para España en una hora como ésta es el hallazgo de instituciones que consigan forzar al máximum de rendimiento vital (vital, no sólo civil) a cada ciudadano español.
Pero se comprende la dificultad enorme que la política, en este excelente sentido, encierra. Supone ideas claras y precisas sobre la situación histórica de los españoles, sobre las virtudes que tienen, sobre las que les faltan, sobre las que les sobran, sobre la estructura social efectiva de nuestro país. Temas tan delicados encuentran ante sí la avalancha de los tópicos de café, y angustia advertir el número escasísimo de personas que han pensado en serio y directamente sobre ellos.
VIII
No se imputará al autor de este ensayo tendencia a intelectualizar la figura del político. Más bien he procurado exagerar lo que hace de éste una especie de hombre opuesta a la del intelectual. Pero ya se ve: si en sus cimientos orgánicos y en su mecanismo psicológico es el político la fórmula inversa del hombre destinado a la intelección, no será gran político si no posee una política de alta mar, de poderosa envergadura y larga travesía, si no ha tenido la revelación de lo que con el Estado hay que hacer en una nación. Ahora bien; esta clarividencia es obra de intelecto, y parece, por tanto, ilusorio creer que el político puede serlo sin ser, a la vez, en no escasa medida, intelectual.
Esta nota de intelectualidad que, como un fuego de San Telmo, corona la enérgica figura del hombre de acción, es, a mi juicio, el síntoma que distingue al político egregio del vulgar (animalote) gobernante. Porque esos otros ingredientes, sin duda brutales, que constituyen su soporte vital, su peana psicofisiológica, aparecen en no pocos individuos. Casi todos los hombres de acción los poseen. Pero éste es, a mi juicio, el error: creer que un político es, sin más ni más, un hombre de acción, y no advertir que es el tipo de hombre menos frecuente, más difícil de lograr, precisamente por tener que unir en sí los caracteres más antagónicos, fuerza vital e intelección, impetuosidad y agudeza. De la mente clarísima se derrama entonces sobre las potencias inferiores que sirven a la acción un extraño flúido que las unge y fertiliza, prestándoles una gracia elevada, una elasticidad y un ritmo tan certero, que alejan de ellas la tosquedad, la barbarie en que consisten.
En esto, como en todo lo que al político se refiere, es el mayor ejemplo César. Su perfil prodigioso puede valer como paradigma del género y dosis de intelectualidad que aquí se exige al gran político. Compáresele con Mario, con Pompeyo, con Marco Antonio, fila espléndida de fogosos animales humanos. A todos les falta la llamita de San Telmo que produce en las cimas la combustión del espíritu. Ninguna visión y previsión les visita. Son enormes autómatas bajo el Destino. En César, el Destino no cae desde fuera, sino que va en él, que él lo lleva y lo es. Porque en ello radica el señorío supremo que ha sido otorgado al espíritu. Como todo en el universo, avanza él también sometido al Destino. (Lo que no es Destino es sólo frivolidad). Pero el espíritu ve ese Destino, lo hiere y traspasa con su dardo de comprensión. Comprender es captar. Destino comprendido. Destino capturado, domesticado. César lo lleva junto al flanco como un can dócil.
This is why it has seemed to me of some opportuneness to skin the great political man, and to show, as in an anatomical preparation, his red muscles, his blue veins, his livid tendons. But it is clear that none of those zoological forces —without which the great politician does not exist— are his politics.
VII
There is a sense of the word «politics» that seems to me the summit of its complex meaning and that is, in my judgment, the supreme dower that qualifies the genius of it, separating it from the vulgar public man. If one were forced to stay in the definition of politics with a single attribute, I would not hesitate to prefer this one: politics is having a clear idea of what must be done from the State in a nation.
Let us refer to Spain, to avoid moving in pure abstract expressions. Suppose someone says to us: «In Spain one must affirm the principle of authority and one must make economies». Very well: I do not deny that it is fitting to do both things; but I deny that this is a politics in the best sense of the word. For a reason to me decisive: the authority and the economies that it is recommended to make, are made in the Spanish State, not in the Spanish nation. And this distinction is, in my understanding, the decisive thing.
The State is nothing more than a machine situated within the nation to serve it. The petty politician always tends to forget this elementary relation, and when he thinks what must be done in Spain, he thinks, strictly speaking, only what is fitting to do in the State and for the State. Economies are not made in Spain, but in the State, and however important it may be to achieve them, they lack by themselves true national value. Likewise, authority is necessary, as a prior condition for the machine State to function; but with possessing it nothing important has been done. The question begins when we ask ourselves: that machine of the State, with its economies and its authority, how is it going to function, how is it going to act upon the nation? This is the decisive thing: because the effective historical reality is the nation and not the State. The great politician always sees the problems of the State through and as a function of the national ones. He knows that the former is only an instrument for national life. Inversely, the petty politician, since he finds himself with the State in his hands, tends to take it too seriously, to give it an absolute value, to ignore its purely instrumental sense.
This error leads to completely distorting the essential question. I see that almost everyone —authoritarians as well as radicals— mobilizes his intellect in this false direction: how is it possible to create in Spain a State as perfect as can be imagined? (For the authoritarian and for the radical, the perfection of the State consists in divergent qualities; but the purpose is common: to achieve a perfect State). For him who thinks that the perfection of the State lies outside it, in the perfection of the national body, political thought has to turn the question inside out: how must the State be organized so that the nation may perfect itself?
The distinction is not idle nor utopian. Our people arrives, like the others of Europe, at a point in which it finds itself forced to invent institutions; that is, a figure of State. The solution will vary immensely according to whether it is disposed to see the problem in one form or another. Russia and Italy have preferred to err, and instead of innovating profoundly[56] they have followed the utopian tradition of the last two centuries; they have preferred the transitory phantom of a «perfect» State to the future of a vigorous and healthy nation. I desire for our Spain an inverse solution, more complete and of longer perspective.
In short, it is the nation that lives. The State itself, which can act so fruitfully upon it, nourishes itself, in the long run, of its juices. Great politics reduces itself to placing the national body in such a form that it may fare da se. We shall see, when some time passes, the result of those solutions that propose the contrary: to suspend all national spontaneity and to try to fare dallo Stato, to live from the State.
It could be said that a State is perfect when, granting itself the minimum of indispensable advantages, it contributes to increasing the vitality of the citizens. If we abstract from this last thing, if we set ourselves to draw a State perfect in itself, as a pure and abstract system of institutions, we shall arrive, inevitably, at constructing a machine that will stop all national life. As usually happens, this reductio ad absurdum serves us to discover the error there is in that direction of political thought.
In history the vitality of nations triumphs, not the formal perfection of States. And what should be aspired to for Spain at an hour like this is the finding of institutions that manage to force each Spanish citizen to the maximum of vital yield (vital, not only civil).
But the enormous difficulty that politics, in this excellent sense, encloses is understood. It presupposes clear and precise ideas about the historical situation of the Spaniards, about the virtues they have, about those they lack, about those they have in excess, about the effective social structure of our country. Themes so delicate find before them the avalanche of the commonplaces of the café, and it is anguishing to note the very scarce number of persons who have thought seriously and directly about them.
VIII
The author of this essay will not be imputed a tendency to intellectualize the figure of the politician. Rather I have sought to exaggerate what makes of him a species of man opposite to that of the intellectual. But it is already seen: if in his organic foundations and in his psychological mechanism the politician is the inverse formula of the man destined for intellection, he will not be a great politician if he does not possess a high-seas politics, of powerful breadth and long crossing, if he has not had the revelation of what must be done with the State in a nation. Now; this clairvoyance is a work of the intellect, and it seems, therefore, illusory to believe that the politician can be one without being, at the same time, in no small measure, an intellectual.
This note of intellectuality that, like a Saint Elmo’s fire, crowns the energetic figure of the man of action, is, in my judgment, the symptom that distinguishes the eminent politician from the vulgar (beastly) governor. Because those other ingredients, without doubt brutal, which constitute his vital support, his psychophysiological pedestal, appear in not a few individuals. Almost all men of action possess them. But this is, in my judgment, the error: to believe that a politician is, pure and simple, a man of action, and not to notice that he is the least frequent type of man, the most difficult to achieve, precisely for having to unite in himself the most antagonistic characters, vital force and intellection, impetuosity and acuteness. From the clearest mind there pours then upon the inferior powers that serve action a strange fluid that anoints and fertilizes them, lending them an elevated grace, an elasticity and a rhythm so precise that they drive away from them the coarseness, the barbarism in which they consist.
In this, as in everything that refers to the politician, Caesar is the greatest example. His prodigious profile can serve as a paradigm of the kind and dose of intellectuality that is here required of the great politician. Let him be compared with Marius, with Pompey, with Mark Antony, a splendid row of fiery human animals. All of them lack the little flame of Saint Elmo that the combustion of the spirit produces in the summits. No vision and prevision visits them. They are enormous automatons under Destiny. In Caesar, Destiny does not fall from outside, but goes in him, that he carries it and is it. Because in this lies the supreme dominion that has been granted to the spirit. Like everything in the universe, he too advances subjected to Destiny. (What is not Destiny is only frivolity). But the spirit sees that Destiny, wounds it and pierces it with his dart of comprehension. To understand is to capture. Destiny understood. Destiny captured, domesticated. Caesar carries it at his flank like a docile dog.
Ecco perché mi è sembrato di qualche opportunità togliere la pelle al grande uomo politico, e mostrare, come in preparazione anatomica, i suoi muscoli rossi, le sue vene azzurre, i suoi tendini lividi. Ma è chiaro che nessuna di quelle forze zoologiche —senza le quali non si dà il grande politico— sono la sua politica.
VII
C’è un senso della parola «politica» che mi sembra la cima del suo complesso significato e che è, a mio giudizio, la dote suprema che qualifica il genio di essa, separandolo dall’uomo pubblico volgare. Se fosse forzoso restare nella definizione della politica con un solo attributo, io non esiterei a preferire questo: politica è avere un’idea chiara di ciò che si deve fare dallo Stato in una nazione.
Riferiamoci alla Spagna, per evitare di muoverci in pure espressioni astratte. Supponiamo che qualcuno ci dica: «In Spagna bisogna affermare il principio di autorità e bisogna fare economie». Sta bene: io non nego che convenga fare entrambe le cose; ma nego che questo sia una politica nel miglior senso della parola. Per una ragione per me decisiva: l’autorità e le economie che si raccomanda di fare, si fanno nello Stato spagnolo, non nella nazione spagnola. E questa distinzione è, a mio intendere, il decisivo.
Lo Stato non è più che una macchina situata dentro la nazione per servire a questa. Il piccolo politico tende sempre a dimenticare questa elementare relazione, e quando pensa ciò che si deve fare in Spagna, pensa, in rigore, solo ciò che conviene fare nello Stato e per lo Stato. Le economie non si fanno in Spagna, ma nello Stato, e per molto importante che sia conseguirle, mancano da sé stesse di vero valore nazionale. Parimenti, l’autorità è necessaria, come condizione previa perché la macchina Stato funzioni; ma col possederla non si è fatto nulla di importante. La questione comincia quando ci domandiamo: quella macchina dello Stato, con le sue economie e la sua autorità, come funzionerà, come agirà sulla nazione? Questo è il decisivo: perché la realtà storica effettiva è la nazione e non lo Stato. Il grande politico vede sempre i problemi di Stato attraverso e in funzione di quelli nazionali. Sa che quello è soltanto uno strumento per la vita nazionale. Inversamente, il piccolo politico, siccome si trova con lo Stato tra le mani, tende a prenderlo troppo sul serio, a dargli un valore assoluto, a misconoscere il suo senso puramente strumentale.
Questo errore porta a travisare completamente l’essenziale questione. Vedo che quasi tutto il mondo —autoritari come radicali— mobilita il suo intelletto in questa falsa direzione: come è possibile creare in Spagna uno Stato il più perfetto che si possa immaginare? (Per l’autoritario e per il radicale, la perfezione dello Stato consiste in qualità divergenti; ma lo scopo è comune: ottenere uno Stato perfetto). Per chi pensa che la perfezione dello Stato si trovi fuori di esso, nella perfezione del corpo nazionale, il pensiero politico deve rivoltare la questione: come bisogna organizzare lo Stato perché la nazione si perfezioni?
La distinzione non è oziosa né utopica. Giunge il nostro popolo, come gli altri d’Europa, a un punto in cui si vede forzato a inventare istituzioni; cioè, una figura di Stato. La soluzione varierà oltremodo secondo che si trovi disposto a vedere il problema in una o in un’altra forma. La Russia e l’Italia hanno preferito sbagliare, e invece di innovare profondamente[56] hanno seguito la tradizione utopica degli ultimi due secoli; hanno preferito il fantasma transitorio di uno Stato «perfetto» all’avvenire di una nazione vigorosa e sana. Io desidero per la nostra Spagna una soluzione inversa, più completa e di più lunga prospettiva.
In definitiva, chi vive è la nazione. Lo Stato stesso, che tanto fecondamente può agire su di essa, si nutre, a lungo andare, dei suoi succhi. La grande politica si riduce a situare il corpo nazionale in forma che possa fare da sé. Già vedremo, quando passi un po’ di tempo, il risultato di quelle soluzioni che si propongono il contrario: sospendere ogni spontaneità nazionale e tentare fare dallo Stato, vivere dallo Stato.
Si potrebbe dire che uno Stato è perfetto quando, concedendo a se stesso il minimo di vantaggi imprescindibile, contribuisce ad aumentare la vitalità dei cittadini. Se ci astraiamo da quest’ultimo, se ci mettiamo a disegnare uno Stato perfetto in se stesso, come puro e astratto sistema di istituzioni, arriveremo, inevitabilmente, a costruire una macchina che fermerà tutta la vita nazionale. Come suole accadere, questa reductio ad absurdum ci serve per scoprire l’errore che c’è in quella direzione del pensiero politico.
Nella storia trionfa la vitalità delle nazioni, non la perfezione formale degli Stati. E ciò che deve ambirsi per la Spagna in un’ora come questa è la scoperta di istituzioni che riescano a forzare al massimo di rendimento vitale (vitale, non solo civile) ogni cittadino spagnolo.
Ma si comprende la difficoltà enorme che la politica, in questo eccellente senso, racchiude. Suppone idee chiare e precise sulla situazione storica degli spagnoli, sulle virtù che hanno, su quelle che mancano loro, su quelle che sono loro di troppo, sulla struttura sociale effettiva del nostro paese. Temi tanto delicati trovano davanti a sé l’avalanche dei luoghi comuni da caffè, e angoscia avvertire il numero scarsissimo di persone che hanno pensato sul serio e direttamente su di essi.
VIII
Non si imputerà all’autore di questo saggio la tendenza a intellettualizzare la figura del politico. Piuttosto ho cercato di esagerare ciò che fa di questo una specie di uomo opposta a quella dell’intellettuale. Ma già si vede: se nelle sue fondamenta organiche e nel suo meccanismo psicologico è il politico la formula inversa dell’uomo destinato all’intellezione, non sarà grande politico se non possiede una politica d’alto mare, di potente ampiezza e lunga traversata, se non ha avuto la rivelazione di ciò che con lo Stato bisogna fare in una nazione. Ora; questa chiaroveggenza è opera dell’intelletto, e sembra, perciò, illusorio credere che il politico possa esserlo senza essere, allo stesso tempo, in non scarsa misura, intellettuale.
Questa nota di intellettualità che, come un fuoco di Sant’Elmo, corona l’energica figura dell’uomo d’azione, è, a mio giudizio, il sintomo che distingue il politico egregio dal volgare (animalesco) governante. Perché quegli altri ingredienti, senza dubbio brutali, che costituiscono il suo supporto vitale, la sua base psicofisiologica, appaiono in non pochi individui. Quasi tutti gli uomini d’azione li possiedono. Ma questo è, a mio giudizio, l’errore: credere che un politico sia, senza più, un uomo d’azione, e non avvertire che è il tipo di uomo meno frequente, più difficile da realizzare, precisamente per dover unire in sé i caratteri più antagonisti, forza vitale e intelezione, impetuosità e acutezza. Dalla mente chiarissima si riversa allora sulle potenze inferiori che servono all’azione uno strano flùido che le unge e fertilizza, prestando loro una grazia elevata, un’elasticità e un ritmo tanto preciso, che allontanano da esse la rozzezza, la barbarie in cui consistono.
In questo, come in tutto ciò che al politico si riferisce, è il maggior esempio Cesare. Il suo prodigioso profilo può valere come paradigma del genere e dose di intellettualità che qui si esige al grande politico. Lo si confronti con Mario, con Pompeo, con Marco Antonio, fila splendida di focosi animali umani. A tutti manca la fiammella di Sant’Elmo che produce nelle cime la combustione dello spirito. Nessuna visione e previsione li visita. Sono enormi automi sotto il Destino. In Cesare, il Destino non cade da fuori, ma va in lui, che lui lo porta e lo è. Perché in questo radica il dominio supremo che è stato concesso allo spirito. Come tutto nell’universo, avanza anche lui sottomesso al Destino. (Ciò che non è Destino è solo frivolezza). Ma lo spirito vede quel Destino, lo ferisce e trapassa con il suo dardo di comprensione. Comprendere è catturare. Destino compreso. Destino catturato, addomesticato. Cesare lo porta al fianco come un cane docile.
Es César un caso ejemplar de agudeza intelectual. En su tiempo nadie veía en torno más que problemas de cariz insoluble. César vio la solución, clara, radiante, fecunda. Y esta solución brotaba sencillamente de una rigorosa comprensión analítica de lo que era la sociedad romana en aquel instante, de lo que podía ser, de lo que no podía ya ser[57]. Como casi todas las grandes soluciones, tuvo ésta un aspecto paradójico. Los males de Roma —todo el mundo, y principalmente los conservadores insistían en ello— eran oriundos de la fabulosa expansión a que el poderío romano había llegado. Por eso los conservadores demandaban la cesación de todo nuevo crecimiento. La solución de César —que los siglos han comprobado en una experiencia milenaria— fue estrictamente contraria: la ilimitada ampliación, el imperio universal, la inclusión en el orbe romano del intacto Occidente —que era entonces, frente a las viejas naciones orientales, la tierra nueva, la América de los antiguos.
Pero esta solución, que se deja comprimir como un medicamento en fórmula tan simple, supone un vasto análisis de la situación histórica a que Roma había llegado, un exquisito sopesamiento de las fuerzas que integraban la sociedad, una audaz resolución visual que le permitió ver la forma del Estado romano, aún vigente, instalada, consagrada como un mísero pasado que se sobrevivía. Para mí es este poder de reconocer lo muerto en lo que parece vivir el rasgo sobresaliente de una genialidad política.
En el caso de César, repito, se encuentra, a la intemperie y paradigmáticamente, esa intuición de lo que con el Estado hay que hacer en una nación.
En Mirabeau, que tan al aire ostenta las fuerzas titánicas del político, aparece menos evidente ese elemento de inspiración. No porque le faltase. Ya hemos notado la certidumbre y seguridad con que, desde luego, penetra el Destino de Francia. Pero en 1780, lo que había que hacer con el Estado en la nación era relativamente poco. La nación había llegado a un momento de salud plenaria, de riqueza moral y material. Cinco, seis siglos de labranza habían puesto en actividad histórica la casi totalidad del pueblo francés. La civilización, rezumando de estrato en estrato, había fecundado casi hasta las últimas capas sociales. Lo que había que hacer con el Estado era muy sencillo: quitarlo, reducirlo a su mínima expresión, interponerlo lo menos posible entre los individuos, hacer que fuese como la imagen virtual de la sociedad misma al mirarse en el gran espejo de la autoridad. Esto fue la Democracia —gobierno de la sociedad por la sociedad.
César tenía que hacer más. Era preciso reorganizar, con el Estado, la misma sociedad. Su muerte prematura dejó la trayectoria de su pronóstico tan sólo iniciada, pero con unas u otras infidelidades, eso vino a ser la política del Imperio, que poco a poco plasmó una nueva sociedad[58].
Para mí, el caso de la España actual plantea un problema de pareja índole. Lo que hay que hacer no es tanto ni por sí un Estado ad hoc —como en tiempos de Mirabeau—cuanto una sociedad nueva. Para ello es, claro está, preciso un nuevo Estado; pero la misión que ha de servir y que ha de orientar la mente cuando aspira a inventarlo, no se halla en él mismo, sino en sus efectos para transformar la sociedad actual española, prácticamente paralítica, en una nueva sociedad dinámica.
Esta situación no es peculiar de España. Con factores adyacentes muy distintos, que obligarían a reconocer grandes diferencias, la situación es la misma en las demás naciones europeas. En ninguna de ellas —y al revés que en Francia hacia 1780— la sociedad se encuentra sobrada de potencias para afrontar la existencia actual. Son pueblos muy viejos, y la vejez se caracteriza por la acumulación de órganos muertos, de materias córneas; crecen uñas, cabellos, callosidades en detrimento del nervio y del músculo. Porciones enteras del organismo han caído en anquilosis. Así va Europa, nave cargada de obra muerta que un largo pretérito ha depositado en sus flancos y quilla. ¡Difícil navegación! Es preciso aligerar la nave; volver a lo claro y esencial —ser puro músculo y nervio y tendón. La reforma tiene que ser primariamente de la sociedad, a fin de obtener un cuerpo público sobremanera elástico, capaz de brincar sobre continentes —América, Asia, África.
¿Será posible empresa tal? Por lo menos es evidente que en el visible horizonte de Europa falta el tipo de hombre político capaz de inspiraciones suficientemente agudas que pongan en la pista de lo que hay que hacer. Conforme adelanta la historia de un pueblo o grupo de pueblos, va siendo más insólita la figura del verdadero político. La razón no es arcana. En las edades primeras las sociedades, sin pasado tras sí, son de estructura más sencilla y su análisis más fácil. El hombre de acción no ha menester de gran vigor intelectual para descubrir lo que hay que descubrir. Pero en el progreso de los tiempos la sociedad se complica y los políticos necesitan ser cada vez más intelectuales, quiérase o no. Ahora bien; la dificultad de unir lo uno con lo otro, la inverosimilitud de que en un hombre coincidan ambas dotes opuestas va creciendo progresivamente. Tanto, que en cierta hora, la última, la más grave, cuando más falta hacían, no se encuentran. El que haya perseguido con alguna curiosidad los últimos siglos de Roma, habrá notado este trágico hecho: el gran político no parece. En vez de reconocer la forzosidad de unir la fuerza con la inteligencia, se hacen ensayos de exclusivismo, acentuando al extremo la dote de fuerza y se buscan puros hombres de acción. Así se explica que en aquella sazón de Roma moribunda, cuando más oportuno hubiera sido un César, sólo encontramos a Estilicón, soldado.
Vanos son todos los intentos que ahora en Europa, como entonces en Roma, se hacen para sacar avante naciones atascadas, eliminando de su dirección la inteligencia. En una tribu primigenia, aun en un pueblo saludable y simplemente bárbaro, fuera acaso eficaz el propósito, pero en sociedades muy viejas no es la pretendida simplificación de las cuestiones y los métodos la receta mejor.
Conviene dar nombre a esa forma de intelectualidad que es ingrediente esencial del político. Llamémosla intuición histórica. En rigor, con que poseyese ésta le bastaría. Pero es muy poco verosímil que pueda darse en una mente sin haber sido previamente aguzada por otras formas de inteligencia ajenas por completo a la política. César, mientras pasa en su litera los Alpes, compone un tratado de Analogía, como Mirabeau escribe en la prisión una Gramática, y Napoleón, en su tienda de campaña, sobre la nieve rusa, el minucioso Reglamento de la Comedia Francesa. Yo siento mucho que la veracidad me obligue a decir que no creeré jamás en las dotes de un político de quien no haya oído cosa parecida. ¿Por qué? Muy sencillo. Esas creaciones suplementarias y superfluas son síntoma inequívoco de que esos hombres sentían fruición intelectual. Cuando una mente se goza en su propio ejercicio y al audaz obligado añade el lujoso brinco —como el músculo del adolescente que complica la marcha con el salto por pura delicia de gozar su propia elasticidad—, es que posee su pleno desarrollo, que es capaz de todas las penetraciones contemplativas.
No se pretenda excluir del político la teoría; la visión puramente intelectual. A la acción, tiene en él que preceder una prodigiosa contemplación: sólo así será una fuerza dirigida y no un estúpido torrente que bate dañino los fondos del valle. Lindamente lo dijo, hace cinco siglos, el maestro Leonardo: La teoria è il capitano e la pratica sono i soldati.
1928
Caesar is an exemplary case of intellectual acuteness. In his time no one saw around him more than problems of insoluble aspect. Caesar saw the solution, clear, radiant, fruitful. And this solution sprang simply from a rigorous analytical comprehension of what the Roman society was at that instant, of what it could be, of what it could no longer be[57]. Like almost all great solutions, this one had a paradoxical aspect. The ills of Rome —everyone, and principally the conservatives, insisted on this— were native to the fabulous expansion that Roman might had reached. That is why the conservatives demanded the cessation of all new growth. Caesar’s solution —which the centuries have confirmed in a millennial experience— was strictly contrary: unlimited expansion, universal empire, the inclusion in the Roman orb of the intact West —which was then, over against the old eastern nations, the new land, the America of the ancients.
But this solution, which lets itself be compressed like a medicine into so simple a formula, presupposes a vast analysis of the historical situation to which Rome had arrived, an exquisite weighing of the forces that integrated society, an audacious visual resolution that allowed him to see the form of the Roman State, still in force, installed, consecrated as a miserable past that survived itself. For me this power of recognizing the dead in what seems to live is the outstanding trait of a political genius.
In the case of Caesar, I repeat, there is found, in the open and paradigmatically, that intuition of what must be done with the State in a nation.
In Mirabeau, who so openly flaunts the titanic forces of the politician, that element of inspiration appears less evident. Not because he lacked it. We have already noted the certitude and security with which, from the outset, he penetrates the Destiny of France. But in 1780, what had to be done with the State in the nation was relatively little. The nation had arrived at a moment of plenary health, of moral and material wealth. Five, six centuries of tillage had set in historical activity almost the whole of the French people. Civilization, oozing from stratum to stratum, had fertilized almost down to the last social layers. What had to be done with the State was very simple: to remove it, reduce it to its minimum expression, interpose it as little as possible between individuals, make it be like the virtual image of society itself as it looks at itself in the great mirror of authority. This was Democracy —government of society by society.
Caesar had to do more. It was necessary to reorganize, with the State, society itself. His premature death left the trajectory of his prognosis only initiated, but with one or another infidelity, that came to be the policy of the Empire, which little by little shaped a new society[58].
For me, the case of present-day Spain poses a problem of like kind. What must be done is not so much, nor by itself, an ad hoc State —as in the times of Mirabeau— as a new society. For this it is, of course, necessary to have a new State; but the mission it must serve and which must orient the mind when it aspires to invent it, is not found in the State itself, but in its effects for transforming the present Spanish society, practically paralytic, into a new dynamic society.
This situation is not peculiar to Spain. With very different adjacent factors, which would oblige one to recognize great differences, the situation is the same in the other European nations. In none of them —and contrary to France around 1780— does society find itself with a surplus of powers to face present existence. They are very old peoples, and old age is characterized by the accumulation of dead organs, of horny matters; nails, hairs, callosities grow to the detriment of nerve and muscle. Entire portions of the organism have fallen into ankylosis. Thus goes Europe, a ship loaded with dead work that a long past has deposited in its flanks and keel. Difficult navigation! It is necessary to lighten the ship; to return to the clear and essential —to be pure muscle and nerve and tendon. The reform must be primarily of society, in order to obtain an exceedingly elastic public body, capable of leaping over continents —America, Asia, Africa.
Will such an enterprise be possible? At least it is evident that on the visible horizon of Europe the type of political man capable of inspirations sufficiently acute to put one on the track of what must be done is lacking. As the history of a people or group of peoples advances, the figure of the true politician becomes more unusual. The reason is not arcane. In the early ages societies, without past behind them, are of simpler structure and their analysis easier. The man of action has no need of great intellectual vigor to discover what must be discovered. But in the progress of times society becomes complicated and politicians need to be ever more intellectual, whether one likes it or not. Now; the difficulty of uniting the one with the other, the improbability that in one man both opposed gifts should coincide, goes progressively increasing. So much so, that at a certain hour, the last, the gravest, when they were most needed, they are not found. Whoever has pursued with some curiosity the last centuries of Rome will have noticed this tragic fact: the great politician does not appear. Instead of recognizing the compulsoriness of uniting force with intelligence, essays of exclusivism are made, accentuating to the extreme the gift of force, and pure men of action are sought. Thus it is explained that at that season of dying Rome, when a Caesar would have been most opportune, we find only Stilicho, a soldier.
Vain are all the attempts that now in Europe, as then in Rome, are made to bring forward stuck nations by eliminating intelligence from their direction. In a primigenial tribe, even in a healthy and simply barbarous people, the purpose might perhaps be effective, but in very old societies the pretended simplification of questions and methods is not the best recipe.
It is fitting to give a name to that form of intellectuality which is an essential ingredient of the politician. Let us call it historical intuition. Strictly, with possessing this alone he would suffice. But it is very little verisimilar that it can occur in a mind without having been previously sharpened by other forms of intelligence entirely foreign to politics. Caesar, as he crosses the Alps in his litter, composes a treatise on Analogy, as Mirabeau writes in prison a Grammar, and Napoleon, in his campaign tent, upon the Russian snow, the meticulous Regulations of the Comédie-Française. I very much regret that veracity obliges me to say that I shall never believe in the gifts of a politician of whom I have not heard something similar. Why? Very simple. Those supplementary and superfluous creations are an unequivocal symptom that those men felt intellectual fruition. When a mind delights in its own exercise and to the obligatory audacity adds the luxurious leap —like the muscle of the adolescent who complicates the march with a jump out of pure delight in enjoying his own elasticity—, it is because it possesses its full development, that it is capable of all contemplative penetrations.
Let it not be pretended to exclude from the politician theory; the purely intellectual vision. Action must in him be preceded by a prodigious contemplation: only thus will it be a directed force and not a stupid torrent that strikes harmfully the bottoms of the valley. The master Leonardo said it prettily, five centuries ago: La teoria è il capitano e la pratica sono i soldati.
1928
È Cesare un caso esemplare di acutezza intellettuale. Nel suo tempo nessuno vedeva intorno più che problemi di aspetto insolubile. Cesare vide la soluzione, chiara, radiante, feconda. E questa soluzione spuntava semplicemente da una rigorosa comprensione analitica di ciò che era la società romana in quell’istante, di ciò che poteva essere, di ciò che non poteva già essere[57]. Come quasi tutte le grandi soluzioni, ebbe questa un aspetto paradossale. I mali di Roma —tutto il mondo, e principalmente i conservatori, insistevano su questo— erano oriundi della favolosa espansione a cui la potenza romana era arrivata. Per questo i conservatori domandavano la cessazione di ogni nuovo crescimento. La soluzione di Cesare —che i secoli hanno comprovato in un’esperienza millenaria— fu strettamente contraria: l’illimitata ampliazione, l’impero universale, l’inclusione nell’orbe romano dell’intatto Occidente —che era allora, di fronte alle vecchie nazioni orientali, la terra nuova, l’America degli antichi.
Ma questa soluzione, che si lascia comprimere come un medicamento in formula tanto semplice, suppone una vasta analisi della situazione storica a cui Roma era arrivata, un’accurata ponderazione delle forze che integravano la società, una audace risoluzione visuale che gli permise di vedere la forma dello Stato romano, ancora vigente, installata, consacrata come un misero passato che si sopravviveva. Per me è questo potere di riconoscere il morto in ciò che sembra vivere il tratto rilevante di una genialità politica.
Nel caso di Cesare, ripeto, si trova, alla intemperie e paradigmaticamente, quella intuizione di ciò che con lo Stato bisogna fare in una nazione.
In Mirabeau, che tanto al vento ostenta le forze titaniche del politico, appare meno evidente quell’elemento di ispirazione. Non perché gli mancasse. Abbiamo già notato la certezza e sicurezza con cui, fin da subito, penetra il Destino di Francia. Ma nel 1780, ciò che bisognava fare con lo Stato nella nazione era relativamente poco. La nazione era arrivata a un momento di salute piena, di ricchezza morale e materiale. Cinque, sei secoli di lavorìo avevano messo in attività storica la quasi totalità del popolo francese. La civiltà, trasudando di strato in strato, aveva fecondato quasi fino alle ultime capi sociali. Ciò che bisognava fare con lo Stato era molto semplice: toglierlo, ridurlo alla sua minima espressione, interporlo il meno possibile tra gli individui, fare che fosse come l’immagine virtuale della società stessa al mirarsi nel grande specchio dell’autorità. Questo fu la Democrazia —governo della società per la società.
Cesare doveva fare di più. Era necessario riorganizzare, con lo Stato, la stessa società. La sua morte prematura lasciò la traiettoria del suo pronostico soltanto iniziata, ma con le une o le altre infedeltà, quello venne a essere la politica dell’Impero, che poco a poco plasmò una nuova società[58].
Per me, il caso della Spagna attuale pone un problema di pari indole. Ciò che bisogna fare non è tanto né per sé uno Stato ad hoc —come nei tempi di Mirabeau— quanto una società nuova. Per questo è, chiaro, necessario un nuovo Stato; ma la missione che deve servire e che deve orientare la mente quando aspira a inventarlo, non si trova in esso stesso, ma nei suoi effetti per trasformare l’attuale società spagnola, praticamente paralitica, in una nuova società dinamica.
Questa situazione non è peculiare della Spagna. Con fattori adiacenti molto distinti, che obbligherebbero a riconoscere grandi differenze, la situazione è la stessa nelle altre nazioni europee. In nessuna di esse —e al contrario che in Francia verso il 1780— la società si trova sovrabbondante di potenze per affrontare l’esistenza attuale. Sono popoli molto vecchi, e la vecchiaia si caratterizza per l’accumulazione di organi morti, di materie cornee; crescono unghie, capelli, callosità in detrimento del nervo e del muscolo. Porzioni intere dell’organismo sono cadute in anchilosi. Così va l’Europa, nave carica di opera morta che un lungo passato ha depositato nei suoi fianchi e nella chiglia. Difficile navigazione! È necessario alleggerire la nave; tornare al chiaro ed essenziale —essere puro muscolo e nervo e tendine. La riforma deve essere primariamente della società, al fine di ottenere un corpo pubblico oltremodo elastico, capace di balzare sui continenti —America, Asia, Africa.
Sarà possibile impresa tale? Per lo meno è evidente che nel visibile orizzonte dell’Europa manca il tipo di uomo politico capace di ispirazioni sufficientemente acute che mettano sulla pista di ciò che bisogna fare. Via via che avanza la storia di un popolo o gruppo di popoli, va essendo più insolita la figura del vero politico. La ragione non è arcana. Nelle età prime le società, senza passato alle spalle, sono di struttura più semplice e la loro analisi più facile. L’uomo d’azione non ha bisogno di grande vigore intellettuale per scoprire ciò che bisogna scoprire. Ma nel progresso dei tempi la società si complica e i politici necessitano di essere ogni volta più intellettuali, lo si voglia o no. Ora; la difficoltà di unire l’uno con l’altro, l’inverosimiglianza che in un uomo coincidano entrambe le doti opposte va crescendo progressivamente. Tanto, che in certa ora, l’ultima, la più grave, quando più erano necessari, non si trovano. Chi abbia perseguito con qualche curiosità gli ultimi secoli di Roma, avrà notato questo tragico fatto: il grande politico non appare. Invece di riconoscere la forzosità di unire la forza con l’intelligenza, si fanno tentativi di esclusivismo, accentuando all’estremo la dote di forza e si cercano puri uomini d’azione. Così si spiega che in quella stagione di Roma moribonda, quando più opportuno sarebbe stato un Cesare, troviamo solo Stilicone, soldato.
Vani sono tutti i tentativi che ora in Europa, come allora in Roma, si fanno per tirare avanti nazioni bloccate, eliminando dalla loro direzione l’intelligenza. In una tribù primigenia, anche in un popolo sano e semplicemente barbaro, sarebbe forse efficace lo scopo, ma in società molto vecchie non è la pretesa semplificazione delle questioni e dei metodi la ricetta migliore.
Conviene dare nome a quella forma di intellettualità che è ingrediente essenziale del politico. Chiamiamola intuizione storica. In rigore, con che possedesse questa gli basterebbe. Ma è molto poco verosimile che possa darsi in una mente senza essere stata previamente aguzzata da altre forme di intelligenza estranee del tutto alla politica. Cesare, mentre passa in lettiga le Alpi, compone un trattato di Analogia, come Mirabeau scrive in prigione una Grammatica, e Napoleone, nella sua tenda da campagna, sulla neve russa, il minuzioso Regolamento della Commedia Francese. Mi dispiace molto che la veracità mi obblighi a dire che non crederò mai nelle doti di un politico di cui non abbia udito cosa simile. Perché? Molto semplice. Quelle creazioni supplementari e superflue sono sintomo inequivoco che quegli uomini sentivano fruizione intellettuale. Quando una mente si gode nel suo proprio esercizio e all’audacia obbligata aggiunge il lussuoso balzo —come il muscolo dell’adolescente che complica la marcia con il salto per pura delizia di godere la propria elasticità—, è che possiede il suo pieno sviluppo, che è capace di tutte le penetrazioni contemplative.
Non si pretenda escludere dal politico la teoria; la visione puramente intellettuale. All’azione, deve in lui precedere una prodigiosa contemplazione: solo così sarà una forza diretta e non uno stupido torrente che batte dannoso i fondi della valle. Lo disse graziosamente, cinque secoli fa, il maestro Leonardo: La teoria è il capitano e la pratica sono i soldati.
1928