Ortega y Gasset
Abstract
Ortega explains why, though calling himself a socialist, he cannot belong to the party: the European intellect was socialist, but today it is socialist ‘and several things more’, whereas the party demands that one’s whole interpretation of the world be reduced to socialism. He then takes up Lassalle’s objection to liberalism (the state’s abstention merely consolidates the inequalities the state itself created) and turns it against certain socialist formulas, notably the internationalism Marx derives from capitalism.
Connections
Assi: Legittimità del potere, Senso della storia
Posizioni: materialismo storico
Concetti: Stato, lavoro
Forme: saggio
Scuole: materialismo storico
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Desde hace algún tiempo asisto con sincero fervor a los Congresos del partido socialista y siempre recibo lecciones profundas que me son de alta necesidad, a mí, intelectual español; es decir, a mí, corazón sin disciplina. Invariablemente me acerco al salón de sesiones, engalanado con rojos estandartes y otros ornamentos, más ingenuos que elegantes, oprimiendo la esperanza de hallar allí otros intelectuales que, como yo, no son socialistas del partido, pero reconocen en éste al heredero del antiguo poder espiritual. Invariablemente la esperanza huye aceleradamente apenas tomo asiento y recorro con la vista las líneas de semblantes. El partido aparece en cada Congreso aumentado con uno o dos escritores o catedráticos; pero el intelectual que se acerca a estudiar su espíritu, con severidad y con piedad, para medir hasta qué punto sería compatible su ideología con el socialismo militante, padece ausencia.
No es casual ni insignificante el hecho de que el socialismo español ha llegado a plena existencia sin la intervención de intelectuales; antes bien, es éste un hecho ejemplar, definitorio de nuestra nación. Yo no conozco ningún otro país en que esto haya ocurrido; nótese bien, ningún otro país. La rareza del caso nos fuerza a una vaga sospecha, tan grave como vaga: a la sospecha de que ha debido haber muy pocos intelectuales, verdaderamente intelectuales, entre nosotros. Porque es innegable que un día fue el intelecto europeo socialista. Ese día pasó; hoy ya es tarde: el intelecto ya no es hoy simplemente socialista. Es socialista y algunas cosas más. Ahora bien; el partido no puede, por ahora, aceptar a quien no reduzca su interpretación histórica y política del mundo al socialismo. He aquí por qué gentes que somos también socialistas no podemos pertenecer a ese partido.
II
Pero es éste un punto en que conviene alguna claridad.
El socialismo, al proclamar el principio intervencionista, se presenta con Lassalle como enemigo nato del liberalismo individualista. Lassalle lanzaba a éste una objeción incontrovertible que, según pienso, no se le había ocurrido a él, sino, mucho antes, a Simonde de Sismondi. La objeción es ésta: el liberalismo sostiene la abstención del Estado en las relaciones entre individuos y grupos sociales, so color de mantenerse imparcial y de situar a aquéllos en igualdad de condiciones. Pero no advierte que el Estado es un viejo instrumento, el cual, de siglos atrás, viene interviniendo enérgicamente en la realidad social. Si de una manera súbita pretende abstenerse, no consigue más que aumentar las desigualdades introducidas secularmente por él mismo. La única postura equitativa del Estado sería la de intervenir contra su pasada intervención, destruir los privilegios; porque privilegio quiere decir favor hecho por el Estado.
La no intervención era un principio abstracto sugerido por los libros de Economía al gusto manchesteriano. Dicey observa que hacia principios del siglo XIX los libros ingleses de Economía comenzaban suponiendo que dos hombres arriban a una isla desierta, y allí, en la identidad de sus condiciones externas, nos muestran los éxitos del uno sobre el otro, en qué consisten las aptitudes económicas. Lo malo es que los hombres desembarcan, en realidad, sobre islas atestadas de habitantes, de organizaciones y de prejuicios fortísimos. Necesitamos una Economía y un Derecho político en que no se olviden los pobladores asentados de antiguo en la isla, en que no se abstraiga de nada.
Exactamente este mismo argumento que blande Lassalle contra el individualismo puede hacerse hoy contra ciertas fórmulas socialistas. Hay un elemento, sobre todo, que cierra para mí y creo que para muchos, las puertas de la comunión socialista. Me refiero a la interpretación que se da al internacionalismo.
Sabido es cómo llega Marx a este concepto. Según él, rige hoy el mundo una forma económica llamada capitalismo. Éste consiste esencialmente en que la producción va desentendiéndose de la consumición. No se produce en vista de necesidades determinadas, sino por la tendencia creciente del capital a aumentar su ganancia. Ahora bien; el consumo, las necesidades, son lo variable según los pueblos; lo que mantenía en otras edades economías diferenciales, masas humanas que vivían cada cual según principios económicos internos y diversos; en una palabra: mantenía las naciones. Pero el capitalismo, al desentenderse de los consumidores, se convierte en una forma universal económica que procede según un régimen idéntico dondequiera. El capitalismo avanza hacia la internacionalización; es él mismo allanador de las diferencias nacionales.
Por otra parte, el socialismo no tiene otra misión, según Marx, que auxiliar al capitalismo. El socialismo es tan amigo de su enemigo el capitalismo, que no cabe mayor intimidad. Son una misma cosa. El capitalismo, expropiando los pequeños capitales, llegará a formar un inmenso capital único en una universal sociedad anónima. Y esto mismo es el socialismo como ideal.
Pero, además de ideal, es el socialismo una táctica para llegar a sí propio. Por eso debe ayudar a la destrucción de los capitales menores; poner a éstos dificultades, a fin de que no tengan más remedio que reunirse en unidades más amplias y fuertes y ofrecer así mayor resistencia. Las naciones son los últimos y más fuertes reductos que impiden la unificación del capital. De aquí que la táctica socialista sea el internacionalismo; un movimiento de las naciones hacia la nación única, hacia la nación entre las naciones.
III
Yo no trato ahora de criticar esa teoría céntrica del socialismo. Probablemente la ciencia económica —de que yo me hallo muy particularmente desprovisto— no deja en pie ninguno de sus términos concretos. Pero aun así, aun tomado el socialismo sólo como un aperçu general de la realidad histórica, me parece una profunda intuición, íntegramente aceptable. Falso como Economía, puede seguir siendo cierto como Historia. ¿Quién duda que un envite universal lleva a los pueblos a una superior síntesis, a una organización unitaria? Y si es así, ¿quién duda que todos tenemos que ser internacionalistas? Sólo una frivolidad que se hace víctima de sí misma, podría llevarnos a desear lo contrario de lo que va a ocurrir. Como decía Leonardo de Vinci en uno de sus sonetos:
Chi non può quel che vuol, quel che può voglia.
Sin embargo, el internacionalismo es, por lo pronto, una palabra. Y esto es una desdicha; es una desdicha que todo sea primeramente nada más que una palabra; porque, cuando poseemos ésta, tendemos a creer que poseemos también lo otro, lo que no es palabra.
Mi inaptitud para el socialismo militante procede de que entendemos esa palabra de distintas maneras. Y mi crítica del socialismo español se reduce a mostrar que los conceptos de Marx solicitan otro régimen político del que sigue. Es, pues, una crítica amorosa, en que no se pide al criticado que abandone sus principios; en que no se niegan éstos; sino, al contrario, se corroboran, mostrando que son capaces de mejores consecuencias.
Pues yo me digo…
El Imparcial, 30 de septiembre de 1912
IV
Pues yo me digo: ¿no cabe aplicar al internacionalismo, entendido según el Comité Central del partido socialista español, el mismo argumento que Lassalle movía contra el liberalismo abstencionista?
Yo voy viendo que este partido opera como si su aspiración al internacionalismo le relevara por completo de preocupaciones nacionales.
La palabra se ha escapado a la pluma, la terrible palabra: nacional. No hace mucho, en una conferencia sobre Fernando Lassalle que pronuncié en la Casa del Pueblo, aquel público, siempre cortés y el más atento de España, siguió amablemente el cuento heroico de Lassalle que yo les contaba; mas, al tocar el punto decisivo, al llamar yo la política de aquél «que a los pobres forjó una espada» socialismo nacional, sin abandonar la cortesía, los semblantes se torcieron.
La palabra «nacional» suena ligeramente a nacionalismo. Esto basta para que se tuerza el gesto al escucharla. Sin embargo, ¡cuán poco tienen que ver! Nacionalismo es un concepto agresivo: el nacionalista piensa no tanto en su nación como en las ajenas, no tanto para su nación como contra las otras naciones. El nacional, por el contrario, se preocupa sólo de una labor constructora dentro del ámbito político en que vive. Lassalle declara rotundamente que «la democracia no puede pisotear el principio de las nacionalidades sin poner sobre su propia existencia mano suicida, sin renunciar a toda justificación racional, sin hacerse fundamental y absoluta traición». (Guerra de Italia). De aquí que fuera su política la conquista de las aspiraciones proletarias al través de la construcción nacional y nunca le parecieron cosas distintas socialismo alemán y unidad del Imperio alemán.
Como se ve, para Lassalle no quiso decir «internacionalismo» un principio que excluyera de la táctica socialista la actuación nacional positiva, sino todo lo contrario.
A esto voy: el partido español tiende a una actividad puramente internacionalista; piensa que ocuparse de lo que no sea el obrero en su inmediata contienda con el capital es incompatible con la acción socialista. Ahora bien: esto me parece bastante erróneo; procede de una compresión verbal y fragmentaria del socialismo.
I
For some time now I have attended with sincere fervor the Congresses of the Socialist Party and I always receive profound lessons that are of high necessity to me, a Spanish intellectual; that is, to me, a heart without discipline. Invariably I approach the session hall, decked with red banners and other ornaments, more ingenuous than elegant, pressing the hope of finding there other intellectuals who, like me, are not Socialists of the Party, but recognize in it the heir of the ancient spiritual power. Invariably the hope flees rapidly as soon as I take my seat and run my eye over the rows of countenances. The Party appears at each Congress increased by one or two writers or professors; but the intellectual who comes near to study its spirit, with severity and with piety, to measure to what extent his ideology would be compatible with militant socialism, suffers absence.
It is not casual nor insignificant the fact that Spanish socialism has reached full existence without the intervention of intellectuals; rather, this is an exemplary fact, defining of our nation. I know of no other country in which this has occurred; mark it well, no other country. The rarity of the case forces us to a vague suspicion, as grave as it is vague: to the suspicion that there must have been very few intellectuals, truly intellectuals, among us. Because it is undeniable that one day the European intellect was socialist. That day passed; today it is already late: the intellect is no longer today simply socialist. It is socialist and a few things more. Now; the Party cannot, for now, accept anyone who does not reduce his historical and political interpretation of the world to socialism. This is why people who are also socialists cannot belong to that party.
II
But this is a point on which some clarity is fitting.
Socialism, in proclaiming the interventionist principle, presents itself with Lassalle as the born enemy of individualist liberalism. Lassalle launched at it an incontrovertible objection which, as I think, had not occurred to him, but, much earlier, to Simonde de Sismondi. The objection is this: liberalism upholds the abstention of the State in the relations between individuals and social groups, under color of keeping itself impartial and of placing them in conditions of equality. But it does not notice that the State is an old instrument, which, from centuries back, has been intervening energetically in social reality. If it suddenly pretends to abstain, it obtains no more than to increase the inequalities introduced secularly by itself. The only equitable posture of the State would be to intervene against its past intervention, to destroy privileges; because privilege means a favor done by the State.
Non-intervention was an abstract principle suggested by the books of Economics in the Manchesterian taste. Dicey observes that toward the beginning of the nineteenth century the English books of Economics began by supposing that two men arrive at a desert island, and there, in the identity of their external conditions, they show us the successes of the one over the other, in what economic aptitudes consist. The trouble is that men land, in reality, upon islands crowded with inhabitants, with organizations and with very strong prejudices. We need an Economics and a political Law in which the settlers established of old on the island are not forgotten, in which nothing is abstracted from.
Exactly this same argument that Lassalle brandishes against individualism can be made today against certain socialist formulas. There is one element, above all, that closes for me, and I believe for many, the doors of socialist communion. I refer to the interpretation given to internationalism.
It is known how Marx arrives at this concept. According to him, an economic form called capitalism rules the world today. This consists essentially in that production goes detaching itself from consumption. One does not produce in view of determinate needs, but by the growing tendency of capital to increase its profit. Now; consumption, needs, are what is variable according to the peoples; what maintained in other ages differential economies, human masses that each lived according to internal and diverse economic principles; in a word: it maintained the nations. But capitalism, detaching itself from consumers, becomes a universal economic form that proceeds according to an identical regime everywhere. Capitalism advances toward internationalization; it is itself the leveler of national differences.
On the other hand, socialism has no other mission, according to Marx, than to aid capitalism. Socialism is so friendly with its enemy capitalism, that no greater intimacy is possible. They are one and the same thing. Capitalism, expropriating the small capitals, will come to form an immense single capital in a universal joint-stock company. And this very thing is socialism as ideal.
But, besides being an ideal, socialism is a tactic for arriving at itself. That is why it must aid the destruction of the lesser capitals; put difficulties to them, in order that they have no remedy but to unite into ampler and stronger units and thus offer greater resistance. The nations are the last and strongest redoubts that impede the unification of capital. Hence the socialist tactic is internationalism; a movement of the nations toward the single nation, toward the nation among nations.
III
I do not now attempt to criticize that central theory of socialism. Probably economic science —of which I find myself very particularly devoid— leaves standing none of its concrete terms. But even so, even taking socialism only as a general aperçu of historical reality, it seems to me a profound intuition, integrally acceptable. False as Economics, it can continue to be true as History. Who doubts that a universal stake carries the peoples to a superior synthesis, to a unitary organization? And if it is so, who doubts that we all have to be internationalists? Only a frivolity that makes itself victim of itself could carry us to desire the contrary of what is about to occur. As Leonardo da Vinci said in one of his sonnets:
Chi non può quel che vuol, quel che può voglia.
Nevertheless, internationalism is, for the present, a word. And this is a misfortune; it is a misfortune that everything should be primarily nothing more than a word; because, when we possess the latter, we tend to believe that we possess also the other, that which is not word.
My inaptitude for militant socialism proceeds from the fact that we understand that word in distinct manners. And my criticism of Spanish socialism reduces itself to showing that Marx’s concepts solicit another political regime from the one it follows. It is, then, a loving criticism, in which the criticized is not asked to abandon his principles; in which these are not denied; but, on the contrary, are corroborated, showing that they are capable of better consequences.
Well, I say to myself…
El Imparcial, September 30, 1912
IV
Well, I say to myself: cannot the same argument that Lassalle moved against abstentionist liberalism be applied to internationalism, understood according to the Central Committee of the Spanish Socialist Party?
I go on seeing that this party operates as if its aspiration to internationalism relieved it completely of national concerns.
The word has escaped the pen, the terrible word: national. Not long ago, in a lecture on Ferdinand Lassalle that I delivered in the Casa del Pueblo, that public, always courteous and the most attentive in Spain, followed amiably the heroic tale of Lassalle that I was telling them; but, upon touching the decisive point, upon my calling the politics of him «who for the poor forged a sword» national socialism, without abandoning courtesy, the countenances twisted.
The word «national» sounds slightly of nationalism. This suffices for the gesture to twist on hearing it. Nevertheless, how little they have to do with each other! Nationalism is an aggressive concept: the nationalist thinks not so much of his nation as of foreign ones, not so much for his nation as against the other nations. The national, on the contrary, is concerned only with a constructive labor within the political ambit in which he lives. Lassalle declares roundly that «democracy cannot trample the principle of nationalities without laying a suicidal hand upon its own existence, without renouncing all rational justification, without doing itself fundamental and absolute betrayal». (War of Italy). Hence his politics was the conquest of proletarian aspirations through national construction, and never did German socialism and the unity of the German Empire seem to him distinct things.
As is seen, for Lassalle «internationalism» did not mean a principle that excluded from the socialist tactic the positive national action, but quite the contrary.
To this I am going: the Spanish party tends to a purely internationalist activity; it thinks that concerning itself with anything other than the worker in his immediate contest with capital is incompatible with socialist action. Now: this seems to me quite erroneous; it proceeds from a verbal and fragmentary comprehension of socialism.
I
Da qualche tempo assisto con sincero fervore ai Congressi del partito socialista e ricevo sempre lezioni profonde che mi sono di alta necessità, a me, intellettuale spagnolo; cioè, a me, cuore senza disciplina. Invariabilmente mi avvicino alla sala delle sedute, addobbata con rossi stendardi e altri ornamenti, più ingenui che eleganti, stringendo la speranza di trovarvi altri intellettuali che, come me, non sono socialisti del partito, ma riconoscono in questo l’erede dell’antico potere spirituale. Invariabilmente la speranza fugge rapidamente appena prendo posto e percorro con lo sguardo le linee dei volti. Il partito appare in ogni Congresso accresciuto con uno o due scrittori o cattedratici; ma l’intellettuale che si avvicina per studiare il suo spirito, con severità e con pietà, per misurare fino a che punto sarebbe compatibile la sua ideologia con il socialismo militante, patisce assenza.
Non è casuale né insignificante il fatto che il socialismo spagnolo sia giunto a piena esistenza senza l’intervento di intellettuali; anzi, è questo un fatto esemplare, definitorio della nostra nazione. Io non conosco nessun altro paese in cui questo sia accaduto; si noti bene, nessun altro paese. La rarità del caso ci forza a un vago sospetto, tanto grave quanto vago: al sospetto che ha dovuto esserci molto pochi intellettuali, veramente intellettuali, tra noi. Perché è innegabile che un giorno fu l’intelletto europeo socialista. Quel giorno passò; oggi è già tardi: l’intelletto già non è oggi semplicemente socialista. È socialista e alcune cose di più. Ora; il partito non può, per ora, accettare chi non riduca la sua interpretazione storica e politica del mondo al socialismo. Ecco perché gente che siamo anche noi socialisti non può appartenere a quel partito.
II
Ma è questo un punto in cui conviene qualche chiarezza.
Il socialismo, proclamando il principio interventista, si presenta con Lassalle come nemico nato del liberalismo individualista. Lassalle lanciava a questo un’obiezione incontrovertibile che, secondo penso, non era venuta in mente a lui, ma, molto prima, a Simonde de Sismondi. L’obiezione è questa: il liberalismo sostiene l’astensione dello Stato nelle relazioni tra individui e gruppi sociali, col pretesto di mantenersi imparziale e di situare quelli in condizioni di uguaglianza. Ma non avverte che lo Stato è un vecchio strumento, il quale, da secoli, viene intervenendo energicamente nella realtà sociale. Se in maniera improvvisa pretende astenersi, non ottiene più che aumentare le disuguaglianze introdotte secolarmente da esso stesso. L’unica postura equitativa dello Stato sarebbe quella di intervenire contro la sua passata intervenzione, distruggere i privilegi; perché privilegio vuol dire favore fatto dallo Stato.
Il non intervento era un principio astratto suggerito dai libri di Economia al gusto manchesteriano. Dicey osserva che verso i principi del XIX secolo i libri inglesi di Economia cominciavano supponendo che due uomini approdano a un’isola deserta, e lì, nell’identità delle loro condizioni esterne, ci mostrano i successi dell’uno sull’altro, in che cosa consistono le attitudini economiche. La cosa brutta è che gli uomini sbarcano, in realtà, su isole affollate di abitanti, di organizzazioni e di pregiudizi fortissimi. Abbiamo bisogno di un’Economia e di un Diritto politico in cui non si dimentichino i popolatori stabiliti da antico nell’isola, in cui non si astragga da nulla.
Esattamente questo stesso argomento che Lassalle brandisce contro l’individualismo può farsi oggi contro certe formule socialiste. C’è un elemento, soprattutto, che chiude per me e credo che per molti, le porte della comunione socialista. Mi riferisco all’interpretazione che si dà all’internazionalismo.
È noto come arriva Marx a questo concetto. Secondo lui, regge oggi il mondo una forma economica chiamata capitalismo. Questo consiste essenzialmente in che la produzione va disinteressandosi della consumazione. Non si produce in vista di necessità determinate, ma per la tendenza crescente del capitale ad aumentare il suo guadagno. Ora; il consumo, le necessità, sono ciò che è variabile secondo i popoli; ciò che manteneva in altre età economie differenziali, masse umane che vivevano ciascuna secondo principi economici interni e diversi; in una parola: manteneva le nazioni. Ma il capitalismo, disinteressandosi dei consumatori, si converte in una forma universale economica che procede secondo un regime identico dovunque. Il capitalismo avanza verso l’internazionalizzazione; è esso stesso spianatore delle differenze nazionali.
D’altra parte, il socialismo non ha altra missione, secondo Marx, che coadiuvare il capitalismo. Il socialismo è tanto amico del suo nemico il capitalismo, che non c’è maggior intimità. Sono una stessa cosa. Il capitalismo, espropriando i piccoli capitali, arriverà a formare un immenso capitale unico in una universale società anonima. E questo stesso è il socialismo come ideale.
Ma, oltre che ideale, è il socialismo una tattica per arrivare a se stesso. Per questo deve aiutare la distruzione dei capitali minori; porre a questi difficoltà, al fine che non abbiano più rimedio che riunirsi in unità più ampie e forti e offrire così maggiore resistenza. Le nazioni sono gli ultimi e più forti ridotti che impediscono l’unificazione del capitale. Di qui che la tattica socialista sia l’internazionalismo; un movimento delle nazioni verso la nazione unica, verso la nazione tra le nazioni.
III
Io non tratto ora di criticare quella teoria centrale del socialismo. Probabilmente la scienza economica —di cui io mi trovo molto particolarmente sprovvisto— non lascia in piedi nessuno dei suoi termini concreti. Ma anche così, anche preso il socialismo solo come un aperçu generale della realtà storica, mi sembra una profonda intuizione, integralmente accettabile. Falso come Economia, può continuare a essere vero come Storia. Chi dubita che una posta universale porta i popoli a una superiore sintesi, a un’organizzazione unitaria? E se è così, chi dubita che tutti dobbiamo essere internazionalisti? Solo una frivolezza che si fa vittima di se stessa potrebbe portarci a desiderare il contrario di ciò che sta per accadere. Come diceva Leonardo da Vinci in uno dei suoi sonetti:
Chi non può quel che vuol, quel che può voglia.
Tuttavia, l’internazionalismo è, per il momento, una parola. E questo è una disgrazia; è una disgrazia che tutto sia primariamente niente più che una parola; perché, quando possediamo questa, tendiamo a credere che possediamo anche l’altro, ciò che non è parola.
La mia inattitudine per il socialismo militante procede dal fatto che intendiamo quella parola in maniere distinte. E la mia critica del socialismo spagnolo si riduce a mostrare che i concetti di Marx sollecitano un altro regime politico da quello che segue. È, dunque, una critica amorosa, in cui non si chiede al criticato che abbandoni i suoi principi; in cui non si negano questi; ma, al contrario, si corroborano, mostrando che sono capaci di migliori conseguenze.
Ebbene, io mi dico…
El Imparcial, 30 settembre 1912
IV
Ebbene, io mi dico: non si può applicare all’internazionalismo, inteso secondo il Comitato Centrale del partito socialista spagnolo, lo stesso argomento che Lassalle muoveva contro il liberalismo astensionista?
Io vado vedendo che questo partito opera come se la sua aspirazione all’internazionalismo lo esonerasse del tutto da preoccupazioni nazionali.
La parola è sfuggita alla penna, la terribile parola: nazionale. Non molto tempo fa, in una conferenza su Fernando Lassalle che pronunciai nella Casa del Popolo, quel pubblico, sempre cortese e il più attento di Spagna, seguì amabilmente il racconto eroico di Lassalle che io raccontavo loro; ma, al toccare il punto decisivo, al chiamare io la politica di quello «che ai poveri forgiò una spada» socialismo nazionale, senza abbandonare la cortesia, i volti si torcerono.
La parola «nazionale» suona leggermente a nazionalismo. Questo basta perché si torca il gesto all’ascoltarla. Tuttavia, quanto poco hanno a che vedere! Nazionalismo è un concetto aggressivo: il nazionalista pensa non tanto alla sua nazione quanto alle altrui, non tanto per la sua nazione quanto contro le altre nazioni. Il nazionale, al contrario, si preoccupa solo di una lavorìa costruttrice dentro l’ambito politico in cui vive. Lassalle dichiara rotondamente che «la democrazia non può calpestare il principio delle nazionalità senza porre sulla propria esistenza mano suicida, senza rinunciare a ogni giustificazione razionale, senza farsi fondamentale e assoluto tradimento». (Guerra d’Italia). Di qui che fosse la sua politica la conquista delle aspirazioni proletarie attraverso la costruzione nazionale e mai gli sembrarono cose distinte socialismo tedesco e unità dell’Impero tedesco.
Come si vede, per Lassalle «internazionalismo» non volle dire un principio che escludesse dalla tattica socialista l’attuazione nazionale positiva, ma tutto il contrario.
A questo vado: il partito spagnolo tende a un’attività puramente internazionalista; pensa che occuparsi di ciò che non sia l’operaio nel suo immediato conflitto con il capitale è incompatibile con l’azione socialista. Ora: questo mi sembra abbastanza erroneo; procede da una comprensione verbale e frammentaria del socialismo.
Es para Marx el socialismo la cima luminosa del capitalismo, el lugar ideal hacia donde éste camina. Pero el capitalismo es justamente un camino, un proceso en el cual hay estadios muy distintos. Se puede estar al comienzo, a la mitad, casi al fin del camino. La plenitud de la estructura capitalista es condición para que el socialismo pueda tener seria esperanza de triunfar. Si los partidos socializadores se abstraen de esto, dejan de ser lo que pretenden y se convierten en uno de tantos partidos embarulladamente radicales; partidos que se forman disolviendo la retórica de unos pocos en la tontería de unos muchos.
En los países que marchan al frente de la evolución capitalista, al partido no le queda apenas qué hacer sino la obtención de las máximas ventajas en favor del obrero. Esos países no pueden ser más ricos de lo que son ni pueden estar mejor servidos en todos los órdenes técnicos de lo que están. ¿Qué puede hacer el obrero? Solamente intervenir como obrero, como proletario. Todo lo demás le es dado sin su intervención. Dicho de otro modo: el obrero alemán padece como obrero, pero no como alemán.
Mas ¿y el caso de una nación moderna que aún no sea plenamente una nación moderna? ¿Y un pueblo en que no sólo los pobres son pobres, sino también los ricos? ¿No es el marxismo precisamente el reconocimiento de que en un pueblo pobre todo el mundo es pobre y, por tanto, las clases se hallan menos diferenciadas y la lucha es menos cruda y el socialismo menos posible?
V
Será, pues, internacional el propósito de los socialistas en extremos muy determinados, en alguna forma muy genérica; será internacional su táctica; pero en todo lo demás, que es como decir casi en todo, los partidos socialistas no pueden operar internacionalmente. Así lo han reconocido siempre los directores espirituales del socialismo, y en el librito clásico de Sombart, sin ir más lejos, pueden leerse las expresiones inequívocas que en este sentido han escrito gentes como Adler, Rapin, Vandervelde.
En el fondo del asunto no hay, por lo tanto, duda alguna. Lo que ocurre es que las fracciones del partido en los países delanteros pueden permitirse una táctica más exclusivamente internacional; pueden abstraerse más de los problemas nacionales, y, como a la vez son las más poderosas, ejercen un lamentable influjo de ejemplaridad sobre los grupos socialistas yacentes en pueblos menores.
El resultado es fatal: el resultado es la ineficacia de estos grupos y su lentísimo desarrollo. ¿Cómo es posible que la táctica conveniente en la lucha contra los capitales en Alemania o Francia lo sea también en España? Esto, aparte de que también es muy discutible que la táctica abstencionista de lo nacional lleve a la eficacia a las grandes masas socialistas alemanas. Hace muy pocos días se ha publicado en los Sozialistische Monatshefte un artículo en que se expresa la opinión de una grande y mejor parte del partido: esta opinión comienza por reconocer paladinamente «la mínima influencia que los socialistas ejercen sobre la política alemana, si es que puede, en fin de cuentas, hablarse de influencia alguna».
El partido socialista español, teniendo en cuenta la escasa fuerza sobre las conciencias de las demás ideas políticas concurrentes, es muy poco eficaz. En estos años padece, es cierto, la ilusión de que no ocurre así porque ha obtenido ciertas fáciles victorias de radicalismo indefinido, como podía haberlas logrado otro partido radical cualquiera. Y el tomar por victorias socialistas lo que, repito, es sólo victoria impura de confusionarios radicalismos, puede traer graves perjuicios al espíritu propio del socialismo. El reciente Congreso ha puesto bien claro que la conjunción con los republicanos está desocializando a nuestros socialistas. Pero de esto no quisiera hablar, porque no he tomado la pluma para combatir al partido socialista, sino más bien en su leal servicio.
Sólo un golpe de originalidad, sólo apartando de sobre sí la presión imitativa que ejerce sobre los socialistas españoles la aparente táctica de las grandes fracciones europeas, podrán aquéllos ser una potencia duradera.
Y el sentido de una nueva táctica no puede ser otro que corregir la abstracción que cometen, como el antiguo liberalismo, practicando el internacionalismo sobre una isla deshabitada y no sobre una nación de pasado y presente tan genuinos, que es, en hartas grandes cuestiones, excepción dentro del mundo occidental.
El marxismo conduce fatalmente a esta fórmula: la táctica de puro internacionalismo, es decir, de pura lucha de clases, tiene que estar en razón directa de la potencia económica y moral de las naciones; o lo que es lo mismo: los partidos socialistas tienen que ser tanto más nacionales cuanto menos construidas estén sus respectivas naciones.
Entiende Marx el capitalismo como un proceso de nivelación entre las naciones; por tanto, supone la desigualdad real de éstas e invita a que mejoren las débiles hasta ponerse al paso de las máximas en todo lo que sea internamente nacional y no signifique agresión hacia las extrañas.
De igual manera que los ricos viven de los pobres, gravitan las naciones ricas sobre las naciones pobres, y los socialistas de los pueblos ricos son, en cierto modo, patronos de los socialistas de los pueblos pobres.
El día que los obreros españoles abandonaran las palabras abstractas y reconocieran que padecen, no sólo como proletarios, sino como españoles, harían del partido socialista el partido más fuerte de España. De paso harían España. Esto sería la nacionalización del socialismo; quiero decir, el socialismo concreto frente a un socialismo abstracto que sólo es eficaz cuando se confunde con los confusos movimientos radicales.
Porque todas las gentes de Europa van hacia una internacional bienaventuranza; pero cada cual ha de echar a andar sobre el pie y desde el sitio en que le coja.
Lo internacional no excluye lo nacional, lo incluye.
El Imparcial, 6 de octubre de 1912
For Marx, socialism is the luminous summit of capitalism, the ideal place toward which it walks. But capitalism is precisely a path, a process in which there are very distinct stages. One can be at the beginning, at the middle, almost at the end of the path. The fullness of the capitalist structure is a condition for socialism to be able to have a serious hope of triumphing. If the socializing parties abstract from this, they cease to be what they pretend to be and become one of the many confusedly radical parties; parties that are formed by dissolving the rhetoric of a few in the stupidity of many.
In the countries that march at the front of capitalist evolution, there remains scarcely anything for the party to do but obtain the maximum advantages in favor of the worker. Those countries cannot be richer than they are nor can they be better served in all the technical orders than they are. What can the worker do? Only intervene as a worker, as a proletarian. Everything else is given to him without his intervention. Put another way: the German worker suffers as a worker, but not as a German.
But what of the case of a modern nation that is not yet fully a modern nation? And of a people in which not only the poor are poor, but also the rich? Is not Marxism precisely the recognition that in a poor people everyone is poor and, therefore, the classes are found less differentiated and the struggle is less crude and socialism less possible?
V
International, then, will be the purpose of the socialists in very determinate extremes, in some very generic form; international will be their tactic; but in all the rest, which is as much as to say in almost everything, the socialist parties cannot operate internationally. Thus have the spiritual directors of socialism always recognized it, and in Sombart’s classic little book, to go no further, one can read the unequivocal expressions that people like Adler, Rapin, Vandervelde have written in this sense.
At the bottom of the matter there is, therefore, no doubt whatever. What happens is that the factions of the party in the leading countries can permit themselves a more exclusively international tactic; they can abstract more from national problems, and, as at the same time they are the most powerful, they exercise a lamentable influence of exemplarity upon the socialist groups lying in lesser peoples.
The result is fatal: the result is the inefficacy of these groups and their very slow development. How is it possible that the tactic fitting in the struggle against capital in Germany or France should be so also in Spain? This, apart from the fact that it is also very debatable whether the abstentionist tactic of the national brings efficacy to the great German socialist masses. Very few days ago an article has been published in the Sozialistische Monatshefte in which the opinion of a great and better part of the party is expressed: this opinion begins by openly recognizing «the minimal influence that the socialists exercise upon German politics, if, in the last analysis, one can speak of any influence at all».
The Spanish Socialist Party, taking into account the scant force upon the consciences of the other concurring political ideas, is very little effective. In these years it suffers, it is true, the illusion that this is not so because it has obtained certain easy victories of indefinite radicalism, as any other radical party might have obtained them. And taking for socialist victories what, I repeat, is only impure victory of confused radicalisms, can bring grave harms to the proper spirit of socialism. The recent Congress has made very clear that the conjunction with the republicans is desocializing our socialists. But of this I would not wish to speak, because I have not taken up the pen to combat the Socialist Party, but rather in its loyal service.
Only a stroke of originality, only by setting aside from upon themselves the imitative pressure that the apparent tactic of the great European factions exercises upon the Spanish socialists, can they be a lasting power.
And the sense of a new tactic cannot be other than to correct the abstraction they commit, like the old liberalism, practicing internationalism upon an uninhabited island and not upon a nation of past and present so genuine, which is, in quite many great questions, an exception within the Western world.
Marxism leads fatally to this formula: the tactic of pure internationalism, that is, of pure class struggle, has to stand in direct ratio to the economic and moral power of the nations; or, what is the same thing: the socialist parties have to be the more national the less built their respective nations are.
Marx understands capitalism as a process of leveling among the nations; therefore, it supposes their real inequality and invites the weak to improve until they keep pace with the greatest in everything that is internally national and does not signify aggression toward foreign nations.
In the same way that the rich live off the poor, the rich nations gravitate over the poor nations, and the socialists of the rich peoples are, in a certain way, patrons of the socialists of the poor peoples.
The day the Spanish workers abandon abstract words and recognize that they suffer, not only as proletarians, but as Spaniards, they would make of the Socialist Party the strongest party in Spain. In passing they would make Spain. This would be the nationalization of socialism; I mean, concrete socialism over against an abstract socialism which is only effective when it is confounded with the confused radical movements.
Because all the peoples of Europe go toward an international blessedness; but each one must set out on foot and from the place where it catches him.
The international does not exclude the national, it includes it.
El Imparcial, October 6, 1912
È per Marx il socialismo la cima luminosa del capitalismo, il luogo ideale verso cui questo cammina. Ma il capitalismo è giustamente un cammino, un processo nel quale ci sono stadi molto distinti. Si può essere al principio, alla metà, quasi alla fine del cammino. La pienezza della struttura capitalista è condizione perché il socialismo possa avere seria speranza di trionfare. Se i partiti socializzatori si astraggono da questo, cessano di essere ciò che pretendono e si convertono in uno dei tanti partiti confusamente radicali; partiti che si formano dissolvendo la retorica di pochi nella stupidità di molti.
Nei paesi che marciano alla testa dell’evoluzione capitalista, al partito non resta appena che fare se non l’ottenimento dei massimi vantaggi in favore dell’operaio. Quei paesi non possono essere più ricchi di ciò che sono né possono essere meglio serviti in tutti gli ordini tecnici di ciò che sono. Che cosa può fare l’operaio? Solamente intervenire come operaio, come proletario. Tutto il resto gli è dato senza la sua intervenzione. Detto in altro modo: l’operaio tedesco patisce come operaio, ma non come tedesco.
Ma e il caso di una nazione moderna che ancora non sia pienamente una nazione moderna? E un popolo in cui non solo i poveri sono poveri, ma anche i ricchi? Non è il marxismo precisamente il riconoscimento che in un popolo povero tutti sono poveri e, perciò, le classi si trovano meno differenziate e la lotta è meno cruda e il socialismo meno possibile?
V
Sarà, dunque, internazionale lo scopo dei socialisti in estremi molto determinati, in qualche forma molto generica; sarà internazionale la loro tattica; ma in tutto il resto, che è come dire quasi in tutto, i partiti socialisti non possono operare internazionalmente. Così lo hanno riconosciuto sempre i direttori spirituali del socialismo, e nel libretto classico di Sombart, per non andare più lontano, possono leggersi le espressioni inequivoche che in questo senso hanno scritto gente come Adler, Rapin, Vandervelde.
In fondo alla questione non c’è, perciò, dubbio alcuno. Ciò che accade è che le frazioni del partito nei paesi di testa possono permettersi una tattica più esclusivamente internazionale; possono astraersi di più dai problemi nazionali, e, siccome allo stesso tempo sono le più potenti, esercitano un lamentevole influsso di esemplarità sui gruppi socialisti giacenti in popoli minori.
Il risultato è fatale: il risultato è l’inefficacia di questi gruppi e il loro lentissimo sviluppo. Come è possibile che la tattica conveniente nella lotta contro i capitali in Germania o in Francia lo sia anche in Spagna? Questo, a parte che è anche molto discutibile che la tattica astensionista del nazionale porti all’efficacia le grandi masse socialiste tedesche. Molto pochi giorni fa si è pubblicato nei Sozialistische Monatshefte un articolo in cui si esprime l’opinione di una grande e migliore parte del partito: questa opinione comincia per riconoscere paladinamente «la minima influenza che i socialisti esercitano sulla politica tedesca, se è che può, in fin dei conti, parlarsi di influenza alcuna».
Il partito socialista spagnolo, tenendo conto della scarsa forza sulle coscienze delle altre idee politiche concorrenti, è molto poco efficace. In questi anni patisce, è certo, l’illusione che non accada così perché ha ottenuto certe facili vittorie di radicalismo indefinito, come avrebbe potuto ottenerle un altro partito radicale qualsiasi. E il prendere per vittorie socialiste ciò che, ripeto, è solo vittoria impura di confusionari radicalismi, può portare gravi pregiudizi allo spirito proprio del socialismo. Il recente Congresso ha messo ben chiaro che la congiunzione con i repubblicani sta desocializzando i nostri socialisti. Ma di questo non vorrei parlare, perché non ho preso la penna per combattere il partito socialista, ma piuttosto al suo leale servizio.
Solo un colpo di originalità, solo allontanando da sopra di sé la pressione imitativa che esercita sui socialisti spagnoli l’apparente tattica delle grandi frazioni europee, potranno quelli essere una potenza duratura.
E il senso di una nuova tattica non può essere altro che correggere l’astrazione che commettono, come l’antico liberalismo, praticando l’internazionalismo su un’isola disabitata e non su una nazione di passato e presente tanto genuini, che è, in molte grandi questioni, eccezione dentro il mondo occidentale.
Il marxismo conduce fatalmente a questa formula: la tattica di puro internazionalismo, cioè di pura lotta di classi, deve stare in ragione diretta della potenza economica e morale delle nazioni; o ciò che è lo stesso: i partiti socialisti devono essere tanto più nazionali quanto meno costruite siano le rispettive nazioni.
Intende Marx il capitalismo come un processo di livellamento tra le nazioni; perciò, suppone la disuguaglianza reale di queste e invita a che migliorino le deboli fino a mettersi al passo delle massime in tutto ciò che sia internamente nazionale e non significhi aggressione verso le straniere.
Allo stesso modo che i ricchi vivono dei poveri, gravitano le nazioni ricche sulle nazioni povere, e i socialisti dei popoli ricchi sono, in certo modo, patroni dei socialisti dei popoli poveri.
Il giorno che gli operai spagnoli abbandonassero le parole astratte e riconoscessero che patiscono, non solo come proletari, ma come spagnoli, farebbero del partito socialista il partito più forte di Spagna. Di passaggio farebbero la Spagna. Questo sarebbe la nazionalizzazione del socialismo; voglio dire, il socialismo concreto di fronte a un socialismo astratto che solo è efficace quando si confonde con i confusi movimenti radicali.
Perché tutte le genti d’Europa vanno verso una internazionale beatitudine; ma ciascuno deve incominciare a camminare a piedi e dal luogo in cui lo coglie.
L’internazionale non esclude il nazionale, lo include.
El Imparcial, 6 ottobre 1912