Abstract
Ortega explains why, though calling himself a socialist, he cannot belong to the party: the European intellect was socialist, but today it is socialist ‘and several things more’, whereas the party demands that one’s whole interpretation of the world be reduced to socialism. He then takes up Lassalle’s objection to liberalism (the state’s abstention merely consolidates the inequalities the state itself created) and turns it against certain socialist formulas, notably the internationalism Marx derives from capitalism.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Desde hace algún tiempo asisto con sincero fervor a los Congresos del partido socialista y siempre recibo lecciones profundas que me son de alta necesidad, a mí, intelectual español; es decir, a mí, corazón sin disciplina. Invariablemente me acerco al salón de sesiones, engalanado con rojos estandartes y otros ornamentos, más ingenuos que elegantes, oprimiendo la esperanza de hallar allí otros intelectuales que, como yo, no son socialistas del partido, pero reconocen en éste al heredero del antiguo poder espiritual. Invariablemente la esperanza huye aceleradamente apenas tomo asiento y recorro con la vista las líneas de semblantes. El partido aparece en cada Congreso aumentado con uno o dos escritores o catedráticos; pero el intelectual que se acerca a estudiar su espíritu, con severidad y con piedad, para medir hasta qué punto sería compatible su ideología con el socialismo militante, padece ausencia.
No es casual ni insignificante el hecho de que el socialismo español ha llegado a plena existencia sin la intervención de intelectuales; antes bien, es éste un hecho ejemplar, definitorio de nuestra nación. Yo no conozco ningún otro país en que esto haya ocurrido; nótese bien, ningún otro país. La rareza del caso nos fuerza a una vaga sospecha, tan grave como vaga: a la sospecha de que ha debido haber muy pocos intelectuales, verdaderamente intelectuales, entre nosotros. Porque es innegable que un día fue el intelecto europeo socialista. Ese día pasó; hoy ya es tarde: el intelecto ya no es hoy simplemente socialista. Es socialista y algunas cosas más. Ahora bien; el partido no puede, por ahora, aceptar a quien no reduzca su interpretación histórica y política del mundo al socialismo. He aquí por qué gentes que somos también socialistas no podemos pertenecer a ese partido.
II
Pero es éste un punto en que conviene alguna claridad.
El socialismo, al proclamar el principio intervencionista, se presenta con Lassalle como enemigo nato del liberalismo individualista. Lassalle lanzaba a éste una objeción incontrovertible que, según pienso, no se le había ocurrido a él, sino, mucho antes, a Simonde de Sismondi. La objeción es ésta: el liberalismo sostiene la abstención del Estado en las relaciones entre individuos y grupos sociales, so color de mantenerse imparcial y de situar a aquéllos en igualdad de condiciones. Pero no advierte que el Estado es un viejo instrumento, el cual, de siglos atrás, viene interviniendo enérgicamente en la realidad social. Si de una manera súbita pretende abstenerse, no consigue más que aumentar las desigualdades introducidas secularmente por él mismo. La única postura equitativa del Estado sería la de intervenir contra su pasada intervención, destruir los privilegios; porque privilegio quiere decir favor hecho por el Estado.
La no intervención era un principio abstracto sugerido por los libros de Economía al gusto manchesteriano. Dicey observa que hacia principios del siglo XIX los libros ingleses de Economía comenzaban suponiendo que dos hombres arriban a una isla desierta, y allí, en la identidad de sus condiciones externas, nos muestran los éxitos del uno sobre el otro, en qué consisten las aptitudes económicas. Lo malo es que los hombres desembarcan, en realidad, sobre islas atestadas de habitantes, de organizaciones y de prejuicios fortísimos. Necesitamos una Economía y un Derecho político en que no se olviden los pobladores asentados de antiguo en la isla, en que no se abstraiga de nada.
Exactamente este mismo argumento que blande Lassalle contra el individualismo puede hacerse hoy contra ciertas fórmulas socialistas. Hay un elemento, sobre todo, que cierra para mí y creo que para muchos, las puertas de la comunión socialista. Me refiero a la interpretación que se da al internacionalismo.
Sabido es cómo llega Marx a este concepto. Según él, rige hoy el mundo una forma económica llamada capitalismo. Éste consiste esencialmente en que la producción va desentendiéndose de la consumición. No se produce en vista de necesidades determinadas, sino por la tendencia creciente del capital a aumentar su ganancia. Ahora bien; el consumo, las necesidades, son lo variable según los pueblos; lo que mantenía en otras edades economías diferenciales, masas humanas que vivían cada cual según principios económicos internos y diversos; en una palabra: mantenía las naciones. Pero el capitalismo, al desentenderse de los consumidores, se convierte en una forma universal económica que procede según un régimen idéntico dondequiera. El capitalismo avanza hacia la internacionalización; es él mismo allanador de las diferencias nacionales.
Por otra parte, el socialismo no tiene otra misión, según Marx, que auxiliar al capitalismo. El socialismo es tan amigo de su enemigo el capitalismo, que no cabe mayor intimidad. Son una misma cosa. El capitalismo, expropiando los pequeños capitales, llegará a formar un inmenso capital único en una universal sociedad anónima. Y esto mismo es el socialismo como ideal.
Pero, además de ideal, es el socialismo una táctica para llegar a sí propio. Por eso debe ayudar a la destrucción de los capitales menores; poner a éstos dificultades, a fin de que no tengan más remedio que reunirse en unidades más amplias y fuertes y ofrecer así mayor resistencia. Las naciones son los últimos y más fuertes reductos que impiden la unificación del capital. De aquí que la táctica socialista sea el internacionalismo; un movimiento de las naciones hacia la nación única, hacia la nación entre las naciones.
III
Yo no trato ahora de criticar esa teoría céntrica del socialismo. Probablemente la ciencia económica —de que yo me hallo muy particularmente desprovisto— no deja en pie ninguno de sus términos concretos. Pero aun así, aun tomado el socialismo sólo como un aperçu general de la realidad histórica, me parece una profunda intuición, íntegramente aceptable. Falso como Economía, puede seguir siendo cierto como Historia. ¿Quién duda que un envite universal lleva a los pueblos a una superior síntesis, a una organización unitaria? Y si es así, ¿quién duda que todos tenemos que ser internacionalistas? Sólo una frivolidad que se hace víctima de sí misma, podría llevarnos a desear lo contrario de lo que va a ocurrir. Como decía Leonardo de Vinci en uno de sus sonetos:
Chi non può quel che vuol, quel che può voglia.
Sin embargo, el internacionalismo es, por lo pronto, una palabra. Y esto es una desdicha; es una desdicha que todo sea primeramente nada más que una palabra; porque, cuando poseemos ésta, tendemos a creer que poseemos también lo otro, lo que no es palabra.
Mi inaptitud para el socialismo militante procede de que entendemos esa palabra de distintas maneras. Y mi crítica del socialismo español se reduce a mostrar que los conceptos de Marx solicitan otro régimen político del que sigue. Es, pues, una crítica amorosa, en que no se pide al criticado que abandone sus principios; en que no se niegan éstos; sino, al contrario, se corroboran, mostrando que son capaces de mejores consecuencias.
Pues yo me digo…
El Imparcial, 30 de septiembre de 1912
IV
Pues yo me digo: ¿no cabe aplicar al internacionalismo, entendido según el Comité Central del partido socialista español, el mismo argumento que Lassalle movía contra el liberalismo abstencionista?
Yo voy viendo que este partido opera como si su aspiración al internacionalismo le relevara por completo de preocupaciones nacionales.
La palabra se ha escapado a la pluma, la terrible palabra: nacional. No hace mucho, en una conferencia sobre Fernando Lassalle que pronuncié en la Casa del Pueblo, aquel público, siempre cortés y el más atento de España, siguió amablemente el cuento heroico de Lassalle que yo les contaba; mas, al tocar el punto decisivo, al llamar yo la política de aquél «que a los pobres forjó una espada» socialismo nacional, sin abandonar la cortesía, los semblantes se torcieron.
La palabra «nacional» suena ligeramente a nacionalismo. Esto basta para que se tuerza el gesto al escucharla. Sin embargo, ¡cuán poco tienen que ver! Nacionalismo es un concepto agresivo: el nacionalista piensa no tanto en su nación como en las ajenas, no tanto para su nación como contra las otras naciones. El nacional, por el contrario, se preocupa sólo de una labor constructora dentro del ámbito político en que vive. Lassalle declara rotundamente que «la democracia no puede pisotear el principio de las nacionalidades sin poner sobre su propia existencia mano suicida, sin renunciar a toda justificación racional, sin hacerse fundamental y absoluta traición». (Guerra de Italia). De aquí que fuera su política la conquista de las aspiraciones proletarias al través de la construcción nacional y nunca le parecieron cosas distintas socialismo alemán y unidad del Imperio alemán.
Como se ve, para Lassalle no quiso decir «internacionalismo» un principio que excluyera de la táctica socialista la actuación nacional positiva, sino todo lo contrario.
A esto voy: el partido español tiende a una actividad puramente internacionalista; piensa que ocuparse de lo que no sea el obrero en su inmediata contienda con el capital es incompatible con la acción socialista. Ahora bien: esto me parece bastante erróneo; procede de una compresión verbal y fragmentaria del socialismo.
Es para Marx el socialismo la cima luminosa del capitalismo, el lugar ideal hacia donde éste camina. Pero el capitalismo es justamente un camino, un proceso en el cual hay estadios muy distintos. Se puede estar al comienzo, a la mitad, casi al fin del camino. La plenitud de la estructura capitalista es condición para que el socialismo pueda tener seria esperanza de triunfar. Si los partidos socializadores se abstraen de esto, dejan de ser lo que pretenden y se convierten en uno de tantos partidos embarulladamente radicales; partidos que se forman disolviendo la retórica de unos pocos en la tontería de unos muchos.
En los países que marchan al frente de la evolución capitalista, al partido no le queda apenas qué hacer sino la obtención de las máximas ventajas en favor del obrero. Esos países no pueden ser más ricos de lo que son ni pueden estar mejor servidos en todos los órdenes técnicos de lo que están. ¿Qué puede hacer el obrero? Solamente intervenir como obrero, como proletario. Todo lo demás le es dado sin su intervención. Dicho de otro modo: el obrero alemán padece como obrero, pero no como alemán.
Mas ¿y el caso de una nación moderna que aún no sea plenamente una nación moderna? ¿Y un pueblo en que no sólo los pobres son pobres, sino también los ricos? ¿No es el marxismo precisamente el reconocimiento de que en un pueblo pobre todo el mundo es pobre y, por tanto, las clases se hallan menos diferenciadas y la lucha es menos cruda y el socialismo menos posible?
V
Será, pues, internacional el propósito de los socialistas en extremos muy determinados, en alguna forma muy genérica; será internacional su táctica; pero en todo lo demás, que es como decir casi en todo, los partidos socialistas no pueden operar internacionalmente. Así lo han reconocido siempre los directores espirituales del socialismo, y en el librito clásico de Sombart, sin ir más lejos, pueden leerse las expresiones inequívocas que en este sentido han escrito gentes como Adler, Rapin, Vandervelde.
En el fondo del asunto no hay, por lo tanto, duda alguna. Lo que ocurre es que las fracciones del partido en los países delanteros pueden permitirse una táctica más exclusivamente internacional; pueden abstraerse más de los problemas nacionales, y, como a la vez son las más poderosas, ejercen un lamentable influjo de ejemplaridad sobre los grupos socialistas yacentes en pueblos menores.
El resultado es fatal: el resultado es la ineficacia de estos grupos y su lentísimo desarrollo. ¿Cómo es posible que la táctica conveniente en la lucha contra los capitales en Alemania o Francia lo sea también en España? Esto, aparte de que también es muy discutible que la táctica abstencionista de lo nacional lleve a la eficacia a las grandes masas socialistas alemanas. Hace muy pocos días se ha publicado en los Sozialistische Monatshefte un artículo en que se expresa la opinión de una grande y mejor parte del partido: esta opinión comienza por reconocer paladinamente «la mínima influencia que los socialistas ejercen sobre la política alemana, si es que puede, en fin de cuentas, hablarse de influencia alguna».
El partido socialista español, teniendo en cuenta la escasa fuerza sobre las conciencias de las demás ideas políticas concurrentes, es muy poco eficaz. En estos años padece, es cierto, la ilusión de que no ocurre así porque ha obtenido ciertas fáciles victorias de radicalismo indefinido, como podía haberlas logrado otro partido radical cualquiera. Y el tomar por victorias socialistas lo que, repito, es sólo victoria impura de confusionarios radicalismos, puede traer graves perjuicios al espíritu propio del socialismo. El reciente Congreso ha puesto bien claro que la conjunción con los republicanos está desocializando a nuestros socialistas. Pero de esto no quisiera hablar, porque no he tomado la pluma para combatir al partido socialista, sino más bien en su leal servicio.
Sólo un golpe de originalidad, sólo apartando de sobre sí la presión imitativa que ejerce sobre los socialistas españoles la aparente táctica de las grandes fracciones europeas, podrán aquéllos ser una potencia duradera.
Y el sentido de una nueva táctica no puede ser otro que corregir la abstracción que cometen, como el antiguo liberalismo, practicando el internacionalismo sobre una isla deshabitada y no sobre una nación de pasado y presente tan genuinos, que es, en hartas grandes cuestiones, excepción dentro del mundo occidental.
El marxismo conduce fatalmente a esta fórmula: la táctica de puro internacionalismo, es decir, de pura lucha de clases, tiene que estar en razón directa de la potencia económica y moral de las naciones; o lo que es lo mismo: los partidos socialistas tienen que ser tanto más nacionales cuanto menos construidas estén sus respectivas naciones.
Entiende Marx el capitalismo como un proceso de nivelación entre las naciones; por tanto, supone la desigualdad real de éstas e invita a que mejoren las débiles hasta ponerse al paso de las máximas en todo lo que sea internamente nacional y no signifique agresión hacia las extrañas.
De igual manera que los ricos viven de los pobres, gravitan las naciones ricas sobre las naciones pobres, y los socialistas de los pueblos ricos son, en cierto modo, patronos de los socialistas de los pueblos pobres.
El día que los obreros españoles abandonaran las palabras abstractas y reconocieran que padecen, no sólo como proletarios, sino como españoles, harían del partido socialista el partido más fuerte de España. De paso harían España. Esto sería la nacionalización del socialismo; quiero decir, el socialismo concreto frente a un socialismo abstracto que sólo es eficaz cuando se confunde con los confusos movimientos radicales.
Porque todas las gentes de Europa van hacia una internacional bienaventuranza; pero cada cual ha de echar a andar sobre el pie y desde el sitio en que le coja.
Lo internacional no excluye lo nacional, lo incluye.
El Imparcial, 6 de octubre de 1912