Ortega y Gasset
Abstract
‘Barbarian criticism’: Ortega playfully adopts the Maori criterion, for whom a book is a clam and is worth only what can be digested from it; whatever stays stuck to the book after reading — the difficulties overcome, the workshop finery — does not interest him. A eulogy of the periodic naivety cultures need, plus a confession of dejection before contemporary Spanish literature. Literary criticism.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
CRÍTICA BÁRBARA
De cuando en cuando leo libros de literatura española contemporánea y me ocurren algunas cosas que son las que voy a referir. Estas cosas, mal que bien, podrían llamarse crítica de libros, y como todo crítico si no ha de entregarse al cambiante humor de su persona necesita de un criterio director, de una orientación general en la muchedumbre de sus juicios y advertimientos, me he andado río arriba y he ido a buscar mi sistema crítico en una raza aún no bien salida de las selvas, ruda y simple, detenida en una forma primitiva de civilización. Siglos y siglos de cultura han tergiversado de tal suerte las necesidades humanas, las morales, sobre todo, más fáciles siempre de deformar, que es sano a veces deshacer camino y renovar en algún punto la originaria sencillez. Parece como que la humanidad necesita de tiempo en tiempo tomar una dosis de ingenuidad para poder seguir viviendo: así, cuando la cultura grecolatina era un exceso, irrumpen en la Europa mediterránea los rubios del Norte y por la sabiduría de Bizancio pasa el turco rayendo los pueblos enervados y sobre la molicie de los árabes andaluces caen los toscos almorávides del Sur.
Ruchrat de Oberwesel, teólogo alemán del siglo XV, decía que San Pedro había inventado la cuaresma para vender mejor sus peces. No se diga, del mismo modo, que este elogio del barbarismo oportunista es no más una defensa de mi procedimiento crítico. ¿Cuál es éste? Para los indios de Nueva Zelanda lo más importante, lo característico en un libro es que se abre y se cierra: por eso le llaman una «almeja». Con alguna mudanza, este punto de vista neozelandés, me parece el más fecundo y acertado en la crítica literaria, y así como una almeja no tiene otro valor que el de sus elementos asimilables dentro de una buena digestión, así lo que me interesa de un libro es lo que de él pueda pasar a mí, tornarse sangre y carne mías. ¿Qué me importa lo que esté pegado al libro y en él quede después de leído? Esas «dificultades vencidas», esos primores de taller, toda la maniobra del artífice, ¿qué valor pueden tener para mí, que no soy artífice, que soy nudo lector, si no entran en mí? Según el rito neozelandés, arrójanse allá las conchas vanas de la almeja luego de comida la bestezuela. Así, tú, señor lector, y yo, tiramos lejos de nosotros los libros sin bestezuela.
De una valva conchácea a una piedra, poco camino hay. Nuestro amor y nuestra curiosidad son grandes, pero se gastan y consumen antes de llegar a las hermanas piedras, si estas piedras no están humanizadas en un monumento o por una leyenda; si no están aposadas sobre una sierra donde nuestros padres movieron guerras. Nada que no sea viviente y orgánico puede interesarnos. Quédense para los sabios que, por otra parte veneramos, la mineralogía, las matemáticas, la teología, los acrósticos y las conchas irisadas de las almejas. Nosotros, menos sutiles, somos vivívoros, nos alimentamos de terrenas bestezuelas y de plantas y a un lugar teológico preferimos cualquier cosa orgánica, aunque sea una de esas agallas oscuras y feas que sobre un árbol formó la mística fecundidad de un cínife, una de esas agallas que buscaba yo, cuando muchacho, afanosamente por las robledas de El Escorial, para componer una tinta maravillosa que no he llegado a hacer nunca.
Como decía, he leído algunos libros de literatura española contemporánea y sigo leyéndolos, aun cuando sólo sea por patriotismo las más veces. Confieso que suelo abrirlos lleno de sed de españolismo, que corto las hojas casi religiosamente y confieso también que llegando por las últimas páginas tengo una pesadumbre en el corazón y espiritual sequedad en el ánimo. Quisiera decir sencillamente a qué atribuyo esto, y estas observaciones mías, desordenadas y a la buena de Dios, tómense como confesiones de un lector, no como dogmatismos de un crítico. Advierte, señor lector, que un crítico neozelandés no es nunca un crítico de verdad, más bien puede tenérsele por un alma de Dios.
Grandes y chicos, viejos y mozos, sabios e inocentes, llevamos todos dentro una visión del universo más o menos fragmentaria. La cultura no es otra cosa que el canje mutuo de estas maneras de ver las cosas de ayer, de hoy, del porvenir. Una tiesura pecaminosa, florecimiento de la vanidad, suele encerrarnos a cada uno dentro de sí y convertir en una isla a cada hombre. Éste es un viejo pecado español: no sé si ver en él una secuela de la educación moruna de nuestra raza, porque así como los muslimes mantienen recelosos enjauladas sus mujeres, nos recatamos unos a otros las ideas propias nuestras. Acaso la soberbia nos exige que seamos César o nada, querríamos acaso que nuestras opiniones fueran las definitivas, las ejemplares, las únicas, y un tanto de desconfianza nos hace preferir su ocultación, antes que exponerlas al fracaso o a la indiferencia. Es preciso que aprendamos a huir de semejante vicio. En una novela contemporánea aparece un muchacho de grandes, dulces ojos tranquilos, celoso en el trabajo, pero de viveza poca, que entre sus compañeros de la clase de latín ocupa siempre el último lugar. Y este pobre niño, que no es talentudo, pero tiene en su ánimo hondísimas y ricas venas de oro sentimental, acierta a consolarse con una observación divina, que no hubiera desechado Platón en su República: «Al fin y al cabo —decía— alguno tiene que ser el último». Aunque parezca una dolorosa ironía nos hace mucha falta aprender a ser últimos entre nuestros conciudadanos, a considerar sin rencor ni hosquedad el lugar que nos está asignado en la república, donde tan necesarios y útiles son los primeros como los últimos. Así en la literatura y en toda nuestra vida de hoy se advierte un prurito de genialidad y de fanfarronería, sólo concebible donde las mozas y las viejas testas se hallan preocupadas únicamente de ser las primeras en los escalafones, dando por despreciables todos los demás puestos. Aprendamos a ser los segundos, los terceros, los últimos. Tal vez, la más profunda enseñanza que da el roce con las cosas reales, que deja en nosotros esa temporada de abrazamiento al vivir, conforme vamos de los veinte años a los treinta, es que la vida merece la pena de vivirse aunque no seamos grandes hombres.
Hojeando estos días esa antología de poetas nuevos que se titula La corte de los poetas, notaba yo que mi manera de ver los asuntos universales, nacionales y particulares, es exactamente opuesta a la que dejan entrever todos esos poetas de mi tiempo. Y ello me regocijaba: no por esa inocente presunción de los que juzgan que es preciso a toda costa ser original, y creen que ser original es pensar de distinta suerte que los demás piensan, sino porque para mí tengo que en un pueblo hay tanta mayor energía cuanta más grande diversidad de pareceres, sobre cosas nimias inclusive. En resolución, únicamente donde los ciudadanos piensan cada uno sus pensamientos, podremos esperar ponernos alguna vez de acuerdo, al paso que donde todos piensan a una no hay acuerdo posible en las opiniones, por la sencilla razón de que nadie opina y todos tienen uno o varios magistrados que se encargan de pensar por ellos. En estas sociedades suele hablarse harto de eso que llaman «opinión pública», la cual decía Nietzsche no es sino la suma de las perezas individuales.
Exponga buenamente cada cual —según más arriba decía— su visión del mundo de la manera que esto es posible; a saber, procurando en cada momento expresar en una fórmula de palabras los vagos e informados pensamientos que dentro de nosotros suscita tal hecho presenciado, tal libro que leemos, tal idea que nos florece inopinadamente dentro. Es posible que no sea otra cosa en su germen una fuerte civilización —la de Grecia, la de Italia en el Risorgimento, la de Inglaterra durante todo el siglo XIX, la de Alemania ayer y hoy— que el cúmulo de estas visiones del mundo individuales, más aún íntimas, comunicadas de mil modos en la conversación, en los periódicos, en los libros, en los discursos, con literatura si se es literato, a la pata la llana si no se sabe coger una pluma; en la temperie se corrigen unas y otras, se disciplinan, se fecundan; sobre nuestras afirmaciones, proyectadas fuera de nosotros, erigimos nuestra morada interior, nuestro ánimo; los idearios análogos se aproximan, los más recios y completos, los más ricos en porvenir se hacen centros y núcleos en torno de los cuales se coagulan otros y otros y al cabo fórmanse las grandes corrientes políticas de los pueblos musculosos en cuyos programas y credos sería ya difícil reconocer aquel sinnúmero de torrentillos individuales, de íntimos sentimientos que en ellos desembocaron originándolos. Buena falta hace en España una de esas épocas de intimidad afable y respetuosa, de intimidad familiar, preparadora de los renacimientos.
I
BARBARIAN CRITICISM
From time to time I read books of contemporary Spanish literature and some things happen to me which are those that I am going to relate. These things, for better or worse, could be called criticism of books, and like every critic, if he is not to surrender himself to the changeable humor of his person, he needs a directing criterion, a general orientation in the multitude of his judgments and admonitions, I have gone upstream and have gone to seek my critical system in a race still not well out of the jungles, rude and simple, stopped in a primitive form of civilization. Centuries and centuries of culture have so distorted the human necessities, the moral ones, above all, always the easiest to deform, that it is sometimes healthy to undo the path and renew in some point the original simplicity. It seems as though humanity needs from time to time to take a dose of ingenuousness in order to be able to continue living: thus, when Greco-Latin culture was an excess, the blond men of the North burst into Mediterranean Europe and over the wisdom of Byzantium passes the Turk razing the enervated peoples and upon the softness of the Andalusian Arabs fall the coarse Almoravids of the South.
Ruchrat of Oberwesel, a German theologian of the fifteenth century, used to say that Saint Peter had invented Lent in order to sell his fish better. Let it not be said, in the same manner, that this praise of opportunistic barbarism is nothing more than a defense of my critical procedure. What is it? For the Indians of New Zealand the most important thing, the most characteristic in a book is that it opens and closes: that is why they call it a “clam.” With some change, this New Zealand point of view seems to me the most fruitful and right in literary criticism, and just as a clam has no other value than that of its assimilable elements within a good digestion, so what interests me in a book is what of it can pass into me, become my blood and flesh. What do I care about what is stuck to the book and remains in it after being read? Those “overcome difficulties,” those workshop niceties, all the maneuvering of the craftsman, what value can they have for me, who am not a craftsman, who am a bare reader, if they do not enter into me? According to the New Zealand rite, the vain shells of the clam are thrown there after eating the little animal. Thus, you, dear reader, and I, throw far from us the books without the little animal.
From a shelly valve to a stone, there is little way. Our love and our curiosity are great, but they are spent and consumed before reaching the sister stones, if these stones are not humanized in a monument or by a legend; if they are not seated upon a sierra where our fathers waged wars. Nothing that is not living and organic can interest us. Let there remain for the wise men, whom we on the other hand venerate, mineralogy, mathematics, theology, acrostics, and the iridescent shells of the clams. We, less subtle, are vivivorous, we feed on earthly little animals and on plants, and to a theological place we prefer any organic thing, even if it is one of those dark and ugly galls that upon a tree formed the mystic fecundity of a gall wasp, one of those galls that I sought, as a boy, eagerly through the oak groves of El Escorial, in order to compose a marvelous ink that I have never managed to make.
As I was saying, I have read some books of contemporary Spanish literature and I continue reading them, even if only for patriotism most of the time. I confess that I usually open them full of thirst for Spanishness, that I cut the pages almost religiously, and I confess also that arriving at the last pages I have a heaviness in the heart and spiritual dryness in the spirit. I should like to say simply to what I attribute this, and these observations of mine, disorderly and haphazard, let them be taken as confessions of a reader, not as dogmatisms of a critic. Note, dear reader, that a New Zealand critic is never a true critic; rather he may be taken for a simple soul.
Great and small, old and young, wise and innocent, we all carry within a more or less fragmentary vision of the universe. Culture is nothing other than the mutual exchange of these ways of seeing the things of yesterday, of today, of the future. A sinful stiffness, flowering of vanity, usually shuts each of us within himself and converts each man into an island. This is an old Spanish sin: I do not know whether to see in it a sequel of the Moorish education of our race, because just as the Muslims keep their wives jealously caged, we hide from one another our own proper ideas. Perhaps pride demands that we be Caesar or nothing, we should perhaps like our opinions to be the definitive, the exemplary, the only ones, and a degree of distrust makes us prefer their concealment, rather than exposing them to failure or indifference. It is necessary that we learn to flee from such a vice. In a contemporary novel appears a boy of large, sweet, tranquil eyes, jealous in his work, but of little vivacity, who among his companions of the Latin class always occupies the last place. And this poor child, who is not talented, but has in his spirit the deepest and richest veins of sentimental gold, succeeds in consoling himself with a divine observation, which Plato would not have rejected in his Republic: “After all —he said— someone has to be the last.” Although it may seem a painful irony, we have much need to learn to be last among our fellow citizens, to consider without rancor or sullenness the place that is assigned to us in the republic, where the first are as necessary and useful as the last. Thus in literature and in all our life of today there is noticed an itching of genius and of braggadocio, only conceivable where the maidens and the old pates find themselves concerned solely with being the first on the rank lists, giving all the other places for despicable. Let us learn to be the second, the third, the last. Perhaps, the most profound teaching that the contact with real things gives, that leaves in us that season of embracing living, as we go from twenty years to thirty, is that life is worth the pain of being lived even if we are not great men.
Leafing these days through that anthology of new poets entitled The Court of the Poets, I noticed that my way of seeing the universal, national, and particular affairs is exactly opposite to that which all those poets of my time allow to show through. And this rejoiced me: not for that innocent presumption of those who judge that it is necessary at all costs to be original, and believe that being original is thinking in a different manner from how others think, but because I believe for myself that in a people there is the greater energy the greater the diversity of opinions, on trivial things included. In resolution, only where the citizens each think their own thoughts, can we hope to some time come to agreement, whereas where all think in unison there is no possible agreement in opinions, for the simple reason that no one opines and all have one or more magistrates who take charge of thinking for them. In these societies there is usually much talk of what they call “public opinion,” which Nietzsche said is nothing but the sum of the individual lazinesses.
Let each one set forth kindly —as I said above— his vision of the world in the manner in which this is possible; that is, trying at every moment to express in a formula of words the vague and unformed thoughts that within us such witnessed fact, such book that we read, such idea that blooms unexpectedly within us, awakens. It is possible that a strong civilization —that of Greece, that of Italy in the Risorgimento, that of England throughout the nineteenth century, that of Germany yesterday and today— is in its germ nothing other than the heap of these individual, even intimate, visions of the world, communicated in a thousand ways in conversation, in the newspapers, in books, in speeches, with literature if one is a man of letters, plainly if one does not know how to take up a pen; in the climate they correct one another, discipline themselves, fecundate one another; upon our affirmations, projected outside ourselves, we erect our interior dwelling, our spirit; the analogous ideologies approach, the sturdier and more complete, the richer in future become centers and nuclei around which others and others coagulate and at the end the great political currents of the muscular peoples are formed, in whose programs and creeds it would already be difficult to recognize that countless number of individual little torrents, of intimate feelings that disembouched in them originating them. Spain has much need of one of those epochs of affable and respectful intimacy, of familiar intimacy, preparer of renaissances.
I
CRITICA BARBARA
Di quando in quando leggo libri di letteratura spagnola contemporanea e mi accadono alcune cose che sono quelle che vado a riferire. Queste cose, bene o male, potrebbero chiamarsi critica di libri, e come ogni critico se non deve consegnarsi al mutevole umore della sua persona ha bisogno di un criterio direttore, di un orientamento generale nella moltitudine dei suoi giudizi e ammonimenti, me ne sono andato risalendo il fiume e sono andato a cercare il mio sistema critico in una razza ancora non ben uscita dalle selve, rude e semplice, fermata in una forma primitiva di civiltà. Secoli e secoli di cultura hanno stravolto in tal guisa le necessità umane, le morali, soprattutto, più facili sempre a deformarsi, che è sano a volte disfare cammino e rinnovare in qualche punto l’originaria semplicità. Sembra come che l’umanità abbia bisogno di tempo in tempo di prendere una dose di ingenuità per poter seguitare a vivere: così, quando la cultura grecolatina era un eccesso, irrompono nell’Europa mediterranea i biondi del Nord e per la sapienza di Bisanzio passa il turco radendo i popoli snervati e sulla mollezza degli arabi andalusi cadono i rozzi almoravidi del Sud.
Ruchrat de Oberwesel, teologo tedesco del secolo XV, diceva che San Pietro aveva inventato la quaresima per vendere meglio i suoi pesci. Non si dica, del medesimo modo, che questo elogio del barbarismo opportunista non è altro che una difesa del mio procedimento critico. Qual è questo? Per gli indiani della Nuova Zelanda la cosa più importante, la più caratteristica di un libro è che si apre e si chiude: perciò lo chiamano una «vongola». Con qualche mutamento, questo punto di vista neozelandese mi sembra il più fecondo e azzeccato nella critica letteraria, e come una vongola non ha altro valore che quello dei suoi elementi assimilabili dentro una buona digestione, così ciò che m’interessa di un libro è ciò che di esso possa passare a me, divenire sangue e carne miei. Che m’importa ciò che sta attaccato al libro e in esso resta dopo essere stato letto? Quelle «difficoltà vinte», quei pregi di officina, tutta la manovra dell’artefice, che valore possono avere per me, che non sono artefice, che sono nudo lettore, se non entrano in me? Secondo il rito neozelandese, si gettano là le conchiglie vuote della vongola dopo aver mangiato la bestiola. Così, tu, signor lettore, e io, gettiamo lontano da noi i libri senza bestiola.
Da una valva conchigliare a una pietra, poco cammino c’è. Il nostro amore e la nostra curiosità sono grandi, ma si spendono e consumano prima di arrivare alle sorelle pietre, se queste pietre non sono umanizzate in un monumento o da una leggenda; se non sono posate sopra una sierra dove i nostri padri mossero guerre. Nulla che non sia vivente e organico può interessarci. Restino per i sapienti che, d’altra parte veneriamo, la mineralogia, le matematiche, la teologia, gli acrostici e le conchiglie iridescenti delle vongole. Noi, meno sottili, siamo vivivori, ci alimentiamo di terrene bestiole e di piante e a un luogo teologico preferiamo qualsiasi cosa organica, anche se è una di quelle galle oscure e brutte che sopra un albero formò la mistica fecondità di un cinipide, una di quelle galle che cercavo io, quando ragazzo, affannosamente per le quercete dell’Escorial, per comporre un inchiostro meraviglioso che non sono mai riuscito a fare.
Come dicevo, ho letto alcuni libri di letteratura spagnola contemporanea e seguitò a leggerli, anche se soltanto per patriottismo le più volte. Confesso che soglio aprirli pieno di sete di ispanicità, che taglio le pagine quasi religiosamente e confesso anche che arrivando per le ultime pagine ho un peso sul cuore e spirituale aridità nell’animo. Vorrei dire semplicemente a che cosa attribuisco questo, e queste mie osservazioni, disordinate e alla buona di Dio, si prendano come confessioni di un lettore, non come dogmatismi di un critico. Avverti, signor lettore, che un critico neozelandese non è mai un critico di verità, piuttosto può tenersi per un’anima semplice.
Grandi e piccoli, vecchi e giovani, sapienti e innocenti, portiamo tutti dentro una visione dell’universo più o meno frammentaria. La cultura non è altro che il canbio mutuo di queste maniere di vedere le cose di ieri, di oggi, dell’avvenire. Una rigidità peccaminosa, fioritura della vanità, suole rinchiuderci ciascuno dentro di sé e convertire in un’isola ogni uomo. Questo è un vecchio peccato spagnolo: non so se vederci una conseguenza dell’educazione moresca della nostra razza, perché così come i musulmani mantengono sospettose ingabbiate le loro mogli, ci nascondiamo gli uni agli altri le idee proprie nostre. Forse la superbia ci esige che siamo Cesare o nulla, vorremmo forse che le nostre opinioni fossero le definitive, le esemplari, le uniche, e un po’ di diffidenza ci fa preferire il loro occultamento, prima che esporle al fallimento o all’indifferenza. È necessario che impariamo a fuggire da simile vizio. In un romanzo contemporaneo appare un ragazzo di grandi, dolci occhi tranquilli, geloso nel lavoro, ma di vivacità poca, che tra i suoi compagni della classe di latino occupa sempre l’ultimo posto. E questo povero bambino, che non è talentuoso, ma ha nel suo animo profondissime e ricche vene di oro sentimentale, riesce a consolarsi con un’osservazione divina, che Platone non avrebbe scartato nella sua Repubblica: «In fin dei conti —diceva— qualcuno deve essere l’ultimo». Benché sembri una dolorosa ironia ci fa molta mancanza imparare a essere ultimi tra i nostri concittadini, a considerare senza rancore né cupezza il posto che ci è assegnato nella repubblica, dove tanto necessari e utili sono i primi quanto gli ultimi. Così nella letteratura e in tutta la nostra vita di oggi si avverte un prurito di genialità e di sbruffoneria, soltanto concepibile dove le ragazze e le vecchie teste si trovino preoccupate unicamente di essere le prime negli scalafoni, dando per disprezzabili tutti gli altri posti. Impariamo a essere i secondi, i terzi, gli ultimi. Forse, il più profondo insegnamento che dà il contatto con le cose reali, che lascia in noi quella stagione di abbracciamento al vivere, secondo che andiamo dai vent’anni ai trenta, è che la vita merita la pena di essere vissuta anche se non siamo grandi uomini.
Sfogliando in questi giorni quell’antologia di poeti nuovi che si intitola La corte de los poetas, notavo che la mia maniera di vedere gli affari universali, nazionali e particolari è esattamente opposta a quella che lasciano trasparire tutti quei poeti del mio tempo. E ciò mi rallegrava: non per quella innocente presunzione di quelli che giudicano che è necessario a ogni costo essere originali, e credono che essere originali sia pensare in maniera diversa da come gli altri pensano, ma perché io credo che in un popolo c’è tanto maggiore energia quanto più grande diversità di pareri, su cose minute inclusa. In risoluzione, unicamente dove i cittadini pensano ciascuno i suoi pensieri, potremo aspettare di metterci qualche volta d’accordo, al passo che dove tutti pensano all’unisono non c’è accordo possibile nelle opinioni, per la semplice ragione che nessuno opina e tutti hanno uno o più magistrati che si incaricano di pensare per loro. In queste società suole parlarsi molto di ciò che chiamano «opinione pubblica», la quale diceva Nietzsche non è se non la somma delle pigrizie individuali.
Esponga bonariamente ciascuno —secondo più sopra dicevo— la sua visione del mondo nella maniera che ciò è possibile; cioè, procurando in ogni momento esprimere in una formula di parole i vaghi e informi pensieri che dentro di noi suscita tale fatto presenziato, tale libro che leggiamo, tale idea che ci fiorisce inopinatamente dentro. È possibile che non sia altra cosa nel suo germe una forte civiltà —quella di Grecia, quella d’Italia nel Risorgimento, quella d’Inghilterra durante tutto il secolo XIX, quella di Germania ieri e oggi— che il cumulo di queste visioni del mondo individuali, ancor più intime, comunicate di mille modi nella conversazione, nei giornali, nei libri, nei discorsi, con letteratura se si è letterati, alla buona se non si sa pigliare una penna; nella temperie si correggono le une e le altre, si disciplinano, si fecondano; sopra le nostre affermazioni, proiettate fuori di noi, erigiamo la nostra dimora interiore, il nostro animo; gli ideari analoghi si avvicinano, i più robusti e completi, i più ricchi in avvenire si fanno centri e nuclei intorno ai quali si coagulano altri e altri e alla fine si formano le grandi correnti politiche dei popoli muscolosi nei cui programmi e credi sarebbe già difficile riconoscere quel senza numero di torrentelli individuali, di intimi sentimenti che in essi sboccarono originandoli. Buona mancanza fa in Spagna una di quelle epoche di intimità affabile e rispettosa, di intimità familiare, preparatrice dei rinascimenti.
Lo más triste que puede ocurrir es que donde la vida intelectual llega apenas a un soplo, a un hálito, especie de agonía, esta pobreza de intelectualidad sea amanerada, narcisina y con las raicillas al viento o sin raíces, como los musgos. Esto son las literaturas de decadencia que se desentienden de todos los intereses humanos y nacionales, para cuidarse sólo del virtuosismo, estimado por los entendidos, iniciados y colegas del arte. Para ese desdén hacia la calle, propio de la aristocracia femenina, sólo hay una respuesta: la crítica bárbara, la que no se deja llevar a discusiones sutilísimas de técnica ni a sensiblerías estéticas de que saldría siempre perdiendo, sino que, como los bárbaros de Alarico entrando en Roma quebraban las labradas sillas curiales y exigían el oro y la plata de los arcanos tesoros públicos, aparta a un lado todo preciosismo y demanda al artista el secreto de las energías humanas que guarda el arte dentro de sus místicos arcaces.
El Imparcial, 6 de agosto de 1906
II
POESÍA NUEVA, POESÍA VIEJA
La Corte de los Poetas, antología, nos presenta como un extracto de diez años de poesía española. Aquí tenemos cuarenta, cincuenta poetas nuevos. No voy a hablar de ellos individualmente, sino considerándolos en general. No voy a medir el valor de esta composición ni de la otra, ni a decir si todas son malas ni si todas son buenas. Esto habrá de hacerse con las obras de artistas fenecidos; pero estos cuarenta, estos cincuenta poetas son jóvenes.
Todo pasado es irremediable, y los hechos de un hombre y las obras ya realizadas por un artista que aún vive son su pasado. Lo importante, pues, es lo que estos poetas nos ofrecen para el tiempo que viene. Lo importante es lo que se intenta y no lo que se logra. Los hombres hacen lo que pueden y piensan lo que quieren. Los pensamientos e intenciones de un poeta son su estética. Aquí tienes, señor lector, la razón por qué voy a hablar de la estética de los poetas nuevos sin pararme a medir el valor de ésta o de la otra composición ni a decir si todas esas poesías son malas ni si son buenas. La virtud justicia requiere que no exijamos responsabilidad sino de aquellos actos en cuya volición ha alentado cierta suerte de albedrío, y los poetas no son responsables de la belleza de sus poesías, pero son responsables de la rectitud de su estética.
Y entrando al punto en materia, te diré, señor lector, que Goudman, personaje volteriano, estaba persuadido de que si un pavo real pudiera hablar se vanagloriaría de tener un alma y diría que esa alma estaba en su cola. Asimismo, estos poetas de la nueva antología —dejando a un lado excepciones— piensan que el alma universal está contenida en cada palabra. Y no vaya a creerse que en aquel humor de concepto, de idea que fluye y da jugo a cada palabra, sino en el material físico del vocablo, en el sonido.
Para mí, y acaso para ti, señor lector, las palabras son unas ágiles avecicas que andan revolando de labios en oídos y llevan sobre sus alas misteriosos y potentes conjuros. Aposándose un instante en la oreja del prójimo, dejan caer sobre su ánimo esa mística e inmaterial carga de energía y luego tornan al libre aire hacia nuevas orejas y hacia otros ánimos. Así como en la moderna filosofía natural son los átomos no más que centros de fuerza y puntos de energía, las palabras son los lugares donde habitan las ideas.
No acierto a comprender por qué sutiles razonamientos han llegado los nuevos poetas a conceder un valor sustantivo a la palabra: abstráigase de su valor conceptual, de su valor lógico y queda sólo un clamor concomitans, un clamor que acompaña al sentimiento, un suspiro articulado que sirve de zagalejo al dolor y va tras él aliviándole, como abriéndole al través de los labios una puerta sobre el ambiente donde se expanda, se deprima y se mitigue.
Las palabras son logaritmos de las cosas, imágenes, ideas y sentimientos, y, por lo tanto, sólo pueden emplearse como signos de valores, nunca como valores. La belleza sonora de las palabras es grande a veces: yo me he extasiado muchas delante de esos sabios, luminosos, bellos vocablos de los hombres de Grecia, que edificaban sus palabras como sus templos. Pero esta belleza sonora de las palabras no es poética; viene del recuerdo de la música, que nos hace ver en la combinación de una frase una melodía elemental. En resolución, es la musicalidad de las palabras una fuerza de placer estético muy importante en la creación poética, pero nunca el centro de gravedad de la poesía.
Para los poetas nuevos la palabra es lo Absoluto, como para los científicos la Verdad y para los moralistas el Bien. Es el caso melancólico del indio eremita que cavando con su azadón la madre tierra lograba frutos de vida, y apoderándose de él un furor idólatra, colgó el azadón de un tamarindo y le adoraba. La tierra se hizo erial. Del mismo modo estos poetas hacen materia artística de lo que es tan sólo instrumento para labrar esa materia, una y única en todas las artes, la Vida, que sólo lleva frutos estéticos. Por esto es difícil en ocasiones distinguir entre un poeta nuevo y un negro catedrático; por eso rara vez se eleva su producción sobre un arte a lo juglar.
Corrientes hondas y poderosas, oriundas de extremas necesidades humanas —sentimiento, tradición, idea—, han de saltar con gracia y airosamente en la fontana de la poesía. No basta, no, para ser poeta peinar en ritmo y rima el chorruelo de una fuente que suena; hay que ser fuente, manantial, profunda veta de humanidad que rezume santa energía estética, renovadora, impulsora, consoladora.
El arte nos salva —pensaba Schopenhauer —de esta conciencia individual, con que vivimos ordinariamente y que nos hace percibir el ir y venir de los fenómenos, el nacer y fenecer de las cosas, el desear y el malogro de nuestro deseo; nos ayuda a emerger el arte, nos levanta hasta esa «conciencia mejor» en que dejamos de ser individuos y contemplamos sólo los amplios e inmutables estados del alma universal. ¿Tienen los nuevos poetas esa idea sobreexistencial y salvadora del arte, esa intención metafísica en su elaboración de la belleza? No, ciertamente.
Pero ya que no esa equívoca concepción filosófica del arte, demasiado vaga y remota, ¿ven acaso en la poesía una fuerza humana o, mejor dicho, nacional, propulsora del ánimo, forjadora de broncíneos ideales, educadora del intelecto, encantadora del sentimiento, empolladora del porvenir, que empuja hacia adelante, que pinta el mundo, la vida de nuevo color, da a lo futuro nueva traza y nos escancia jugos añejos, fragantes, nervudos, de las candioteras del pasado? Tampoco: en tanto que España cruje de angustia, casi todos estos poetas vagan inocentemente en torno de los poetas de la decadencia actual francesa y con las piedras de sillería del verbo castellano quieren fingir fuentecillas versallescas, semioscuras meriendas a lo Watteau, lindezas eróticas y derretimientos nerviosos de la vida deshuesada, sonámbula y femenina de París.
El arte es una subrogación de la vida. Si nos fuera a todos posible gozar de una vida tan intensa, tan llena de recias pasiones leoninas, de sabrosas y fecundas melancolías, de todos los sentimientos y todas las sensaciones como en los dramas de Shakespeare laten, acaso pudiéramos prescindir del arte y eso acaece a los hombres aventureros. Pero nuestra vida suele caminar sosegadamente al hilo de los días y al compás de las horas, que caen vanas en derredor de nosotros, como las nueces hueras de un nogal en el silencio de una siesta. Al tiempo que «nos acecha desde todos los rincones el hastío» nos va cayendo gota a gota dentro de las entrañas el dolor universal: entonces advertimos la vacuidad de la existencia, entonces necesitamos beber los vinos generosos de las bodegas ajenas, entonces nos emboscamos en las escenas trágicas del arte o buscamos las saucedas lientas que plantó a la vera de algún río algún hombre grande y bueno de cuyo pecho manaba otro río de ternura, idealismo y dulcedumbre. Pareciéndonos la vida sórdida e indigna de sufrir, la henchimos de arte y estibamos de imaginación las barcas lentas de nuestras horas.
The saddest thing that can happen is that where intellectual life barely reaches a breath, a puff, a kind of agony, this poverty of intellectuality be mannered, narcissistic, and with the little roots in the wind or without roots, like the mosses. These are the literatures of decadence that wash their hands of all the human and national interests, to care only for virtuosity, esteemed by the connoisseurs, initiates, and colleagues of art. To that disdain toward the street, proper to feminine aristocracy, there is only one response: barbarian criticism, that which does not let itself be led into the most subtle discussions of technique nor into aesthetic sentimentalities from which it would always come out losing, but which, like the barbarians of Alaric entering Rome broke the worked curule chairs and demanded the gold and silver of the hidden public treasures, sets aside all preciousness and asks of the artist the secret of the human energies that art keeps within its mystical strongboxes.
El Imparcial, August 6, 1906
II
NEW POETRY, OLD POETRY
The Court of the Poets, an anthology, presents itself to us as an extract of ten years of Spanish poetry. Here we have forty, fifty new poets. I am not going to speak of them individually, but considering them in general. I am not going to measure the value of this composition or of the other, nor to say whether all are bad nor whether all are good. This will have to be done with the works of deceased artists; but these forty, these fifty poets are young.
All past is irremediable, and the deeds of a man and the works already realized by an artist who still lives are his past. The important thing, then, is what these poets offer us for the time that is coming. The important thing is what is attempted and not what is achieved. Men do what they can and think what they want. The thoughts and intentions of a poet are his aesthetics. Here you have, dear reader, the reason why I am going to speak of the aesthetics of the new poets without stopping to measure the value of this or the other composition nor to say whether all those poems are bad nor whether they are good. The virtue justice requires that we demand responsibility only of those acts in whose volition a certain sort of free will has breathed, and the poets are not responsible for the beauty of their poems, but they are responsible for the rectitude of their aesthetics.
And entering at the point into matter, I will tell you, dear reader, that Goudman, a Voltairean character, was persuaded that if a peacock could speak it would boast of having a soul and would say that that soul was in its tail. Likewise, these poets of the new anthology —leaving aside exceptions— think that the universal soul is contained in each word. And let it not be believed in that humor of concept, of idea that flows and gives juice to each word, but in the physical material of the word, in the sound.
For me, and perhaps for you, dear reader, words are some agile little birds that go fluttering from lips to ears and carry on their wings mysterious and potent spells. Alighting for an instant on the neighbor’s ear, they let fall upon his spirit that mystic and immaterial charge of energy and then return to the free air toward new ears and toward other spirits. Just as in modern natural philosophy the atoms are nothing more than centers of force and points of energy, words are the places where ideas dwell.
I cannot manage to understand by what subtle reasonings the new poets have come to concede a substantive value to the word: abstract from its conceptual value, from its logical value and there remains only a clamor concomitans, a clamor that accompanies the feeling, an articulated sigh that serves as an underskirt to pain and goes behind it relieving it, as if opening for it through the lips a door onto the atmosphere where it may expand, be depressed, and be mitigated.
Words are logarithms of things, images, ideas, and sentiments, and, therefore, can only be employed as signs of values, never as values. The sonorous beauty of words is great sometimes: I have been enraptured many times before those wise, luminous, beautiful words of the men of Greece, who built their words like their temples. But this sonorous beauty of words is not poetic; it comes from the memory of music, which makes us see in the combination of a sentence an elemental melody. In resolution, it is the musicality of words a force of aesthetic pleasure very important in poetic creation, but never the center of gravity of poetry.
For the new poets the word is the Absolute, as for the scientists the Truth and for the moralists the Good. It is the melancholy case of the Indian hermit who digging with his hoe the mother earth obtained fruits of life, and seizing him an idolatrous fury, hung the hoe from a tamarind and adored it. The earth became a wasteland. In the same manner these poets make artistic matter of what is only an instrument for working that matter, one and unique in all the arts, Life, which bears only aesthetic fruits. For this reason it is difficult sometimes to distinguish between a new poet and a Negro professor; for that reason rarely does their production rise above an art of the juggler.
Deep and powerful currents, originating from extreme human necessities —sentiment, tradition, idea—, must leap with grace and airily in the fountain of poetry. It is not enough, no, to be a poet to comb into rhythm and rhyme the trickle of a fountain that sounds; one must be fountain, spring, deep vein of humanity that oozes holy aesthetic energy, renovating, impulsive, consoling.
Art saves us —Schopenhauer thought— from this individual consciousness, with which we live ordinarily and which makes us perceive the coming and going of phenomena, the birth and passing away of things, the desiring and the frustration of our desire; art helps us to emerge, lifts us up to that “better consciousness” in which we cease to be individuals and contemplate only the broad and immutable states of the universal soul. Do the new poets have that supra-existential and saving idea of art, that metaphysical intention in their elaboration of beauty? No, certainly.
But since not that equivocal philosophical conception of art, too vague and remote, do they perhaps see in poetry a human force or, better said, national, propulsive of the spirit, forger of brazen ideals, educator of the intellect, enchantress of sentiment, hatcher of the future, which pushes forward, which paints the world, life of new color, gives to the future new trace and pours us aged, fragrant, sinewy juices from the wine-vats of the past? Neither: while Spain creaks with anguish, almost all these poets wander innocently around the poets of the present French decadence and with the ashlar stones of the Castilian word want to feign Versailles-like little fountains, half-shadowy picnics à la Watteau, erotic prettinesses and nervous meltings of the boneless, somnambulant, feminine life of Paris.
Art is a subrogation of life. If it were possible for all of us to enjoy a life so intense, so full of stout leonine passions, of savory and fecund melancholies, of all the sentiments and all the sensations as they beat in Shakespeare’s dramas, perhaps we could dispense with art and that happens to adventurous men. But our life usually walks calmly at the thread of the days and at the measure of the hours, which fall vain around us, like the empty nuts of a walnut tree in the silence of a siesta. At the same time that “boredom lies in wait for us from every corner,” the universal pain goes falling drop by drop into our entrails: then we notice the emptiness of existence, then we need to drink the generous wines of others’ cellars, then we ambush ourselves in the tragic scenes of art or seek the humid willow-groves that some great and good man planted on the bank of some river, from whose breast flowed another river of tenderness, idealism, and sweetness. Life seeming to us sordid and unworthy of being suffered, we fill it with art and stow with imagination the slow boats of our hours.
La cosa più triste che può accadere è che dove la vita intellettuale arriva appena a un soffio, a un alito, specie di agonia, questa povertà di intellettualità sia manierata, narcisina e con le radichette al vento o senza radici, come i muschi. Queste sono le letterature di decadenza che si disinteressano di tutti gli interessi umani e nazionali, per curarsi soltanto del virtuosismo, stimato dagli intendenti, iniziati e colleghi dell’arte. Per quel disdegno verso la strada, proprio dell’aristocrazia femminile, c’è soltanto una risposta: la critica barbara, quella che non si lascia condurre a discussioni sottilissime di tecnica né a sensibilerie estetiche da cui uscirebbe sempre perdendo, ma che, come i barbari di Alarico entrando in Roma rompevano le lavorate sedie curiali ed esigevano l’oro e l’argento dei reconditi tesori pubblici, mette da parte ogni preziosismo e domanda all’artista il segreto delle energie umane che l’arte custodisce dentro i suoi mistici scrigni.
El Imparcial, 6 agosto 1906
II
POESIA NUOVA, POESIA VECCHIA
La Corte de los Poetas, antologia, ci si presenta come un estratto di dieci anni di poesia spagnola. Qui abbiamo quaranta, cinquanta poeti nuovi. Non andrò a parlare di loro individualmente, ma considerandoli in generale. Non andrò a misurare il valore di questa composizione né dell’altra, né a dire se tutte sono cattive né se tutte sono buone. Questo si dovrà fare con le opere di artisti deceduti; ma questi quaranta, questi cinquanta poeti sono giovani.
Tutto passato è irrimediabile, e i fatti di un uomo e le opere già realizzate da un artista che ancora vive sono il suo passato. L’importante, dunque, è ciò che questi poeti ci offrono per il tempo che viene. L’importante è ciò che si tenta e non ciò che si consegue. Gli uomini fanno ciò che possono e pensano ciò che vogliono. I pensieri e intenzioni di un poeta sono la sua estetica. Qui hai, signor lettore, la ragione per cui andrò a parlare dell’estetica dei poeti nuovi senza fermarmi a misurare il valore di questa o dell’altra composizione né a dire se tutte quelle poesie sono cattive né se sono buone. La virtù giustizia richiede che non esigiamo responsabilità se non di quegli atti nella cui volizione ha alitato una certa sorte di arbitrio, e i poeti non sono responsabili della bellezza delle loro poesie, ma sono responsabili della rettitudine della loro estetica.
E entrando al punto in materia, ti dirò, signor lettore, che Goudman, personaggio volteriano, era persuaso che se un pavone potesse parlare si vanaglorierebbe di avere un’anima e direbbe che quella anima era nella sua coda. Così pure, questi poeti della nuova antologia —lasciando da parte eccezioni— pensano che l’anima universale sia contenuta in ogni parola. E non si creda che in quell’umore di concetto, di idea che fluisce e dà succo a ogni parola, ma nel materiale fisico del vocabolo, nel suono.
Per me, e forse per te, signor lettore, le parole sono alcune agili uccelline che vanno svolazzando da labbra a orecchie e portano sulle loro ali misteriosi e potenti scongiuri. Posandosi un istante sull’orecchio del prossimo, lasciano cadere sul suo animo quella mistica e immateriale carica di energia e poi tornano al libero aria verso nuove orecchie e verso altri animi. Come nella moderna filosofia naturale gli atomi sono non più che centri di forza e punti di energia, le parole sono i luoghi dove abitano le idee.
Non riesco a comprendere per quali sottili ragionamenti i nuovi poeti siano arrivati a concedere un valore sostantivo alla parola: si astragga dal suo valore concettuale, dal suo valore logico e resta soltanto un clamor concomitans, un clamore che accompagna il sentimento, un sospiro articolato che serve da sottana al dolore e va dietro di esso alleviandolo, come aprendogli attraverso le labbra una porta sull’ambiente dove si espanda, si deprima e si mitighi.
Le parole sono logaritmi delle cose, immagini, idee e sentimenti, e, perciò, possono soltanto impiegarsi come segni di valori, mai come valori. La bellezza sonora delle parole è grande a volte: io mi sono estasiato molte volte davanti a quei sapienti, luminosi, belli vocaboli degli uomini di Grecia, che edificavano le loro parole come i loro templi. Ma questa bellezza sonora delle parole non è poetica; viene dal ricordo della musica, che ci fa vedere nella combinazione di una frase una melodia elementare. In risoluzione, è la musicalità delle parole una forza di piacere estetico molto importante nella creazione poetica, ma mai il centro di gravità della poesia.
Per i poeti nuovi la parola è l’Assoluto, come per gli scienziati la Verità e per i moralisti il Bene. È il caso malinconico dell’indio eremita che scavando con la sua zappa la madre terra otteneva frutti di vita, e impadronendosi di lui un furore idolatra, appese la zappa a un tamarindo e la adorava. La terra si fece arida. Del medesimo modo questi poeti fanno materia artistica di ciò che è soltanto strumento per lavorare quella materia, una e unica in tutte le arti, la Vita, che porta soltanto frutti estetici. Perciò è difficile a volte distinguere tra un poeta nuovo e un negro cattedratico; perciò raramente si eleva la loro produzione sopra un’arte a uso giullare.
Correnti profonde e potenti, oriunde da estreme necessità umane —sentimento, tradizione, idea—, devono saltare con grazia e ariosamente nella fontana della poesia. Non basta, no, per essere poeta pettinare in ritmo e rima lo sgocciolio di una fonte che suona; bisogna essere fonte, sorgente, profonda vena di umanità che trasudi santa energia estetica, rinnovatrice, impulsora, consolatrice.
L’arte ci salva —pensava Schopenhauer— da questa coscienza individuale, con cui viviamo ordinariamente e che ci fa percepire l’andare e venire dei fenomeni, il nascere e finire delle cose, il desiderare e il mancamento del nostro desiderio; ci aiuta a emergere l’arte, ci solleva fino a quella «coscienza migliore» in cui smettiamo di essere individui e contempliamo soltanto gli ampi e immutabili stati dell’anima universale. Hanno i nuovi poeti quella idea sovraesistenziale e salvatrice dell’arte, quella intenzione metafisica nella loro elaborazione della bellezza? No, certamente.
Ma già che non quella equivoca concezione filosofica dell’arte, troppo vaga e remota, vedono forse nella poesia una forza umana o, meglio detto, nazionale, propulsora dell’animo, forgiante bronzinei ideali, educatrice dell’intelletto, incantatrice del sentimento, covatrice dell’avvenire, che spinge in avanti, che dipinge il mondo, la vita di nuovo colore, dà al futuro nuova traccia e ci mesce succhi invecchiati, fragranti, nervosi, dalle botti del passato? Nemmeno: mentre la Spagna scricchiola d’angoscia, quasi tutti questi poeti vagano innocentemente intorno ai poeti della decadenza francese attuale e con le pietre da sesto del verbo castigliano vogliono fingere fontanelle versagliesi, semioscure merende alla Watteau, lindezze erotiche e scioglimenti nervosi della vita disossata, sonnambula e femminile di Parigi.
L’arte è una surrogazione della vita. Se ci fosse a tutti possibile godere di una vita tanto intensa, tanto piena di forti passioni leonine, di saporose e feconde malinconie, di tutti i sentimenti e tutte le sensazioni come nei drammi di Shakespeare pulsano, forse potremmo fare a meno dell’arte e questo accade agli uomini avventurieri. Ma la nostra vita suole camminare sossegatamente al filo dei giorni e al compasso delle ore, che cadono vane intorno a noi, come le noci vuote di un noce nel silenzio di una siesta. Nel tempo che «ci spia da tutti gli angoli il tedio» ci va cadendo goccia a goccia dentro le viscere il dolore universale: allora avvertiamo la vacuità dell’esistenza, allora abbiamo bisogno di bere i vini generosi delle cantine altrui, allora ci imboschiamo nelle scene tragiche dell’arte o cerchiamo i saliceti mollicci che piantò alla riva di qualche fiume qualche uomo grande e buono dal cui petto sgorgava un altro fiume di tenerezza, idealismo e dolcezza. Sembrandoci la vita sordida e indegna di essere sofferta, la riempiamo di arte e stiviamo di immaginazione le barche lente delle nostre ore.
Es, pues, el arte una actividad de liberación. ¿De qué nos liberta? De la vulgaridad. Yo no sé lo que tú pensarás, lector; pero para mí, vulgaridad es la realidad de todos los días; lo que traen en sus cangilones unos tras otros los minutos; el cúmulo de los hechos, significativos e insignificantes, que son urdimbre de nuestras vidas, y que sueltos, desperdigados, sin más enlace que el de la sucesión, no tienen sentido. Mas sosteniendo, como a la pompa el tronco, esas realidades de todos los días, existen las realidades perennes, es decir, las ansias, los problemas, las pasiones cardinales del vivir del universo. A éstas son a las que llega el arte, en las que se hunde, casi se ahoga el artista verdadero, y empleándolas como centros energéticos logra condensar la vulgaridad y dar un sentido a la vida. No es, por tanto, poesía lo que en tus nervios deja ese vientecillo áspero que ahora pasa, ni esa ingeniosa comparación que ahora te ocurre mirando la mar de espalda tembladora, ni esa pasioncilla o ese dolorcejo que, aislado del resto del mundo, deslíes en unas estrofas discretas y nítidas. Si no estás sumido en las grandes corrientes de subsuelo que enlazan y animan todos los seres, si no te preocupan las magnas angustias de la humanidad, a despecho de tus lindos versos a unas manos que son blancas, a unos jardines que se mueren por el amor de una rosa, a una tristeza menuda que te corretea como un ratón por el pecho, no eres un poeta, eres un filisteo del claror de luna. Porque si es cierto, según Emerson, que como cada planta tiene su parásito, tiene cada cosa su amante y su poeta, debe añadirse que tiene también su filisteo.
No creo que pueda haber arte en su noble acepción que no radique en esas realidades perennes. Ahora bien: la suma realidad ¿no es el Dolor? La poesía es flor del dolor; mas no del momentáneo y archiindividual, sino de un dolor sobre el que gravite la vida toda del individuo. Porque sobre la totalidad de una vida, con su nacimiento y su muerte, gravita a la vez, forzosamente, en más remota esfera, el doliente corazón silencioso del Uno-Todo.
De esta suerte me atrevo a decir que todo arte tiene que ser trágico, que sin simiente de tragedia una poesía es una copla de ciego o un tema de retórica, arte para pobres mujercitas de quebradizos nervios y ánima de vidrio.
Mas no se diga que cierro con todo lo que no sea arte genial. ¿Se quiere un ejemplo de ese arte que yo aquí predico, un ejemplo que no siendo genial vale como una página de arte hondo, trágico, subsolar, castizo, educador? Recuérdese el «Epílogo» que termina el libro Los pueblos, de Martínez Ruiz. ¿Cabe nada más sencillo, más esbelto, más somero y de mayor imaginativa continencia? ¿Cabe nada más castizo también? Allí no pasa cosa alguna y, sin embargo, llega entre los renglones desde una lejanía ideal el rumor de la Muerte que habla con su cortejo el Olvido.
Singular espectáculo el que ofrecen estos poetas de los últimos diez años. Durante ellos un río de amargura ha roto el cauce al pasar por España y ha inundado nuestra tierra, seca de dogmatismo y de retórica: empapada está la campiña y siete estados bajo ella de agua de dolor. El chotacabras del pesimismo ha hecho nido en todos los linderos. Dentro de esa amargura étnica han permanecido los poetas como «las madreperlas» —según habla San Francisco de Sales— que viven en medio del mar sin que entre en ellas una sola gota de agua marina. ¿Qué han hecho en tanto? Cantar a Arlequín y a Pierrot, recortar lunitas de cartón sobre un cielo de tul, derretirse ante la perenne sonatina y la tenaz mandolinata; en suma, reimitar lo peor de la tramoya romántica. No han sabido educarse sobre el pesimismo de su época y no alcanza su arte ni aun a ser pesimista.
Los poetas son incorregibles. El número del Mercurio de Francia, que apareció en septiembre de 1793, cruenta fecha de las matanzas, comenzaba con una poesía titulada: «A los manes de mi Canario».
El Imparcial, 13 de agosto de 1906
III
LA PEDAGOGÍA DEL PAISAJE
Recuerdo que una vez me encontraba en la raya de Segovia, dentro de un monte de pinos, al tiempo que el sol caía, mirando abrirse delante, en egregio anfiteatro, las lomas nerviosas de Guadarrama. Junto a mí estaba Rubín de Cendoya, místico español, un hombre oscuro, un hombre ferviente. Hoy, señor lector, voy a referirte lo que en aquella sazón escuché de sus labios.
Había en torno nuestro un silencio que en cada instante iba a romperse y persistía, silencio donde laten las entrañas de las cosas, en que esperamos que rompa a hablarnos cuanto no sabe hablar. El valle verde y amarillo se alongaba a nuestros pies: la sierra levantaba poderosamente su vieja espalda sobre el cielo puro. En el camino real comenzaba el polvo yesoso a fosforecer. Recios aromas se alzaban del pinar, y sobre nuestras cabezas unos grandes pájaros grises volaron con lentos aletazos que arrancaban al aire suspiros.
Rubín de Cendoya, místico español, dijo de esta suerte:
«Sin que lo advirtamos, nuestras ideas celebran dentro de nosotros ritos sagrados y se unen en divinas asociaciones: bajo la ilusión de nuestro albedrío mantiénense en solidaridad fatal. Mira que ahora, en tanto dejo galopar la vista sobre esa línea quebrada de la sierra, se yerguen en mi memoria las imágenes de los hombres cárdenos pintados por el Greco. En estos montes hay, como en las pupilas de aquellos hombres, una voluntad suprema de perdurar sobre toda mudanza.
»Dejando ir la mirada sobre esa línea oscura que rompe el cielo, advierto que hay en mi alma un grumo metahistórico que llega de una hondonada del pasado y se apresta a hundirse en un porvenir sin límites. Esa montaña ha perpetuado al través de los siglos su perfil, y en ese hierático perfil se reúnen mis miradas con las de todas las generaciones muertas de españoles, y refractándose en la arista azulada de esa sierra, llegan a encontrar las pupilas grises de los padres celtíberos que en horas profundas, vestidos con negros cueros, contemplaron esta misma visión que ahora nosotros, celtíberos de un siglo joven, vestidos con trajes cilíndricos. El tiempo, en su huidez, hace vacilar nuestros ánimos, que el tiempo es un temblor incesante y eterno. Un ansia infinita de permanencia trasciende de lo más adentrado de nosotros, en tanto que la razón nos anticipa la imagen de una muerte cierta. Frente a ese problema trágico, insoluble, se evapora el individuo. La gota de agua que vive una noche tremando de placer sobre la verdura de una hoja, puede ser tan petulante que se crea algo necesario; a la aurora empezará a beber el vino de oro del sol, y se pondrá tan borracha que rodará de la hoja al suelo, se quebrará contra la tierra, y el sol, hinchándose sobre el horizonte, dispersará sus moléculas por los cuatro vientos.
»Estos montes son necesarios en la mecánica universal; pero tú y yo, que ahora estamos frente a ellos, debemos producirles el mismo efecto entre burlesco y sorprendente que a nosotros nos produce eso que llamamos casualidad. Créeme, amigo mío, tú y yo somos una casualidad.
»Este paisaje, en cambio, me hace descubrir una porción de mí mismo más compacta y nervuda, menos fugitiva y de azar. Llévame a una ciudad, ponme entre dos hileras de casas, rodéame de hombres que van y vienen con relojes en los bolsillos, de hombres a quienes interesan los minutos: entonces yo me siento desaparecer del mundo personal, creería que yo he muerto, que he pasado ya, que soy “nadie”. Mas este paisaje me hace encontrar dentro de mí algo personalísimo, específico: ahora conozco que soy algo firme, inmutable, perenne; frente a estos altos montes azules yo soy al menos un “celtíbero”».
Rubín de Cendoya, místico español, se detuvo melancólicamente. Allá en la altura se pusieron unas nubes tan rojas que temimos si el sol se habría herido contra los picos agudos y como eternos de la sierra.
Aquel hombre entusiasta prosiguió:
«Como a Séneca había enseñado su casa de campo el arte exquisito de la vejez, me ha iniciado a mí este paisaje en una religión. Cada paisaje me enseña algo nuevo y me induce en una nueva virtud. En verdad te digo que el paisaje educa mejor que el más hábil pedagogo, y si tengo algún solaz te prometo componer frente a la admirable “Pedagogía social” del profesor Natorp otra más modesta, pero más jugosa: “Pedagogía del paisaje”.
It is, then, art an activity of liberation. From what does it liberate us? From vulgarity. I do not know what you will think, reader; but for me, vulgarity is the reality of every day; what the minutes carry one after another in their buckets; the heap of facts, significant and insignificant, that are the warp of our lives, and that loose, scattered, without more link than that of succession, have no sense. But sustaining, as the trunk sustains the canopy, these realities of every day, there exist the perennial realities, that is, the anxieties, the problems, the cardinal passions of the living of the universe. To these art arrives, in these it sinks, almost drowns the true artist, and employing them as energetic centers manages to condense vulgarity and give a sense to life. It is not, therefore, poetry what that harsh little breeze that now passes leaves in your nerves, nor that ingenious comparison that now occurs to you looking at the sea with trembling back, nor that little passion or that little pain that, isolated from the rest of the world, you dissolve in some discreet and neat stanzas. If you are not sunk in the great subsoil currents that link and animate all beings, if the great anguishes of humanity do not concern you, in spite of your pretty verses to some hands that are white, to some gardens that die for the love of a rose, to a tiny sadness that runs about you like a mouse across your chest, you are not a poet, you are a Philistine of the moonlight. Because if it is certain, according to Emerson, that as every plant has its parasite, every thing has its lover and its poet, it must be added that it also has its Philistine.
I do not believe there can be art in its noble acceptation that does not take root in those perennial realities. Now then: is not the sum reality the Pain? Poetry is flower of pain; but not of the momentary and arch-individual, but of a pain upon which gravitates the whole life of the individual. Because upon the totality of a life, with its birth and its death, there gravitates at the same time, forcibly, in a more remote sphere, the grieving silent heart of the One-All.
In this manner I dare to say that all art has to be tragic, that without seed of tragedy a poem is a ballad of a blind man or a theme of rhetoric, art for poor little women of brittle nerves and glass soul.
But let it not be said that I close with everything that is not genial art. Is an example wanted of that art that I here preach, an example that, not being genial, is worth as a page of deep, tragic, subterranean, genuine, educating art? Let one recall the “Epilogue” that ends the book The Towns, by Martínez Ruiz. Is there anything simpler, more slender, more superficial and of greater imaginative continence? Is there anything more genuine as well? There nothing happens and, nevertheless, there arrives between the lines from an ideal distance the murmur of Death that speaks with its retinue Forgetfulness.
Singular spectacle that which these poets of the last ten years offer. During them a river of bitterness has broken its channel passing through Spain and has flooded our land, dry of dogmatism and rhetoric: soaked is the countryside and seven states beneath it with water of pain. The nightjar of pessimism has made its nest in all the boundaries. Within that ethnic bitterness the poets have remained like “the mother-of-pearls” —according to Saint Francis de Sales— that live in the middle of the sea without a single drop of sea water entering them. What have they done in the meantime? Sing to Harlequin and Pierrot, cut out little moons of cardboard against a sky of tulle, melt away before the perennial sonatina and the tenacious mandolinata; in sum, re-imitate the worst of the romantic stage tricks. They have not known how to educate themselves upon the pessimism of their epoch and their art does not even manage to be pessimistic.
The poets are incorrigible. The number of the Mercure de France that appeared in September 1793, bloody date of the massacres, began with a poem entitled: “To the Shades of My Canary.”
El Imparcial, August 13, 1906
III
THE PEDAGOGY OF THE LANDSCAPE
I remember that once I found myself on the border of Segovia, within a pine wood, at the time the sun was falling, watching open before me, in an egregious amphitheater, the nervous hillocks of the Guadarrama. Beside me was Rubín de Cendoya, Spanish mystic, an obscure man, a fervent man. Today, dear reader, I am going to relate to you what in that season I heard from his lips.
There was around us a silence that at every instant was going to break and persisted, silence where the entrails of things beat, in which we wait for whatever does not know how to speak to break out speaking to us. The green and yellow valley stretched out at our feet: the sierra powerfully raised its old back upon the pure sky. On the royal road the gypsum dust began to phosphoresce. Strong aromas rose from the pine wood, and over our heads some large gray birds flew with slow wing-beats that wrested sighs from the air.
Rubín de Cendoya, Spanish mystic, said in this manner:
“Without our noticing it, our ideas celebrate within us sacred rites and unite in divine associations: under the illusion of our free will they maintain themselves in fatal solidarity. See that now, while I let my gaze gallop over that broken line of the sierra, there rise in my memory the images of the livid men painted by El Greco. In these mountains there is, as in the pupils of those men, a supreme will to perdure above every change.
“Letting my gaze go over that dark line that breaks the sky, I notice that there is in my soul a metahistorical clot that comes from a hollow of the past and gets ready to sink into a future without limits. That mountain has perpetuated through the centuries its profile, and in that hieratic profile my gazes meet with those of all the dead generations of Spaniards, and refracting in the bluish edge of that sierra, they manage to find the gray pupils of the Celtiberian fathers who in deep hours, dressed in black hides, contemplated this same vision that now we, Celtiberians of a young century, dressed in cylindrical clothes. Time, in its flight, makes our spirits waver, for time is an incessant and eternal trembling. An infinite anxiety of permanence transcends from the most inward part of us, while reason anticipates to us the image of a certain death. Faced with that tragic, insoluble problem, the individual evaporates. The drop of water that lives one night trembling with pleasure upon the greenery of a leaf, can be so petulant as to believe itself something necessary; at dawn it will begin to drink the golden wine of the sun, and it will get so drunk that it will roll from the leaf to the ground, will break against the earth, and the sun, swelling over the horizon, will scatter its molecules to the four winds.
“These mountains are necessary in the universal mechanics; but you and I, who now stand before them, must produce in them the same effect, between burlesque and surprising, that what we call chance produces in us. Believe me, my friend, you and I are a chance.
“This landscape, in exchange, makes me discover a portion of myself more compact and sinewy, less fugitive and of chance. Take me to a city, put me between two rows of houses, surround me with men who come and go with watches in their pockets, with men whom the minutes interest: then I feel myself disappear from the personal world, I would believe that I have died, that I have already passed, that I am ‘nobody.’ But this landscape makes me find within me something most personal, specific: now I know that I am something firm, immutable, perennial; faced with these high blue mountains I am at least a ‘Celtiberian.’”
Rubín de Cendoya, Spanish mystic, stopped melancholically. There in the height some clouds placed themselves so red that we feared whether the sun had wounded itself against the sharp and as it were eternal peaks of the sierra.
That enthusiastic man continued:
“As his country house had taught Seneca the exquisite art of old age, this landscape has initiated me into a religion. Each landscape teaches me something new and induces me into a new virtue. In truth I tell you that the landscape educates better than the most skillful pedagogue, and if I have any leisure I promise you to compose, before the admirable ‘Social Pedagogy’ of Professor Natorp, another more modest, but more juicy: ‘Pedagogy of the Landscape.’
È, dunque, l’arte un’attività di liberazione. Da che cosa ci libera? Dalla volgarità. Io non so ciò che penserai tu, lettore; ma per me, volgarità è la realtà di tutti i giorni; ciò che portano nei loro secchi uno dopo l’altro i minuti; il cumulo dei fatti, significativi e insignificanti, che sono ordito delle nostre vite, e che sciolti, sparpagliati, senza altro legame che quello della successione, non hanno senso. Ma sostenendo, come alla pompa il tronco, queste realtà di tutti i giorni, esistono le realtà perenni, cioè, le ansie, i problemi, le passioni cardinali del vivere dell’universo. A queste arriva l’arte, in queste si sprofonda, quasi si annega il vero artista, e impiegandole come centri energetici riesce a condensare la volgarità e a dare un senso alla vita. Non è, perciò, poesia ciò che nei tuoi nervi lascia quel venticello aspro che ora passa, né quell’ingegnosa comparazione che ora ti accade guardando il mare di spalle tremanti, né quella passioncella o quel dolorecello che, isolato dal resto del mondo, sciogli in alcune strofe discrete e nitide. Se non sei sommerso nelle grandi correnti di sottosuolo che legano e animano tutti gli esseri, se non ti preoccupano le grandi angosce dell’umanità, a dispetto dei tuoi leggiadri versi a delle mani che sono bianche, a dei giardini che muoiono per l’amore di una rosa, a una tristezza minuta che ti scorrazza come un topo per il petto, non sei un poeta, sei un filisteo del chiarore di luna. Perché se è certo, secondo Emerson, che come ogni pianta ha il suo parassita, ogni cosa ha il suo amante e il suo poeta, deve aggiungersi che ha anche il suo filisteo.
Non credo che possa esserci arte nella sua nobile accezione che non radichi in quelle realtà perenni. Orbene: la somma realtà non è il Dolore? La poesia è fiore del dolore; ma non del momentaneo e archiindividuale, ma di un dolore sul quale graviti la vita tutta dell’individuo. Perché sulla totalità di una vita, con la sua nascita e la sua morte, gravita a un tempo, forzosamente, in più remota sfera, il dolente cuore silenzioso dell’Uno-Tutto.
In questa guisa ardisco dire che ogni arte deve essere tragica, che senza semenza di tragedia una poesia è una copla di cieco o un tema di retorica, arte per povere donnette dai nervi fragili e anima di vetro.
Ma non si dica che chiudo con tutto ciò che non sia arte geniale. Si vuole un esempio di quell’arte che io qui predico, un esempio che non essendo geniale vale come una pagina di arte profonda, tragica, sotterranea, genuina, educatrice? Si ricordi l’«Epilogo» che termina il libro Los pueblos, di Martínez Ruiz. C’è nulla di più semplice, più slanciato, più sommario e di maggiore continenza immaginativa? C’è nulla di più genuino anche? Lì non accade cosa alcuna e, tuttavia, arriva tra le righe da una lontananza ideale il rumore della Morte che parla con il suo corteo l’Obblio.
Singolare spettacolo quello che offrono questi poeti degli ultimi dieci anni. Durante essi un fiume di amarezza ha rotto l’alveo passando per la Spagna e ha inondato la nostra terra, secca di dogmatismo e di retorica: inzuppata è la campagna e sette stati sotto di essa d’acqua di dolore. Il succiacapre del pessimismo ha fatto nido in tutti i limitari. Dentro quella amarezza etnica sono rimasti i poeti come «le madreperle» —secondo parla San Francesco di Sales— che vivono in mezzo al mare senza che entri in esse una sola goccia d’acqua marina. Che cosa hanno fatto in tanto? Cantare ad Arlecchino e a Pierrot, ritagliare lunette di cartone sopra un cielo di tulle, struggersi davanti alla perenne sonatina e alla tenace mandolinata; in somma, reimmitare il peggio della macchineria scenica romantica. Non hanno saputo educarsi sopra il pessimismo della loro epoca e la loro arte non arriva nemmeno a essere pessimista.
I poeti sono incorreggibili. Il numero del Mercurio de Francia, che apparve in settembre del 1793, cruenta data delle stragi, cominciava con una poesia intitolata: «Alle ombre del mio Canarino».
El Imparcial, 13 agosto 1906
III
LA PEDAGOGIA DEL PAESAGGIO
Ricordo che una volta mi trovavo sul confine di Segovia, dentro un bosco di pini, nel tempo che il sole cadeva, guardando aprirsi davanti, in egregio anfiteatro, le colline nervose del Guadarrama. Accanto a me c’era Rubín de Cendoya, mistico spagnolo, un uomo oscuro, un uomo fervente. Oggi, signor lettore, andrò a riferirti ciò che in quella stagione ascoltai dalle sue labbra.
C’era intorno a noi un silenzio che in ogni istante stava per rompersi e persisteva, silenzio dove pulsano le viscere delle cose, in cui aspettiamo che rompa a parlarci quanto non sa parlare. La valle verde e gialla si allungava ai nostri piedi: la sierra sollevava potentemente la sua vecchia schiena sul cielo puro. Nel cammino reale cominciava la polvere gessosa a fosforeggiare. Forti aromi si alzavano dalla pineta, e sopra le nostre teste alcuni grandi uccelli grigi volarono con lenti battiti d’ala che strappavano all’aria sospiri.
Rubín de Cendoya, mistico spagnolo, disse in questa guisa:
«Senza che lo avvertiamo, le nostre idee celebrano dentro di noi riti sacri e si uniscono in divine associazioni: sotto l’illusione del nostro arbitrio si mantengono in solidarietà fatale. Guarda che ora, mentre lascio galoppare la vista sopra quella linea spezzata della sierra, si ergono nella mia memoria le immagini degli uomini lividi dipinti dal Greco. In questi monti c’è, come nelle pupille di quegli uomini, una volontà suprema di perdurare sopra ogni mutamento.
»Lasciando andare lo sguardo sopra quella linea oscura che rompe il cielo, avverto che c’è nella mia anima un grumo metastorico che arriva da una depressione del passato e si appresta a sprofondarsi in un avvenire senza limiti. Quella montagna ha perpetuato attraverso i secoli il suo profilo, e in quel profilo ieratico si riuniscono i miei sguardi con quelli di tutte le generazioni morte di spagnoli, e rifrangendosi nello spigolo azzurrino di quella sierra, arrivano a trovare le pupille grigie dei padri celtiberi che in ore profonde, vestiti con neri cuoi, contemplarono questa stessa visione che ora noi, celtiberi di un secolo giovane, vestiti con abiti cilindrici. Il tempo, nella sua fuga, fa vacillare i nostri animi, che il tempo è un tremore incessante ed eterno. Un’ansia infinita di permanenza trascende da ciò che c’è di più adentro in noi, mentre la ragione ci anticipa l’immagine di una morte certa. Di fronte a quel problema tragico, insolubile, l’individuo si evapora. La goccia d’acqua che vive una notte tremando di piacere sopra la verdura di una foglia, può essere tanto petulante da credersi qualcosa di necessario; all’aurora comincerà a bere il vino d’oro del sole, e si metterà così ubriaca che rotolerà dalla foglia al suolo, si spezzerà contro la terra, e il sole, gonfiandosi sopra l’orizzonte, disperderà le sue molecole ai quattro venti.
»Questi monti sono necessari nella meccanica universale; ma tu e io, che ora siamo di fronte a essi, dobbiamo produrre loro lo stesso effetto tra burlesco e sorprendente che a noi produce ciò che chiamiamo casualità. Credimi, amico mio, tu e io siamo una casualità.
»Questo paesaggio, in cambio, mi fa scoprire una porzione di me stesso più compatta e nervosa, meno fuggitiva e d’azzardo. Portami in una città, mettimi tra due file di case, circondami di uomini che vanno e vengono con orologi nelle tasche, di uomini a cui interessano i minuti: allora io mi sento scomparire dal mondo personale, crederei di essere morto, di essere già passato, di essere “nessuno”. Ma questo paesaggio mi fa trovare dentro di me qualcosa di personalissimo, specifico: ora conosco che sono qualcosa di fermo, immutabile, perenne; di fronte a questi alti monti azzurri io sono almeno un “celtibero”».
Rubín de Cendoya, mistico spagnolo, si fermò malinconicamente. Lassù in alto si posero alcune nuvole tanto rosse che tememmo se il sole si fosse ferito contro i picchi aguzzi e come eterni della sierra.
Quell’uomo entusiasta proseguì:
«Come a Seneca aveva insegnato la sua casa di campagna lo squisito arte della vecchiaia, ha iniziato me questo paesaggio in una religione. Ogni paesaggio mi insegna qualcosa di nuovo e mi induce in una nuova virtù. In verità ti dico che il paesaggio educa meglio del più abile pedagogo, e se ho qualche sollazzo ti prometto di comporre di fronte all’ammirevole “Pedagogia sociale” del professor Natorp un’altra più modesta, ma più succosa: “Pedagogia del paesaggio”.
»Acaso el único motivo de reyerta que tengo yo con Platón es haber éste dicho que nada podían enseñar a Sócrates los árboles en el campo y sí los hombres en la ciudad. Esto es, por lo demás, muy perdonable si se tiene en cuenta que en Platón quedaban aún no pocos resabios del período sofístico, lleno todo de preocupaciones y prejuicios antropológicos como el siglo XVIII francés.
»Los árboles son grandes maestros y el mismo Platón solía ir a visitar un plátano en las afueras de Atenas, como fue un plátano el mejor amigo de Taine. Es frecuente que los grandes hombres, luego de haber atravesado ciencias y ciencias, de haber gustado artes e idearios, acaben por dedicarse a la botánica, que, sin duda, les ofrece gratos secretos y dulces consolaciones; así, Rousseau y Goethe. Un árbol es tal vez lo más bello que existe: tiene reciedad en el tronco, caprichosa indecisión en las ramas, ternura en las hojuelas movedizas. Y sobre todo esto hay en él no sé qué de serenidad, no sé qué de una vida vaga, muda, palpitante, que va y viene inciertamente entre el follaje. Justo me parece que los egipcios primeros creyeran que las almas de los muertos iban a habitar en las ramas de los árboles, y que los indios argentinos pusieran bajo un árbol sus ofrendas al divino Walechu. Renan dice que el instinto religioso es en el hombre lo que el instinto de nidificación en el pájaro: nada extraño tiene que, como las aves labran sus nidos en los árboles, hagan de ellos sus altares los hombres.
»Los paisajes me han creado la mitad mejor de mi alma; y si no hubiera perdido largos años viviendo en la hosquedad de las ciudades, sería a la hora de ahora más bueno y más profundo. Dime el paisaje en que vives y te diré quién eres.
»Al tiempo que por Europa pasaba una ola de histerismo revolucionario, unos cuantos ingleses avisados se refugiaron junto a los lagos de Escocia y vivieron en la soledad fecunda de las campiñas. De allí salió aquella espiritualidad tranquila de los poetas “lakistas” y la incomparable dicha de su existencia. Del campo salió volando aquella alondra cantarina que se escucha como un eco geórgico a lo largo de las páginas de Emerson. Estos paisajes eran bellos, solemnes, con frescor de lagunas y remansos, con esplendor luminoso de boscajes, y así dejaron caer sobre sus discípulos simiente de amplitud idealista.
»Recuerda, en cambio, los paisajes que rodean a Madrid, salvo el Pardo y la Moncloa. Contempla estos misérrimos campos atormentados en que sólo se espera ver algún hombre tendido, polvoriento el traje, el rostro ensangrentado contra la tierra. Son campos malditos, campos comprados con los treinta dineros que únicamente sugieren alguna traición o algún crimen antiestético. Así, los madrileños nos encontramos entre los seres más torvos y hostiles de la tierra.
»Los españoles suelen huir del campo en cuanto pueden, porque en la soledad no tienen a quien hostilizar ni a quien anonadar.
»Creo que las dos grandes virtudes que ha de formar en el hombre la pedagogía son la sinceridad y la serenidad. Pues bien, ambas las enseña la naturaleza mejor que todos los maestros del mundo. Cuanto no es el hombre es más sincero que el hombre. De aquí que apenas nos hallamos solos en medio de un panorama natural unos dedos menudos e invisibles comienzan a tejer en torno nuestro ese misterio de la sinceridad, que une en un mismo tapiz animales, plantas y piedras. A poco, nos sentimos insertos en la vida unánime de los campos; el paisaje solitario va destilando quietud en nuestro pecho, armonía, benevolencia. ¿Por qué nos encontramos tan a gusto en la naturaleza? —se preguntaba Nietzsche. Y respondía: porque la naturaleza no tiene opinión acerca de nosotros. ¡Ah! ¡muy cierto! El hombre es siempre juez del hombre, cuando no es su enemigo. Ante el hombre que más nos estime, nos mantenemos siempre sobre aviso e inquietos, no sea que se descubra en nosotros algo nuevo, destructor de su estimación.
»No creo que hoy pueda nadie jactarse, sin embargo, de una íntima relación con la naturaleza, porque la humanidad se ha ido apartando de ella, humanizándola, es decir, pedantizándola. El hombre primitivo le era más próximo, la naturaleza hablábale con mayor vivacidad y por eso sabía poner nombres a las cosas. Para nosotros la naturaleza es un gran muerto, es como el esqueleto petrificado de un brontosauro y sólo podemos llegarnos nuevamente a ella con una preocupación, científica o artística que la deforma. La naturaleza es la despreocupación perfecta, y así la llamamos “Naturaleza” por antonomasia.
»Aquí tienes la razón por la que Stendhal afirmaba que el interés exclusivo del paisaje no basta, a la larga, y es preciso un interés moral e histórico. Si nuestros ojos se cansan de mirar, las cosas se fatigan de ser miradas y se embotan sus místicas sugestiones. Hoy los paisajes no nos enseñan naturaleza propiamente tal, pues, como digo, la naturaleza murió hace muchas centurias envenenada por un silogismo; pero nos enseñan moral e historia, dos disciplinas de exaltación que nos hacen no poca falta a los españoles.
»Y así, este paisaje-maestro de Guadarrama me ha dado una lección de “celtiberismo”, y me ha aclarado esos secretos étnicos que en los museos luminosos, en profundos y húmedos claustros, intentan revelarnos los hombres del Greco con un ligero temblor de sus barbas agudas».
El paisaje iba recogiéndose en sí mismo: algunas estrellas claras florecían en la ternura del crepúsculo. Unos ladridos lejanos. En el valle resbala el rumor de una esquila como por una mejilla resbala una lágrima. La noche llegaba, caminando por el cielo con tardo paso de vaca.
Aprisionamos en una postrera mirada la magnífica quietud del rebaño de montes: descendimos al camino real. Un hombre que pasaba nos preguntó la hora: dijímosle que no teníamos relojes, porque éramos místicos y celtíberos. Como no nos comprendiera del todo, siguió él su jornada hacia Segovia y nosotros entramos en el pueblo.
El Imparcial, 17 de septiembre de 1906
»Perhaps the only cause of quarrel I have with Plato is that he said that the trees in the countryside could teach Socrates nothing, and the men in the city everything. This is, moreover, very pardonable if one bears in mind that in Plato there still remained no few remnants of the Sophistic period, filled as it was with anthropological preoccupations and prejudices like the French eighteenth century.
»Trees are great masters, and Plato himself used to go and visit a plane tree on the outskirts of Athens, just as a plane tree was Taine’s best friend. It is common for great men, after having traversed science upon science, after having tasted arts and ideologies, to end by devoting themselves to botany, which, without doubt, offers them pleasing secrets and sweet consolations; thus Rousseau and Goethe. A tree is perhaps the most beautiful thing that exists: it has robustness in its trunk, capricious indecision in its branches, tenderness in its quivering little leaves. And above all this there is in it I know not what of serenity, I know not what of a vague, mute, palpitating life that comes and goes uncertainly among the foliage. It seems to me just that the first Egyptians should believe that the souls of the dead went to inhabit the branches of trees, and that the Argentine Indians should place beneath a tree their offerings to the divine Walechu. Renan says that the religious instinct is in man what the instinct of nest-building is in the bird: it is no wonder that, as birds weave their nests in the trees, men make of them their altars.
»Landscapes have created the better half of my soul; and had I not lost long years living in the bleakness of cities, I would at this hour be better and deeper. Tell me the landscape in which you live and I will tell you who you are.
»While a wave of revolutionary hysteria passed over Europe, a few wise Englishmen took refuge by the lakes of Scotland and lived in the fecund solitude of the countryside. From there came that tranquil spirituality of the “Lake” poets and the incomparable happiness of their existence. From the countryside flew out that singing lark that is heard like a georgic echo through the pages of Emerson. These landscapes were beautiful, solemn, with the freshness of lagoons and backwaters, with the luminous splendor of groves, and so they let fall upon their disciples the seed of idealistic breadth.
»Remember, on the other hand, the landscapes that surround Madrid, except El Pardo and la Moncloa. Contemplate these most wretched, tormented fields in which one only expects to see some man lying, his clothes dusty, his face bloodied against the earth. They are cursed fields, fields bought with the thirty pieces of silver, which suggest only some betrayal or some anti-aesthetic crime. Thus we Madrilenians find ourselves among the most sullen and hostile beings on earth.
»Spaniards usually flee the countryside as soon as they can, because in solitude they have no one to harry and no one to crush.
»I believe that the two great virtues that pedagogy must form in man are sincerity and serenity. Well, nature teaches both better than all the masters in the world. All that is not man is more sincere than man. Hence, no sooner do we find ourselves alone in the midst of a natural panorama than tiny, invisible fingers begin to weave around us that mystery of sincerity, which unites animals, plants and stones in one same tapestry. In a little while we feel ourselves inserted in the unanimous life of the fields; the solitary landscape distils quiet into our breast, harmony, benevolence. “Why do we feel so much at ease in nature?” —Nietzsche used to ask himself. And he answered: because nature has no opinion of us. Ah! most true! Man is always man’s judge, when he is not his enemy. Before the man who most esteems us, we always remain on our guard and uneasy, lest there be discovered in us something new, destructive of his esteem.
»I do not believe, however, that anyone today can boast of an intimate relationship with nature, for humanity has been drawing away from it, humanizing it, that is to say, pedantizing it. Primitive man was nearer to it; nature spoke to him with greater vivacity, and for that reason he knew how to give names to things. For us nature is a great dead thing; it is like the petrified skeleton of a brontosaurus, and we can only draw near to it again with a preoccupation, scientific or artistic, that deforms it. Nature is perfect unconcern, and so we call it “Nature” by antonomasia.
»Here you have the reason why Stendhal affirmed that the exclusive interest of landscape does not suffice in the long run, and a moral and historical interest is necessary. If our eyes grow weary of looking, things grow weary of being looked at, and their mystical suggestions become dulled. Today landscapes do not teach us nature properly so called, for, as I say, nature died many centuries ago poisoned by a syllogism; but they teach us morality and history, two exalting disciplines that we Spaniards are much in want of.
»And so, this master-landscape of the Guadarrama has given me a lesson in “Celtiberianism,” and has clarified for me those ethnic secrets which, in the luminous museums, in the deep and humid cloisters, the men of El Greco try to reveal to us with a slight tremor of their pointed beards».
The landscape was gathering itself in: some clear stars flowered in the tenderness of the twilight. Distant barking. In the valley slides the murmur of a cowbell as down a cheek slides a tear. Night was coming, walking across the sky with the slow step of a cow.
We imprisoned in a last gaze the magnificent stillness of the flock of mountains: we descended to the high road. A man who was passing asked us the time: we told him we had no watches, because we were mystics and Celtiberians. As he did not quite understand us, he continued his journey toward Segovia, and we entered the village.
El Imparcial, September 17, 1906
»Forse l’unico motivo di lite che ho con Platone è che egli abbia detto che nulla potevano insegnare a Socrate gli alberi in campagna e sì gli uomini in città. Ciò è, del resto, molto perdonabile se si tiene conto che in Platone restavano ancora non pochi residui del periodo sofistico, tutto pieno di preoccupazioni e pregiudizi antropologici come il Settecento francese.
»Gli alberi sono grandi maestri, e lo stesso Platone soleva andare a visitare un platano nei dintorni di Atene, come un platano fu il migliore amico di Taine. È frequente che i grandi uomini, dopo aver attraversato scienze e scienze, dopo aver gustato arti e ideari, finiscano per dedicarsi alla botanica, che, senza dubbio, offre loro grati segreti e dolci consolazioni; così, Rousseau e Goethe. Un albero è forse la cosa più bella che esista: ha robustezza nel tronco, capricciosa indecisione nei rami, tenerezza nelle foglioline mosse. E su tutto ciò c’è in esso non so che di serenità, non so che di una vita vaga, muta, palpitante, che va e viene incertamente tra il fogliame. Giusto mi sembra che i primi egiziani credessero che le anime dei morti andassero ad abitare nei rami degli alberi, e che gli indios argentini ponessero sotto un albero le loro offerte al divino Walechu. Renan dice che l’istinto religioso è nell’uomo ciò che l’istinto di nidificazione nell’uccello: nulla di strano che, come gli uccelli intessono i loro nidi sugli alberi, gli uomini ne facciano i loro altari.
»I paesaggi mi hanno creato la metà migliore dell’anima mia; e se non avessi perduto lunghi anni vivendo nell’asprezza delle città, a quest’ora sarei più buono e più profondo. Dimmi il paesaggio in cui vivi e ti dirò chi sei.
»Mentre per l’Europa passava un’onda di isterismo rivoluzionario, alcuni inglesi avveduti si rifugiarono presso i laghi di Scozia e vissero nella solitudine feconda delle campagne. Di lì uscì quella spiritualità tranquilla dei poeti «lakisti» e l’incomparabile felicità della loro esistenza. Dalla campagna volò via quell’allodola canterina che si ascolta come un’eco georgica lungo le pagine di Emerson. Quei paesaggi erano belli, solenni, con frescura di lagune e di acque stagnanti, con splendore luminoso di boscaglie, e così lasciarono cadere sui loro discepoli il seme di un’ampiezza idealistica.
»Ricorda, invece, i paesaggi che circondano Madrid, salvo il Pardo e la Moncloa. Contempla questi miserrimi campi tormentati in cui solo ci si aspetta di vedere qualche uomo disteso, il vestito polveroso, il volto insanguinato contro terra. Sono campi maledetti, campi comprati con i trenta denari, che suggeriscono soltanto qualche tradimento o qualche crimine antiestetico. Così, noi madrileni ci troviamo tra gli esseri più torvi e ostili della terra.
»Gli spagnoli sogliono fuggire dalla campagna appena possono, perché nella solitudine non hanno nessuno da osteggiare né nessuno da annientare.
»Credo che le due grandi virtù che la pedagogia deve formare nell’uomo siano la sincerità e la serenità. Ebbene, entrambe le insegna la natura meglio di tutti i maestri del mondo. Tutto ciò che non è l’uomo è più sincero dell’uomo. Di qui che appena ci troviamo soli in mezzo a un panorama naturale, alcune dita minute e invisibili cominciano a tessere intorno a noi quel mistero della sincerità, che unisce in un medesimo arazzo animali, piante e pietre. Dopo poco, ci sentiamo inseriti nella vita unanime dei campi; il paesaggio solitario va distillando quiete nel nostro petto, armonia, benevolenza. Perché ci troviamo tanto a nostro agio nella natura? —si domandava Nietzsche. E rispondeva: perché la natura non ha opinione alcuna di noi. Ah! verissimo! L’uomo è sempre giudice dell’uomo, quando non ne è nemico. Di fronte all’uomo che più ci stima, restiamo sempre in guardia e inquieti, non sia che si scopra in noi qualcosa di nuovo, distruttore della sua stima.
»Non credo che oggi alcuno possa vantarsi, tuttavia, di un’intima relazione con la natura, perché l’umanità si è andata allontanando da essa, umanizzandola, cioè pedantizzandola. L’uomo primitivo le era più prossimo, la natura gli parlava con maggiore vivacità e perciò sapeva dare nomi alle cose. Per noi la natura è una grande morta, è come lo scheletro pietrificato di un brontosauro, e possiamo accostarci di nuovo a lei soltanto con una preoccupazione, scientifica o artistica, che la deforma. La natura è la spensieratezza perfetta, e perciò la chiamiamo «Natura» per antonomasia.
»Ecco la ragione per cui Stendhal affermava che l’interesse esclusivo del paesaggio non basta, alla lunga, ed è necessario un interesse morale e storico. Se i nostri occhi si stancano di guardare, le cose si affaticano di essere guardate e si smussano le loro mistiche suggestioni. Oggi i paesaggi non ci insegnano natura propriamente tale, poiché, come dico, la natura morì molte centurie or sono avvelenata da un sillogismo; ma ci insegnano morale e storia, due discipline di esaltazione che a noi spagnoli non fanno poca mancanza.
»E così, questo paesaggio-maestro di Guadarrama mi ha dato una lezione di «celtiberismo», e mi ha chiarito quei segreti etnici che nei musei luminosi, nei profondi e umidi chiostri, tentano di rivelarci gli uomini del Greco con un leggero tremore delle loro barbe aguzze».
Il paesaggio andava raccogliendosi in se stesso: alcune stelle chiare fiorivano nella tenerezza del crepuscolo. Lontani latrati. Nella valle scivola il rumore di un campanaccio come per una guancia scivola una lacrima. La notte giungeva, camminando per il cielo con tardo passo di vacca.
Catturiamo in un’ultima occhiata la magnifica quiete del gregge di monti: scendemmo alla strada maestra. Un uomo che passava ci chiese l’ora: gli dicemmo che non avevamo orologi, perché eravamo mistici e celtiberi. Poiché non ci comprese del tutto, proseguì il suo cammino verso Segovia e noi entrammo nel paese.
El Imparcial, 17 settembre 1906