Abstract
A reply to the irritation stirred by his article ‘El caso Italia’ on the Tripoli venture: Ortega defends himself by saying he merely reflected, in far milder form, what the European press had printed, and recalls that his article’s theme was the astonishment that hostile world opinion should coagulate only against Italy and Spain while the great nations commit far graver imperialist acts. Journalism.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En el número de El Imparcial correspondiente al viernes 1 de este mes se publicaron unos párrafos míos bajo el título «El caso Italia». Al día siguiente aparecía en El Imparcial una aclaración espontánea, donde la redacción de este periódico explicaba, entre otras cosas, su criterio respecto de mi artículo. Parece ser que en determinados Círculos habían producido grande enojo mis apreciaciones.
Esto me causa sincero dolor: porque aparte del juicio que como sencillo elector y modesto publicista independiente pueda merecerme la política usada, yo quisiera hacer el ensayo de vivir al modo que los más pacíficos ciudadanos, sin dar motivo para que de mis actos se ocupen en tan levantadas esferas gubernativas.
Ahora bien; yo creo que en esta ocasión no he traspasado esos límites dentro de los cuales las opiniones escuetas y claras, las censuras patentes y concretas puedan manifestarse sin que nadie tenga buen derecho a declararlas, no ya extralegales, pero ni aun incorrectas.
Me permito creer que quien pudiera sentirse molesto, mejor enterado que El Imparcial, de los datos sobre la opinión que el extranjero ha expresado acerca de la acción italiana, y que constituían la materia de mi artículo, ha tenido esprit de retour, y ve hoy, como no puede menos, en mi artículo un reflejo doloroso y sumamente debilitado de lo que han henchido cientos de columnas de los periódicos franceses, ingleses, alemanes, austríacos, rusos y norteamericanos. La opinión italiana no podría, por tanto, quejarse de que yo repita las referencias y juicios que la Prensa media de todo el mundo ha impreso, máxime cuando yo he repetido los juicios en forma mucho menos dura, y los hechos en forma somera y favorable, suprimiendo todos los relatos espeluznantes o despectivos que testigos de vista han publicado. Conste así: sería no poco extraño que nadie, a título de defensa de Italia, exigiera de un publicista español lo que ninguna de sus Embajadas ha exigido de los demás. Y aun si yo tuviera un empeño decidido, que en esta ocasión no tengo por tratarse de asunto muy personal mío, de quedar con toda la razón, me bastaría ofrecer este dilema: ¿Qué prefiere, mi artículo «El caso Italia» o la publicación, en traducción literal, de las cartas enviadas por el corresponsal que en Trípoli mantiene el periódico más templado de Alemania, la Frankfurter Zeitung? Quejarse no es difícil; justificar la queja ya lo es un poco más.
Y bueno será recordar aquí que el autor de «El caso Italia», queriendo, no hace mucho, visitar a un amigo en cierta población italiana, buscó la calle donde éste vivía en su simplicísimo Baedeker y anduvo arriba y abajo largo tiempo hasta que, alzando los ojos, vio en la esquina de una casa un letrero que decía: Via Francesco Ferrer. La calle había mudado de nombre, y es de advertir que se trata de una de las principales rúas de la ciudad. La ciudad es nada menos que Florencia. Pienso, pues, que un escritor español tiene algún derecho a tomar posiciones frente a los actos italianos, cuanto más a hacerse eco de lo que cien veces se ha impreso en cien lugares sobre esos mismos actos.
Una vez aclarado que no hay motivo para aclaraciones a mi artículo, que no hay en él nada, absolutamente nada que, refiriéndose en especie a Italia, no proceda de la opinión ambiente manifestada en la Prensa europea, espero que la colonia italiana que convive con nosotros, bien que doliéndose de que tan adversa sea la opinión universal, reconozca que yo no he hecho sino reflejarla y, además —¡es incomprensible que no se entendiera así desde luego!—, rectificarla en lo que me parecía justo. Porque precisamente era el tema de mi artículo la extrañeza que ha de causarnos a los españoles e italianos el hecho de que, cometiendo las grandes naciones actos imperialistas mucho más graves que los modestísimos emprendidos por nosotros, sólo en contra nuestra llega a coagularse una opinión universal hostil.
Con quejas diplomáticas, con tópicos retóricos no se deshace, no se suprime ese hecho terrible, gravísimo, que significa una perpetua amenaza para el porvenir de Italia y España.
Por vez primera, después de los tristes sucesos acaecidos en torno a la guerra de Melilla de 1909, ocurre que otra nación de carácter y constitución muy semejantes a los nuestros, emprende una campaña también semejante, se ve sorprendida por eventos análogos, y, en fin, padece una hostilidad de la opinión continental muy parecida a la que nosotros sufrimos. El caso Italia se presenta, pues, a los ojos del más ciego como una repetición del caso España. No es necesario ser un metafísico para comprender que se ofrece una ocasión inmejorable de juzgar sin pasión en el prójimo lo que tan apasionadamente ha ocupado un año en la política española. Y considero que el verdadero patriotismo, el patriotismo consciente, responsable, no puede dejar pasar esta circunstancia sin servirse de ella para traer a meditación y a paz la conciencia nacional. No obstante, los periódicos españoles, en general no sólo no han atendido a este caso suficientemente, sino que, careciendo de corresponsales en el lugar de la guerra y desentendiéndose de lo que la Prensa extranjera publica, han dejado pasar esta coyuntura para que con más ecuanimidad, por tratarse de tercero, puedan los dos bandos enemigos de la vida política española venir a concordancia, o cuando menos a tolerancia.
El monte de odio levantado entre las dos mitades de España en 1909, no es un problema retórico ni escolástico, sino un peligro gravísimo mientras no se le allane y se traiga el odio a domesticidad. Las dos causas principales subsisten, sin embargo; de un lado, la imprevisión, la nerviosidad, la falta de sereno continente en las clases gobernadoras no menos que en la plebe; de otro, ciertos defectos en la organización técnica, así del Ejército como de los demás órganos sociales. Ambas causas se han manifestado análogamente en la acción italiana y han producido en Europa casi idéntica emoción de protesta que la suscitada por nuestras acciones dos años ha.
Ahora, por ejemplo, puede ver desapasionadamente el partido conservador que su interpretación de las agitaciones europeas contra España no era plausible. Decir que se debieron a unos cuantos anarquistas mezclados con otras cuantas gentes exentas de noticias precisas, era cerrar los ojos para no ver. Con esto, claro está, no se suprimía el hecho. Y ahora, con otros motivos que nadie puede atribuir a supuestos manejos anarquistas, ese hecho se repite en proporciones vastísimas. ¿No habrá que buscar, pues, otra explicación que aquella, por desgracia, inservible de los conservadores? De otro lado, tampoco sirve, tomada al pie de la letra, la explicación radical que atribuye todo ese movimiento internacional a una exquisita sensualidad para lo justo y piadoso. Désele las vueltas que se quiera: en pie queda el dato de que apenas se protesta contra la anexión de Marruecos por Francia, y, en cambio, la anexión de Trípoli vale a Italia tales agresiones morales del continente que… Pero entendámonos: ¿conocen a estas horas los lectores españoles toda la amplitud de la hostilidad que la opinión inglesa, francesa, alemana, austríaca, rusa y norteamericana ha opuesto a Italia? No la conocen, no la conocen. ¿Y quién tiene la culpa?
Mas ahora pregunto: ¿es o no de gran interés para nuestro pueblo penetrarse bien de esas circunstancias? ¿Ha visto, en general, nuestra Prensa la importancia que para nosotros tiene hic et nunc, ahora y en este punto, no en los espacios metafísicos, repensar el caso Italia? ¿Y es otra cosa la misión del periodista que hacer aprovechar estas agrias enseñanzas?
Tampoco me parece que en los fondos de los periódicos se conceda la importancia oportuna a la cuestión decisiva de que estas protestas continentales no son sino suave manifestación. Yo no tengo la culpa de que no todos vean esa cuestión con claridad suficiente. Por lo pronto, me basta con verla yo y orientar a preverla mis escritos.
Se trata del desprecio creciente en las grandes razas del Norte, en las razas germánicas y anglosajona, hacia los pueblos meridionales. Tampoco con quejas diplomáticas y tópicos retóricos se suprime ese hecho. Ahí está terrible y amenazador. Un desprecio que hace gravitar cada vez más sobre los destinos de España e Italia las voluntades incontrastadas de los pueblos anglosajones y germánicos. ¿Hasta dónde llegará el imperialismo de estos pueblos? Nadie lo sabe: sólo se sabe que los límites no se ven, y que todo, todo es de temer.
En consecuencia, hace años que en periódicos de España y América prosigo una campaña de excitación a la defensa de los pueblos latinos contra los del Norte, y especialmente de España contra las potencias circundantes. Sólo que los espíritus patrioteros creen que adulando los vicios meridionales y proclamando un vacuísimo renacimiento latino, van a conseguir dotarnos de energías y de armas. Mi convicción es inversa: los pueblos del Sur sólo podrán hacerse respetar de los del Norte si concurren con ellos en tecnicismo, serenidad y severa moral.
De aquí la frecuente oposición que aparece en mis escritos entre Norte y Sur y el empeño de precisar los rasgos esenciales del inglés, del alemán, frente a los del italiano y el español, no tanto para que los imitemos en sus virtudes cuanto para que corrijamos nuestros fatales defectos.
Uno de éstos, tal vez el primario, se me aparece siempre bajo la especie visual de dos hombres: uno de ellos de amplias facciones, correctas y nobles, de frente clara, de pupila que mira reposadamente, de gesto sobrio, adecuado, contenido; el otro es de recortada fisonomía, de ojos inquietos, perpetuamente móviles, provocativos y distraídos, ademanes nerviosos, exagerados, que fatigan; muévese irreflexivamente, se exalta de súbito y rápidamente torna a la inercia; cualquier emoción le descompone y le hace perder la responsabilidad. El primero es para mí imagen de la postura digna; es posible que tras esa postura se esconda un truhán; pero siempre, en medio de sus equívocas acciones, mantendrá esa dignidad —que quiere decir conveniencia externa—, tendrá gesto decente, que quiere decir adecuado gesto. El otro es a lo mejor un santo varón; pero, ¡fatalidad de lo fisionómico!, no conseguirá imponernos respeto. Ineludiblemente, al describir el primero pensamos en un germano; al describir al segundo, en un meridional.
Tanto es así que, por desgracia, todavía constituye para muchos esa incontinente vivacidad un mérito del hombre meridional. Y, sin embargo, es bien sabido que esa incontinencia, esa irreflexión, son manifestaciones de un histerismo étnico, tal vez heredero del histerismo oriental, que podrá en individuos determinados no ser funesto, pero que basta para imposibilitar a un pueblo entero el ejercicio de las virtudes superiores.
Proyéctese esto sobre una acción política o militar en que una totalidad popular anda en juego y tendremos las convulsiones españolas de 1909, que se apoderaron, no sólo de la plebe, sino de los gobernantes, o tendremos las exageraciones injustificables en que ha incurrido Italia desde que declaró la guerra a Turquía.
Afortunadamente, tengo un garante italiano, cuya labor me sirve tantas veces de ejemplo y orientación. Me refiero a la figura más saliente de la Italia actual, a Benedetto Croce, que, con plena conciencia de los peligros que presenta la potencia germano-inglesa, trata de curar con rudo cauterio las entrañas enfermas de su nación incitándola a una vida más continente, más severa, más reposada.
Mi artículo «El caso Italia» unía en bien y en mal cierta porción de los destinos de Italia y España, y ya que la hostilidad de Europa nos había sido común, trataba de buscar el común origen de ella en rasgos y defectos comunes.
Estoy casi, casi, cierto de haber escrito claro y sin equívocos, y de haber llevado el asunto a aquel plano en que ni la agresión ni el enojo tienen sentido. Ahí está impreso el artículo: quien sepa leer, que lea; quien no sepa leer, no aspire a que se escriba exclusivamente en estilo de epítome o remediavagos.
El Imparcial, 14 de diciembre de 1911