Ortega y Gasset

Abstract

A parliamentary group’s manifesto: above every question stands the need to install a new state, possible only if the mass lying between the two extremisms proclaims the principle of the Nation — the duty to break every partial interest in the name of a common destiny. Ortega calls it a mirage to think the struggle of capitalism and socialism will end with either side’s victory: we are watching both defeated as exclusivisms. ‘NATION AND WORK’ is the motto.

Connections

Concetti: Stato, lavoro
Forme: manifesto

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Por encima de todas las cuestiones mayores y menores que hoy aquejan la vida española está la necesidad de instaurar con toda plenitud un nuevo Estado. El Estado no puede vivir de precario: no existe mientras no es una instancia prepotente, sólidamente instalada, invulnerable frente a todos los ataques y que asegura a los ciudadanos una existencia tranquila en que puedan dedicarse con fervor a sus ocupaciones.

Pero un Poder Público de esta naturaleza no puede ser establecido si no lo impone un gran movimiento nacional. Así como el Antiguo Régimen no fue derrocado sino por un acto de efusiva coincidencia de casi todos los españoles, no se llegará al nuevo Estado mientras no se forme una gigantesca fuerza política que disuelva dentro de sí los grupos dispersos y logre de este modo, con su energía superabundante, plasmar y asegurar las normas de la vida pública, el imperio de la ley y un orden inquebrantable.

Mas esa convergencia en una fuerza política unitaria sólo es posible si la masa más importante del país, es decir, la comprendida entre los dos extremismos, se decide a proclamar e imponer el principio más generoso y al cual habrá que acogerse más tarde o más temprano para dirimir los conflictos planteados por todos los particularismos: el principio de la Nación.

La idea de la Nación expresa el deber de quebrar todo interés parcial en beneficio del destino común de los españoles. Hay que imponer el derecho superior de esa comunidad de destino sobre todo lo que es parte, clase, clientela o grupo. La Nación es el nombre de la obra común que hay que hacer y es, a la par, el sistema de condiciones ineludibles sin las cuales España no puede subsistir ni progresar. Así, consideramos como un espejismo histórico creer que estos cien años de lucha entre capitalismo y socialismo vayan a terminar en Europa con la derrota de uno de los dos bandos: a estas horas asistimos más bien a la derrota de ambos en cuanto pretenden ser principios y fuerzas sociales exclusivistas. Creemos que el porvenir trae la superación de los exclusivismos y el triunfo del todo sobre las partes. Capitalistas y obreros tienen que aprender a integrarse bajo el imperio del interés nacional. Por eso llamamos conjuntamente a unos y a otros pidiendo a ambos el fértil sacrificio de sus particularismos.

Pero es preciso que las clases hasta ahora más privilegiadas vean con claridad y por encima de los tópicos habituales la situación histórica en que ha entrado el mundo y con él España. Será vano todo intento suyo de limitarse a defender sus intereses tradicionales. La única defensa eficaz es hoy la colaboración en la obra común, por tanto, que sepan también ellas alistarse bajo la idea más grande e impulsiva de nuestro tiempo, la idea del trabajo. Todo hombre actual tiene que sentirse abochornado si no siente su vida puesta a algún trabajo, sea cualquiera la forma de éste, si no contribuye con su esfuerzo a la existencia común. La Nación es el derecho supremo, el trabajo es la máxima obligación civil, el instrumento con que ha de organizarse el nuevo Estado. Quisiéramos que los grupos más perspicaces del capitalismo español comprendiesen esto desde luego y renovando por completo su pensamiento, sin dejar de ser lo que socialmente son, logren así salvar fecundamente lo que de su situación puede y debe ser salvado. Cada español debe ser situado en el lugar donde pueda dar mayor rendimiento nacional, sea cualquiera su pasado político.

«NACIÓN Y TRABAJO», he aquí nuestro lema.

Son de tal evidencia estas dos normas que cualquiera se acoge a ellas cuando el peligro le aprieta, sin perjuicio de abandonarlas en el resto de su actuación política. Mas este empleo discontinuo de ellas no sirve más que para desvirtuarlas. Es preciso proclamarlas con toda energía e imponerlas con máximo rigor, de modo que en ningún caso ninguna parte de los ciudadanos —obreros o propietarios, revolucionarios o restauradores, «internacionalistas» o «nacionalistas»— intente, siquiera, imponer con amenazas su interés particular o el capricho privado de sus ideas. «NACIÓN Y TRABAJO» son los principios de la nueva democracia.

De esta doble norma derivará nuestro grupo parlamentario su actuación tanto en las Cortes como en la vida pública local. Queremos ser los que incitemos a la formación de un gran partido nacional donde nuestra Agrupación venga a disolverse reuniéndose con todos los grupos afines.

Pero ahora no quisiéramos hacer otra cosa que anticipar la posición nuestra ante las cuestiones que están hoy planteadas, ninguna de las cuales pesaría sobre nuestro pueblo si los grupos gobernantes no se hubiesen desde el primer día entregado a los más ineptos tópicos de la más decrépita democracia.

Above all the greater and lesser questions that today afflict Spanish life stands the necessity of instituting with all fullness a new State. The State cannot live precariously: it does not exist as long as it is not a prepotent instance, solidly installed, invulnerable against all attacks, that assures the citizens a tranquil existence in which they may devote themselves with fervor to their occupations.

But a Public Power of this nature cannot be established if a great national movement does not impose it. Just as the Old Regime was not overthrown except by an act of effusive coincidence of almost all Spaniards, one will not arrive at the new State until there forms a gigantic political force that dissolves within itself the dispersed groups and manages in this way, with its superabundant energy, to shape and secure the norms of public life, the rule of law, and an unshakable order.

But that convergence into a unitary political force is only possible if the most important mass of the country, that is, the one comprised between the two extremisms, decides to proclaim and impose the most generous principle and the one to which one will have to resort sooner or later to settle the conflicts posed by all the particularisms: the principle of the Nation.

The idea of the Nation expresses the duty to break every partial interest for the benefit of the common destiny of the Spaniards. The superior right of that community of destiny must be imposed over everything that is part, class, clientele, or group. The Nation is the name of the common work that must be done and is, at once, the system of ineluctable conditions without which Spain can neither subsist nor progress. Thus, we consider it a historical mirage to believe that these hundred years of struggle between capitalism and socialism are going to end in Europe with the defeat of one of the two sides: at this hour we are witnessing rather the defeat of both, inasmuch as they claim to be exclusivist principles and social forces. We believe that the future brings the overcoming of the exclusivisms and the triumph of the whole over the parts. Capitalists and workers must learn to integrate under the rule of national interest. For this we call jointly upon both, asking of both the fertile sacrifice of their particularisms.

But it is necessary that the classes until now most privileged see with clarity, and above the habitual commonplaces, the historical situation into which the world has entered and with it Spain. Vain will be every attempt of theirs to limit themselves to defending their traditional interests. The only effective defense is today collaboration in the common work, therefore, let them also know how to enlist under the greatest and most impulsive idea of our time, the idea of work. Every present-day man must feel ashamed if he does not feel his life put to some work, whatever the form of it may be, if he does not contribute with his effort to the common existence. The Nation is the supreme right, work is the maximum civil obligation, the instrument with which the new State must be organized. We would wish that the most perspicacious groups of Spanish capitalism understood this from the outset and, renewing completely their thought, without ceasing to be what they socially are, might thus manage to save fecundly what of their situation can and must be saved. Every Spaniard must be placed in the spot where he can give the greatest national yield, whatever his political past may be.

“NATION AND WORK,” behold our motto.

Of such evidence are these two norms that anyone resorts to them when danger presses him, without prejudice to abandoning them in the rest of his political conduct. But this discontinuous employment of them serves only to debase them. It is necessary to proclaim them with all energy and impose them with maximum rigor, so that in no case any part of the citizens —workers or owners, revolutionaries or restorers, “internationalists” or “nationalists”— may even attempt to impose with threats its particular interest or the private whim of its ideas. “NATION AND WORK” are the principles of the new democracy.

From this double norm our parliamentary group will derive its conduct both in the Cortes and in local public life. We want to be the ones who incite the formation of a great national party where our Group may come to dissolve itself, uniting with all the kindred groups.

But now we would not wish to do anything other than anticipate our position before the questions that are today posed, none of which would weigh on our people if the governing groups had not, from the first day, given themselves over to the most inept commonplaces of the most decrepit democracy.

Al di sopra di tutte le questioni maggiori e minori che oggi affliggono la vita spagnola sta la necessità di instaurare con tutta pienezza un nuovo Stato. Lo Stato non può vivere di precario: non esiste finché non è un’istanza prepotente, solidamente installata, invulnerabile di fronte a tutti gli attacchi e che assicura ai cittadini un’esistenza tranquilla in cui possano dedicarsi con fervore alle loro occupazioni.

Ma un Potere Pubblico di questa natura non può essere stabilito se non lo impone un grande movimento nazionale. Come l’Antico Regime non fu rovesciato se non da un atto di effusiva coincidenza di quasi tutti gli spagnoli, non si giungerà al nuovo Stato finché non si formi una gigantesca forza politica che dissolva dentro di sé i gruppi dispersi e riesca in questo modo, con la sua energia sovrabbondante, a plasmare e assicurare le norme della vita pubblica, l’imperio della legge e un ordine incrollabile.

Ma quella convergenza in una forza politica unitaria è possibile soltanto se la massa più importante del paese, cioè quella compresa tra i due estremismi, si decide a proclamare e imporre il principio più generoso e al quale bisognerà accogliersi più tardi o più presto per dirimere i conflitti posti da tutti i particolarismi: il principio della Nazione.

L’idea della Nazione esprime il dovere di spezzare ogni interesse parziale a beneficio del destino comune degli spagnoli. Bisogna imporre il diritto superiore di quella comunità di destino su tutto ciò che è parte, classe, clientela o gruppo. La Nazione è il nome dell’opera comune che bisogna fare ed è, a un tempo, il sistema di condizioni ineludibili senza le quali la Spagna non può sussistere né progredire. Così, consideriamo come un miraggio storico credere che questi cento anni di lotta tra capitalismo e socialismo vadano a terminare in Europa con la sconfitta di uno dei due bandi: a quest’ora assistiamo piuttosto alla sconfitta di ambedue in quanto pretendono di essere principi e forze sociali esclusivisti. Crediamo che l’avvenire porti il superamento degli esclusivismi e il trionfo del tutto sulle parti. Capitalisti e operai devono imparare a integrarsi sotto l’imperio dell’interesse nazionale. Per questo chiamiamo congiuntamente gli uni e gli altri chiedendo a ambedue il fertile sacrificio dei loro particolarismi.

Ma è necessario che le classi finora più privilegiate vedano con chiarezza e al di sopra dei luoghi comuni abituali la situazione storica in cui è entrato il mondo e con esso la Spagna. Sarà vano ogni loro tentativo di limitarsi a difendere i loro interessi tradizionali. L’unica difesa efficace è oggi la collaborazione nell’opera comune, per tanto, che sappiano anche esse arruolarsi sotto l’idea più grande e impulsiva del nostro tempo, l’idea del lavoro. Ogni uomo attuale deve provare vergogna se non sente la sua vita messa a qualche lavoro, sia qualunque la forma di esso, se non contribuisce col suo sforzo all’esistenza comune. La Nazione è il diritto supremo, il lavoro è la massima obbligazione civile, lo strumento con cui deve organizzarsi il nuovo Stato. Vorremmo che i gruppi più perspicaci del capitalismo spagnolo comprendessero questo fin da principio e rinnovando per intero il loro pensiero, senza cessare di essere ciò che socialmente sono, riescano così a salvare fecondamente ciò che della loro situazione può e deve essere salvato. Ogni spagnolo deve essere collocato nel luogo dove possa dare maggiore rendimento nazionale, sia qualunque il suo passato politico.

«NAZIONE E LAVORO», ecco il nostro motto.

Sono di tale evidenza queste due norme che chiunque vi si accoglie quando il pericolo lo preme, senza pregiudizio di abbandonarle nel resto della sua condotta politica. Ma questo impiego discontinuo di esse non serve che a svigorirle. È necessario proclamarle con tutta l’energia e imporle con massimo rigore, di modo che in nessun caso nessuna parte dei cittadini —operai o proprietari, rivoluzionari o restauratori, «internazionalisti» o «nazionalisti»— tenti, sia pure, imporre con minacce il suo interesse particolare o il capriccio privato delle sue idee. «NAZIONE E LAVORO» sono i principi della nuova democrazia.

Da questa doppia norma deriverà il nostro gruppo parlamentare la sua condotta tanto nelle Cortes come nella vita pubblica locale. Vogliamo essere noi che incitiamo alla formazione di un grande partito nazionale dove la nostra Aggregazione venga a dissolversi riunendosi con tutti i gruppi affini.

Ma ora non vorremmo fare altra cosa che anticipare la nostra posizione di fronte alle questioni che oggi sono poste, nessuna delle quali peserebbe sul nostro popolo se i gruppi governanti non si fossero fin dal primo giorno consegnati ai più inetti luoghi comuni della più decrepita democrazia.