Ortega y Gasset
Abstract
On why the nineteenth century is ‘the true, the only enemy’: not the thirteenth, which throws only imaginary javelins at us, but the one we carry inside and through whose genius we see every past. Its peculiarity was to guard itself in advance against being surpassed: a century that calls itself modern cannot tolerate having its ideas declared out of date. Ortega announces that making progress the centre of one’s concerns is an almost pathological deviation of consciousness.
Connections
Assi: Senso della storia
Posizioni: progresso
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Esta obligación de sacudir de nuestra conciencia el polvo de las ideas viejas, carbonizadas ya, y hacer que en ella se afirme lo nuevo, es siempre difícil y penosa. Lo viejo aporta en su defensa ciertas fuerzas que le son, como tal, adictas. En primer lugar, lo viejo es lo habitual, lo acostumbrado: como decía Juan de Valdés, cambiar de costumbres es a par de muerte. Además, lo viejo goza de una fisonomía autorizada; como a nuestros abuelos y nuestros padres y nuestras magistraturas, lo hemos encontrado al nacer con el carácter de una realidad que se nos imponía, que imperaba sobre nosotros. En fin, lo viejo es algo ya concluso; en tal sentido, perfecto, mientras lo nuevo se halla en statu nascente, y pudiera decirse que en tanto es nuevo no ha llegado aún a ser enteramente. ¿Quién podrá combatir victoriosamente poderes tan sutiles que influyen sobre la más interna textura de nuestra personalidad?
La lucha de un siglo naciente contra el que le precede supone siempre heroicos esfuerzos. Pero nuestro caso es todavía más grave: en cierta manera, único.
En El Espectador aparece con marcada frecuencia cierta hostilidad contra el siglo XIX. No es dudoso que en superar la conducta de ese siglo radica nuestro porvenir. Consecuencia de ello será que se pronuncien más las discordancias que las coincidencias entre aquélla y los nuevos deseos. ¿Puede esto parecer injusto? No me ocurre negar que tengamos con el siglo XIX una comunidad incomparablemente más estrecha que con el siglo XIII. Justamente por eso, digo yo, es aquél nuestro mayor y urgente enemigo. El siglo XIII está sólo en los libros y en los monumentos: desde su lontananza casi irreal nos arroja venablos imaginarios que no llegan a herirnos. Hablando con rigor, el siglo XIII y todos los demás pretéritos sólo existen para nosotros dentro del siglo XIX, según él los vio y al través de su genio. Éste es, pues, el verdadero, el único enemigo. Lo llevamos dentro de nosotros y dondequiera nos dirijamos tropezaremos con la punta de su lanza. Cuantas más sean las cosas que de él plenamente aceptemos, mayor será la necesidad de destacar nuestras diferencias. Contra él, frente a él, han de organizarse nuestros rasgos peculiares.
Y nos encontramos con que una de las singularidades de ese siglo fue la de precaverse a tiempo contra todo intento de superación.
Tal vez se encuentre paradójico que acuse yo de estorbar el avance y la renovación a un siglo que hizo del avance su ideal. ¿Cómo? ¡El siglo del progreso! ¡El siglo de la modernidad…!
Y, sin embargo, es así. Quien se halla en la brecha, ensayando nuevas aspiraciones —en ciencia o en moral, en arte o en política— lo percibe a toda hora y en formas muy concretas.
Medítese un poco: ¿cómo va a tolerar un siglo que se ha llamado a sí mismo moderno, el intento de sustituir sus ideas por otras y, consecuentemente, declarar las suyas anticuadas, no modernas? Yo espero que algún día parecerá una avilantez esta osadía de llamarse moderna a sí misma una época. Como también merece la pena de que, en otra coyuntura, reflexionemos sobre lo que significa psicológicamente hacer del progreso el centro de nuestras preocupaciones. Acaso sorprendamos en ello una desviación casi patológica de la conciencia.
(—Dentro de nosotros, al pensar esto, se incorpora el siglo XIX y clama: ¿Patológico el afán primordial del progreso? Pero ¿se puede eso discutir todavía? ¿Es que vamos a volver al ancestralismo de las edades pasadas? El lector, seguramente, ha sido asaltado en este instante por análogos pensamientos. He ahí una prueba de que es preciso dejar bien muerta en nosotros esa centuria: he ahí la prueba de que el siglo XIX no consiente a los futuros ser de otro modo que él y pretende imponerles, no sólo sus preocupaciones, sino hasta el rango que en su ánimo gozaban. El siglo progresista no concibe que se dé el progreso en otra forma que en estado de alma progresista).
Si cupiera en el espíritu mantener disociadas las ideas, las tendencias, esa ambición de modernidad, erigida en el centro de él, no produciría efectos tan contrarios a ella misma. Pero en nuestra psique no hay compartimentos estancos y la pura ambición de modernidad no vive pura, sino que tiñe y es teñida por lo demás que dentro llevemos.
Un par de ejemplos aclararán esto que digo. Los médicos siglo XIX ejercen una filosofía profesional que es el positivismo. Hacia 1880 era la filosofía oficial de nuestro planeta. De entonces acá el tiempo ha corrido y todo ha caminado un trecho adelante, inclusive la sensibilidad filosófica. El positivismo aparece hoy a todo espíritu reflexivo y veraz como una ideología extemporánea. Otras maneras de pensar, moviéndose en la misma trayectoria del positivismo, conservando y potenciando cuanto en él había de severos propósitos, lo han sustituido. Inútil todo: los médicos siglo XIX se aferran a él; cualquiera otra doctrina que no sea el positivismo se les antoja, no sólo un error —cosa que sería justificable—, sino una reviviscencia del pasado. Y es que el positivismo vivió dentro de ellos en una atmósfera espiritual impregnada de ambición modernizante, de suerte que el positivismo, no sólo les parece lo verdadero, sino a la vez lo moderno. Y viceversa, cuanto no sea positivismo sufrirá su repulsa, no tanto porque les parece falso, sino porque les suena a no-moderno.
Yo conozco muchas gentes que tienen la meditación pusilánime y no se resuelven a dejar crecer sus íntimas convicciones antipositivistas, temerosas de ese espectro de inmodernismo que les amenaza.
Lo propio acontece en política. La del pasado siglo vivió bajo la bandera progresista. Como modernidad, es progreso una palabra formal, muy bella e incitante, cual un divino acicate: todo cabe dentro de su esquemático y cóncavo sentido. Mas en los políticos progresistas, el progreso significa una peculiar política concreta y limitada; esta política es, naturalmente, la suya. Vano será que intentéis hablarles de progresos subsecuentes: no os escucharán. Si les decís que la salvación de la democracia depende de que no se haga solidaria del sufragio universal, del Parlamento, etcétera, os declararán reaccionario. On est toujours le réactionnaire de quelqu’un.
Menos que en la de ninguno, cabe en la cabeza de hombres que se han llamado modernos la sospecha de que el mundo marcha por encima de ellos.
Yo considero muy peligrosa esta superstición. Experiencias repetidas me han hecho ver que la mayor y mejor parte de la juventud es prisionera de la mística autoridad que lo moderno —es decir, el siglo XIX— sobre sus emociones ejerce. De modo que precisamente la época en que se proclama la mutabilidad progrediente de las ideas, de las instituciones, de lo humano en general, es la que con mayor eficacia finge un carácter de eternidad, de inmutabilidad a su genuina y transitoria conducta. Hay quien cree que es intolerable la supresión de los hilos en el telégrafo sin hilos.
Por mi parte, la suerte está echada. No soy nada moderno; pero muy siglo XX.
1916
This obligation of shaking from our conscience the dust of the old ideas, already carbonized, and of making the new affirm itself in it, is always difficult and painful. The old brings to its defense certain forces that are, as such, attached to it. In the first place, the old is the habitual, the accustomed: as Juan de Valdés said, to change customs is equal to death. Moreover, the old enjoys an authorized physiognomy; like our grandparents and our parents and our magistracies, we found it at birth with the character of a reality that imposed itself on us, that reigned over us. In short, the old is something already concluded; in that sense, perfect, while the new is in statu nascendi, and one could say that inasmuch as it is new it has not yet come to be entirely. Who will be able to combat victoriously powers so subtle that they influence the most internal texture of our personality?
The struggle of a nascent century against the one that precedes it always supposes heroic efforts. But our case is even more grave: in a certain way, unique.
In El Espectador a certain hostility against the nineteenth century appears with marked frequency. There is no doubt that our future lies in overcoming the conduct of that century. A consequence of this will be that the discords between that conduct and the new desires are pronounced more than the coincidences. Can this seem unjust? It does not occur to me to deny that we have with the nineteenth century an incomparably closer community than with the thirteenth century. Precisely for that reason, I say, that one is our greatest and most urgent enemy. The thirteenth century is only in books and in monuments: from its almost unreal distance it hurls at us imaginary javelins that do not reach to wound us. Speaking with rigor, the thirteenth century and all the other past ones exist for us only within the nineteenth century, according as the latter saw them and through its genius. This is, then, the true, the only enemy. We carry it within us, and wherever we turn we shall stumble against the point of its lance. The more things we fully accept from it, the greater will be the necessity of highlighting our differences. Against it, facing it, must our peculiar traits be organized.
And we find that one of the singularities of that century was that of guarding itself in time against every attempt at overcoming.
Perhaps it will be found paradoxical that I accuse of obstructing advance and renewal a century that made advance its ideal. How? The century of progress! The century of modernity…!
And, yet, it is so. Whoever finds himself in the breach, trying new aspirations —in science or in morality, in art or in politics— perceives it at every hour and in very concrete forms.
Let one meditate a little: how is a century that has called itself modern going to tolerate the attempt to substitute its ideas with others and, consequently, to declare its own antiquated, not modern? I hope that some day this audacity of an epoch’s calling itself modern will seem an insolence. As also it is worth the while that, on another occasion, we reflect on what it means psychologically to make progress the center of our preoccupations. Perhaps we shall surprise in it an almost pathological deviation of conscience.
(—Within us, on thinking this, the nineteenth century rises up and cries: Pathological the primordial yearning of progress? But can that still be discussed? Are we going to return to the ancestralism of past ages? The reader, surely, has been assailed at this instant by analogous thoughts. There is a proof that it is necessary to leave well dead in us that century: there is the proof that the nineteenth century does not consent to those of the future being other than it, and claims to impose upon them, not only its preoccupations, but even the rank they enjoyed in its mind. The progressist century does not conceive that progress may be given in any other form than in a progressist state of soul).
If it could fit in the spirit to keep dissociated the ideas, the tendencies, that ambition of modernity, erected at its center, would not produce effects so contrary to itself. But in our psyche there are no watertight compartments, and the pure ambition of modernity does not live pure, but tinges and is tinged by the rest that we carry within.
A couple of examples will clarify this that I say. The nineteenth-century doctors exercise a professional philosophy that is positivism. Toward 1880 it was the official philosophy of our planet. From then to now time has run and everything has walked a stretch forward, including philosophical sensibility. Positivism appears today to every reflective and truthful spirit as an untimely ideology. Other ways of thinking, moving in the same trajectory of positivism, preserving and potentiating whatever of severe purposes there was in it, have substituted it. All useless: the nineteenth-century doctors cling to it; any other doctrine that is not positivism seems to them, not only an error —a thing that would be justifiable—, but a reviviscence of the past. And it is that positivism lived within them in a spiritual atmosphere impregnated with modernizing ambition, so that positivism not only seems to them the true, but at the same time the modern. And vice versa, whatever is not positivism will suffer their repulse, not so much because it seems to them false, as because it sounds to them as non-modern.
I know many people who have pusillanimous meditation and do not resolve to let their intimate anti-positivist convictions grow, fearful of that specter of unmodernism that threatens them.
The same happens in politics. That of the past century lived under the progressist banner. As modernity, progress is a formal word, very beautiful and inciting, like a divine spur: everything fits within its schematic and concave sense. But in the progressist politicians, progress signifies a peculiar concrete and limited politics; this politics is, naturally, theirs. Vain will it be that you try to speak to them of subsequent progresses: they will not listen to you. If you tell them that the salvation of democracy depends on its not making itself solidary with universal suffrage, with Parliament, etcetera, they will declare you reactionary. On est toujours le réactionnaire de quelqu’un.
Less than into anyone’s does the suspicion fit into the head of men who have called themselves modern that the world marches over them.
I consider this superstition very dangerous. Repeated experiences have made me see that the greater and better part of youth is prisoner of the mystical authority that the modern —that is, the nineteenth century— exercises over its emotions. So that precisely the epoch in which the progressive mutability of ideas, of institutions, of the human in general is proclaimed is the one that with greatest efficacy feigns a character of eternity, of immutability, for its genuine and transitory conduct. There are those who believe that the suppression of the wires in the wireless telegraph is intolerable.
For my part, the die is cast. I am nothing modern; but very much twentieth century.
1916
Questo obbligo di scuotere dalla nostra coscienza la polvere delle idee vecchie, già carbonizzate, e fare che in essa si affermi il nuovo, è sempre difficile e penoso. Il vecchio apporta in sua difesa certe forze che gli sono, come tale, aderenti. In primo luogo, il vecchio è l’abituale, l’usato: come diceva Juan de Valdés, cambiare costumi è a par di morte. Inoltre, il vecchio gode di una fisionomia autorizzata; come i nostri nonni e i nostri padri e le nostre magistrature, lo abbiamo trovato nascendo col carattere di una realtà che ci s’imponeva, che imperava su di noi. In fine, il vecchio è qualcosa di già concluso; in tal senso, perfetto, mentre il nuovo si trova in statu nascente, e si potrebbe dire che in quanto è nuovo non è ancora giunto a essere interamente. Chi potrà combattere vittoriosamente poteri tanto sottili che influiscono sulla più interna tessitura della nostra personalità?
La lotta di un secolo nascente contro quello che lo precede suppone sempre eroici sforzi. Ma il nostro caso è ancora più grave: in certa maniera, unico.
Ne El Espectador appare con marcata frequenza una certa ostilità contro il secolo XIX. Non è dubbio che nel superare la condotta di quel secolo radichi il nostro avvenire. Conseguenza di ciò sarà che si pronuncino più le discordanze che le coincidenze tra quella e i nuovi desideri. Può questo sembrare ingiusto? Non mi accade di negare che abbiamo col secolo XIX una comunità incomparabilmente più stretta che col secolo XIII. Appunto per questo, dico io, quello è il nostro maggiore e urgente nemico. Il secolo XIII sta soltanto nei libri e nei monumenti: dalla sua lontananza quasi irreale ci scaglia giavellotti immaginari che non giungono a ferirci. Parlando con rigore, il secolo XIII e tutti gli altri pretériti esistono per noi soltanto dentro il secolo XIX, come egli li vide e attraverso il suo genio. Questo è, dunque, il vero, l’unico nemico. Lo portiamo dentro di noi e dovunque ci dirigiamo inciamperemo nella punta della sua lancia. Quante più siano le cose che di lui pienamente accettiamo, tanto maggiore sarà la necessità di mettere in rilievo le nostre differenze. Contro di lui, di fronte a lui, devono organizzarsi i nostri tratti peculiari.
E ci troviamo che una delle singolarità di quel secolo fu quella di premunirsi in tempo contro ogni tentativo di superamento.
Forse si troverà paradossale che io accusi d’intralciare l’avanzata e il rinnovamento un secolo che fece dell’avanzata il suo ideale. Come? Il secolo del progresso! Il secolo della modernità…!
E, tuttavia, è così. Chi si trova nella breccia, saggiando nuove aspirazioni —in scienza o in morale, in arte o in politica— lo percepisce a ogni ora e in forme molto concrete.
Si mediti un poco: come tollererà un secolo che si è chiamato da sé moderno, il tentativo di sostituire le sue idee con altre e, conseguentemente, dichiarare le sue antiquate, non moderne? Io spero che un giorno parrà un’impudenza questa audacia di chiamarsi moderna da sé un’epoca. Come pure vale la pena che, in un’altra congiuntura, riflettiamo su ciò che significa psicologicamente fare del progresso il centro delle nostre preoccupazioni. Forse sorprenderemo in ciò una deviazione quasi patologica della coscienza.
(—Dentro di noi, pensando questo, s’incorpora il secolo XIX e grida: Patologico l’affanno primordiale del progresso? Ma si può ancora discuterlo? Vogliamo forse tornare all’ancestralismo delle età passate? Il lettore, sicuramente, è stato assalito in questo istante da analoghi pensieri. Ecco una prova che è necessario lasciare ben morta in noi quella centuria: ecco la prova che il secolo XIX non consente ai futuri di essere altrimenti che lui e pretende imporre loro, non soltanto le sue preoccupazioni, ma fino al rango che godevano nel suo animo. Il secolo progressista non concepisce che si dia il progresso in altra forma che in stato d’animo progressista).
Se capisse nello spirito mantenere dissociate le idee, le tendenze, quella ambizione di modernità, eretta nel centro di esso, non produrrebbe effetti così contrari a sé stessa. Ma nella nostra psiche non ci sono compartimenti stagni e la pura ambizione di modernità non vive pura, ma tinge ed è tinta dal resto che dentro portiamo.
Un paio d’esempi chiariranno questo che dico. I medici del secolo XIX esercitano una filosofia professionale che è il positivismo. Verso il 1880 era la filosofia ufficiale del nostro pianeta. Da allora in qua il tempo è corso e tutto ha camminato un tratto avanti, inclusa la sensibilità filosofica. Il positivismo appare oggi a ogni spirito riflessivo e verace come un’ideologia fuori tempo. Altri modi di pensare, muovendosi nella stessa traiettoria del positivismo, conservando e potenziando quanto vi era in esso di severi propositi, lo hanno sostituito. Inutile tutto: i medici del secolo XIX vi si aggrappano; qualsiasi altra dottrina che non sia il positivismo si presenta loro, non soltanto un errore —cosa che sarebbe giustificabile—, ma una riviviscenza del passato. Ed è che il positivismo visse dentro di loro in un’atmosfera spirituale impregnata d’ambizione modernizzante, di modo che il positivismo non soltanto sembra loro il vero, ma a un tempo il moderno. E viceversa, quanto non sia positivismo soffrirà la loro ripulsa, non tanto perché sembra loro falso, quanto perché suona loro come non-moderno.
Io conosco molte genti che hanno la meditazione pusillanime e non si risolvono a lasciar crescere le loro intime convinzioni antipositiviste, timorose di quello spettro d’inmodernismo che le minaccia.
Lo stesso accade in politica. Quella del passato secolo visse sotto la bandiera progressista. Come modernità, è progresso una parola formale, molto bella e incitante, quale un divino sprone: tutto rientra nel suo schematico e concavo senso. Ma nei politici progressisti, il progresso significa una peculiare politica concreta e limitata; questa politica è, naturalmente, la loro. Vano sarà che tentiate di parlar loro di progressi susseguenti: non vi ascolteranno. Se dite loro che la salvezza della democrazia dipende dal che non si faccia solidale del suffragio universale, del Parlamento, eccetera, vi dichiareranno reazionario. On est toujours le réactionnaire de quelqu’un.
Meno che in quella di nessun altro, entra nella testa di uomini che si sono chiamati moderni il sospetto che il mondo marci al di sopra di loro.
Io considero molto pericolosa questa superstizione. Esperienze ripetute mi hanno fatto vedere che la maggiore e migliore parte della gioventù è prigioniera della mistica autorità che il moderno —cioè, il secolo XIX— esercita sulle sue emozioni. Di modo che precisamente l’epoca in cui si proclama la mutabilità progrediente delle idee, delle istituzioni, dell’umano in generale, è quella che con maggiore efficacia finge un carattere d’eternità, d’immutabilità alla sua genuina e transitoria condotta. C’è chi crede che sia intollerabile la soppressione dei fili nel telegrafo senza fili.
Per parte mia, la sorte è gettata. Non sono nulla di moderno; ma molto secolo XX.
1916