Abstract

An article on the Spanish social crisis: lacking intermediate bodies, every conflict — even a purely economic one — degenerates into a political problem and then into a revolutionary channel. Catalan syndicalism is the only organised force, public power a fiction on the margin of Spanish life, and in between lies the mass of the ‘neutrals’. The remedy invoked is neither revolution nor repression but organisation. Political journalism.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Por falta de organismos competentes, eficaces y adecuados, la mayor parte de los conflictos sociales que en España se producen van derivando rápidamente hacia cauces revolucionarios. ¿Nos encontramos ahora en un momento inmediatamente anterior a la revolución? No lo sabemos nosotros: pero lo aseguraba ayer el propio presidente del Consejo de Ministros. En España, todo conflicto social, aun cuando se base estrictamente en motivos de orden económico, se transforma inevitablemente en un problema político. ¿Cuál es la causa de este fenómeno?

Hace unos días, al examinar con toda la serenidad posible la fuerza creciente del sindicalismo catalán, decíamos que los sindicalistas representaban la única fuerza organizada dentro del territorio español. De ahí que en sus luchas con las clases patronales y con el Poder público, los sindicalistas se encuentran en condiciones de vencer. Nadie podrá negarlo. ¿Es posible continuar de ese modo si aspiramos a dotar a España de una vida normal?

¿Qué elementos de acción aparecen frente a las organizaciones sindicalistas cuando éstas inauguran una política de tipo revolucionario?

Ahí tenemos al Poder público. ¿Qué representa? ¿Cuáles son sus fuerzas? Todo él no es sino un conglomerado de elementos diversos, antiguos y fuera de circulación de aspiraciones y voluntades actuales; todo él no representa más que una ficción, un artificio levantado al margen de la vida española. Ni tiene capacidad para reunir y organizar las fuerzas, las grandes fuerzas de España, ni convive con el pueblo, ni entiende los problemas actuales, ni muestra interés por comprenderlos y estudiarlos con el respeto y la seriedad que exigen.

Detrás del Poder público, tan desorganizado, roto y quebrantado que de nada sirve cuando se trata de evitar tormentos y angustias a España, encontramos a la gran muchedumbre de españoles «neutros», con la peor de las «neutralidades», que es la de la inacción, la de la pereza o la de una insensata cobardía mezclada con una grotesca frivolidad. Y entre esa masa de «neutros» podríamos descubrir a los españoles que más sagrada obligación tienen de intervenir en todos los conflictos de orden nacional.

Por eso clamábamos hace días en favor de una fuerte y vigorosa ORGANIZACIÓN de todas las fuerzas que viven dispersas en España, como único medio de encauzar y revestir de eficacia la acción de las muchedumbres obreras.

A tal punto han llegado las cosas en España, que es difícil ya enfocar las soluciones de las cuestiones sociales a través de una fórmula política. La acción política, bien sea de Gobierno, bien de Parlamento, habrá de resultar necesariamente tardía para garantizar la paz en la vida española. Entonces —se preguntará—, ¿no hay más remedio que aguardar el choque terrible, esperar a pie firme el asalto y admitir de antemano todas las consecuencias de un período revolucionario? ¡¡No!!

Por desgracia, la lucha está entablada en los momentos actuales entre un poder ultra-avanzado y otro (el Gobierno) excesivamente viejo y caduco. Faltan los elementos que en todo país moderno actúan agrupados en organismos intermedios, moderadores, elementos que sirven de agentes de enlace entre los radicalismos de un lado y las reacciones conservadoras del otro.

Y en España, toda la vida pública está tan archidesorganizada, que las gentes no intentan siquiera ponerse al habla, discutir, acudir a debates serenos y razonados, defender sus puntos de vista, pesar y contrapesar ventajas e inconvenientes. Aquí, cada uno obra por cuenta propia; cada grupo de españoles se constituye en un régimen autonómico. Así resulta que todo anda disperso, separado por enconos, violencias e incomprensiones; así sucede que todo conflicto —como decíamos antes— deriva hacia cauces revolucionarios, y lo que es peor, hacia movimientos anárquicos y únicamente destructores.

¡Cuántas veces hemos alzado nuestra voz para prevenir a los hombres responsables y a los que podían sufrir en una convulsión de las fuerzas extremas! ¡Cuántas veces hemos escrito que se debía realizar una gran obra social para evitar que la muchedumbre se lance a procedimientos revolucionarios!

El Gobierno nos podrá responder: «ahí están mis decretos; ahí mis disposiciones de carácter social». ¿Y qué? ¿Cuál es su eficacia? Todo eso, ¿ha conseguido algo más que rozar la epidermis del pueblo español? ¿A qué plan responden esas iniciativas? ¿Qué garantías de cumplimiento se dan al capital y al trabajo? Ninguna, absolutamente ninguna.

Los pueblos europeos han necesitado pasar por la más atroz de las guerras para saber que únicamente un régimen de JUSTICIA podía acabar con las sangrientas peleas que han arrasado más de media Europa. ¿También aquí necesitaremos vernos sometidos a una conmoción profunda para lograr la instauración de un régimen de convivencia social y política basada en la JUSTICIA? Unos y otros, patronos y obreros, capital y trabajo, desconfían hoy de todo cuanto proceda de la política y de los políticos. No hay en la política española ni organismos ni fórmulas que puedan inspirar a las gentes respeto, ni sean capaces de rodearse del prestigio necesario. Por lo tanto, hay que acudir a otros procedimientos. ¿Cuáles son éstos?

A nuestro juicio, es ya hora de que los Poderes públicos se apresuren a poner frente a frente a los diversos elementos que combaten en el terreno de los conflictos sociales. Que se conozcan, que se escuchen mutuamente, que cada uno exponga su pensamiento y presente sus demandas, que a este régimen político y social desorganizado, anárquico, suceda otro más moderno y más cordial, más nacional y más humano.

Hoy, sobre el horizonte de España, aparecen dos fantasmas: el de la revolución, agitado por unos, y el de la represión, sostenido por los del bando opuesto. ¿No habrá nada más que eso en el inmediato porvenir de España? ¿No se sabrá elegir un camino ancho y limpio?

Piensen todos los hombres que en estos momentos intervienen de uno u otro modo en los problemas sociales; piensen y mediten en la enorme responsabilidad que pesa sobre ellos.

Los elementos de arriba (Gobierno, capitalismo, burguesía, clases conservadoras), vuelvan los ojos hacia todos los países de Europa, aprendan a pesar, medir y valorar la profunda transformación que la guerra ha operado en el mundo.

Los de abajo, recuerden esa magnífica actitud de los jefes del obrerismo inglés cuando, en medio de las negociaciones que el Gobierno presidía hace una semana, se dirigían a las muchedumbres obreras en un manifiesto admirable, recomendando a todos calma, serenidad, prudencia y patriotismo. No es posible que España sea el único país en que los conflictos obreros desconozcan las soluciones normales. Sea en un Parlamento industrial, sea en una Asamblea nacional de capitalistas y trabajadores, sea en una organización de Asambleas regionales, es necesario que los adversarios se encuentren, depongan sus espadas y discutan serenamente.

Pero, además… es imprescindible que unos y otros, todos por igual, sientan llegar una hora nacional de amplia justicia, de gran comprensión y de equitativa coparticipación en el placer y en la dicha de la vida. Todo menos este caminar hacia convulsiones revolucionarias que España, fatigada y desangrada por tantos años de peleas de todo orden, no es capaz de resistir. Y conste que nos parece igualmente revolucionaria la masa alzada en rebeldía, que el Poder erigido en violento aniquilador de movimientos ciudadanos por medio de represiones sangrientas.

Publicado sin firma, El Sol, 26 de marzo de 1919