Abstract

The first ‘watchword’ Ortega offers the Republic: do not imitate. The Spanish republican movement must copy neither France in 1789 nor Russia in 1917, but stay faithful to its own circumstance — ‘a life that imitates is a life falsified’; originality is not sought, it is found. There follows the example of the new government’s flawless working, explained by the circumstance that the revolutionary committee had lived together in prison.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

¿Qué puedo yo dar a la República? —claro está, que después de darle todo lo que tengo y lo que soy. Poco, muy poco, casi nada: unos adarmes de doctrina. No me censuréis, amigos. Si no tengo otra cosa, ¿qué queréis que dé? Veinticinco años de meditar sobre España, bien estrujados, pueden gotear algunas observaciones estimables. Yo sé que mis compatriotas me escuchan, incluso los que me pegan. He logrado lo que el filósofo griego solicitaba del tirano que le golpeaba: «¡Pega, pero escucha!» Por lo mismo, he de tener cuidado, mesura, paciencia, responsabilidad. No se me exija, pues, que ahora dibuje urgentes arquitecturas. Todo lo contrario. Acepto la lección de continencia que nos han dado los ministros y, practicándola, les corroboro en el acierto que van teniendo.

Hablemos primero de cosas que son o «parecen ser» menores. Sea mi primera contraseña la menos estruendosa. Ésta: no imitar.

El movimiento republicano español debe comprometerse a no imitar ninguno otro de los sidos.

Con fe inquebrantable, repito desde hace años: España farà da se. En lo cual iba enunciada una doble insinuación: Primera, que España haría algo. Segunda, que haría algo original, según su manera autóctona, extrayendo de su propia e indómita sustancia la pauta para su comportamiento.

Los extranjeros —que no entienden nada del hombre ibérico— se han quedado sorprendidos al ver cómo en nuestro país los cambios de régimen se hacen de distinta manera que en los demás. Seamos dóciles a este originalísimo advenimiento de la República.

La originalidad es lo que no se busca, pero se encuentra. A primera vista excluye toda captura metódica. No hay receta para ser original; sin embargo, hay una muy simple: no imitar, ser fiel a la circunstancia. Si la República española retrae su mirada de lo que han hecho otros pueblos —la Francia de 1789, la Rusia de 1917— y, en vez de fingir una circunstancia, que no es la de aquí y ahora, se atiene a ésta, se encierra en nuestra actualidad peninsular, la República española será una creación gloriosa e ilustrísima en la Historia universal. Que nadie lo dude.

Necesitamos, pues, vivir ahora, no de imágenes forasteras, sino bien sumergidos en nuestra circunstancia, oprimiendo a ésta para nutrirnos de su zumo. Una vida que se imita, es una vida que se falsifica.

Voy a poner un ejemplo de cómo todo el secreto está en aprovechar la circunstancia efectiva en lugar de fingir circunstancias imaginarias. Es un detalle, que a estas horas debía ya haberse hecho constar.

Si tomamos las cosas desde el instante en que, oblicua sobre la muchedumbre, tiembla desde el balcón de Gobernación la nueva bandera, más rica de colores que la antes usada, y contamos hasta el minuto de escribirse estas líneas, sobresale un hecho, por encima de todos, sorprendente: la perfección de funcionamiento en los actos de Gobierno. No ha habido un titubeo, ni una discusión, ni un roce en los movimientos del cuerpo ministerial. En una hora se pasó de no haber Poder público —incorrectamente el viejo régimen lo tiró en medio de la calle— a existir, no sólo con suficiente plenitud, sino marchando sus ruedas con la suavidad lubrificada de una máquina en punto, que viniese de antiguo funcionando. De puro ser esto así, no hemos casi reparado en ello y lo consideramos tan natural como la cotidiana emergencia del sol.

Y, no obstante, era lo menos natural del mundo. Lo natural hubiera sido que el colapso mortal de la monarquía hubiese obligado a improvisar lenta y difícilmente un Gobierno, cuyos miembros, distantes y dispares, hubiesen tardado mucho en ensamblarse y funcionar. Si ha acontecido lo contrario, es debido a una pequeña circunstancia y a la fidelidad con que se la ha atendido; al hecho de que los hombres del Comité revolucionario hayan convivido estrechamente, desde hace ocho meses; primero, por la necesidad de conspirar; luego, por la necesidad de hallarse juntos en una cárcel. (Nota bene: casi todo lo interesante de la historia de España ha salido de la cárcel —el Quijote y la República). Han tenido tiempo de pulirse los unos contra los otros, de conocer sus capacidades y limitaciones, de articular fecundamente sus divergencias, y cuando han empezado a gobernar, eran lo que yo llamo «un grupo en forma».

La tranquilidad fertilísima que hoy goza España, la plenitud de posesión histórica que en unas horas, mágicamente breves, ha conseguido la República, se deben a haber aceptado ese aparente azar, esa circunstancia. En vez de abandonar ésta, pretendiendo corregirla con mayores perfecciones hipotéticas, el sino español resolvió alojarse en ella sin echar nada de menos, aceptándola íntegramente.

Sírvanos este hecho como paradigma de originalidad, que es el arte de aceptar la circunstancia.

Vivamos nuestro destino; no imitemos el ajeno.

23 de abril de 1931

II

INTRODUCCIÓN A OTRA COSA

¡PENSAR EN GRANDE!— UNA GLORIA INDISCUTIBLE DE LA REPÚBLICA.— UNA PETICIÓN A LA PRENSA

Ha llegado la hora magnífica y tremenda en que el destino impone a los españoles la obligación de pensar en grande.

Es la gran sazón que a veces tarda siglos en volver. Póngase en las fronteras enormes cartelones: «Aquí se va a hacer un pueblo». ¿No es la delicia mayor? ¡Hacer, construir una nación para generaciones! ¡Anticipar el porvenir, creándolo! Es la mañana estremecida que vive arsenal, cuando con urgencia afanosa se están dibujando los gálibos de las naves y se presienten en germinal condensación todas las bonanzas y todas las borrascas de sus futuras navegaciones. La gran faena de arquitectura comienza tras un siglo de liquidación, derrumbamiento y angostura de la vida. El tamaño del porvenir depende de la magnanimidad del propósito. Magnanimidad —almas anchas—, no megalomanía. «Durante mi vida —decía Floridablanca en sus postrimerías— yo no me he propuesto otra cosa que ensanchar los caletres de los españoles». Amigos, tomemos el acuerdo por unanimidad: ¡pensar en grande!

Pero es preciso declarar de la manera menos eufémica que se está haciendo todo lo contrario; gentes con almas no mayores que las «usadas» por los coleópteros, han conseguido en menos de dos meses encanijarnos esta República niña y hacerle perder el garbo aquel con que nació. Esto no se puede tolerar ni un minuto más, y como es intolerable, yo, por mi parte, no lo tolero, utilizando para ello la única fuerza que tengo: la de mandar cantar al ciego de bandurria que yo soy; es decir, denunciándolo sin eufemismos ante el país.

Unos cuantos grupos, que moscardean en el contorno inmediato del Gobierno, están interceptando la comunicación directa de éste con la nación; le inquietan, le estorban, le desorientan y desazonan. Hay en el Ministerio algunos hombres de primer orden, cuyo único error grave ha sido tomar en serio a toda esa botaratería que pretende hacer de la República su propiedad privada y se atribuye tan arbitraria como audazmente, y tan audaz como ridículamente, la representación auténtica del pueblo, de la voluntad nacional, etcétera, etcétera. Mentes arcaicas, incapaces de descifrar las líneas monumentales del porvenir, sólo saben recaer en los tópicos del pasado, y se empeñan en que nuestra naciente democracia sea como las de hace cien años, y cometa, sin renunciar a ninguna, todas las insensateces y todas las torpezas en que aquéllas se desnucaron.

Es preciso que frente a ellos defendamos la originalidad de nuestra República, originalidad que va insinuada y como jeroglífica en el modo de su advenimiento. No se olvide esto, porque en ello reside el secreto del futuro: cuando se propuso a España hacer una revolución, España dijo que no; mas cuando se le preguntó si quería la instauración legal de una República, España, con pasmosa coincidencia, dijo casi entera que sí. Éste es el hecho innegable y fundamental, marco en que ha de moverse la historia próxima; quien no acierte a mantenerse dentro de él, quien no logre interpretar su inexorable imperativo es, históricamente, un hombre muerto. La transformación de la vida española va a ser tan honda, sustantiva y radical, que la empequeñecen, reducen y superficializan los que hablan a toda hora de «revolución», jugando con los varios sentidos del vocablo. Porque lo que, bajo ese nombre de «revolución» piden son cuatro cosas espectaculares, sin efectivo radicalismo; es decir, sin raíces, ni plenitud, ni perduración posible. ¡Aviados están si creen que la juventud va a interesarse por esa momia de República carbonaria, peluda y gesticulante que quieren hacernos!

Hagamos, pues, un alto en la marcha y… pongámonos a pensar en grande.

La primera condición para pensar en grande es pensar con arquitectura, es ver las cosas con su perspectiva, poniendo cada una en la altitud y rango que le corresponde. Ya se ha faltado contra esta primera condición. Todo, lo importante y lo baladí, anda confundido y las cabezas padecen grave desorden. Para corregirlo es preciso que la Prensa haga un enérgico esfuerzo, poniendo orden en su información, dejándose de estúpidas persecuciones personales y dibujando cada día en las mentes de sus lectores claras líneas jerarquizadas, que hagan vislumbrar el edificio de la nueva España.

Tras diez años de anulación, vuelve la Prensa, quiérase o no, a poseer una intervención decisiva en la vida pública. Ni puede dejar de ser así cuando se trata nada menos de construir un Estado, por tanto, de retirar las nociones habituales enquistadas en las cabezas y sustituirlas por las novísimas del Estado que se va a hacer. Ha aumentado, pues, enormemente la responsabilidad de los periódicos. Yo estoy seguro de que sabrán responder como buenos; pero he de decir que en estos dos meses la Prensa —y especialmente la de Madrid— no ha estado al nivel de su formidable misión. La causa, como de tantas otras cosas que ahora pasan, habrá tal vez de buscarse en esos diez años de censura que la han desmoralizado, impidiéndola vivir sobre sí misma y ejercitar su propia responsabilidad. No era fácil, sin titubeo, pasar de golpe a una situación diametralmente opuesta en que pesa sobre la Prensa un máximum de responsabilidad. Lleno de confianza envío esta excitación a mis compañeros de Prensa. Piensen que de nosotros depende en anormal medida lo que en España vaya a pasar. Eliminen a rajatabla de sus columnas toda frivolidad, toda ligereza, toda información inexacta y, sobre todo, el desorden. Demuestren que saben contribuir a la gigantesca faena de edificar un Estado novísimo.

He aquí un ejemplo de gran calibre que aclara la anterior sugestión.

La República española tiene a estas horas en su haber una hazaña enorme, fabulosa, inverosímil, única en el mundo, que debía haber bastado por sí sola para compensar cuantos otros errores menores puedan haberse cometido; esta hazaña es la de Azaña: la reducción radical del Ejército. No hay en el mundo otro pueblo que sea capaz de hacer cosa parecida, cuando todos, conste así, todos sueñan con hacerlo. El modo como se ha hecho es, además, perfecto en sus líneas generales: sin frases, con generosidad, sin vejamen intencional para nadie. No juzgo aquí de los detalles, para lo cual me falta competencia; pero nadie, creo, podrá honradamente desconocer la seriedad y el acierto con que el conjunto de la obra se ha iniciado. Por otra parte, los militares que la reforma elimina han dado una prueba de formalidad ejemplar no presentando hasta ahora estorbo alguno a la ejecución de la crudísima obra quirúrgica. Han comprendido que el Ejército había llegado a desnacionalizarse por completo, tolerando, entre otras cosas, su hipertrofia. Si en España había de haber un día Ejército bien fundido con la nación y enraizado en ella, era inexcusable un corte radical. Todo se ha hecho, pues, prodigiosamente. Ahora bien; un régimen naciente que se atreve a eso, en vez de mendigar los apoyos más inmediatamente eficaces, puede mirar con justo orgullo al mundo entero. Pero, además, un régimen que comienza por decretar tan importante economía en el órgano estatal más delicado, ofrece al mundo una garantía sin ejemplo parejo, de las que hará en las demás porciones del cuerpo público más dóciles al bisturí. Y esto bastaría —y bastará apenas transcurran los espasmos bursátiles de estos días— para dar prestigio suficiente a nuestra moneda y permitir las manipulaciones técnicas que la estabilicen.

Yo veo en el contenido y en el modo de ser hecha esta reforma un paradigma de esa nueva democracia, que, sabiéndolo o no, traen preformada en su sangre las nuevas generaciones. Ése es el estilo de la única nueva política que conquistará el futuro.

Es decir, que la reforma del Ejército es hoy en el panorama político universal un hecho de primer orden. Pues bien; los periódicos no le han dedicado ni más espacio ni más calorías que a cualquiera de los otros decretos pululantes en esta temporada o que a esta o la otra querella —en general, ridícula— contra cualquier personajillo que hizo su majadería o cometió su pequeña bellaquería en los años últimos. De esta falta de perspectiva me permito acusar a mis compañeros de profesión —los periodistas de Madrid—, por lo mismo que me hago uno con ellos.

Si algo merece un homenaje nacional y espontáneo es la reforma del Ejército. Y este homenaje debe ir a Azaña; pero a la vez a los militares que abandonan su carrera y a los que perduran en ella. Ese homenaje destacará adecuadamente el hecho ejemplar sobre los otros menores e innumerables. (Como en España todo tiene un enorme coeficiente de personalismo —y no está dicho que sea esto tan absolutamente un defecto, como suele creerse—, me interesa dar a conocer el que corresponde a este asunto. Hace muchos años que no veo al señor Azaña, y desde siempre me ha dedicado su más escogida antipatía y su permanente hostilidad. Conste así. Pero esto no quita ni pone para que yo reconozca en él un hombre de gran talento, dotado, además, de condiciones magníficas para el gobierno).

¡Arquitectura, perspectiva, fijar la atención en el asunto o asuntos que son lo más importante en cada etapa!

Y ahora lo más importante para el porvenir de la República es la calidad de los candidatos que van a ser elegidos y a integrar la Asamblea constituyente.

De ello vamos a hablar tras esta introducción.

2 de junio de 1931

III

LAS PROVINCIAS DEBEN REBELARSE CONTRA TODA CANDIDATURA DE INDESEABLES