Abstract

A dispatch from Germany: after a nod to the assyriologist Delitzsch’s ‘Babel und Bibel’ controversy, Ortega surveys the thousand German congresses and settles on the Social Democratic congress at Jena, where Bebel must mediate between the youth demanding a general strike and the party elders (Kautsky, Heine), revealing that the three million socialist votes are no homogeneous body. Journalism.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Hace poco más de un año el imperio alemán, en cuyos confines no se pone el káiser, retembló ante la aparición de una obra formidable, o más bien de una serie de tres folletos titulada: Babel y Bibel. Su autor, el profesor Delitzsch, maestro en asiriología en la Universidad de Berlín, hombre de esos para quienes nada es suficientemente viejo, demostraba con redundante evidencia que las tradiciones fundamentales de la Biblia proceden, como de la madre el hijo, de la remota y protohistórica Babilonia. Miles y miles de ejemplares fueron consumidos hasta llegar al sesenta y seis millar. Y el juego de palabras del sabio profesor ha quedado por siempre en el uso de la lengua vulgar para significar lo que en el Avapiés llamamos «lío», caos o confusión.

En este sentido la empleo yo ahora cuando, recorriendo las macizas columnas de los periódicos alemanes, van pasando en donosa revista ante mis ojos los mil y un congresos, dietas, reuniones, concilios, consistorios, conciliábulos, ágapes, zanedrines, etcétera, etcétera, que a la sazón se celebran en el imperio alemán, donde no se pone el káiser.

Prescindiendo de veinte o treinta de menor cuantía, en que se ventilan más o menos asuntos regionales, de otro par de docenas en que se discuten raros puntos científicos como el de los médicos e investigadores de la naturaleza (Naturforscher), y de una dieta de señoras, de la que hablaré otro día y que es cosa de gusto, digamos algo de la Reunión del Partido Social-democrático en Jena y de la de los economistas en Mannheim.

Un poderoso industrial jenense, el doctor Abel, luego de haber realizado fecundos negocios, dio al Señor su espíritu, dejando construido de su personal fortuna un local principesco, que había de ser destinado a todo género de asambleas, congresos, dietas, reuniones, conciliábulos, concilios, consistorios, etcétera, etcétera, sin distinción de opiniones ni de propósitos. La loable donación del doctor Abel a la libre palabra no ha permanecido estéril. Allí se ha celebrado la última Dieta Socialista.

Y aquí entra Bebel. La figura anciana del jefe de los marxistas alemanes ha salido, a vuelta de las discusiones, ennoblecida y exaltada como nunca. Su discurso duró unas cuatro horas; mas, a pesar de ello, fue un gran discurso, y en medio de aclamaciones se decidió imprimirlo mancomunadamente y destinarlo a la propaganda. Lo cierto es que se trata de un prodigio de habilidad oratoria. Los socialistas alemanes crecen y se multiplican, como si sobre ellos hubiera caído una divina bendición; en 1874 contaban sólo 350.000 votos, hoy tres millones en números redondos.

El partido se siente bien, robusto, recio ¿Qué cosa más natural que desear abandonar los medios lentos de combate hasta hoy usados y tomar otras armas de más alcances, de tiro rápido, definitivas? La juventud socialista, compuesta de cabezas espumosas como un vaso de cerveza bávara, exigen que las grandes batallas comiencen y claman por que se acuerde el empleo de la huelga general, especie de terremoto político. De otro lado, los hombres viejos y sabios del partido, los Heine, los Kautsky y acaso en el fuero íntimo el propio Bebel, no ven los horizontes tan limpios, ni tan sedoso el momento presente: recientes discusiones entre los principales órganos del partido (El Tiempo Nuevo, con Kautsky, la Revista mensual socialista, con Heine, el Adelante berlinés y el Diario popular de Leipzig), en que se ha llegado a duras palabras, y sobre todo han aflorado hondos odios, revelan que aún esos tres millones no son cuerpo homogéneo; asimismo, las agremiaciones coloñesas, de las que forman parte muchos socialistas, se muestran poco amigas de la huelga general, siendo de advertir que sobre estas agremiaciones, en gran parte católicas, espera la Democracia Socialista su futura expansión. ¿Qué decir, pues, en tan difícil situación? ¿Renegar de la huelga general? Imposible, porque ¿quién duda que es el Deus ex machina de la acción comunista? La única razón que para rechazarla habría, sería declarar al partido en un estado aún no bastantemente maduro para usar de palabras mayores. Aceptarla lisa y llanamente, es invitar a un inmediato «vals» revolucionario y ponerse enfrente de las agremiaciones.

Bebel concluye, y propone a la asamblea que sea reconocida en términos generales como arma del partido la Massenstreik pero que sólo se puede pensar en llevarla a la práctica cuando intereses de todo el partido la hagan absolutamente necesaria. Y en este sentido protesta Bebel de la huelga de Barcelona, por cuanto se realizó con el único fin de proteger y secundar los intereses de una clase especial de trabajadores. Como se advierte, sobre el Babel y Bibel de los tres millones de socialistas que se apostrofaron en el palacio de Jena, cayó la segura y evangélica palabra de Bebel, dejando tiempo al tiempo, único encargado de preparar, calentar y sazonar las sopas negras del comunismo.

Bebel es un grande hombre, y como en la asamblea de profesores de economía y de grandes representantes del capitalismo celebrada en Mannheim faltó todo, se quedó en Babel y Bibel. Schmoller, Brentano, Weber, Kirdorf, Tissen, etcétera, se reunieron, disputaron y se fueron por donde habían venido, quedando rechazada la propuesta del presidente Schmoller, el ilustre profesor berlinés. Versaba ésta sobre los Carteles de las grandes explotaciones (es decir, las que pasaran de 75 millones de capital); para Schmoller no ofrece duda alguna que el único porvenir económico está en las grandes masas de capital, aunque éstas apaguen, dado que no imposibiliten la concurrencia.

Para Kirdorf, director del sindicato de carbón y acero del Rhin, lo elemental es la concurrencia. ¿Por qué? Porque el profesor Schmoller, siguiendo la lógica de su razonamiento, demanda la intervención legislativa del Estado en los Carteles. Ahora bien, Kirdorf es representante de un Cartel, luego le tiene que parecer mal la intervención legislativa del Estado, llegando a afirmar que en tales condiciones no asumiría él las responsabilidades de su sindicato y se retiraría al monte Aventino. Como veis, lectores, estos asuntos de dinero terminan siempre en cuestiones personales. Unos dicen que sí, otros que no, y falta Bebel, el respetado y anciano Bebel, que con sus alforjas de buen sentido sobre la caduca espalda toma el caminico de en medio, que es el camino real.

Firmado A., El Imparcial, 27 de octubre de 1905