Abstract

A dispatch from Berlin (El Imparcial, November 1905) on Alfonso XIII’s visit to the Kaiser: the gala dinner, crowds on the pavements, policemen everywhere, the recruits’ oath in the Lustgarten. Newspaper reportage, with no philosophical content.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

7 noviembre

Los lectores conocen ya los brindis pronunciados en la comida de gala celebrada anoche en el Palacio Real. Conocida y popular es en Alemania la afección que siente el káiser por nuestro rey. La romántica figura de este mozo augusto y sencillo, destacada sobre el fondo brumoso de un pueblo entristecido, ejerce una tierna influencia en el alma del poderoso Hohenzollern. El káiser tiene la mirada dulce, lohengrinesca, que supone un ánimo sentimental, un alma educada en el Evangelio sonoro de Luis de Beethoven. Mas al propio tiempo, la mirada imperial es serena y es firme; puede creerse que esa mirada está dispuesta a pedir treinta dimisiones a treinta Bismarck en treinta días. Entre estas dos corrientes tan genuinamente germánicas, tan propias de esta raza cuyos héroes mitológicos temblaban ante rubias mujeres y quebrantaban dragones con sus clavas, va y viene la voluntad del káiser como un barco mágico. La visita de nuestro rey ha acumulado las fuerzas de ternura y los besos de la estación y el brindis de Palacio han sido su fórmula.

Hoy sigue el cielo brillante; hoy siguen los berlineses estacionados a lo largo de las aceras, siguen las águilas negras volando en los banderines y hay un aire de fiesta por todas partes. Lo terrible es que siguen los policías. Constituyen éstos una obsesión para el extraño; son hileras y tropeles y grupos de recios hombres enfundados en capotones, con cascos negros, con guantes blancos, que cierran las bocacalles, que guardan las aceras conteniendo la multitud.

Esta mañana los reclutas juraron la bandera. En la extensa plaza llamada Lustgarten, que se abre frente al Palacio Real, había un dosel rojo y en él un Cristo. El sol subía su perenne escalera suavemente por un cielo limpísimo, espléndida fiesta que el káiser ofrece a España, porque es indudable que esta benévola disposición del cielo, más que a una causa meteorológica, obedece a un detalle protocolar. Espesas masas de ciudadanos prusianos encuadran el escenario de la solemne fiesta militar. He andado entre ellos y he visto en sus rostros esa intensísima, sólida alegría que no es ruidosa, que no es comunicativa, pero va prendida en las frentes. Muchos compraban tarjetas postales con el retrato de don Alfonso, otros contaban a los que había en su derredor la historia de España, historia terrible donde juegan el principal papel las ligas rojas de una bailarina y el negro balandrán de un jesuita. He oído una frase digna del boulevard: «¡Qué casualidad! ¡El día es espléndido!» —decía un hombre de ancha faz roja, que acaso tenga una tienda de cigarros o de Delikatessen— y una moza, casi una niña, una de estas Gretchen, de estas Margaritas dulces, tibias y hacendosas, le respondió: «No es casualidad, mein Herz, lo traía el rey de España en su equipaje».

En esto, la plaza se ha cubierto de soldados, de jayanes con abrigos grisazulados, con plumeros rojos y blancos en los cascos. El baldaquín ha desaparecido tras las filas. No vemos al káiser y al rey cabalgar hasta el altarcillo, donde fueron clavadas las banderas. No oímos que dos clérigos, uno protestante y otro evangélico, preparaban los ánimos de los reclutas al voto heroico. Pero súbitamente cayó un paño de silencio sobre la multitud y una voz nerviosa, fornida, se oyó vagamente alzándose como un humo de religioso sacrificio. El káiser hablaba. Al concluir, dando a su voz la fuerza de una trompa wagneriana, clamó tres hurras al rey de España, que rodaron por los batallones con un resonar bélico. Van pasando los rubios gigantes bajo las banderas y cada compañía, a la voz de mando, prorrumpe en una trágica palabra de juramento.


Durante el paso del rey por las calles ha sido vivamente saludado. Dícese que nunca el pueblo ha mostrado tanta simpatía por un rey huésped. Y eso que las rígidas costumbres de la corte alemana mantienen siempre a los viajeros augustos en un programa severo de fiestas y de solemnidades.

Firmado O., El Imparcial, 11 de noviembre de 1905