Abstract

A second dispatch from Berlin: with the king gone, Berlin’s Spaniards revert to insignificance. Ortega jokes about German sentimentality (behind the iron of industry hides a dreaming gnome; the land of Lieder and metaphysics), about the sun as the German dream of Spain, and about Spain seen as a fossil race. A piece of light reportage.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

13 noviembre

Don Alfonso partió ayer. El soplo de España, ese buen viento de sierra, que ha pasado breve sobre la llanada brandemburguesa, ha caído: los españoles que vivimos en Berlín nos hemos quedado, como barcos del tiempo viejo, en medio del mar cuando la calma sobreviene. Unos días hemos sido los seres más importantes y considerables de Berlín, después del káiser y del príncipe de Bülow: el viento, un poco fantasioso del patriotismo, henchía el velamen de nuestras pobres imaginaciones desterradas, e íbamos por la Friedrichstrasse con el ánimo empavesado como bergantines bajo los alisios. Pero ¡ay! si todo lo humano es huidero, ¡qué no lo serán los vientos, y los reyes cuya vida es pasar! Ayer los mozos de los restaurants nos hablaban en español de exportación; las patronas de las casas de huéspedes se enternecían ante la mocedad de nuestro rey, y nos daban el café más barato; el barbero prusiano se dignaba preguntarnos si en España se viste a la moruna. Han sido unos bellos días de una edad de oro, que se nos han ido de entre las manos como se van todos los buenos días, dejándonos el alma empolvada de melancolía. Ayer éramos «bravos y desgraciados españoles», cuyo rey es huésped del César; hoy no tenemos ni una almena donde colgar nuestros sombreros, y la patrona de la casa de huéspedes nos exige lo que ayer dejó de cobrarnos. Esplendor y decadencia, exaltación y apocamiento, un rey que va a llegar y un rey que acaba de irse: don Hermógenes decía que en la vida todo es sístole y diástole. Bajo el hierro de la guerra y de la industria, tras la capa de papel impreso de la ciencia, se esconde en todo alemán un gnomo sentimentalista y ensoñador. Véase un libro cualquiera germánico anterior a la invasión de los bárbaros del naturalismo, y malo será que no se tropiece con la descripción de un ensueño cada diez páginas. La realidad de la vida del Norte es tan dura, que no hay sino buscar salidas sobre lo irreal: por eso es éste el país del Lieder y de la metafísica, dos cosas convencionales que sirven de trampolines hacia lo imposible. «A un alemán predispuesto a soñar —dice Stendhal— le causa el mismo efecto la caída de una hoja que la caída de un imperio; la cuestión es soñar».

La visita del rey de España ha excitado, como no podía menos, las fantasías de los berlineses. ¿Qué evocación tiene para usted la voz España? —preguntaba yo a un médico prusiano, que tiene un gabinete de ortopedia. «España —me respondió— es para mí siempre un país de ensueño». Qué ensueño fuera ése no lo pude saber, pero los ensueños alemanes son siempre uno y mismo sueño: el sol. Y España, menos visitada y conocida que Italia, es para estos hombres una fiera, donde hay altos montes bajo un cielo de intenso azul turquí, por el que anda un sol nuevo y glorioso, donde hay valles de milagro con flores rojas y amarillas y fuentes de mármoles risueños, por entre las que se pasea la morena Carmen del brazo de un jesuita. ¡El sol…! Goethe vivió añorando el sol de Italia, y murió llamándole, y es tal el amor de los sajones por el astro de oro, que en alemán tiene nombre de mujer.

Pero al tiempo que España es en la imaginación alemana un país lleno de sol, los españoles somos un pueblo fantasma a quien un conjuro ha tornado en piedra: somos una raza fósil con una historia desaforada y romántica. Calderón y López de Vega son para los alemanes los últimos españoles, y acaso tengan razón.


Los periódicos de hoy publican artículos despidiendo al rey de España. Convienen todos en censurar la rigidez del programa festival. —«El rey Alfonso —dice el Tageblatt— sólo ha visto de Alemania policía y militares, militares y policía». «¿Por qué —añade—, puesto que el joven monarca se interesa en los adelantos de la industria relacionada con el sport, no ha sido llevado a alguna Exposición de automóviles, como ocurrió en París?» Y puede agregarse: ¿Por qué no ha visitado la Universidad? Pocos días hace asistió el káiser a la lección primera de un profesor norteamericano, el ilustre moralista Peabady: ¿qué razón había, pues, para que el rey de España no observara lo que es tan alemán como el ejército? ¿Han de reducirse los viajes regios a una ostentación de uniformes militares?

Por cierto que cuantos españoles han visto al káiser en traje de coronel del regimiento de Numancia reconocen la gallardía con que el «Altísimo Señor» sabe llevarlo. No hay medio, en cambio, de que los alemanes admitan que a don Alfonso le caía bien el uniforme de infantería prusiana. Es cuestión de patriotismo y de escasa entidad. Más importante sería que el tratado de comercio inminente se redactara en favorables cláusulas para los traficantes españoles y que esta visita tuviera en la conferencia de Marruecos algún recuerdo y algún peso.

Guillermo II irá en primavera —según he oído— a devolver la visita de nuestro monarca. Entonces tendrán ocasión los españoles de ver toda la dulzura que puede asentarse en el rostro de uno de los hombres más enérgicos de la tierra y todo el cariño que por don Alfonso siente. ¿Esa dulzura y ese cariño serán bastantes para que España desencalle de una vez? De un hombre tan enérgico como el emperador Guillermo que, siendo compatriota de Wagner, da un libreto por él compuesto a Leoncavallo, se puede esperar todo. El tiempo y El para otros dos (sic).

Firmado O., El Imparcial, 17 de noviembre de 1905

1906