Abstract
A dispatch from Berlin: after a digression on the maxim that only the first million costs effort — the same holding for fame, which multiplies of itself — Ortega describes the German campaign for the fleet after Bülow’s Reichstag speech: red posters on every corner, petitions, a unanimity of national discipline. Journalism.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Es apotegma de los hacedores de dinero que sólo cuesta trabajo ganar el primer millón; éste por sí mismo o con exigua fatiga por parte del ganancioso engendra otro millón y así sucesivamente. Este hecho tan vulgar ha ocupado, como es razón, a los filósofos, pensadores, psicólogos, sociólogos, discantares, paradojistas, peripatéticos, zahoríes y demás calaña de hombres ociosos, aquejados de la funesta manía de pensar. Y les ha interesado su estudio porque, en efecto, no sólo con el dinero ocurre semejante fecundación y propagación de un hecho por sí mismo, sino también con la opinión moral, con el sentimiento recto. Así un hombre ha realizado una acción honorable en tal año, al comienzo de su vida; ha escrito un libro importante, o estrenado un drama, o pronunciado un discurso, o rimado un par de medias docenas de versos: en el resto de sus días ese hombre no ha vuelto a hacer nada meritorio, y sin embargo, no sólo conserva la honra y la prez que su única acción le valió, sino que la honra y la prez al irse con él haciendo maduras crecen, se multiplican incesantemente. ¡Cuántos ciudadanos hay, en un dulce país, sobre todo, sito más allá de los Pirineos y más acá del Atlas, entre-os-montes, como quien dice, que viven en honra opulenta, si no en económica opulencia, porque el año de 80 consumieron un turno en pro de un presupuesto o publicaron un artículo titulado «Meditemos». Todo ello parece muy bien; cuanto acaece debe parecer muy bien: «la fuerza incontrastable de los hechos», de que suele hablar un conspicuo exministro, es en verdad una incontrastable fuerza.
Pero va todo lo antecedente al hilo de que estos días se ha sentido por toda la Europa un disimulado tremer, un apercibirse asustadizo. ¿Y todo por qué? Del desierto llega el bramido del león y a todos los Tartarines les tiemblan las borlas en lo alto de sus chechias. El león ha bramado por boca del príncipe de Bülow en el Reichstag alemán. Sus palabras fueron breves y precisas: habló de reales peligros para el carro del Estado alemán, de indudables y amenazadores odios.
Todos los súbditos imperiales se han alzado como un solo Bismarck a estas palabras, y sin vacilaciones ni demoras van, en breve, a entregar henchidos millones bajo las especies de nuevos impuestos para la construcción de una flota. El entusiasmo y la unanimidad del pueblo alemán en este caso podrían dar margen a delicadas observaciones sociológicas que acaso desarrollara el profesor Humbugmann. La disciplina de una nación entera no ha llegado nunca a parecida perfección. No sólo en el Parlamento hierve el entusiasmo: en las calles ofrecen tras cada esquina al transeúnte proclamas invitándole para asistir a reuniones flotófilas; dondequiera es lícito pegar un cartel, un cartel hay pegado que entre exclamaciones y rojas letras caldea el ánimo popular. Se entra en una tienda y se halla clavado en una pared un papelón donde dice:
«¡Petición al Reichstag para el apresuramiento en la construcción de la flota alemana!
»¡Construimos muy despacio! ¡Jamás llegará de este modo Alemania a poseer una flota poderosa! ¡Antes bien, la mitad resultará siempre anticuada! ¡De aquí que las circunstancias actuales sean amenazadoras!
¡Así, pues, deprisa! ¡El cielo político está negro!»
Y a continuación sigue una copia de la lista de barcos nuevos proyectados; luego una moción, para que se firme en unos libros de petición que se destinan al Parlamento. En fin, termina el rojo papelón con la siguiente.