Ortega y Gasset
Abstract
Summer travel notes along the little roads of Castile, handled with fanciful invention: the naked roads stitch the landscapes together and form the nation’s venous system; their ‘sufferings’ are the crossroads (with allusions to Maimonides’s Guide of the Perplexed, Buridan’s ass and Pascal’s ‘wager’ as a cure for perplexity) and the level crossing. Then a breakdown near Ávila and the children on the rocks. Occasional prose.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
EN EL VIAJE
La gran delicia, rodar por los caminitos de Castilla! Como la tierra está tan desnuda, se ve a los caminos en cueros ceñirse a las ondulaciones del planeta. Se lanzan de cabeza, audazmente, por el barranco abajo, y luego, de un gran brinco elástico, ganan el frontero alcor y se adivina que siguen su ruta cantando alegremente no se sabe qué juventud inalterable adscrita a ellos. Hay momentos en que sobre los anchos paisajes, amarillos y rojos, parecen la larga firma del pintor.
En medio de la incesante variación de los campos a uno y otro lado, son ellos la virtuosa continuidad. Siempre idénticos a sí mismos, se anudan a las piedras de los kilómetros, dóciles a la Dirección de Obras Públicas, y así atan los paisajes unos a otros, amarran bien los trozos de cada provincia, y luego a éstas entre sí, formando el gran tapiz de España. Si una noche desapareciesen; si alguien, avieso, los sustrajera, quedaría España confundida, hecha una masa informe, encerrada cada gleba dentro de sí, de espaldas a las demás, bárbara e intratable. La red de los caminitos es el sistema venoso de la nación que unifica y, a la vez, hace circular por todo el cuerpo una única espiritualidad. Esto se ha dicho muchas veces en los Tratados de economía política, y le sorprende a uno, de pronto, sentir que por casualidad tienen razón.
Pero tienen también los caminos sus sufrimientos, morales unos, corporales otros. Así, de pronto, un camino se encuentra con otros dos o tres —la encrucijada, el trivio o cuadrivio. ¿Qué hacer? ¿Qué camino tomará el camino? ¡Es tan penosa la perplejidad! Uno de los hombres más sabios que ha habido en Israel (este otoño he de hablar sobre tan egregia figura en su patria: Córdoba), el gran Maimónides, compuso una obra famosa, resumen de toda esencial sabiduría, que tituló Guía de los perplejos. ¡Claro! Una de las cosas más terribles de la vida es la vacilación, tener que decidirse ante muchas posibilidades iguales. La razón, cuanto más trabaja entonces, más se hunde en la perplejidad y más descubre, sea dicho con todo respeto, el fondo de asno de Buridán que hay en ella. Así, en nuestra existencia, nos ha acaecido varias veces. Es preciso un golpe cordial de aventura, la «apuesta» de Pascal, y ponerse en la encrucijada a jugar a cara o cruz.
En cuanto a los sufrimientos físicos, hay uno agudo, terrible. Va tan tranquilo el caminito de tierra, y de repente —¡zas!— el camino de hierro lo atraviesa. Es cuestión de un instante, pero muy dolorosa, muy quirúrgica. Es una doble inyección de hierro que perfora el cuerpo del camino de tierra, lo traspasa de parte a parte. El pobre camino queda para siempre enfermo de aquel sitio, y es preciso entablillarlo con las dos vallas del paso a nivel y ponerle un practicante que vigile al lado. Con frecuencia, al pasar, vemos el trapo empapado en sangre que el practicante agita en señal de peligro.
Etcétera…, etc.
Una panne. Es en la tierra alta que tras el puerto va hasta Ávila. El área amarilla de los trigales queda interrumpida brutalmente por unos gigantescos montones de rocas cárdenas. El contraste entre el dorado voluptuoso de la mies y el áspero cariz de las peñas lívidas, tan abruptas y súbitas, tan injustificadas e incomprensibles, pone destemple en el ánimo. No sabe uno si estas peñas han sido vomitadas por la tierra o han caído de lo alto como sólidas maldiciones.
Mientras el mecánico trabaja, súcubo bajo la panza del coche, y yo me irrito contra el destino, y el sol nos foguea cruelmente, los dos niños que van conmigo desaparecen. ¿Dónde habrán ido los niños en la inmensa soledad del paisaje? Recuerdo el haikai del niño que se ha muerto:
¿Dónde habrá ido hoy a cazar
el pequeño cazador de libélulas?
Y lo torvo del escenario actúa con breves escalofríos en la medula.
Pero los niños aparecen pronto, allá lejos, en la cima de uno de aquellos castillos de rocas, dando gritos alegres, moviendo al viento las menudas aspas de sus brazos… Suben y bajan por la piel áspera de las peñas, se esconden, reaparecen, se disparan flechas imaginarias y hacen el indio bajo el cielo íntegro.
El mundo es materia blanda y plástica para la enorme vitalidad del niño, que, en un momento, ha hecho de las rocas atroces un juguete magnífico. Es, tal vez, un poco inadecuada nuestra ternura ante la infancia. Más propio fuera lo inverso: que ellos nos mirasen con ternura porque la vida pierde ya vigor en nosotros. Pero ellos… Envidia, espanto, sobrecogimiento inspira la fuerza vital del niño que tiene fauces gigantes, se traga los paisajes y las angustias mayores alegremente, y con un gesto de divina elegancia toma en su mano estas enormes piedras cárdenas y fabrica con ellas un juguete delicado.
Poco más allá, Martín Muñoz de las Posadas —un pueblo lleno de viejas cosas interesantes. La Patrona del Municipio es la Virgen bajo una extraña advocación: Nuestra Señora del Desprecio.
Tierra de Campos. Mieses, mieses maduras. Por todas partes oro cereal, que el viento hace ondear marinamente. Náufragos en él, los segadores, bajo el sol tórrido, bracean para ganar la ribera azul del horizonte.
II
SOPORTALES Y LLUVIA
En la vida española ha debido haber una época magnífica: la época en que se construyen las grandes plazas con soportales, a que, en algunas villas, siguen calles enteras cubiertas. Nos es tan familiar esta prócer imagen del pasado que no reparamos bien en su magnificencia. Al menos, yo confieso no haber, hasta ahora, caído en la cuenta de lo que esta idea urbana significa y del esfuerzo que su ejecución representa. Me pregunto si la época actual, no obstante sus pretensiones de riqueza y prurito de lo confortable, puede hacer alarde de nada semejante.
El coste de la obra era enorme para aquel tiempo. Los soberbios fustes de las columnas daban a todas las casas porte de palacios y obligaban a una construcción en saliente, dificultosa y cara. Pero, además, en los lugares de la ciudad donde el terreno valía más, se renunciaba a una parte de él para convertirlo en vía pública.
Como idea implica suavidades de alma hoy imposibles. Suponía el acuerdo y común sacrificio de todos los propietarios en beneficio de una abstracción, que es la urbe. Se aspiraba a hacer grata la rúa, asegurar el paseo, triunfar de la lluvia. En la ciudad, la lluvia es repugnante, porque es una injustificada invasión del cosmos, de la naturaleza primigenia en un recinto como el urbano, hecho precisamente para alejar lo cósmico y primario, fabricando un pequeño orbe extranatural. Lo que más nos sorprende del salvaje es que pueda, sin asco, vivir adherido a la naturaleza, tumbado en el lodo, en contacto con la sierpe y el sapo. Debió llegar un tiempo de náuseas geniales que tabuizó la mitad del cosmos, tachándolo de repugnante. Y es curioso que este asco sublime actuó principalmente sobre lo húmedo. Los caribes brasileños, según el gran etnólogo Karl von der Steinen, no se separan uno de otro cuando dan suelta a sus pequeños menesteres. En general, parece recibir bastante confirmación la idea divinatoria de Bachhofen, que supone una edad primera de la cultura en que ésta exalta la naturaleza pantanosa donde vive. Es la época más torpe y oscura: se habita en palafitos sobre las aguas muertas, monstruosamente fecundas —planta, insecto, reptil, humanidad. Con el matriarcado predomina la mujer, fecunda y húmeda. Las divinidades son tristes, y toda la existencia humana exhala el aire denso y caliginoso de los fangales.
La ciudad es un ensayo de secesión que hace el hombre para vivir fuera y frente al cosmos, tomando de él sólo porciones selectas, pulidas y acotadas. Pero… llueve y el agua tiene un poder mágico de unir las cosas. La piel húmeda siente más el contacto de los objetos —por eso los mandarines, voluptuosamente, humedecen los dedos para gozarse en palpar bolas de jade. Al salir de casa, el chubasco repugnante nos vuelve a pegar al paisaje, y un vago estremecimiento, residuo tal vez de experiencias milenarias, nos recuerda la vida en los pantanos, la hora torva y sucia de la amistad con la sierpe y el sapo.
I
ON THE JOURNEY
The great delight, rolling along the little roads of Castile! Since the earth is so bare, one sees the roads in their skin clinging to the undulations of the planet. They throw themselves headlong, audaciously, down the ravine, and then, with a great elastic leap, they gain the facing hill and one guesses that they follow their route singing gaily I know not what unalterable youth attributed to them. There are moments when, upon the wide landscapes, yellow and red, they seem the long signature of the painter.
In the midst of the incessant variation of the fields on one side and the other, they are the virtuous continuity. Always identical to themselves, they knot themselves to the milestones, docile to the Directorate of Public Works, and thus they tie the landscapes one to another, moor well the pieces of each province, and then these among themselves, forming the great tapestry of Spain. If one night they disappeared; if someone, sinister, stole them away, Spain would remain confounded, made an amorphous mass, each clod enclosed within itself, back to the others, barbarous and intractable. The network of little roads is the venous system of the nation, which unifies and, at the same time, makes circulate through the whole body a single spirituality. This has been said many times in the Treatises of political economy, and it surprises one, suddenly, to feel that by chance they are right.
But the roads also have their sufferings, some moral, others bodily. Thus, suddenly, a road finds itself with two or three others —the crossroads, the trivium or quadrivium. What to do? Which road will the road take? So painful is the perplexity! One of the wisest men who have been in Israel (this autumn I must speak of so egregious a figure in his homeland: Córdoba), the great Maimonides, composed a famous work, summary of all essential wisdom, which he titled Guide of the Perplexed. Of course! One of the most terrible things in life is hesitation, having to decide before many equal possibilities. Reason, the more it works then, the more it sinks into perplexity and the more it discovers, be it said with all respect, the ass’s bottom of Buridan that is in it. Thus, in our existence, it has happened to us several times. A cordial stroke of adventure is necessary, the «wager» of Pascal, and to place oneself at the crossroads to play heads or tails.
As for the physical sufferings, there is one acute, terrible one. So tranquil goes the little dirt road, and suddenly —wham!— the iron road crosses it. It is a matter of an instant, but very painful, very surgical. It is a double injection of iron that perforates the body of the dirt road, pierces it through and through. The poor road remains forever sick at that spot, and it is necessary to splint it with the two barriers of the level crossing and put an attendant to watch at its side. Often, in passing, we see the cloth soaked in blood that the attendant waves as a sign of danger.
Etcetera…, etc.
A panne. It is on the high land that after the pass goes up to Ávila. The yellow area of the wheat fields is brutally interrupted by gigantic piles of livid rocks. The contrast between the voluptuous gold of the harvest and the harsh aspect of the livid crags, so abrupt and sudden, so unjustified and incomprehensible, puts imbalance in the spirit. One does not know whether these crags have been vomited by the earth or have fallen from on high like solid curses.
While the mechanic works, a succubus under the belly of the car, and I irritate myself against fate, and the sun scourges us cruelly, the two children who travel with me disappear. Where can the children have gone in the immense solitude of the landscape? I remember the haiku of the child who has died:
Where has he gone today to hunt
the little hunter of dragonflies?
And the grimness of the setting acts with brief shivers in the marrow.
But the children soon appear, far off there, on the summit of one of those castles of rocks, giving joyful cries, moving in the wind the tiny blades of their arms… They climb up and down the harsh skin of the crags, hide, reappear, shoot imaginary arrows and play at Indians under the whole sky.
The world is soft and plastic matter for the enormous vitality of the child, who, in a moment, has made of the atrocious rocks a magnificent toy. It is, perhaps, a little inadequate our tenderness before childhood. More proper would be the inverse: that they should look at us with tenderness because life already loses vigor in us. But they… Envy, fright, awe is inspired by the vital force of the child who has giant jaws, swallows the landscapes and the greatest anguishes gaily, and with a gesture of divine elegance takes in his hand these enormous livid stones and fabricates with them a delicate toy.
A little further on, Martín Muñoz de las Posadas —a village full of old interesting things. The Patroness of the Municipality is the Virgin under a strange invocation: Nuestra Señora del Desprecio.
Tierra de Campos. Harvests, ripe harvests. On all sides cereal gold, which the wind makes undulate marinely. Shipwrecked in it, the reapers, under the torrid sun, swim to gain the blue shore of the horizon.
II
ARCADES AND RAIN
In Spanish life there must have been a magnificent epoch: the epoch in which the great squares with arcades are built, to which, in some towns, whole covered streets follow. This proud image of the past is so familiar to us that we do not well reflect on its magnificence. At least, I confess I have not, until now, become aware of what this urban idea means and of the effort its execution represents. I ask myself whether the present age, notwithstanding its pretensions of wealth and itch for the comfortable, can boast of anything similar.
The cost of the work was enormous for that time. The superb shafts of the columns gave all the houses an air of palaces and obliged to a protruding construction, difficult and expensive. But, moreover, in the places of the city where the land was worth more, one renounced a part of it to turn it into a public way.
As an idea it implies softnesses of soul today impossible. It supposed the agreement and common sacrifice of all the owners for the benefit of an abstraction, which is the city. One aspired to make the street pleasant, secure the walk, triumph over the rain. In the city, the rain is repugnant, because it is an unjustified invasion of the cosmos, of the primigenial nature, in an enclosure like the urban one, made precisely to drive away the cosmic and the primary, fabricating a small extranatural orb. What most surprises us about the savage is that he can, without disgust, live adhered to nature, lying in the mud, in contact with the serpent and the toad. There must have come a time of genial nausea that tabooed half the cosmos, branding it as repugnant. And it is curious that this sublime disgust acted principally upon the humid. The Brazilian Caribs, according to the great ethnologist Karl von der Steinen, do not separate one from another when they give free rein to their small necessities. In general, the divinatory idea of Bachofen seems to receive sufficient confirmation, which supposes a first age of culture in which it exalts the swampy nature where it lives. It is the most clumsy and dark epoch: one dwells on pile dwellings over the dead waters, monstrously fecund —plant, insect, reptile, humanity. With matriarchy the woman predominates, fecund and humid. The divinities are sad, and all human existence exhales the dense and caliginous air of the mudflats.
The city is an essay of secession that man makes in order to live outside and over against the cosmos, taking from it only select, polished and enclosed portions. But… it rains and the water has a magical power of uniting things. The humid skin feels the contact of objects more —for that reason the mandarins, voluptuously, moisten their fingers to delight in stroking jade balls. Upon leaving home, the repugnant downpour glues us back to the landscape, and a vague shudder, residue perhaps of millenary experiences, reminds us of life in the swamps, the grim and dirty hour of friendship with the serpent and the toad.
I
IN VIAGGIO
La grande delizia, rotolare per i viottoli di Castiglia! Poiché la terra è così nuda, si vedono i cammini in camicia aderire alle ondulazioni del pianeta. Si lanciano a capofitto, audacemente, giù per il burrone, e poi, con un gran balzo elastico, guadagnano il vicino colle e si indovina che seguono la loro rotta cantando allegramente chissà quale giovinezza inalterabile a essi ascritta. Ci sono momenti in cui, sopra gli ampi paesaggi, gialli e rossi, sembrano la lunga firma del pittore.
In mezzo all’incessante variazione dei campi da un lato e dall’altro, essi sono la virtuosa continuità. Sempre identici a sé stessi, si annodano alle pietre dei chilometri, docili alla Direzione dei Lavori Pubblici, e così legano i paesaggi gli uni agli altri, ammarrano bene i pezzi di ogni provincia, e poi queste tra loro, formando il grande arazzo di Spagna. Se una notte sparissero; se qualcuno, avverso, li sottraesse, la Spagna resterebbe confusa, fatta una massa informe, rinchiusa ogni gleba in sé, di spalle alle altre, barbara e intrattabile. La rete dei viottoli è il sistema venoso della nazione, che unifica e, a un tempo, fa circolare per tutto il corpo un’unica spiritualità. Questo si è detto molte volte nei Trattati di economia politica, e sorprende, di colpo, sentire che per caso hanno ragione.
Ma anche i cammini hanno le loro sofferenze, morali alcune, corporali altre. Così, di colpo, un cammino si trova con altri due o tre —l’incrocio, il trivio o quadrivio. Che fare? Quale cammino prenderà il cammino? È così penosa la perplessità! Uno degli uomini più sapienti che siano stati in Israele (questo autunno dovrò parlare di così egregia figura nella sua patria: Córdoba), il grande Maimonide, compose un’opera famosa, riassunto di ogni essenziale sapienza, che intitolò Guida dei perplessi. Chiaro! Una delle cose più terribili della vita è la vacillazione, doversi decidere dinanzi a molte possibilità uguali. La ragione, quanto più lavora allora, tanto più affonda nella perplessità e più scopre, sia detto con tutto rispetto, il fondo di asino di Buridano che c’è in essa. Così, nella nostra esistenza, ci è accaduto varie volte. È necessario un colpo cordiale di avventura, la «scommessa» di Pascal, e mettersi all’incrocio a giocare a testa o croce.
Quanto alle sofferenze fisiche, ce n’è una acuta, terribile. Va così tranquillo il viottolo di terra, e di colpo —zac!— il cammino di ferro lo attraversa. È questione di un istante, ma molto dolorosa, molto chirurgica. È una doppia iniezione di ferro che perfora il corpo del cammino di terra, lo trapassa da parte a parte. Il povero cammino resta per sempre malato in quel punto, ed è necessario ingessarlo con le due barriere del passaggio a livello e metterci un inserviente che vigili al lato. Spesso, passando, vediamo lo straccio inzuppato di sangue che l’inserviente agita in segno di pericolo.
Eccetera…, ecc.
Una panne. È nell’altopiano che dopo il porto va fino ad Ávila. L’area gialla dei campi di grano resta interrotta brutalmente da giganteschi mucchi di rocce livido-violacee. Il contrasto tra l’oro voluttuoso della messe e l’aspro cipiglio delle rupi lividi, così abrupti e improvvisi, così ingiustificati e incomprensibili, mette il dissesto nell’animo. Non si sa se queste rupi siano state vomitate dalla terra o siano cadute dall’alto come solide maledizioni.
Mentre il meccanico lavora, soggiogato sotto la pancia della macchina, e io mi irrito contro il destino, e il sole ci fustiga crudelmente, i due bambini che viaggiano con me spariscono. Dove saranno andati i bambini nell’immensa solitudine del paesaggio? Ricordo l’haiku del bambino che è morto:
Dove sarà andato oggi a cacciare
il piccolo cacciatore di libellule?
E il torvo dello scenario agisce con brevi brividi nella midolla.
Ma i bambini appaiono presto, laggiù in lontananza, sulla cima di uno di quei castelli di rocce, dando grida allegre, muovendo al vento le minute eliche delle loro braccia… Salgono e scendono per la pelle aspra delle rupi, si nascondono, riappaiono, si sparano frecce immaginarie e fanno gli indiani sotto il cielo integro.
Il mondo è materia molle e plastica per l’enorme vitalità del bambino, che, in un momento, ha fatto delle rocce atroci un magnifico giocattolo. È, forse, un po’ inadeguata la nostra tenerezza dinanzi all’infanzia. Più proprio sarebbe l’inverso: che essi ci guardassero con tenerezza perché la vita perde già vigore in noi. Ma loro… Invidia, spavento, sgomento ispira la forza vitale del bambino che ha fauci giganti, si inghiotte i paesaggi e le angosce maggiori allegramente, e con un gesto di divina eleganza prende in mano queste enormi pietre livido-violacee e fabbrica con esse un delicato giocattolo.
Poco più in là, Martín Muñoz de las Posadas —un paese pieno di vecchie cose interessanti. La Patrona del Municipio è la Vergine sotto una strana invocazione: Nuestra Señora del Desprecio.
Tierra de Campos. Mèssi, mèssi mature. Da ogni parte oro di cereali, che il vento fa ondeggiare marinamente. Naufraghi in esso, i mietitori, sotto il sole torrido, bracciano per guadagnare la riva azzurra dell’orizzonte.
II
PORTICI E PIOGGIA
Nella vita spagnola dev’esserci stata un’epoca magnifica: l’epoca in cui si costruiscono le grandi piazze con portici, a cui, in alcune città, seguono intere strade coperte. Ci è così familiare questa procera immagine del passato che non riflettiamo bene sulla sua magnificenza. Almeno, io confesso di non essermi reso conto, fino ad ora, di ciò che questa idea urbana significa e dello sforzo che la sua esecuzione rappresenta. Mi domando se l’epoca attuale, nonostante le sue pretese di ricchezza e il prurito del confortevole, possa menar vanto di nulla di simile.
Il costo dell’opera era enorme per quel tempo. I superbi fusti delle colonne davano a tutte le case portamento di palazzi e obbligavano a una costruzione in aggetto, difficoltosa e cara. Ma, inoltre, nei luoghi della città dove il terreno valeva di più, si rinunciava a una parte di esso per convertirlo in via pubblica.
Come idea implica morbidezze d’animo oggi impossibili. Supponeva l’accordo e il comune sacrificio di tutti i proprietari a beneficio di un’astrazione, che è l’urbe. Si aspirava a rendere grata la via, assicurare la passeggiata, trionfare della pioggia. Nella città, la pioggia è ripugnante, perché è un’invasione ingiustificata del cosmo, della natura primigenia in un recinto come l’urbano, fatto precisamente per allontanare il cosmico e il primario, fabbricando un piccolo orbe extranaturale. Ciò che più ci sorprende del selvaggio è che possa, senza schifo, vivere aderito alla natura, sdraiato nel fango, a contatto con la serpe e il rospo. Dev’essere giunto un tempo di geniali nausee che tabuizzò metà del cosmo, bollandolo come ripugnante. Ed è curioso che questo sublime schifo agì principalmente sull’umido. I caribi brasiliani, secondo il grande etnologo Karl von der Steinen, non si separano l’uno dall’altro quando danno sfogo ai loro piccoli bisogni. In generale, sembra ricevere abbastanza conferma l’idea divinatoria di Bachofen, che suppone una prima età della cultura in cui questa esalta la natura palustre dove vive. È l’epoca più goffa e oscura: si abita su palafitte sopra le acque morte, mostruosamente feconde —pianta, insetto, rettile, umanità. Con il matriarcato predomina la donna, feconda e umida. Le divinità sono tristi, e tutta l’esistenza umana esala l’aria densa e caliginosa dei pantani.
La città è un saggio di secessione che fa l’uomo per vivere fuori e di fronte al cosmo, prendendo da esso soltanto porzioni scelte, levigate e recintate. Ma… piove e l’acqua ha un potere magico di unire le cose. La pelle umida sente di più il contatto degli oggetti —per questo i mandarini, voluttuosamente, umidificano le dita per godersi nel palpare palle di giada. Uscendo di casa, l’acquazzone ripugnante ci riattacca al paesaggio, e un vago fremito, residuo forse di esperienze millenarie, ci ricorda la vita nei pantani, l’ora torva e sporca dell’amicizia con la serpe e il rospo.