Abstract
An early historical study of the legend of the terrors of the year 1000: the legend, born in the fifteenth century and accepted even by Taine and Michelet, is wholly inexact and unsupported by documentary evidence — and yet nothing would better explain the state of mind of tenth-century France. Ortega sets out his plan: the life of the nobles and the clergy, some figures of the age (Robert the Pious, Fulk Nerra, Gerbert, the chronicler Glaber), then the critique of the legend.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En la historia de la Edad Media existe una página sugestiva como pocas, inquietante, que dice uno de los momentos en que la Humanidad se ha encontrado más oprimida, más angustiada. Sobre un cúmulo de desdichas reales, algunos historiadores han urdido el tapiz maravilloso de una leyenda. Es ésta la que supone a los hombres del siglo X abandonando las labores sustentadoras de la vida y huyendo en pardos rebaños al sosegado y milagroso secreto de los claustros. Nacida en el siglo XV, esta leyenda ha pasado entre las manos de todos los que han escrito historia medioeval, y precisamente los de pluma más poderosa se han complacido en detenerse junto a ella y enriquecerla con nuevos fantásticos detalles. Así se explica que, teniendo falta semejante de comprobación monumental, esta tradición se haya perpetuado y hasta hace muy poco no haya sido anulada. Lo extraño es que hombres tan escrupulosos y pausados en sus frases como Taine, la hayan aceptado.
Para ello, a mi entender, existe una razón de las más fuertes que puede alegar una idea para subsistir. La leyenda del milenio es absolutamente inexacta; sus representaciones no encarnan hechos reales. Pero esos hechos han podido absolutamente acaecer; es más: de cuanto pudiera pensar un generalizador acerca de psicología histórica, nada lograría explicar el estado de ánimo del siglo X en Francia como los pretendidos terrores del fin del mundo.
Esto tratamos de indicar en las siguientes páginas, que no son un capítulo de la historia franca, ni siquiera una relación somera de los acontecimientos políticos de la referida época, sino únicamente ciertas notas, ciertos puntos de vista generales respecto al siglo X, en que se intenta mostrar el dolor y la desolación que sentía el pueblo francés a la sazón por las durísimas condiciones de su existencia.
Así, pues, hablaremos primero de la manera general de vivir de los nobles y poderosos; luego, de la de los clérigos y frailes, el Estado y la Iglesia. A continuación se ofrecerán brevemente algunas figuras de la época, que son como las flores creadas por aquel clima histórico: Roberto el Piadoso, Berta y Constanza, Fulques Nerra, Gerberto y el cronista Glaber. Lo que estos personajes ideaban, obraban y sentían, es lo que más nos interesa, prefiriendo sus hazañas privadas, y hasta, a ser posible, espirituales, a las objetivas y públicas.
Por fin, una vez copiada la más intensa fórmula de la leyenda, según Michelet, indicaremos la falta de datos ciertos y la gran cantidad de pruebas en contra de su certidumbre que halla el historiador crítico.
Los terrores del año 1000 no son, pues, ciertos; al menos, no fueron tan generales como se ha dicho; pero representan la explicación más justa que podría darse de aquella época.
I
Imaginemos, siquiera sea vagamente, lo que era la vida en esa época, dura, misérrima, atormentada de dolorosa preparación, que iba a cuajar al cabo en el feudalismo.
Hoy, sólo merced a un gran esfuerzo de disociación, podemos reconstruir aquel estado sentimental e intelectual, porque la base de nuestra vida es algo firme y definitivo; las instituciones fundamentales están perfectamente delimitadas, legalizadas y reconocidas; los acontecimientos económicos siguen una marcha regular; la ciencia ha perdido la bienhadada inocencia, y no se halla al capricho de cualquier error craso y elemental presentado con firmeza e ingenio. Y todo esto es de tal manera sólido y preciso, que llega a inquietar los ánimos amigos de las cosas turbulentas, de la intervención del Deus ex machina, de las ideas confusas, en una palabra, de todo lo robusto; tal es, a mi entender, la significación de los anarquistas políticos, artísticos y científicos, protestantes de la marcha legal, sin altibajos ni emboscadas de la existencia.
Y si entre los ideales, harto vagos, de este género de intelectos hay alguno que pueda informar el porvenir y convertirse en modificador de la sociedad, existen tantas otras condiciones sociales, hoy por hoy, claras e inquebrantables, que nos causa temor la probabilidad de un cambio en determinado orden de circunstancias.
Pero en el siglo desventurado de que voy a hablar, y en Francia muy especialmente, ocurre lo contrario: instituciones, sentimientos, creencias, vida económica, sabiduría, todo está en imprecisa posición en los comienzos de su desarrollo, y no hay lugar a donde el espíritu pueda volverse con seguridad de encontrar algún descanso. Las lindes de los Estados múdanse casi diariamente, las prestaciones aumentan o decrecen de súbito; hoy es uno el soberano y mañana es preciso obedecer a otro, y hasta hay hombre que se acuesta siendo libre y al despertarse se halla siervo. Doloridamente se queja. ¿Quién soy yo?… Yo he construido la primera torre, yo he defendido mi campo y abandonado mi morada, he ido bravamente a esperar los paganos normandos… Aún más: yo he contenido la ribera, he cultivado el aluvión, he creado la tierra misma como Dios, que la sacó de las aguas. ¿Quién me alejará de esta tierra?
«Nadie, amigo mío —le dice el señor vecino—; no se te echará de esa tierra. La seguirás cultivando, mas de muy diverso modo. Acuérdesete que aturdidamente te casaste con Santiaguea, mozuela que era sierva de mi padre. Acuérdesete la máxima: “El que ama mi gallina, es mi gallo”. Por lo tanto, tú eres de mi gallinero. Descíñete la espada. Desde hoy eres mi siervo».
«Nada de esto es invención. El conde de Avesnes, ante semejante ultraje, se sintió morir; toda su sangre lo ascendió al rostro; sus ojos llamearon; sus labios, mudos, terriblemente elocuentes, hicieron palidecer a la asamblea. Llenos de espanto, dieron todos un paso atrás. Estaba muerto. Sus venas se habían roto, sus arterias arrojaban la ardiente sangre a las frentes de los señores».
De esta dramática manera representa Michelet la más cruel de las circunstancias medioevales: la incertidumbre de la condición personal, la pendiente tremenda por la que el hombre «libre» deviene «vasallo», el vasallo, «servidor» y el servidor, «siervo». Al menor descuido se da en ella un paso, y luego el otro y el otro; se es extranjero (avena, aubain), épave, gibier, sauvage, «siervo» y «muerto». Aunque se trata hoy de considerar la servidumbre de esta época como más blanda situación de lo que pudiera imaginarse, el mainmortable, el hombre que nada es y nada puede poseer, cuya vida vale sólo un real, será siempre una angustiosa y doliente figura.
Y si esta incertidumbre existe respecto a la condición personal, ¡cuál no será la vaguedad y mudanza de todas las otras formas de la existencia colectiva!
No es, pues, de olvidar, cuando se discurre acerca del siglo X, que, a más de las durezas de una vida semibárbara, de las pestes, de las guerras, de las hambres, hay una terrible causa de dolor y desasosiego que hoy nos es por completo desconocida: la indecisión de todo, el predominio de la eventualidad en la política, en el derecho, en la vida corporal, en la economía, en los sentimientos morales. Poco después empiezan a consolidarse los Estados, y a definirse las soberanías, y a aclararse y legalizarse las mutuas dependencias; de suerte que esta fuente de amargura se seca, y la vida se torna más tranquila y menos cruda. En el siglo XII el feudalismo está perfectamente constituido, y así puede decir Gaston Paris: «El nombre que hemos dado a la Edad Media indica cuán transitoria fue realmente, y, sin embargo, lo que más profundamente la caracteriza es su idea de la inmutabilidad de las cosas. La antigüedad, sobre todo en los últimos siglos, está dominada por la creencia en una continua decadencia; los tiempos modernos, desde su aurora, están animados por la fe en un progreso indefinido. La Edad Media no ha conocido ni este desfallecimiento ni esta esperanza. Para los hombres de este tiempo, el mundo había sido siempre tal y como ellos lo veían y el juicio final lo encontraría semejante».
II
Son los momentos en que cuaja el feudalismo, esa complicada posición de Europa que había de durar casi cuatro siglos. El suelo está repartido como premio al ánimo. El más esforzado se hace dueño de las grandes propiedades; en su derredor se agrupan los menos fuertes con sus tierras menores, y en torno de ellos los tristes colonos, los patrocinados, que poco a poco caen en la condición de pene servi y los siervos de la gleba sujetos al terruño como un árbol o una piedra. «El orden social —dice Martín— no es otra cosa que una jerarquía de tierras poseídas por guerreros, apoyados los unos sobre los otros en grados diversos y formando una cadena que parte de la casa almenada del simple gentilhombre para ascender hasta el real torreón».
Los Estados se unen y desunen rápidamente, absorben o son absorbidos, saltan las fronteras de las marcas y de los ducados unas sobre otras; en pocos años, un gentilhombre conquista un marquesado, llega a duque y desciende de nuevo en su hijo a la primitiva calidad de gentilhombre. El rey mismo no es el más fuerte ni el más seguro de los señores. Roberto el Piadoso vivió peleando con duques, sus súbditos, para defender las fronteras de la Francia.
Sin descanso guerrean y conquistan; la algarada es un placer; la política se hace con el montante. Por la historia del siglo X cruza incansable, campeador, ebrio de escaramuzas, un gran señor, a quien llaman Tibaldo el Cizañero, figura representativa.
Y es en vano pretender hurtarse a esa vida de músculos distensos y heridas que sangran siempre, abiertas nuevamente, a menos de un renunciamiento completo. En tales instantes, quien no se mueva y no golpee se va al fondo, desaparece. «En el ideal feudal —añade Martín—, todo lo que no forma parte de la jerarquía militar es como si no existiera y queda fuera de la sociedad política». Es el gran día de la segunda casta, el día de los guerreros. El clero no logra sustraerse por completo a esa necesidad de pelea que muerde e inquieta los corazones, y frecuentemente se aleja de las máximas tranquilas, sedantes y opiadas del cristianismo para tomar las armas de los fuertes.
Durante el siglo X, la tierra de Francia parece como un caserón atormentado por duendes y vestiglos. Mirando aquella edad en la lejanía de la Historia, se ofrece obscura y misteriosa, poblada de almas ardientes que, oprimidas por angustias corporales, se aferran a todo lo sobrehumano, a todo lo milagroso, única esperanza de salud. La lucha por la existencia es terrible y sincera, más que en Grecia, más que en Roma. Sólo se admite una diferencia entre los hombres: el músculo. Hay los musculosos y los anémicos; nada más. La astucia murió en Roma y aún no ha renacido.
El señor feudal es el más fuerte de sus vasallos: por eso ha llegado a ser el señor. Los caballeros son poderosos, porque son los valientes: merecen la supremacía. Los villanos son cobardes y sufren.
En 997 intentan los campesinos normandos organizarse para poder vencer a sus señores. «Los señores —dicen— no nos hacen sino males y males; no podemos nunca tener la razón contra ellos. Día a día van apoderándose de nuestros ganados, so pretexto de censos y prestaciones. ¿Por qué consentimos nuestro daño? ¡Hombres somos como ellos; nuestros miembros están hechos como los suyos; tenemos tan grande el corazón! ¡Sólo el ánimo nos falta! Luchemos reunidos y nos libertaremos. Somos lo bastante numerosos para oponer cuarenta hombres a cada uno de sus caballeros». Los oprimidos reconocen el valor de sus opresores.
Ahora bien; este poder, conquistado por la fiereza, se ejerce directamente sobre la tierra. Dos principios —dice un historiador francés— informan el feudalismo: la tierra y la espada, la riqueza y la fuerza; dos principios de los cuales depende todo, a los cuales va a dar todo y que se unen e identifican, por cuanto es preciso poseer la tierra para ser dueño de la espada (es decir, para tener derecho a la guerra primitiva), la inviolabilidad de la tierra no era más que la resultante del deber de blandir la espada en pro y en nombre del soberano de quien proviene el campo. Tanto que, así como en la Roma primitiva la inviolabilidad de la tierra no era más que la extensión de la inviolabilidad del hombre, del ciudadano, aquí el hombre no es nada sino por la tierra; es la tierra personificada. El cambio de los nombres familiares es uno de los signos característicos del feudalismo; los nombres galogermánicos, como los griegos y romanos, eran nombres de razas, de tribus, verdaderos nombres de familia, nombres de personas, en una palabra, al paso que los nombres feudales son nombres de lugares, nombres de cosas.
La tierra, pues, da la condición y absorbe al hombre; la gleba, el terruño, marca la personalidad. Toda la constitución feudal gira sobre este axioma: Nulle terre sans seigneur; ninguna tierra sin señor.
De modo que el tipo jurídico es en este momento el feudo, como en el Derecho romano lo era la compra-venta. A este tipo se refiere todo el sistema civil, sea directamente, sea en forma fingida. «En todas partes —dice Glasson— se esforzaban para aplicar la constitución del feudo a los derechos más varios. Se llegó a conceder «en feudo» el derecho de percibir rentas insignificantes; por ejemplo, veinte, treinta, cuarenta sueldos al año. En su calidad de abogado del rey de Inglaterra, Accursio cobraba anualmente cuarenta marcos que le habían sido constituidos a título de feudo. Cítase el caso de un señor que otorgó a su cocinero una casuca y una tierra como gajes anuales, el total a título de feudo, feodum de coquina. Podríanse multiplicar los efectos de este género; pero hemos dicho lo bastante para mostrar que se había llegado a dar todo en feudo, tierra, usos, peajes, justicias, derechos, rentas, funciones. Brussel (Usage général des fiefs) afirma que se convertía todo en feudo, al efecto de aumentar el número de personas obligadas al servicio militar». Esto revela que se adaptaba todo a la forma feudal, por considerarla el tipo más perfecto y porque tenía la ventaja de ligar a los hombres por medio de la subordinación.
Y, ¿qué es el feudo? El citado Glasson describe con extrema claridad su origen y esencia. La palabra «feudo» tenía un valor en las viejas lenguas del Norte exactamente igual a la voz latina peculio; indicaba, pues, en el antiguo alto-alemán, en frisón, en anglo-sajón y en lombardo el rebaño, y, al propio tiempo, el patrimonio, la propiedad más personal, los bienes por excelencia.
«De las instituciones francas del siglo IX nace el feudo; los compañeros se agrupan en derredor del jefe, bajo nombres diferentes: ora buccellarii, entre los visigodos; ora gazzindi, entre los lombardos; ora vassi, entre los francos. El jefe era el senior, y se recuerda la decisión del emperador Carlos el Calvo, de 847, que ordena a todos sus súbditos escogerse un senior. El acto se llamaba recomendación; pero entonces era un ligamen de persona a persona, aun cuando el vassus hubiera recibido una liberalidad del señor. El buccellarius visigodo podía en cualquier caso romper los lazos de la recomendación devolviendo lo que recibiera, con tal que no escogiera para ello una ocasión intempestiva y peligrosa para el señor; por ejemplo, en tiempo de guerra. No hay que decir que el lazo de la recomendación se rompía necesariamente por la muerte de uno de los contratantes. Sin embargo, esta relación entre el vassus y el senior se transformó en parte y adquirió una nueva naturaleza cuando el patrono dio una tierra al que se convertía en hombre suyo. Hasta entonces, la recomendación había creado un lazo puramente personal, no implicaba necesariamente la existencia de una liberalidad, y cuando ésta existía, podía consistir en muebles más o menos importantes; de todos modos, sólo significaba algo accesorio que se realizaba con motivo de la recomendación, pero no era su causa.
»Por el contrario, en el «beneficio» la tierra viene a ser la causa jurídica del lazo existente entre el vasallo y su señor. Era de uso perfectamente conocido en el imperio romano conceder a los soldados tierras con el nombre de «beneficio». Establecidos en Galia los reyes y los grandes, acordaron tierras a título de beneficio, para asegurarse el auxilio y obediencia; acaso también en ejecución del capitulario, ya citado, de Carlos el Calvo, los dueños de alodios, es decir, de tierras libres, las ofrecían a un senior bajo condición de que éste se las devolviera a título de beneficio. En ambos casos, el ligamen tenía por causa una pertenencia. Ahora bien; el beneficio es la fuente directa del feudo, puede decirse que se confunde con él, y durante largo tiempo fueron sinónimos estos dos términos».
Originariamente, el feudo propiamente consistía en la concesión de una tenencia en cambio del servicio militar y de otros deberes, y más tarde Dumoulin lo definirá concessio rei inmutabilis, libera et perpetua. En algunos casos, esta concesión era fruto de un sincero sentimiento de liberalidad por parte de los reyes. Los archivos de las abadías están llenos de este género de dones. Otras veces era su origen, como ya hemos dicho, deseo de engrosar las huestes.
Durante el siglo X, gran número de propietarios de alodios los convierten en feudos por la ficción ya indicada, y algunos poderosos de Borgoña ejercen verdaderas violencias para obligar a hacer lo mismo a los reacios. Demás de esto, podía adquirirse un feudo por medio de la guerra, por confiscación, por transmisión, por venta, etcétera… En la época de que hablamos comienzan también a hacerse hereditarios algunos feudos; pero hasta el siglo XII no se hace general este derecho: los primeros Capetos se opusieron tenazmente a que en ciertos condados se estableciera el principio de herencia en los dominios.
Tal es la institución feudal. Al lado de ella existía otra manera de poseer la tierra: la censive, tenencia labrantía. El feudo era una institución noble y sólo un gentilhombre podía ser su señor; el villano sólo podía adquirir la propiedad campesina como terrazguero. ¿Qué diferencia existía? Ambas, es cierto, procedían de un soberano; ambas habían sido entregadas perpetuamente; mas el feudo suponía el pleito homenaje, cierta participación en el poder y significaba una posición esclarecida. El terrazguero, por el contrario, se reconocía a sí mismo por un poseedor de segunda clase, tenía que pagar un canon al señor y era no más que el propietario útil, en tanto que otro era el propietario directo. Su personalidad es, pues, un poco vaga; su tierra tenía dos dueños y él no gozaba de la menor participación en la administración de la justicia.
Pero unos y otros eran hombres libres; junto a ellos vegetaba tristemente un pueblo oprimido, desconsiderado, que los llevaba sobre su espalda; los siervos, la perenne acémila de la Historia. Notemos algo acerca de ellos, sin detenernos en otras suertes de tenencias inferiores, tales como las llamadas terrage, amestic, mainterme, bordelage, etc., que son de escasa importancia en un cuadro trazado a rasgos tan amplios como el que quisiéramos hacer del siglo X.
Hemos visto que a la tenencia feudal correspondía la condición noble, a la tenencia labrantía o censataria, la villana. El siervo era algo aún más unido a la tierra, al terruño, «gleba», era una parte del suelo; inquebrantables raíces legales sujetábanlo a la gleba y era vano todo intento de liberación. Sólo la buena voluntad del señor podía salvarle, emancipándole; pero la emancipación general y en gran escala no empezó hasta el siglo XII. En este siglo X aparece completamente indefinida bajo el punto de vista jurídico la idea de servidumbre. Hay muchos grados en ella, y dice Glasson que podría afirmarse la mayor diferencia entre dos siervos que entre un villano y un señor. Taillable et corvéable à merci, pechable y cargable a merced; he aquí el lema que con el ya citado de «ninguna tierra sin señor» forman los goznes sobre que gira toda la vida medioeval. Al siervo se le imponen cuantas obligaciones se quiera, se le acosa, se le atosiga, se hace de él una máquina de trabajo. No puede entrar en las órdenes sin permiso del señor, no puede casarse sin su consentimiento, por cuanto sus hijos nacen siervos, son propiedad del señor, y si los contrayentes pertenecían a distintas soberanías se originaban pleitos y pendencias. Generalmente, seguían la condición de la madre.
No obstante, eran algo más que el esclavo romano: el siervo tenía personalidad jurídica, y, por lo tanto, podía adquirir, no siendo tenencias nobles; únicamente, como se ha dicho, sólo podía otorgar en testamento valor determinado, variable entre cinco y sesenta sueldos.
Durante los siglos XI y XII se clarifica su situación; pero como no es nuestro empeño discurrir acerca de la Edad Media en general, nos vemos obligados a dejar en vaga comprensión este punto. Sólo podemos decir que, como en todos los siglos anteriores, es la servidumbre la suerte del vencido; que, abusando de la anarquía, los señores reducen a esta clase de esclavitud muchos hombres libres; que pequeños propietarios aceptan la adscripción a la gleba para ser defendidos, y, finalmente, que la más abundante fuente de servidumbre es el nacimiento. Y Roy añade: «Entre los libres (burgueses y villanos) y los siervos había intermediarios, flotando indecisamente entre la libertad y la esclavitud, tales como el lite, que puede llegar a ser propietario, aun cuando tenga un señor a quien haya de pagar «pechos»; los «colonos» de ciertas costumbres, que tienen derecho a disponer de sus bienes y no están sometidas a la mano muerta; los hôtes, los cagots, caceux, cagneux… los colliberti, que eran, en general, siervos sin condiciones y en una situación próxima a la de los hombres libres, puesto que vemos en ciertas actas siervos emancipados que se hacen colibertos, etcétera».
Mas en esta centuria, así como cuantos prometían tributos pecuniarios o se recomendaban por «el mechón de pelo» y no por «el lanzón y el puñado de yerba», cayeron poco a poco en el rango de colonos y villanos, así muchos siervos habían ascendido a la categoría de colonos, y aunque permanecían aprisionados por la tierra, se les reconocía cierta manera de propiedad y la posesión de un peculio, que variaba, al parecer, según las comarcas, entre cinco y sesenta sueldos. Otros se hacían adscribir como siervos de las iglesias, y bajo la égida más benigna del Evangelio su existencia se tornaba relativamente dulce, y, en lugar de siervos, llamábanse «oblatos».
III
Como ya hemos visto, sobre la humanidad sierva y villana se yerguen, orgullosos, los señores. Ellos han creado con su espada el Estado: diariamente tienen que combatir para engrandecerlo o defenderlo. Como constantemente se cierne una amenaza de exterminio sobre los malaventurados labradores, rodean éstos cada vez con mayor cohesión a ese hombre que puede librarlos de los últimos dolores. Así, el poderío, la soberanía del caudillo guerrero, se robustece e insolenta, porque se sabe necesaria. Entre los recios muros de su torre medita constantemente nuevas campañas.
Intentemos brevemente reconstruir una de esas mansiones. Sobre un altozano, tal vez dominando un río, entre algunas pobres casas de barro o adobe cubiertas con pizarras, se alza, tosco y ceñudo, el castellum; un seto le rodea, y si se trata del de los grandes duques de Normandía o Borgoña, a más del seto, una muralla de poca elevación. Dentro se abre el foso, de aguas obscuras, cenagosas, lugar delicioso para las ranas y toda otra suerte de alimañas aficionadas al fango.
Ponemos el pie en el puente levadizo, que descansa sobre fornidas estacas. Al pisar los umbrales, el puente es recogido, merced a unas cadenas o gruesos cables. En este momento llega a nuestros oídos una extraña mezcla de ruidos de corral y rumor de cuartel: nos hallamos en el patio, curtis. Algunas gallinas picotean en los rincones; una piara de gansos ensordece el aire; algún soldado limpia sus armas, y tal labriego, embutido en su burdo traje, limpia el caballo del señor al son de canciones villanas, grotescas y maliciosas. Acaso también advirtamos los pasos mesurados de algún presbítero que ambula rezando.
En medio de este patio, cuyas murallas son tan altas como tres o cuatro cuerpos de hombre, murallas interminables, con las frentes ceñidas de uno o varios órdenes de almenas, se alza el torreón señorial, la morada del duque o conde y de sus hombres; tras el torreón, que está construido generalmente sobre una eminencia natural y que en ocasiones alcanza hasta 18 metros de altura, suele haber una iglesia, donde viven los canónigos y se celebra el culto. En ciertos lugares se abren las entradas a las galerías soterrañas.
El torreón (dunio, de dunium, colina), es el corazón de todo este enorme edificio, de miembros formidables, que parece tender sobre los campos circundantes majestad y temor, amenazas y amparo, crueldad y auxilio. En el piso bajo hay alguna habitación; pero, de ordinario, sólo sirve como establo y cuadra y como almacén de provisiones. Por unas rampas se asciende al primer piso; aquí se halla la sala de armas, aula, estancia inmensa, mal iluminada de día y aún peor de noche, porque el sebo cuesta tanto como la carne. La piedra de las paredes está casi completamente desnuda; colgadas aquí y allá, vense toda suerte de armas, cotas de malla, hachas, mazas férreas, montantes, flechas y arcos; una gran mesa de madera rodeada de bancos, y a cuyo extremo un recio sillón de anchos brazos sobre un estrado y bajo dosel está reservado al señor, quien sólo lo cedería a su soberano. En uno de los muros penden los escudos de los caballeros que siguen la bandera del propietario. En cuanto al piso, era generalmente de piedra; cuidábase tan sólo de cubrir las junturas de los sillares con hierbas olorosas durante el verano y con paja en la época del invierno. Una puertecita comunicaba este aposento con otro más pequeño, lugar de retiro y descanso para el señor. En el piso segundo habitaban la familia de éste y los altos dignatarios, y, por fin, en el tercero los hombres de guerra y demás servidores del castillo.
Tal es el mayor grado de comodidad en la vivienda a que podía aspirarse en esta época; a la verdad, hoy un obrero distinguido no quedaría contento si se le obligara a vivir de análoga suerte. Y, sin embargo, así vivían los más poderosos hombres del siglo X: los duques de Normandía, Guyena y Borgoña; los condes de Flandes, Tolosa, Champaña, Anjou, Artois, Nevers y Bretaña.
Tras ellos van otros, y tras éstos otros en complicadísima jerarquía; pero todos rudos, ignorantes, llenos de robustez en el cuerpo y de insolencia en el espíritu[2].
La rigidez de la interdependencia es tamaña, que el noble vive absolutamente apartado del labrador e inculca a su hijo la idea de que debe apartarse de él como si su presencia manchara. Demás de esto, teníase en cuenta la calidad de las personas hasta en la elección de nodrizas; el hijo de un rey había de ser amamantado por una duquesa, el de un duque, por una condesa, y así sucesivamente.
Veamos ahora los derechos de estos altos propietarios de la tierra.
En precisa gradación dependen unos de otros, y desde el último gentilhombre hasta el rey, existe una cadena de sólidos eslabones que se forja por medio del pleito homenaje. Para realizar esta ceremonia, es condición precisa en las personas la de libertad, que sean hombres libres los que acudan a rendir pleitesía al señor. «Homenaje —dice el «Grand Coutumier de Normandía»— es promesa de guardar fe en las cosas derecheras y necesarias, y de dar consejo y ayuda». Y aquél que presta homenaje debe extender las manos entre las de aquél que la recibe y decir estas palabras: «Devengo vuestro hombre, obligándome a defenderos contra todos, salvo la lealtad al duque de Normandía».
Existían tres suertes de homenaje: el ordinario, el sencillo y el ligio. El homenaje ordinario obligaba al vasallo a tres deberes principales: el de justicia, el de consejo y el de guerra. En el homenaje sencillo se constreñía el vasallo solamente a no campear contra su soberano; pero no le debía consejo ni servicio de corte, ni de hueste, y el soberano no podía levantar prestaciones sobre los hombres del vasallo sencillo. En cuanto al homenaje ligio, era el más grave de todos y se refería principalmente al servicio militar; el hombre ligio debía —dice Glasson— el servicio militar en persona y durante todo el tiempo de la campaña, mientras que el vasallo ordinario no estaba obligado a más de cuarenta días, a partir de aquél en que la hueste fue reunida, de modo que al cabo de ellos podía regresar a su castillo. Además, no era necesario que asistiese el vasallo en persona. En fin; el sencillo y ordinario, renunciando al feudo, podía liberarse de la obligación contraída, al paso que, aun haciendo esto, el ligio continuaba ligado.
La fórmula del homenaje era, según parece, la misma en todas las regiones; pero las palabras solemnes pronunciadas por el vasallo variaban, no obstante. El vasallo hacía homenaje ligio públicamente ante la corte del señor; pronunciaba su fórmula desnuda la cabeza, sin cinturón, ni armas, de rodillas; a continuación ponía las manos entre las del soberano, simbolizándose la sumisión y la tradición del vasallo, así como la protección que sobre él debía extender el señor.
El vasallo le debe l’estage, o sea guarda del castillo, cierto número de días al año, un auxilio en dinero, cuando el hijo se arma caballero, para el matrimonio de la hija preferida, para pagar su rescate, si es hecho prisionero. Este canon pecuniario llamábase taille aux quatre cas, el cuarto era muy poco frecuente.
Por su parte, el señor debe al vasallo ayuda y protección, si el feudo es atacado; la defensa mutua de las personas es obligatoria.
El señor pierde su derecho de soberanía si atenta al honor de la mujer o la hija del vasallo, si levanta un palo contra él y si le niega justicia o socorro.
En la época de los primeros Capetos, cuya realeza aún no estaba definitivamente admitida, los grandes señores no prestaron homenaje ligio; sólo el de fidelidad, y, no obstante, lo exigieron de sus feudatarios.
De todos los derechos mencionados, el que revela mayor soberanía es el de justicia. Las audiencias eran inapelables: ni al rey ni a nadie podía alzarse un demandante, a no ser en caso de rompimiento de derecho o de falso juicio; pero aun entonces era, más bien que una apelación, una nueva alegación dirigida contra el juez mismo por violación de los deberes feudales. Como el rey, tenían esos señores el derecho de gracia y remisión, y no añadimos el de vida y muerte porque hasta ínfimas baronías lo poseyeron. Por último, el soberano podía obligar al vasallo a permanecer en su tierra o apoderarse de él si huía, y, en castigo, marcarle cum ferro vel alio instrumento sicut de animalibus.
IV
No era, pues, envidiable la suerte del vasallo. ¡Qué dura no sería la del villano, el campesino y el colono! El señor penetraba a lo mejor, so pretexto del derecho de caza, en sus bosques, y hacía daños sin fin. En tiempo de Roberto Bouchard, conde de Vendôme, irritado por las concesiones hechas por su tío el obispo Renaldo, en el bosque de Gatines, expulsó a los paisanos de sus casas e inutilizó los sembrados. Ricardo II, fiel aliado de Roberto, provocó por análogas medidas una rebelión. He aquí cómo relata Guillermo de Jumiegues el acaecimiento: «En tanto que el joven Ricardo abundaba en virtudes, suscitose en su ducado una simiente de discordias pestilenciales. Porque los viles campesinos se reunieron en diferentes conventículos y decidieron vivir a su placer. Querían servirse de sus leyes en las tierras labrantías de los bosques, así como en el comercio de las aguas, sin tener en cuenta el derecho usual establecido. Para que fueran confirmadas estas leyes, cada grupo eligió dos delegados, encargados de llevarlas a una reunión general, que se verificaría en medio de las tierras. En cuanto lo supo el duque, envió al conde Paul contra ellos, acompañado de una multitud de soldados, para comprimir aquella ferocidad agresiva y disipar la rústica asamblea. El conde no tardó en obedecerle, apoderándose de los delegados y de algunos otros, a quienes hizo cortar las manos y los pies, y así los remitió ante los rebeldes, para apartarlos de su empeño y para que el temor de suerte tan miserable les hiciera más prudentes. Advertidos los campesinos de esta manera, renunciaron a sus asambleas y volvieron a sus arados». El cronista Jumiegues no era más ni menos adulador que la generalidad de los hombres de entonces, y por eso el desdén con que habla de los malaventurados labriegos, puede servir de rasgo representativo de la época. El aldeano contempla su vida, intervenida en todo momento por el señor. No podía llevar a moler su harina a cualquier molino que le conviniera, ni luego de molida panificarla en el horno más de su gusto, sino que había que conducirla al molino y al horno banalés. Si se resistía, el señor hacía valer su derecho de banalidad.
Al menos, se diría, no tenían que soportar ni impuestos ni contribuciones que estuvieran fuera de los convenidos en la concesión de la colonia o en la tradición de la gleba. Cierto que no hubo hasta el siglo XIII impuesto ni Tesoro público; lo que en las arcas reales entraba, era sencillamente a título de prestación privada, como la debida a cualquier otro duque o conde. «Pero —dice Glasson— el señor, el justiciero, el jefe militar, el propietario territorial, tomaban pretexto de un acontecimiento cualquiera para imponer un censo nuevo o aumentar los ya establecidos, y en seguida invocaban este precedente, a título de costumbre, para asegurar su mantenimiento, aun cuando las circunstancias hubieran cambiado. Una guerra, un incendio, la construcción de un castillo para protegerse contra las intrusiones de los vecinos, un viaje a cualquier país lejano, servían de pretexto a un nuevo canon, que se continuaba cobrando aun después de desaparecida la causa que lo había hecho establecer». Así se observa que la vida era mucho más cara, a pesar de las necesidades de la época, y así se explica el número sin número —que diría el padre Rivadeneira— de peajes, portazgos, pontazgos, etc., existentes bajo el nombre de tonlieux.
Cada torreón era un nido de aves de rapiña, hechas a todas las luchas, inquietas, ávidas, desenfrenadas, que descendían a los llanos y los esquilmaban. La enorme cantidad de pillajes de esta índole realizados por los señores feudales durante la centuria a que aludimos, nos releva de citar unos y otros. Además, como aún existía el derecho de vengar por las armas privadas injurias, los campos sufrían los rasguños hechos al honor de sus señores, y esto, en mayor escala que otros casos, aconteció durante la interminable enemiga entre los condes de Anjou y Blois, Montescos y Capuletos sumamente agrandados de la Francia en el décimo siglo.
Poca diferencia existía entre la situación de los habitantes de las campiñas y la de los urbanos. Desde el establecimiento de los bárbaros en las Galias, había ido empeorando la condición de las ciudades. Las Corporaciones Municipales perdieron sus postreras libertades, y sus atribuciones pasaron a manos de los oficiales del monarca o de los señores. De otra parte, la industria y las corporaciones industriales no cesaron de declinar; muchos antiguos colegios de obreros desaparecieron, y el Estado no mantuvo otras manufacturas, fuera de la monedería. En fin, la preferencia dada por las familias ricas a morar en los campos, las franquicias de ciertos señoríos, las de Iglesias y Monasterios, atrajeron una porción de oficios, que se ejercían otro tiempo en las villas; de suerte que se operó una gran mudanza de intereses y población.
Las comunicaciones eran, a su vez, extremadamente difíciles y peligrosas; el cronista Richer cuenta un viaje que él hizo de Reims a Chartres, y a pesar de la corta duración parece su relación un libro de aventuras, un diario de exploraciones. ¿Qué vida había de tener el comercio?
Las tierras, sin embargo de la relativa preponderancia de los campos sobre las grandes ciudades, no eran bien cultivadas, y sólo así se explica las horrorosas y tenacísimas hambres que ocurrieran. Réville, en una deliciosa conferencia sobre la vida de los paisanos en la Edad Media (siglos XIII y XIV), pronunciada en Génova, ha puesto minuciosamente de relieve las enfermedades de la agricultura de entonces, y aunque no se refiera al siglo de que hablamos lo que de los siguientes diga en punto a barbarie, claro que, aumentado, ha de valer para el nuestro. Reconoce, pues, tres grandes vicios del arte agrícola: pocas especies, pocos abonos y demasiados barbechos. Las cosechas, aun en los mejores años, eran tres y cuatro veces menores que las que hoy se obtienen, y muchos años cualquier cólera divina destruía los sembrados y la desolación ganaba a todos los labradores. Al lado de esto hay que observar, como el mismo Réville lo hace, que en el siglo X hasta los señores tenían que contar con un rincón de campo de su exclusivo uso, so pena de morirse de inanición. Verdad es que se contentaban con muy poco, así ellos como sus villanos, colonos y siervos. La sobriedad es la norma, aunque no faltan grandes y famosos glotones e ilustres bebedores de sidra, que nunca han faltado en las épocas más austeras el nombre Rabelais o algún humano Arcipreste de Hita.
El estado de espíritu del campesino es, no obstante, sencillo y cándido. Como más adelante veremos, acoge todas las supersticiones y, como ya hemos visto, se deja robar a mansalva por los señores. Sólo cuando la opresión se hace intolerable o el invierno echa al lobo del bosque, se reúne en algarada rebelde, sitia el castillo y vuelve mohíno y apaleado por los duros brazos de los caballeros a su surco, a sus supersticiones, a su hambre, a su angustia. Los foros que el terrazguero había de pagar eran muchos y complicados; en la manera, aunque no ciertamente en la cantidad, puede dar una idea de las prestaciones campesinas, las acostumbradas aún en nuestra Galicia.
Eran de tres clases: en dinero, en especie y en días de trabajo. Imposible ofrecer un cuadro sistemático de estas prestaciones, que variaban al infinito. Réville, sin embargo, presenta un esquema: «Imaginemos —dice— una tenencia cuya renta real y total era de veinte libras. De estas veinte libras, pagaba el terrazguero cinco en moneda, el valor de diez en trigo y avería, el equivalente de cinco en jornales de labor. Estos foros se pagaban en épocas diversas, a menudo entre las cuatro fiestas de San Miguel, Navidad, Pascuas y San Juan; a veces, sólo en dos plazos, o en tres, o aun todo junto en la época de una feria local importante». Todas estas prestaciones se heredaban de padres a hijos, y así acontecía que las en especie llegaban a adquirir formas ridículas; se cita el caso de una que debía pagar anualmente la ciento noventa y seisava parte de una gallina. El procedimiento para realizar estos absurdos pagos era análogo al usado hoy en Galicia, donde se reúnen todos los deudores de foros y se ponen de acuerdo con uno de ellos, llamado cabezalero, el cual es el responsable.
Respecto a la tercera clase de obligaciones, o sea en jornadas de trabajo, nacía de que, como se ha dicho, el señor conservaba una parte del campo para su personal empleo, y sus hombres habían de prestarle cierto número de días mensuales o anuales, el esfuerzo de sus brazos, su yunta de bueyes para arar, sembrar y segar los campos nobles. Además, a ellos estaba encomendada la guarda del castillo, su limpieza, la vigilancia de sus prisioneros, etc. Estos últimos servicios domésticos eran recompensados con un minúsculo salario, consistente en huevos o queso o cualquier otro manjar.
Ahora bien, ¿a cuánto podría elevarse la suma de los valores de todas estas prestaciones debidas por el labriego al dueño de su campo? La respuesta es difícil; Réville acude al libro del vizconde de Avenel, según el cual, el señor no percibía arriba del tres o el cuatro por ciento sobre una tierra cuyos rendimientos eran de un tres por ciento. Pero la obra del vizconde de Avenel se refiere a los últimos momentos del feudalismo, y no nos puede servir.
No era, pues, excesivamente crecida la deuda moral del labrador para con su amo; pero además tenía que pagar otra décima parte como diezmo eclesiástico; y esta obligación del diezmo, sólo en casos extremos de hambre disminuía.
Pero sobre estas contribuciones constantes añádense los casos de guerra, en que aumentaban, al tiempo que los sembrados sufrían daños considerables, las visitas de los reyes, que eran una proverbial plaga en esta época en que los monarcas apenas si paraban en un punto algunas semanas, y, finalmente, lo mas horrible de todo, las malas cosechas, tan frecuentes entonces por el pésimo cultivo, y que dejaban el bolsón del pobre trabajador temblando y anémico para los años sucesivos. Y cuando hubieran logrado rehacerse, una nueva hambre los arrojaba en la miseria y los imposibilitaba de pagar. Los señores solían portarse fieramente en lo referente al cobro, y los tribunales eran pródigos en penas de muerte, no sólo para castigar asesinatos u otras graves acciones criminales, sino hasta por robo de gallinas, ropas, etc.
Al menor descuido, el malaventurado campesino era ahorcado, y en cuanto a las mujeres, se las enterraba vivas.
Añádase a todo esto la falta de ambiente intelectual en los pueblos, donde hasta el siglo XIII no se encuentran escuelas, y la constante amenaza para los habitantes de marcas, que eran las razas vecinas. En los siglos IX y X hubo más de cincuenta incursiones de los Normandos por el Norte, de los Sarracenos por la Marca Hispánica y de los Húngaros por Levante.
V
Las últimas palabras que Hugo Capeto pronunció fueron para Roberto, y en ellas dio a su sucesor el consejo supremo: «Guárdate, ante todo, de apoderarte o distraer cosa alguna de los bienes de los conventos, y cuida mucho de no hacer caer sobre ti la cólera de su jefe común, el gran San Benito». Con esto bastaría para comprender la influencia de los monjes en la vida francesa del siglo X.
¿De dónde nacía esta influencia? Aun prescindiendo de la presión moral que ejerce siempre la casta de los sacerdotes sobre los fieles, existen causas bastantes para explicarla. Desde los tiempos de Carlomagno, el clero había sido un auxiliar poderoso de los reyes, y acaso el más firme sostén de aquel dilatado imperio, cuyo lazo de unión más fuerte (aunque, a decir verdad, no lo era mucho) consistía en la idea de una reunión de todos los pueblos de Occidente, formando la unidad católica; de suerte que el clero fue el encargado de sembrar este sentimiento en los súbditos. Por su parte, los monarcas colmáronlo de donaciones y regalías, con lo cual creció su poder enormemente. En todas las andanzas políticas del desventurado Ludovico Pío se advierte cómo fue obedecido o vilipendiado, según que sus intenciones y proyectos marchaban a compás de los del clero o de ellos se apartaban. Ricos, pues, los conventos y obispos, convirtiéronse en poderes feudales de los más robustos y no se dejaron manejar por duques ni por reyes. «Los monasterios —dice Glasson— no tenían colonos, pero sí manomortables»; servían de asilo a verdaderos ejércitos de monjes y habían adquirido un poder inmenso, gracias a su formidable potencia de adquisición. Aun cuando fueron con frecuencia objeto de violencias y de verdaderas expoliaciones, no por eso habían dejado de llegar a poseer una riqueza extraordinaria… Protegidos por el rey, defendíanse de las arbitrariedades de los señores feudales… Además, la mayor parte de los monasterios y obispados se habían convertido en verdaderos señoríos feudales y eran lo suficientemente fuertes para tenérselas tiesas con la feudalidad laica. El título de adquirir sin ningún límite, aun a título gratuito, entre vivos o a causa de muerte, favoreció singularmente el desarrollo de su riqueza, tanto más cuanto después de haber adquirido así, creían que era deber suyo retener y no enajenar».
Prueba de la importancia oficial del clero es que los testamentos habían de hacerse en presencia de un cura, además del notario, so pena de excomunión, así para éste como para el testador. De esta manera llegaron varias abadías a poseer dos o tres mil mensae.
Demás de esto, hay que contar con otra causa de supremacía: la menor ignorancia de los eclesiásticos. Apenas si se hallaban algunos laicos que supieran leer y escribir. La escasez de notarios públicos llegó a ser tal, que se hacían las actas verbalmente, y el obispo después las ratificaba. Fue preciso encargar de estas funciones a los eclesiásticos y aun a los monjes, que por razón análoga se vieron obligados también a ejercer la abogacía. Si alguna vez hacían los grandes instruir a sus hijos, era sólo por un motivo de ambición, a fin de elevarlos al episcopado. Luis de Ultramar, habiendo visto a Fulques el Bueno, conde de Anjou, uno de los pocos laicos instruidos de su reino, cantar con los canónigos de San Martín de Tours, mostrolo con el dedo por irrisión; pero Fulques, habiéndose apercibido del menosprecio que el rey hacía de su saber, le escribió estas orgullosas palabras: «Sabed, señor, que un rey iletrado es un asno con corona». En general, el conjunto de la nación tenía tan poca idea de la ciencia, que a fines del siglo, viendo a Gerberto y Abbón resucitar la Geometría y otras partes de las Matemáticas, se les miró como magos que no habían podido adquirir tan admirables conocimientos sino por un pacto con el diablo. Cierto que los religiosos tampoco eran muy sabios. Roy, que peca más bien de benevolencia en este caso, dice que «la mayor parte de los religiosos no eran grandes letrados, a juzgar por los testimonios contemporáneos; veíase raramente alguno que estuviese en estado de hablar en público y de instruir al pueblo, y dos obispos, Frotario de Poitiers y Fulrado de París, tuvieron que invitar a Abbón, monje entonces de San Germán des Près, a componer discursos u homilías sobre las principales verdades de la religión, a fin de que pudieran servir para que realizaran sus eclesiásticos el ministerio de la palabra. Aun cuando estos discursos y homilías fuesen compuestos en latín, lo cierto es que había obispos que no sabían hablar esta lengua. Así, Aimoin, obispo de Verdun, necesitando tomar la palabra en el Concilio de Mouzon, en 994, hubo de expresarse en lengua vulgar. Cierto que en 910 Guillermo, conde de Auvernia, dio a Bernón, abad de Gigny y de Baume, unas tierras situadas a cuatro leguas de Mâcon, «a condición de que fuera construido un monasterio regular en honor de los apóstoles Pedro y Pablo, y que allí se reunieran los monjes, viviendo bajo la Orden de San Benito, de suerte que aquella casa fuera la morada de la plegaria, que siempre se sintiera llena de voces fieles y súplicas piadosas y que se deseara y buscara perpetuamente en ella con un íntimo ardor las maravillas de la conversación con el cielo». Tales fueron los cimientos de Cluny. Bernón primero y luego Odón, Aymardo y Mayeul, que se sucedieron en el gobierno de la abadía, organizaron aquella reforma de los Benedictinos, que poco después era aceptada por la mayor parte de los cenobios existentes y bajo la cual se fundaron otros nuevos. Esta reforma era necesaria; la anarquía en las costumbres y en las jurisdicciones eclesiásticas y conventuales era indescriptible. Cluny fue poco a poco ganando terreno, pero exageró su severidad; fue inclemente con la naturaleza humana, «a la que no concedió ningún placer, ni aun del espíritu».
Detengámonos un momento a considerar la cuestión del bagaje científico en el siglo X. Pobre, misérrima era la ciencia de estos siglos, y esos nombres que la lejanía ha convertido en ciclópeas acumulaciones de saber, Teodulfo, Alcuino, Gerberto, pierden no poca parte de su valor si nos acercamos a ellos y pasamos la vista por sus libros y sus controversias. Hay, pues, que no olvidar la relatividad de todas las cosas humanas al hablar de los sabios de la Edad Media.
Lo propio ha acontecido con las páginas sonoras y un tanto vagas en que el conde de Montalembert compuso su himno a los monjes de Occidente, como salvadores del pensamiento humano. Tal idea ha sido harto traída y llevada, sobradamente repetida, y, sin embargo, será preciso que limitemos un poco sus términos, disminuyamos su extensión y quitemos, a los profundos conventos algo de su histórica grandeza.
Hacia fines del siglo X existían —dice Pfister— dos clases de escuelas, y cada una de estas clases conducía a sus alumnos a través de un sistema de educación radicalmente distinto. Practicaban el uno la inmensa mayoría del clero regular y el otro los obispos y un corto número de monjes, fieles al clero secular. Porque a la sazón los obispos y los monjes eran crueles adversarios, que no cesaban de espiarse, prestos a caer los unos sobre los otros. Sus ideales eran divergentes en casi todas las cuestiones y aún más en ésta del procedimiento pedagógico.
En las escuelas conventuales sólo o casi sólo se estudiaban materias religiosas. Las ciencias ocupaban escasamente la atención de los maestros y la antigüedad clásica hallábase doctrinariamente desterrada. Y es sugestivo imaginar aquellas bibliotecas con sus fornidos sillones labrados y sus bellísimos pupitres, sobre los que se inclinaban los cráneos lucientes de los escoliastas y las moradas tonsuras de los estudiantes; la luz, descendiendo con indefinible claridad de los altos ventanales, envolvía los sosegados pensamientos de los padres de la Iglesia, con tamaña constancia rumiados, en tanto que ignotos, como perdidos allí mismo, entre Rufino y San Jerónimo, junto a las Confesiones, de San Agustín, y las Consolaciones, de Boecio, los viejos libros de bronce clásico guardaban los pecados y las alegrías de la vida pagana.
Cuando San Odón, que, andando el tiempo, había de ser abad de Cluny, estudió en las escuelas de San Martín de Tours, comenzó por leer a Prisciano. «Este hábil piloto —dice uno de sus discípulos—, este piloto que nos enseñó a atravesar las tormentas de este mundo, cruzó a nado el inmenso océano de Prisciano». Más tarde quiso leer a Virgilio, pero tuvo cierta noche un sueño sumamente simbólico. Pareciole ver un vaso precioso, prodigiosamente cincelado, del que salían toda suerte de culebras y otras terribles alimañas. Dedujo que el Señor le mostraba una imagen de lo que Virgilio era para el espíritu, bebida peligrosa y casi seguramente nociva. Este sueño de Odón —exclama Pfister— tuvo enorme influencia en los destinos intelectuales de los conventos, porque dio por resultado la reforma de Cluny y de todos los monasterios que en los siglos XI y XII la adoptaron. Cuando Odón llevó a la comunidad de Basilea cien volúmenes, no se deslizó entre ellos ni uno sólo profano. Mayeul o Mayolus, siendo bibliotecario de Cluny, lee en la escuela de Lyon los libros de los filósofos antiguos y las mentiras de Virgilio; pero cuando su fama creció y gobernó monjes, él mismo se opone a que los otros se abreven en aquellas aguas admirables, si bien un tanto perniciosas. En sus viajes, no obstante, solía hacerse de algunos de esos libros funestos que con delicia y a modo de viático espiritual se iba ingiriendo. Su biógrafo Syrus, hombre de mucha fe y ferviente admiración por Mayolus, quiere defenderle, y para ello aporta unos versículos de la Biblia (Deuteronomio XXI. v. 11-13) y añade: «Por esta comparación se expresa que cuanto de útil encontró en los libros de los filósofos, juzgábalo digno de ser conservado en su memoria; mas aquellas cosas superfluas, tales como las consideraciones sobre el amor y la solicitud por negocios del siglo, raíalas como envenenadas y mortíferas, recortábalas con vaciado hierro, a la manera de las uñas. (Mabillon, Acta Sanctorum Ordinis sancti Benedicti sæculi VI, pars II, p. 332, Syrus, Vita Maioli). Hac quidem similitudini quæ in philosophorum libris reperiebantur utilia, hæc sua dignabatur memoria; quæ vero superflua, de amore scilicet, rerumque sæcularium cura, hæc cuasi venenata radebat et mortifera, hæc «unguium more» ferro acutissimo desecabat.
El monasterio de Gorze proscribía, como Cluny, el estudio de la antigüedad.
Juan de Vendièvres, uno de los personajes más distinguidos del siglo X, habíase retirado a este cenobio, donde encontró algunos raros manuscritos de padres eclesiásticos. Cayó sobre el tratado De Trinitate, por San Agustín, y queriendo comprender las palabras del santo, propúsose estudiar la dialéctica y comenzar esta labor por la introducción de Porfirio a las Categorías. El abad Einold apartó al solícito y ardoroso estudiante de parecida resolución y le aseguró que la escolástica no merecía la pena de ser aprendida; que deben estudiarse sólo las sagradas letras, por cuanto el resto es vacío y estéril. (Acta Sanctorum Ordinis sancti Benedicti sæculi V, p. 393, Vita Iohannis).
Gervino, sucesor de Angelrano en la dirección de la abadía de San Ricario, había realizado sus estudios en la escuela episcopal de Reims, donde se entregó con afición desmedida a la lectura y consideración de los poetas latinos. El continuo trato con aquellas mundanidades tan lujosas, bellas y atractivas, torció su casto ánimo. Menos mal que hubo de arrepentirse andando los días y reformar su vida y apagar los incendios de su sangre. Tal vez pensando en su ocurrencia, mostrose a la postre enemigo terrible de sus antes caros poetas y aconsejó que no se leyesen, «para que no pudiera acaecer que, en tanto se aprendían las cosas literarias, fuese el alma ahogada». Ne ut pæna acciderat, dum litteras discederet animam iugularet.
Podrían citarse muchos otros testimonios comprobatorios de que las ciencias y las letras clásicas no sólo no se estudiaban ni se enseñaban en los conventos, sino que eran proscriptas y tenidas en concepto de dañosas, perjudiciales y desmoralizadoras. Tan grande era el desdén que sentían y mostraban los honrados frailes de esta época por ellas, que es muy frecuente hallar en las flores de santos y relaciones de vidas frases como ésta: Relictis pompaticæ scientiæ studiis ad monasterium ingrediens; o como esta otra: Scientia liberalia deserens ad cœnobium Sancti Petri perrexit. (Radulphi Glaber, Chronica III, L. Mabillon, op. cit., pars I, p. 195).
En estas escuelas de los monasterios apenas existió otra preocupación que conservar a los discípulos en un perfecto estado de moralidad y sumisión; este empeño, a mi modo de ver, exagerado y anodino, de hacer a los hombres harto buenos, contribuyó no poco a llenar de melancolía, a adolecer los jóvenes ánimos que entraban por las puertas de los conventos con ansia de saber, muchos de los cuales, hijos de príncipes o jóvenes campesinos, rota la voluntad y el deseo de vivir, quedaban por siempre encerrados entre las frías piedras del monasterio. No podían los escolares permanecer solos un instante; entre dos había de haber siempre un fraile y eran cruelísimamente castigados. No les era lícito dar o recibir papel u objeto alguno si no era por mano del escolasta, hombre terrible, que, a raíz de la lectura de crónicas abaciales, aparece como un duro cómitre. De Bernón, jefe de estudios y abad augiense, dice un escritor de la época que «como un ladrón (ut prædo), más bien que como un monje, era temido; tirano fue y no padre; gladiador y carnicero, no corrector o ayo».
Nótese como todo esto había de influir en el estado anímico de Francia, ya por tantas otras causas atormentado, aguijado, inquietado.
Las bibliotecas de los conventos eran, por lo demás, muy poco numerosas[3]. Arnulfo nos habla de todo el trabajo que costó a Gervino reunir en la biblioteca de San Ricario 36 volúmenes, sin duda de asuntos religiosos. «Es preciso —deduce Pfister— renunciar a la leyenda que imagina a los monjes pasando sus vigilias en copiar los manuscritos y en salvar del naufragio de los tiempos los libros de la antigüedad clásica. Los únicos manuscritos que copian son los de los santos padres».
El más fuerte testimonio que el áureo conde de Montalembert encuentra, para sobre él erigir su templo laudatorio a los monjes de Occidente, como conservadores y cultivadores de la ciencia en este siglo, es una frase del citado Arnulfo, el cual dice que «en los conventos son los libros reparados, son escritos los que aún no lo estaban, son educados los muchachos, repártanse a profusión los tesoros de la sapiencia, dase gloria a la patria».
Un tanto vago es todo esto, y más si se considera lo que de Gervino y Angelrano nos cuentan; resulta que los tales libros son, en su mayoría, obras de piedad o de vulgarización teológica.
Se hacía, pues, un procedimiento de vida y una regla de la ignorancia; era tan grande el terror que sentía por perder su alma, que la mantuvieron secreta celada, sin robustecerla ni embellecerla con los manjares, siempre divinos, aun cuando tan humanos, del remoto clasicismo. Sin duda que a nosotros, hombres muy venidos a menos, nos es más fácil conservarnos en la bondad y en la virtud, a pesar de que tenemos una fe exigua, y ellos ardían en sus propias creencias; porque somos neurasténicos, según hoy se dice, enfermizos, débiles y de pobres músculos. De ordinario, no nos pide el cuerpo excesos, sea para bien o sea para mal. Pero aquellos otros fornidos hombres se sentían muy cerca de los primitivos intentos, eran menos cerebrales que nosotros, y acaso por esta razón todas las renuncias y todas las estrategias eran pocas para huir del pecado y apartar las imágenes tentadoras.
También los Papas de fines del siglo X eran partidarios de cierta ignorancia, y maldecían de los antiguos. Los obispos presentes en San Basilio, reprocharon al Papa Juan XVI su ignorancia: «En este tiempo apenas hay alguien en Roma, según es fama, que estudie las letras, sin las cuales, como está escrito, ni aun portero se podrá ser…»[4] La formula era un tanto fuerte, y el legado contestó con una carta, dirigida a Hugo y Roberto: «Porque los vicarios de Pedro y sus discípulos no han querido tener por maestros ni a Platón, ni a Virgilio, ni a Terencio, ni a los otros rebaños de filósofos que, en su orgullo, recorrieron los aires a la manera de los pájaros, se sumieron en los mares como peces y anduvieron sobre la haz de la tierra como animales; porque no se han alimentado con tales canciones, decís que ni aun porteros debieran ser. ¡Sabed, oh, reyes, que mintieron los que esto han dicho; porque Pedro no sabía estas cosas y, sin embargo, fue hecho portero del cielo!… Desde el principio del mundo, Dios ha escogido, no oradores ni filósofos, sino ignorantes y gentes rústicas»[5]. La teoría del legado puede que sea cierta; acaso para las grandes empresas, sea condición indispensable no ser letrado ni inteligente con demasía, sobre todo si esta empresa es un movimiento principalmente sentimental, como lo son las religiones; pero su estilo revela poco gusto, confuso cerebro y un gran desconocimiento de la vida de los rebaños filosóficos de Atenas y de las moralidades de nuestro buen Séneca. Frente a esta enseñanza de las escuelas conventuales, tan dura, tan corta, que fomentaba en los espíritus jóvenes un misticismo exaltado y doloroso, misticismo de visionarios y de huidos de la realidad, presentemos, siquiera sea en pocas palabras, una imagen de las escuelas episcopales, más inquietas, un sí es no es desordenadas, pero curiosísimas de ciencia, amigas de agrandar las exploraciones intelectuales.
La enseñanza ordinaria comprendía el trivium y el quadrivium, según la clasificación de las ciencias y artes empleada durante toda la Edad Media. Por ser muy conocido este sistema, no me detengo en él. Diré sólo qué libros servían de texto en la época de que voy hablando. Comenzábase por la introducción de Porfirio a las Categorías, y se continuaba con los dos diálogos del mismo, traducidos por Victorinus; los cinco libros de comentarios de Boecio; las otras composiciones boecianas sobre Lógica. Luego que los discípulos se habían robustecido con la dialéctica, entraban por los floridos campos de la poesía pagana y leían a Virgilio, Estacio, Terencio, Juvenal, Persio, Horacio y Lucano. Más tarde empezaban el quadrivium, que completaban con la Aritmética, la Música, la Geometría y la Astronomía. No se olvide, sin embargo, que todas estas ciencias y artes se hallaban en un paupérrimo estado, sujetas a menguados empirismos, pues ya las grandiosas y viejas cosmogonías de los primeros pueblos ingenuos se habían marchitado para siempre. Digo esto porque, ya que no solidez racional y técnica, podía haberse exigido a la ciencia del milenio amplias visiones más poéticas que lógicas sobre la Naturaleza y sobre las ideas. Nada de esto poseyó. Toda la sabiduría de Gerberto, presunto inventor del abacus, o tabla aritmética, se reducía a ligerísimas y elementales nociones.
VI
La anarquía en la Iglesia francesa es terrible. «En nuestros días hace falta cierto esfuerzo de imaginación —exclama Pfister— para representarse toda la profundidad del odio que separaba al clero secular y al clero regular. Es posible que nunca se hayan detestado tanto dos corporaciones rivales. Las necias bromas que hoy se repiten, ya a cuenta de los obispos, ya a la de los monjes, ni aun tienen el mérito de la novedad; se las lee en los escritores de los siglos X y XI, que se burlan de unos o de otros, según sus personales simpatías, y hasta frecuentemente no se limitaba todo a este género de bromas, sino que se llegaba a los golpes, y más de una vez los muertos quedaban sobre el suelo». Continúo extractando a Pfister. El conflicto entre ambos órdenes era violento; a la vez se refería a lo temporal y a lo espiritual. En cuanto a lo temporal, los obispos querían ejercer una especie de soberanía sobre los bienes de los monasterios, y, mandando el abad, reclamaban de él un juramento de homenaje. Además, los monjes debían servirle un cierto número de tributos, que variaban según las diócesis. Así la abadía de San Mesmín estaba obligada a dar a su obispo, cuando éste asistía al Concilio, un caballo de silla. Los prelados podían reclamar de los religiosos el derecho de asilo, y éstos, a su vez, rehusaban casi siempre pagar todo impuesto. En fin, las tierras cedidas a la Iglesia eran distribuidas a la vez por el clero regular y el clero secular.
La querella iba aún más lejos. El clero regular reclamaba vivamente al secular una parte de los diezmos eclesiásticos. Los obispos oponían a sus pretensiones las capitulares de Carlo Magno y los cánones de los Concilios: Decimæ sint in manu episcopi. Pero los monjes interpretaban este texto de una manera diferente. Los diezmos —decían— están entre las manos del obispo como el reino en las manos del rey; el rey ejerce la alta inspección sobre el reino para asegurar a cada uno la libre posesión de su fortuna; de la misma manera, el obispo tiene la alta inspección del diezmo. Los monjes no deben ser desprovistos de ellos. Tenían, además, otros argumentos más serios que hacer valer. Ellos servían frecuentemente aldeas y caseríos, y era, por lo tanto, justo que fuesen recompensados de sus trabajos: «si se reparten los bienes temporales —escribe Abbón a uno de sus amigos— se les deben donar a los que hacen día y noche el servicio de las iglesias». Entre los años 992 y 995, un sínodo, convocado en San Dionisio, examinó la cuestión. Estaba presidido por el arzobispo de Sens, Seguín, y el partido de los prelados iba a alcanzar la victoria, cuando el pueblo de San Dionisio, favorable a sus monjes, que sobre él esparcían sus limosnas y sus riquezas, hizo irrupción en la sala. «Tal terror —dice Aimoin en su Vita Abbonis— sobrecogió a los obispos, que emprendieron la fuga. Seguín, que pretendía ser el primero en la Galia, fue realmente el primero en huir. Alcanzado por un hachazo entre los hombros, y cubierto de barro por la muchedumbre, costole gran trabajo escapar. A uno de ellos, el miedo le dio alas; abandonó una suculenta y copiosísima cena que se había hecho preparar, y no se creyó seguro hasta los muros de París. Los obispos excomulgaron a los culpables y pusieron en entredicho al monasterio. Abbón fue acusado de haber fomentado la revuelta; se defendió mal en una larga carta apologética.
Los monjes, pues, querían compartir los bienes eclesiásticos con los obispos y rehusaban pagarles la menor prestación; pero no paraban ahí, sino que intentaron más de una vez sacudir el yugo espiritual de aquéllos. Sólo el obispo podía consagrar canónicamente al abad; sólo él podía ordenar a los monjes y santificar para el servicio divino la iglesia y los altares del monasterio; en fin, podía excomulgar la comunidad y poner en entredicho el convento. Los monjes hicieron cuanto pudieron por sustraerse a esta sujeción espiritual y se afanaron por ganar en Roma exenciones. Como ellos eran los defensores del Papa en contra de los obispos, verdaderos señores feudales a lo divino, lográronlas a veces, con lo que venía a empeorarse la situación y a hacerse más encarnizada la lucha.
Los obispos sabían vengarse del Sumo Pontífice; le acusaban de ignorancia o no respondían a sus citaciones. En el Concilio de San Basilio había anunciado el Papa Juan XV el proceso abierto contra Arnulfo; pero no recibiendo respuesta pasó más adelante, y el obispo de Orleáns llegó a trazar en plena asamblea el cuadro de los horribles escándalos que había dado al mundo el Papado bajo los predecesores de Juan XV; mostró a Juan XII condenando a un cardenal a perder la nariz, la lengua y la mano derecha; a Bonifacio VII haciendo estrangular o morir de hambre a sus competidores Juan XIII y Juan XIV. «¿Hemos, pues —exclamó—, de someter a tantos ministros de los altares, que glorifican a Dios sobre toda la tierra, por su doctrina y la santidad de su vida, a semejantes monstruos, hartos de todas las ignominias humanas, vacíos de todas las ciencias divinas? El Pontífice romano, que peca contra su hermano, y advertido varias veces rehúsa escuchar la voz de la Iglesia, el Pontífice romano, según el precepto mismo del Señor, debe ser mirado como pagano y publicano».
Para comprender esas divisiones en la sociedad religiosa, no hay que olvidar que los prelados, representantes de la Iglesia, eran los señores poderosos, miembros de la aristocracia que gobernaba. Por eso tenían intereses dobles y la contradicción entre estos intereses dañaba al cumplimiento de su misión espiritual. Obligados por el deber de su cargo a reformar y corregir los demás, llevaban a menudo el nombre de obispos sin realizar aún las funciones; ocupados por muy diversa materia, descuidaban de evangelizar los pueblos y veían con indiferencia cómo abandonaban a Dios y daban en el vicio aquéllos cuya guarda les había sido encomendada. Había una multitud innumerable de cristianos de todos los sexos y condiciones que llegaban a la vejez sin conocer su religión, ignorando hasta las palabras del símbolo y la oración dominical. Era resultado esta ignorancia de la negligencia y de los otros vicios del orden episcopal. Los clérigos inferiores no valían más que la mayor parte de sus jefes; aparte el orgullo, la avaricia y la sensualidad, tres vicios que, según Abbón, reinaban entre ellos, reprochábaseles afición desmesurada a la caza, el llevar armas, el tráfico y una demasiado grande y asaz frecuente familiaridad con las mujeres. Llegaban hasta olvidar sus derechos y prerrogativas y a no inquietarse lo mas mínimo de las leyes que regulaban las elecciones eclesiásticas. Así, muerto Seulfo, arzobispo de Reims, en 925, Heriberto presentó al clero y al pueblo al más joven de sus hijos, niño de cinco años y le hizo elevar a la dignidad de Metropolitano. Algunos otros condes compraron la Sede sin protesta.
Puede decirse que los religiosos eran de dos clases: los atemorizados por la lucha vital y los que eran monjes como podían ser capitanes, espíritus ambiciosos y esforzados, que así pudieron llegar a ejercer una influencia política considerable. Entre estos últimos había muchos que eran segundones de casas nobles, según la lista que ofrece Montalembert[6]. Así que no era raro ver que sus costumbres o sus actos estaban poco de acuerdo con las virtudes evangélicas. Dice un cronista que «Magenard, abad de Saint-Maur-des-Fossés, vivía completamente dado al siglo, descuidando el bien de las almas y de los cuerpos. Constituía su mayor placer la caza de los animales salvajes, sea con perros o con la altanería, y cuando salía de su monasterio abandonaba sus vestidos de monje, se engalanaba con prendas ricas y pieles preciosas, y en lugar de una humilde capucha tocaba su cabeza con una espléndida muceta».
La inmoralidad de un arzobispo dio origen a la más importante de las batallas entre la Iglesia francesa y la Santa Sede, que se complicó por coincidir con el casamiento anticanónico de Roberto; las faltas gravísimas de indisciplina, que llegaron a verdadera rebelión, se sucedieron y acumularon. Nada arredraba a los indómitos obispos, en los que acaso estaba menos dormido o más viviente el sentido de nacionalidad; caían sobre ellos los anatemas sin que se inmutaran. Y, ¡cuidado si era terrible cosa un anatema! En 909, Fulques, arzobispo de Reims, fue asesinado por los emisarios del conde de Flandes, Balduino II, en el camino que hacía para trasladarse a la residencia real de Compiègne. El conde vengaba así las restituciones que el rey le había obligado a hacer a la Iglesia de Reims. Este crimen permaneció impune, o al menos no atrajo más castigo que un anatema pronunciado por una asamblea de obispos contra sus autores. Dícese que en esta ocasión fueron cumplidas por primera vez las ceremonias solemnes de la excomunión. Oigamos esta fórmula de anatema: «En el nombre del Señor, por la virtud del Espíritu Santo y por la autoridad divina conferida a los obispos, por mediación del bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, expulsamos a los asesinos del seno de la Iglesia santa los reprobamos, y los condenamos por el anatema de una perpetua maldición, a fin de que ninguna potencia humana pueda alzarlos y para que no tengan ninguna relación con los cristianos; y que ellos sean malditos en la ciudad, malditos en el campo, malditas sus economías, malditos los frutos de sus vientres y de sus campos, sus rebaños de bueyes y sus rebaños de ovejas! ¡Que sean malditos entrando y saliendo, que sean malditos en sus moradas y fugitivos en los campos, aislados de todos, esparzan sus entrañas como el pérfido y miserable Arrio!… ¡Que ningún cristiano les diga palabra, ni aun Salve! ¡Que ningún sacerdote celebre la misa en su presencia, y que, si estuvieren enfermos, no reciban su confesión ni les otorguen la sacrosanta Comunión en el último momento de su vida, a menos de que no reconozcan su falta y demanden perdón! Pero que su sepultura sea la del asno y que permanezcan como un estercolero sobre la haz de la tierra, a fin de que sean un ejemplo de oprobio y maldición para las generaciones futuras». Después de pronunciadas estas palabras, los obispos arrojaron a tierra las antorchas que llevaban y añadieron estas palabras, más terribles acaso que lo antecedente: «Que así como estas antorchas se extinguen a nuestros pies, se extinga la antorcha de su vida por toda la eternidad».
Dos asuntos religiosos llenaron, con una intensidad comprensible en un caso, incomprensible en el otro, los ánimos de los eclesiásticos franceses. Y lo curioso es que el menos importante fue el que levantó mayores apasionamientos: la cuestión sobre el apostolado de San Marcial. Nadie ponía entonces en duda que hubiera sido San Marcial un contemporáneo de Cristo; hacia la mitad del siglo IX el diácono Florus había escrito en sus Adiciones al Martirologio de Beda que San Marcial era uno de los 72 discípulos y que había sido enviado de Roma a las Galias por el mismo San Pedro; en el siglo X apareció, bajo el nombre de Aureliano, una vida de San Marcial, en la cual se decía que este santo perteneció a la tribu de Benjamín, que había asistido a la Cena de Nuestro señor, que fue a Roma y que de allí partió para las Galias, en compañía de San Austriniano y San Alpiniano. Esta leyenda fabulosa había tenido en la época de Roberto pleno éxito. Nadie pensaba en revocar el testimonio; pero los monjes de San Marcial de Limoges quisieron ir más lejos y reclamaron para Marcial el título de apóstol. En este punto vinieron a chocar contra la oposición del obispo Jordán; la iglesia catedral de Limoges estaba consagrada al protomártir Esteban, y, según la jerarquía eclesiástica, los apóstoles son superiores a los mártires. Claramente se ve a dónde venían a dar las pretensiones de los monjes: trataban de librarse de la jurisdicción episcopal, pretendiendo que su santo llevaba la ventaja sobre el del obispado.
El otro acontecimiento que conmovió la vida religiosa fue la propaganda de la secta de los cátharos, y si bien pertenece más bien al siglo XI, notaremos algo acerca de él, porque muestra bien a las claras la exaltación mística a que por las angustias de la existencia había llegado el pueblo francés. Un gran florecimiento de preocupaciones ideales fue el resultado de aquella desolación; y como el catharismo primero y luego Jerusalén, la Ciudad Santa, pudo ser también la preocupación el milenarismo. Una mujer, poseída por el diablo, diavolo plena, había traído de Italia la herejía. Fue aceptada por varios canónigos de Santa Cruz, que la propagaron en la villa y alrededores. No se puede afirmar con rigurosidad histórica el verdadero origen de esta secta. No es probable que el catharismo puro, el de los futuros Albigenses, cuyas primeras capillas no aparecen en Lombardía hasta 1035, haya podido pasar de la Península a la Francia central antes de comenzar el siglo XI. Flotantes gérmenes, jamás extintos, del viejo maniqueísmo asiático, recogidos entonces por algunas conciencias inquietas, debieron desarrollarse aquí y allá de una manera espontánea: existían cátharos autóctonos en Champaña con anterioridad al año 1000, y la profesión de fe que hizo Gerberto para su entronización en la Sede de Reims hace referencia con toda certidumbre a la más original de estas doctrinas maniqueas, la eternidad del principio del Mal, el diablo eterno como Dios. Los clérigos de Orleáns negaban, según Raúl Glaber, la Trinidad de las personas en la unidad de Dios, profesaban la eternidad del mundo. Las actas de los Concilios de Orleáns y de Arras y los Milagros de San Benito nos revelan más: el bautismo, la Eucaristía, la Virgen, el culto de los santos, la jerarquía sacerdotal, la liturgia, el incienso y las campanas, ninguna creencia, ninguna práctica cristiana era respetada por ellos.
Era una negativa completamente negativa, más semejante acaso a la herejía valdense que al propio catharismo, racionalista más bien que teológica. Dos líneas de Glaber nos dicen que «ellos proclamaban con sus detestables ladridos de canes la herejía de Epicuro y no creían en el castigo de los crímenes ni en la recompensa eterna de las obras de piedad». Epicúreos o Maniqueos, los heréticos de Orleáns provocaron un horrible escándalo. La nueva religión fue abrazada al punto por mujeres, monjes y hasta un confesor de la reina, Esteban; el pueblo gruñía sordamente e inventaba todas las calumnias imaginables sobre los disidentes, las mismas imaginadas otro tiempo por los paganos contra los cristianos primitivos. Una de las razones que más favoreció la rápida propagación de esta doctrina fue el consejo que los apóstoles nuevos daban de no pagar los diezmos. Roberto y la reina Constanza fueron en persona a Orleáns para presidir el Concilio episcopal encargado de juzgar a los apóstatas. La sesión duró nueve horas en la catedral. Ninguno de los inculpados renegó su fe. Como la plebe, amotinada, se acercaba a Santa Cruz, la reina colocose ante el pórtico a fin de contenerla. Cuando los clérigos privados de la dignidad eclesiástica salieron de la iglesia, Constanza golpeó, como se verá más adelante, a Esteban con su bastón y le saltó el ojo. La represión de la herejía fue atroz, y el monje cronista dice que «el castigo de aquellos insensatos hizo brillar con más esplendor que nunca en el mundo la venerable fe católica».