Abstract

A reply to ‘Sancho Quijano’, who had attributed to him the doctrine of a healthy vital nation opposed to a corrupt state and charged him with ignoring that Spanish public life today is what it always was. Ortega answers by quoting España invertebrada, where he argues that Spanish decadence has no accidental causes and stretches across the whole modern age: the objection thrown at him coincides with his own thesis. Literary polemic.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Sancho Quijano rectifica con escasez y se ratifica con exceso. Esta actitud no puede sorprenderme, y no pretendí un momento con mi nota anterior modificar de una manera apreciable su posición, que, desde luego, he supuesto inconmovible. Yo me contentaba con dirigirme al lector, y renunciando a todo razonamiento suasorio, le presentaba lealmente junto a un texto de Sancho Quijano otros viejos textos míos a fin de que pudiese él, no Sancho Quijano, ejecutar las rectificaciones oportunas. No tenía el caso otro interés que servir como ejemplo de la anarquía y liviandad reinantes en la república intelectual, pues resultaba que «Sancho Quijano» combatía una supuesta tesis mía de 1914 con otra suya de 1923, y la verdad era que esta idea suya de 1923 coincidía con la auténtica opinión mía de 1914. Por muy habituado que se esté a los malos usos de la sociedad literaria, desazona siempre un poco ver que le arrojan a uno en calidad de proyectil lo que constituye precisamente nuestro propio pensamiento.

El artículo de Sancho Quijano censuraba las doctrinas en que se opone a una imaginaria nación pujante un Estado corrupto; doctrinas que suelen resumirse vulgarmente en echar la culpa de los males patrios a la perversidad de los políticos. Ahora bien; la oposición a semejantes doctrinas era —según los textos que reproduje— el motivo central de mi conferencia «Vieja y nueva política», a que Sancho Quijano indebidamente aludía. No voy ahora a insistir sobre la cuestión. El lector se fatigaría sin beneficio, y yo tendría que ocuparme en comentar los términos de «España oficial» y «España vital» elegidos, entonces para condensar las intenciones de una propaganda política, y que, por sí mismos, no me interesan nada. Sólo me importaba, pues, restaurar textualmente la autenticidad de una opinión expuesta nueve años hace. En cambio, no me urge mucho desvirtuar los juicios que a Sancho Quijano merezca mi manera de pensar.

El motivo de esta falta de urgencia no me parece arbitrario. «Sancho Quijano» no tiene obligación de conocer mis pensamientos. Pero si no los conoce, tiene obligación de no permitirse opinar sobre ellos. De otro modo, cada paso que dé será una nueva prueba de la ligereza con que entra en las cuestiones. Así, en su nuevo artículo comete otra transgresión, aún más sorprendente que la primera.

Con cierto tono de magister descubre en mis ideas sobre España un error fundamental: «el desconocimiento del hecho más elemental de la realidad española». No se trata, pues, de una friolera.

¿Cuál es este error que ha escapado a mi roma mirada, pero no a la suprema perspicacia de Sancho Quijano? Helo aquí:

«Enunciemos primero este hecho. La vida pública española de hoy es trasunto fiel de la vida pública española de siempre. Salvo lo superficial y contingente, en nada difieren nuestras costumbres públicas de las de todas las épocas de nuestra historia. Por una necesidad de redención, cuya íntima sensación conozco como el que más, hemos ido acostumbrándonos numerosos españoles a la idea de que esta corrupción, este desorden, esta anarquía, esta falta de solidaridad social y de aptitud para lo colectivo son tan sólo transitorias y anormales; algo así como una enfermedad que curar, un problema que resolver. De aquí el mito de la revolución, paralelo al de la lotería, que son los dos Santos Advenimientos en cuya esperanza viven la mayoría de los españoles».

En 1921 publiqué en El Sol unos folletones, que aparecieron luego en libro, reunidos bajo el título España invertebrada. En este volumen se dice lo siguiente:

«La anormalidad de la historia española ha sido demasiado permanente para que obedezca a causas accidentales. Hace cincuenta años se pensaba que la decadencia nacional venía sólo de unos lustros atrás. Costa y su generación comenzaron a entrever que la decadencia tenía dos siglos de fecha. Va para quince años, cuando yo comenzaba a meditar sobre estos asuntos, intenté mostrar que la decadencia se extendía a toda la Edad Moderna de nuestra historia. Razones de método, que no es útil reiterar ahora, me aconsejaban limitar el problema a este período, el mejor conocido de la historia europea, a fin de precisar más fácilmente el diagnóstico de nuestra debilidad. Luego, mayor estudio y reflexión me han enseñado que la decadencia española no fue menor en la Edad Media que en la Edad Moderna y Contemporánea. Ha habido algún momento de aparente salud; hasta hubo horas de esplendor y de gloria universal; pero siempre salta a los ojos el hecho evidente de que en nuestro pasado la anormalidad ha sido lo normal. Venimos, pues, a la conclusión de que la historia de España entera, y salvas fugaces jornadas, ha sido la historia de una decadencia. Pero es absurdo detenerse en semejante conclusión. Porque decadencia es un concepto relativo a un estado de salud, y si España no ha tenido nunca salud —ya veremos que su hora mejor tampoco fue favorable—, no cabe decir que ha decaído.

»¿No es esto un juego de palabras? Yo creo que no. Si se habla de decadencia, como si se habla de enfermedad, tenderemos a buscar las causas de ella en acontecimientos, en desventuras sobrevenidas a quien las padece. Buscaremos el origen del mal fuera del sujeto paciente. Pero si nos convencemos de que éste no fue nunca sano, renunciaremos a hablar de decadencia y a inquirir sus causas; en vez de ello, hablaremos de defectos de constitución, de insuficiencias originarias, nativas, y este nuevo diagnóstico nos llevará a buscar causas de muy otra índole, a saber: no externas al sujeto, sino íntimas, constitucionales».

Por lo que hace a esa supuesta fe en el mito de la revolución, —Sancho Quijano tiene una afición desmesurada a los mitos—, véase lo que yo escribí en El Sol hacia julio de 1922:

«Así, considero que es un deber oponerse a la idea, avecindada en casi todas las cabezas españolas, de que los gobernados somos mejores que los gobernantes; los electores, que los elegidos; la nación, que el Parlamento. No se trata, claro está, de esta o la otra individualidad señera, sino que más bien habría de compararse la clase en junto de los políticos con las demás clases o gremios nacionales. Dígase cuál de ellas es superior en dotes y virtudes a la de los políticos. Difícil será encontrarla. Y es natural. Si existiese, hace mucho que ella sería la directora de los destinos públicos. No nos hagamos ilusiones; ni el noble, ni el militar, ni el industrial, ni el propietario, ni el obrero tienen nada que echar en cara al político. Ni son más inteligentes ni más generosos que él.

»Por este motivo deberíamos acostumbrarnos, cuando se trata de la vida política española, esto es, de España como Estado, a restar cuanto se refiere a los defectos de España como sociedad, como pueblo, como raza. Aun en el caso mejor, la política, tendrá que mantenerse dentro del límite marcado a las capacidades morales e intelectuales de nuestra sociedad. ¡Bueno fuera que siendo lo que somos los españoles, nuestros representantes fuesen genios y santos! Equivale, pues, a desviar perniciosamente la atención de las masas nacionales ponerse ante ellas a maldecir de los políticos, dando a entender que hay otra casta de hombres maravillosos, a quienes la perversidad de los parlamentarios no deja conquistar el Poder.

»Algunas veces ha acontecido, en efecto, que una nación dotada de una excelente minoría, caía presa de unos forajidos. En tales casos la tarea fue muy sencilla; bastó con levantar el pueblo contra el grupo de malvados y de necios e imponer el grupo de los honestos y perspicaces. Pero es preciso reiterar que el caso de España no es ése, sino precisamente el contrario. Aquí no es la cuestión imponer una minoría mejor, sino crearla, porque no existe. Y esa creación de hombres mejores no es principalmente faena política, sino social».

El Sol, 25 de abril de 1923