Abstract

A dispatch from Marburg (1911) introducing Freud to the readers of La Prensa. Ortega prefaces a thesis on what is truly current: current is not what happens now but what acts, and ideas are supremely current because they carry on their shoulders the concrete edifice of business and bodily pleasures (‘things are only the surface of ideas’). Then the news: in Vienna a man has appeared who divines dreams, and his theories split the doctors between enthusiasts and rabid enemies.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Marburg, agosto de 1911

I

UN ADIVINO DE ENSUEÑOS

Los periódicos pretenden ofrecer al lector la actualidad. Pero ¿qué es la actualidad? ¿Dónde empieza y dónde acaba? Un asesinato o un cambio de gobierno, una huelga o un terremoto, una oscilación de la bolsa y un abuso de autoridad en un pueblo son actualidad y los periodistas nos relatan estos acontecimientos con todos sus pelos y señales. En cambio, la desaparición de las manchas solares que estos días se advierte es también actualidad y los periódicos o no se ocupan de ella o lo hacen sin atención y en último lugar. Pero aun hay otra clase de hechos que suelen asomar con menos frecuencia y a que se concede menos importancia en las columnas de los diarios: estos hechos son las ideas.

¿Por ventura no son actuales las ideas? Actual no es lo que ahora, en este instante acaece, sino lo que actúa, lo que influye en los hombres y en las formas de su trato y sociedad. El hombre de negocios, que se llama a sí mismo con vanagloria positivista, es decir, libre de preocupaciones ilusorias, atenido a la realidad, olvida que sus negocios flotan sobre los supuestos de la organización económica actual, la cual es como una isla flotante sobre el régimen jurídico actual, que a su vez está mantenido y sustentado por las ideas actuales de justicia y de bondad. De suerte que estas sutiles materias de las ideas que parecen vanos fantasmas a aquel hombre son, en verdad, quienes sobre sus angélicas espaldas sostienen el minúsculo edificio concreto de sus negocios mercantiles y de sus placeres corporales.

Las cosas son sólo la superficie de las ideas, como las islas Marianas son una ligera capa de tierra sostenida por montes de coral.

Día vendrá en que no sea raro hallar en los periódicos noticias que comiencen así: «En tal pueblo de Alemania acaba de estallar una nueva teoría ética». Noticias de este género pueden ser de mayor actualidad que otras cualesquiera, pues a la vuelta de diez, de veinte años, acaso esa teoría, ese aparente juego de palabras haya transformado el ambiente social y con él los derechos y los deberes, las instituciones, el régimen de impuestos y los usos mercantiles.

Yo voy a dar a los lectores de La Prensa una noticia más modesta ciertamente, pero que tal vez no ha llegado a su conocimiento, no obstante constituir hoy la preocupación o el entusiasmo de muchas gentes en la Europa científica.

La noticia es la siguiente: en Viena ha aparecido un hombre que adivina los sueños. Es un judío como aquél José que interpretó la pesadilla del faraón, a quien en el ensueño habían visitado siete vacas flacas y siete vacas grasas. Pero lo más grave es que este judío adivino reviste nada menos que la dignidad de profesor de enfermedades nerviosas en la Universidad de Viena. ¿Qué les parece a ustedes la noticia?

El doctor Sigmundo Freud, que así se llama, ha logrado extender su influjo científico a un gran número de médicos de ambos mundos que hoy forman una especie de comunidad entusiasta, organizada admirablemente, poseedora de varias revistas, de múltiples asociaciones, etcétera. Por otra parte, el radicalismo y novedad de las teorías terapéuticas de Freud, han levantado en contra suya sinnúmero de enemigos rabiosos. Y mientras los unos consideran a Freud como un genio descubridor de tierras incógnitas que yacían repuestas en el fondo del alma humana, los otros no vacilan en acusarle de ligereza científica, en declarar perniciosos y casi perseguibles sus métodos curativos y en hacer propaganda entre los enfermos y sanatorios para que no se sometan a ellos.

Porque la adivinación de los sueños no es una ocurrencia fortuita que tuvo una tarde feliz el profesor Freud, sino un detalle de todo un complejo sistema de estudios médicos y de investigaciones psicológicas. Según sus partidarios, se trata de una ciencia nueva que ha de revolucionar toda la medicina mental, toda la pedagogía, toda la historia y hasta toda la moral.

La consideración más general y más rápida que nos conduce al punto central de las teorías freudianas puede ser ésta: hasta ahora andaban por el mundo unos hombres que se llamaban psiquiatras, médicos de las enfermedades mentales, de los desarreglos psíquicos que van desde la locura furiosa hasta la vaga y elegante neurastenia. Ahora bien, estos hombres le decían a usted que padecía una enfermedad psíquica o espiritual, y para curarla le enviaban al campo o le recomendaban duchas o le componían el estómago. En una palabra, mientras descubrían su enfermedad en el alma le curaban el cuerpo. Y, sin embargo, se llamaban psiquiatras, esto es, médicos de las almas. Los sacerdotes, por su parte, pretenden también ser médicos de las almas; pero, como aquéllos sólo se ocupaban verdaderamente del cuerpo, no temieron la concurrencia.

Freud es hombre más de temer: es un psiquiatra que, por primera vez ha tomado en serio eso de que las almas enferman, y se ha propuesto curarlas directamente, no por el intermediario corporal. Y así como los párrocos, que según la frase canónica tienen cura de almas, se valen de la confesión como terapéutica, Freud ha elevado la confesión a ciencia y ha llamado a esta ciencia de confesar «psicoanálisis». He aquí un nuevo poder actual con que hay que contar en el planeta: los «psicoanalistas». ¿Cual será el porvenir de esta idea naciente? ¿Hasta dónde llegará su influencia? Ai posteri l’ardua sentenza. Para el publicista es obligatorio y es bastante señalar al lector una nueva energía que desde un rincón del mundo, comienza a actuar y aspira a la transformación del ambiente humano.

II

LA EXPULSIÓN

Freud fue discípulo de Charcot. El célebre médico de París había reformado el tratamiento de las histéricas mediante el empleo de la sugestión hipnótica. Casi por el mismo tiempo, otro médico de Viena, Breuer, había llegado a resultados análogos.

Una histérica mostraba el síntoma de no poder beber agua en vaso; cada vez que lo intentaba sentía ascos indomables, mientras la sed la acongojaba cruelmente. «En uno de los sueños hipnóticos a que Breuer regularmente la sometía comenzó a hablar de la señorita de compañía inglesa que con ella vivía, manifestando que le era sumamente enojosa, y contó, con claras muestras de horror, que una vez que había entrado en su cuarto, había visto que daba de beber en un vaso a su perrito, un animal asqueroso: ella no había dicho nada porque quería ser cortés. Después que hubo dado expresión más enérgica a su hasta entonces contenido enojo, pidió de beber, bebió sin dificultad gran cantidad de agua y despertó de la hipnosis con el vaso en los labios. El síntoma no volvió a reproducirse».

Breuer continuó sus investigaciones y halló que todos los síntomas histéricos procedían de análogas escenas que habían conmovido fuertemente el ánimo del enfermo sin que éste les hubiera podido dar la natural solución. Cuando en el estado hipnótico recordaban aquella escena y expresaban suficientemente sus sentimientos respecto a ella, los síntomas que a primera vista no parecían tener que ver con ella, quedaban suprimidos.

¿Qué eran, pues aquellos síntomas? Sencillamente símbolos y sustitutos de los afectos que habían quedado sin expresar.

De estos hechos partió Freud. Las dificultades del tratamiento por el hipnotismo, le hicieron pensar: ¿no habría manera de suscitar en el paciente durante su estado normal el recuerdo de aquella escena, de aquella representación de que los síntomas son símbolos y sustitutos? Mas hallaba que los enfermos preguntados no recordaban nada. Sin embargo, bajo el influjo hipnótico no era raro que recordaran lo que despiertos parecían olvidar: el recuerdo, pues no se había borrado; se hallaba por decirlo así en un recinto de la conciencia individual que era como arca cerrada y huerto sellado para el individuo despierto, es decir, que había en la conciencia como un sótano donde eran encerradas aquellas imágenes, representaciones y afectos que por una razón o por otra no queremos tener presentes. Freud llama a esta localidad de la conciencia lo «inconsciente».

Más amplias observaciones llevaron a Freud a esta capital conclusión: «En todos los casos se trata de un deseo que surgió en el ánimo del individuo, pero que era contradictorio de todos sus demás deseos, por tanto incompatible con las aspiraciones éticas y estéticas de la personalidad. Había habido un pequeño conflicto y el resultado de la lucha interior era que la representación que surgió ante la conciencia como portadora de aquel deseo imposible, era condenada a la expulsión, era arrojada de la conciencia con los recuerdos concomitantes, era olvidada. La incompatibilidad de aquella representación con el yo del enfermo era, pues, el motivo de la expulsión: las exigencias éticas o de otro género eran las fuerzas expulsoras. La aceptación del deseo incompatible o la prolongación del conflicto, le habían causado grave angustia, enojo, dolor, y esta angustia, este enojo, este dolor, eran evitados por la expulsión».

Lo inconsciente es para Freud el conjunto de esas representaciones o deseos expulsados. De este modo quedaba explicada la dificultad para obtener que el enfermo recordara lo que era causa de su mal: las mismas fuerzas que habían arrojado la representación patógena a lo inconsciente, se resistían a dejarla escapar de nuevo, a dejarla volver sobre la superficie de la memoria.

El concepto de la «expulsión o remoción» es el resorte máximo de las teorías freudianas. En unas conferencias dadas en la Clark University de Worcester, durante 1909, se sirve de una metáfora muy ingeniosa para explicar claramente en qué consiste la «expulsión». «Imaginad, dice, que mientras leo mi conferencia uno de vosotros se obstina en perturbarnos y dando grandes voces se opone a que prosiga mi explicación: no tendré yo más remedio que detenerme y rogarle que calle y escuche. Si todavía insistiera me vería precisado a rogar a algunos de los oyentes que se apoderaran de él y lo expulsaran fuera del salón. Estas personas, en previsión de que el perturbador intentara de nuevo entrar, colocarían sus sillas junto a la puerta para ofrecer resistencia a los esfuerzos que el arrojado hiciera. Esto pasa en nosotros cuando un deseo subversivo se levanta en nuestra conciencia y pretende perturbarla: otros deseos, otras representaciones lo expulsan fuera y se hallan prevenidas para resistirle e impedir su retorno. Imaginad ahora que el oyente arrojado no se conforma con su suerte sino que se cree con derecho a permanecer entre nosotros, queramos o no: en lugar de guardar compostura empieza a golpear la puerta, y a producir tumulto para desde afuera mostrarnos que aún sigue, en cierto modo, entre nosotros. Los síntomas histéricos son algo así como esos ruidos que desde afuera nos envía el expulsado y que sustituyen a los que promovía entre nosotros. Se trata, pues, de una «expulsión fracasada»: esto es, la histeria, la neurosis, etcétera. Los síntomas son los sustitutos que, desde lo inconsciente, envía a nuestra conciencia el deseo removido y el enfermo percibe éstos sin conocer aquél. Imaginad, por último, que nuestro presidente, el doctor Stanley Hall, quisiera tomar sobre sí el papel de mediador y pacificador. Saldría fuera a hablar con nuestro rebelde compañero y luego nos pediría que lo dejásemos volver a entrar, ofreciendo él garantía de que se comportaría mejor. Apoyándonos en la autoridad del doctor Hall nos decidiríamos a levantar la expulsión y tornaría la paz y el silencio entre nosotros. He aquí el papel que el médico desempeña en la terapia psicoanalítica de las neurosis». Si el deseo fue injustamente expulsado se anima al enfermo para que lo satisfaga; si es un deseo pernicioso se ensaya su conversión hacia fines superiores (sublimación) o se convence al paciente de que está bien expulsado, es decir, se sustituye la expulsión automática y a viva fuerza por otra racional, completa, satisfactoria.

La Prensa, 1 de octubre de 1911

III

EL SECRETO DE LOS SUEÑOS

El contenido de nuestra mente es como un tapiz que vamos tejiendo mientras vamos viviendo. Las nuevas imágenes que adquirimos, los nuevos razonamientos que formamos, guardados quedan en nosotros, y constituyen un magnífico arsenal de experiencias, de fórmulas, de instrumentos que nos facilitan las acciones necesarias para la vida. Cada vez que necesitamos un oportuno elemento de ese tesoro, acude prestamente a nuestra conciencia. Salvo que a veces no acude, y por más que lo buscamos, no lo hallamos: es como un agujero en el tapiz de nuestra vida mental, como un vacío en nuestra propia alma.

Sin embargo, tales soluciones de continuidad no existen realmente: cuando buscamos algo en la memoria y no lo hallamos, encontramos, en cambio, alguna otra cosa, que no sabemos por qué se nos presenta en su lugar. Cuando intentamos recordar un nombre, otros nombres se presentan como pretendiendo que los tomemos por el buscado.

El espíritu científico no se diferencia del vulgar en otra cosa que en que se pone como problema lo que parece más evidente. Nada más natural que el hecho de que olvidemos algo, por ejemplo, que al recitar una poesía, que sabemos de memoria, nos falte una palabra o sustituyamos la original por otra. Mas, ¿por qué hemos olvidado precisamente esa palabra y no otra? ¿Por qué la hemos sustituido precisamente por tal otra palabra? Freud ha consagrado una serie de estudios interesantísimos a esas pequeñas calamidades, a esos menudos errores de la vida diaria: los olvidos, el decir una cosa por otra, el coger o soltar algo contra nuestra voluntad, etcétera. En todos estos casos se advierte, si atentamente nos observamos, que lo olvidado era una representación enojosa o ligada a una representación enojosa que habíamos expulsado de nuestra conciencia, y que en lugar suyo ha enviado un representante menos desagradable, más fácil de tolerar, para llenar su hueco. A toda hora van cayendo a los sótanos sombríos de nuestra alma, precisamente, aquellas representaciones y deseos que nos causaban más emoción, llevándose consigo, como reyes que van al destierro, sartas de imágenes, a veces toda una larga cadena de representaciones eslabonadas, de que sólo una punta queda a flor de la conciencia, como símbolo de todo el resto. Si logramos vencer la resistencia de lo inconsciente y tiramos de esa cadena, permaneceremos atónitos ante todo aquello que llevábamos en nuestro espíritu sin saberlo, que es como lo más íntimo de nosotros mismos, nuestro yo profundo.

Nada de nuestro pasado se borra, nada se pierde, todo se archiva en cámaras elásticas, que nuestra persona aparente arrastra de por vida. Ya hemos visto que es a veces el peso de ese pasado no bien digerido y descontento, causa de la ruina de todo el sujeto, la histeria, la amencia, la locura.

Hay en el individuo un núcleo de originalidad y autoctonía, que produce enérgicos deseos, ambiciones, propósitos personalísimos: las preocupaciones sociales, la clara conciencia moral, la opresión urbana, son otros tantos poderes antagónicos de aquel yo profundo y original, que lo someten, lo expulsan, lo reducen a la mazmorra de lo inconsciente. Sobre todo —ya lo habrá pensado el lector— existe un orden en la concupiscencia que con ser enormemente imperioso, está condenado por leyes rígidas y tiránicas a la remoción: lo sexual. El infierno de lo inconsciente está henchido casi por entero de deseos sexuales, expulsados de la conciencia. Allí viven en lo sombrío, como demoníacas criaturas reptantes, los eróticos fantasmas viciosos. De aquí que para Freud las neurosis sean de origen sexual.

Pertrechado con amplias investigaciones de este género, Freud se puso el problema práctico de cómo puede llegarse a averiguar esas secretas lesiones de la psique neurótica, secretas para el mismo enfermo. Es preciso hacer que el enfermo confiese su vida más íntima, ayudarle para que busque en su interior hasta que dé con el trozo de conciencia caído en lo inconsciente, una vez hallado el cual, se recompone ésta como un par de botas y listo. La «psicoanálisis» es el método para capturar el pedazo del mosaico espiritual violentamente arrancado, es la ciencia, la técnica de la confesión.

Los olvidos, los errores de acción o de palabras, las ocurrencias del enfermo cuando se le hostiliza a que declare lo que en su opinión es causa de su mal, son otros tantos hilos que puede seguir el médico psicoanalista para llegar a esos territorios ocultos de lo inconsciente y extraer la representación traumática. Mas la «resistencia» involuntaria del enfermo aumenta conforme el médico se aproxima más a ella.

Según Freud, el momento en que el paciente decide no volver al médico, es casi indefectible indicio de que se ha llegado junto a la imagen expulsada.

Pero hay, dice Freud, un camino real que nos lleva al conocimiento de lo inconsciente: el sueño. Pues qué, ¿no es conocido el sueño como un estado en que la conciencia racional, la que critica y pone los reparos, pierde su tensión?

¡Los sueños! ¡Divino misterio primitivo! Milenios ha vivido la humanidad creyendo que en el ensueño poseía una vida más profunda, donde el alma, embotada durante el día por las necesidades del vivir, inclinada sobre las obligaciones como el cavador sobre su azada, vuelve a recobrar una sensibilidad incalculable, y moviendo prodigiosos tentáculos palpa los secretos del universo: quieta, sabia, indiferente a lo útil, especulativa, como el ojo inmóvil de un águila, deja que el porvenir se desarrolle ante ella infinitamente. Los pueblos orientales compusieron libros simbólicos para adivinar los sueños. Luego, la ciencia ha penetrado también este santuario de los ensueños y declarando absurdos sus ritos, se ha desinteresado de él.

Freud vuelve impertérrito a la tradición milenaria. En los sueños no hay nada absurdo, dice, nada sin sentido: nuestra mente no funciona nunca sin dirección fija, sin intención. Ni en la histeria, ni en la paranoia o locura. Mucho menos en la función normal del sueño.

Ahora se acaba de publicar la tercera edición de su libro Sobre la interpretación de los sueños, en que ha extractado quince años de labor incesante. Su teoría es un poco complicada y yo sólo puedo dar aquí como un esquema de ella.

El sueño es para Freud un ejercicio de la psique tan perfecto como el pensar de la vigilia, sólo que muy distinto. Despiertos reina en nosotros la conciencia viva, que es la conciencia científica, moral, socializadora de nuestros instintos. En el sueño pierde esa dignidad, pero no desaparece, no se retira: perdura su influjo tomando una forma análoga a lo que el gobierno del Estado realiza en el tiempo de guerra con los periódicos: establece la censura previa. Por otro lado, lo inconsciente, advirtiendo la debilitación de aquel poder que le tiene sometido, pugna por hacerse consciente. Mas la censura se lo impide y tiene que «disfrazarse» para pasar como contrabando. Todo sueño —afirma Freud— es el cumplimiento de un deseo. En este sentido, tenían razón los pueblos viejos, el sueño anticipa el futuro, bien que no lo que va a ocurrir, sino lo que nosotros quisiéramos que ocurriera. En el sueño no somos especulativos como creían los antiguos: antes bien, todo sueño es una acción egoísta.

Una distinción fundamental hay, pues, que hacer: en el sueño existen dos cosas: el contenido del sueño, lo que en el sueño vemos, sentimos u oímos y la idea del sueño, que no aparece en él, que precisamente se ha disfrazado con el contenido para ascender a nuestra conciencia.

Hay siempre en lo que soñamos un elemento real, algo que nos ha ocurrido durante el día anterior al sueño, pero es curioso que generalmente se trata de algo sin importancia, en que despiertos no hemos parado la atención. ¿Es posible que nos esforcemos en soñar para traer a la conciencia precisamente lo fútil, lo insignificante?

Los sueños son como esos jeroglíficos que presentan unas junto a otras figuras y letras: si tomamos éstas tal y como aparecen no hallamos sino un galimatías de imágenes que no tienen que ver unas con otras. Mas si desciframos el jeroglífico, es decir, si buscamos su sentido, no en las figuras sino tras ellas, nos encontramos con una frase de perfecto sentido, a veces con un profundo lema moral. Lo mismo ha de hacerse con los sueños: tenemos que considerar sus escenas, sus dichos, sus imágenes como una serie de símbolos, como un idioma especial de que se sirve lo inconsciente de cada individuo para lograr expresión.

Todos nuestros recuerdos son empleados como material que escoge el deseo expulsado para pronunciarse y burlar la censura. Por eso soñamos con cosas baladíes, por eso sentimos a lo mejor angustia en el sueño ante objetos que despiertos no nos la causarían o asistimos indiferentes a la muerte de un ser querido. En el sueño esas cosas no valen por sí mismas, son esclavizadas por lo inconsciente que se sirve de ellas y transmuta sus valores psíquicos.

Inútil es pretender dar una noción aproximada de la ingeniosísima reconstrucción del mecanismo del ensueño realizada por Freud. A primera vista esa afirmación de que el sueño es el cumplimiento de un deseo parece inaceptable. Sin embargo, el método psicoanalítico descubre tras del terror soñado siempre alguna concupiscencia sexual. Porque ¡esto es lo grave! para Freud todo es decidido en nosotros por el amor y generalmente por el amor torcido y non sanctus.

Sólo un detalle añadiré: según Freud es la niñez, la época en que realizamos más expulsiones imperfectas de deseos. Por otro lado, es la época en que más preocupan e inquietan los problemas eróticos. Pues bien, todos nuestros sueños son en realidad reapariciones de deseos eróticos infantiles.

¡Qué horrores descubre en nuestro fondo el profesor vienés! Analizando los sueños propios y los de sus enfermos ha llegado a pavorosas conclusiones.

Edipo es el género humano íntegro. El erotismo infantil —entendiendo por erotismo no sólo lo que de ordinario indica esta palabra, sino más bien todo aquello que incluimos en la de amor— constituye la base de nuestra vida inconsciente y es la causa de los trastornos psíquicos del hombre.

Si las ideas de Freud llegan a triunfar en la ciencia ¿no podemos prever las transformaciones que impondrán a la pedagogía, a la historia, a la moral?

La Prensa, 3 de octubre de 1911