Ortega y Gasset
Abstract
A dispatch from Marburg (1911) introducing Freud to the readers of La Prensa. Ortega prefaces a thesis on what is truly current: current is not what happens now but what acts, and ideas are supremely current because they carry on their shoulders the concrete edifice of business and bodily pleasures (‘things are only the surface of ideas’). Then the news: in Vienna a man has appeared who divines dreams, and his theories split the doctors between enthusiasts and rabid enemies.
Connections
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Marburg, agosto de 1911
I
UN ADIVINO DE ENSUEÑOS
Los periódicos pretenden ofrecer al lector la actualidad. Pero ¿qué es la actualidad? ¿Dónde empieza y dónde acaba? Un asesinato o un cambio de gobierno, una huelga o un terremoto, una oscilación de la bolsa y un abuso de autoridad en un pueblo son actualidad y los periodistas nos relatan estos acontecimientos con todos sus pelos y señales. En cambio, la desaparición de las manchas solares que estos días se advierte es también actualidad y los periódicos o no se ocupan de ella o lo hacen sin atención y en último lugar. Pero aun hay otra clase de hechos que suelen asomar con menos frecuencia y a que se concede menos importancia en las columnas de los diarios: estos hechos son las ideas.
¿Por ventura no son actuales las ideas? Actual no es lo que ahora, en este instante acaece, sino lo que actúa, lo que influye en los hombres y en las formas de su trato y sociedad. El hombre de negocios, que se llama a sí mismo con vanagloria positivista, es decir, libre de preocupaciones ilusorias, atenido a la realidad, olvida que sus negocios flotan sobre los supuestos de la organización económica actual, la cual es como una isla flotante sobre el régimen jurídico actual, que a su vez está mantenido y sustentado por las ideas actuales de justicia y de bondad. De suerte que estas sutiles materias de las ideas que parecen vanos fantasmas a aquel hombre son, en verdad, quienes sobre sus angélicas espaldas sostienen el minúsculo edificio concreto de sus negocios mercantiles y de sus placeres corporales.
Las cosas son sólo la superficie de las ideas, como las islas Marianas son una ligera capa de tierra sostenida por montes de coral.
Día vendrá en que no sea raro hallar en los periódicos noticias que comiencen así: «En tal pueblo de Alemania acaba de estallar una nueva teoría ética». Noticias de este género pueden ser de mayor actualidad que otras cualesquiera, pues a la vuelta de diez, de veinte años, acaso esa teoría, ese aparente juego de palabras haya transformado el ambiente social y con él los derechos y los deberes, las instituciones, el régimen de impuestos y los usos mercantiles.
Yo voy a dar a los lectores de La Prensa una noticia más modesta ciertamente, pero que tal vez no ha llegado a su conocimiento, no obstante constituir hoy la preocupación o el entusiasmo de muchas gentes en la Europa científica.
La noticia es la siguiente: en Viena ha aparecido un hombre que adivina los sueños. Es un judío como aquél José que interpretó la pesadilla del faraón, a quien en el ensueño habían visitado siete vacas flacas y siete vacas grasas. Pero lo más grave es que este judío adivino reviste nada menos que la dignidad de profesor de enfermedades nerviosas en la Universidad de Viena. ¿Qué les parece a ustedes la noticia?
El doctor Sigmundo Freud, que así se llama, ha logrado extender su influjo científico a un gran número de médicos de ambos mundos que hoy forman una especie de comunidad entusiasta, organizada admirablemente, poseedora de varias revistas, de múltiples asociaciones, etcétera. Por otra parte, el radicalismo y novedad de las teorías terapéuticas de Freud, han levantado en contra suya sinnúmero de enemigos rabiosos. Y mientras los unos consideran a Freud como un genio descubridor de tierras incógnitas que yacían repuestas en el fondo del alma humana, los otros no vacilan en acusarle de ligereza científica, en declarar perniciosos y casi perseguibles sus métodos curativos y en hacer propaganda entre los enfermos y sanatorios para que no se sometan a ellos.
Porque la adivinación de los sueños no es una ocurrencia fortuita que tuvo una tarde feliz el profesor Freud, sino un detalle de todo un complejo sistema de estudios médicos y de investigaciones psicológicas. Según sus partidarios, se trata de una ciencia nueva que ha de revolucionar toda la medicina mental, toda la pedagogía, toda la historia y hasta toda la moral.
La consideración más general y más rápida que nos conduce al punto central de las teorías freudianas puede ser ésta: hasta ahora andaban por el mundo unos hombres que se llamaban psiquiatras, médicos de las enfermedades mentales, de los desarreglos psíquicos que van desde la locura furiosa hasta la vaga y elegante neurastenia. Ahora bien, estos hombres le decían a usted que padecía una enfermedad psíquica o espiritual, y para curarla le enviaban al campo o le recomendaban duchas o le componían el estómago. En una palabra, mientras descubrían su enfermedad en el alma le curaban el cuerpo. Y, sin embargo, se llamaban psiquiatras, esto es, médicos de las almas. Los sacerdotes, por su parte, pretenden también ser médicos de las almas; pero, como aquéllos sólo se ocupaban verdaderamente del cuerpo, no temieron la concurrencia.
Freud es hombre más de temer: es un psiquiatra que, por primera vez ha tomado en serio eso de que las almas enferman, y se ha propuesto curarlas directamente, no por el intermediario corporal. Y así como los párrocos, que según la frase canónica tienen cura de almas, se valen de la confesión como terapéutica, Freud ha elevado la confesión a ciencia y ha llamado a esta ciencia de confesar «psicoanálisis». He aquí un nuevo poder actual con que hay que contar en el planeta: los «psicoanalistas». ¿Cual será el porvenir de esta idea naciente? ¿Hasta dónde llegará su influencia? Ai posteri l’ardua sentenza. Para el publicista es obligatorio y es bastante señalar al lector una nueva energía que desde un rincón del mundo, comienza a actuar y aspira a la transformación del ambiente humano.
II
LA EXPULSIÓN
Freud fue discípulo de Charcot. El célebre médico de París había reformado el tratamiento de las histéricas mediante el empleo de la sugestión hipnótica. Casi por el mismo tiempo, otro médico de Viena, Breuer, había llegado a resultados análogos.
Una histérica mostraba el síntoma de no poder beber agua en vaso; cada vez que lo intentaba sentía ascos indomables, mientras la sed la acongojaba cruelmente. «En uno de los sueños hipnóticos a que Breuer regularmente la sometía comenzó a hablar de la señorita de compañía inglesa que con ella vivía, manifestando que le era sumamente enojosa, y contó, con claras muestras de horror, que una vez que había entrado en su cuarto, había visto que daba de beber en un vaso a su perrito, un animal asqueroso: ella no había dicho nada porque quería ser cortés. Después que hubo dado expresión más enérgica a su hasta entonces contenido enojo, pidió de beber, bebió sin dificultad gran cantidad de agua y despertó de la hipnosis con el vaso en los labios. El síntoma no volvió a reproducirse».
Breuer continuó sus investigaciones y halló que todos los síntomas histéricos procedían de análogas escenas que habían conmovido fuertemente el ánimo del enfermo sin que éste les hubiera podido dar la natural solución. Cuando en el estado hipnótico recordaban aquella escena y expresaban suficientemente sus sentimientos respecto a ella, los síntomas que a primera vista no parecían tener que ver con ella, quedaban suprimidos.
¿Qué eran, pues aquellos síntomas? Sencillamente símbolos y sustitutos de los afectos que habían quedado sin expresar.
De estos hechos partió Freud. Las dificultades del tratamiento por el hipnotismo, le hicieron pensar: ¿no habría manera de suscitar en el paciente durante su estado normal el recuerdo de aquella escena, de aquella representación de que los síntomas son símbolos y sustitutos? Mas hallaba que los enfermos preguntados no recordaban nada. Sin embargo, bajo el influjo hipnótico no era raro que recordaran lo que despiertos parecían olvidar: el recuerdo, pues no se había borrado; se hallaba por decirlo así en un recinto de la conciencia individual que era como arca cerrada y huerto sellado para el individuo despierto, es decir, que había en la conciencia como un sótano donde eran encerradas aquellas imágenes, representaciones y afectos que por una razón o por otra no queremos tener presentes. Freud llama a esta localidad de la conciencia lo «inconsciente».
Más amplias observaciones llevaron a Freud a esta capital conclusión: «En todos los casos se trata de un deseo que surgió en el ánimo del individuo, pero que era contradictorio de todos sus demás deseos, por tanto incompatible con las aspiraciones éticas y estéticas de la personalidad. Había habido un pequeño conflicto y el resultado de la lucha interior era que la representación que surgió ante la conciencia como portadora de aquel deseo imposible, era condenada a la expulsión, era arrojada de la conciencia con los recuerdos concomitantes, era olvidada. La incompatibilidad de aquella representación con el yo del enfermo era, pues, el motivo de la expulsión: las exigencias éticas o de otro género eran las fuerzas expulsoras. La aceptación del deseo incompatible o la prolongación del conflicto, le habían causado grave angustia, enojo, dolor, y esta angustia, este enojo, este dolor, eran evitados por la expulsión».
Marburg, August 1911
I
A DREAM-DIVINER
Newspapers pretend to offer the reader actuality. But what is actuality? Where does it begin and where does it end? A murder or a change of government, a strike or an earthquake, a fluctuation of the stock exchange and an abuse of authority in a town are actuality, and journalists relate to us these events with all their particulars. On the other hand, the disappearance of the sunspots that these days is observed is also actuality, and the newspapers either do not occupy themselves with it or do so inattentively and in the last place. But there is yet another class of facts that commonly appear less frequently and to which less importance is granted in the columns of the dailies: these facts are ideas.
Are ideas, perchance, not actual? Actual is not what now, in this instant, happens, but what acts, what influences men and the forms of their intercourse and society. The man of business, who calls himself with positivistic vainglory, that is, free of illusory preoccupations, bound to reality, forgets that his affairs float upon the assumptions of the present economic organization, which is like a floating island upon the present juridical regime, which in turn is maintained and sustained by the present ideas of justice and goodness. So that these subtle matters of ideas, which seem vain phantoms to that man, are in truth the ones that upon their angelic shoulders sustain the minute concrete edifice of his commercial affairs and his bodily pleasures.
Things are only the surface of ideas, as the Mariana Islands are a light layer of earth sustained by mountains of coral.
A day will come when it will not be rare to find in newspapers news that begins thus: «In such a town of Germany a new ethical theory has just broken out». News of this kind may be of greater actuality than any other, for in the space of ten, of twenty years, perhaps that theory, that apparent play on words, will have transformed the social atmosphere and with it the rights and the duties, the institutions, the tax regime and the commercial usages.
I am going to give the readers of La Prensa a piece of news more modest certainly, but which perhaps has not reached their knowledge, notwithstanding it constitutes today the preoccupation or the enthusiasm of many people in scientific Europe.
The news is the following: in Vienna a man has appeared who divines dreams. He is a Jew like that Joseph who interpreted the nightmare of the pharaoh, whom in his dream seven lean cows and seven fat cows had visited. But the gravest thing is that this Jewish diviner assumes nothing less than the dignity of professor of nervous diseases at the University of Vienna. What do you make of the news?
Dr. Sigmund Freud, for so he is called, has succeeded in extending his scientific influence to a great number of physicians of both worlds, who today form a kind of enthusiastic community, admirably organized, owner of several journals, of multiple associations, etcetera. On the other hand, the radicalism and novelty of Freud’s therapeutic theories have raised against him countless rabid enemies. And while some consider Freud a genius, discoverer of unknown lands that lay stored in the depths of the human soul, the others do not hesitate to accuse him of scientific levity, to declare pernicious and almost prosecutable his curative methods, and to make propaganda among the sick and the sanatoria so that they do not submit to them.
For the divination of dreams is not a fortuitous notion that Professor Freud had one happy afternoon, but a detail of a whole complex system of medical studies and psychological investigations. According to his partisans, it is a question of a new science that must revolutionize all mental medicine, all pedagogy, all history and even all morals.
The most general and most rapid consideration that leads us to the central point of the Freudian theories may be this: until now there went about the world certain men who called themselves psychiatrists, physicians of mental diseases, of the psychic derangements that range from furious madness to the vague and elegant neurasthenia. Now then, these men told you that you suffered a psychic or spiritual disease, and to cure it they sent you to the country or recommended showers to you or set your stomach right. In a word, while they discovered your disease in the soul they cured your body. And yet they called themselves psychiatrists, that is, physicians of souls. The priests, for their part, also pretend to be physicians of souls; but, as those only truly occupied themselves with the body, they did not fear the competition.
Freud is a man more to be feared: he is a psychiatrist who, for the first time, has taken seriously that matter of souls falling ill, and has set himself to cure them directly, not through the corporeal intermediary. And just as the parish priests, who according to the canonical phrase have the cure of souls, avail themselves of confession as therapeutics, Freud has raised confession to a science and has called this science of confessing «psychoanalysis». Behold a new actual power with which one must reckon on the planet: the «psychoanalysts». What will be the future of this nascent idea? How far will its influence reach? Ai posteri l’ardua sentenza. For the publicist it is obligatory and it is enough to point out to the reader a new energy that from a corner of the world begins to act and aspires to the transformation of the human atmosphere.
II
THE EXPULSION
Freud was a disciple of Charcot. The celebrated physician of Paris had reformed the treatment of hysterics through the employment of hypnotic suggestion. Almost at the same time, another physician of Vienna, Breuer, had arrived at analogous results.
A hysteric showed the symptom of being unable to drink water from a glass; every time she attempted it she felt indomitable disgust, while thirst cruelly tormented her. «In one of the hypnotic dreams to which Breuer regularly subjected her she began to speak of the English lady companion who lived with her, manifesting that she was extremely vexatious to her, and told, with clear signs of horror, that once when she had entered her room, she had seen her giving to drink from a glass to her little dog, a loathsome animal: she had said nothing because she wanted to be courteous. After she had given more energetic expression to her until then suppressed anger, she asked for a drink, drank without difficulty a large quantity of water and awoke from the hypnosis with the glass at her lips. The symptom never reproduced itself».
Breuer continued his investigations and found that all hysterical symptoms proceeded from analogous scenes that had strongly moved the mind of the patient without his having been able to give them the natural solution. When in the hypnotic state they recalled that scene and sufficiently expressed their feelings with respect to it, the symptoms that at first sight did not seem to have anything to do with it were suppressed.
What, then, were those symptoms? Simply symbols and substitutes of the affects that had remained unexpressed.
From these facts Freud set out. The difficulties of the treatment by hypnotism made him think: would there not be a way of arousing in the patient, during his normal state, the memory of that scene, of that representation of which the symptoms are symbols and substitutes? But he found that the patients, when asked, remembered nothing. Nevertheless, under the hypnotic influence it was not rare that they remembered what awake they seemed to forget: the memory, then, had not been erased; it was, so to speak, in an enclosure of the individual consciousness that was like a closed ark and a sealed garden for the waking individual, that is, there was in the consciousness something like a cellar where those images, representations and affects were shut away which for one reason or another we do not want to keep present. Freud calls this locality of the consciousness the «unconscious».
More ample observations led Freud to this capital conclusion: «In all cases it is a question of a desire that arose in the mind of the individual, but which was contradictory of all his other desires, therefore incompatible with the ethical and aesthetic aspirations of the personality. There had been a small conflict and the result of the inner struggle was that the representation that arose before consciousness as the bearer of that impossible desire was condemned to expulsion, was cast out of consciousness with its concomitant memories, was forgotten. The incompatibility of that representation with the patient’s ego was, then, the motive of the expulsion: the ethical or other exigencies were the expelling forces. The acceptance of the incompatible desire or the prolongation of the conflict had caused him grave anguish, anger, pain, and this anguish, this anger, this pain were avoided by the expulsion».
Marburgo, agosto 1911
I
UN INDOVINO DI SOGNI
I giornali pretendono di offrire al lettore l’attualità. Ma che cos’è l’attualità? Dove comincia e dove finisce? Un assassinio o un cambio di governo, uno sciopero o un terremoto, un’oscillazione della borsa e un abuso di autorità in un paese sono attualità e i giornalisti ci raccontano questi avvenimenti con tutti i loro crismi. In cambio, la sparizione delle macchie solari che in questi giorni si avverte è pure attualità e i giornali o non se ne occupano o lo fanno senza attenzione e in ultimo luogo. Ma c’è ancora un’altra classe di fatti che sogliono affiorare con minor frequenza e a cui si concede minore importanza nelle colonne dei quotidiani: questi fatti sono le idee.
Per ventura non sono attuali le idee? Attuale non è ciò che ora, in questo istante accade, ma ciò che agisce, che influisce sugli uomini e sulle forme del loro tratto e della loro società. L’uomo d’affari, che si chiama da sé con vanagloria positivista, cioè libero da preoccupazioni illusorie, attenuto alla realtà, dimentica che i suoi affari galleggiano sui presupposti dell’organizzazione economica attuale, la quale è come un’isola galleggiante sul regime giuridico attuale, che a sua volta è mantenuto e sostenuto dalle idee attuali di giustizia e di bontà. Di guisa che queste sottili materie delle idee che sembrano vani fantasmi a quell’uomo sono, in verità, coloro che sulle loro angeliche spalle sostengono il minuscolo edificio concreto dei suoi affari mercantili e dei suoi piaceri corporali.
Le cose sono soltanto la superficie delle idee, come le isole Marianne sono un leggero strato di terra sostenuto da monti di corallo.
Giorno verrà in cui non sia raro trovare nei giornali notizie che comincino così: «In tal paese della Germania è appena scoppiata una nuova teoria etica». Notizie di questo genere possono essere di maggiore attualità di altre qualsivoglia, poiché alla volta di dieci, di venti anni, forse quella teoria, quell’apparente gioco di parole avrà trasformato l’ambiente sociale e con esso i diritti e i doveri, le istituzioni, il regime delle imposte e gli usi mercantili.
Io vado a dare ai lettori de La Prensa una notizia più modesta certamente, ma che forse non è giunta a loro conoscenza, nonostante costituisca oggi la preoccupazione o l’entusiasmo di molta gente nella Europa scientifica.
La notizia è la seguente: a Vienna è apparso un uomo che indovina i sogni. È un ebreo come quel Giuseppe che interpretò l’incubo del faraone, a cui nel sogno avevano fatto visita sette vacche magre e sette vacche grasse. Ma la cosa più grave è che questo ebreo indovino riveste nientemeno che la dignità di professore di malattie nervose nell’Università di Vienna. Che ve ne pare, della notizia?
Il dottor Sigmund Freud, che così si chiama, è riuscito a estendere il suo influsso scientifico a un gran numero di medici di entrambi i mondi che oggi formano una specie di comunità entusiasta, organizzata ammirevolmente, posseditrice di varie riviste, di molteplici associazioni, eccetera. D’altra parte, il radicalismo e la novità delle teorie terapeutiche di Freud hanno sollevato contro di lui innumerevoli nemici rabbiosi. E mentre gli uni considerano Freud come un genio scopritore di terre incognite che giacevano riposte in fondo all’anima umana, gli altri non esitano ad accusarlo di leggerezza scientifica, a dichiarare perniciose e quasi perseguibili i suoi metodi curativi e a far propaganda tra i malati e i sanatori perché non vi si sottopongano.
Perché l’indovinamento dei sogni non è un’occorrenza fortuita che ebbe una tarda felice il professor Freud, ma un dettaglio di tutto un complesso sistema di studi medici e di ricerche psicologiche. Secondo i suoi fautori, si tratta di una scienza nuova che deve rivoluzionare tutta la medicina mentale, tutta la pedagogia, tutta la storia e perfino tutta la morale.
La considerazione più generale e più rapida che ci conduce al punto centrale delle teorie freudiane può essere questa: finora andavano per il mondo certi uomini che si chiamavano psichiatri, medici delle malattie mentali, dei disordini psichici che vanno dalla pazzia furiosa fino alla vaga ed elegante nevrastenia. Ora bene, questi uomini vi dicevano che soffrivate una malattia psichica o spirituale, e per curarla vi mandavano in campagna o vi raccomandavano docce o vi componevano lo stomaco. In una parola, mentre scoprivano la vostra malattia nell’anima vi curavano il corpo. E, nondimeno, si chiamavano psichiatri, cioè medici delle anime. I sacerdoti, da parte loro, pretendono pure di essere medici delle anime; ma, poiché quelli si occupavano soltanto veramente del corpo, non temettero la concorrenza.
Freud è uomo più da temere: è uno psichiatra che, per la prima volta, ha preso sul serio quella cosa che le anime si ammalano, e si è proposto di curarle direttamente, non per l’intermediario corporale. E così come i parroci, che secondo la frase canonica hanno cura d’anime, si valgono della confessione come terapeutica, Freud ha elevato la confessione a scienza e ha chiamato questa scienza del confessare «psicoanalisi». Ecco un nuovo potere attuale con cui bisogna fare i conti sul pianeta: gli «psicoanalisti». Quale sarà l’avvenire di questa idea nascente? Fin dove arriverà la sua influenza? Ai posteri l’ardua sentenza. Per il pubblicista è obbligatorio ed è bastante segnalare al lettore una nuova energia che da un angolo del mondo comincia ad agire e aspira alla trasformazione dell’ambiente umano.
II
L’ESPULSIONE
Freud fu discepolo di Charcot. Il celebre medico di Parigi aveva riformato il trattamento delle isteriche mediante l’impiego della suggestione ipnotica. Quasi per lo stesso tempo, un altro medico di Vienna, Breuer, era giunto a risultati analoghi.
Un’isterica mostrava il sintomo di non poter bere acqua nel bicchiere; ogni volta che lo tentava sentiva aschi indomabili, mentre la sete la cruciava crudelmente. «In uno dei sogni ipnotici a cui Breuer regolarmente la sottoponeva cominciò a parlare della signorina di compagnia inglese che con lei viveva, manifestando che le era sommamente molesta, e raccontò, con chiare dimostrazioni d’orrore, che una volta che era entrata nella sua stanza, aveva visto che dava da bere in un bicchiere al suo cagnolino, un animale schifoso: ella non aveva detto nulla perché voleva essere cortese. Dopo che ebbe dato espressione più energica alla sua fin allora contenuta stizza, chiese da bere, bevve senza difficoltà gran quantità d’acqua e si svegliò dall’ipnosi con il bicchiere alle labbra. Il sintomo non si riprodusse più».
Breuer continuò le sue ricerche e trovò che tutti i sintomi isterici procedevano da analoghe scene che avevano commosso fortemente l’animo del malato senza che questi avesse potuto dar loro la naturale soluzione. Quando nello stato ipnotico ricordavano quella scena ed esprimevano sufficientemente i loro sentimenti riguardo a essa, i sintomi che a prima vista non sembravano avere relazione con essa restavano soppressi.
Che erano, dunque, quei sintomi? Semplicemente simboli e sostituti degli affetti che erano rimasti senza espressione.
Da questi fatti partì Freud. Le difficoltà del trattamento per l’ipnotismo lo fecero pensare: non ci sarebbe modo di suscitare nel paziente durante il suo stato normale il ricordo di quella scena, di quella rappresentazione di cui i sintomi sono simboli e sostituti? Ma trovava che i malati interrogati non ricordavano nulla. Nondimeno, sotto l’influsso ipnotico non era raro che ricordassero ciò che svegli sembravano dimenticare: il ricordo, dunque, non si era cancellato; si trovava, per così dire, in un recinto della coscienza individuale che era come arca chiusa e orto sigillato per l’individuo sveglio, cioè che c’era nella coscienza come una cantina dove venivano rinchiusi quelle immagini, rappresentazioni e affetti che per una ragione o per l’altra non vogliamo avere presenti. Freud chiama questa località della coscienza l’«inconscio».
Più ampie osservazioni portarono Freud a questa capitale conclusione: «In tutti i casi si tratta di un desiderio che sorse nell’animo dell’individuo, ma che era contraddittorio di tutti i suoi altri desideri, perciò incompatibile con le aspirazioni etiche ed estetiche della personalità. C’era stato un piccolo conflitto e il risultato della lotta interiore era che la rappresentazione che sorse davanti alla coscienza come portatrice di quel desiderio impossibile era condannata all’espulsione, era scagliata fuori della coscienza con i ricordi concomitanti, era dimenticata. L’incompatibilità di quella rappresentazione con l’io del malato era, dunque, il motivo dell’espulsione: le esigenze etiche o d’altro genere erano le forze espulsrici. L’accettazione del desiderio incompatibile o la prolungazione del conflitto gli avevano causato grave angoscia, stizza, dolore, e questa angoscia, questa stizza, questo dolore erano evitati con l’espulsione».
Lo inconsciente es para Freud el conjunto de esas representaciones o deseos expulsados. De este modo quedaba explicada la dificultad para obtener que el enfermo recordara lo que era causa de su mal: las mismas fuerzas que habían arrojado la representación patógena a lo inconsciente, se resistían a dejarla escapar de nuevo, a dejarla volver sobre la superficie de la memoria.
El concepto de la «expulsión o remoción» es el resorte máximo de las teorías freudianas. En unas conferencias dadas en la Clark University de Worcester, durante 1909, se sirve de una metáfora muy ingeniosa para explicar claramente en qué consiste la «expulsión». «Imaginad, dice, que mientras leo mi conferencia uno de vosotros se obstina en perturbarnos y dando grandes voces se opone a que prosiga mi explicación: no tendré yo más remedio que detenerme y rogarle que calle y escuche. Si todavía insistiera me vería precisado a rogar a algunos de los oyentes que se apoderaran de él y lo expulsaran fuera del salón. Estas personas, en previsión de que el perturbador intentara de nuevo entrar, colocarían sus sillas junto a la puerta para ofrecer resistencia a los esfuerzos que el arrojado hiciera. Esto pasa en nosotros cuando un deseo subversivo se levanta en nuestra conciencia y pretende perturbarla: otros deseos, otras representaciones lo expulsan fuera y se hallan prevenidas para resistirle e impedir su retorno. Imaginad ahora que el oyente arrojado no se conforma con su suerte sino que se cree con derecho a permanecer entre nosotros, queramos o no: en lugar de guardar compostura empieza a golpear la puerta, y a producir tumulto para desde afuera mostrarnos que aún sigue, en cierto modo, entre nosotros. Los síntomas histéricos son algo así como esos ruidos que desde afuera nos envía el expulsado y que sustituyen a los que promovía entre nosotros. Se trata, pues, de una «expulsión fracasada»: esto es, la histeria, la neurosis, etcétera. Los síntomas son los sustitutos que, desde lo inconsciente, envía a nuestra conciencia el deseo removido y el enfermo percibe éstos sin conocer aquél. Imaginad, por último, que nuestro presidente, el doctor Stanley Hall, quisiera tomar sobre sí el papel de mediador y pacificador. Saldría fuera a hablar con nuestro rebelde compañero y luego nos pediría que lo dejásemos volver a entrar, ofreciendo él garantía de que se comportaría mejor. Apoyándonos en la autoridad del doctor Hall nos decidiríamos a levantar la expulsión y tornaría la paz y el silencio entre nosotros. He aquí el papel que el médico desempeña en la terapia psicoanalítica de las neurosis». Si el deseo fue injustamente expulsado se anima al enfermo para que lo satisfaga; si es un deseo pernicioso se ensaya su conversión hacia fines superiores (sublimación) o se convence al paciente de que está bien expulsado, es decir, se sustituye la expulsión automática y a viva fuerza por otra racional, completa, satisfactoria.
La Prensa, 1 de octubre de 1911
III
EL SECRETO DE LOS SUEÑOS
El contenido de nuestra mente es como un tapiz que vamos tejiendo mientras vamos viviendo. Las nuevas imágenes que adquirimos, los nuevos razonamientos que formamos, guardados quedan en nosotros, y constituyen un magnífico arsenal de experiencias, de fórmulas, de instrumentos que nos facilitan las acciones necesarias para la vida. Cada vez que necesitamos un oportuno elemento de ese tesoro, acude prestamente a nuestra conciencia. Salvo que a veces no acude, y por más que lo buscamos, no lo hallamos: es como un agujero en el tapiz de nuestra vida mental, como un vacío en nuestra propia alma.
Sin embargo, tales soluciones de continuidad no existen realmente: cuando buscamos algo en la memoria y no lo hallamos, encontramos, en cambio, alguna otra cosa, que no sabemos por qué se nos presenta en su lugar. Cuando intentamos recordar un nombre, otros nombres se presentan como pretendiendo que los tomemos por el buscado.
El espíritu científico no se diferencia del vulgar en otra cosa que en que se pone como problema lo que parece más evidente. Nada más natural que el hecho de que olvidemos algo, por ejemplo, que al recitar una poesía, que sabemos de memoria, nos falte una palabra o sustituyamos la original por otra. Mas, ¿por qué hemos olvidado precisamente esa palabra y no otra? ¿Por qué la hemos sustituido precisamente por tal otra palabra? Freud ha consagrado una serie de estudios interesantísimos a esas pequeñas calamidades, a esos menudos errores de la vida diaria: los olvidos, el decir una cosa por otra, el coger o soltar algo contra nuestra voluntad, etcétera. En todos estos casos se advierte, si atentamente nos observamos, que lo olvidado era una representación enojosa o ligada a una representación enojosa que habíamos expulsado de nuestra conciencia, y que en lugar suyo ha enviado un representante menos desagradable, más fácil de tolerar, para llenar su hueco. A toda hora van cayendo a los sótanos sombríos de nuestra alma, precisamente, aquellas representaciones y deseos que nos causaban más emoción, llevándose consigo, como reyes que van al destierro, sartas de imágenes, a veces toda una larga cadena de representaciones eslabonadas, de que sólo una punta queda a flor de la conciencia, como símbolo de todo el resto. Si logramos vencer la resistencia de lo inconsciente y tiramos de esa cadena, permaneceremos atónitos ante todo aquello que llevábamos en nuestro espíritu sin saberlo, que es como lo más íntimo de nosotros mismos, nuestro yo profundo.
Nada de nuestro pasado se borra, nada se pierde, todo se archiva en cámaras elásticas, que nuestra persona aparente arrastra de por vida. Ya hemos visto que es a veces el peso de ese pasado no bien digerido y descontento, causa de la ruina de todo el sujeto, la histeria, la amencia, la locura.
Hay en el individuo un núcleo de originalidad y autoctonía, que produce enérgicos deseos, ambiciones, propósitos personalísimos: las preocupaciones sociales, la clara conciencia moral, la opresión urbana, son otros tantos poderes antagónicos de aquel yo profundo y original, que lo someten, lo expulsan, lo reducen a la mazmorra de lo inconsciente. Sobre todo —ya lo habrá pensado el lector— existe un orden en la concupiscencia que con ser enormemente imperioso, está condenado por leyes rígidas y tiránicas a la remoción: lo sexual. El infierno de lo inconsciente está henchido casi por entero de deseos sexuales, expulsados de la conciencia. Allí viven en lo sombrío, como demoníacas criaturas reptantes, los eróticos fantasmas viciosos. De aquí que para Freud las neurosis sean de origen sexual.
Pertrechado con amplias investigaciones de este género, Freud se puso el problema práctico de cómo puede llegarse a averiguar esas secretas lesiones de la psique neurótica, secretas para el mismo enfermo. Es preciso hacer que el enfermo confiese su vida más íntima, ayudarle para que busque en su interior hasta que dé con el trozo de conciencia caído en lo inconsciente, una vez hallado el cual, se recompone ésta como un par de botas y listo. La «psicoanálisis» es el método para capturar el pedazo del mosaico espiritual violentamente arrancado, es la ciencia, la técnica de la confesión.
Los olvidos, los errores de acción o de palabras, las ocurrencias del enfermo cuando se le hostiliza a que declare lo que en su opinión es causa de su mal, son otros tantos hilos que puede seguir el médico psicoanalista para llegar a esos territorios ocultos de lo inconsciente y extraer la representación traumática. Mas la «resistencia» involuntaria del enfermo aumenta conforme el médico se aproxima más a ella.
Según Freud, el momento en que el paciente decide no volver al médico, es casi indefectible indicio de que se ha llegado junto a la imagen expulsada.
Pero hay, dice Freud, un camino real que nos lleva al conocimiento de lo inconsciente: el sueño. Pues qué, ¿no es conocido el sueño como un estado en que la conciencia racional, la que critica y pone los reparos, pierde su tensión?
¡Los sueños! ¡Divino misterio primitivo! Milenios ha vivido la humanidad creyendo que en el ensueño poseía una vida más profunda, donde el alma, embotada durante el día por las necesidades del vivir, inclinada sobre las obligaciones como el cavador sobre su azada, vuelve a recobrar una sensibilidad incalculable, y moviendo prodigiosos tentáculos palpa los secretos del universo: quieta, sabia, indiferente a lo útil, especulativa, como el ojo inmóvil de un águila, deja que el porvenir se desarrolle ante ella infinitamente. Los pueblos orientales compusieron libros simbólicos para adivinar los sueños. Luego, la ciencia ha penetrado también este santuario de los ensueños y declarando absurdos sus ritos, se ha desinteresado de él.
Freud vuelve impertérrito a la tradición milenaria. En los sueños no hay nada absurdo, dice, nada sin sentido: nuestra mente no funciona nunca sin dirección fija, sin intención. Ni en la histeria, ni en la paranoia o locura. Mucho menos en la función normal del sueño.
The unconscious is for Freud the sum of those expelled representations or desires. In this way there was explained the difficulty of obtaining that the patient should remember what was the cause of his malady: the same forces that had cast the pathogenic representation into the unconscious resisted letting it escape again, letting it return to the surface of the memory.
The concept of the «expulsion or removal» is the supreme spring of the Freudian theories. In some lectures given at Clark University, Worcester, during 1909, he avails himself of a very ingenious metaphor to explain clearly in what the «expulsion» consists. «Imagine, he says, that while I read my lecture one of you obstinately sets out to disturb us and, with great outcry, opposes my continuing my explanation: I shall have no remedy but to stop and beg him to be silent and listen. If he still insisted, I should find myself obliged to beg some of the listeners to seize him and expel him from the room. These persons, in anticipation that the disturber might try to enter again, would place their chairs beside the door to offer resistance to the efforts the ejected one might make. This happens in us when a subversive desire rises in our consciousness and pretends to disturb it: other desires, other representations expel it out and are found forewarned to resist it and prevent its return. Imagine now that the ejected listener does not resign himself to his lot but believes himself entitled to remain among us, whether we will or not: instead of keeping composure he begins to pound on the door, and to produce a tumult to show us from outside that he still remains, in a way, among us. The hysterical symptoms are something like those noises that the ejected one sends us from outside and that replace those he promoted among us. It is a question, then, of a “failed expulsion”: that is, hysteria, neurosis, etcetera. The symptoms are the substitutes that, from the unconscious, the removed desire sends to our consciousness and the patient perceives these without knowing that one. Imagine, lastly, that our president, Dr. Stanley Hall, wished to take upon himself the role of mediator and pacifier. He would go out to speak with our rebellious companion and then would ask us to let him come back in, he offering guarantee that he would behave better. Relying on the authority of Dr. Hall, we should decide to lift the expulsion and peace and silence would return among us. Behold the role that the physician performs in the psychoanalytic therapy of the neuroses». If the desire was unjustly expelled, the patient is encouraged to satisfy it; if it is a pernicious desire, its conversion toward higher ends is attempted (sublimation) or the patient is convinced that it is well expelled, that is, the automatic and forcible expulsion is replaced by a rational, complete, satisfactory one.
La Prensa, 1 October 1911
III
THE SECRET OF DREAMS
The content of our mind is like a tapestry that we go on weaving while we go on living. The new images that we acquire, the new reasonings that we form, kept remain in us, and constitute a magnificent arsenal of experiences, of formulas, of instruments that facilitate for us the actions necessary for life. Every time we need an opportune element of that treasure, it comes promptly to our consciousness. Save that at times it does not come, and however much we seek it, we do not find it: it is like a hole in the tapestry of our mental life, like a void in our own soul.
Nevertheless, such solutions of continuity do not really exist: when we seek something in the memory and do not find it, we find, instead, some other thing, which we do not know why presents itself in its place. When we try to recall a name, other names present themselves as if claiming that we take them for the one sought.
The scientific spirit does not differ from the vulgar one in anything other than in setting itself as problem what seems most evident. Nothing more natural than the fact that we forget something, for example, that reciting a poem, which we know by heart, a word fails us or we substitute the original with another. But why have we forgotten precisely that word and not another? Why have we substituted it precisely with such another word? Freud has consecrated a series of most interesting studies to those small calamities, to those minute errors of daily life: the lapses, saying one thing for another, taking up or letting fall something against our will, etcetera. In all these cases one perceives, if we observe ourselves attentively, that what was forgotten was a vexatious representation or one bound to a vexatious representation that we had expelled from our consciousness, and that in its place it has sent a less disagreeable representative, easier to tolerate, to fill its gap. At every hour there go falling into the sombre cellars of our soul, precisely, those representations and desires that caused us most emotion, carrying off with them, like kings going into exile, strings of images, sometimes a whole long chain of linked representations, of which only one end remains at the surface of consciousness, as a symbol of all the rest. If we succeed in overcoming the resistance of the unconscious and pull at that chain, we shall remain astonished before all that we carried in our spirit without knowing it, which is like the most intimate thing in ourselves, our profound self.
Nothing of our past is erased, nothing is lost, everything is filed away in elastic chambers, which our apparent person drags along for life. We have already seen that it is at times the weight of that past, not well digested and discontented, that is the cause of the ruin of the whole subject: hysteria, amentia, madness.
There is in the individual a nucleus of originality and autochthony, which produces energetic desires, ambitions, most personal purposes: the social preoccupations, the clear moral conscience, the urban oppression, are so many antagonistic powers of that profound and original self, which subdue it, expel it, reduce it to the dungeon of the unconscious. Above all — the reader will already have thought it — there exists an order in concupiscence which, while being enormously imperious, is condemned by rigid and tyrannical laws to removal: the sexual. The hell of the unconscious is filled almost entirely with sexual desires, expelled from consciousness. There they live in the gloom, like demoniacal creeping creatures, the vicious erotic phantoms. Hence for Freud the neuroses are of sexual origin.
Equipped with ample investigations of this kind, Freud set himself the practical problem of how one can come to ascertain those secret lesions of the neurotic psyche, secret for the patient himself. It is necessary to make the patient confess his most intimate life, to help him so that he searches within himself until he lights upon the piece of consciousness fallen into the unconscious, once found which, this is recomposed like a pair of boots and ready. «Psychoanalysis» is the method to capture the piece of the spiritual mosaic violently torn away; it is the science, the technique of confession.
The lapses, the errors of action or of words, the fancies of the patient when he is urged to declare what in his opinion is the cause of his malady, are so many threads that the psychoanalytic physician can follow to reach those hidden territories of the unconscious and extract the traumatic representation. But the involuntary «resistance» of the patient increases the closer the physician approaches it.
According to Freud, the moment in which the patient decides not to return to the physician is an almost infallible indication that one has arrived beside the expelled image.
But there is, says Freud, a royal road that leads us to the knowledge of the unconscious: the dream. For, what? is not the dream known as a state in which the rational consciousness, the one that criticizes and makes the objections, loses its tension?
Dreams! Divine primitive mystery! For millennia humanity has lived believing that in the dream it possessed a deeper life, where the soul, dulled during the day by the necessities of living, bent over its obligations like the digger over his hoe, returns to recover an incalculable sensibility, and moving prodigious tentacles feels the secrets of the universe: quiet, wise, indifferent to the useful, speculative, like the motionless eye of an eagle, it lets the future develop before it infinitely. The oriental peoples composed symbolic books to divine dreams. Then, science has also penetrated this sanctuary of dreams and, declaring its rites absurd, has lost interest in it.
Freud returns imperturbable to the millenary tradition. In dreams there is nothing absurd, he says, nothing without meaning: our mind never functions without fixed direction, without intention. Neither in hysteria, nor in paranoia or madness. Much less in the normal function of the dream.
L’inconscio è per Freud l’insieme di quelle rappresentazioni o desideri espulsi. In questo modo restava spiegata la difficoltà di ottenere che il malato ricordasse ciò che era causa del suo male: le stesse forze che avevano scagliato la rappresentazione patogena nell’inconscio si resistevano a lasciarla fuggire di nuovo, a lasciarla tornare sulla superficie della memoria.
Il concetto dell’«espulsione o rimozione» è la molla massima delle teorie freudiane. In alcune conferenze tenute alla Clark University di Worcester, durante il 1909, si serve di una metafora molto ingegnosa per spiegare chiaramente in che cosa consista l’«espulsione». «Immaginate, dice, che mentre leggo la mia conferenza uno di voi si ostini a disturbarci e, a gran voce, si opponga a che io prosegua nella mia spiegazione: non avrò altro rimedio che fermarmi e pregarlo di tacere e di ascoltare. Se ancora insistesse, mi vedrei costretto a pregare alcuni degli ascoltatori che si impadroniscano di lui e lo espellano fuori della sala. Queste persone, in previsione che il disturbatore tenti di nuovo di entrare, collocherebbero le loro sedie accanto alla porta per offrire resistenza agli sforzi che l’espulso facesse. Questo accade in noi quando un desiderio sovversivo si leva nella nostra coscienza e pretende di disturbarla: altri desideri, altre rappresentazioni lo espellono fuori e si trovano prevenute per resistergli e impedirne il ritorno. Immaginate ora che l’ascoltatore scagliato non si conformi con la sua sorte ma si creda con diritto a rimanere tra noi, lo vogliamo o no: invece di serbare compostezza comincia a picchiare alla porta, e a produrre tumulto per mostrarci dall’esterno che ancora segue, in certo modo, tra noi. I sintomi isterici sono qualcosa di simile a quei rumori che dall’esterno ci invia l’espulso e che sostituiscono quelli che promuoveva tra noi. Si tratta, dunque, di un’«espulsione fallita»: cioè, l’isteria, la nevrosi, eccetera. I sintomi sono i sostituti che, dall’inconscio, invia alla nostra coscienza il desiderio rimosso e il malato percepisce questi senza conoscere quello. Immaginate, per ultimo, che il nostro presidente, il dottor Stanley Hall, volesse prendere su di sé la parte di mediatore e pacificatore. Uscirebbe fuori a parlare col nostro compagno ribelle e poi ci chiederebbe di lasciarlo rientrare, offrendo egli garanzia che si comporterà meglio. Appoggiandoci sull’autorità del dottor Hall ci decideremmo a levare l’espulsione e tornerebbe la pace e il silenzio tra noi. Ecco la parte che il medico svolge nella terapia psicoanalitica delle nevrosi». Se il desiderio fu ingiustamente espulso si anima il malato perché lo soddisfi; se è un desiderio pernicioso si tenta la sua conversione verso fini superiori (sublimazione) o si convince il paziente che è bene espulso, cioè, si sostituisce l’espulsione automatica e a viva forza con un’altra razionale, completa, soddisfacente.
La Prensa, 1 ottobre 1911
III
IL SEGRETO DEI SOGNI
Il contenuto della nostra mente è come un arazzo che andiamo tessendo mentre andiamo vivendo. Le nuove immagini che acquisiamo, i nuovi ragionamenti che formiamo, custoditi restano in noi, e costituiscono un magnifico arsenale di esperienze, di formule, di strumenti che ci facilitano le azioni necessarie per la vita. Ogni volta che abbiamo bisogno di un opportuno elemento di quel tesoro, accorre prontamente alla nostra coscienza. Salvo che a volte non accorre, e per quanto lo cerchiamo, non lo troviamo: è come un buco nell’arazzo della nostra vita mentale, come un vuoto nella nostra propria anima.
Nondimeno, tali soluzioni di continuità non esistono realmente: quando cerchiamo qualcosa nella memoria e non lo troviamo, troviamo, in cambio, qualche altra cosa, che non sappiamo perché ci si presenta al suo posto. Quando tentiamo di ricordare un nome, altri nomi si presentano come pretendendo che li prendiamo per quello cercato.
Lo spirito scientifico non si differenzia dal volgare in altro che nel porsi come problema ciò che sembra più evidente. Nulla più naturale del fatto che dimentichiamo qualcosa, per esempio, che recitando una poesia, che sappiamo a memoria, ci manchi una parola o sostituiamo l’originale con un’altra. Ma perché abbiamo dimenticato precisamente quella parola e non un’altra? Perché l’abbiamo sostituita precisamente con tale altra parola? Freud ha consacrato una serie di studi interessantissimi a quelle piccole calamità, a quei minuti errori della vita quotidiana: le dimenticanze, il dire una cosa per un’altra, il prendere o lasciar cadere qualcosa contro la nostra volontà, eccetera. In tutti questi casi si avverte, se attentamente ci osserviamo, che la cosa dimenticata era una rappresentazione molesta o legata a una rappresentazione molesta che avevamo espulso dalla nostra coscienza, e che al suo posto ha inviato un rappresentante meno sgradevole, più facile da tollerare, per riempire il suo vuoto. A ogni ora vanno cadendo nei sotterranei ombrosi della nostra anima, precisamente, quelle rappresentazioni e desideri che ci causavano più emozione, portandosi via, come re che vanno in esilio, sfilze d’immagini, a volte tutta una lunga catena di rappresentazioni concatenate, di cui soltanto una punta resta a fior di coscienza, come simbolo di tutto il resto. Se riusciamo a vincere la resistenza dell’inconscio e tiriamo di quella catena, resteremo attoniti davanti a tutto quello che portavamo nel nostro spirito senza saperlo, che è come la cosa più intima di noi stessi, il nostro io profondo.
Nulla del nostro passato si cancella, nulla si perde, tutto si archivia in camere elastiche, che la nostra persona apparente trascina per tutta la vita. Già abbiamo visto che è a volte il peso di quel passato non ben digerito e scontento, causa della rovina di tutto il soggetto, l’isteria, la demenza, la pazzia.
C’è nell’individuo un nucleo di originalità e autoctonia, che produce energici desideri, ambizioni, propositi personalissimi: le preoccupazioni sociali, la chiara coscienza morale, l’oppressione urbana, sono altrettanti poteri antagonisti di quell’io profondo e originale, che lo sottomettono, lo espellono, lo riducono al carcere dell’inconscio. Soprattutto — già lo avrà pensato il lettore — esiste un ordine nella concupiscenza che, pur essendo enormemente imperioso, è condannato da leggi rigide e tiranniche alla rimozione: il sessuale. L’inferno dell’inconscio è ricolmo quasi per intero di desideri sessuali, espulsi dalla coscienza. Là vivono nell’ombroso, come demoniache creature striscianti, gli erotici fantasmi viziosi. Di qui che per Freud le nevrosi siano di origine sessuale.
Corredato di ampie investigazioni di questo genere, Freud si pose il problema pratico di come si possa giungere a scoprire quelle segrete lesioni della psiche nevrotica, segrete per lo stesso malato. È necessario far sì che il malato confessi la sua vita più intima, aiutarlo perché cerchi nel suo interno finché dia con il pezzo di coscienza caduto nell’inconscio, una volta trovato il quale, si ricompone questa come un paio di stivali e pronto. La «psicoanalisi» è il metodo per catturare il pezzo del mosaico spirituale violentemente strappato, è la scienza, la tecnica della confessione.
Le dimenticanze, gli errori di azione o di parole, le occorrenze del malato quando lo si sprona a dichiarare ciò che a suo parere è causa del suo male, sono altrettanti fili che può seguire il medico psicoanalista per giungere a quei territori occulti dell’inconscio ed estrarre la rappresentazione traumatica. Ma la «resistenza» involontaria del malato aumenta conforme il medico si approssima più a essa.
Secondo Freud, il momento in cui il paziente decide di non tornare dal medico è quasi infallibile indizio che si è giunti accanto all’immagine espulsa.
Ma c’è, dice Freud, un cammino reale che ci porta alla conoscenza dell’inconscio: il sogno. Perché, che? non è noto il sogno come uno stato in cui la coscienza razionale, quella che critica e mette i ripari, perde la sua tensione?
I sogni! Divino mistero primitivo! Millenni ha vissuto l’umanità credendo che nel sogno possedesse una vita più profonda, dove l’anima, ottundata durante il giorno dalle necessità del vivere, china sulle obbligazioni come lo zappatore sulla sua zappa, torna a ricuperare una sensibilità incalcolabile, e movendo prodigiosi tentacoli palpa i segreti dell’universo: quieta, sapiente, indifferente all’utile, speculativa, come l’occhio immobile di un’aquila, lascia che l’avvenire si sviluppi davanti a lei infinitamente. I popoli orientali composero libri simbolici per indovinare i sogni. Poi, la scienza ha penetrato pure questo santuario dei sogni e, dichiarando assurdi i suoi riti, se n’è disinteressata.
Freud torna imperterrito alla tradizione millenaria. Nei sogni non c’è nulla di assurdo, dice, nulla senza senso: la nostra mente non funziona mai senza direzione fissa, senza intenzione. Né nell’isteria, né nella paranoia o pazzia. Molto meno nella funzione normale del sogno.
Ahora se acaba de publicar la tercera edición de su libro Sobre la interpretación de los sueños, en que ha extractado quince años de labor incesante. Su teoría es un poco complicada y yo sólo puedo dar aquí como un esquema de ella.
El sueño es para Freud un ejercicio de la psique tan perfecto como el pensar de la vigilia, sólo que muy distinto. Despiertos reina en nosotros la conciencia viva, que es la conciencia científica, moral, socializadora de nuestros instintos. En el sueño pierde esa dignidad, pero no desaparece, no se retira: perdura su influjo tomando una forma análoga a lo que el gobierno del Estado realiza en el tiempo de guerra con los periódicos: establece la censura previa. Por otro lado, lo inconsciente, advirtiendo la debilitación de aquel poder que le tiene sometido, pugna por hacerse consciente. Mas la censura se lo impide y tiene que «disfrazarse» para pasar como contrabando. Todo sueño —afirma Freud— es el cumplimiento de un deseo. En este sentido, tenían razón los pueblos viejos, el sueño anticipa el futuro, bien que no lo que va a ocurrir, sino lo que nosotros quisiéramos que ocurriera. En el sueño no somos especulativos como creían los antiguos: antes bien, todo sueño es una acción egoísta.
Una distinción fundamental hay, pues, que hacer: en el sueño existen dos cosas: el contenido del sueño, lo que en el sueño vemos, sentimos u oímos y la idea del sueño, que no aparece en él, que precisamente se ha disfrazado con el contenido para ascender a nuestra conciencia.
Hay siempre en lo que soñamos un elemento real, algo que nos ha ocurrido durante el día anterior al sueño, pero es curioso que generalmente se trata de algo sin importancia, en que despiertos no hemos parado la atención. ¿Es posible que nos esforcemos en soñar para traer a la conciencia precisamente lo fútil, lo insignificante?
Los sueños son como esos jeroglíficos que presentan unas junto a otras figuras y letras: si tomamos éstas tal y como aparecen no hallamos sino un galimatías de imágenes que no tienen que ver unas con otras. Mas si desciframos el jeroglífico, es decir, si buscamos su sentido, no en las figuras sino tras ellas, nos encontramos con una frase de perfecto sentido, a veces con un profundo lema moral. Lo mismo ha de hacerse con los sueños: tenemos que considerar sus escenas, sus dichos, sus imágenes como una serie de símbolos, como un idioma especial de que se sirve lo inconsciente de cada individuo para lograr expresión.
Todos nuestros recuerdos son empleados como material que escoge el deseo expulsado para pronunciarse y burlar la censura. Por eso soñamos con cosas baladíes, por eso sentimos a lo mejor angustia en el sueño ante objetos que despiertos no nos la causarían o asistimos indiferentes a la muerte de un ser querido. En el sueño esas cosas no valen por sí mismas, son esclavizadas por lo inconsciente que se sirve de ellas y transmuta sus valores psíquicos.
Inútil es pretender dar una noción aproximada de la ingeniosísima reconstrucción del mecanismo del ensueño realizada por Freud. A primera vista esa afirmación de que el sueño es el cumplimiento de un deseo parece inaceptable. Sin embargo, el método psicoanalítico descubre tras del terror soñado siempre alguna concupiscencia sexual. Porque ¡esto es lo grave! para Freud todo es decidido en nosotros por el amor y generalmente por el amor torcido y non sanctus.
Sólo un detalle añadiré: según Freud es la niñez, la época en que realizamos más expulsiones imperfectas de deseos. Por otro lado, es la época en que más preocupan e inquietan los problemas eróticos. Pues bien, todos nuestros sueños son en realidad reapariciones de deseos eróticos infantiles.
¡Qué horrores descubre en nuestro fondo el profesor vienés! Analizando los sueños propios y los de sus enfermos ha llegado a pavorosas conclusiones.
Edipo es el género humano íntegro. El erotismo infantil —entendiendo por erotismo no sólo lo que de ordinario indica esta palabra, sino más bien todo aquello que incluimos en la de amor— constituye la base de nuestra vida inconsciente y es la causa de los trastornos psíquicos del hombre.
Si las ideas de Freud llegan a triunfar en la ciencia ¿no podemos prever las transformaciones que impondrán a la pedagogía, a la historia, a la moral?
La Prensa, 3 de octubre de 1911
Now there has just been published the third edition of his book On the Interpretation of Dreams, in which he has distilled fifteen years of incessant labor. His theory is a little complicated and I can give here only a kind of outline of it.
The dream is for Freud an exercise of the psyche as perfect as the thinking of the waking state, only quite different. Awake, there reigns in us the living consciousness, which is the scientific, moral, socializing consciousness of our instincts. In the dream it loses that dignity, but it does not disappear, it does not withdraw: its influence persists, taking a form analogous to what the government of the State carries out in time of war with the newspapers: it establishes the prior censorship. On the other hand, the unconscious, perceiving the weakening of that power which keeps it subjected, struggles to become conscious. But the censorship prevents it, and it has to «disguise itself» to pass through as contraband. Every dream — Freud affirms — is the fulfilment of a desire. In this sense, the old peoples were right: the dream anticipates the future, though not what is going to happen, but what we should wish to happen. In the dream we are not speculative as the ancients believed: rather, every dream is an egoistic action.
There is, then, a fundamental distinction to be made: in the dream two things exist: the content of the dream, what in the dream we see, feel or hear, and the idea of the dream, which does not appear in it, which has precisely disguised itself with the content in order to ascend to our consciousness.
There is always in what we dream a real element, something that has happened to us during the day preceding the dream, but it is curious that generally it is a question of something unimportant, to which awake we have paid no attention. Is it possible that we strive to dream in order to bring to consciousness precisely the futile, the insignificant?
Dreams are like those hieroglyphs that present figures and letters one beside another: if we take these just as they appear we find nothing but a jumble of images that have nothing to do with one another. But if we decipher the hieroglyph, that is, if we seek its meaning not in the figures but behind them, we meet with a phrase of perfect meaning, sometimes with a profound moral motto. The same is to be done with dreams: we have to consider their scenes, their sayings, their images as a series of symbols, as a special idiom of which the unconscious of each individual avails itself to attain expression.
All our memories are employed as material that the expelled desire chooses in order to declare itself and elude the censorship. That is why we dream of trivial things, why we perhaps feel anguish in the dream before objects that awake would not cause it to us, or attend indifferent to the death of a beloved being. In the dream those things do not count for themselves; they are enslaved by the unconscious, which avails itself of them and transmutes their psychic values.
It is useless to pretend to give an approximate notion of the most ingenious reconstruction of the mechanism of the dream carried out by Freud. At first sight that affirmation that the dream is the fulfilment of a desire seems unacceptable. Nevertheless, the psychoanalytic method discovers behind the dreamed terror always some sexual concupiscence. Because this is the grave thing! for Freud everything in us is decided by love, and generally by the twisted and non sanctus love.
Only one detail shall I add: according to Freud, childhood is the epoch in which we perform the most imperfect expulsions of desires. On the other hand, it is the epoch in which erotic problems most preoccupy and disquiet us. Well then, all our dreams are in reality reappearances of infantile erotic desires.
What horrors the Viennese professor discovers in our depths! Analyzing his own dreams and those of his patients he has arrived at terrifying conclusions.
Oedipus is the whole human race. Infantile eroticism — understanding by eroticism not only what this word ordinarily indicates, but rather everything that we include in that of love — constitutes the basis of our unconscious life and is the cause of the psychic disorders of man.
If Freud’s ideas come to triumph in science, can we not foresee the transformations that they will impose upon pedagogy, upon history, upon morals?
La Prensa, 3 October 1911
Ora si è appena pubblicata la terza edizione del suo libro Sulla interpretazione dei sogni, in cui ha estratto quindici anni di lavoro incessante. La sua teoria è un poco complicata e io posso dare qui soltanto come uno schema di essa.
Il sogno è per Freud un esercizio della psiche tanto perfetto come il pensare della veglia, soltanto che molto diverso. Svegli regna in noi la coscienza viva, che è la coscienza scientifica, morale, socializzatrice dei nostri istinti. Nel sogno perde quella dignità, ma non sparisce, non si ritira: perdura il suo influsso prendendo una forma analoga a ciò che il governo dello Stato realizza in tempo di guerra con i giornali: stabilisce la censura previa. D’altro lato, l’inconscio, avvertendo l’indebolimento di quel potere che lo tiene soggetto, pugna per farsi cosciente. Ma la censura glielo impedisce e deve «travestirsi» per passare come contrabbando. Ogni sogno — afferma Freud — è l’adempimento di un desiderio. In questo senso, avevano ragione i popoli vecchi: il sogno anticipa il futuro, ben che non ciò che accadrà, ma ciò che noi vorremmo che accadesse. Nel sogno non siamo speculativi come credevano gli antichi: anzi, ogni sogno è un’azione egoistica.
Una distinzione fondamentale c’è, dunque, da fare: nel sogno esistono due cose: il contenuto del sogno, ciò che nel sogno vediamo, sentiamo o udiamo, e l’idea del sogno, che non appare in esso, che precisamente si è travestita con il contenuto per ascendere alla nostra coscienza.
C’è sempre in ciò che sognamo un elemento reale, qualcosa che ci è accaduto durante il giorno precedente al sogno, ma è curioso che generalmente si tratti di qualcosa senza importanza, a cui svegli non abbiamo prestato attenzione. È possibile che ci sforziamo di sognare per portare alla coscienza precisamente il futile, l’insignificante?
I sogni sono come quei geroglifici che presentano l’una accanto all’altra figure e lettere: se prendiamo queste così come appaiono non troviamo che un guazzabuglio di immagini che non hanno relazione le une con le altre. Ma se decifriamo il geroglifico, cioè, se cerchiamo il suo senso, non nelle figure ma dietro di esse, ci troviamo con una frase di perfetto senso, a volte con un profondo motto morale. Lo stesso deve farsi con i sogni: dobbiamo considerare le loro scene, i loro detti, le loro immagini come una serie di simboli, come un idioma speciale di cui si serve l’inconscio di ogni individuo per ottenere espressione.
Tutti i nostri ricordi sono impiegati come materiale che sceglie il desiderio espulso per pronunciarsi e burlare la censura. Per questo sognamo cose balorde, per questo sentiamo magari angoscia nel sogno davanti a oggetti che svegli non ce la causerebbero o assistiamo indifferenti alla morte di un essere caro. Nel sogno quelle cose non valgono per sé stesse, sono schiavizzate dall’inconscio che si serve di esse e trasmuta i loro valori psichici.
Inutile è pretendere di dare una nozione approssimata della ingegnosissima ricostruzione del meccanismo del sogno realizzata da Freud. A prima vista quella affermazione che il sogno è l’adempimento di un desiderio sembra inaccettabile. Nondimeno, il metodo psicoanalitico scopre dietro il terrore sognato sempre qualche concupiscenza sessuale. Perché ecco la cosa grave! per Freud tutto è deciso in noi dall’amore e generalmente dall’amore storto e non sanctus.
Soltanto un dettaglio aggiungerò: secondo Freud è l’infanzia l’epoca in cui realizziamo più espulsioni imperfette di desideri. D’altro lato, è l’epoca in cui più preoccupano e inquietano i problemi erotici. Orbene, tutti i nostri sogni sono in realtà riapparizioni di desideri erotici infantili.
Che orrori scopre nel nostro fondo il professore viennese! Analizzando i sogni propri e quelli dei suoi malati è giunto a pavorose conclusioni.
Edipo è il genere umano integro. L’erotismo infantile — intendendo per erotismo non soltanto ciò che ordinariamente indica questa parola, ma piuttosto tutto ciò che includiamo in quella d’amore — costituisce la base della nostra vita inconscia ed è la causa dei disturbi psichici dell’uomo.
Se le idee di Freud giungono a trionfare nella scienza, non possiamo prevedere le trasformazioni che imporranno alla pedagogia, alla storia, alla morale?
La Prensa, 3 ottobre 1911