Ortega y Gasset

Abstract

A note on the magazine Europa: the title is already a negation of present-day Spain, but the new fact is that some writers really collaborate in it, whereas Spanish magazines are made by juxtaposing copy. Real collaboration requires a system of serious, impersonal opinions, that is, a point of view — and in Spain, Ortega says, none has risen in twenty-five years. Cultural criticism.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Hace poco tiempo apareció en los puestos de periódicos una nueva revista: Europa. El título no podía ser más agresivo: esa palabra sola equivale a la negación prolija de cuanto compone la España actual.

Decir Europa es gritar a los organismos universitarios españoles que son moldes troglodíticos para perpetuar la barbarie, para empujar los restos de una antigua raza enérgica a todos los extremos de la desespiritualización.

Decir Europa es gritar al Parlamento que su Constitución es inmoral, que quien compra un voto es en mayor grado criminal que quien mata a su padre, que los partidos gubernamentales son instituciones kabileñas, que tolerar las leyes tributarias vigentes es hacerse reo de inauditas depredaciones.

Decir Europa es detenerse ante un cuadro de Sorolla respetuosamente —Europa es, ante todo, una incitación a la respetuosidad— y exclamar: Verdaderamente, el arte, la emoción trascendente empieza donde el pintor acaba. Y es tomar con análogo respeto un libro eruditísimo del grande Menéndez y Pelayo y ponerle al margen del último folio:

Non multa sed multum!

Sin embargo, Europa no es una negación: tal fuera, y carecería por completo de interés el hecho de haber aparecido esta revista. Por el contrario; nos hallamos ante el caso, nuevo en nuestro país desde hace pocos años, de que algunos escritores se reúnan en verdadera colaboración. Las revistas usuales entre nosotros se forman por mera yuxtaposición de original, como los muros se elevan situando un ladrillo junto a otro; de esta manera, el conjunto llega a ser un centón, sin más unidad que la unidad editorial del espacio en que se imprimen y el tiempo en que se publican.

Europa tiende a realizar una verdadera colaboración: quienes escriben en ella asiduamente han coincidido, movidos por una previa comunidad intelectual: la unidad de la labor a hacer les ha unido en colaboración. Esto es de suyo un síntoma inmejorable: la colaboración es la manera de vivir que caracteriza a los europeos.

España es, en cambio, el país donde no se colabora: cuando se forma una agrupación de españoles podemos asegurar que se trata de una complicación; el origen del aunamiento no habrá de buscarse en un HACER, sino en un cometer: los colaboradores no pasan de cómplices. Dos ejemplos notables: las leyes de conquistadores de Indias en el siglo XVI y los partidos gubernamentales en el que corre.

Una verdadera colaboración es posible cuando se ha formado en el ambiente moral e intelectual de un pueblo un sistema de opiniones serias, veraces, impersonales y relativamente profundas. La unidad de la labor a cumplir que une a los colaboradores es, en realidad, la unidad del punto de vista. Así parecerá explicado el hecho de que en España tropecemos raramente con casos de colaboración. No tengo sino deseos de abrir los ojos cuando se me propone mirar algo que me había pasado inadvertido; mas… ¿no puede afirmarse que de veinticinco años a esta parte no se ha levantado sobre la planicie mental de nuestro pueblo nada que merezca ser llamado un punto de vista? No es bastante citar nombres que suenan con una imprecisa magnificencia: hoy mismo leo unas faltas de discreción y de finura moral que un hombre dejado de la mano de Dios comete a propósito de Balmes. Este hombre dice que Balmes está injustamente olvidado, que es un pensador fecundo y demás palabrería del viejo y peor periodismo. Y me pregunto: ¿Qué idea determinada, qué hallazgo, qué invención, qué algo concreto podíamos hallar los españoles en Balmes con lo cual enriquecernos la vida interior? El aludido periodista no lo dice; mientras no lo diga, lo que hoy escribe permanecerá en la ridícula posición de haber como dicho algo que no es nada a la postre. Conviene ser en esta materia veraz consigo mismo, y ante las glorias nacionales pasadas o presentes demandarse estrictamente: ¿Qué idea, qué emoción, qué molécula viva de mi alma debo yo a este hombre?

A mi manera de ver, patriotas españoles serán los que opongan a la realidad nacional presente más profundas negaciones. El patriotismo afirmativo suele ser pecaminoso y grosero, y sólo le hallo fecundidad cuando se trata de defender el territorio invadido por barbaries enemigas. En tiempos de paz, que son sazón de trabajo, amar la patria es querer que sea de otra manera que como es. Los éxtasis ante el vino de Jerez, ante el cielo bruñido de Castilla, ante las pupilas febriles de una andaluza, ante el Museo de Pinturas, ante don Antonio Maura, no rinden beneficio alguno al aumento económico o moral de la raza. En general, el éxtasis es el pecado, la máxima concupiscencia: es la disposición que toma el espíritu para fruir. En el patriotismo extático gozamos de nuestra patria, la hacemos un objeto de placer.

Frente a este patriotismo extático conviene suscitar el patriotismo enérgico: amar la patria es hacerla y mejorarla. Un problema a resolver, una tarea a cumplir, un edificio a levantar: esto es patria. La conocida frase de Nietzsche lo ha formulado exactamente: Patria no es la tierra de los padres —Vaterland—, sino tierra de los hijos —Kinderland.

Mas la negación ha de ser seria: en serio no puede negarse una cosa sino en virtud de otra que se afirma. La negación monda y lironda es también una forma del éxtasis y, por consiguiente, estéril. Este espíritu meramente negativo ha neutralizado y hecho vana agitación, ensayo cuantitativamente tan poderoso como el movimiento catalanista. A posteriori de haber negado la patria española se afanaron los pensadores catalanistas en llenar el vacío que habían hecho en sus propios corazones: la vieja forma de España y el montón inorgánico, pero enorme, de sus pretéritas jornadas eran, al cabo, un principio de orientación espiritual, de equilibrio pedagógico y político. Para negar ese principio hubiera sido menester otro: un sistema de negaciones necesita también de un principio en virtud del cual organicemos nuestras acciones negativas, y ese principio no puede ser, a su vez, una negación. Esto han buscado trabajosamente, y tarde ya, los pensadores catalanistas.

Europa no es una negación solamente: es un principio de agresión metódica al achabacanamiento nacional. Como Descartes empleó la duda metódica para fundamentar la certidumbre, emplean los escritores de esta revista el símbolo Europa como metódica agresión, como fermento renovador que suscite la única España posible.

La europeización es el método para hacer esa España, para purificarla de todo exotismo, de toda imitación. Europa ha de salvarnos del extranjero.

Hoy estamos afrancesados, anglizados, alemanizados: trozos exánimes de otras civilizaciones van siendo traídos a nuestro cuerpo por un fatal aluvión de inconsciencia. El hecho de que importemos más que exportamos es sólo la concreción comercial del hecho mucho más amplio y grave de nuestra extranjerización. Somos cisterna y debiéramos ser manantial. Tráennos productos de la cultura; pero la cultura, que es cultivo, que es trabajo, que es actividad personalísima y consciente, que no es cosa —microscopio, ferrocarril o ley—, queda fuera de nosotros. Seremos españoles cuando segreguemos al vibrar de nuestros nervios celtibéricas sustancias humanas, de significado universal —mecánica, economía, democracia y emociones trascendentes.

Tal es el sentido en que trabajan los escritores que colaboran en la nueva revista. ¿Quiere esto decir que ellos mismos se crean europeos, es decir, sabios, justos y artistas? Ciertamente que no: la enérgica modestia es el esqueleto que sustenta el resto de las virtudes europeas. Son, pues, gente que sabe poco, que se apasiona mucho y, sólo en ocasiones, se hallan dotados de sensibilidad. Son españoles. De ser europeos no hubieran fundado una revista, sino más bien una colonia.

El Imparcial, 27 de abril de 1910

A short time ago there appeared on the newspaper stands a new review: Europa. The title could not be more aggressive: that single word is equivalent to the prolix negation of everything that composes present-day Spain.

To say Europe is to cry to the Spanish university bodies that they are troglodytic molds for perpetuating barbarism, for pushing the remnants of an ancient energetic race to all the extremes of despiritualization.

To say Europe is to cry to the Parliament that its Constitution is immoral, that he who buys a vote is a criminal in a higher degree than he who kills his father, that the governmental parties are Kabyle institutions, that to tolerate the current tributary laws is to make oneself guilty of unheard-of depredations.

To say Europe is to pause before a picture of Sorolla respectfully — Europe is, above all, an incitement to respectfulness — and exclaim: Truly, art, the transcendent emotion begins where the painter ends. And it is to take with analogous respect a most erudite book of the great Menéndez y Pelayo and set on the margin of the last folio:

Non multa sed multum!

Nevertheless, Europa is not a negation: were it so, the fact of this review having appeared would lack interest entirely. On the contrary; we find ourselves before the case, new in our country for some years now, of some writers coming together in true collaboration. The usual reviews among us are formed by mere juxtaposition of originals, as walls are raised placing one brick beside another; in this way, the whole comes to be a cento, with no more unity than the editorial unity of the space in which they are printed and the time in which they are published.

Europa tends to realize a true collaboration: those who write in it assiduously have coincided, moved by a prior intellectual community: the unity of the work to be done has united them in collaboration. This is in itself an unsurpassable symptom: collaboration is the way of living that characterizes Europeans.

Spain, on the other hand, is the country where one does not collaborate: when an aggregation of Spaniards is formed we may be sure that it is a question of a complicacy; the origin of the joining will not have to be sought in a DOING, but in a committing: the collaborators do not get beyond accomplices. Two notable examples: the laws of the conquerors of the Indies in the sixteenth century and the governmental parties in the present one.

A true collaboration is possible when there has formed in the moral and intellectual atmosphere of a people a system of serious, truthful, impersonal and relatively profound opinions. The unity of the work to be accomplished that unites the collaborators is, in reality, the unity of the point of view. Thus there will seem explained the fact that in Spain we rarely stumble upon cases of collaboration. I have no desire but to open my eyes when it is proposed to me to look at something that had passed me unnoticed; but… can it not be affirmed that from twenty-five years to this part nothing has risen upon the mental plain of our people that deserves to be called a point of view? It is not enough to cite names that sound with an imprecise magnificence: today itself I read some lapses of discretion and of moral fineness that a man forsaken by the hand of God commits apropos of Balmes. This man says that Balmes is unjustly forgotten, that he is a fecund thinker and other verbiage of the old and worst journalism. And I ask myself: what determinate idea, what discovery, what invention, what concrete thing could we Spaniards find in Balmes with which to enrich our inner life? The journalist alluded to does not say it; as long as he does not say it, what he writes today will remain in the ridiculous position of having as it were said something that in the end is nothing. It befits one to be in this matter truthful with oneself, and before the national glories, past or present, to demand of oneself strictly: what idea, what emotion, what living molecule of my soul do I owe to this man?

In my way of seeing it, Spanish patriots will be those who oppose to the present national reality the deepest negations. Affirmative patriotism is commonly sinful and coarse, and I only find it fecund when it is a question of defending the territory invaded by enemy barbarisms. In times of peace, which are the season of work, to love the fatherland is to wish that it be other than it is. The ecstasies before the wine of Jerez, before the burnished sky of Castile, before the feverish pupils of an Andalusian woman, before the Museum of Paintings, before don Antonio Maura, render no benefit to the economic or moral increase of the race. In general, ecstasy is the sin, the maximum concupiscence: it is the disposition that the spirit takes in order to enjoy. In ecstatic patriotism we enjoy our fatherland, we make it an object of pleasure.

Opposed to this ecstatic patriotism it befits us to arouse the energetic patriotism: to love the fatherland is to make it and improve it. A problem to resolve, a task to accomplish, an edifice to raise: this is fatherland. The well-known phrase of Nietzsche has formulated it exactly: Fatherland is not the land of the fathers — Vaterland —, but the land of the sons — Kinderland.

But the negation must be serious: seriously one cannot deny a thing except by virtue of another that one affirms. The bare and simple negation is also a form of ecstasy and, consequently, sterile. This merely negative spirit has neutralized and made vain an agitation, an essay quantitatively as powerful as the Catalanist movement. A posteriori of having denied the Spanish fatherland, the Catalanist thinkers strove to fill the void they had made in their own hearts: the old form of Spain and the inorganic, but enormous, heap of its past days were, after all, a principle of spiritual orientation, of pedagogical and political equilibrium. To deny that principle another would have been needed: a system of negations also needs a principle by virtue of which we organize our negative actions, and that principle cannot be, in its turn, a negation. This have the Catalanist thinkers laboriously sought, and already late.

Europa is not a negation only: it is a principle of methodical aggression against national slipshodness. As Descartes employed the methodical doubt to found certainty, the writers of this review employ the symbol Europe as a methodical aggression, as a renovating ferment that may arouse the only Spain possible.

Europeanization is the method for making that Spain, for purifying it of all exoticism, of all imitation. Europe must save us from the foreigner.

Today we are Frenchified, Anglicized, Germanized: lifeless fragments of other civilizations keep being brought to our body by a fatal alluvion of unconsciousness. The fact that we import more than we export is only the commercial concretization of the much ampler and graver fact of our foreignization. We are a cistern and should be a spring. They bring us products of culture; but culture, which is cultivation, which is work, which is most personal and conscious activity, which is not a thing — microscope, railway or law —, remains outside us. We shall be Spaniards when we secrete, at the vibration of our nerves, Celtiberian human substances, of universal meaning — mechanics, economics, democracy and transcendent emotions.

Such is the sense in which the writers who collaborate in the new review work. Does this mean that they themselves believe themselves Europeans, that is, wise, just and artists? Certainly not: energetic modesty is the skeleton that sustains the rest of the European virtues. They are, then, people who know little, who become impassioned much and, only on occasions, find themselves endowed with sensibility. They are Spaniards. Were they Europeans they would not have founded a review, but rather a colony.

El Imparcial, 27 April 1910

Poco tempo fa apparve nelle edicole dei giornali una nuova rivista: Europa. Il titolo non poteva essere più aggressivo: quella sola parola equivale alla negazione prolissa di quanto compone la Spagna attuale.

Dire Europa è gridare agli organismi universitari spagnoli che sono stampi trogloditici per perpetuare la barbarie, per spingere i resti di un’antica razza energica a tutti gli estremi della despiritualizzazione.

Dire Europa è gridare al Parlamento che la sua Costituzione è immorale, che chi compra un voto è in grado maggiore criminale di chi uccide il proprio padre, che i partiti governativi sono istituzioni cabiliche, che tollerare le leggi tributarie vigenti è rendersi reo di inaudite depredazioni.

Dire Europa è fermarsi davanti a un quadro di Sorolla rispettosamente — Europa è, prima di tutto, un’incitazione alla rispettosità — ed esclamare: Veramente, l’arte, l’emozione trascendente comincia dove il pittore finisce. Ed è prendere con analogo rispetto un libro eruditissimo del grande Menéndez y Pelayo e mettergli al margine dell’ultimo foglio:

Non multa sed multum!

Nondimeno, Europa non è una negazione: tale fosse, e mancherebbe per intero d’interesse il fatto di essere apparsa questa rivista. Al contrario; ci troviamo davanti al caso, nuovo nel nostro paese da pochi anni, che alcuni scrittori si riuniscano in vera collaborazione. Le riviste usuali tra noi si formano per mera giustapposizione di originali, come i muri si elevano collocando un mattone accanto a un altro; di questa maniera, l’insieme giunge a essere un centone, senza più unità dell’unità editoriale dello spazio in cui si stampano e del tempo in cui si pubblicano.

Europa tende a realizzare una vera collaborazione: coloro che vi scrivono assiduamente hanno coinciso, mossi da una previa comunità intellettuale: l’unità del lavoro da fare li ha uniti in collaborazione. Questo è da sé un sintomo inappuntabile: la collaborazione è la maniera di vivere che caratterizza gli europei.

La Spagna è, in cambio, il paese dove non si collabora: quando si forma un’aggregazione di spagnoli possiamo assicurare che si tratta di una complicazione; l’origine dell’unione non dovrà cercarsi in un FARE, ma in un commettere: i collaboratori non passano di complici. Due esempi notevoli: le leggi dei conquistatori delle Indie nel secolo XVI e i partiti governativi in quello che corre.

Una vera collaborazione è possibile quando si è formato nell’ambiente morale e intellettuale di un popolo un sistema di opinioni serie, veraci, impersonali e relativamente profonde. L’unità del lavoro da compiere che unisce i collaboratori è, in realtà, l’unità del punto di vista. Così parrà spiegato il fatto che in Spagna ci imbattiamo raramente in casi di collaborazione. Non ho che desideri di aprire gli occhi quando mi si propone di guardare qualcosa che mi era passato inavvertito; ma… non può affermarsi che da venticinque anni a questa parte non si sia levato sulla piana mentale del nostro popolo nulla che meriti essere chiamato un punto di vista? Non basta citare nomi che suonano con una imprecisa magnificenza: oggi stesso leggo alcune mancanze di discrezione e di finezza morale che un uomo lasciato dalla mano di Dio commette a proposito di Balmes. Questo uomo dice che Balmes è ingiustamente dimenticato, che è un pensatore fecondo e altre chiacchiere del vecchio e peggiore giornalismo. E mi domando: quale idea determinata, quale trovata, quale invenzione, quale cosa concreta potevamo trovare gli spagnoli in Balmes con cui arricchirci la vita interiore? Il giornalista alluso non lo dice; finché non lo dica, ciò che oggi scrive resterà nella ridicola posizione di aver come detto qualcosa che non è nulla in fin dei conti. Conviene essere in questa materia verace con se stesso, e davanti alle glorie nazionali passate o presenti domandarsi strettamente: quale idea, quale emozione, quale molecola viva della mia anima devo a questo uomo?

A mio modo di vedere, patrioti spagnoli saranno coloro che oppongano alla realtà nazionale presente più profonde negazioni. Il patriottismo affermativo suole essere peccaminoso e grossolano, e soltanto gli trovo fecondità quando si tratta di difendere il territorio invaso da barbarie nemiche. In tempi di pace, che sono stagione di lavoro, amare la patria è volere che sia di altra maniera che come è. Gli estasi davanti al vino di Jerez, davanti al cielo brunito di Castiglia, davanti alle pupille febbrili di un’andalusa, davanti al Museo di Pitture, davanti a don Antonio Maura, non rendono beneficio alcuno all’aumento economico o morale della razza. In generale, l’estasi è il peccato, la massima concupiscenza: è la disposizione che prende lo spirito per fruire. Nel patriottismo estatico godiamo della nostra patria, la facciamo un oggetto di piacere.

Fronte a questo patriottismo estatico conviene suscitare il patriottismo energico: amare la patria è farla e migliorarla. Un problema da risolvere, un compito da adempiere, un edificio da elevare: questo è patria. La nota frase di Nietzsche l’ha formulata esattamente: Patria non è la terra dei padri — Vaterland —, ma terra dei figli — Kinderland.

Ma la negazione ha da essere seria: sul serio non può negarsi una cosa se non in virtù di un’altra che si afferma. La negazione monda e netta è anche una forma dell’estasi e, per conseguenza, sterile. Questo spirito meramente negativo ha neutralizzato e reso vana agitazione, saggio quantitativamente tanto potente come il movimento catalanista. A posteriori di aver negato la patria spagnola si affannarono i pensatori catalanisti a riempire il vuoto che avevano fatto nei loro propri cuori: la vecchia forma di Spagna e il mucchio inorganico, ma enorme, delle sue preterite giornate erano, in fin dei conti, un principio di orientamento spirituale, di equilibrio pedagogico e politico. Per negare quel principio sarebbe stato necessario un altro: un sistema di negazioni ha bisogno pure di un principio in virtù del quale organizziamo le nostre azioni negative, e quel principio non può essere, a sua volta, una negazione. Questo hanno cercato laboriosamente, e tardi già, i pensatori catalanisti.

Europa non è una negazione soltanto: è un principio di aggressione metodica alla sciatteria nazionale. Come Cartesio impiegò il dubbio metodico per fondare la certezza, impiegano gli scrittori di questa rivista il simbolo Europa come metodica aggressione, come fermento rinnovatore che susciti l’unica Spagna possibile.

L’europeizzazione è il metodo per fare quella Spagna, per purificarla da ogni esotismo, da ogni imitazione. L’Europa ha da salvarci dallo straniero.

Oggi siamo francesizzati, anglicizzati, germanizzati: brani esanimi di altre civiltà vanno essendo portati al nostro corpo da un fatale alluvione di incoscienza. Il fatto che importiamo più di quanto esportiamo è soltanto la concretizzazione commerciale del fatto molto più ampio e grave della nostra stranierizzazione. Siamo cisterna e dovremmo essere sorgente. Ci portano prodotti della cultura; ma la cultura, che è coltivazione, che è lavoro, che è attività personalissima e cosciente, che non è cosa — microscopio, ferrovia o legge —, resta fuori di noi. Saremo spagnoli quando segregheremo al vibrare dei nostri nervi celtiberiche sostanze umane, di significato universale — meccanica, economia, democrazia ed emozioni trascendenti.

Tale è il senso in cui lavorano gli scrittori che collaborano nella nuova rivista. Vuol dire questo che essi stessi si credano europei, cioè, sapienti, giusti e artisti? Certamente che no: l’energica modestia è lo scheletro che sostiene il resto delle virtù europee. Sono, dunque, gente che sa poco, che si appassiona molto e, soltanto in occasioni, si trovano dotati di sensibilità. Sono spagnoli. Di essere europei non avrebbero fondato una rivista, ma piuttosto una colonia.

El Imparcial, 27 aprile 1910