Abstract
A gloss on Unamuno’s second lecture at the socialist club of Bilbao. Ortega takes it as occasion for a portrait of his own generation — the one educated around 1898, which never laughed and will show its vigour around thirty, born old like Confucius — and for the prediction that ‘better or worse, we shall be socialists’, since in Spain socialism is forced to become the defender of culture against ignorance and the priest.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
La segunda conferencia de Unamuno pronunciada en el Círculo socialista de Bilbao llega hasta nosotros en la mejor sazón: la sequía política de este verano, sequía de porvenir más terrible que presente, amenazaba tostarnos las nobles esperanzas últimas. Las palabras del rector salmanticense, tan precisas, tan honradas, tan graves esta vez, nos ofrecen un pretexto para reverdecerlas. ¿Y qué otra cosa pedimos al clima tórrido, al ambiente moribundo? Pretextos de optimismo, ni siquiera motivos. ¿Por qué cierra en El Mundo contra el noble treno castizo de Costa un pseudónimo regocijado? ¿Hay, por ventura, opción a ser optimista sin pretexto? ¿Por ventura, los que se lamentan yacen como Guatemoc en un lecho de rosas?
Hemos de reconocer en Unamuno el tono espiritual, ejemplar: su ánimo se detiene ante la blanda melancolía del llanto y aparta por otro lado el alcohol del alborozo ficticio. Algunos entre los que somos más jóvenes lloramos demasiado, tal vez porque no tuvimos tiempo de aprender a reír: nuestros padres y abuelos consumieron la cosecha entera de jocundidad. No hay por qué decir mal de ellos: la piedad histórica, gran virtud que ha de sentir y ejercitar todo el que quiera renacer, nos obliga a bendecirles, pues que felices fueron a su manera y pues que nos legaron una irónica herencia, dejándonos casi todo por hacer: el más espléndido patrimonio, un millón en trabajo. El campo por labrar, los libros por leer, las deudas por pagar y los pecados por arrepentir.
¿Se ha hecho bien cargo la juventud de esta severísima herencia? En su primer discurso mostraba Unamuno no pocas dudas respecto a la energía de una mocedad harto propensa a creer que el mundo comienza con ella e inclinada a huir de todos los dolores y a distraerse en muchas vanidades. Por mi parte tengo esperanza de que la generación educada hacia el 98 traerá algunos hombres virtuosos y sabios, hechos en la turquesa de la amargura. Porque no se olvide: en el dolor nos hacemos, mientras en el placer nos gastamos; y el sufrimiento usa de un torno muy lento, muy sin prisas, promueve pausadamente la madurez y el pulimento. Tal vez la característica de mi generación sea haber de mostrar el vigor de sus hombres mejores cuando éstos frisen en los treinta años. Como antes decía, serán los hombres que no habrán reído nunca, que no habrán gozado juventud, nacidos, como Confucio, viejos de ochenta inviernos y con la mocedad les faltará, al paso que la alegría, el apresuramiento y la turbulencia. Nosotros los que hemos comenzado a escribir y a hablar y a lucir demasiado pronto, somos seguramente lo peor de nuestra edad, y en ocasiones imagino que a esos hermanos nuestros más sólidos y más serios, que fermentan despaciosamente en la oscuridad tal vez de una provincia, les causamos rubor. Esto no se puede demostrar: es un columbro, acaso un simple anhelo, o como Rubén diría, un canto de vida y esperanza que nos brota de las entrañas mismas. Lo que hoy manifiesta nuestra generación nada vale: no hay en ella hasta ahora ni un solo hombre recio; confesémoslo. Pero hay en nosotros algunas virtudes iniciadas que forzosamente vendrán en algún hermano nuestro completas. Suscitemos con la acción el advenimiento de esos hombres de retaguardia, más fuertes y aprestados, que han de llegar en tropel blandiendo sus virtudes, como lanzas.
Pero si no podemos asegurar tanta fortuna, no puede caber duda de que la idea en que mejores o peores hemos de trabajar mañana, está ahí clara, esplendente e inequívoca. El discurso de Unamuno nos trae el optimismo este de la claridad, optimismo intelectual que no satisface por completo, pero que ya es algo. Mejores o peores seremos socialistas.
Por caso admirable el estado moral de España obliga al socialismo —no al que hay hoy, sino al futuro— a erigirse en defensor de la cultura. En otros países, en Alemania, por ejemplo, sufre vacilaciones peligrosísimas, que a veces le inducen a fingir un gesto bárbaro y grosero. Los primeros enemigos que halla entre nosotros el socialismo son la ignorancia del ciudadano y la astucia del cura. Ésta se ejercita fecundamente sobre aquélla y procurará perpetuarla. Con sublime ternura predicó Jesús la belleza de los pobres de espíritu y les prometía el reino de los cielos azules: los jesuitas, siguiendo el consejo divino: da mihi animas, caetera tolle tibi, dame almas y quédate con lo demás, van reduciendo a los españoles a la mendicidad espiritual y merced a una ligera desviación en las aspas han logrado hacer de la cruz un signo de multiplicar.
Con palabras en que no habrá de mudarse una tilde formula Unamuno así el socialismo:
«El partido socialista es un partido cultural. El mejoramiento de la condición económica del obrero y hasta la desaparición de la propiedad privada de los medios de producción no es un fin, sino un medio. El que pueda llegarse a que cada uno obtenga el producto íntegro de su trabajo y a que ese producto se reparta equitativamente es un medio para una cultura más intensa y más profunda, para que el hombre penetre más adentro en los misterios de la vida y del universo. El fin no es vivir más cómodamente todos. Podríamos ser todos ricos y todos desgraciados, porque la mayor desgracia es limitar nuestras aspiraciones a lo que los materialistas de la historia llaman pasarlo bien. El fin del hombre es llegar a ser como Dios, sabedor del bien y del mal, comiendo del fruto del árbol de la ciencia. Todo lo demás lleva a la memez.
»El socialismo es un movimiento cultural, y es, además, un método más bien que una doctrina. No es un partido de dogmas, sino de tendencias, de propósitos. No puede haber en él ortodoxia, ni heterodoxia, ni excomuniones. Pero sí disciplina, pues sin disciplina no hay métodos.
»El socialismo es un método para el gradual mejoramiento de las condiciones del trabajo humano, tendente a ponerle al hombre en condiciones de ahondar más y más en la cultura, en el conocimiento de la vida y del universo».
Y luego añade:
«Hay que librarse de la falacia de poner el fin del hombre en la felicidad terrena. La palabra felicidad es una de las más ambiguas y de las más funestas, y una de aquéllas de que más abusan conservadores y reaccionarios. Hay quien ve la felicidad en la ignorancia, y cuando se oye decir que hay que educar más bien que instruir, entiéndase que quien así habla lo hace ordinariamente más por odio o miedo a la instrucción que no por amor a la educación. Ni hay más modo de educar que instruyendo. Un buen manual de física, de química, de biología, de anatomía comparada, de historia de las religiones es tan educativo, moralmente, como el catecismo. Hay que santificar el nombre de la ciencia, esto es, de la verdad.
»Por algo en cierto convento de jesuitas en España, hay un cuadro en que la Purísima Concepción pisotea a un hombre que tiene en una mano un microscopio y en la otra una retorta.
»Es preferible dolor y ciencia a placer e ignorancia.
»Eso de la felicidad es la suprema falacia conservadora. Han inventado, además, que para ser buen gobernante no hace falta tener ciencia, ni siquiera talento. Es, por todas partes, el odio a la ciencia, es decir, a la verdad.
»Quieren guiar a los pueblos con ilusiones y ensueños a una felicidad, a una paz espiritual, que no es sino modorra. Nuestros conservadores no son sino materialistas.
»Nuestro final designio debe de ser el de arrancarle a Dios el secreto de la vida; vivir de este esfuerzo es vivir vida humana.
»No olvidemos que el pecado original, el haber gustado el hombre del fruto de la ciencia, es la fuente del progreso. Progresemos, pues».
Oír que se van diciendo todas estas cosas, que en torno a ellas se van agrupando poco a poco los españoles, ¿no ha de ser un pretexto para el optimismo?
Alguien pensará que el señor Unamuno debió hablar del bloque. Algo dijo, en efecto, aunque no lo nombrara, excitando a los socialistas bilbaínos para que «se unan en las elecciones y en otros procedimientos políticos a los partidos de la izquierda». En otra ocasión trataba yo de defender contra ataques en mi opinión injustos e impacientes, el recato socialista. La resolución adoptada por el último Congreso era realmente inmejorable: negar rotundamente la coalición como arma constitucional del partido y dejar un portillo abierto para uniones parciales en casos peculiarísimos. Unamuno sostiene que Bilbao es uno de estos casos y es seguro que llevará razón, conociendo tan bien su ciudad natal. Pero esto no es motivo para que ni aún veladamente censure la labor del Comité central.
«Y no cabe darse —dijo— desde Madrid clara cuenta del ambiente social en que el movimiento socialista obrero se desenvuelve en Bilbao, ni por lo tanto dictarle absoluta regla de conducta. La unidad de acción tiene límites».
Ruego a mi antiguo maestro de griego, quien cometió una vez la bondad de no suspenderme, que medite de nuevo sobre el problema momentáneo del socialismo español, y sobre todo que separe bien su socialismo, que es el mío y de algunos intelectuales, que es un socialismo incipiente y el núcleo organizado de socialistas obreros. La acción múltiple, la relativa membración, el movimiento amplio y libre y vario que podrá alcanzar ese futuro socialismo enriquecido con energías intelectuales serían la muerte en flor del partido que hoy existe. Tiene el grupo de Pablo Iglesias virtudes únicas, honda y genuinamente socialistas que faltan a los españoles cultos y en él habremos de aprender o en parte alguna. Aunque sólo fuera su religiosidad de lo colectivo, bastaría para que cuidásemos de conservarlo intacto. De esos pobres rescoldos de ardor y respeto que en él hay, habrá que sacar los incendios deseados para el porvenir. ¿Qué importa, si esa religiosidad, como todo fervor exento de erudición, es ruda, sin flexibilidad ni tolerancia? ¿Qué importa, inclusive, que sea grotesca alguna vez?
En la calle de Relatores se concede suma importancia al hecho de que se beba un vaso más de cerveza, y un soi-disant intelectual increpaba, no hace mucho, por esto a Iglesias, con literatura escasamente delicada. Acaeció una vez a San Francisco predicar a los gorriones de las plazas paduanas, y esto debió parecer a los cultos magnates de Roma gran simplicidad y, sin embargo, para la cumplida belleza de la historia humana fue menester que algún día en la plaza de alguna villa se predicara a los gorriones: «Hermanas avecicas, si no calláis no podré hablar con Dios». Del mismo modo, a fin de que un partido político adquiera algún día la densidad moral suficiente para renovar el ambiente español, es preciso que hoy en la calle de Relatores se cometa la fervorosa ingenuidad de malhumorarse por un vaso más de cerveza que alguien, relapso beba.
Respetemos, compañeros intelectuales, la rudeza y el dogmatismo del naciente partido: veamos en él nuestra mascotte política. Y al aproximarnos hagámoslo con cuidado no sea que la trepidación avente los fecundos rescoldos, según suele ocurrir con los cuerpos hechos ceniza que se conservan en Pompeya.
El Imparcial, 26 de septiembre de 1908
1909