Ortega y Gasset
Abstract
A 1919 political editorial on the Maura cabinet: the Spanish state has lost authority and efficacy, so a radical transformation is needed—transferring predominance from certain classes and men to others. Occasional journalism, no philosophical thesis.
Connections
Concetti: Stato
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Cuando surgió el actual Gabinete, expresamos brevemente, pero ásperamente, nuestra patriótica indignación. Nos pareció que rayaba en la locura traer al Poder en esta hora peligrosísima a los hombres representativos de la desmoralización nacional, a estos señoritos de la Regencia que no han dado a su patria un minuto de gloria ni siquiera de bienestar. Cien veces lo hemos dicho, porque es la idea de que se nutre toda nuestra política en lo que al problema específicamente español se refiere: nuestro pueblo sufre un proceso de extrema descomposición colectiva, o, dicho de otra manera, el Estado español, suma de los organismos encargados de asegurar la convivencia nacional, ha perdido su autoridad y su eficacia. Ni los Gobiernos al uso ni los Parlamentos habituales suscitan en los españoles respeto ni esperanza. Dígasenos si en tal forma cabe tranquilidad alguna en nuestra existencia. Es una necedad —perdónesenos la energía del vocablo—, es una necedad que ya anda próxima a engendrar gravísimas secuencias, confundir las modificaciones políticas a que invita el sesgo de los acontecimientos mundiales, con el proceso que por sí misma llevaba la vida interior de España. El hecho de que lo de fuera venga a coincidir con lo de dentro, no permite borrar deslealmente la diferencia entre ambos procesos.
El Gobierno llamado nacional o de concentración, presidido por el señor Maura, fue exaltado al Poder antes de que se concretase claramente la conclusión de la guerra. Advino, pues, en virtud de forzosidades puramente internas de España. ¿Y qué significaba? Evidentemente significaba Gabinete tan anormal que el día 21 de marzo habían consumado su fracaso todos los partidos y grupos hasta entonces frecuentadores del Poder. Ninguno de ellos tenía peso de prestigio suficiente para constituir un Gobierno homogéneo normal. Esto no lo decimos nosotros: lo dijeron los hechos, y en ellos, la nación entera. No fue la Casa del Pueblo, sino la oficialidad del Ejército, quien, en junio de 1917, declaró paladinamente que no era posible la perduración de los mismos gobernantes y los mismos usos inveterados. Con esto sólo queremos subrayar que hasta la oficialidad del Ejército, último reducto del statu quo en la política española, pensaba así. Todas las demás clases políticamente considerables, hacía mucho —¡claro está!— que se hallaban rebosando el mismo pensamiento.
Al llegar la crisis del Ministerio eutrapélicamente apodado de Águilas, toda cabeza clara, todo corazón sereno meditó lo siguiente: el Estado español, o sea, la maquinaria de las instituciones públicas, está pulverizado. Es preciso reconstruirlo, dotándolo nuevamente de las dos calidades esenciales a los instrumentos del Estado: autoridad moral y eficacia en su funcionamiento. Para ello, no hay otro medio que transformar hondamente los institutos públicos —Gobierno, Parlamento, Fisco, Justicia— de modo que nos parezcan otros, como recién nacidos y purificados con su nuevo nacimiento. Se impone, pues, una reorganización profunda de la España política y administrativa. Ahora bien: reorganización política y administrativa significa una renovación de ciertas leyes y reglamentos, un mero cambio de vocablos que nada vale si no representa un cambio real en la sociedad. Reformar, transformar las instituciones públicas es transferir el predominio que hasta ahora han ejercido unas ciertas clases, unos ciertos núcleos, unos ciertos hombres, a otras clases, otros núcleos y otros hombres; es modificar la mecánica histórica que ha producido la decadencia española. No otra cosa hace cada cual en su casa, en su industria, en su comercio, cuando marchan torpemente los menesteres: cambiar de personal para cambiar de usos.
Todo, pues, imponía a cualquier temperamento patriótico y reflexivo la demanda de una transformación ordenada, pero radical, en la vida pública. Sin transformación radical no volverá a haber orden en España, y acaso el desorden se eleve a la potencia de caos.
When the current Cabinet arose, we expressed briefly, but harshly, our patriotic indignation. It seemed to us that it bordered on madness to bring to Power in this most dangerous hour the men representative of national demoralization, these little gentlemen of the Regency who have not given their country a minute of glory nor even of well-being. A hundred times we have said it, because it is the idea on which all our politics is nourished in what regards the specifically Spanish problem: our people suffers a process of extreme collective decomposition, or, put another way, the Spanish State, sum of the organisms charged with securing national coexistence, has lost its authority and its efficacy. Neither the Governments in use nor the habitual Parliaments awaken in Spaniards respect nor hope. Let it be said to us whether in such a form any tranquility has a place in our existence. It is a stupidity —may the energy of the word be forgiven us—, it is a stupidity that already walks close to engendering most grave sequences, to confuse the political modifications to which the drift of world events invites, with the process that the interior life of Spain was carrying on by itself. The fact that what is outside comes to coincide with what is inside does not permit disloyally erasing the difference between both processes.
The Government called national or of concentration, presided over by Mr. Maura, was exalted to Power before the conclusion of the war was clearly made concrete. It came, then, by virtue of purely internal compulsions of Spain. And what did it mean? Evidently it meant a Cabinet so abnormal that on 21 March all the parties and groups until then frequenters of Power had consummated their failure. None of them had enough weight of prestige to constitute a normal homogeneous Government. This we do not say: the facts said it, and in them, the entire nation. It was not the Casa del Pueblo, but the officer corps of the Army, that, in June 1917, declared plainly that the endurance of the same rulers and the same inveterate usages was not possible. With this we only wish to underline that even the officer corps of the Army, last redoubt of the status quo in Spanish politics, thought thus. All the other politically considerable classes had for a long time —of course!— been overflowing with the same thought.
On arriving at the crisis of the Ministry eupeptically nicknamed of Águilas, every clear head, every serene heart meditated the following: the Spanish State, that is, the machinery of public institutions, is pulverized. It is necessary to reconstruct it, providing it anew with the two qualities essential to the instruments of the State: moral authority and efficacy in its functioning. For this, there is no other means than to deeply transform the public institutes —Government, Parliament, Treasury, Justice— in such a way that they seem to us other, as newly born and purified by their new birth. A deep reorganization of political and administrative Spain is thus imposed. Now then: political and administrative reorganization means a renewal of certain laws and regulations, a mere change of words that is worth nothing if it does not represent a real change in society. To reform, to transform the public institutions is to transfer the predominance that certain classes, certain nuclei, certain men have exercised until now, to other classes, other nuclei and other men; it is to modify the historical mechanics that has produced the Spanish decline. Nothing else does each one in his house, in his industry, in his commerce, when affairs go clumsily: to change personnel in order to change usages.
Everything, then, imposed upon any patriotic and reflective temperament the demand for an orderly, but radical, transformation in public life. Without radical transformation there will be no order again in Spain, and perhaps disorder will rise to the power of chaos.
Quando sorse l’attuale Gabinetto, esprimemmo brevemente, ma aspramente, la nostra patriottica indignazione. Ci parve che rasentasse la follia portare al Potere in questa ora pericolosissima gli uomini rappresentativi della demoralizzazione nazionale, a questi signorini della Reggenza che non hanno dato alla loro patria un minuto di gloria né nemmeno di benessere. Cento volte lo abbiamo detto, perché è l’idea di cui si nutre tutta la nostra politica in ciò che al problema specificamente spagnolo si riferisce: il nostro popolo soffre un processo di estrema decomposizione collettiva, o, detto in altro modo, lo Stato spagnolo, somma degli organismi incaricati di assicurare la convivenza nazionale, ha perduto la sua autorità e la sua efficacia. Né i Governi d’uso né i Parlamenti abituali suscitano negli spagnoli rispetto né speranza. Ci si dica se in tal forma c’è posto per qualche tranquillità nella nostra esistenza. È una stupidaggine —ci si perdoni l’energia del vocabolo—, è una stupidaggine che già cammina prossima a generare gravissime conseguenze, confondere le modificazioni politiche a cui invita l’andamento degli avvenimenti mondiali, con il processo che per se stessa portava avanti la vita interiore di Spagna. Il fatto che ciò che è fuori venga a coincidere con ciò che è dentro, non permette di cancellare slealmente la differenza tra entrambi i processi.
Il Governo chiamato nazionale o di concentrazione, presieduto dal signor Maura, fu esaltato al Potere prima che si concretasse chiaramente la conclusione della guerra. Adviene, dunque, in virtù di forzosità puramente interne della Spagna. E che significava? Evidentemente significava Gabinetto tanto anormale che il giorno 21 marzo avevano consumato il loro fallimento tutti i partiti e gruppi fino ad allora frequentatori del Potere. Nessuno di essi aveva peso di prestigio sufficiente per costituire un Governo omogeneo normale. Questo non lo diciamo noi: lo dissero i fatti, e in essi, la nazione intera. Non fu la Casa del Popolo, ma l’ufficialità dell’Esercito, che, nel giugno 1917, dichiarò paladinamente che non era possibile la perdurazione degli stessi governanti e degli stessi usi inveterati. Con questo vogliamo soltanto sottolineare che anche l’ufficialità dell’Esercito, ultimo ridotto dello statu quo nella politica spagnola, pensava così. Tutte le altre classi politicamente considerevoli, da molto —è chiaro!— si trovavano rigurgitanti lo stesso pensiero.
Al giungere della crisi del Ministero eutrapelicamente soprannominato delle Aquile, ogni testa chiara, ogni cuore sereno meditò quanto segue: lo Stato spagnolo, cioè, la macchineria delle istituzioni pubbliche, è polverizzato. È necessario ricostruirlo, dotandolo nuovamente delle due qualità essenziali agli strumenti dello Stato: autorità morale ed efficacia nel suo funzionamento. Per ciò, non c’è altro mezzo che trasformare profondamente gli istituti pubblici —Governo, Parlamento, Fisco, Giustizia— in modo che ci sembrino altri, come appena nati e purificati con la loro nuova nascita. Si impone, dunque, una riorganizzazione profonda della Spagna politica e amministrativa. Ora: riorganizzazione politica e amministrativa significa un rinnovamento di certe leggi e regolamenti, un mero cambiamento di vocaboli che nulla vale se non rappresenta un cambiamento reale nella società. Riformare, trasformare le istituzioni pubbliche è trasferire il predominio che finora hanno esercitato certe classi, certi nuclei, certi uomini, ad altre classi, altri nuclei e altri uomini; è modificare la meccanica storica che ha prodotto la decadenza spagnola. Nient’altro fa ciascuno in casa sua, nella sua industria, nel suo commercio, quando gli affari camminano stancamente: cambiare il personale per cambiare gli usi.
Tutto, dunque, imponeva a qualsiasi temperamento patriottico e riflessivo la richiesta di una trasformazione ordinata, ma radicale, nella vita pubblica. Senza trasformazione radicale non tornerà a esserci ordine in Spagna, e forse il disordine si eleverà alla potenza di caos.