Abstract
A newspaper tribute to the socialist leader Pablo Iglesias, presented as a ‘lay saint’ whose forty thousand votes amount to as many acts of virtue. A homage piece, not philosophy; religious vocabulary used metaphorically.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Los escritores conservadores, persistiendo en su labor de prolongar indefinidamente la barbarie española, no suelen hablar de Pablo Iglesias, y, cuando hablan, dijérase que hablan gentes tibetanas o somalíes. Es una de tantas cosas tristes como ofrece la realidad española: todavía suena a no pocos oídos la palabra socialismo de una manera estridente, como si se tratara de una concepción política corruptora de los cimientos sociales, doctrina anormal hilada en mentes anormales a la vera de los presidios y de las tascas. Todavía es raro que al pronunciar el nombre de Pablo Iglesias sientan los que nos escuchan elevarse de sus corazones, como un humo de incienso, el respeto. Esto es infinitamente triste.
Por lo mismo, es un deber del escritor romper con alguna energía la costra brutal de la inconsciencia ambiente y despertar en las almas los sentidos comunes que holgazanean.
Dejemos a un lado el republicanismo de Pablo Iglesias: la cuestión de la forma de gobierno no es la sustancial de su significado político. Además, en El Imparcial, mi casa solariega, yo no puedo hablar de esto.
Los cuarenta mil votos que han elevado a Pablo Iglesias hasta la representación nacional significan cuarenta mil actos de virtud. Merced a ellos las urnas ciudadanas se han purificado: dentro de sus paredes de vidrio han solido albergar los crímenes más graves que puede cometer el hombre moderno, hasta el punto de desacreditar esta espiritual materia arenosa que un tiempo fue usada como emblema de pureza. Hoy vuelve a su honor de vidrio: los votos de Pablo Iglesias han henchido las urnas de virtudes teologales.
No extrañe que al escribir de este hombre oriundo del gremio de cajistas soliciten en tropel la pluma palabras del vocabulario religioso y místicas comparaciones. Pablo Iglesias es un santo. ¿Cómo pretender cerrar la comunión de los bienaventurados a este tipógrafo? Pablo Iglesias se ha ejercitado hasta alcanzar la nueva santidad, la santidad enérgica, activa, constructora, política a que ha cedido el paso la antigua santidad quietista, contemplativa, metafísica y de interna edificación. Sin santos no hay virtudes. Como los físicos construyen en sus laboratorios las leyes del mundo de las cosas, los santos hallan experimentalmente en sus vidas las virtudes, leyes del mundo moral. A cada virtud su santo. Si hoy consideramos como aspiración profunda de la democracia hacer laica la virtud, tenemos que orientarnos buscando con la mirada, en las multitudes, los rostros egregios de los santos laicos. Pablo Iglesias es uno: don Francisco Giner es otro: ambos, los europeos máximos de España.
Y es menester acentuar que Pablo Iglesias tiene derecho a que su vida sea contada —como un ejemplo que solicita la imitación—, cualquiera que fuese la aquiescencia que a sus opiniones se preste. Todo hombre honrado ha de sentir que le acrece la fe en los poderes de bondad concedidos a la especie humana cuando vea florecer la virtud en el campo enemigo, y ningún verdadero católico cometerá el sacrilegio de poner coto a la divina munificencia cuando la mano de Dios se alarga un poco y deja caer algunos puñados de virtudes en las entrañas de los hombres malos. Los que aborrecen las divisiones infranqueables entre los espíritus, los pacíficos, a quienes fue prometido el reino, trabajarán siempre por elevar ejemplos de virtud en cuya estimación puedan reunirse todos los hombres: santos que a todos nos sean comunes y pongan un acento de paz en la lucha ardiente de la historia. La comunión de los santos, es, en primer lugar, la comunidad de los hombres en los santos.
Cuarenta mil españoles mayores de edad han mostrado que aún creen que hay en España un justo; por tanto, que aún tiene salvación. He ahí la primera de las virtudes teologales: la fe.
Si se fuera a preguntar por qué creen en Pablo Iglesias los que le han votado, por qué les parece un justo, un hombre ejemplar, probablemente coincidirían todos. La sugestión que emana de ese español inerudito, de ese obrero sin literatura y sin jurisprudencia, que acaso haya leído un solo libro, proviene de que nos parece un hombre traspasado íntegramente por una idea. Pablo Iglesias es todo él socialismo. No hallamos en su vida un punto oscuro: ¿por qué? Sus actos han seguido siempre con heroica docilidad a sus convicciones: como los teoremas de un axioma, se derivan sus actos de la idea socialista. Cierto; los hombres son también importantes: lo son altamente cuando el hombre es ejemplar. Pero ¿de qué puede ser ejemplo un hombre si no es de una forma general de humanidad, es decir, de una idea? Pablo Iglesias es una magnífica incitación al respeto, porque es la transubstanciación de la idea socialista. De aquí que la fe, en el hombre tipógrafo, no sea, en el fondo, sino fe que aún tienen 40.000 vecinos de Madrid en el poder de las ideas para conducir las acciones de los hombres.
Las ideas van muriendo en los recodos de la historia como mueren las especies zoológicas. Encienden revoluciones, informan los códigos, guían los corazones perplejos durante algún tiempo; luego pierden su energía plasmante, se embota su capacidad de hostigar, desaparecen como fuerzas sociales. Durante la Edad Media, la idea socializadora por excelencia, la matriz del orden social, fue la religión. La Teología, regina scientiarum, era el centro del alma colectiva medioeval; la idea de Dios fue la gran socializadora, la gran constructora de comunidad, de sociedad; los hombres se aunaban, comulgaban, se socializaban en el dogma. Eran hijos de Dios y subordinados del rey, su representante en la tierra. Los derechos y obligaciones que constituyen la máquina social se basaban en última instancia sobre la enorme columna mística de Dios.
El siglo XVIII fue un terrible gusano que andaba royendo esa columna, y cuando Saint-Simon vino al mundo halló que las gentes habían perdido la sensibilidad teológica. Falta de aquel principio de unidad, de aquel poder organizador, de aquel pouvoir spirituel —como él decía—, la sociedad comenzaba a descomunicarse, a disgregarse. Era, pues, menester suscitar el triunfo de un nuevo «poder espiritual» capaz de organizar las nuevas posibilidades sociales, fecundo en nuevas instituciones. Caminando en busca de ese «poder espiritual», Saint-Simon, grande de España, fundó el socialismo.
Y hoy el socialismo se ha apoderado de nosotros, domina nuestros razonamientos, orienta nuestros instintos municipales y nacionales, constituye el fondo de todas nuestras combinaciones ideológicas. Hoy ya quien no sea socialista se halla moralmente obligado a explicar por qué no lo es o por qué no lo es sino en parte. El socialismo es una ciencia, no una utopía ni una grosería; merced a él los problemas políticos actuales son susceptibles de solución. El equilibrio público se halla roto; las viejas instituciones asisten, puestas en crisis durísima, a su propia suplantación.
Entretanto, el socialismo muestra la posibilidad científica de nuevas instituciones, de una organización estable de los nuevos instintos humanos: es la única esperanza abierta en la política. Por consiguiente, la segunda de las virtudes teologales.
A mí se me ha hablado de «cierto socialismo» hasta en los despachos de las autoridades eclesiásticas: dígolo en su honor. Las bases del socialismo no se discuten ya, verdaderamente: se disputa sólo del más o del menos, reconociendo en él la idea organizadora de la Justicia. Y Justicia ¿qué es sino la exactitud aplicada a lo caritativo, la matemática de la Caridad, tercera de las virtudes teologales, que han llenado el domingo último las urnas del Municipio madrileño?
El Imparcial, 13 de mayo de 1910