Ortega y Gasset
Abstract
An essay on the ‘vital environment’: each species and each individual works as a sieve letting some objects through and eliminating others, so the hunter’s landscape and the farmer’s do not coincide. It concludes that utilitarianism narrows the horizon and that culture is born not of work but of sport.
Connections
Assi: Origine della conoscenza
Posizioni: prospettivismo
Concetti: esperienza, natura
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
El medio vital, decía yo, no es el mundo, sino sólo aquel conjunto de objetos o porciones de ese mundo que existen vitalmente para el animal. La estructura de cada especie puede imaginarse como un cedazo o retícula que deja pasar ciertos objetos y elimina los restantes. Así el aparato visual del hombre percibe sólo los colores que se ordenan del rojo al violeta. No obstante, sabemos que existen más colores a ultranza del violeta, los cuales quedan detenidos por nuestra retina, ciega para ellos. Asimismo de entre los innumerables sonidos selecciona la audición humana los que median entre 20 y 40.000 vibraciones por segundo. Sin embargo, esta primera selección efectuada por los órganos sensoriales es sólo la primaria y más grosera. Tras éstos se halla la conciencia, con todos sus mecanismos psíquicos, ocupada en una más fina selección. Porque el hombre entero con todo su cuerpo y toda su alma viene a ser un órgano receptivo, viviente antena radiotelegráfica que recoge e intercepta los infinitos temblores de la realidad circunstante. Para reconocer esto basta con mentar el influjo que la atención ejerce. Sobre la superficie de sonidos que nuestro oído deja pasar realiza la atención una nueva faena selectiva, de modo que en cada momento no oímos todo lo que materialmente podríamos oír, sino sólo aquellos sones y ruidos que escoge nuestra atención pasiva o activa. Hay una sordera y una ceguera que no provienen de oídos y ojos, sino que se originan en nuestra intimidad psíquica y aniquilan innumerables objetos de nuestro contorno. Así, los que habitan junto a una catarata no perciben su estruendo, y, en cambio, si por azar cesa éste, oyen lo que menos podía pensarse: el silencio.
El medio, por tanto, no depende sólo de nuestra estructura corporal, sino también de nuestra estructura psicológica. Cada individuo posee un régimen de atención distinto, o, como suele decirse, «se fija» en unas cosas y se ciega para otras. El que es cazador y pasea por el campo con un agricultor nota pronto la diferencia entre el paisaje que ante sí tiene y el que existe para su acompañante. El agricultor, por ejemplo, no suele oír y, desde luego, no percibe distintamente los ruidos campesinos. Las lejanas voces de las aves no son por él reconocidas: los rumores mágicos de la campiña, que para el cazador son signos inequívocos de un claro lenguaje telúrico, no dicen nada al que vive en el campo con el fin de explotarlo. Viceversa, ciertos detalles de la campiña notados por éste escapan al cazador; pero, en definitiva, no puede negarse que el paisaje del cazador es mucho más rico en objetos que el del hombre agrícola. Cien veces hemos advertido, con sorpresa, lo poco que saben del campo los campesinos.
Este tema merecería por sí mismo ser desarrollado y nos llevaría directamente a las cimas más sugestivas de los problemas humanos. Al hilo de él descubriríamos que si el paisaje del labriego es menos henchido que el del cazador se debe a que aquél adopta ante el campo una actitud más utilitaria. El utilitarismo proporciona ciertamente mayor agudeza para percibir algunas cosas, pero es a costa de estrechar el horizonte vital. Cuanto más desprendida de intereses prácticos sea nuestra visión, más amplio y múltiple será nuestro contorno. Marta la hacendosa tuvo de Jesús una imagen mucho menos adecuada y completa que la extática María, la sublime y ardiente espectadora, absorta siempre en un aparente ocio contemplativo e impráctico.
Si entendemos por trabajo el esfuerzo que la necesidad impone y la utilidad regula, yo sostengo que cuanto vale algo sobre la tierra no es obra del trabajo. Al contrario, ha nacido como espontánea eflorescencia del esfuerzo superfluo y desinteresado en que toda naturaleza pletórica suele buscar esparcimiento. La cultura no es hija del trabajo, sino del deporte.
Bien sé que a la hora presente me hallo solo entre mis contemporáneos para afirmar que la forma superior de la existencia humana es el deporte. Algún día trataré de explicar por qué he llegado a esta convicción, mostrando cómo la marcha de la sociedad, junto con los nuevos descubrimientos de las ciencias, obligan a una reforma radical de las ideas en este punto y anuncian un viraje de la historia hacia un sentido deportivo y festival de la vida[118].
The vital medium, I was saying, is not the world, but only that set of objects or portions of that world that exist vitally for the animal. The structure of each species can be imagined as a sieve or reticle that lets certain objects pass and eliminates the rest. Thus the visual apparatus of man perceives only the colors that are ordered from red to violet. Nevertheless, we know that more colors exist beyond the violet, which are stopped by our retina, blind to them. Likewise from among the innumerable sounds human hearing selects those that lie between 20 and 40,000 vibrations per second. However, this first selection effected by the sensory organs is only the primary and coarsest one. Behind these lies consciousness, with all its psychic mechanisms, occupied in a finer selection. Because the whole man with all his body and all his soul comes to be a receptive organ, a living radiotelegraphic antenna that gathers and intercepts the infinite tremors of the surrounding reality. To recognize this it suffices to mention the influence that attention exerts. On the surface of sounds that our ear lets pass, attention performs a new selective labor, so that at each moment we do not hear all that we could materially hear, but only those tones and noises that our passive or active attention chooses. There is a deafness and a blindness that do not come from ears and eyes, but that originate in our psychic intimacy and annihilate innumerable objects of our surroundings. Thus, those who dwell beside a cataract do not perceive its thunder, and, on the other hand, if by chance it ceases, they hear what least could be thought: silence.
The medium, therefore, does not depend only on our bodily structure, but also on our psychological structure. Each individual possesses a different regime of attention, or, as is usually said, “fixes” on some things and is blind to others. He who is a hunter and walks through the countryside with a farmer soon notices the difference between the landscape he has before him and the one that exists for his companion. The farmer, for example, does not usually hear and, of course, does not distinctly perceive the country noises. The distant voices of the birds are not recognized by him: the magic murmurs of the countryside, which for the hunter are unequivocal signs of a clear telluric language, say nothing to one who lives in the country with the aim of exploiting it. Vice versa, certain details of the countryside noticed by him escape the hunter; but, in the end, it cannot be denied that the hunter’s landscape is much richer in objects than that of the agricultural man. A hundred times we have noticed, with surprise, how little the peasants know of the countryside.
This theme would deserve by itself to be developed and would lead us directly to the most suggestive summits of human problems. Along its thread we would discover that if the peasant’s landscape is less full than the hunter’s it is because the former adopts toward the countryside a more utilitarian attitude. Utilitarianism certainly provides greater sharpness for perceiving some things, but it is at the cost of narrowing the vital horizon. The more detached from practical interests our vision is, the broader and more manifold our surroundings will be. Martha the industrious had of Jesus a much less adequate and complete image than the ecstatic Mary, the sublime and ardent spectator, always absorbed in an apparent contemplative and unpractical leisure.
If by work we understand the effort that necessity imposes and utility regulates, I maintain that whatever is worth something on earth is not the work of labor. On the contrary, it has been born as a spontaneous efflorescence of the superfluous and disinterested effort in which every plethoric nature is wont to seek recreation. Culture is not the daughter of work, but of sport.
Well do I know that at the present hour I find myself alone among my contemporaries in affirming that the superior form of human existence is sport. Someday I shall try to explain why I have arrived at this conviction, showing how the march of society, together with the new discoveries of the sciences, oblige a radical reform of the ideas on this point and announce a turn of history toward a sportive and festive sense of life[118].
Il mezzo vitale, dicevo, non è il mondo, ma solo quell’insieme di oggetti o porzioni di quel mondo che esistono vitalmente per l’animale. La struttura di ogni specie può immaginarsi come un setaccio o reticolo che lascia passare certi oggetti ed elimina i restanti. Così l’apparato visivo dell’uomo percepisce solo i colori che si ordinano dal rosso al violetto. Nondimeno, sappiamo che esistono più colori oltre il violetto, i quali restano fermati dalla nostra retina, cieca per essi. Altrettanto, tra gli innumerevoli suoni seleziona l’udito umano quelli che stanno tra 20 e 40.000 vibrazioni per secondo. Tuttavia, questa prima selezione effettuata dagli organi sensoriali è solo la primaria e più grossolana. Dietro questi si trova la coscienza, con tutti i suoi meccanismi psichici, occupata in una più fine selezione. Perché l’uomo intero con tutto il suo corpo e tutta la sua anima viene a essere un organo recettivo, vivente antenna radiotelegrafica che raccoglie e intercetta gl’infiniti tremori della realtà circostante. Per riconoscere questo basta menzionare l’influsso che l’attenzione esercita. Sulla superficie di suoni che il nostro orecchio lascia passare l’attenzione realizza una nuova fatica selettiva, di modo che in ogni momento non sentiamo tutto ciò che materialmente potremmo sentire, ma solo quei suoni e rumori che sceglie la nostra attenzione passiva o attiva. C’è una sordità e una cecità che non provengono da orecchi e occhi, ma che si originano nella nostra intimità psichica e annichiliscono innumerevoli oggetti del nostro contorno. Così, quelli che abitano presso una cascata non percepiscono il suo fragore, e, invece, se per caso questo cessa, sentono ciò che meno si poteva pensare: il silenzio.
Il mezzo, quindi, non dipende solo dalla nostra struttura corporea, ma anche dalla nostra struttura psicologica. Ogni individuo possiede un regime di attenzione diverso, o, come si suol dire, «si fissa» in certe cose e si acceca per altre. Colui che è cacciatore e passeggia per la campagna con un agricoltore nota presto la differenza tra il paesaggio che ha dinanzi a sé e quello che esiste per il suo accompagnatore. L’agricoltore, per esempio, non suole sentire e, naturalmente, non percepisce distintamente i rumori campagnoli. Le lontane voci degli uccelli non sono da lui riconosciute: i rumori magici della campagna, che per il cacciatore sono segni inequivocabili di un chiaro linguaggio tellurico, non dicono nulla a chi vive in campagna con il fine di sfruttarla. Viceversa, certi dettagli della campagna notati da costui sfuggono al cacciatore; ma, in definitiva, non può negarsi che il paesaggio del cacciatore è molto più ricco in oggetti di quello dell’uomo agricolo. Cento volte abbiamo avvertito, con sorpresa, quanto poco sappiano della campagna i contadini.
Questo tema meriterebbe da sé stesso di essere sviluppato e ci porterebbe direttamente alle vette più suggestive dei problemi umani. Al suo filo scopriremmo che se il paesaggio del contadino è meno colmo di quello del cacciatore si deve al fatto che quello adotta di fronte alla campagna un atteggiamento più utilitario. L’utilitarismo fornisce certamente maggiore acutezza per percepire alcune cose, ma è a costo di stringere l’orizzonte vitale. Quanto più la nostra visione è spogliata di interessi pratici, tanto più ampio e molteplice sarà il nostro contorno. Marta l’affaccendata ebbe di Gesù un’immagine molto meno adeguata e completa dell’estatica Maria, la sublime e ardente spettatrice, assorta sempre in un apparente ozio contemplativo e impratico.
Se intendiamo per lavoro lo sforzo che la necessità impone e l’utilità regola, io sostengo che quanto vale qualcosa sulla terra non è opera del lavoro. Al contrario, è nato come spontanea efflorescenza dello sforzo superfluo e disinteressato in cui ogni natura pletorica suole cercare spasso. La cultura non è figlia del lavoro, ma dello sport.
So bene che all’ora presente mi trovo solo tra i miei contemporanei nell’affermare che la forma superiore dell’esistenza umana è lo sport. Qualche giorno tenterò di spiegare perché sono giunto a questa convinzione, mostrando come il cammino della società, insieme con le nuove scoperte delle scienze, obblighino a una riforma radicale delle idee in questo punto e annuncino una svolta della storia verso un senso sportivo e festivo della vita[118].