Ortega y Gasset

Abstract

An essay on Spinoza’s influence on poets: pantheism—whereby each thing, turned toward eternity, expresses all the rest—is ‘the philosophy of poets’, since art is symbolization and ennoblement of things. It closes with a lyrical description of dusk on the Guadarrama.

Connections

Assi: Dio
Posizioni: panteismo
Concetti: sostanza, bellezza
Figure: Spinoza
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Ya hemos notado en Renan la tendencia metafórica, creadora de mitos. El influjo de Spinoza vino a fecundar como un légamo suculento y fino esta sensibilidad poética para las realidades metafísicas.

Sería curioso, por cierto, estudiar la historia de la influencia que ha ejercido Spinoza sobre los grandes poetas, desde Goethe hasta el día: acaso pudiera comprobarse que la gloria refulgente puesta en torno de su nombre, el lugar que se le ha asignado entre los excelsos promotores de la cultura débelo, más que a sus inventos, estrictamente científicos, al poder de educar poetas que yacía en su visión del universo. Imaginad un hombre severo y puro, veraz y todo lleno de temblores divinos: dentro de su pecho sigue ardiendo la zarza inextinguible desde la cual habla Dios a los hijos de la romántica nación judaica, pueblo triste y lírico que ocupa el primer lugar en la estadística de los productores de melancolía. Ese hombre, usando de la claridad geométrica, nos dice que cada cosa, si sabemos orientarla hacia la eternidad, puede servirnos de fórmula para expresar el resto de las cosas. ¿Qué excitación más enérgica podrá recibir un poeta? El oficio del artista no es otro que tomar un breve trozo de la realidad, un paisaje, una figura, unos sonidos, unas palabras, y hacer que nos sirva para expresar el resto del mundo, o al menos grandes extensiones de él. Arte es simbolización. A los ojos del hombre sin fantasía preséntanse las cosas escuetas, insignificantes, tal y como son, incapaz cada una de representar otras cosas hermanas suyas. La imaginación, por el contrario, convierte un trapo de percalina en bandera nacional: ha proyectado sobre la miseria de aquel harapo la enorme riqueza sentimental, acumulada por las amarguras y exultaciones de una raza. La imaginación eleva seres y objetos de la trivialidad que les es natural a una vida más noble y más densa; hace de ellos símbolos, formas representativas. Y ved cómo un fabricante de anteojos fue encargado de ofrecer a los poetas la filosofía del ennoblecimiento de las cosas.

La materia es símbolo del espíritu para Spinoza. Nada hay tan baladí que no pueda ser ennoblecido inyectándole la esencia y el aroma de una porción del universo. Cuando hemos amado o sufrido, nos rodean cosas modestas que permanecen para siempre unidas al recuerdo de nuestro placer o nuestro dolor. Y así los hombres, al entrarse en años, lloran a lo mejor por un vals viejo y raído que toca un ciego en la calle, o, viendo la titilación de la primera hoja que pone a un árbol la primavera, se les perfuman las sienes con la memoria aromática de su juventud. Cada palabra poética es un almacén de emociones innumerables que, al leer o escuchar aquélla, se descargan sobre nosotros, como si hubiéramos abierto el portillo de una troj. El placer sexual consiste en que unas glándulas se vacían súbitamente del humor segregado muy poco a poco. Del mismo modo, cuando una pincelada, una melodía o un verso dejan caer de súbito sobre nuestra fantasía toda su carga de emociones, sentimos el placer estético.

Diderot pretendía que cada profesión tiene su moral genuina; si otro tanto pudiera decirse de los sistemas especulativos y existieran filosofías gremiales, correspondería al panteísmo de Spinoza ser designado como filosofía de los poetas.

Según Spinoza, cualquiera que sea el plano por el que cortemos la bola del mundo, obtendremos una sección que simboliza la realidad total. Por todas partes abre la substancia divina su estuario de mansa y henchida corriente fluvial. Meditando una metafísica o poniendo ordenación en los datos de la geología hacéis una misma cosa: expresáis la vida divina que están rezumando las cosas.

Dicen los libros indios que dondequiera que pone el hombre la planta pisa siempre cien senderos; Spinoza hubiera dicho que bajo nuestra planta, bajo nuestra mano pasan todos los senderos: en nuestra alma, como en la piedra humilde, se cruzan todos los hilos cuya trama constituye la substancia universal.

Esto es una vertiente del patrio Guadarrama. Cae la tarde de la jornada calurosa; el día desfallece y se rinde sobre la tierra inmensa. De un arroyo se alzan vahos frescos benignamente. Los árboles, las bardas de los corrales, los tejados de las casas chatas, los corvos montes arrojan fuera de sí largas sombras, sombras desaforadas, sin mesura, que repiten en su silueta, con interpretación burlona, el perfil de los objetos que las proyectan. Mas como el sol envía algunos rayos que se hieren en las aristas de las cosas de una manera rosada, la caricatura de la campiña y de la aldea fingida por la hora adquiere un alma y una vibración de ternura. En la umbría de chaparros y en las ondulantes rastrojeras vaga ese rumor de campo atardecido; los pájaros revuelan de recogida buscando indecisamente las dormideras de otras noches; las codornices van solicitando en el seno de un surco la amapola del sueño. Y como alentar de pulmones fatigados se escucha el gran cansancio cotidiano de bestias y de plantas, cansancio de sanas faenas primitivas. Luego las sombras se alongan hasta el punto de fundirse unas con otras; los colores se recogen no se sabe dónde; los gritos estridentes apáganse del todo; bajo el claror meditabundo el paisaje se ensimisma y lentamente va entrando dentro de su propio corazón. Parece que la vida va a detenerse. Poco después el alma del campo se ha sutilizado tanto que mana toda ella por el cauce del canto de un grillo.

La orden del día era separación, límite, hostilidad. La orden de la noche nos hunde en la profunda unanimidad de las cosas, y si, tomando una posición cómoda, reducimos al extremo las molestias musculares, llegaremos a no saber si nuestro corazón late entre nuestras costillas o en la medula del tronco de un roble próximo.

¿Quién, iniciado en ese parentesco solemne de las cosas todas, puede desdeñar nada por baladí? A la postre, el panteísmo se resuelve en la exclusión de todo desdén, o, como dice el propio Renan, en la exclusión de toda exclusión. Se le ha acusado de diletantismo y acaso no haya opuesto la debida resistencia a las seducciones con que somos requeridos de todas partes. Pero, en el fondo, sus divagaciones proceden de esta convicción panteísta: cada cosa está impregnada de Dios, cada cosa se brinda a servirnos de Eucaristía.

Cierto que lo divino se da con la suma densidad en las religiones, en los mitos, en las teologías, magníficos establecimientos que se levantan a lo largo de la historia, como destilerías inmensas donde la humanidad extracta y cosecha la quinta esencia de lo divinal. Renan ha estudiado todas las creencias, ha hecho sonar todos los mitos, de la manera que un avaro contrasta en el mármol barras de oro; pero no contento con eso le sorprendemos a veces buscando a Dios por los rincones, en las cosas humildes, en lo que aparentemente se halla más lejos de la santidad. En ocasiones parece satisfacerse mejor contándonos una anécdota de un filósofo que exponiéndonos su filosofía. Se goza en imaginar a Moisés Mendelssohn midiendo varas de seda mientras meditaba las pruebas de la inmortalidad del alma, o en suponer que Spinoza, mientras vive dando tersura a unos vidrios, piensa que todo es uno y que está en aquel cristal puliendo a Dios la faz.

We have already noted in Renan the metaphorical, myth-creating tendency. The influence of Spinoza came to fertilize, like a succulent and fine slime, this poetic sensibility for metaphysical realities.

It would be curious, indeed, to study the history of the influence that Spinoza has exercised on the great poets, from Goethe to the present day: perhaps it could be verified that the refulgent glory placed around his name, the place assigned him among the exalted promoters of culture, he owes, more than to his strictly scientific inventions, to the power of educating poets that lay in his vision of the universe. Imagine a severe and pure man, truthful and all full of divine tremors: within his breast still burns the inextinguishable burning bush from which God speaks to the children of the romantic Judaic nation, a sad and lyrical people that occupies the first place in the statistics of the producers of melancholy. That man, using geometrical clarity, tells us that each thing, if we know how to orient it toward eternity, can serve us as a formula for expressing the rest of things. What more energetic excitation could a poet receive? The artist’s craft is nothing other than to take a brief piece of reality, a landscape, a figure, some sounds, some words, and make it serve us to express the rest of the world, or at least great extensions of it. Art is symbolization. To the eyes of the man without fantasy things present themselves bare, insignificant, such as they are, each one incapable of representing other things, its sisters. Imagination, on the contrary, converts a rag of percaline into a national flag: it has projected onto the misery of that tatter the enormous sentimental wealth, accumulated by the bitternesses and exultations of a race. Imagination elevates beings and objects from the triviality that is natural to them to a nobler and denser life; it makes of them symbols, representative forms. And see how a maker of spectacles was charged with offering to the poets the philosophy of the ennoblement of things.

Matter is a symbol of the spirit for Spinoza. There is nothing so trifling that it cannot be ennobled by injecting into it the essence and the aroma of a portion of the universe. When we have loved or suffered, modest things surround us that remain forever united to the memory of our pleasure or our pain. And thus men, as they advance in years, weep perhaps over an old, worn waltz that a blind man plays in the street, or, seeing the flicker of the first leaf that spring puts on a tree, their temples are perfumed with the aromatic memory of their youth. Every poetic word is a storehouse of innumerable emotions that, upon reading or hearing it, discharge upon us, as if we had opened the wicket of a granary. Sexual pleasure consists in certain glands suddenly emptying of the humor secreted very little by little. In the same way, when a brushstroke, a melody or a verse lets fall suddenly upon our fantasy all its burden of emotions, we feel aesthetic pleasure.

Diderot claimed that each profession has its genuine morality; if as much could be said of the speculative systems and guild philosophies existed, it would correspond to Spinoza’s pantheism to be designated as the philosophy of the poets.

According to Spinoza, whatever the plane by which we cut the ball of the world, we shall obtain a section that symbolizes the total reality. Everywhere the divine substance opens its estuary of calm and swollen river current. Meditating a metaphysics or putting order in the data of geology you do one same thing: you express the divine life that things are oozing.

The Indian books say that wherever man sets his sole he always treads a hundred paths; Spinoza would have said that under our sole, under our hand all the paths pass: in our soul, as in the humble stone, all the threads cross whose warp constitutes the universal substance.

This is a slope of our native Guadarrama. The evening of the sultry day falls; the day languishes and surrenders upon the immense earth. From a brook cool vapors rise benignly. The trees, the fences of the corrals, the roofs of the low houses, the curved mountains cast from themselves long shadows, unmeasured shadows, without measure, that repeat in their silhouette, with mocking interpretation, the profile of the objects that project them. But since the sun sends some rays that wound themselves on the edges of things in a rosy manner, the caricature of the countryside and of the village feigned by the hour acquires a soul and a vibration of tenderness. In the shade of the holm oaks and in the waving stubble fields wanders that murmur of the evening countryside; the birds flutter about gathering, seeking indecisively the roosts of other nights; the quails go soliciting in the bosom of a furrow the poppy of sleep. And like the breath of tired lungs, the great daily weariness of beasts and plants is heard, weariness of healthy primitive labors. Then the shadows lengthen to the point of merging with one another; the colors gather themselves up, it is not known where; the strident cries go out entirely; beneath the meditative glow the landscape becomes self-absorbed and slowly enters into its own heart. It seems that life is going to stop. Shortly after, the soul of the countryside has become so subtle that it all flows through the channel of the song of a cricket.

The order of the day was separation, limit, hostility. The order of the night sinks us into the deep unanimity of things, and if, taking a comfortable position, we reduce to the extreme the muscular annoyances, we shall arrive at not knowing whether our heart beats between our ribs or in the pith of the trunk of a nearby oak.

Who, initiated in that solemn kinship of all things, can disdain anything as trifling? In the end, pantheism resolves itself into the exclusion of all disdain, or, as Renan himself says, into the exclusion of all exclusion. It has been accused of dilettantism and perhaps has not opposed the due resistance to the seductions with which we are solicited from all sides. But, in the end, its divagations proceed from this pantheistic conviction: each thing is impregnated with God, each thing offers itself to serve us as Eucharist.

Certainly the divine is given with the highest density in religions, in myths, in theologies, magnificent establishments that rise along history, like immense distilleries where humanity extracts and harvests the quintessence of the divine. Renan has studied all the beliefs, has made all the myths sound, in the manner that a miser assays gold bars on the marble; but not content with that, we surprise him sometimes seeking God in the corners, in the humble things, in what apparently lies farthest from sanctity. On occasions he seems to satisfy himself better by telling us an anecdote of a philosopher than by expounding his philosophy to us. He delights in imagining Moses Mendelssohn measuring yards of silk while he meditated the proofs of the immortality of the soul, or in supposing that Spinoza, while he lives giving smoothness to some glasses, thinks that all is one and that he is in that crystal polishing to God the face.

Abbiamo già notato in Renan la tendenza metaforica, creatrice di miti. L’influsso di Spinoza venne a fecondare come un limo succulento e fine questa sensibilità poetica per le realtà metafisiche.

Sarebbe curioso, per certo, studiare la storia dell’influenza che Spinoza ha esercitato sui grandi poeti, da Goethe fino al giorno d’oggi: forse potrebbe comprovarsi che la gloria fulgente posta intorno al suo nome, il luogo che gli è stato assegnato tra gli eccelsi promotori della cultura, lo deve, più che alle sue invenzioni strettamente scientifiche, al potere di educare poeti che giaceva nella sua visione dell’universo. Immaginate un uomo severo e puro, verace e tutto pieno di tremori divini: dentro il suo petto continua ad ardere il roveto inextinguibile dal quale Dio parla ai figli della romantica nazione giudaica, popolo triste e lirico che occupa il primo posto nella statistica dei produttori di malinconia. Quell’uomo, usando della chiarezza geometrica, ci dice che ogni cosa, se sappiamo orientarla verso l’eternità, può servirci da formula per esprimere il resto delle cose. Quale eccitazione più energica potrà ricevere un poeta? Il mestiere dell’artista non è altro che prendere un breve pezzo di realtà, un paesaggio, una figura, dei suoni, delle parole, e fare che ci serva per esprimere il resto del mondo, o almeno grandi estensioni di esso. Arte è simbolizzazione. Agli occhi dell’uomo senza fantasia le cose si presentano scarse, insignificanti, tali e quali sono, incapace ciascuna di rappresentare altre cose sue sorelle. L’immaginazione, al contrario, converte uno straccio di percalle in bandiera nazionale: ha proiettato sulla miseria di quel cencio l’enorme ricchezza sentimentale, accumulata dalle amarezze e dalle esultazioni di una razza. L’immaginazione eleva esseri e oggetti dalla trivialità che è loro naturale a una vita più nobile e più densa; fa di essi simboli, forme rappresentative. E vedete come un fabbricante di occhiali fu incaricato di offrire ai poeti la filosofia dell’innobilitamento delle cose.

La materia è simbolo dello spirito per Spinoza. Non c’è nulla tanto futile che non possa essere nobilitato iniettandogli l’essenza e l’aroma di una porzione dell’universo. Quando abbiamo amato o sofferto, ci circondano cose modeste che restano per sempre unite al ricordo del nostro piacere o del nostro dolore. E così gli uomini, invecchiando, piangono magari per un vecchio valzer sdrucito che suona un cieco per strada, o, vedendo il titillio della prima foglia che la primavera mette a un albero, si profumano le tempie con la memoria aromatica della loro giovinezza. Ogni parola poetica è un magazzino di emozioni innumerevoli che, leggendo o ascoltando quella, si scaricano su di noi, come se avessimo aperto il portello di un granaio. Il piacere sessuale consiste nel fatto che certe ghiandole si svuotano all’improvviso dell’umore segregato molto a poco a poco. Allo stesso modo, quando una pennellata, una melodia o un verso lasciano cadere d’improvviso sulla nostra fantasia tutta la loro carica di emozioni, sentiamo il piacere estetico.

Diderot pretendeva che ogni professione ha la sua morale genuina; se altrettanto potesse dirsi dei sistemi speculativi ed esistessero filosofie corporative, corrisponderebbe al panteismo di Spinoza essere designato come filosofia dei poeti.

Secondo Spinoza, qualunque sia il piano per cui tagliamo la palla del mondo, otterremo una sezione che simbolizza la realtà totale. Da tutte le parti la sostanza divina apre il suo estuario di manso e colmo flusso fluviale. Meditando una metafisica o ponendo ordine nei dati della geologia fate una stessa cosa: esprimete la vita divina che le cose stanno trasudando.

Dicono i libri indiani che dovunque l’uomo ponga la pianta del piede pisa sempre cento sentieri; Spinoza avrebbe detto che sotto la nostra pianta, sotto la nostra mano passano tutti i sentieri: nella nostra anima, come nella pietra umile, si incrociano tutti i fili la cui trama costituisce la sostanza universale.

Questo è un pendio del patrio Guadarrama. Cade la sera della giornata calda; il giorno sviene e si arrende sulla terra immensa. Da un ruscello si levano freschi vapori benignamente. Gli alberi, le siepi dei recinti, i tetti delle case basse, i monti curvi gettano fuori di sé lunghe ombre, ombre sfrenate, senza misura, che ripetono nella loro silhouette, con interpretazione burlona, il profilo degli oggetti che le proiettano. Ma poiché il sole invia alcuni raggi che si feriscono negli spigoli delle cose in maniera rosata, la caricatura della campagna e del villaggio simulata dall’ora acquista un’anima e una vibrazione di tenerezza. Nell’ombria dei lecci e nelle ondulanti stoppie vaga quel rumore di campagna al vespro; gli uccelli rivolazzano in raccolta cercando indecisi i dormitori di altre notti; le quaglie vanno sollecitando nel seno di un solco il papavero del sonno. E come respiro di polmoni affaticati si ascolta la grande stanchezza quotidiana di bestie e di piante, stanchezza di sane fatiche primitive. Poi le ombre si allungano fino al punto di fondersi le une con le altre; i colori si ritraggono non si sa dove; i gridi stridenti si spengono del tutto; sotto il chiarore meditabondo il paesaggio si raccoglie in sé e lentamente va entrando dentro il proprio cuore. Sembra che la vita stia per fermarsi. Poco dopo l’anima della campagna si è tanto sutilizzata che fluisce tutta per il corso del canto di un grillo.

L’ordine del giorno era separazione, limite, ostilità. L’ordine della notte ci sprofonda nella profonda unanimità delle cose, e se, prendendo una posizione comoda, riduciamo all’estremo i fastidi muscolari, arriveremo a non sapere se il nostro cuore batte tra le nostre costole o nella midolla del tronco di una quercia vicina.

Chi, iniziato a quella parentela solenne di tutte le cose, può disdegnare nulla per futile? Alla fine, il panteismo si risolve nell’esclusione di ogni disdegno, o, come dice lo stesso Renan, nell’esclusione di ogni esclusione. Lo si è accusato di dilettantismo e forse non ha opposto la dovuta resistenza alle seduzioni con cui siamo richiesti da tutte le parti. Ma, in fondo, le sue divagazioni procedono da questa convinzione panteista: ogni cosa è impregnata di Dio, ogni cosa si offre a servirci da Eucaristia.

Certo che il divino si dà con la somma densità nelle religioni, nei miti, nelle teologie, magnifici stabilimenti che si levano lungo la storia, come distillerie immense dove l’umanità estrae e raccoglie la quinta essenza del divinale. Renan ha studiato tutte le credenze, ha fatto suonare tutti i miti, nella maniera in cui un avaro saggia sul marmo le barre d’oro; ma non contento di ciò lo sorprendiamo a volte cercando Dio per i cantucci, nelle cose umili, in ciò che apparentemente si trova più lontano dalla santità. In occasioni sembra soddisfarsi meglio raccontandoci un aneddoto di un filosofo che esponendoci la sua filosofia. Si gode nell’immaginare Mosè Mendelssohn misurando canne di seta mentre meditava le prove dell’immortalità dell’anima, o nel supporre che Spinoza, mentre vive dando tersura ad alcuni vetri, pensa che tutto è uno e che sta in quel cristallo pulendo a Dio il volto.

No le basta con ver a Dios reflejado en los dogmas y llega a encontrarle en lo que pudiera juzgarse materia exánime y obra muerta de las religiones: en los ritos. Un pasaje de su correspondencia con Berthelot lo demuestra sinceramente. Su hermana murió en el Líbano, donde le había acompañado en su primer viaje. Muchos años después vuelve Renan a aquellas comarcas sagradas, y escribe: «Cerca de la tumba se eleva una linda capilla. He hecho celebrar allí un servicio según esta bella liturgia maronita, una de las más antiguas y que remonta casi hasta los orígenes del cristianismo. La aldea entera estaba allí; la compasión que estas buenas gentes me atestiguaban, su canto grave y antiguo, los grupos de mujeres y de niños que llenaban la iglesia, mirándome con sus grandes ojos tristes, todo aquello formaba para mí un conjunto seductor, profundo, sencillo y muy análogo a mi hermana». Cuando quiere darnos una imagen de la armonía humana nos describe un coro que entona salmos o himnos; cuando quiere sugerirnos la suprema disciplina del respeto, nos invita a arrodillarnos, aunque sea, como ya he referido, arrodillándonos delante de nada. Aunque falte la fe y el objeto del culto, sostiene Renan la religiosidad del rito, el poder espiritual de la liturgia. Si hubiera nacido algunos siglos antes, probablemente habría practicado la magia: la potencia del gesto, de la fórmula ritual, le parecía el símbolo más bello de la cultura. Y a no haber aprendido tan bien el hebreo, tal vez hubiera concluido en su pueblo natal ejerciendo el papel de maestro de ceremonias. Le imagino ordenando una procesión y gustando toda la belleza formalista del rito: poner delante las niñas blancas de primera comunión, con sus coronitas de azahar, y luego las pomposas cofradías y, al cabo, los protagonistas celestiales navegando sobre la muchedumbre en sus doradas andas. Y al echar a andar la procesión, en medio del clamor glorificante de las campanas y la refulgencia de las luces y las joyas prendidas en las iconas, presumo que se diría: «Es tan bello el orden y tan expresiva la liturgia, que en esta procesión casi es innecesaria la existencia de Dios».

No olvidará el lector que voy describiendo el espíritu de Renan según el recuerdo de lecturas ya un poco lejanas: no puedo asegurar documentalmente la exactitud de cuanto le atribuyo, ni menos ha de pensarse que comparto sus convicciones. El panteísmo, sutilizado como era conveniente a un pensador del siglo XIX, me parece, sin embargo, constituir el tono general de su espíritu, o cuando menos, la manera renaniana de acercarse a las cosas.

Abril, 1909

He is not content with seeing God reflected in the dogmas and comes to find Him in what might be judged lifeless matter and the dead work of religions: in rites. A passage of his correspondence with Berthelot proves it sincerely. His sister died in Lebanon, where she had accompanied him on his first journey. Many years later Renan returns to those sacred regions, and writes: «Near the tomb there rises a pretty chapel. I had a service celebrated there according to this beautiful Maronite liturgy, one of the most ancient and going back almost to the origins of Christianity. The whole village was there; the compassion that these good people showed me, their grave and ancient chant, the groups of women and children who filled the church, looking at me with their big sad eyes, all that formed for me an ensemble seductive, deep, simple and very much akin to my sister». When he wants to give us an image of human harmony he describes a choir intoning psalms or hymns; when he wants to suggest to us the supreme discipline of respect, he invites us to kneel, even if, as I have already related, kneeling before nothing. Even if faith and the object of the cult are lacking, Renan maintains the religiosity of the rite, the spiritual power of the liturgy. Had he been born a few centuries earlier, he would probably have practised magic: the potency of the gesture, of the ritual formula, seemed to him the most beautiful symbol of culture. And had he not learned Hebrew so well, perhaps he would have ended in his native town playing the role of master of ceremonies. I imagine him ordering a procession and savouring all the formalist beauty of the rite: placing in front the white girls of first communion, with their little crowns of orange blossom, and then the pompous confraternities and, at the end, the celestial protagonists sailing over the crowd on their gilded litters. And when the procession sets off, amid the glorifying clamour of the bells and the refulgence of the lights and jewels set on the icons, I presume he would say to himself: «So beautiful is order and so expressive the liturgy, that in this procession the existence of God is almost unnecessary».

The reader will not forget that I am describing the spirit of Renan according to the memory of already somewhat distant readings: I cannot assure documentally the exactness of what I attribute to him, nor should it be thought that I share his convictions. Pantheism, subtilized as was fitting for a nineteenth-century thinker, seems to me, nevertheless, to constitute the general tone of his spirit, or at least, the Renanian manner of approaching things.

April, 1909

Non gli basta vedere Dio riflesso nei dogmi e arriva a trovarlo in ciò che si potrebbe giudicare materia esanime e opera morta delle religioni: nei riti. Un passo della sua corrispondenza con Berthelot lo dimostra sinceramente. Sua sorella morì nel Libano, dove lo aveva accompagnato nel suo primo viaggio. Molti anni dopo Renan torna a quelle contrade sacre, e scrive: «Presso la tomba si eleva una graziosa cappella. Ho fatto celebrare colà un servizio secondo questa bella liturgia maronita, una delle più antiche e che risale quasi alle origini del cristianesimo. Tutto il villaggio era là; la compassione che queste buone genti mi testimoniavano, il loro canto grave e antico, i gruppi di donne e di bambini che riempivano la chiesa, guardandomi con i loro grandi occhi tristi, tutto ciò formava per me un insieme seducente, profondo, semplice e molto simile a mia sorella». Quando vuole darci un’immagine dell’armonia umana ci descrive un coro che intona salmi o inni; quando vuole suggerirci la suprema disciplina del rispetto, ci invita a inginocchiarci, sia pure, come ho già riferito, inginocchiandoci davanti a nulla. Anche se manca la fede e l’oggetto del culto, sostiene Renan la religiosità del rito, il potere spirituale della liturgia. Se fosse nato alcuni secoli prima, probabilmente avrebbe praticato la magia: la potenza del gesto, della formula rituale, gli pareva il simbolo più bello della cultura. E se non avesse imparato così bene l’ebraico, forse sarebbe finito nel suo paese natale esercitando il ruolo di maestro di cerimonie. Lo immagino ordinare una processione e gustare tutta la bellezza formalista del rito: mettere davanti le bambine bianche di prima comunione, con le loro corone di fiori d’arancio, e poi le pompose confraternite e, alla fine, i protagonisti celesti naviganti sulla folla nelle loro dorate ande. E quando la processione si mette in marcia, in mezzo al clamore glorificante delle campane e alla fulgenza delle luci e dei gioielli appesi alle icone, presumo che dicesse: «È tanto bello l’ordine e tanto espressiva la liturgia, che in questa processione è quasi superflua l’esistenza di Dio».

Non dimenticherà il lettore che vado descrivendo lo spirito di Renan secondo il ricordo di letture già un po’ lontane: non posso assicurare documentalmente l’esattezza di quanto gli attribuisco, né tanto meno deve pensarsi che condivida le sue convinzioni. Il panteismo, sottilizzato come conveniva a un pensatore del XIX secolo, mi sembra, tuttavia, costituire il tono generale del suo spirito, o quando meno, la maniera renaniana di avvicinarsi alle cose.

Aprile, 1909