Ortega y Gasset

Abstract

Ortega transcribes and answers an anonymous letter from Córdoba denying his thesis that the choice of the beloved reveals the lover’s essential self. He replies that reducing love to sexual appetite muddies the question, since one desires innumerable women but loves only a few.

Connections

Concetti: passione
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Mis ensayos, que suelen ir apareciendo segmentados, como trozos de anélido, en el periódico El Sol, me proporcionan grato pretexto para conocer almas de españoles y españolas que personalmente me serían distantes e ignoradas. Recibo, en efecto, con halagadora frecuencia, cartas de corroboración, o de protesta, o de disputa. Mis ocupaciones me impiden, según fuera correcto y a la par deleitable, contestar a esos gestos epistolares tan útiles, tan fértiles para un escritor. En lo sucesivo procuraré alguna vez espumar de esa correspondencia lo que parezca más fecundo y de general provecho.

Para empezar, transcribo una carta anónima que me llega de Córdoba. El que la manuscribe parece persona muy discreta, salvo en guardar el anónimo.

«He leído su folletón de El Sol “La elección en amor”, como leo cuanto de lo que usted escribe llega a mis manos, para deleitarme con sus finas y originales observaciones. Esta predisposición favorable de mi espíritu hacia su obra me da ánimos para señalarle algo que considero erróneo en su último artículo.

»Conformes en que el gesto y la fisonomía nos permiten adentrarnos, como Pedro por su casa, por el descuidado (y acaso también por el vigilante) espíritu del vecino. De tal suerte coincido con usted en este punto, que algo tengo escrito y publicado sobre ello.

»Lo que, a mi juicio, no puede sostenerse con verdad, es que “en la elección de amada revele su fondo esencial el varón; en la elección de amado, la mujer”, ni en que el tipo preferido dibuje el perfil de nuestro corazón.

»Hasta me atrevería a asegurar que esas automáticas protestas que tal afirmación suele provocar entre sus oyentes, más que el malestar inquietante de sentirse inesperadamente desnudos ante el observador, son la repugnancia, acaso no razonada, que ofrece una idea que no admitimos, que no podemos admitir, aunque todavía no sepamos el porqué de ello.

»El amor (la pasión sexual, con o sin ringorrangos líricos), sustantivo de un verbo eminentemente transitivo, es en cierto sentido el más intransitivo, el más hermético de todos, porque empieza y acaba en el sujeto, porque de su alma se alimenta y no tiene más vida que la que el mismo sujeto le da.

»Claro es que el amante, por la apetencia sexual, busca al individuo del sexo contrario, y que cada uno quiere encontrar en el otro cierta proporcionalidad física; pero nada tendría de extraño que el egregio carácter de una mujer fijara sus entusiasmos en un hombre vulgar, y viceversa.

»Por el amor sí puede conocerse al amante; pero no por el objeto amado. Cada persona ama con la plenitud de su espíritu, con fuerza suficiente para poner en el amado cuantas delicadezas y finuras necesite el alma del amante (o sea, su propia alma), como la linterna mágica o el cinematógrafo ponen en el lienzo la línea y el color que están en ellos, como Don Quijote en Aldonza Lorenzo y Nelson en lady Hamilton (la corza del paisaje de principios del siglo XIX) pusieron lo necesario para que sus almas se postraran ante esas dos mujeres.

»Y hago punto, porque ya queda en síntesis formulada la objeción, y no quiero molestarle inútilmente».

Agradezco sobremanera la objeción, sólo que preferiría recibirlas de mayor eficacia. Ya el intento de reducir el amor a sexualidad enturbia a limine la cuestión. En la serie de artículos «Amor en Stendhal», que El Sol publicó este otoño, creo haber mostrado el error evidente que hay en tal reducción. Basta advertir el hecho constante de que el hombre desea sexualmente, con una u otra intensidad, innumerables mujeres, en tanto que su amor, por hipertrófico y pululante que sea, sólo se fija en unas cuantas, para que resulte imposible identificar ambos ímpetus. Pero, además, el amable corresponsal dice que «cada persona ama con la plenitud de su espíritu». Mal puede entonces ser el amor «apetencia sexual» sin más. Y si es más, si a la brama del sexo agrega el espíritu su heterogénea colaboración, tendremos un movimiento psíquico muy diferente del mero instinto, y que es el que llamamos amor.

Y no está bien calificar tan sustancial añadido de «ringorrango lírico». Fuera suficiente que en un minuto de calma, junto al aljibe, entre los geranios y mientras resbalan sobre el patio cordobés las nubes viajeras, se entretuviese en fijar el diferente significado que tienen las palabras amar y desear. Vería entonces este discreto cordobés que amor y deseo o apetito no se parecen en nada, aunque el uno sea suscitado por el otro: lo que se desea puede alguna vez llegar a amarse; lo que amamos, porque lo amamos, lo deseamos.

Hubo un tiempo —por ejemplo, el del «resentido» Remigio de Gourmont— en que parecía una superficialidad de análisis dejarse «engañar» por la retórica del amor, y se subrayaba bajo él, el tirón sexual (Physique de l’amour). En verdad que se ha exagerado mucho el papel de este instinto en el hombre. Cuando se iniciaba esta psicología peyorativa y aviesa —fines del XVIII—, dijo ya Beaumarchais que «beber sin sed y amar en todo tiempo es lo único que diferencia al hombre del animal». Está bien; pero ¿qué es preciso añadir al animal, «amante» una vez al año, para hacer de él una criatura que «ama» en las cuatro estaciones? Aun quedándonos en el piso bajo de la sexualidad, ¿cómo es posible que del animal, tan indolente en amor, proceda el hombre, que se manifiesta en la materia tan superlativamente laborioso? Pronto caemos en la cuenta de que en el hombre prácticamente no existe, hablando con rigor, el instinto sexual, sino que se da casi siempre indisolublemente articulado, por lo menos con la fantasía.

Si el hombre no poseyese tan generosa, tan fértil imaginación, no «amaría» sexualmente, como lo hace, en toda posible ocasión. La mayor parte de los efectos que se cargan al instinto no proceden de él. Si así fuese, aparecerían también en el animal. Las nueve décimas partes de lo que se atribuye a la sexualidad es obra de nuestro magnífico poder de imaginar, el cual no es ya un instinto, sino todo lo contrario: una creación. Apunto aquí sólo la advertencia de que probablemente la notoria desproporción entre el sexualismo del hombre y el de la mujer, que hace a ésta, normalmente, espontáneamente, tan moderada en «amor», coincide con el hecho de que la hembra humana suele disponer de menos poder imaginativo que el varón. La naturaleza, con tiento y previsión, lo ha querido así, porque de acaecer lo contrario y hallarse la mujer dotada de tanta fantasía como el hombre, la lubricidad hubiera anegado el planeta y la especie humana hubiera desaparecido, volatilizada en delicias[77].

Como esta idea que no ve en el amor más realidad que el instinto sexual[78] se halla muy extendida y bien instalada en las mentes, me ha parecido útil publicar la carta cordobesa, que nos da una vez más pretexto para intentar su evacuación.

Termina el anónimo reconociendo que «por el amor se puede conocer al amante; pero no por el objeto amado». A lo que yo respondería, evitando muchas palabras: 1.º ¿Cómo es posible conocer el amor del amante por método directo, si, a fuer de sentimiento, pertenece al arcano de la intimidad? La elección de objeto es el gesto que nos permite adivinarlo. 2.º Si en el amor lo pone todo el amante, ¿por qué azar lo fija en esta mujer y no en aquélla?, ¿por qué este discretísimo lector no evita reincidir en la otra idea, que, junto a la interpretación sexualista, más caminos cierra en psicología del amor —la «cristalización» de Stendhal? Según ésta, serían siempre imaginarias las gracias que suponemos en lo amado. Amar sería equivocarse. Largamente combato en la serie arriba citada este pensamiento, favorecido con mucha mejor fortuna que la merecida. Mis razones en contra pueden resumirse en dos. Una: no es verosímil que ninguna actividad normal del hombre consista en un esencial error. El amor se equivoca algunas veces, como se equivocan los ojos y los oídos. Pero, como éstos, su normalidad consiste en un acierto suficiente. Otra: imaginarias o no, el amor va a ciertas gracias y calidades. Tiene siempre un objeto. Y aunque la persona real no coincida con este objeto imaginario, algún motivo de afinidad existirá entre ambos que nos lleve a suponer tal mujer, y no tal otra, como el substrato y sujeto de aquellos encantos.

IV

Esta idea de que en el amor hay elección —una elección mucho más efectiva que cuantas se pueden hacer consciente, deliberadamente—, y que esa elección no es libre, sino que depende de cuál sea el carácter radical del sujeto, tiene que parecer, desde luego, inaceptable a quienes conservan una interpretación psicológica del hombre que, a mi juicio, ha periclitado y debe sustituirse. Consiste en la tendencia a exagerar la intervención del azar y de las contingencias mecánicas en la vida humana.

My essays, which usually go appearing segmented, like pieces of an annelid, in the newspaper El Sol, afford me a pleasant pretext for coming to know the souls of Spanish men and women who personally would be distant and unknown to me. I receive, in effect, with flattering frequency, letters of corroboration, or of protest, or of dispute. My occupations prevent me, as would be proper and at the same time delightful, from answering those epistolary gestures so useful, so fertile for a writer. In the future I shall from time to time try to skim from that correspondence whatever seems most fruitful and of general benefit.

To begin, I transcribe an anonymous letter that reaches me from Córdoba. The one who writes it seems a very discreet person, except in keeping his anonymity.

“I have read your feuilleton in El Sol ‘Choice in Love’, as I read everything of what you write that reaches my hands, to delight in your fine and original observations. This favorable predisposition of my spirit toward your work gives me courage to point out to you something that I consider erroneous in your latest article.

“I agree that gesture and physiognomy allow us to enter, as if into our own house, into the careless (and perhaps also the vigilant) spirit of our neighbor. In such a way I coincide with you on this point, that I have something written and published about it.

“What, in my judgment, cannot be maintained with truth, is that ‘in the choice of the beloved the man reveals his essential ground; in the choice of the lover, the woman’, nor that the preferred type draws the profile of our heart.

“I would even dare to assure that those automatic protests that such an affirmation usually provokes among your listeners, more than the unsettling discomfort of feeling oneself unexpectedly naked before the observer, are the repugnance, perhaps unreasoned, that an idea offers which we do not admit, which we cannot admit, although we still do not know the why of it.

“Love (the sexual passion, with or without lyrical frills), noun of an eminently transitive verb, is in a certain sense the most intransitive, the most hermetic of all, because it begins and ends in the subject, because it feeds on his soul and has no more life than that which the subject himself gives it.

“Clearly the lover, by sexual appetite, seeks the individual of the opposite sex, and each one wants to find in the other a certain physical proportionality; but there would be nothing strange if the eminent character of a woman fixed her enthusiasms on a vulgar man, and vice versa.

“By love one can indeed know the lover; but not by the beloved object. Each person loves with the fullness of his spirit, with enough force to put into the beloved as many delicacies and refinements as the soul of the lover needs (that is, his own soul), just as the magic lantern or the cinematograph put on the screen the line and color that are in them, just as Don Quixote in Aldonza Lorenzo and Nelson in Lady Hamilton (the hind of the landscape of the early nineteenth century) put what was necessary so that their souls might prostrate themselves before those two women.

“And I stop here, because the objection is now formulated in synthesis, and I do not want to bother you uselessly.”

I am exceedingly grateful for the objection, only I would prefer to receive ones of greater efficacy. Already the attempt to reduce love to sexuality clouds, a limine, the question. In the series of articles ‘Love in Stendhal’, which El Sol published this autumn, I believe I have shown the evident error that there is in such a reduction. It is enough to note the constant fact that man desires sexually, with one intensity or another, innumerable women, while his love, however hypertrophic and proliferating it may be, fixes only on a few, for it to be impossible to identify the two impulses. But, moreover, the kind correspondent says that “each person loves with the fullness of his spirit.” Badly can love then be “sexual appetite” and nothing more. And if it is more, if to the rut of sex the spirit adds its heterogeneous collaboration, we shall have a psychic movement very different from mere instinct, and that is what we call love.

And it is not right to qualify such a substantial addition as a “lyrical frill.” It would suffice that in a minute of calm, beside the well, among the geraniums and while the traveling clouds slide over the Córdoban patio, he should amuse himself by fixing the different meaning that the words to love and to desire have. Then this discreet Cordoban would see that love and desire or appetite resemble each other in nothing, although the one is aroused by the other: what is desired can sometimes come to be loved; what we love, because we love it, we desire.

There was a time —for example, that of the “resentful” Remy de Gourmont— when it seemed a superficiality of analysis to let oneself be “deceived” by the rhetoric of love, and the sexual pull was underlined beneath it (Physique de l’amour). Truly the role of this instinct in man has been much exaggerated. When this pejorative and sinister psychology was beginning —end of the eighteenth century— Beaumarchais already said that “to drink without thirst and to love at all times is the only thing that differentiates man from animal.” That is fine; but what is it necessary to add to the animal, “lover” once a year, to make of it a creature that “loves” in all four seasons? Even staying on the ground floor of sexuality, how is it possible that from the animal, so indolent in love, man should proceed, who manifests himself in matter so superlatively laborious? Soon we realize that in man the sexual instinct practically does not exist, strictly speaking, but that it is given almost always indissolubly articulated, at least with fantasy.

If man did not possess so generous, so fertile imagination, he would not “love” sexually, as he does, on every possible occasion. Most of the effects that are charged to instinct do not proceed from it. If that were so, they would also appear in the animal. Nine tenths of what is attributed to sexuality is the work of our magnificent power of imagining, which is not already an instinct, but quite the contrary: a creation. I point out here only the warning that probably the notorious disproportion between the sexualism of man and that of woman, which makes her, normally, spontaneously, so moderate in “love”, coincides with the fact that the human female usually disposes of less imaginative power than the male. Nature, with tact and foresight, has wished it so, because if the contrary were to happen and woman found herself endowed with as much fantasy as man, lubricity would have drowned the planet and the human species would have disappeared, volatilized in delights[77].

As this idea that sees in love no more reality than the sexual instinct[78] is very widespread and well installed in minds, it has seemed to me useful to publish the Córdoban letter, which gives us once more a pretext to attempt its evacuation.

The anonymous writer ends by recognizing that “by love one can know the lover; but not by the beloved object.” To which I would reply, avoiding many words: 1st, How is it possible to know the lover’s love by direct method, if, as a feeling, it belongs to the arcana of intimacy? The choice of object is the gesture that allows us to divine it. 2nd, If in love the lover puts everything, why by chance does he fix it on this woman and not on that one?, why does this most discreet reader not avoid relapsing into the other idea, which, alongside the sexualist interpretation, closes most paths in the psychology of love —Stendhal’s “crystallization”? According to this, the graces that we suppose in the beloved would always be imaginary. To love would be to err. At length I combat in the series cited above this thought, favored with much better fortune than it deserved. My reasons against it can be summed up in two. One: it is not plausible that any normal activity of man should consist in an essential error. Love errs sometimes, as eyes and ears err. But, like them, its normality consists in a sufficient accuracy. Another: imaginary or not, love goes to certain graces and qualities. It always has an object. And although the real person does not coincide with this imaginary object, some motive of affinity will exist between both that leads us to suppose such a woman, and not such another, as the substratum and subject of those charms.

IV

This idea that in love there is choice —a choice much more effective than any that can be made consciously, deliberately—, and that this choice is not free, but that it depends on what the radical character of the subject is, must seem, of course, unacceptable to those who retain a psychological interpretation of man that, in my judgment, has outlived its time and must be replaced. It consists in the tendency to exaggerate the intervention of chance and mechanical contingencies in human life.

I miei saggi, che sogliono andare apparendo segmentati, come pezzi di anellide, nel giornale El Sol, mi procurano gradito pretesto per conoscere anime di spagnoli e spagnole che personalmente mi sarebbero distanti e ignote. Ricevo, in effetti, con lusinghiera frequenza, lettere di corroborazione, o di protesta, o di disputa. Le mie occupazioni mi impediscono, come sarebbe corretto e insieme dilettevole, di rispondere a questi gesti epistolari tanto utili, tanto fertili per uno scrittore. In avvenire procurerò qualche volta di schiumare da quella corrispondenza ciò che sembri più fecondo e di generale profitto.

Per cominciare, trascrivo una lettera anonima che mi giunge da Cordova. Colui che la scrive sembra persona molto discreta, salvo nel conservare l’anonimato.

«Ho letto il suo feuilleton di El Sol “La scelta in amore”, come leggo quanto di ciò che lei scrive giunge alle mie mani, per deliziarmi con le sue fini e originali osservazioni. Questa predisposizione favorevole del mio spirito verso la sua opera mi dà animo per segnalarle qualcosa che considero erroneo nel suo ultimo articolo.

»D’accordo sul fatto che il gesto e la fisionomia ci permettono di addentrarci, come a casa nostra, nello spirito trascurato (e forse anche in quello vigile) del prossimo. In tal modo coincido con lei in questo punto, che qualcosa ho scritto e pubblicato su di esso.

»Quello che, a mio giudizio, non può sostenersi con verità, è che “nella scelta dell’amata riveli il suo fondo essenziale il maschio; nella scelta dell’amato, la donna”, né che il tipo preferito disegni il profilo del nostro cuore.

»Perfino oserei assicurare che quelle automatiche proteste che tale affermazione suole provocare tra i suoi ascoltatori, più che il disagio inquietante di sentirsi inaspettatamente nudi davanti all’osservatore, sono la ripugnanza, forse non ragionata, che offre un’idea che non ammettiamo, che non possiamo ammettere, sebbene ancora non sappiamo il perché di ciò.

»L’amore (la passione sessuale, con o senza fronzoli lirici), sostantivo di un verbo eminentemente transitivo, è in certo senso il più intransitivo, il più ermetico di tutti, perché comincia e finisce nel soggetto, perché della sua anima si alimenta e non ha più vita di quella che lo stesso soggetto gli dà.

»Chiaro è che l’amante, per la appetenza sessuale, cerca l’individuo del sesso contrario, e che ciascuno vuole trovare nell’altro una certa proporzionalità fisica; ma nulla avrebbe di strano che l’egregio carattere di una donna fissasse i suoi entusiasmi in un uomo volgare, e viceversa.

»Dall’amore sì può conoscersi l’amante; ma non dall’oggetto amato. Ogni persona ama con la pienezza del suo spirito, con forza sufficiente per porre nell’amato quante delicatezze e finezze abbia bisogno l’anima dell’amante (cioè, la sua propria anima), come la lanterna magica o il cinematografo pongono sulla tela la linea e il colore che sono in loro, come Don Chisciotte in Aldonza Lorenzo e Nelson in lady Hamilton (la cerbiatta del paesaggio dei primi dell’Ottocento) posero il necessario perché le loro anime si prosternassero davanti a quelle due donne.

»E pongo punto, perché già resta in sintesi formulata l’obiezione, e non voglio disturbarla inutilmente».

Ringrazio moltissimo l’obiezione, solo che preferirei riceverne di maggiore efficacia. Già il tentativo di ridurre l’amore a sessualità intorbida a limine la questione. Nella serie di articoli «Amore in Stendhal», che El Sol pubblicò quest’autunno, credo di aver mostrato l’errore evidente che c’è in tale riduzione. Basta avvertire il fatto costante che l’uomo desidera sessualmente, con l’una o l’altra intensità, innumerevoli donne, mentre il suo amore, per ipertrofico e pullulante che sia, si fissa soltanto in poche, perché risulti impossibile identificare entrambi gli impulsi. Ma, inoltre, il gentile corrispondente dice che «ogni persona ama con la pienezza del suo spirito». Male può allora essere l’amore «appetenza sessuale» e nulla più. E se è di più, se alla brama del sesso lo spirito aggiunge la sua eterogenea collaborazione, avremo un movimento psichico molto diverso dal mero istinto, e che è quello che chiamiamo amore.

E non sta bene qualificare tanto sostanziale aggiunta di «fronzolo lirico». Basterebbe che in un minuto di calma, accanto al pozzo, tra i gerani e mentre scivolano sul patio cordovese le nuvole viaggiatrici, si dilettasse a fissare il diverso significato che hanno le parole amare e desiderare. Vedrebbe allora questo discreto cordovese che amore e desiderio o appetito non si somigliano in nulla, sebbene l’uno sia suscitato dall’altro: ciò che si desidera può qualche volta giungersi ad amare; ciò che amiamo, perché lo amiamo, lo desideriamo.

Ci fu un tempo —per esempio, quello del «risentito» Remy de Gourmont— in cui sembrava una superficialità di analisi lasciarsi «ingannare» dalla retorica dell’amore, e si sottolineava sotto di esso il tirone sessuale (Physique de l’amour). In verità si è esagerato molto il ruolo di questo istinto nell’uomo. Quando si iniziava questa psicologia peggiorativa e bieca —fine del XVIII—, disse già Beaumarchais che «bere senza sete e amare in ogni tempo è l’unica cosa che differenzia l’uomo dall’animale». Sta bene; ma che cosa è necessario aggiungere all’animale, «amante» una volta all’anno, per fare di lui una creatura che «ama» in tutte le stagioni? Pur restando al pianterreno della sessualità, com’è possibile che dall’animale, così indolente in amore, proceda l’uomo, che si manifesta nella materia in modo tanto superlativo laborioso? Presto ci accorgiamo che nell’uomo praticamente non esiste, parlando con rigore, l’istinto sessuale, ma che si dà quasi sempre indissolubilmente articolato, per lo meno con la fantasia.

Se l’uomo non possedesse così generosa, così fertile immaginazione, non «amerebbe» sessualmente, come fa, in ogni possibile occasione. La maggior parte degli effetti che si caricano all’istinto non procedono da esso. Se così fosse, apparirebbero anche nell’animale. I nove decimi di ciò che si attribuisce alla sessualità è opera del nostro magnifico potere di immaginare, il quale non è già un istinto, ma tutto il contrario: una creazione. Accenno qui soltanto l’avvertenza che probabilmente la notoria sproporzione tra il sessualismo dell’uomo e quello della donna, che rende questa, normalmente, spontaneamente, così moderata in «amore», coincide con il fatto che la femmina umana suole disporre di meno potere immaginativo del maschio. La natura, con tatto e previsione, l’ha voluto così, perché se accadesse il contrario e la donna si trovasse dotata di tanta fantasia quanto l’uomo, la lubricità avrebbe annegato il pianeta e la specie umana sarebbe scomparsa, volatilizzata in delizie[77].

Poiché questa idea che non vede nell’amore più realtà che l’istinto sessuale[78] si trova molto estesa e ben installata nelle menti, mi è parso utile pubblicare la lettera cordovese, che ci dà una volta di più pretesto per tentare la sua evacuazione.

Termina l’anonimo riconoscendo che «dall’amore si può conoscere l’amante; ma non dall’oggetto amato». A ciò risponderei, evitando molte parole: 1.º Come è possibile conoscere l’amore dell’amante per metodo diretto, se, a forza di sentimento, appartiene all’arcano dell’intimità? La scelta dell’oggetto è il gesto che ci permette di indovinarlo. 2.º Se nell’amore mette tutto l’amante, perché caso lo fissa in questa donna e non in quella?, perché questo discretissimo lettore non evita di ricadere nell’altra idea, che, accanto all’interpretazione sessualista, più chiude cammini in psicologia dell’amore —la «cristallizzazione» di Stendhal? Secondo questa, sarebbero sempre immaginarie le grazie che supponiamo nell’amato. Amare sarebbe sbagliarsi. Lungamente combatto nella serie sopra citata questo pensiero, favorito con molto migliore fortuna di quella meritata. Le mie ragioni contro possono riassumersi in due. Una: non è verosimile che nessuna attività normale dell’uomo consista in un errore essenziale. L’amore si sbaglia qualche volta, come si sbagliano gli occhi e gli orecchi. Ma, come questi, la sua normalità consiste in un azzeccamento sufficiente. Altra: immaginarie o no, l’amore va a certe grazie e qualità. Ha sempre un oggetto. E sebbene la persona reale non coincida con questo oggetto immaginario, qualche motivo di affinità esisterà tra entrambi che ci porti a supporre tale donna, e non tale altra, come il substrato e soggetto di quegli incanti.

IV

Questa idea che nell’amore c’è scelta —una scelta molto più effettiva di quante se ne possano fare consciamente, deliberatamente—, e che quella scelta non è libera, ma che dipende da quale sia il carattere radicale del soggetto, deve sembrare, senz’altro, inaccettabile a quanti conservano un’interpretazione psicologica dell’uomo che, a mio giudizio, è periclita e deve sostituirsi. Consiste nella tendenza ad esagerare l’intervento del caso e delle contingenze meccaniche nella vita umana.

Hace sesenta años, o más, los hombres de ciencia ensayaron cuidadosamente este punto de vista y aspiraron a construir una mecánica psicológica. Como siempre pasa, han tardado sus pensamientos una generación en llegar a la conciencia del hombre medio culto, y ahora todo nuevo intento de ver más exactamente las cosas encuentra las cabezas amuebladas con los caducos armatostes. Aparte, pues, de que la tesis aquí insinuada sea verdad o error, tiene por fuerza que chocar con corrientes generales de pensamiento que llevan opuesta dirección. Se han acostumbrado las gentes a pensar que los acontecimientos, cuya textura forma la existencia, no tienen sentido, bueno ni malo, sino que sobrevienen por una mezcla de azar y fatalidad mecánica.

Toda idea que reduzca el papel de ambos ingredientes en el destino de la persona y quiera descubrir en éste una ley interna, radicada en el carácter del individuo, será por de pronto rechazada. Un enjambre de observaciones falsas —en este caso, sobre los «amores» de nuestros convecinos o los propios— acude a obturar el paso por donde podía penetrar en la mente, ser entendida y luego ser juzgada. Añádanse a esto las malas inteligencias habituales, que casi siempre consisten en añadidos espontáneos que el lector imbuye en la idea del autor. A este género pertenecen las más numerosas objeciones que recibo. Entre éstas, a su vez, la más frecuente estriba en hacer notar que si amásemos la mujer cuya persona refleja nuestro íntimo modo de ser, no sería tan frecuente la infelicidad que sigue a la pasión o en ella misma se engendra. Lo cual sugiere que estos amables lectores han unido arbitrariamente a esa afinidad entre el amante y su objeto sustentada por mí, la de una felicidad consecuente.

Ahora bien: yo creo que lo uno no tiene nada que ver con lo otro. Un hombre vanidoso en su última raíz —como suelen serlo los «aristócratas» de sangre, por decaídos que estén— se enamorará de una mujer vanidosa también. La consecuencia de esta elección es, inevitablemente, la infelicidad. No confundamos las consecuencias de la elección con ésta misma. Al propio tiempo contesto a otro linaje de objeciones muy elementales, muy obvias y, por lo mismo, muy reiteradas. Se dice que, en muchos casos, uno u otro de los amantes se ha equivocado: creyó que su elegido era de una manera y luego resulta ser de otra. ¿No es ésta una de las canciones más repetidas en la usual psicología del amor? A creerla, sería casi, casi lo normal el quid pro quo, la equivocación. Aquí se separan nuestros caminos. Yo no puedo, sin hartura de razones, aceptar teoría ninguna según la cual resulte que la vida humana, en una de sus más hondas y graves actividades —como es el amor—, es un puro y casi constante absurdo, un despropósito y una equivocación.

No niego que éstos puedan alguna vez producirse, como acontece en la visión corporal, sin que ello invalide el acierto de nuestra percepción sana. Pero si se insiste en presentar la equivocación como un hecho de normal frecuencia, diré que me parece falso, oriundo de insuficiente observación. La equivocación, en la mayor parte de los presuntos casos, no existe: la persona es lo que pareció desde luego, sólo que después se sufren las consecuencias de ese modo de ser, y a esto es a lo que llamamos nuestra equivocación. Por ejemplo: no es raro que la joven burguesita madrileña se enamore de un hombre por cierta soltura y como audacia que rezuma su persona. Siempre está sobre las circunstancias, presto a resolverlas con una frescura y un dominio que maravillan y que proceden, en definitiva, de una absoluta falta de respeto a todo lo divino y lo humano. No se puede negar que tal elasticidad de movimientos da a este tipo de varón una gracia de primer pronto que suele faltar a caracteres más profundos. Es, en resolución, el tipo de «calavera»[79]. La muchacha se enamora, pues, del calavera antes de que ejecute sus calaveradas. Poco después, el marido le empeña las joyas y la abandona. Las personas amigas consuelan a la damita sin ventura por su «equivocación»; pero en el último fondo de su conciencia sabe ésta muy bien que no hubo tal, que una sospecha de tales posibilidades sintió desde el principio, y que esa sospecha era un ingrediente de su amor, lo que le «sabía» mejor en aquel hombre.

Creo que necesitamos ir reformando las ideas tópicas sobre este magnífico sentimiento, porque anda, sobre todo en nuestra península, muy entontecido el amor. Resorte espléndido de la vitalidad humana —que, después de todo, no cuenta con muchos—, conviene ponerlo a punto y libertarlo de torpes adherencias. Seamos, pues, parcos en acudir a la idea de la «equivocación» siempre que se intenta aclarar el drama frecuente del erotismo. Y deploro que el discreto anónimo de Córdoba, en nueva comunicación, se acoja al pensamiento de que nos enamora la «proporcionalidad física» de otro ser, y como bajo un mismo tipo físico «se dan las psiques más distintas y hasta opuestas», sobrevienen los errores y resulta imposible afirmar una afinidad entre el objeto amado y la índole del amante. El caso es que en su primera carta este cortés paisano de Averroes reconocía que en los gestos y fisonomía de una persona transparece su ser íntimo. Siento mucho no poder aceptar esa separación entre lo físico y lo psíquico, que es otra gran manía de la época pasada. Es falso, de toda falsedad, que veamos «sólo» un cuerpo cuando vemos ante nosotros una figura humana. ¡Como si luego, por un acto mental nuevo y posterior, añadiésemos mágicamente y no se sabe cómo a ese objeto material una psique tomada no se sabe de dónde![80]. Lejos de acontecer así las cosas, ocurre que nos cuesta gran trabajo separar y abstraer el cuerpo del alma, suponiendo que lo logremos. No sólo en la convivencia humana, sino aun en el trato con cualquiera otro ser viviente, la visión física de su forma es a la vez percepción psíquica de su alma o cuasi alma. En el aullido del perro percibimos su dolor, y en la pupila del tigre, su ferocidad. Por eso distinguimos la piedra y la máquina de la figura con carne. Carne es esencial y constitutivamente cuerpo físico cargado de electricidad psíquica; de carácter, en suma. Y el hecho de que a veces existan formas equívocas y erremos en la percepción del alma ajena no servirá, repito, para invalidar el acierto normal[81]. Al enfrontarnos con otra criatura de nuestra especie nos es, desde luego, revelada su condición íntima. Esta penetración de nuestro prójimo es mayor o menor, según sea nuestra nativa perspicacia. Sin ella no sería posible el más elemental trato y la social convivencia. Cada gesto y palabra que hiciéramos heriría a nuestro interlocutor. Y como nos percatamos del don auditivo cuando hablamos con un sordo, advertimos la existencia de esa intuición normal que el hombre tiene para sus semejantes cuando tropezamos con un indiscreto, con una persona sin «tacto»; expresión esta admirable, que alude a ese sentido de percepción espiritual con que parece palparse el alma ajena, tocar su perfil, la aspereza o suavidad de su carácter, etcétera. Lo que no podrá la mayor parte de las personas es «decir» cómo es el prójimo que tiene delante. Pero el que no pueda «decirlo» no implica que no lo esté viendo. «Decir» es expresarse en conceptos, y el concepto supone una actividad analítica, específicamente intelectual, que pocos individuos han ejercitado. El saber que se expresa en vocablos es superior al que se contenta con tener algo ante los ojos; pero éste también es un saber. Pruebe el lector a describir con palabras lo que en cualquier momento está viendo, y se sorprenderá de lo poco que puede «decir» sobre aquello que tan claramente tiene ante sí. Y, sin embargo, ese saber visual nos sirve para movernos entre las cosas, para diferenciarlas —por ejemplo: los diversos matices sin nombre de un color—, para buscarlas o evitarlas. En esta forma sutilísima actúa en nosotros la percepción que del prójimo tenemos, y muy especialmente en el caso del amor.

Sixty years ago, or more, men of science carefully tried out this point of view and aspired to construct a psychological mechanics. As always happens, their thoughts have taken a generation to reach the consciousness of the average cultured man, and now every new attempt to see things more exactly finds heads furnished with the outdated contraptions. Apart, then, from whether the thesis here insinuated be truth or error, it must necessarily clash with general currents of thought that carry an opposite direction. People have become accustomed to thinking that the events whose texture forms existence have no meaning, good or bad, but that they supervene through a mixture of chance and mechanical fatality.

Any idea that reduces the role of both ingredients in the destiny of the person and wants to discover in it an internal law, rooted in the character of the individual, will be for the time being rejected. A swarm of false observations —in this case, about the “loves” of our neighbors or our own— comes to block the passage by which it could penetrate the mind, be understood, and then be judged. Add to this the habitual misunderstandings, which almost always consist in spontaneous additions that the reader infuses into the author’s idea. To this kind belong the most numerous objections that I receive. Among these, in turn, the most frequent consists in pointing out that if we loved the woman whose person reflects our intimate way of being, the unhappiness that follows passion or is engendered within it itself would not be so frequent. Which suggests that these kind readers have arbitrarily joined to that affinity between the lover and his object sustained by me, that of a consequent happiness.

Now then: I believe that the one thing has nothing to do with the other. A man vain in his ultimate root —as the “aristocrats” of blood usually are, however fallen— will fall in love with a woman vain too. The consequence of this choice is, inevitably, unhappiness. Let us not confuse the consequences of the choice with the choice itself. At the same time I answer another lineage of very elementary, very obvious and, for that very reason, very reiterated objections. It is said that, in many cases, one or the other of the lovers has erred: he believed that his chosen one was one way and then it turns out to be another. Is not this one of the most repeated songs in the usual psychology of love? To believe it, the quid pro quo, the error, would be almost, almost the norm. Here our paths separate. I cannot, without a surfeit of reasons, accept any theory according to which human life, in one of its deepest and gravest activities —such as love—, turns out to be a pure and almost constant absurdity, a nonsense and an error.

I do not deny that these may sometimes occur, as happens in bodily vision, without that invalidating the accuracy of our sound perception. But if one insists on presenting error as a fact of normal frequency, I shall say that it seems to me false, originating from insufficient observation. Error, in most of the alleged cases, does not exist: the person is what it seemed from the start, only that afterwards the consequences of that way of being are suffered, and this is what we call our error. For example: it is not rare that the young Madrilenian bourgeoise should fall in love with a man for a certain ease and, as it were, audacity that his person exudes. He is always on top of circumstances, ready to resolve them with a freshness and a mastery that amaze and that proceed, in the end, from an absolute lack of respect for everything divine and human. It cannot be denied that such elasticity of movements gives this type of male a grace at first sight that deeper characters usually lack. He is, in short, the type of the “calavera”[79]. The girl falls in love, then, with the calavera before he carries out his rogueries. Shortly after, the husband pawns her jewels and abandons her. The friendly people console the unfortunate young lady for her “error”; but in the ultimate depth of her conscience she knows very well that there was none, that a suspicion of such possibilities she felt from the beginning, and that that suspicion was an ingredient of her love, what “tasted” best to her in that man.

I believe we need to go on reforming the stock ideas about this magnificent feeling, because love, especially in our peninsula, goes very besotted. A splendid spring of human vitality —which, after all, does not have many—, it is fitting to tune it up and free it from clumsy adherences. Let us, then, be sparing in resorting to the idea of “error” whenever one attempts to clarify the frequent drama of eroticism. And I deplore that the discreet anonymous writer of Córdoba, in a new communication, takes refuge in the thought that we are made to fall in love by the “physical proportionality” of another being, and as under one and the same physical type “the most distinct and even opposite psyches are given”, errors supervene and it becomes impossible to affirm an affinity between the beloved object and the lover’s nature. The fact is that in his first letter this courteous countryman of Averroes recognized that in the gestures and physiognomy of a person his intimate being transpires. I am very sorry not to be able to accept that separation between the physical and the psychic, which is another great mania of the past age. It is false, with all falsity, that we see “only” a body when we see before us a human figure. As if later, by a new and subsequent mental act, we magically and without knowing how added to that material object a psyche taken from nobody knows where![80] Far from things happening thus, it occurs that it costs us great labor to separate and abstract the body from the soul, supposing we achieve it. Not only in human coexistence, but even in dealing with any other living being, the physical vision of its form is at the same time psychic perception of its soul or quasi-soul. In the howl of the dog we perceive its pain, and in the pupil of the tiger, its ferocity. For that reason we distinguish the stone and the machine from the figure with flesh. Flesh is essentially and constitutively physical body charged with psychic electricity; with character, in sum. And the fact that sometimes equivocal forms exist and we err in the perception of another’s soul will not serve, I repeat, to invalidate normal accuracy[81]. When we confront another creature of our species its intimate condition is, from the start, revealed to us. This penetration of our neighbor is greater or lesser, according as our native perspicacity is. Without it the most elementary dealing and social coexistence would not be possible. Every gesture and word we made would wound our interlocutor. And as we become aware of the auditory gift when we speak with a deaf person, we notice the existence of that normal intuition that man has for his fellows when we stumble upon an indiscreet person, a person without “tact”; an admirable expression, which alludes to that sense of spiritual perception with which one seems to palpate another’s soul, to touch its profile, the roughness or smoothness of its character, etcetera. What most people will not be able to do is to “say” how the neighbor before them is. But that one cannot “say” it does not imply that one is not seeing it. “To say” is to express oneself in concepts, and the concept supposes an analytic, specifically intellectual activity, which few individuals have exercised. The knowledge that is expressed in words is superior to that which is content with having something before one’s eyes; but this too is a knowledge. Let the reader try to describe with words what he is seeing at any moment, and he will be surprised at how little he can “say” about that which he has so clearly before him. And, nevertheless, that visual knowledge serves us to move among things, to differentiate them —for example: the different nameless shades of a color—, to seek them or avoid them. In this most subtle form there acts in us the perception that we have of our neighbor, and very especially in the case of love.

Sessanta anni fa, o più, gli uomini di scienza saggiarono attentamente questo punto di vista e aspirarono a costruire una meccanica psicologica. Come sempre accade, i loro pensieri hanno tardato una generazione a giungere alla coscienza dell’uomo medio colto, e ora ogni nuovo tentativo di vedere più esattamente le cose trova le teste ammobiliate con i caduchi arnesi. A parte, dunque, che la tesi qui insinuata sia verità o errore, essa ha per forza da cozzare con correnti generali di pensiero che portano direzione opposta. Le genti si sono abituate a pensare che gli avvenimenti, la cui tessitura forma l’esistenza, non hanno senso, buono né cattivo, ma che sopravvengono per una mescolanza di caso e fatalità meccanica.

Ogni idea che riduca il ruolo di entrambi gli ingredienti nel destino della persona e voglia scoprire in questo una legge interna, radicata nel carattere dell’individuo, sarà per il momento respinta. Uno sciame di osservazioni false —in questo caso, sugli «amori» dei nostri vicini o sui propri— accorre a ostruire il passo per dove poteva penetrare nella mente, essere intesa e poi essere giudicata. Si aggiungano a ciò le cattive intelligenze abituali, che quasi sempre consistono in aggiunte spontanee che il lettore immette nell’idea dell’autore. A questo genere appartengono le più numerose obiezioni che ricevo. Tra queste, a loro volta, la più frequente sta nel far notare che se amassimo la donna la cui persona riflette il nostro intimo modo di essere, non sarebbe così frequente l’infelicità che segue alla passione o in essa stessa si genera. Il che suggerisce che questi amabili lettori hanno unito arbitrariamente a quella affinità tra l’amante e il suo oggetto da me sostenuta, quella di una felicità conseguente.

Ora bene: io credo che l’una cosa non abbia nulla a che vedere con l’altra. Un uomo vanitoso nella sua ultima radice —come sogliono esserlo gli «aristocratici» di sangue, per quanto decaduti— si innamorerà di una donna vanitosa anch’essa. La conseguenza di questa scelta è, inevitabilmente, l’infelicità. Non confondiamo le conseguenze della scelta con questa stessa. Al tempo stesso rispondo a un altro lignaggio di obiezioni molto elementari, molto ovvie e, perciò stesso, molto reiterate. Si dice che, in molti casi, l’uno o l’altro degli amanti si è sbagliato: credette che il suo eletto fosse in un modo e poi risulta essere in un altro. Non è questa una delle canzoni più ripetute nella usuale psicologia dell’amore? A crederla, sarebbe quasi, quasi la normalità il quid pro quo, l’errore. Qui si separano i nostri cammini. Io non posso, senza sazietà di ragioni, accettare teoria nessuna secondo la quale risulti che la vita umana, in una delle sue più profonde e gravi attività —come è l’amore—, sia un puro e quasi costante assurdo, uno sproposito e un errore.

Non nego che questi possano qualche volta prodursi, come accade nella visione corporale, senza che ciò invalidi l’azzeccamento della nostra percezione sana. Ma se si insiste nel presentare l’errore come un fatto di normale frequenza, dirò che mi sembra falso, oriundo di insufficiente osservazione. L’errore, nella maggior parte dei presunti casi, non esiste: la persona è ciò che parve da subito, soltanto che dopo si soffrono le conseguenze di quel modo di essere, ed è a questo che chiamiamo nostro errore. Per esempio: non è raro che la giovane borghesotta madrilena si innamori di un uomo per una certa scioltezza e come audacia che trasuda la sua persona. È sempre sopra le circostanze, pronto a risolverle con una freschezza e un dominio che meravigliano e che procedono, in definitiva, da un’assoluta mancanza di rispetto verso tutto il divino e l’umano. Non si può negare che tale elasticità di movimenti dà a questo tipo di maschio una grazia di primo acchito che suole mancare a caratteri più profondi. È, in conclusione, il tipo del «calavera»[79]. La ragazza si innamora, dunque, del calavera prima che egli esegua le sue calaverate. Poco dopo, il marito le impegna i gioielli e l’abbandona. Le persone amiche consolano la signorina sventurata per il suo «errore»; ma nel più profondo fondo della sua coscienza questa sa molto bene che non ci fu tale, che un sospetto di tali possibilità sentì dal principio, e che quel sospetto era un ingrediente del suo amore, ciò che «sapeva» meglio in quell’uomo.

Credo che abbiamo bisogno di andare riformando le idee topiche su questo magnifico sentimento, perché l’amore, soprattutto nella nostra penisola, va molto istupidito. Molla splendida della vitalità umana —che, dopo tutto, non conta su molte—, conviene metterla a punto e liberarla da goffe aderenze. Siamo, dunque, parchi nel ricorrere all’idea dell’«errore» ogni volta che si tenta di chiarire il dramma frequente dell’erotismo. E deploro che il discreto anonimo di Cordova, in nuova comunicazione, si accolga al pensiero che ci innamora la «proporzionalità fisica» di un altro essere, e come sotto un medesimo tipo fisico «si danno le psichi più distinte e fino opposte», sopravvengono gli errori e risulta impossibile affermare un’affinità tra l’oggetto amato e l’indole dell’amante. Il caso è che nella sua prima lettera questo cortese paesano di Averroè riconosceva che nei gesti e nella fisionomia di una persona traspare il suo essere intimo. Mi dispiace molto non poter accettare quella separazione tra lo fisico e lo psichico, che è un’altra gran mania dell’epoca passata. È falso, di tutta falsità, che vediamo «solo» un corpo quando vediamo davanti a noi una figura umana. Come se poi, per un atto mentale nuovo e posteriore, aggiungessimo magicamente e non si sa come a quell’oggetto materiale una psiche presa non si sa di dove![80]. Lungi dall’accadere così le cose, avviene che ci costa gran lavoro separare e astrarre il corpo dall’anima, supponendo che ci riusciamo. Non soltanto nella convivenza umana, ma anche nel tratto con qualsivoglia altro essere vivente, la visione fisica della sua forma è a un tempo percezione psichica della sua anima o quasi anima. Nell’ululato del cane percepiamo il suo dolore, e nella pupilla della tigre, la sua ferocia. Perciò distinguiamo la pietra e la macchina dalla figura con carne. Carne è essenzialmente e costitutivamente corpo fisico carico di elettricità psichica; di carattere, in somma. E il fatto che a volte esistano forme equivoche ed erriamo nella percezione dell’anima altrui non servirà, ripeto, a invalidare l’azzeccamento normale[81]. Nell’affrontarci con un’altra creatura della nostra specie ci è, senz’altro, rivelata la sua condizione intima. Questa penetrazione del nostro prossimo è maggiore o minore, secondo che sia la nostra nativa perspicacia. Senza di essa non sarebbe possibile il più elementare tratto e la sociale convivenza. Ogni gesto e parola che facessimo ferirebbe il nostro interlocutore. E come ci accorgiamo del dono auditivo quando parliamo con un sordo, avvertiamo l’esistenza di quella intuizione normale che l’uomo ha per i suoi simili quando inciampiamo in un indiscreto, in una persona senza «tatto»; espressione questa ammirevole, che allude a quel senso di percezione spirituale con cui sembra palparsi l’anima altrui, toccare il suo profilo, l’asprezza o morbidezza del suo carattere, eccetera. Ciò che non potrà la maggior parte delle persone è «dire» come è il prossimo che ha davanti. Ma che non possa «dirlo» non implica che non lo stia vedendo. «Dire» è esprimersi in concetti, e il concetto suppone un’attività analitica, specificamente intellettuale, che pochi individui hanno esercitato. Il sapere che si esprime in vocaboli è superiore a quello che si contenta di avere qualcosa davanti agli occhi; ma anche questo è un sapere. Provi il lettore a descrivere con parole ciò che in qualsiasi momento sta vedendo, e si sorprenderà di quanto poco possa «dire» su ciò che tanto chiaramente ha davanti a sé. E, tuttavia, quel sapere visuale ci serve per muoverci tra le cose, per differenziarle —per esempio: i diversi toni senza nome di un colore—, per cercarle o evitarle. In questa forma sottilissima agisce in noi la percezione che del prossimo abbiamo, e molto specialmente nel caso dell’amore.

No se repita, pues, tan tranquilamente como diciendo cosa clara y sencilla, que el hombre se enamora de la mujer «físicamente», o viceversa, y que luego sobreviene el choque con el carácter de quien amábamos. Lo que sí acontece es que algunas personas de uno y otro sexo se enamoran de un cuerpo como tal, pero esto revela precisamente su modo de ser específico. Es el carácter sensual del amante quien sugiere esta preferencia. Mas es preciso agregar que tal carácter se da con mucha menos frecuencia de lo que suele creerse. Sobre todo, en la mujer es rara tal condición. Por eso quien haya observado con algún cuidado el alma femenina pondrá en duda, como suceso normal, el entusiasmo erótico de la mujer por la belleza masculina. Y hasta puede predecirse qué tipos de mujer serán la excepción a esta regla. Helos aquí: primero, las mujeres de alma un poco masculina; segundo, las que desde luego han practicado sin limitaciones la vida sexual (prostitutas); tercero, las mujeres normales que tienen tras de sí una vida sexual plenamente ejercitada y llegan a la madurez; cuarto, las que por su constitución psicofisiológica vienen al mundo dotadas de «gran temperamento».

Estos cuatro tipos de mujer poseen una nota común que les hace coincidir en una marcada debilidad ante la belleza del varón. Como es notorio, el alma femenina es mucho más unitaria que la del hombre; es decir, que en el alma femenina se hallan menos separados unos elementos de otros que en la varonil. Así, es menos frecuente que en el hombre la disociación entre el placer sexual y el afecto o entusiasmo. En la mujer, aquél no se despierta sin éste tan fácilmente como en nosotros. Es preciso que haya algún motivo muy especial para que la sensualidad femenina se haga independiente y actúe por su cuenta y según su ley particular. Pues bien: en esos cuatro tipos de mujer se da el germen para que esa disociación de la sensualidad se produzca. En el primero, por la dosis de masculinidad que hay en ella; por tanto, de menor unitarismo, de nativa separación entre las distintas potencias. (La masculinidad en la mujer es uno de los temas más interesantes de la psicología humana y merecía un estudio aparte). En el segundo, la disociación se produce por el oficio mismo. Por eso, más que nadie, la prostituta es sensible al guapo (suponiendo que la prostituta no sea un caso peculiarísimo de masculinismo en la mujer). En el tercero, que es perfectamente normal, me refiero al hecho de que, como suele decirse, «los sentidos de la mujer tardan en despertar». La verdad es que tardan en hacerse independientes, y que sólo la mujer que ha hecho, aun dentro de todas las normas, una vida sexual prolongada y enérgica, llega efectivamente a manumitir su sensualidad. En el hombre, el exceso de imaginación puede sustituir para los efectos del desarrollo sexual al efectivo ejercicio. En la mujer —cuando no es masculina—, la imaginación suele ser paupérrima, y a este defecto conviene atribuir en buena parte la honestidad habitual de la hembra humana.

V

Si el amor es, en efecto, tan decisivamente elección como yo supongo, poseeremos en él, a la par, una ratio cognoscendi y una ratio essendi del individuo. Nos sirve de criterio y señal para conocer el subsuelo moral de éste, como, según el símil de Esquilo, los corchos flotando entre las espumas del mar anuncian la red que rasca el áspero fondo. Por otra parte, actúa causalmente en la biografía de la persona, trayendo a ella, al más íntimo centro de ella, seres de determinado tipo y eliminando los restantes. El amor modela de esta suerte el destino individual. Yo creo que no nos hacemos bien cargo de la enorme influencia que sobre el curso de nuestra vida ejercen nuestros amores. Porque al pronto pensamos sólo en los influjos más superficiales, aunque de aspecto más dramático —las «locuras» que por una mujer hace un hombre, o viceversa. Y como la mayor porción de nuestra vida, cuando no toda ella, se halla exenta de tales locuras, tendemos a escatimar la proporción de aquella influencia. Pero el caso es que ésta suele adoptar un cariz sutilísimo, especialmente la de una mujer, sobre la existencia de un hombre. Junta el amor a los individuos en convivencia tan estrecha y omnímoda, que no deja entre ellos distancia para que se perciba la reforma que uno sobre otro produce. Sobre todo, la influencia de la mujer es atmosférica y, por lo mismo, ubicua e invisible. No hay manera de prevenirla y evitarla. Penetra por los intersticios de la cautela y va actuando sobre el hombre amado como el clima sobre el vegetal. Sus modos radicales de sentir la existencia oprimen suave y continuamente las facciones de nuestra alma y acaban por transmitirle su peculiar alabeo.

Esto nos lleva a descubrir en la idea de que el amor es una elección profunda perspectivas importantes. Pues si en vez de referirnos al individuo en singular, proyectamos la doctrina sobre todos los individuos de una época —por ejemplo, de una generación—, tendremos lo siguiente: como siempre que se habla de muchedumbres, de masas, las extremas diferencias puramente individuales se contrarrestan y queda dominando cierto tipo medio de conducta; en este caso, cierto tipo medio de preferencia amorosa. Es decir: que cada generación prefiere un tipo general de varón y otro tipo general de mujer, o, lo que viene a ser lo mismo, cierto grupo de tipos en uno y otro sexo. Y siendo al cabo el matrimonio la forma más importante numéricamente de relación erótica, podemos decir que en cada época se casan mejor más mujeres de un cierto tipo que de los demás[82].

Como el individuo, cada generación revela en la elección de sus amores las corrientes subterráneas que la informan, hasta el punto que fuera uno de los ángulos más instructivos bajo el que pudiera tomarse la evolución humana intentar una historia de los tipos femeninos que sucesivamente han sido preferidos. Y como cada generación, cada raza va alquitarando un prototipo de feminidad que no se produce espontáneamente, sino que va siendo modelado en larga obra secular, a fuerza de coincidir la mayoría de los hombres en preferirlo. Así, un esquema cuidadoso e implacable de lo que es la archimujer española arrojaría pavorosas luces sobre las cavernas secretas del alma peninsular. Habría, claro está, que destacar su perfil merced a comparaciones con la archifrancesa, la archieslava, etcétera. Lo fecundo, en esto como en todo, es no creer que las cosas y los seres son lo que son porque sí y en virtud de pura generación espontánea. No; todo lo que es, lo que está ahí, lo que tiene una forma, sea la que sea, es producto de una fuerza, huella de una energía, síntoma de una actividad. En este sentido, todo ha sido hecho, y siempre es posible indagar cuál es la potencia que lo ha fraguado y que en esa obra deja para siempre la señal de sí misma. En el perfil moral de la mujer española quedan conservados los golpes de toda nuestra historia, como los martillazos quedan en el repujado de un cáliz.

Pero lo importante en la preferencia amorosa de una generación es su poder causal. Porque, evidentemente, del tipo de mujeres que ella elija depende, no sólo su existencia, sino, en buena parte, la del tiempo subsiguiente. En el hogar domina siempre el clima que la mujer trae y es. Por mucho que «mande» el hombre, su intervención en la vida familiar es discontinua, periférica y oficial. La casa es lo esencialmente cotidiano, lo continuo, la serie indefinida de los minutos idénticos, el aire habitual que los pulmones tenazmente recogen y devuelven. Este ambiente doméstico emana de la madre y envuelve desde luego a la generación de los hijos. Podrán éstos ser de los temperamentos y caracteres más diversos; pero inevitablemente se han ido desarrollando bajo la presión de aquel ambiente, nivel común sobre que han nacido, alisio perdurable que les ha impuesto peculiar curvatura. Una mínima diferencia en el modo de sentir la vida de la mujer preferida por los hombres de hoy, multiplicada por la constancia de su influjo y por el crecido número de hogares donde se repite, da como resultado una enorme modificación histórica a treinta años vista. En manera alguna pretendo que sea éste el único factor importante de la historia; pero sí que es uno de los más eficientes. Imagínese que el tipo general de mujer preferido por los muchachos de hoy sea un poco, muy poco, más dinámico que el amado por la generación de nuestros padres. Los hijos serán, desde luego, proyectados hacia una existencia un poco más audaz y emprendedora, más llena de apetitos y de ensayos. Por pequeño que sea el cambio de tendencia vital, ampliado sobre la vida media de toda la nación, traerá, ineludiblemente, una transformación gigantesca de España.

Let it not be repeated, then, so tranquilly as if saying a clear and simple thing, that man falls in love with woman “physically”, or vice versa, and that later the clash with the character of the one we loved supervenes. What does happen is that some persons of one and the other sex fall in love with a body as such, but this reveals precisely their specific way of being. It is the sensual character of the lover that suggests this preference. But it is necessary to add that such a character is given much less frequently than is usually believed. Above all, in woman such a condition is rare. Therefore whoever has observed with some care the feminine soul will doubt, as a normal occurrence, woman’s erotic enthusiasm for masculine beauty. And one can even predict what types of woman will be the exception to this rule. Here they are: first, women of a somewhat masculine soul; second, those who from the outset have practiced without limitations sexual life (prostitutes); third, normal women who have behind them a fully exercised sexual life and reach maturity; fourth, those who by their psychophysiological constitution come into the world endowed with “great temperament”.

These four types of woman possess a common note that makes them coincide in a marked weakness before the beauty of the male. As is well known, the feminine soul is much more unitary than that of man; that is, in the feminine soul one element is found less separated from others than in the masculine. Thus, the dissociation between sexual pleasure and affection or enthusiasm is less frequent than in man. In woman, the former does not awaken without the latter as easily as in us. It is necessary that there be some very special motive for feminine sensuality to become independent and act on its own account and according to its particular law. Well then: in those four types of woman there is given the germ for that dissociation of sensuality to be produced. In the first, by the dose of masculinity that is in her; therefore, of lesser unitarianism, of native separation between the distinct powers. (Masculinity in woman is one of the most interesting themes of human psychology and would deserve a separate study.) In the second, the dissociation is produced by the very trade. For that reason, more than anyone, the prostitute is sensitive to the handsome man (supposing that the prostitute is not a most peculiar case of masculinism in woman). In the third, which is perfectly normal, I refer to the fact that, as it is usually said, “woman’s senses are slow to awaken.” The truth is that they are slow to become independent, and that only the woman who has made, even within all norms, a prolonged and energetic sexual life, effectively comes to manumit her sensuality. In man, the excess of imagination can substitute for the effective exercise for the effects of sexual development. In woman —when she is not masculine— imagination is usually most meager, and to this defect it is fitting to attribute in large part the habitual honesty of the human female.

V

If love is, in effect, so decisively choice as I suppose, we shall possess in it, at the same time, a ratio cognoscendi and a ratio essendi of the individual. It serves us as criterion and sign to know his moral subsoil, as, according to Aeschylus’s simile, the corks floating among the foams of the sea announce the net that scrapes the rough bottom. On the other hand, it acts causally in the biography of the person, bringing into it, into its most intimate center, beings of a determined type and eliminating the rest. Love thus models the individual destiny. I believe that we do not fully realize the enormous influence that our loves exercise over the course of our life. Because at first we think only of the more superficial influences, although of more dramatic aspect —the “madnesses” that a man commits for a woman, or vice versa. And since the greater portion of our life, when not all of it, is exempt from such madnesses, we tend to stint the proportion of that influence. But the fact is that it usually adopts a most subtle guise, especially that of a woman, upon the existence of a man. Love joins individuals in so close and all-embracing coexistence that it leaves no distance between them for the reformation that one produces upon the other to be perceived. Above all, the influence of woman is atmospheric and, for that very reason, ubiquitous and invisible. There is no way to prevent and avoid it. It penetrates through the interstices of caution and goes acting upon the loved man as the climate upon the plant. Her radical ways of feeling existence gently and continuously oppress the features of our soul and end by transmitting to it their peculiar warping.

This leads us to discover in the idea that love is a deep choice important perspectives. For if instead of referring to the individual in the singular, we project the doctrine upon all the individuals of an age —for example, of a generation—, we shall have the following: as always when one speaks of crowds, of masses, the extreme purely individual differences counteract one another and there remains dominating a certain average type of conduct; in this case, a certain average type of amorous preference. That is: each generation prefers a general type of male and another general type of woman, or, which comes to the same thing, a certain group of types in one and the other sex. And being at last marriage the numerically most important form of erotic relationship, we can say that in each age more women of a certain type marry better than those of the others[82].

Like the individual, each generation reveals in the choice of its loves the subterranean currents that inform it, to the point that one of the most instructive angles under which human evolution could be taken would be to attempt a history of the feminine types that have successively been preferred. And as each generation, each race goes distilling a prototype of femininity that is not produced spontaneously, but that is being modeled in long secular work, by force of the majority of men coinciding in preferring it. Thus, a careful and implacable outline of what the Spanish arch-woman is would throw dreadful lights upon the secret caverns of the peninsular soul. There would, of course, be need to highlight her profile by means of comparisons with the arch-Frenchwoman, the arch-Slav, etcetera. What is fruitful, in this as in everything, is not to believe that things and beings are what they are just because, and by virtue of pure spontaneous generation. No; everything that is, that is there, that has a form, whatever it may be, is product of a force, trace of an energy, symptom of an activity. In this sense, everything has been made, and it is always possible to inquire which is the power that has forged it and that in that work leaves forever the mark of itself. In the moral profile of the Spanish woman all the blows of our whole history remain conserved, as the hammer strokes remain in the embossing of a chalice.

But the important thing in the amorous preference of a generation is its causal power. Because, evidently, on the type of women that it chooses depends, not only its existence, but, in large part, that of the subsequent time. In the home there always dominates the climate that the woman brings and is. However much the man “gives orders”, his intervention in family life is discontinuous, peripheral and official. The house is what is essentially everyday, the continuous, the indefinite series of identical minutes, the habitual air that the lungs tenaciously gather and return. This domestic atmosphere emanates from the mother and wraps, from the start, the generation of the children. These may be of the most diverse temperaments and characters; but inevitably they have been developing under the pressure of that atmosphere, common level upon which they have been born, lasting trade wind that has imposed on them a peculiar curvature. A minimal difference in the way of feeling life of the woman preferred by the men of today, multiplied by the constancy of her influence and by the increased number of homes where it is repeated, gives as result an enormous historical modification at thirty years’ view. In no way do I claim that this is the only important factor of history; but it is indeed one of the most efficient. Imagine that the general type of woman preferred by the young men of today were a little, very little, more dynamic than the one loved by the generation of our fathers. The children will be, from the start, projected toward a somewhat more audacious and enterprising existence, fuller of appetites and experiments. However small the change of vital tendency, amplified over the average life of the whole nation, it will bring, ineluctably, a gigantic transformation of Spain.

Non si ripeta, dunque, tanto tranquillamente come dicendo cosa chiara e semplice, che l’uomo si innamora della donna «fisicamente», o viceversa, e che poi sopravviene lo scontro con il carattere di chi amavamo. Quello che sì accade è che alcune persone dell’uno e dell’altro sesso si innamorano di un corpo come tale, ma questo rivela precisamente il loro modo di essere specifico. È il carattere sensuale dell’amante colui che suggerisce questa preferenza. Ma è necessario aggiungere che tale carattere si dà con molta meno frequenza di quanto suole credersi. Soprattutto, nella donna è rara tale condizione. Perciò chi abbia osservato con qualche cura l’anima femminile porrà in dubbio, come successo normale, l’entusiasmo erotico della donna per la bellezza maschile. E fino si può predire quali tipi di donna saranno l’eccezione a questa regola. Eccoli: primo, le donne di anima un po’ mascolina; secondo, quelle che senz’altro hanno praticato senza limitazioni la vita sessuale (prostitute); terzo, le donne normali che hanno dietro di sé una vita sessuale pienamente esercitata e giungono alla maturità; quarto, quelle che per la loro costituzione psicofisiologica vengono al mondo dotate di «gran temperamento».

Questi quattro tipi di donna possiedono una nota comune che li fa coincidere in una marcata debolezza davanti alla bellezza del maschio. Come è notorio, l’anima femminile è molto più unitaria di quella dell’uomo; cioè, che nell’anima femminile si trovano meno separati gli uni elementi dagli altri che in quella maschile. Così, è meno frequente che nell’uomo la dissociazione tra il piacere sessuale e l’affetto o entusiasmo. Nella donna, quello non si desta senza questo tanto facilmente quanto in noi. È necessario che ci sia qualche motivo molto speciale perché la sensualità femminile si faccia indipendente e agisca per conto suo e secondo la sua legge particolare. Ebbene: in quei quattro tipi di donna si dà il germe perché quella dissociazione della sensualità si produca. Nel primo, per la dose di mascolinità che c’è in lei; quindi, di minore unitarismo, di nativa separazione tra le distinte potenze. (La mascolinità nella donna è uno dei temi più interessanti della psicologia umana e meriterebbe uno studio a parte). Nel secondo, la dissociazione si produce per l’ufficio stesso. Perciò, più di chiunque, la prostituta è sensibile al bell’uomo (supponendo che la prostituta non sia un caso peculiarissimo di mascolinismo nella donna). Nel terzo, che è perfettamente normale, mi riferisco al fatto che, come suol dirsi, «i sensi della donna tardano a destarsi». La verità è che tardano a farsi indipendenti, e che soltanto la donna che ha fatto, pur dentro tutte le norme, una vita sessuale prolungata ed energica, giunge effettivamente a manomettere la sua sensualità. Nell’uomo, l’eccesso di immaginazione può sostituire agli effetti dello sviluppo sessuale l’effettivo esercizio. Nella donna —quando non è mascolina—, l’immaginazione suole essere poverissima, e a questo difetto conviene attribuire in buona parte l’onestà abituale della femmina umana.

V

Se l’amore è, in effetti, così decisivamente scelta come io suppongo, possiederemo in esso, a un tempo, una ratio cognoscendi e una ratio essendi dell’individuo. Ci serve di criterio e segnale per conoscere il sottosuolo morale di questo, come, secondo il simil di Eschilo, i sugheri galleggianti tra le schiume del mare annunciano la rete che raspa l’aspro fondo. D’altra parte, agisce causalmente nella biografia della persona, portando in essa, nel più intimo centro di essa, esseri di determinato tipo ed eliminando i restanti. L’amore modella in tal modo il destino individuale. Io credo che non ci facciamo bene carico dell’enorme influenza che sul corso della nostra vita esercitano i nostri amori. Perché al primo momento pensiamo soltanto agli influssi più superficiali, sebbene di aspetto più drammatico —le «pazzie» che per una donna fa un uomo, o viceversa. E siccome la maggior porzione della nostra vita, quando non tutta, si trova esente da tali pazzie, tendiamo a lesinare la proporzione di quella influenza. Ma il caso è che questa suole adottare un cariz sottilissimo, specialmente quella di una donna, sull’esistenza di un uomo. Congiunge l’amore gli individui in convivenza tanto stretta e omnimoda, che non lascia tra loro distanza perché si percepisca la riforma che l’uno sull’altro produce. Soprattutto, l’influenza della donna è atmosferica e, perciò stesso, ubicua e invisibile. Non c’è maniera di prevenirla ed evitarla. Penetra per gli interstizi della cautela e va agendo sull’uomo amato come il clima sul vegetale. I suoi modi radicali di sentire l’esistenza opprimono soavemente e continuamente le fattezze della nostra anima e finiscono per trasmetterle il suo peculiare incurvamento.

Questo ci porta a scoprire nell’idea che l’amore è una scelta profonda prospettive importanti. Perché se invece di riferirci all’individuo al singolare, proiettiamo la dottrina su tutti gli individui di un’epoca —per esempio, di una generazione—, avremo quanto segue: come sempre che si parla di moltitudini, di masse, le estreme differenze puramente individuali si contrappesano e resta dominando un certo tipo medio di condotta; in questo caso, un certo tipo medio di preferenza amorosa. Cioè: che ogni generazione preferisce un tipo generale di maschio e un altro tipo generale di donna, o, ciò che viene a essere lo stesso, un certo gruppo di tipi nell’uno e nell’altro sesso. Ed essendo in fin dei conti il matrimonio la forma più importante numericamente di relazione erotica, possiamo dire che in ogni epoca si sposano meglio più donne di un certo tipo che degli altri[82].

Come l’individuo, ogni generazione rivela nella scelta dei suoi amori le correnti sotterranee che la informano, fino al punto che sarebbe uno degli angoli più istruttivi sotto cui potesse prendersi l’evoluzione umana tentare una storia dei tipi femminili che successivamente sono stati preferiti. E come ogni generazione, ogni razza va alchimizzando un prototipo di femminilità che non si produce spontaneamente, ma che va essendo modellato in lunga opera secolare, a forza di coincidere la maggioranza degli uomini nel preferirlo. Così, uno schema accurato e implacabile di ciò che è l’archidonna spagnola getterebbe paurose luci sulle caverne segrete dell’anima peninsulare. Ci sarebbe, chiaro sta, da evidenziare il suo profilo mercé confronti con l’archifrancese, l’archislava, eccetera. Ciò che è fecondo, in questo come in tutto, è non credere che le cose e gli esseri sono ciò che sono perché sì e in virtù di pura generazione spontanea. No; tutto ciò che è, ciò che sta lì, ciò che ha una forma, sia quella che sia, è prodotto di una forza, orma di un’energia, sintomo di un’attività. In questo senso, tutto è stato fatto, e sempre è possibile indagare quale sia la potenza che l’ha forgiato e che in quell’opera lascia per sempre il segno di sé stessa. Nel profilo morale della donna spagnola restano conservati i colpi di tutta la nostra storia, come i martellate restano nel cesellato di un calice.

Ma l’importante nella preferenza amorosa di una generazione è il suo potere causale. Perché, evidentemente, dal tipo di donne che essa scelga dipende, non soltanto la sua esistenza, ma, in buona parte, quella del tempo susseguente. Nell’ambiente domestico domina sempre il clima che la donna porta ed è. Per molto che «comandi» l’uomo, il suo intervento nella vita familiare è discontinuo, periferico e ufficiale. La casa è l’essenzialmente quotidiano, il continuo, la serie indefinita dei minuti identici, l’aria abituale che i polmoni tenacemente raccolgono e restituiscono. Questo ambiente domestico emana dalla madre e avvolge senz’altro la generazione dei figli. Potranno questi essere dei temperamenti e caratteri più diversi; ma inevitabilmente si sono andati sviluppando sotto la pressione di quell’ambiente, livello comune su cui sono nati, aliseo perdurante che ha loro imposto peculiare curvatura. Una minima differenza nel modo di sentire la vita della donna preferita dagli uomini di oggi, moltiplicata per la costanza del suo influsso e per il cresciuto numero di focolari dove si ripete, dà come risultato un’enorme modificazione storica a trent’anni di vista. In nessuna maniera pretendo che sia questo l’unico fattore importante della storia; ma sì che è uno dei più efficienti. S’immagini che il tipo generale di donna preferito dai ragazzi di oggi sia un poco, molto poco, più dinamico di quello amato dalla generazione dei nostri padri. I figli saranno, senz’altro, proiettati verso un’esistenza un po’ più audace e intraprendente, più piena di appetiti e di esperimenti. Per piccolo che sia il cambiamento di tendenza vitale, ampliato sulla vita media di tutta la nazione, porterà, ineluttabilmente, una trasformazione gigantesca della Spagna.

Nótese que lo decisivo en la historia de un pueblo es el hombre medio. De lo que él sea depende el tono del cuerpo nacional. Con ello no quiero, ni mucho menos, negar a los individuos egregios, a las figuras excelsas, una intervención poderosa en los destinos de una raza. Sin ellos no habrá nada que merezca la pena. Pero, cualquiera que sea su excelsitud y su perfección, no actuarán históricamente sino en la medida que su ejemplo e influjo impregne al hombre medio. ¡Qué le vamos a hacer! La historia es, sin remisión, el reino de lo mediocre. La Humanidad sólo tiene de mayúscula la hache con que la decoramos tipográficamente. La genialidad mayor se estrella contra la fuerza ilimitada de lo vulgar. El planeta está, al parecer, fabricado para que el hombre medio reine siempre. Por eso lo importante es que el nivel medio sea lo más elevado posible. Y lo que hace magníficos a los pueblos no es primariamente sus grandes hombres, sino la altura de los innumerables mediocres. Claro es que, a mi juicio, el nivel medio no se elevará nunca sin la existencia de ejemplares superiores, modelos que atraigan hacia lo alto la inercia de las muchedumbres. Por tanto, la intervención del grande hombre es sólo secundaria e indirecta. No son ellos la realidad histórica, y puede ocurrir que un pueblo posea geniales individuos sin que por ello la nación valga históricamente más. Esto acontece siempre que la masa es indócil a esos ejemplares, no les sigue, no se perfecciona.

Es curioso que los historiadores, hasta hace poco, se ocupasen exclusivamente de lo extraordinario, de los hechos sorprendentes, y no advirtiesen que todo eso posee sólo un valor anecdótico, o, a lo sumo, parcial y que la realidad en historia es precisamente lo cotidiano, océano inmenso en que su vasta dimensión anega todo lo insólito y sobresaliente.

Ahora bien: donde lo cotidiano gobierna es siempre un factor de primer orden la mujer, cuya alma es en un grado extremo cotidiana. El hombre tiende siempre más a lo extraordinario; por lo menos sueña con la aventura y el cambio, con situaciones tensas, difíciles, originales. La mujer, por el contrario, siente una fruición verdaderamente extraña por la cotidianeidad. Se arrellana en el hábito inveterado y, como pueda, hará de hoy un ayer. Siempre me ha parecido una tontería lo de souvent femme varie, opinión formada atropelladamente por el hombre enamorado con quien la mujer juega un rato. Pero el punto de vista del galanteador es de muy reducido horizonte. Cuando se contempla a la mujer desde mayor distancia y con serena retina, con mirada de zoólogo, se ve con sorpresa que tiende superlativamente a demorar en lo que está, a arraigar en el uso, en la idea, en la faena donde ha sido colocada; a hacer, en suma, de todo costumbre. Y resulta conmovedora la mala inteligencia persistente que entre uno y otro sexo existe a este respecto: el hombre va a la mujer como a una fiesta y a un frenesí, como a un éxtasis que rompa la monotonía de la existencia, y encuentra casi siempre un ser que sólo es feliz ocupado en faenas cotidianas, sea en zurcir la ropa blanca, sea en acudir al dancing. Tanto es así que, con gran sorpresa por cierto, los etnógrafos nos muestran que el trabajo fue inventado por la mujer; el trabajo, es decir, la faena diaria y forzosa, frente a la empresa, el discontinuo esfuerzo deportivo y la aventura. Por eso es la mujer quien crea los oficios: es la primera agricultora, colectora y ceramista. (Siempre me ha extrañado que en un ensayo de Gregorio Marañón titulado Sexo y trabajo, no se cuente con este hecho, tan elemental y notorio).

Cuando se entrevé en lo cotidiano la fuerza dominante de la historia, llega uno a comprender el gigantesco influjo de lo femenino en los destinos étnicos y preocupa sobremanera qué tipo de mujer haya sobresalido en el pasado de nuestro pueblo y cuál sea el que en nuestro tiempo comienza a ser preferido. Comprendo, sin embargo, que esta preocupación no sea frecuente entre nosotros, porque, al hablar de la mujer española, se resuelve todo recordando la presunta herencia de los árabes y la intervención del cura. No discutamos ahora la porción de verdad que en semejante tesis resida. Mi objeción a ella es previa y consiste en hacer notar que, suponiendo verídicos estos dos agentes del tipo femenino español, resultaría éste producido exclusivamente por el influjo varonil, y, por tanto, que esa tesis no recela siquiera el influjo recíproco de la mujer sobre sí misma y sobre la historia nacional.

VI

¿Cuál ha sido el tipo de mujer preferido en España por la generación anterior a nosotros? ¿Cuál el que nosotros hemos amado? ¿Cuál el que presumiblemente va a elegir la nueva generación? Tema sutil, delicado, comprometido, como deben ser los temas sobre que se escribe. ¿Para qué escribir, si no se da a esta operación, demasiado fácil, de empujar una pluma sobre un papel cierto riesgo tauromáquico y no nos acercamos a asuntos peligrosos, ágiles, bicornes? En este caso, además, se trata de una cuestión sobremanera importante, y es incomprensible que ella u otras parejas no sean más frecuentemente tratadas. Se discute largamente una ley financiera o un reglamento de circulación, y, en cambio, no se comentan ni analizan las tendencias sentimentales que llevan como en brazos la vida íntegra de nuestros contemporáneos. Y, sin embargo, del tipo de mujer predominante dependen, en no escasa medida, las instituciones políticas. Es ciego quien no encuentre una estrecha correlación entre el Parlamento español de 1910, por ejemplo, y el tipo de mujer que los políticos de entonces habían alojado en su domesticidad. Yo quisiera escribir sobre todo esto, aun previendo que habré de errar en las nueve décimas partes de mi juicio. Pero este sacrificio de equivocarse lealmente es casi la única virtud pública que el escritor, como tal, puede ofrecer a sus convecinos. Lo demás son vanos gestos de plazuela o velador de café, módicos heroísmos que no nacen del órgano peculiar a su oficio: la inteligencia. (Desde hace diez años, muchos escritores españoles buscan en la política el pretexto para no ser inteligentes). Mas antes de ensayar el diseño de esos perfiles femeninos dominantes en esta época española —intento a que conviene un estudio aparte—, quiero llevar a su última consecuencia de gran radio esta idea de la elección en amor.

Al pasar del individuo singular a la masa de una generación, la elección amorosa se ha convertido en selección, y nuestra idea desemboca en el gran pensamiento de Darwin —la selección sexual—, potencia gigante que contribuye a la forja de nuevas formas biológicas. Es de notar que este magnífico pensamiento no ha podido aplicarse fecundamente a la historia humana: quedaba recluido en el corral, en el redil y en la selva. Le faltaba una rueda para funcionar como idea histórica. La historia humana es un drama interior: pasa dentro de las almas. Y era menester trasponer a ese íntimo escenario la selección sexual. Ahora veremos que en el hombre esta selección se hace por elección, y que esta elección va regida por ideales profundos, fermentados en lo más subterráneo de la persona.

A la idea de Darwin le faltaba esta rueda y le sobra otra: en la selección sexual eran elegidos, preferidos, los mejor adaptados. Esta idea de la adaptación es la rueda que sobra. Como es sabido, se trata de un pensamiento vago, impreciso. ¿Cuándo un organismo está especialmente bien adaptado? ¿No lo están todos, salvo los enfermos? ¿No puede decirse, por otra parte, que no lo está plenamente ninguno?, etcétera, etcétera. Y no es que yo abomine del principio de adaptación, sin el cual no es posible manejarse en biología. Pero es preciso darle formas mucho más complejas y sinuosas que las que le dio Darwin, y, sobre todo, es preciso dejarlo en un puesto secundario. Porque es falso definir la vida como adaptación. Sin un mínimum de ésta no es posible vivir; pero lo sorprendente de la vida es que crea formas audaces, atrevidísimas, primariamente inadaptadas, las cuales, no obstante, se las arreglan para acomodarse a un mínimum de condiciones y logran sobrevivir. De suerte, que toda especie viviente puede y debe ser estudiada desde dos caras opuestas: como lujoso fenómeno de inadaptación y capricho y como ingenioso mecanismo de adaptación. Diríase que la vida en cada especie se plantea un problema de aspecto insoluble para darse el gusto de resolverlo, generalmente con riqueza y elegancia. Tanto, que estudiando las formas vivientes mira uno en derredor, a lo ancho del Cosmos, buscando el espectador entendido en vista de cuyo aplauso se toma todo este trabajo, alegre, la Naturaleza.

Note that what is decisive in the history of a people is the average man. On what he is depends the tone of the national body. With this I do not wish, by no means, to deny to the eminent individuals, to the exalted figures, a powerful intervention in the destinies of a race. Without them there will be nothing worth while. But, whatever their exaltation and their perfection, they will not act historically except in the measure that their example and influence impregnates the average man. What are we to do! History is, without remission, the kingdom of the mediocre. Humanity has of uppercase only the H with which we decorate it typographically. The greatest genius dashes against the limitless force of the vulgar. The planet is, it seems, manufactured so that the average man may reign always. Therefore the important thing is that the average level be as high as possible. And what makes peoples magnificent is not primarily their great men, but the height of the innumerable mediocre. Clearly, in my judgment, the average level will never be raised without the existence of superior exemplars, models that attract toward the heights the inertia of the multitudes. Therefore, the intervention of the great man is only secondary and indirect. They are not the historical reality, and it can happen that a people possesses genial individuals without the nation thereby being worth historically more. This happens whenever the mass is indocile to those exemplars, does not follow them, does not perfect itself.

It is curious that historians, until recently, occupied themselves exclusively with the extraordinary, with surprising facts, and did not notice that all of that possesses only an anecdotal value, or, at most, partial and that the reality in history is precisely the everyday, immense ocean in which its vast dimension drowns all that is unusual and outstanding.

Now then: where the everyday governs, woman is always a factor of the first order, whose soul is to an extreme degree everyday. Man always tends more toward the extraordinary; at least he dreams of adventure and change, of tense, difficult, original situations. Woman, on the contrary, feels a truly strange fruition for everydayness. She settles into the inveterate habit and, as she can, will make of today a yesterday. It has always seemed to me a stupidity that souvent femme varie, an opinion formed hurriedly by the enamored man with whom the woman plays a while. But the point of view of the gallant is of very reduced horizon. When woman is contemplated from greater distance and with a serene retina, with the gaze of a zoologist, one sees with surprise that she tends superlatively to linger in what she is, to take root in the use, in the idea, in the task where she has been placed; to make, in sum, of everything custom. And the persistent misunderstanding that exists between one and the other sex in this regard is moving: man goes to woman as to a feast and a frenzy, as to an ecstasy that breaks the monotony of existence, and finds almost always a being who is happy only occupied in everyday tasks, be it in darning the white linen, be it in going to the dance hall. So much is this so that, with great surprise to be sure, the ethnographers show us that work was invented by woman; work, that is, the daily and forced task, as opposed to the enterprise, the discontinuous sporting effort and the adventure. For that reason it is woman who creates the trades: she is the first agriculturist, collector and ceramist. (It has always amazed me that in an essay of Gregorio Marañón entitled Sex and Work, this fact, so elementary and notorious, is not counted on).

When one glimpses in the everyday the dominant force of history, one comes to understand the gigantic influence of the feminine in ethnic destinies and one is excessively concerned with what type of woman has excelled in the past of our people and which is the one that in our time begins to be preferred. I understand, however, that this concern is not frequent among us, because, in speaking of the Spanish woman, everything is resolved by recalling the presumed inheritance of the Arabs and the intervention of the priest. Let us not now discuss the portion of truth that may reside in such a thesis. My objection to it is prior and consists in pointing out that, supposing these two agents of the Spanish feminine type to be truthful, the latter would result produced exclusively by the masculine influence, and, therefore, that this thesis does not even suspect the reciprocal influence of woman upon herself and upon national history.

VI

What has been the type of woman preferred in Spain by the generation before us? Which the one we have loved? Which the one that presumably the new generation is going to choose? Subtle, delicate, committed subject, as the subjects on which one writes should be. What is the point of writing, if one does not give to this operation, too easy, of pushing a pen over a paper a certain tauromachic risk and we do not approach dangerous, agile, bicorn subjects? In this case, moreover, it is a question of an exceedingly important matter, and it is incomprehensible that it or other similar ones should not be more frequently treated. A financial law or a traffic regulation is long discussed, and, on the other hand, the sentimental tendencies that carry as in their arms the whole life of our contemporaries are not commented upon or analyzed. And, nevertheless, on the predominant type of woman depend, in no small measure, the political institutions. He is blind who does not find a close correlation between the Spanish Parliament of 1910, for example, and the type of woman that the politicians of then had lodged in their domesticity. I should like to write about all of this, even foreseeing that I shall have to err in nine tenths of my judgment. But this sacrifice of erroring loyally is almost the only public virtue that the writer, as such, can offer to his fellow citizens. The rest are vain gestures of the little square or the café table, modest heroisms that are not born from the organ peculiar to his office: intelligence. (For ten years, many Spanish writers have sought in politics the pretext for not being intelligent.) But before attempting the design of those dominant feminine profiles in this Spanish age —an attempt for which a separate study is fitting—, I want to carry to its final consequence of great radius this idea of choice in love.

In passing from the singular individual to the mass of a generation, the amorous choice has become selection, and our idea runs into the great thought of Darwin —sexual selection—, giant power that contributes to the forging of new biological forms. It is to be noted that this magnificent thought has not been able to be fruitfully applied to human history: it remained confined to the barnyard, to the fold and to the jungle. It lacked a wheel to function as a historical idea. Human history is an inner drama: it passes inside souls. And it was necessary to transpose sexual selection to that intimate stage. Now we shall see that in man this selection is made by choice, and that this choice is governed by deep ideals, fermented in the most subterranean part of the person.

Darwin’s idea lacked this wheel and had another too many: in sexual selection the best adapted were chosen, preferred. This idea of adaptation is the wheel that is left over. As is known, it is a vague, imprecise thought. When is an organism especially well adapted? Are not all, save the sick? Can it not be said, on the other hand, that none is fully so?, etcetera, etcetera. And it is not that I abominate the principle of adaptation, without which it is not possible to manage in biology. But it is necessary to give it much more complex and sinuous forms than those that gave Darwin, and, above all, it is necessary to leave it in a secondary place. Because it is false to define life as adaptation. Without a minimum of it, it is not possible to live; but what is surprising about life is that it creates bold, most daring, primarily non-adapted forms, which, nevertheless, manage to accommodate themselves to a minimum of conditions and succeed in surviving. In such a way, every living species can and must be studied from two opposite faces: as a luxurious phenomenon of non-adaptation and caprice and as an ingenious mechanism of adaptation. One would say that life in each species sets itself a problem of insoluble aspect in order to give itself the pleasure of solving it, generally with richness and elegance. So much so, that in studying living forms one looks around, across the breadth of the Cosmos, seeking the knowledgeable spectator in view of whose applause Nature takes, cheerful, all this labor.

Si noti che ciò che è decisivo nella storia di un popolo è l’uomo medio. Da ciò che egli sia dipende il tono del corpo nazionale. Con ciò non voglio, né molto meno, negare agli individui egregi, alle figure eccelse, un intervento potente nei destini di una razza. Senza di loro non ci sarà nulla che valga la pena. Ma, qualunque sia la loro eccellenza e la loro perfezione, non agiranno storicamente se non nella misura in cui il loro esempio e influsso impregni l’uomo medio. Che ci dobbiamo fare! La storia è, senza remissione, il regno del mediocre. L’Umanità ha di maiuscola soltanto l’acca con cui la decoriamo tipograficamente. La genialità maggiore si infrange contro la forza illimitata del volgare. Il pianeta è, a quanto pare, fabbricato perché l’uomo medio regni sempre. Perciò l’importante è che il livello medio sia il più elevato possibile. E ciò che rende magnifici i popoli non è primariamente i loro grandi uomini, ma l’altezza degli innumerevoli mediocri. Chiaro è che, a mio giudizio, il livello medio non si eleverà mai senza l’esistenza di esemplari superiori, modelli che attraggano verso l’alto l’inerzia delle moltitudini. Perciò, l’intervento del grande uomo è soltanto secondario e indiretto. Non sono essi la realtà storica, e può accadere che un popolo possieda individui geniali senza che per questo la nazione valga storicamente di più. Questo accade ogni volta che la massa è indocile a quegli esemplari, non li segue, non si perfeziona.

È curioso che gli storici, fino a poco fa, si occupassero esclusivamente dello straordinario, dei fatti sorprendenti, e non avvertissero che tutto ciò possiede soltanto un valore aneddotico, o, al massimo, parziale e che la realtà in storia è precisamente il quotidiano, oceano immenso in cui la sua vasta dimensione anega tutto l’insolito e il sopraelevato.

Ora bene: dove il quotidiano governa è sempre un fattore di prim’ordine la donna, la cui anima è in grado estremo quotidiana. L’uomo tende sempre di più allo straordinario; per lo meno sogna con l’avventura e il cambiamento, con situazioni tese, difficili, originali. La donna, al contrario, sente una fruizione veramente strana per la quotidianità. Si accomoda nell’abito inveterato e, come può, farà di oggi un ieri. Sempre mi è parso una sciocchezza quel souvent femme varie, opinione formata precipitosamente dall’uomo innamorato con cui la donna gioca un po’. Ma il punto di vista del corteggiatore è di orizzonte molto ridotto. Quando si contempla la donna da maggiore distanza e con retina serena, con sguardo di zoologo, si vede con sorpresa che tende superlatamente a indugiare in ciò che sta, a radicarsi nell’uso, nell’idea, nella faccenda dove è stata collocata; a fare, in somma, di tutto consuetudine. E risulta commovente la cattiva intelligenza persistente che tra l’uno e l’altro sesso esiste a questo riguardo: l’uomo va alla donna come a una festa e a un furore, come a un’estasi che rompa la monotonia dell’esistenza, e trova quasi sempre un essere che è felice soltanto occupato in faccende quotidiane, sia nel rammendare la biancheria, sia nell’accorrere al dancing. Tanto è così che, con gran sorpresa per vero, gli etnografi ci mostrano che il lavoro fu inventato dalla donna; il lavoro, cioè, la faccenda diaria e forzosa, di fronte all’impresa, il discontinuo sforzo sportivo e l’avventura. Perciò è la donna colei che crea i mestieri: è la prima agricoltrice, collettrice e ceramista. (Sempre mi ha stupito che in un saggio di Gregorio Marañón intitolato Sesso e lavoro, non si conti con questo fatto, tanto elementare e notorio).

Quando si intravede nel quotidiano la forza dominante della storia, si giunge a comprendere il gigantesco influsso del femminile nei destini etnici e preoccupa oltremodo quale tipo di donna sia eccelso nel passato del nostro popolo e quale sia quello che nel nostro tempo comincia a essere preferito. Comprendo, tuttavia, che questa preoccupazione non sia frequente tra noi, perché, parlando della donna spagnola, si risolve tutto ricordando la presunta eredità degli arabi e l’intervento del curato. Non discutiamo ora la porzione di verità che in siffatta tesi risieda. La mia obiezione ad essa è previa e consiste nel far notare che, supponendo veridici questi due agenti del tipo femminile spagnolo, risulterebbe questo prodotto esclusivamente dall’influsso maschile, e, quindi, che quella tesi non sospetta nemmeno l’influsso reciproco della donna su sé stessa e sulla storia nazionale.

VI

Quale è stato il tipo di donna preferito in Spagna dalla generazione anteriore a noi? Quale quello che noi abbiamo amato? Quale quello che presumibilmente sceglierà la nuova generazione? Tema sottile, delicato, compromettente, come devono essere i temi su cui si scrive. A che scrivere, se non si dà a questa operazione, troppo facile, di spingere una penna su un foglio un certo rischio tauromachico e non ci avviciniamo ad argomenti pericolosi, agili, bicorni? In questo caso, inoltre, si tratta di una questione oltremodo importante, ed è incomprensibile che essa o altre simili non siano più frequentemente trattate. Si discute lungamente una legge finanziaria o un regolamento di circolazione, e, invece, non si commentano né si analizzano le tendenze sentimentali che portano come in braccio la vita integra dei nostri contemporanei. E, tuttavia, dal tipo di donna predominante dipendono, in non scarsa misura, le istituzioni politiche. È cieco chi non trovi una stretta correlazione tra il Parlamento spagnolo del 1910, per esempio, e il tipo di donna che i politici di allora avevano albergato nella loro domesticità. Io vorrei scrivere su tutto questo, pur prevedendo che dovrò errare nei nove decimi del mio giudizio. Ma questo sacrificio di sbagliarsi lealmente è quasi l’unica virtù pubblica che lo scrittore, come tale, può offrire ai suoi concittadini. Il resto sono vani gesti di piazzetta o di tavolino da caffè, modici eroismi che non nascono dall’organo peculiare al suo ufficio: l’intelligenza. (Da dieci anni, molti scrittori spagnoli cercano nella politica il pretesto per non essere intelligenti). Ma prima di provare il disegno di quei profili femminili dominanti in quest’epoca spagnola —intento a cui conviene uno studio a parte—, voglio portare alla sua ultima conseguenza di grande raggio questa idea della scelta in amore.

Nel passare dall’individuo singolare alla massa di una generazione, la scelta amorosa si è convertita in selezione, e la nostra idea sbocca nel grande pensiero di Darwin —la selezione sessuale—, potenza gigante che contribuisce alla forgia di nuove forme biologiche. È da notare che questo magnifico pensiero non ha potuto applicarsi fecondamente alla storia umana: restava recluso nel cortile, nell’ovile e nella selva. Gli mancava una ruota per funzionare come idea storica. La storia umana è un dramma interiore: passa dentro le anime. Ed era necessario trasporre a quell’intimo scenario la selezione sessuale. Ora vedremo che nell’uomo questa selezione si fa per scelta, e che questa scelta va retta da ideali profondi, fermentati nella parte più sotterranea della persona.

All’idea di Darwin mancava questa ruota e gliene sopravanzava un’altra: nella selezione sessuale erano eletti, preferiti, i meglio adattati. Questa idea dell’adattamento è la ruota che sopravanza. Come è noto, si tratta di un pensiero vago, impreciso. Quando un organismo è specialmente ben adattato? Non lo sono tutti, salvo i malati? Non può dirsi, d’altra parte, che non lo sia pienamente nessuno?, eccetera, eccetera. E non è che io abbomini del principio di adattamento, senza il quale non è possibile maneggiarsi in biologia. Ma è necessario dargli forme molto più complesse e sinuose di quelle che gli diede Darwin, e, soprattutto, è necessario lasciarlo in un posto secondario. Perché è falso definire la vita come adattamento. Senza un minimo di questo non è possibile vivere; ma ciò che è sorprendente della vita è che crea forme audaci, ardimentose, primariamente inadattate, le quali, nonostante tutto, si arrangiano per accomodarsi a un minimo di condizioni e riescono a sopravvivere. Di maniera che ogni specie vivente può e deve essere studiata da due facce opposte: come lussuoso fenomeno di inadattamento e capriccio e come ingegnoso meccanismo di adattamento. Si direbbe che la vita in ogni specie si pianta un problema di aspetto insolubile per darsi il gusto di risolverlo, generalmente con ricchezza ed eleganza. Tanto, che studiando le forme viventi si guarda uno in giro, per l’ampiezza del Cosmo, cercando lo spettatore intenditore in vista del cui applauso si prende tutto questo lavoro, allegra, la Natura.

Ignoramos por completo cuáles sean los propósitos últimos que dirigen la selección sexual en la especie humana. Sólo podemos descubrir resultados parciales y hacernos algunas preguntas sabrosamente indiscretas. Por ejemplo, ésta: ¿ha sido en alguna época normal que la mujer prefiera al tipo mejor de hombre existente en ella? Apenas planteada la interrogación, entrevemos ya la grave dualidad: el hombre mejor para el hombre y el hombre mejor para la mujer no coinciden. Hay vehementes sospechas de que no han coincidido nunca.

Digámoslo con toda crudeza: a la mujer no le han interesado nunca los genios, como no fuera per accidens; es decir, cuando a lo genial de un hombre van adyacentes condiciones poco compatibles con la genialidad. Lo cierto es que las calidades que suelen estimarse más en el varón para los efectos del progreso y grandeza humanos no interesan nada eróticamente a la mujer. ¿Quiere decirme qué le importa a una mujer que un hombre sea un gran matemático, un gran físico, un gran político? Y así sucesivamente: todos los talentos y esfuerzos específicamente masculinos que han engendrado y engrosado la cultura y excitan el entusiasmo varonil son nulos para atraer por sí mismos a la mujer. Y si buscamos cuáles son, en cambio, las calidades que la enamoran, hallamos que son las menos fértiles para la perfección general de la especie, las que menos interesan a los hombres. El genio no es un «hombre interesante», según la mujer, y, viceversa, el «hombre interesante» no interesa a los hombres.

Un ejemplo extremo de esta ineficacia sobre la mujer aneja al grande hombre es Napoleón. Conocemos su vida minuto tras minuto; tenemos la lista completa de sus aproximaciones a la feminidad. No faltaba a Napoleón corrección corporal. De joven, su delgadez aguda le daba un aire grácil de fino zorro corso; luego se redondeó imperialmente, y su cabeza es una de las más hermosas desde el punto de vista masculino. Ello es que hasta su figura física ha exaltado el fervor y la fantasía de los artistas —pintores, escultores, poetas—, y bien podían las mujeres haberse también entusiasmado un poco. Pues nada de eso; con grandes probabilidades de decir la verdad, puede afirmarse que ninguna mujer se ha enamorado de Napoleón dueño del mundo; todas se sentían inquietas, desazonadas y mal a gusto cerca de él; todas pensaban lo que Josefina, más sincera, decía. Mientras el joven general, apasionado, hacía caer en su regazo joyas, millones, obras de arte, provincias, coronas, Josefina le engañaba con el primer bailarín que sobrevenía, y al recibir aquellos tesoros, sorprendida, exclamaba: «Il est drôle, ce Bonaparte», resbalando sobre la r y cargando sobre la l, como suelen las criollas francesas[83].

Es penoso advertir el desamparo de calor femenino en que han solido vivir los pobres grandes hombres. Diríase que el genio horripila a la mujer. Las excepciones subrayan más la plenitud del hecho. Éste, que es de suyo palmario, resulta más hiriente si se hace en él una operación de multiplicar exigida por la realidad. Me refiero a lo siguiente:

En el proceso del amor es preciso distinguir dos estadios cuya confusión enturbia desde el principio hasta el fin la psicología del erotismo. Para que una mujer se enamore de un hombre, o viceversa, es preciso que antes se fije en él. Este fijarse no es otra cosa que una condensación de la atención sobre la persona, merced a la cual queda ésta destacada y elevada sobre el plano común. No tiene aún tal favor atencional nada de amor, pero es una situación preliminar a él. Sin fijarse antes, no ha lugar el fenómeno amoroso, aunque puede éste no seguir a aquél. Claro es que la fijación crea una atmósfera tan favorable a la germinación de entusiasmo que lograrla equivale normalmente a un comienzo de amor. Pero es de suma importancia diferenciar ambos momentos, porque en ambos rigen principios diferentes. Un buen número de errores en psicología del amor provienen de confundir las calidades que «llaman la atención», y, por tanto, destacan favorablemente al individuo, con aquellas otras que propiamente enamoran. Las riquezas, por ejemplo, no es lo que se ama en un hombre; pero el hombre rico es destacado ante la mujer por su riqueza. Ahora bien: un hombre ilustre por sus talentos posee superior probabilidad de ser atendido por la mujer; de suerte que, si ésta no se enamora, es difícil la excusa. Tal es el caso del grande hombre, que generalmente goza de luminosa notoriedad. El despego que hacia él siente el sexo femenino debe, pues, ser multiplicado por este importante factor. La mujer desdeña al grande hombre concienzudamente, y no por azar o descuido.

Desde el punto de vista de la selección humana, este hecho significa que la mujer no colabora con su preferencia sentimental en el perfeccionamiento de la especie; al menos, en el sentido que los hombres atribuimos a éste. Tiende más bien a eliminar los individuos mejores, masculinamente hablando, a los que innovan y emprenden altas empresas, y manifiesta un decidido entusiasmo por la mediocridad. Cuando se ha pasado buena porción de la vida con la pupila alerta, observando el ir y venir de la mujer, no es fácil hacerse ilusiones sobre la norma de sus preferencias. Todo el buen deseo que a veces muestra de exaltarse por los hombres óptimos suele fracasar tristemente, y, en cambio, se la ve nadar a gusto, como en su elemento, cuando circula entre hombres mediocres.

Éste es el hecho que la observación apronta; mas no se crea que al formularlo va inclusa una censura al carácter normal de la mujer. Repito que los propósitos de la Naturaleza quedan superlativamente arcanos. ¿Quién sabe si a la postre conviene este despego de la mujer hacia lo mejor? Tal vez su papel en la mecánica de la historia es ser una fuerza retardataria frente a la turbulenta inquietud, al afán de cambio y avance que brota del alma masculina. Ello es que, tomando la cuestión con su más amplio horizonte y como zoológicamente, la tendencia general de los fervores femeninos parece resuelta a mantener la especie dentro de límites mediocres, a evitar la selección en el sentido de lo óptimo, a procurar que el hombre no llegue nunca a ser semidiós o arcángel.

Julio de 1927

We are completely ignorant of what are the ultimate purposes that direct sexual selection in the human species. We can only discover partial results and ask ourselves some savorously indiscreet questions. For example, this one: has it been normal in any age that woman prefer the best type of man existing in it? Barely is the question posed when we already glimpse the grave duality: the best man for man and the best man for woman do not coincide. There are vehement suspicions that they have never coincided.

Let us say it with all crudeness: woman has never been interested in geniuses, except per accidens; that is, when to a man’s genius there are adjacent conditions little compatible with genius. What is certain is that the qualities that are usually most esteemed in the male for the effects of human progress and greatness do not interest woman erotically at all. Will you tell me what it matters to a woman that a man be a great mathematician, a great physicist, a great politician? And so successively: all the specifically masculine talents and efforts that have engendered and swollen culture and excite masculine enthusiasm are null for attracting woman by themselves. And if we seek which are, on the other hand, the qualities that make her fall in love, we find that they are the least fertile for the general perfection of the species, the ones that least interest men. The genius is not an “interesting man”, according to woman, and, vice versa, the “interesting man” does not interest men.

An extreme example of this ineffacy upon woman annexed to the great man is Napoleon. We know his life minute by minute; we have the complete list of his approximations to femininity. Corporal correctness did not lack in Napoleon. As a youth, his acute thinness gave him a graceful air of a fine Corsican fox; then he rounded himself imperially, and his head is one of the most beautiful from the masculine point of view. The fact is that even his physical figure has exalted the fervor and fantasy of the artists —painters, sculptors, poets—, and well might the women also have gotten a little enthusiastic. Well, nothing of all that; with great probabilities of telling the truth, it can be affirmed that no woman has fallen in love with Napoleon, master of the world; all felt uneasy, discomposed and ill at ease near him; all thought what Joséphine, more sincere, said. While the young general, impassioned, made fall into her lap jewels, millions, works of art, provinces, crowns, Joséphine deceived him with the first dancer who came along, and upon receiving those treasures, surprised, exclaimed: “Il est drôle, ce Bonaparte”, sliding on the r and stressing the l, as French creoles are wont[83].

It is painful to note the lack of feminine warmth in which the poor great men have usually lived. One would say that genius horrifies woman. The exceptions underline more the fullness of the fact. This, which is of itself palpable, becomes more wounding if one performs on it an operation of multiplying demanded by reality. I refer to the following:

In the process of love it is necessary to distinguish two stages whose confusion clouds from the beginning to the end the psychology of eroticism. For a woman to fall in love with a man, or vice versa, it is necessary that she first fix on him. This fixing is nothing other than a condensation of attention upon the person, by virtue of which she remains highlighted and elevated above the common plane. Such attentional favor has as yet nothing of love, but it is a situation preliminary to it. Without first fixing, the amorous phenomenon does not take place, although it may not follow that. Clearly the fixing creates an atmosphere so favorable to the germination of enthusiasm that achieving it normally amounts to a beginning of love. But it is of the utmost importance to differentiate the two moments, because in both different principles govern. A good number of errors in the psychology of love come from confusing the qualities that “call attention”, and, therefore, favorably highlight the individual, with those others that properly make one fall in love. Riches, for example, are not what is loved in a man; but the rich man is highlighted before woman by his wealth. Now then: a man illustrious for his talents possesses a superior probability of being attended to by woman; so that, if she does not fall in love, the excuse is difficult. Such is the case of the great man, who generally enjoys luminous notoriety. The detachment that the feminine sex feels toward him must, then, be multiplied by this important factor. Woman disdains the great man conscientiously, and not by chance or neglect.

From the point of view of human selection, this fact means that woman does not collaborate with her sentimental preference in the perfecting of the species; at least, in the sense that we men attribute to it. She tends rather to eliminate the best individuals, masculinely speaking, those who innovate and undertake high enterprises, and manifests a decided enthusiasm for mediocrity. When one has passed a good portion of life with alert pupil, observing the going and coming of woman, it is not easy to delude oneself about the norm of her preferences. All the good desire that she sometimes shows of exalting herself for the best men usually fails sadly, and, on the other hand, she is seen swimming comfortably, as in her element, when she circulates among mediocre men.

This is the fact that observation offers; but let it not be believed that in formulating it there goes included a censure of the normal character of woman. I repeat that the purposes of Nature remain superlatively arcane. Who knows if in the end this detachment of woman toward the best is fitting? Perhaps her role in the mechanics of history is to be a retarding force in the face of the turbulent restlessness, the eagerness for change and advance that springs from the masculine soul. The fact is that, taking the question with its widest horizon and as it were zoologically, the general tendency of feminine fervors seems resolved to keep the species within mediocre limits, to avoid selection in the sense of the optimum, to see to it that man never comes to be a demigod or archangel.

July 1927

Ignoriamo per completo quali siano i propositi ultimi che dirigono la selezione sessuale nella specie umana. Soltanto possiamo scoprire risultati parziali e farci alcune domande saporitamente indiscrete. Per esempio, questa: è stata in qualche epoca normale che la donna preferisca il tipo migliore di uomo esistente in essa? A pena formulata l’interrogazione, intravediamo già la grave dualità: l’uomo migliore per l’uomo e l’uomo migliore per la donna non coincidono. Ci sono veementi sospetti che non siano mai coincisi.

Diciamolo con tutta crudezza: alla donna non sono mai interessati i geni, se non per accidens; cioè, quando alle qualità geniali di un uomo vanno adiacenti condizioni poco compatibili con la genialità. Il certo è che le qualità che sogliono stimarsi di più nel maschio agli effetti del progresso e grandezza umani non interessano nulla eroticamente alla donna. Vuole dirmi che importa a una donna che un uomo sia un grande matematico, un grande fisico, un grande politico? E così successivamente: tutti i talenti e sforzi specificamente maschili che hanno generato e ingrossato la cultura ed eccitano l’entusiasmo maschile sono nulli per attrarre da sé stessi la donna. E se cerchiamo quali sono, invece, le qualità che la innamorano, troviamo che sono le meno fertili per la perfezione generale della specie, le meno interessanti per gli uomini. Il genio non è un «uomo interessante», secondo la donna, e, viceversa, l’«uomo interessante» non interessa agli uomini.

Un esempio estremo di questa inefficacia sulla donna annessa al grande uomo è Napoleone. Conosciamo la sua vita minuto per minuto; abbiamo la lista completa delle sue approssimazioni alla femminilità. Non mancava a Napoleone correzione corporale. Da giovane, la sua acutezza gracile gli dava un’aria grazile di fine volpe corsa; poi si arrotondò imperialmente, e la sua testa è una delle più belle dal punto di vista maschile. È il caso che fino la sua figura fisica ha esaltato il fervore e la fantasia degli artisti —pittori, scultori, poeti—, e bene potevano le donne anche essersi entusiasmate un poco. Ma niente di tutto ciò; con grandi probabilità di dire la verità, può affermarsi che nessuna donna si è innamorata di Napoleone padrone del mondo; tutte si sentivano inquiete, scontente e mal a proprio agio vicino a lui; tutte pensavano ciò che Giuseppina, più sincera, diceva. Mentre il giovane generale, appassionato, faceva cadere nel suo grembo gioielli, milioni, opere d’arte, province, corone, Giuseppina lo tradiva con il primo ballerino che sopraggiungeva, e nel ricevere quei tesori, sorpresa, esclamava: «Il est drôle, ce Bonaparte», strisciando sulla r e caricando sulla l, come sogliono le creole francesi[83].

È penoso avvertire lo sgomento di calore femminile in cui sogliono vivere i poveri grandi uomini. Si direbbe che il genio raccapriccia la donna. Le eccezioni sottolineano di più la pienezza del fatto. Questo, che è di per sé palmare, risulta più pungente se si fa in esso un’operazione di moltiplicare esigita dalla realtà. Mi riferisco a quanto segue:

Nel processo dell’amore è necessario distinguere due stadi la cui confusione intorbida dal principio fino alla fine la psicologia dell’erotismo. Perché una donna si innamori di un uomo, o viceversa, è necessario che prima si fissi in lui. Questo fissarsi non è altra cosa che una condensazione dell’attenzione sulla persona, mercé la quale resta questa evidenziata ed elevata sopra il piano comune. Non ha ancora tale favore attenzionale nulla di amore, ma è una situazione preliminare ad esso. Senza fissarsi prima, non ha luogo il fenomeno amoroso, sebbene questo possa non seguire a quello. Chiaro è che la fissazione crea un’atmosfera tanto favorevole alla germinazione di entusiasmo che ottenerla equivale normalmente a un principio di amore. Ma è di somma importanza differenziare entrambi i momenti, perché in entrambi reggono principi diversi. Un buon numero di errori in psicologia dell’amore provengono dal confondere le qualità che «chiamano l’attenzione», e, quindi, evidenziano favorevolmente l’individuo, con quelle altre che propriamente innamorano. Le ricchezze, per esempio, non sono ciò che si ama in un uomo; ma l’uomo ricco è evidenziato davanti alla donna per la sua ricchezza. Ora bene: un uomo illustre per i suoi talenti possiede superiore probabilità di essere atteso dalla donna; di maniera che, se questa non si innamora, è difficile la scusa. Tale è il caso del grande uomo, che generalmente gode di luminosa notorietà. Il distacco che verso di lui sente il sesso femminile deve, dunque, essere moltiplicato per questo importante fattore. La donna disdegna il grande uomo coscienziosamente, e non per caso o disattenzione.

Dal punto di vista della selezione umana, questo fatto significa che la donna non collabora con la sua preferenza sentimentale al perfezionamento della specie; almeno, nel senso che gli uomini attribuiamo a questo. Tende piuttosto a eliminare gli individui migliori, mascolinamente parlando, quelli che innovano e intraprendono alte imprese, e manifesta un deciso entusiasmo per la mediocrità. Quando si è passata buona porzione della vita con la pupilla vigile, osservando l’andare e venire della donna, non è facile farsi illusioni sulla norma delle sue preferenze. Tutto il buon desiderio che a volte mostra di esaltarsi per gli uomini ottimi suole fallire tristemente, e, invece, la si vede nuotare a suo agio, come nel suo elemento, quando circola tra uomini mediocri.

Questo è il fatto che l’osservazione appronta; ma non si creda che nel formularlo vada inclusa una censura al carattere normale della donna. Ripeto che i propositi della Natura restano superlatamente arcani. Chi sa se in fin dei conti convenga questo distacco della donna verso il meglio? Forse il suo ruolo nella meccanica della storia è essere una forza ritardataria di fronte alla turbolenta inquietudine, all’ansia di cambiamento e avanzamento che sgorga dall’anima maschile. È il caso che, prendendo la questione con il suo più ampio orizzonte e come zoologicamente, la tendenza generale dei fervori femminili sembra risolta a mantenere la specie dentro limiti mediocri, a evitare la selezione nel senso dell’ottimo, a procurare che l’uomo non giunga mai a essere semidio o arcangelo.

Luglio di 1927