Ortega y Gasset
Abstract
A passage from a lecture on the Moroccan question: before deciding whether Spain should be in Morocco one must know what Spain and Morocco are, given that even the geographical ignorance of the Rif is scandalous. Topical politics, not philosophy.
Connections
Forme: lezione
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Con esto llegamos a un problema del cual no puedo menos de decir algo, por la enorme significación que tiene dentro de la atención española, y que, sin embargo, no puedo tocar de una manera suficiente por la absoluta escasez de tiempo: el problema de Marruecos.
Orientando como hemos orientado todos los temas de esta conferencia en la oposición de una época restauradora y una época que parece como que quiere venir, yo os diría que el problema de Marruecos se presenta, ante todo, como un síntoma ejemplar de cosas que ocurrieron en la Restauración: generales que van y vienen; victorias que lo son, pero que a algunos les parecen derrotas; una lluvia áurea de recompensas que el cordón de cierta real orden trae y lleva de lo más alto al último sargento.
El caso es que también la gente, como entonces, como en tiempos de Cuba, no sabe lo que pasa, no se forma esa noción modesta que hay que preparar, aun para las mínimas fortunas intelectuales del pueblo, de qué es lo que allí se hace.
Me es enojoso el empleo de palabras duras y excesivas; pero yo diría que es un poco escandalosa la ignorancia en que estamos de todo lo que se ha hecho, se puede hacer y conviene hacer en el problema de Marruecos. Por lo pronto, fuimos sin saber por qué fuimos. Esto puede tener dos sentidos: sin saberlo nosotros, los súbditos españoles, o sin saberlo los que nos llevaron; y no es saber por qué fuimos que se nos cite un texto o que se nos aluda a un posible texto de un Tratado internacional. Pero, además —ante un público reflexivo—, puedo advertir cómo esta frase de que fuimos sin saber por qué íbamos tiene otro tercer sentido. Se pone el problema y parece muy claro, en estos términos: ¿debimos ir o no a Marruecos, es decir, España a Marruecos? Todas las cavilaciones gravitan sobre el problema del deber ir o no deber ir, y se olvidan de que antes de resolver esta cuestión parcial es menester que sepamos bien si sabemos qué es España y qué es Marruecos, señores, porque la ignorancia de la realidad nacional, de sus posibilidades actuales, de los medios para poder organizar una mayor potencialidad histórica, y, de otro lado, el grado de ignorancia de lo que constituye nuestro problema marroquí, más aún, de lo que es Marruecos, hasta como problema científico, hasta en su conocimiento más abstracto, es verdaderamente increíble. Yo leí, y me produjo un gran pesar, en un rapport de un famoso geógrafo, publicado hace unos cuantos años, que sólo dos manchas hay desconocidas en el globo: una, Tibesti —un rinconcito del centro de África—, y la otra —¿creéis que era allá por Groenlandia?; no—, la otra era eso que está a la vera de España desde que el mundo es mundo, el Rif. De suerte que después de conocido todo el mundo, después que las otras razas han cumplido con su misión enviando a veces al otro extremo de la tierra sus exploradores, no hemos tenido la curiosidad de conquistar para Europa el conocimiento geográfico de esto que está junto a España, a dos dedos de España. De manera que, aparte de la ignorancia política y guerrera que podamos tener, es decir, la ignorancia de si nos conviene o no la guerra, etcétera, tenemos esta ignorancia mucho más básica, la ignorancia de lo que es Marruecos.
¿Y vamos a colonizarlo? Yo no digo que sí ni que no. Lo único que advierto es que, antes de resolver nada, es preciso conocer seriamente la situación, es preciso que nos propongamos estudiarla de un modo profundo y serio. Es muy fácil, para halagar a la muchedumbre exaltada, decir que se reembarquen las tropas, que vengan las tropas. Ésta es una idea que anda por el aire, y hay una porción de políticos que van a la carrera a ver si la atrapan y la pueden poner en su solapa para hacer de ella su programa político. Claro es; cualquiera puede recogerla; ¡es tan simple, supone tan pocos quebraderos de cabeza, está ahí!
¿Veis en qué dirección va mi odio a eso que llaman problemas políticos? Yo sostengo que en el mejor caso se trata de inicuas explotaciones en beneficio particular de pasiones inconscientes de las pobres ciegas muchedumbres hermanas.
Yo siento profunda aversión hacia toda guerra, simplemente por lo que tiene de guerra. Pero no voy a repetir en este asunto la postura ineficaz, soi-disant teórica, que censuraba en los republicanos cuanto a la forma de gobierno. Aspiraciones escatológicas, proyectos para un futuro ideal humano son las normas que han de orientar nuestras afirmaciones de política; pero no pueden nunca confundirse con éstas. Un ideal ético no es un ideal político. Mientras esto no se vea claro y no se reconozca su evidencia, la política será una hipocresía vergonzosa y un perpetuo engaño del prójimo y de nosotros mismos. Hay que deslindar ambos campos.
Que no haya guerras de ninguna clase es un tema santo de propaganda social, de humana religión, de cultura, pero no una posición política con sentido. En política sólo cabe oponerse a esta guerra, a aquella guerra, y, consecuentemente, oponerse por las razones concretas que en cada caso se den, no por la razón abstracta que existe, y que yo íntegramente reconozco y defiendo, contra toda guerra. Creo que es innecesario repetir por milésima vez, en esta coyuntura, las palabras célebres de Bebel en el Congreso Socialista de Essen.
Conclúyase, pues, la guerra esta; pero dígasenos por qué. Tal vez declarar los motivos que llevamos dentro contra esta guerra sea más útil para España que la conquista de medio continente. Pero no se concluya la guerra por la misma razón que se comenzó: porque sí. Ya que no sabíamos por qué fuimos, sepamos por qué volvemos.
Acaso muchas de las razones corrientes contra esta guerra no sean tales razones contra esta guerra, sino manifestaciones de un cierto estado de espíritu, innegablemente muy generalizado, en relación con nuestro ejército. No tenemos fe en la buena organización de nuestro ejército; y de que no salgamos de estas dudas tienen, a no dudarlo, parte de la culpa los que por un torpe, insincero radicalismo han impedido que los españoles civiles entren en mayor intimidad con los españoles militares, produciéndose una mutua y penosísima suspicacia.
No son ellos, sin embargo, los únicos culpables.
En todos los demás organismos nacionales ha habido individuos de los que rinden en ellos funciones de servicio, y entierran en ellos sus esfuerzos, pertenecientes en su mayoría a las nuevas generaciones, que han tenido el valor, que han cumplido el deber de declarar los defectos fundamentales de esos organismos. En cambio, hasta hoy no conocemos críticas amplias y severas de la organización del ejército, y esto es un deber que se haga, éste es un asunto en que nosotros debemos estar decididos a conseguir esclarecimiento.
Tanto como me sería repugnante cualquiera adulación al ejército, me parecería sin sentido no entrar con los militares en el mismo pie de fraternidad que con los demás españoles.
Por eso, no creo herir ningún mandamiento ni ninguna prescripción, si solicito a los militares jóvenes, a los que son en el ejército también una nueva generación, para un cierto género de colaboración ideal y teórica, para una como comunión personal con los demás españoles de su tiempo que se preocupan de los grandes problemas de la patria.
De todas suertes, hay que recordar, frente a los simplismos de los gritadores, que el problema de la guerra supone la solución previa al problema de Marruecos. Y ésta es la hora, señores, ¡vergüenza da decirlo!, en que no se ha oído ninguna voz clara, articulada, que muestre reflexión, conocimiento ni astucia sobre este asunto. ¡Ved cómo el programa, este programa, digno de una nueva política, no puede inventarse en la soledad de un gabinete! Sin una múltiple colaboración, sin medios abundantes, ¿quién puede pretender ideas claras sobre esto que España en cinco siglos no ha conseguido fabricar?
En fin, señores, habíamos de decidir el punto de la guerra y el abandono absoluto de Marruecos, incluso de esos viejos peñones calvos donde está agarrada secularmente España, como un águila herida, y todavía continuábamos forzados a tener pensada una política africana. Pero de esto no podemos hoy hablar con oportunidad.
With this we arrive at a problem of which I cannot but say something, because of the enormous significance it has within Spanish attention, and which, nevertheless, I cannot touch in a sufficient manner because of the absolute scarcity of time: the problem of Morocco.
Orientating as we have orientated all the themes of this lecture in the opposition of a restorative epoch and an epoch that seems as if it wants to come, I would tell you that the problem of Morocco presents itself, above all, as an exemplary symptom of things that happened during the Restoration: generals who come and go; victories that are victories, but that to some seem defeats; a golden rain of rewards that the cordon of a certain royal order carries and brings back from the very top to the last sergeant.
The case is that people too, as then, as in the times of Cuba, do not know what is happening, do not form that modest notion —which must be prepared, even for the people’s minimal intellectual fortunes— of what it is that is being done there.
The use of hard and excessive words is irksome to me; but I would say that the ignorance in which we are of everything that has been done, can be done and ought to be done in the Moroccan problem is somewhat scandalous. In the first place, we went without knowing why we went. This can have two senses: without our knowing it, we the Spanish subjects, or without the knowledge of those who led us; and it is not knowing why we went that a text be cited to us or that allusion be made to a possible text of an international Treaty. But, moreover —before a reflective public—, I can point out how this phrase that we went without knowing why we were going has another, third sense. The problem is posed and seems very clear, in these terms: ought we or ought we not to have gone to Morocco, that is, Spain to Morocco? All the meditations gravitate around the problem of the duty to go or the duty not to go, and they forget that before resolving this partial question it is necessary that we know well whether we know what Spain is and what Morocco is, gentlemen, because the ignorance of the national reality, of its present possibilities, of the means for being able to organise a greater historical potentiality, and, on the other hand, the degree of ignorance of what constitutes our Moroccan problem, more still, of what Morocco is, even as a scientific problem, even in its most abstract knowledge, is truly incredible. I read, and it caused me great sorrow, in a rapport of a famous geographer, published a few years ago, that there are only two unknown spots on the globe: one, Tibesti —a little corner of central Africa—, and the other —do you believe it was there around Greenland?; no—, the other was that which has lain beside Spain since the world has been the world, the Rif. So that after the whole world has been known, after the other races have fulfilled their mission by sending at times to the other end of the earth their explorers, we have not had the curiosity to conquer for Europe the geographical knowledge of this which lies next to Spain, two fingers from Spain. So that, apart from the political and military ignorance that we may have, that is, the ignorance of whether war suits us or not, et cetera, we have this much more basic ignorance, the ignorance of what Morocco is.
And are we going to colonise it? I do not say yes nor no. The only thing I point out is that, before resolving anything, it is necessary to know the situation seriously, it is necessary that we propose to study it in a deep and serious manner. It is very easy, in order to flatter the excited crowd, to say that the troops be re-embarked, that the troops come back. This is an idea that is in the air, and there is a number of politicians who run to see if they can catch it and put it in their lapel to make of it their political programme. Of course; anyone can pick it up; it is so simple, it presupposes so few headaches, it is right there!
Do you see in what direction my hatred of what they call political problems goes? I maintain that in the best case it is a matter of iniquitous exploitations for the private benefit of the unconscious passions of the poor blind sister crowds.
I feel a profound aversion toward all war, simply for what it has of war. But I am not going to repeat in this matter the ineffective, soi-disant theoretical posture that I censured in the republicans as regards the form of government. Eschatological aspirations, projects for an ideal human future are the norms that must orient our affirmations of politics; but they can never be confused with these. An ethical ideal is not a political ideal. As long as this is not seen clearly and its evidence not recognised, politics will be a shameful hypocrisy and a perpetual deception of our neighbour and of ourselves. One must delimit both fields.
That there be no wars of any kind is a holy theme of social propaganda, of human religion, of culture, but not a political position with meaning. In politics one can only oppose this war, that war, and, consequently, oppose for the concrete reasons that are given in each case, not for the abstract reason that exists, and that I entirely recognise and defend, against all war. I believe it is unnecessary to repeat for the thousandth time, in this conjuncture, the celebrated words of Bebel at the Socialist Congress of Essen.
Let this war, then, be concluded; but let us be told why. Perhaps declaring the motives that we carry within us against this war is more useful for Spain than the conquest of half a continent. But let the war not be concluded for the same reason for which it was begun: just because. Since we did not know why we went, let us know why we return.
Perhaps many of the current reasons against this war are not such reasons against this war, but manifestations of a certain state of mind, undeniably very widespread, in relation to our army. We have no faith in the good organisation of our army; and that we do not come out of these doubts have, without a doubt, part of the blame those who, by a clumsy, insincere radicalism, have prevented the civilian Spaniards from entering into greater intimacy with the military Spaniards, producing a mutual and most painful suspicion.
They are not, however, the only guilty ones.
In all the other national organisms there have been individuals of those who render in them functions of service, and bury in them their efforts, belonging for the most part to the new generations, who have had the courage, who have fulfilled the duty of declaring the fundamental defects of those organisms. In contrast, until today we know of no broad and severe criticisms of the organisation of the army, and this is a duty that must be done, this is a matter in which we must be resolved to achieve clarification.
As much as any adulation of the army would be repugnant to me, so would it seem to me senseless not to enter with the military on the same footing of fraternity as with the rest of the Spaniards.
For that reason, I do not believe I wound any commandment nor any prescription, if I invite the young military men, those who in the army are also a new generation, to a certain kind of ideal and theoretical collaboration, to a kind of personal communion with the other Spaniards of their time who concern themselves with the great problems of the fatherland.
At all events, one must remember, against the simplisms of the shouters, that the problem of the war presupposes the prior solution of the problem of Morocco. And this is the hour, gentlemen, shame it is to say it!, in which no clear, articulated voice has been heard that shows reflection, knowledge or astuteness on this matter. See how the programme, this programme, worthy of a new politics, cannot be invented in the solitude of a cabinet! Without a manifold collaboration, without abundant means, who can pretend to clear ideas on this which Spain in five centuries has not managed to fabricate?
In short, gentlemen, we were to decide the point of the war and the absolute abandonment of Morocco, even of those old bald rocks where Spain has clung for centuries, like a wounded eagle, and still we continued forced to have an African policy thought out. But of this we cannot speak today with opportunity.
Con ciò arriviamo a un problema del quale non posso fare a meno di dire qualcosa, per l’enorme significazione che ha dentro l’attenzione spagnola, e che, tuttavia, non posso toccare in maniera sufficiente per l’assoluta scarsità di tempo: il problema del Marocco.
Orientando come abbiamo orientato tutti i temi di questa conferenza nell’opposizione di un’epoca restauratrice e un’epoca che sembra come che voglia venire, io vi direi che il problema del Marocco si presenta, innanzi tutto, come un sintomo esemplare di cose che accaddero nella Restaurazione: generali che vanno e vengono; vittorie che lo sono, ma che ad alcuni sembrano sconfitte; una pioggia aurea di ricompense che il cordone di certo real ordine porta e riporta dall’alto più elevato all’ultimo sergente.
Il caso è che anche la gente, come allora, come ai tempi di Cuba, non sa ciò che accade, non si forma quella modesta nozione che bisogna preparare, anche per le minime fortune intellettuali del popolo, di che cosa è ciò che là si fa.
Mi è molesto l’uso di parole dure ed eccessive; ma io direi che è un po’ scandalosa l’ignoranza in cui siamo di tutto ciò che si è fatto, si può fare e conviene fare nel problema del Marocco. Per cominciare, andammo senza sapere perché andammo. Questo può avere due sensi: senza saperlo noi, i sudditi spagnoli, o senza saperlo coloro che ci condussero; e non è sapere perché andammo che ci si citi un testo o che ci si alluda a un possibile testo di un Trattato internazionale. Ma, inoltre —dinanzi a un pubblico riflessivo—, posso avvertire come questa frase che andammo senza sapere perché andavamo abbia un altro terzo senso. Si pone il problema e sembra molto chiaro, in questi termini: dovevamo andare o no in Marocco, cioè, la Spagna in Marocco? Tutte le elucubrazioni gravitano sul problema del dovere andare o non dovere andare, e si dimenticano che prima di risolvere questa questione parziale è necessario che sappiamo bene se sappiamo che cosa è la Spagna e che cosa è il Marocco, signori, perché l’ignoranza della realtà nazionale, delle sue possibilità attuali, dei mezzi per poter organizzare una maggiore potenzialità storica, e, dall’altro lato, il grado di ignoranza di ciò che costituisce il nostro problema marocchino, più ancora, di ciò che è il Marocco, fin come problema scientifico, fin nella sua conoscenza più astratta, è veramente incredibile. Io lessi, e mi produsse un grande dolore, in un rapport di un famoso geografo, pubblicato alcuni anni fa, che solo due macchie vi sono sconosciute nel globo: una, il Tibesti —un angolino del centro dell’Africa—, e l’altra —credete che fosse lì verso la Groenlandia?; no—, l’altra era quello che sta a lato della Spagna da che il mondo è mondo, il Rif. Di guisa che dopo aver conosciuto tutto il mondo, dopo che le altre razze hanno adempiuto alla loro missione inviando talvolta all’altro estremo della terra i loro esploratori, non abbiamo avuto la curiosità di conquistare per l’Europa la conoscenza geografica di questo che sta accanto alla Spagna, a due dita dalla Spagna. Di maniera che, a parte l’ignoranza politica e guerresca che possiamo avere, cioè, l’ignoranza di se ci convenga o no la guerra, eccetera, abbiamo questa ignoranza molto più basilare, l’ignoranza di ciò che è il Marocco.
E andiamo a colonizzarlo? Io non dico né sì né no. L’unica cosa che avverto è che, prima di risolvere nulla, è necessario conoscere seriamente la situazione, è necessario che ci proponiamo di studiarla in modo profondo e serio. È molto facile, per adulare la folla esaltata, dire che si reimbarchino le truppe, che vengano le truppe. Questa è un’idea che è nell’aria, e c’è una quantità di politici che corrono a vedere se la catturano e se la possono mettere all’occhiello per farne il loro programma politico. Chiaro è; chiunque può raccoglierla; è tanto semplice, suppone così pochi grattacapi, sta lì!
Vedete in quale direzione va il mio odio per ciò che chiamano problemi politici? Io sostengo che nel migliore dei casi si tratta di inique sfruttazioni a beneficio particolare di passioni inconsce delle povere cieche moltitudini sorelle.
Io sento profonda avversione verso ogni guerra, semplicemente per ciò che ha di guerra. Ma non ripeterò in questo argomento la postura inefficace, soi-disant teorica, che censuravo nei repubblicani quanto alla forma di governo. Aspirazioni escatologiche, progetti per un futuro ideale umano sono le norme che devono orientare le nostre affermazioni di politica; ma non possono mai confondersi con queste. Un ideale etico non è un ideale politico. Finché questo non si veda chiaro e non si riconosca la sua evidenza, la politica sarà un’ipocrisia vergognosa e un perpetuo inganno del prossimo e di noi stessi. Bisogna delimitare entrambi i campi.
Che non vi siano guerre di nessuna classe è un tema santo di propaganda sociale, di umana religione, di cultura, ma non una posizione politica con senso. In politica solo è possibile opporsi a questa guerra, a quella guerra, e, conseguentemente, opporsi per le ragioni concrete che in ogni caso si diano, non per la ragione astratta che esiste, e che io interamente riconosco e difendo, contro ogni guerra. Credo che sia inutile ripetere per millesima volta, in questa congiuntura, le parole celebri di Bebel al Congresso Socialista di Essen.
Si concluda, dunque, questa guerra; ma ci si dica perché. Forse dichiarare i motivi che portiamo dentro contro questa guerra è più utile per la Spagna che la conquista di mezzo continente. Ma non si concluda la guerra per la stessa ragione per cui si cominciò: perché sì. Gia che non sapevamo perché andammo, sappiamo perché torniamo.
Forse molte delle ragioni correnti contro questa guerra non sono tali ragioni contro questa guerra, ma manifestazioni di un certo stato di spirito, innegabilmente molto generalizzato, in relazione col nostro esercito. Non abbiamo fede nella buona organizzazione del nostro esercito; e che non usciamo da questi dubbi hanno, senza dubbio, parte della colpa coloro che per un ottuso, insincero radicalismo hanno impedito che gli spagnoli civili entrino in maggiore intimità con gli spagnoli militari, producendosi una reciproca e penosissima suscettibilità.
Non sono loro, tuttavia, i soli colpevoli.
In tutti gli altri organismi nazionali vi sono stati individui di quelli che rendono in essi funzioni di servizio, e vi seppelliscono i loro sforzi, appartenenti in maggioranza alle nuove generazioni, che hanno avuto il coraggio, che hanno adempiuto il dovere di dichiarare i difetti fondamentali di questi organismi. In cambio, fino a oggi non conosciamo critiche ampie e severe dell’organizzazione dell’esercito, e questo è un dovere che si compia, questo è un argomento in cui noi dobbiamo essere decisi a conseguire schiarimento.
Tanto quanto mi sarebbe ripugnante qualunque adulazione all’esercito, mi parrebbe senza senso non entrare con i militari nello stesso piede di fratellanza che con gli altri spagnoli.
Per questo, non credo di ferire nessun comandamento né nessuna prescrizione, se sollecito i militari giovani, quelli che sono nell’esercito anch’essi una nuova generazione, per un certo genere di collaborazione ideale e teorica, per una come comunione personale con gli altri spagnoli del loro tempo che si preoccupano dei grandi problemi della patria.
In ogni caso, bisogna ricordare, dinanzi ai semplicismi degli urlatori, che il problema della guerra suppone la soluzione previa del problema del Marocco. E questa è l’ora, signori, vergogna fa dirlo!, in cui non si è udita nessuna voce chiara, articolata, che mostri riflessione, conoscenza né astuzia su questo argomento. Vedete come il programma, questo programma, degno di una nuova politica, non possa inventarsi nella solitudine di un gabinetto! Senza una molteplice collaborazione, senza mezzi abbondanti, chi può pretendere idee chiare su questo che la Spagna in cinque secoli non è riuscita a fabbricare?
In fine, signori, dovevamo decidere il punto della guerra e l’abbandono assoluto del Marocco, anche di quei vecchi scogli calvi dove è aggrappata da secoli la Spagna, come un’aquila ferita, e tuttavia continuavamo forzati ad avere pensata una politica africana. Ma di questo non possiamo oggi parlare con opportunità.
Estos días toma un cariz nuevo este problema de Marruecos, un cariz de política interior, un cariz nuevo del que va a ser difícil tratar con discreción. Alguien, presentándose noblemente como guerrilla avanzada de quien no aparece todavía, ha disparado un venablo…, no sé cómo decir esto, ha disparado un venablo en dirección cenital. Y ha habido en muchos periódicos esta exclamación: «Eso es quebrantar secretos». Señores, vayamos claros: nos pasamos la vida diciendo que no sabemos nada de Marruecos, y cuando se nos presenta alguien que nos declara un secreto, ¿vamos a negarle la audición? No; eso tenemos que recibirlo con simpatía, con honda simpatía. Ahora, una cosa es eso y otra es que nos parezcan tan simpáticos los que pueden ser móviles de esa declaración de secretos. Porque son cosas que pasaron en 1909 y ha corrido el tiempo hasta 1914. ¿Qué ha pasado entre medias de nuevo que justifique la nueva actitud de un hombre? Nada nacional: sólo un asunto particular. Y, además, de esos secretos ahora presentados, resulta que hubo un momento en que los gobernantes de 1909 estaban plenamente convencidos de que no se debía realizar una cierta campaña en una cierta manera, y eso trajo consigo el que una porción de españoles pensaran próximamente lo mismo que el Gobierno, y eso produjo un movimiento de inquietud en Barcelona, que tuvo como consecuencia una represión por el mismo Gobierno que pensaba lo mismo que aquéllos que protestaban.
These days this problem of Morocco takes on a new aspect, an aspect of internal politics, a new aspect about which it is going to be difficult to treat with discretion. Someone, presenting himself nobly as the advanced guerrilla of one who does not yet appear, has hurled a javelin…, I do not know how to say this, he has hurled a javelin in a zenithal direction. And there has been in many newspapers this exclamation: «That is breaking secrets». Gentlemen, let us be clear: we spend our lives saying that we know nothing of Morocco, and when someone presents himself who declares a secret to us, are we going to deny him a hearing? No; that we must receive with sympathy, with deep sympathy. Now, one thing is that and another is that those who may be the motives of that declaration of secrets seem to us so likeable. Because they are things that happened in 1909 and time has run on until 1914. What new thing has happened in between that justifies a man’s new attitude? Nothing national: only a private matter. And, moreover, of those secrets now presented, it turns out that there was a moment in which the rulers of 1909 were fully convinced that a certain campaign ought not to be carried out in a certain manner, and that brought with it that a number of Spaniards came to think approximately the same as the Government, and that produced a movement of unrest in Barcelona, which had as its consequence a repression by the very Government that thought the same as those who were protesting.
In questi giorni prende un aspetto nuovo questo problema del Marocco, un aspetto di politica interna, un aspetto nuovo del quale sarà difficile trattare con discrezione. Qualcuno, presentandosi nobilmente come guerriglia avanzata di chi non appare ancora, ha scagliato un dardo…, non so come dire questo, ha scagliato un dardo in direzione zenitale. E c’è stata in molti giornali questa esclamazione: «Questo è violare segreti». Signori, andiamo chiari: passiamo la vita dicendo che non sappiamo nulla del Marocco, e quando ci si presenta qualcuno che ci dichiara un segreto, andiamo a negargli l’udizione? No; questo dobbiamo riceverlo con simpatia, con profonda simpatia. Ora, una cosa è questo e un’altra è che ci sembrino tanto simpatici quelli che possono essere i moventi di quella dichiarazione di segreti. Perché sono cose che accaddero nel 1909 ed è corso il tempo fino al 1914. Che cosa è accaduto in mezzo di nuovo che giustifichi il nuovo atteggiamento di un uomo? Nulla di nazionale: solo una faccenda particolare. E, inoltre, di quei segreti ora presentati, risulta che vi fu un momento in cui i governanti del 1909 erano pienamente convinti che non si dovesse realizzare una certa campagna in un certo modo, e questo portò con sé che una quantità di spagnoli pensassero prossimamente lo stesso che il Governo, e questo produsse un movimento di inquietudine a Barcellona, che ebbe come conseguenza una repressione da parte dello stesso Governo che pensava lo stesso che quelli che protestavano.