Ortega y Gasset

Abstract

Starting from Constant’s Adolphe, it separates three equivocal senses of ‘love’ (love of God/art/science, sexual attraction, love of a woman) and rejects both its metaphysical decoration and its physiological reduction. The oath of eternal love is a poetic truth that dissolves once demanded as fact: an error of perspective.

Connections

Assi: Origine della conoscenza
Posizioni: prospettivismo
Concetti: passione
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Vuelvo hoy al tema del Adolfo, al asunto del «amor». En las páginas anteriores[46] he dejado correr el equívoco múltiple que transporta siempre esta palabra. He aquí un vocablo donde se refractan por lo menos tres significaciones distintas. Rompamos la prismática voz.

El caso que el Adolfo cuenta es el típico del «amor» —he dicho. Con ello quiero dar a entender que Constant analiza aquella especie de fenómenos eróticos que son los más frecuentes, los de mayor influjo en la humanidad.

Entender una palabra es sustituirla en nuestra mente por la percepción de las realidades mismas a que hace referencia. Cuando la palabra es equívoca, notamos, al ensayar esa sustitución, que las realidades aludidas no tienen nada o tienen muy poco que ver entre sí. Así acontece con la palabra amor.

En primer término nos encontramos con una clase de fenómenos espirituales que denominamos amor a Dios, amor al arte, amor a la ciencia. En último término, distinguimos en el amor cuanto nos hace sentir la atracción sexual. No dudo que aquel amor sublime y este amor corporal intervengan de alguna manera en nuestro «amor», en lo que llamamos amar a una mujer. Pero ¿cómo no advertir que este tercer amor es en lo esencial distinto de aquellos otros dos?

He de declarar que me son igualmente enojosas las dos tendencias usuales de deformar el «amor», de las que una pretende adornarlo con una decoración metafísica y la otra descomponerlo en un prurito fisiológico. Los alemanes tienden a lo primero; los franceses —salvo cuando son románticos, es decir, seudoalemanes—, a lo segundo.

Recuerdo que el gran Hermann Cohen no podía sufrir que yo no pudiese sufrir las Afinidades electivas de Goethe. Pero siempre me he preguntado qué sale ganando este menester tan humano del «amor» con que lo elevemos a una potencia mística y supongamos tras él esa intervención de Dios o de la diosa Naturaleza. Bien está que el amante, amado, crea que es con su amada uno e indiviso desde toda la eternidad y para toda la eternidad. El encanto del «amor» proviene, en parte, de su capacidad poética: puebla de iridiscencias el mundo en torno, lo adoba y recama. En la cima del proceso amoroso, como sobre el cerro Tabor, organízanse transfiguraciones. Hay un minuto de cenit, al pasar por el cual los amantes se juran amor eterno. Pero este instante transcurre y con él se evapora el vigor del juramento. El amor ha muerto en aquel pecho; mas la religión, la moral, el derecho y hasta la policía os oyeron jurar y os obligan a que llevéis el cadáver perpetuamente en vuestro corazón. En el Adolfo fermenta el romanticismo suficiente para prestar este carácter trágico y una fisonomía de crimen a la pertinaz insolvencia del juramento amoroso.

Mas el encanto, en amor como en arte, desaparece o mengua cuando lo tomamos como realidad. En el punto en que una poesía resulte verdad, se desvanece como poesía. En el punto que se mezcla Dios —religión, moral, derecho o policía— en nuestros amores, adquieren éstos un semblante terrible de ineluctables sucesos astronómicos. Si el amor en su plenitud produce esa ilusión de perennidad, ¿no es un quid pro quo tragicómico exigirle además que realice su ficción? Esto es hacer lo que aquel Sha persano a quien un poeta contó de un país donde nadie muere, y en vista de que no supo conducirle hasta allí mandó que fuese ahorcado. Pero, señor, ¿no era mérito bastante haberlo imaginado?

Como en tantas otras cosas, cometemos aquí un error de perspectiva. Ved por qué interesa tanto el asunto a El Espectador. Tenemos que preparar el nuevo progreso con una sabiduría de perspectiva. De otro modo, no lograremos una verdadera ampliación del orbe.

Nuestra cultura superficial nos induce a proyectar todo el universo sobre un solo plano en vez de respetar delicadamente sus múltiples dimensiones que le proporcionan deleitable, ilimitada concavidad. Una instancia suprime así todas las demás: la ciencia a la poesía, la poesía a la ciencia, ambas a la religión y la religión a las dos. Ved al reaccionario que trae el pasado sobre el presente con ánimo de desalojar éste; ved al radical y utopista que se obstina en hacer sobre la escena de la actualidad los gestos que corresponden al porvenir. Así no poseemos ni pasado ni futuro, y vueltos hacia el uno o hacia el otro, damos siempre la espalda al presente.

El propio error de perspectiva cometemos con la moral. ¡Ah, cuánto hemos de hablar sobre esto en voz queda y confidencial para que no nos oigan los periodistas, que todo lo desmesuran! Ninguna moral que verdaderamente lo sea se puede cumplir: sus normas se elevan como esquemas incorpóreos en el límite de nuestro horizonte vital. Desde allí ejercen su noble ministerio de puntos cardinales para el espíritu. ¿No es otro quid pro quo de índole semejante al antedicho que pretendamos hacer de cada punto de nuestra existencia un punto cardinal? Se puede ir hacia el Norte o hacia el Sur; pero no se puede llegar a ellos: no son dos ciudades que existan a la vera de ningún camino. Dejemos, pues, a la moralidad o conjunto de las normas su ideal lejanía: como tales normas ni pueden ni tienen que ser realizadas. La contraria preocupación lleva a una de estas dos inmoralidades: o el afán de que sean prácticas, según suele decirse, nos hace elevar a la dignidad de normas torpes recetas extraídas inductivamente de la experiencia, o la vana exigencia de realizar lo irrealizable siembra en nuestra vida constante inquietud, nociva dualidad, descontento, sensación de íntimo fracaso. Esto no puede ser, no puede ser: una interpretación de la Ética que obliga formalmente al hombre a estar descontento de sí mismo, prueba ipso facto su falsedad. Y esa morbosa interpretación de la Ética es la vigente desde que Grecia se esfumó como un ensueño fugaz. Kant conduce hasta lo extremo esta equivocación…

Pero dejemos ahora a Kant. Hablaba yo del «amor» y de su ilusión de eternidad y de la policía y de la perspectiva. Sí, esto era lo que yo quería decir: que el más frecuente error de perspectiva consiste en proyectar todo sobre el plano de lo real. Ahora bien: una de las dimensiones del mundo es la virtualidad, e importa sobremanera que aprendamos a andar por él[47].

Casi íntegramente es la cultura de los últimos sesenta años un ensañamiento contra lo virtual. Fue una época que inventaba con fruición razones de este linaje: «Cuando creemos obrar en puro beneficio del prójimo, no hacemos en realidad sino obedecer a un egoísmo más profundo». «Temor, alegría, tristeza, no son realmente temor, alegría, tristeza, sino sensaciones de nuestros músculos y alteraciones de nuestro pulso». «Moral, arte, ciencia, religión, son, en realidad, sombras que arroja nuestra situación económica», etcétera, etcétera.

Ni que decir tiene que tales doctrinas han quedado convictas de error. Pero esto no es lo más grave: acaso otras análogas podrían resultar ciertas. Lo deplorable, lo absurdo es la intención en que iban envueltas. Supongamos que la belleza de la Gioconda consiste en un calambre peculiar que la vista del cuadro divino produce; ¿queda con esto borrada del Universo, pierde algunos de sus quilates la belleza de Mona Lisa? ¿No sigue siendo tan bella como antes? ¿No conserva su valor específico un mundo donde los calambres tienen esa consecuencia virtual?

Entiéndase bien mi censura. Yo no tengo nada que decir contra ese afán de realidad; al contrario, lo aplaudo y lo predico. Pero una vez que he llegado a lo real, me vuelvo hacia atrás y veo que lo virtual sigue subsistiendo, que es, a su modo, otra realidad donde me siento invitado a demorar. En el huerto hay dos rosales: uno es el que despunta en abril el jardinero con sus tijerones rojos de orín; otro es ese mismo rosal que se espeja en el aljibe tembloroso. El primero me da su olor y una lección de botánica; el segundo —me decís— es una ilusión.

Pues bien: yo insisto en que debemos aprender a respetar los derechos de la ilusión y a considerarla como uno de los haces propios y esenciales de la vida. Separemos lo real de lo imaginario; pero conservemos ambos mundos y sometamos cada cual a su exclusivo régimen. Nada, pues, de turbios misticismos que nacen de la confusión de fronteras. Hagamos una física lo más rigorosa que podamos: experimentemos, midamos, cortemos los tejidos con el micrótomo, distendamos los poros de la materia para ver bien su estructura. Pero no gastemos en eso toda nuestra energía mental: reservemos buena parte de nuestra seriedad para el cultivo del amor, de la amistad, de la metáfora, de todo lo que es virtual.

De otro modo, viviremos en perpetuo desacuerdo con nosotros mismos y no evitaremos nunca crueldades inútiles como esa que sobre el hombre cae cuando ama; jura él amor eterno, y la sociedad le obliga, ex amante, a cumplir su palabra.

I return today to the theme of Adolphe, to the matter of «love». In the preceding pages[46] I have let run the multiple equivocation that this word always carries. Here is a vocable in which at least three distinct meanings are refracted. Let us break the prismatic voice.

The case that Adolphe tells is the typical one of «love» —I have said. With this I mean to convey that Constant analyses that species of erotic phenomena that are the most frequent, those of greatest influence on humanity.

To understand a word is to substitute it in our mind for the perception of the very realities to which it refers. When the word is equivocal, we notice, in attempting that substitution, that the realities alluded to have nothing or very little to do with one another. Thus it happens with the word love.

In the first place we find ourselves with a class of spiritual phenomena that we call love of God, love of art, love of science. In the last place, we distinguish in love whatever makes us feel sexual attraction. I do not doubt that that sublime love and this bodily love intervene in some manner in our «love», in what we call loving a woman. But how not to notice that this third love is in its essence distinct from those other two?

I must declare that the two usual tendencies to deform «love» are equally irksome to me, of which one pretends to adorn it with a metaphysical decoration and the other to decompose it into a physiological itch. The Germans tend to the first; the French —except when they are romantics, that is, pseudo-Germans—, to the second.

I remember that the great Hermann Cohen could not suffer that I could not suffer Goethe’s Elective Affinities. But I have always asked myself what this so human need of «love» gains from our elevating it to a mystical power and supposing behind it that intervention of God or of the goddess Nature. It is well that the lover, beloved, believe that he is with his beloved one and undivided from all eternity and for all eternity. The charm of «love» comes, in part, from its poetic capacity: it peoples with iridescences the world around, it dresses and embroiders it. At the summit of the amorous process, as upon Mount Tabor, transfigurations are organised. There is a zenith minute, in passing through which lovers swear eternal love to one another. But this instant passes and with it the vigour of the oath evaporates. Love has died in that breast; but religion, morality, law and even the police heard you swear and oblige you to carry the corpse perpetually in your heart. In Adolphe ferments sufficient romanticism to lend this tragic character and a physiognomy of crime to the pertinacious insolvency of the amorous oath.

But charm, in love as in art, disappears or wanes when we take it as reality. At the point where a poetry turns out to be truth, it vanishes as poetry. At the point where God —religion, morality, law or police— mingles in our loves, these acquire a terrible semblance of ineluctable astronomical events. If love in its fullness produces that illusion of perenniality, is it not a tragicomic quid pro quo to demand of it besides that it realise its fiction? This is to do what that Persian Shah did, to whom a poet told of a country where nobody dies, and seeing that he did not know how to lead him there, ordered that he be hanged. But, sir, was it not merit enough to have imagined it?

As in so many other things, we commit here an error of perspective. See why the matter interests El Espectador so much. We must prepare the new progress with a wisdom of perspective. Otherwise, we shall not achieve a true enlargement of the orb.

Our superficial culture induces us to project the whole universe onto a single plane instead of delicately respecting its multiple dimensions that provide it with a delightful, unlimited concavity. One instance thus suppresses all the others: science poetry, poetry science, both religion and religion the two. See the reactionary who brings the past upon the present with the intention of dislodging it; see the radical and utopist who insists on making on the stage of the present the gestures that correspond to the future. Thus we possess neither past nor future, and turned toward the one or toward the other, we always give our back to the present.

The very error of perspective we commit with morality. Ah, how much we must speak about this in a low and confidential voice so that the journalists do not hear us, who exaggerate everything! No morality that truly is one can be fulfilled: its norms rise as incorporeal schemes at the limit of our vital horizon. From there they exercise their noble ministry of cardinal points for the spirit. Is it not another quid pro quo of a kind similar to the aforesaid that we pretend to make of every point of our existence a cardinal point? One can go toward the North or toward the South; but one cannot arrive at them: they are not two cities that exist beside any road. Let us leave, then, to morality or set of norms its ideal remoteness: as such norms they neither can nor have to be realised. The contrary concern leads to one of these two immoralities: either the eagerness that they be practical, as is usually said, makes us elevate to the dignity of norms clumsy recipes extracted inductively from experience, or the vain demand to realise the unrealisable sows in our life constant unease, harmful duality, discontent, a sensation of intimate failure. This cannot be, cannot be: an interpretation of Ethics that formally obliges man to be discontented with himself proves ipso facto its falsity. And that morbid interpretation of Ethics is the one in force ever since Greece faded away like a fleeting dream. Kant carries this mistake to the extreme…

But let us now leave Kant. I was speaking of «love» and of its illusion of eternity and of the police and of perspective. Yes, this was what I wanted to say: that the most frequent error of perspective consists in projecting everything onto the plane of the real. Now then: one of the dimensions of the world is virtuality, and it matters greatly that we learn to walk through it[47].

Almost entirely is the culture of the last sixty years a fury against the virtual. It was an epoch that invented with relish reasons of this lineage: «When we believe we act in pure benefit of our neighbour, in reality we do nothing but obey a more profound egoism». «Fear, joy, sadness are not really fear, joy, sadness, but sensations of our muscles and alterations of our pulse». «Morality, art, science, religion are, in reality, shadows cast by our economic situation», et cetera, et cetera.

Needless to say that such doctrines have been convicted of error. But this is not the gravest thing: perhaps other analogous ones could turn out to be true. The deplorable, the absurd thing is the intention in which they were wrapped. Let us suppose that the beauty of the Gioconda consists in a peculiar cramp that the sight of the divine painting produces; is the beauty of Mona Lisa thereby erased from the Universe, does it lose some of its carats? Does it not remain as beautiful as before? Does not a world where cramps have that virtual consequence keep its specific value?

Let my censure be well understood. I have nothing to say against that eagerness for reality; on the contrary, I applaud and preach it. But once I have arrived at the real, I turn backwards and see that the virtual continues to subsist, that it is, in its own way, another reality where I feel invited to linger. In the orchard there are two rosebushes: one is the one the gardener prunes in April with his red shears of rust; another is that same rosebush that mirrors itself in the trembling basin. The first gives me its scent and a lesson in botany; the second —you tell me— is an illusion.

Well then: I insist that we must learn to respect the rights of illusion and to consider it as one of the proper and essential bundles of life. Let us separate the real from the imaginary; but let us preserve both worlds and subject each to its exclusive regime. Nothing, then, of turbid mysticisms that are born of the confusion of borders. Let us make a physics as rigorous as we can: let us experiment, measure, cut the tissues with the microtome, distend the pores of matter to see well its structure. But let us not spend on that all our mental energy: let us reserve a good part of our seriousness for the cultivation of love, of friendship, of metaphor, of everything that is virtual.

Otherwise, we shall live in perpetual disagreement with ourselves and shall never avoid useless cruelties like that which falls upon man when he loves; he swears eternal love, and society obliges him, ex lover, to keep his word.

Torno oggi al tema dell’Adolfo, all’argomento dell’«amore». Nelle pagine precedenti[46] ho lasciato correre l’equivoco molteplice che trasporta sempre questa parola. Ecco un vocabolo dove si rifrangono per lo meno tre significazioni distinte. Spezziamo la prismatica voce.

Il caso che l’Adolfo racconta è il tipico dell’«amore» —ho detto. Con ciò voglio dare a intendere che Constant analizza quella specie di fenomeni erotici che sono i più frequenti, quelli di maggior influsso nell’umanità.

Intendere una parola è sostituirla nella nostra mente con la percezione delle realtà stesse a cui fa riferimento. Quando la parola è equivoca, notiamo, nel provare quella sostituzione, che le realtà alluse non hanno nulla o hanno molto poco da vedere tra loro. Così accade con la parola amore.

In primo termine ci troviamo con una classe di fenomeni spirituali che denominiamo amore a Dio, amore all’arte, amore alla scienza. In ultimo termine, distinguiamo nell’amore quanto ci fa sentire l’attrazione sessuale. Non dubito che quell’amore sublime e questo amore corporale intervengano in qualche maniera nel nostro «amore», in ciò che chiamiamo amare una donna. Ma come non avvertire che questo terzo amore è nell’essenziale distinto da quegli altri due?

Debbo dichiarare che mi sono ugualmente moleste le due tendenze usuali di deformare l’«amore», delle quali una pretende adornarlo con una decorazione metafisica e l’altra scomporlo in un prurito fisiologico. I tedeschi tendono alla prima; i francesi —salvo quando sono romantici, cioè, pseudo-tedeschi—, alla seconda.

Ricordo che il grande Hermann Cohen non poteva soffrire che io non potessi soffrire le Affinità elettive di Goethe. Ma mi sono sempre domandato che cosa ci guadagni questo bisogno tanto umano dell’«amore» a che lo eleviamo a una potenza mistica e supponiamo dietro di lui quella intervenzione di Dio o della dea Natura. Bene sta che l’amante, amato, creda di essere con la sua amata uno e indiviso da tutta l’eternità e per tutta l’eternità. L’incanto dell’«amore» proviene, in parte, dalla sua capacità poetica: popola di iridescenze il mondo in torno, lo condisce e lo ricama. Sulla cima del processo amoroso, come sul monte Tabor, si organizzano trasfigurazioni. Vi è un minuto di zenit, al passare per il quale gli amanti si giurano amore eterno. Ma questo istante trascorre e con lui si evapora il vigore del giuramento. L’amore è morto in quel petto; ma la religione, la morale, il diritto e perfino la polizia vi udirono giurare e vi obbligano a portare il cadavere perpetuamente nel vostro cuore. Nell’Adolfo fermenta il romanticismo sufficiente per prestare questo carattere tragico e una fisionomia di crimine alla pertinace insolvenza del giuramento amoroso.

Ma l’incanto, in amore come in arte, scompare o scema quando lo prendiamo come realtà. Nel punto in cui una poesia risulti verità, si svanisce come poesia. Nel punto in cui si mescola Dio —religione, morale, diritto o polizia— nei nostri amori, questi acquistano un sembiante terribile di ineluttabili successi astronomici. Se l’amore nella sua pienezza produce quell’illusione di perennità, non è un quid pro quo tragicomico esigergli inoltre che realizzi la sua finzione? Questo è fare ciò che fece quel Shah persiano a cui un poeta raccontò di un paese dove nessuno muore, e in vista che non seppe condurlo fin là, ordinò che fosse impiccato. Ma, signore, non era merito bastante averlo immaginato?

Come in tante altre cose, commettiamo qui un errore di prospettiva. Vedete perché interessa tanto l’argomento a El Espectador. Dobbiamo preparare il nuovo progresso con una sapienza di prospettiva. Altrimenti, non otterremo una vera ampliazione dell’orbe.

La nostra cultura superficiale ci induce a proiettare tutto l’universo su un solo piano invece di rispettare delicatamente le sue molteplici dimensioni che gli procurano deliziosa, illimitata concavità. Una istanza sopprime così tutte le altre: la scienza alla poesia, la poesia alla scienza, entrambe alla religione e la religione alle due. Vedete il reazionario che porta il passato sul presente con animo di sgombrare questo; vedete il radicale e utopista che si ostina a fare sulla scena dell’attualità i gesti che corrispondono all’avvenire. Così non possediamo né passato né futuro, e volti verso l’uno o verso l’altro, diamo sempre le spalle al presente.

Il proprio errore di prospettiva commettiamo con la morale. Ah, quanto dobbiamo parlare su questo in voce bassa e confidenziale perché non ci odano i giornalisti, che tutto smisurano! Nessuna morale che veramente lo sia si può adempiere: le sue norme si elevano come schemi incorporei al limite del nostro orizzonte vitale. Da lì esercitano il loro nobile ministerio di punti cardinali per lo spirito. Non è un altro quid pro quo di indole simile al suddetto che pretendiamo di fare di ogni punto della nostra esistenza un punto cardinale? Si può andare verso il Nord o verso il Sud; ma non si può arrivare ad essi: non sono due città che esistano a lato di nessun cammino. Lasciamo, dunque, alla moralità o insieme delle norme la sua ideale lontananza: come tali norme né possono né devono essere realizzate. La contraria preoccupazione porta a una di queste due immoralità: o il desiderio che siano pratiche, come si suol dire, ci fa elevare alla dignità di norme goffe ricette estratte induttivamente dall’esperienza, o la vana esigenza di realizzare l’irrealizzabile semina nella nostra vita costante inquietudine, nociva dualità, scontentezza, sensazione di intimo fallimento. Questo non può essere, non può essere: una interpretazione dell’Etica che obbliga formalmente l’uomo a essere scontento di se stesso, prova ipso facto la sua falsità. E quella morbosa interpretazione dell’Etica è quella vigente da che la Grecia si è svanita come un sogno fugace. Kant conduce fino allo estremo questa equivocazione…

Ma lasciamo ora Kant. Parlavo io dell’«amore» e della sua illusione di eternità e della polizia e della prospettiva. Sì, questo era ciò che volevo dire: che il più frequente errore di prospettiva consiste nel proiettare tutto sul piano del reale. Ora bene: una delle dimensioni del mondo è la virtualità, e importa oltremodo che impariamo a camminare per esso[47].

Quasi interamente è la cultura degli ultimi sessant’anni un accanimento contro il virtuale. Fu un’epoca che inventava con fruizione ragioni di questa stirpe: «Quando crediamo operare in puro beneficio del prossimo, non facciamo in realtà se non obbedire a un egoismo più profondo». «Timore, allegria, tristezza, non sono realmente timore, allegria, tristezza, ma sensazioni dei nostri muscoli e alterazioni del nostro polso». «Morale, arte, scienza, religione, sono, in realtà, ombre che getta la nostra situazione economica», eccetera, eccetera.

Inutile dire che tali dottrine sono rimaste convinte di errore. Ma questo non è il più grave: forse altre analoghe potrebbero risultare certe. Lo deplorevole, l’assurdo è l’intenzione in cui andavano avvolte. Supponiamo che la bellezza della Gioconda consista in un crampo peculiare che la vista del quadro divino produce; resta con ciò cancellata dall’Universo, perde alcuni dei suoi carati la bellezza di Mona Lisa? Non segue a essere tanto bella come prima? Non conserva il suo valore specifico un mondo dove i crampi hanno quella conseguenza virtuale?

Si intenda bene la mia censura. Io non ho nulla da dire contro quel desiderio di realtà; al contrario, lo applaudo e lo predico. Ma una volta che sono arrivato al reale, mi volgo indietro e vedo che il virtuale segue sussistendo, che è, a suo modo, un’altra realtà dove mi sento invitato a trattenermi. Nell’orto vi sono due rosai: uno è quello che pota in aprile il giardiniere con le sue cesoie rosse di ruggine; un altro è quello stesso rosalo che si specchia nella vasca tremolante. Il primo mi dà il suo odore e una lezione di botanica; il secondo —mi dite— è un’illusione.

Orbene: io insisto che dobbiamo imparare a rispettare i diritti dell’illusione e a considerarla come uno dei fasci propri ed essenziali della vita. Separiamo il reale dall’immaginario; ma conserviamo entrambi i mondi e sottoponiamo ciascuno al suo esclusivo regime. Nulla, dunque, di torbidi misticismi che nascono dalla confusione di frontiere. Facciamo una fisica il più rigorosa che possiamo: sperimentiamo, misuriamo, tagliamo i tessuti col microtomo, distendiamo i pori della materia per vedere bene la sua struttura. Ma non spendiamo in ciò tutta la nostra energia mentale: riserviamo buona parte della nostra serietà per la coltivazione dell’amore, dell’amicizia, della metafora, di tutto ciò che è virtuale.

Altrimenti, vivremo in perpetuo disaccordo con noi stessi e non eviteremo mai crudeltà inutili come quella che cade sull’uomo quando ama; giura egli amore eterno, e la società lo obbliga, ex amante, a mantenere la sua parola.

Esto sería justo si fuese posible al «amor» elegir entre jurar o no jurar su propia eternidad. Bien que entonces se hiciese responsable al hombre de ese añadido que voluntariamente ponía. Pero en este caso no existe el albedrío. No es el amante quien jura, sino que el «amor» mismo es, en su plenitud, juramento. Mientras la moral no consiga modificar la naturaleza del amor, éste es el responsable y no el hombre a quien sobrecoge.

Si analizamos el estado de culminación amorosa, lo hallaremos constituido por la conciencia de absoluta compenetración. El amante siente que la persona[48] de la amada penetra la suya hasta las últimas parcelas; que se halla disuelto, fundido, poseído en aquélla. Todo él, enteramente, pertenece al ser amado; por tanto, su pasado, cuanto en él existe actualmente en forma de recuerdo; por tanto, el futuro, cuanto en él hay de propósitos y proyectos, esperanzas e intenciones. Lo que mejor califica esta situación es notar cómo resulta incompatible con ella la más leve reserva. Es psicológicamente imposible a la par sentir una reserva y plenitud de «amor». Más aún: ésta consiste en el goce de no percibir reserva alguna y sentirse transido íntegramente por la persona a quien se ama. Semejante estado puede durar más o menos, pero cada momento de su duración se dilata para dar cabida a todo el pasado y a todo el porvenir de que el amante tiene noticia. En el transcurso de tiempo, donde un reloj que fuera un cerebro contaría sólo un minuto, el amante vive una existencia sin límites; por consiguiente, desde su punto de vista, eterna. No siente sólo que ama en ese instante, sino siente que no hay en su conciencia un lugar donde quepa la sospecha de otro instante futuro en que no ame. El instante real del reloj experimenta una dilatación virtual de eternidad, y el juramento de perpetua pertenencia es la expresión fatal y única de ese estado afectivo.

Si hay, pues, en el hombre, un acto plenamente moral, lo es, a no dudar, ese juramento que asciende por sí mismo de la entera personalidad, como la savia en el árbol. Y basta que haya durado un punto de plenitud de «amor» para que esté justificado y con él sus consecuencias.

Estas consecuencias son a veces dolorosas, a veces terribles. Conmovido ante ellas, Benjamín Constant nos habla en el prólogo al Adolfo de crimen, de perversión. ¿No es esto cortar el nudo gordiano? Porque acaso sea normal al «amor» sucederse a sí mismo; acaso exija la facultad amorosa multiplicidad sucesiva de «amores»[49]. Y entonces tropezamos con una contradicción esencial entre él y sus consecuencias. Mientras él es bueno y divino, son infernales sus consecuencias.

He aquí por qué es precisa la cultura del amor. Toda cultura consiste en la resolución de contradicciones. Barbarie, en cambio, es aquella ceguera para la contradicción que nos permite quedarnos con uno solo de los términos.

Nuestra edad, estúpidamente sensual, es una de las que menos han pensado sobre el amor, de las menos cultas en «amor». Hasta el extremo de que yo tengo que hablar del «amor» entre comillas para advertir que hablo del amor entre personas y no entre cuerpos.

Pero ¿hay quien crea que tal «amor» existe? Únicamente los que creen en el amor platónico, en el cual yo no creo, ni Platón tampoco… Y, sin embargo, ya Plotino distingue del divino Eros, de la Urania Afrodita lo que él llama Afrodita Pandemos, esto es, el amor de todo el mundo, el vulgar amor. Pues bien: a ése me refiero. Y quisiera mostrar que, lejos de contener fuerza mística alguna, es un trivial mecanismo psicológico que a toda hora está funcionando en nosotros. Mas por lo mismo que es trivial, yo veo en él una magnífica potencia pedagógica que debíamos más ampliamente cultivar.

1917

This would be just if it were possible for «love» to choose between swearing or not swearing its own eternity. Well that then man should be made responsible for that addition which he voluntarily put. But in this case free will does not exist. It is not the lover who swears, but rather «love» itself is, in its fullness, an oath. As long as morality does not manage to modify the nature of love, this is the responsible one and not the man it overwhelms.

If we analyse the state of amorous culmination, we shall find it constituted by the consciousness of absolute interpenetration. The lover feels that the person[48] of the beloved penetrates his own down to the last parcels; that he finds himself dissolved, melted, possessed in her. All of him, entirely, belongs to the beloved being; therefore, his past, whatever exists in him presently in the form of memory; therefore, the future, whatever there is in him of purposes and projects, hopes and intentions. What best qualifies this situation is to notice how incompatible with it the slightest reserve turns out to be. It is psychologically impossible at once to feel a reserve and a fullness of «love». More still: this consists in the enjoyment of perceiving no reserve at all and feeling oneself entirely transfixed by the person one loves. Such a state can last more or less, but each moment of its duration dilates to give room to all the past and all the future of which the lover has knowledge. In the course of time, where a clock that were a brain would count only a minute, the lover lives an existence without limits; consequently, from his point of view, eternal. He does not only feel that he loves in that instant, but feels that there is no place in his consciousness where the suspicion of another future instant in which he does not love might fit. The real instant of the clock experiences a virtual dilation of eternity, and the oath of perpetual belonging is the fatal and unique expression of that affective state.

If, then, there is in man a fully moral act, it is, without a doubt, that oath which ascends by itself from the whole personality, like the sap in the tree. And it is enough that it has lasted a point of fullness of «love» for it to be justified, and with it its consequences.

These consequences are at times painful, at times terrible. Moved before them, Benjamin Constant speaks to us in the prologue to Adolphe of crime, of perversion. Is this not to cut the Gordian knot? Because perhaps it is normal for «love» to succeed itself; perhaps the amorous faculty demands successive multiplicity of «loves»[49]. And then we stumble upon an essential contradiction between it and its consequences. While it is good and divine, infernal are its consequences.

This is why the culture of love is necessary. All culture consists in the resolution of contradictions. Barbarism, in contrast, is that blindness to contradiction that allows us to keep only one of the terms.

Our age, stupidly sensual, is one of those that have thought least about love, one of the least cultured in «love». To the extreme that I have to speak of «love» between quotation marks to warn that I speak of love between persons and not between bodies.

But is there anyone who believes that such «love» exists? Only those who believe in platonic love, in which I do not believe, nor Plato either… And, nevertheless, Plotinus already distinguishes from the divine Eros, from the Uranian Aphrodite, what he calls Aphrodite Pandemos, that is, the love of all the world, the vulgar love. Well then: it is to that one that I refer. And I would like to show that, far from containing any mystical force, it is a trivial psychological mechanism that at every hour is functioning in us. But precisely because it is trivial, I see in it a magnificent pedagogical power that we ought to cultivate more widely.

1917

Questo sarebbe giusto se fosse possibile all’«amore» scegliere tra giurare o non giurare la propria eternità. Bene che allora si rendesse responsabile l’uomo di quell’aggiunta che volontariamente poneva. Ma in questo caso non esiste l’albedrio. Non è l’amante colui che giura, ma è l’«amore» stesso che, nella sua pienezza, è giuramento. Finché la morale non riesca a modificare la natura dell’amore, questo è il responsabile e non l’uomo a cui sovraggiunge.

Se analizziamo lo stato di culminazione amorosa, lo troveremo costituito dalla coscienza di assoluta compenetrazione. L’amante sente che la persona[48] dell’amata penetra la sua fino alle ultime particelle; che si trova disciolto, fuso, posseduto in quella. Tutto lui, interamente, appartiene all’essere amato; perciò, il suo passato, quanto in lui esiste attualmente in forma di ricordo; perciò, il futuro, quanto in lui vi è di propositi e progetti, speranze e intenzioni. Ciò che meglio qualifica questa situazione è notare come risulti incompatibile con essa la più lieve riserva. È psicologicamente impossibile sentire a un tempo una riserva e pienezza di «amore». Più ancora: questa consiste nel godimento di non percepire riserva alcuna e sentirsi trasfuso interamente dalla persona che si ama. Siffatto stato può durare più o meno, ma ogni momento della sua durata si dilata per dare cabimento a tutto il passato e a tutto l’avvenire di cui l’amante ha notizia. Nel transcorrere del tempo, dove un orologio che fosse un cervello conterebbe solo un minuto, l’amante vive un’esistenza senza limiti; per conseguenza, dal suo punto di vista, eterna. Non sente solo che ama in quell’istante, ma sente che non vi è nella sua coscienza un luogo dove capisca il sospetto di un altro istante futuro in cui non ami. L’istante reale dell’orologio esperimenta una dilatazione virtuale di eternità, e il giuramento di perpetua appartenenza è l’espressione fatale e unica di quello stato affettivo.

Se vi è, dunque, nell’uomo, un atto pienamente morale, lo è, senza dubbio, quel giuramento che ascende da sé stesso dall’intera personalità, come la linfa nell’albero. E basta che sia durato un punto di pienezza di «amore» perché sia giustificato, e con lui le sue conseguenze.

Queste conseguenze sono a volte dolorose, a volte terribili. Commosso dinanzi ad esse, Beniamino Constant ci parla nel prologo all’Adolfo di crimine, di perversione. Non è questo tagliare il nodo gordiano? Perché forse è normale all’«amore» succedersi a sé stesso; forse esige la facoltà amorosa molteplicità successiva di «amori»[49]. E allora inciampiamo in una contraddizione essenziale tra lui e le sue conseguenze. Mentre egli è buono e divino, sono infernali le sue conseguenze.

Ecco perché è necessaria la cultura dell’amore. Ogni cultura consiste nella risoluzione di contraddizioni. Barbarie, in cambio, è quella cecità per la contraddizione che ci permette di restare con uno solo dei termini.

La nostra età, stupidamente sensuale, è una di quelle che meno hanno pensato sull’amore, delle meno colte in «amore». Fino al punto che io devo parlare dell’«amore» tra virgolette per avvertire che parlo dell’amore tra persone e non tra corpi.

Ma vi è chi creda che tale «amore» esista? Solamente quelli che credono nell’amore platonico, nel quale io non credo, né Platone neppure… E, tuttavia, già Plotino distingue dal divino Eros, dall’Urania Afrodite ciò che egli chiama Afrodite Pandemos, cioè, l’amore di tutto il mondo, il volgare amore. Orbene: a quello mi riferisco. E vorrei mostrare che, lungi dal contenere forza mistica alcuna, è un meccanismo psicologico triviale che a ogni ora sta funzionando in noi. Ma per lo stesso che è triviale, io vedo in lui una magnifica potenza pedagogica che dovremmo più ampiamente coltivare.

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