Ortega y Gasset
Abstract
It argues that there are fashions in feelings too and that human life is essentially ‘modi-fication’: every age, indeed every generation, modifies the erotic regime of the previous one, so love has a history and styles like an art. Method: grasp the real with the two tentacles of astonishment and irony.
Connections
Assi: Senso della storia
Posizioni: teoria delle generazioni
Concetti: passione, abitudine
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
CAMBIO EN LAS GENERACIONES
El amor está en baja. Empieza a no llevarse. Tal vez el lector pregunte: Pero ¿es que existen también modas en el orbe de los sentimientos? La pregunta es trivial. Hay gentes que se apresuran a ostentar una pretendida profundidad mostrando su desdén por las modas. Por mi parte, cuando leo en un escritor que cierto estilo de pintura o determinada forma de ideología poco simpáticos a sus ojos —tal vez por no comprenderlos— son «no más que moda», detengo la lectura y no sigo. Es un síntoma infalible de que el escritor es poco inteligente y superficial.
La vida humana es en su propia substancia y en todas sus irradiaciones creadora de modas, o, dicho en otro giro, es esencialmente «modi-ficación». ¿La vida humana?… Acaso toda vida. De suerte que no existe otra forma de manifestarse el proceso espiritual que la serie continua de las modas intelectuales, estéticas, morales y religiosas. Como en los trajes y en las maneras, acaece con las ideas y las formas del sentimiento: que ciertos hombres las crean y otros las siguen. Para que la semejanza con lo que habitualmente se llama «modas» resulte más perfecta, no faltan nunca individuos que se oponen a la corriente, como el pez esturión, y, yendo contra la «moda», dejan que ésta regule también a la postre su conducta.
Digo, pues, que las cosas reputadas como las más serias marchan y varían regidas por el mecanismo biológico, esencial, de la moda, que así asciende a ley profunda de lo real, y claro está que si es así, así debe ser. Pero, a la par, conviene añadir que las modas en los asuntos de menor calibre aparente —trajes, usos sociales, etcétera— tienen siempre un sentido mucho más hondo y serio del que ligeramente se les atribuye, y, en consecuencia, tacharlas de superficialidad, como es sólito, equivale a confesar la propia y nada más. Es sobremanera verosímil que un día no lejano el análisis microscópico y químico de una pestaña revele con anticipación la tuberculosis que se inicia apenas en un organismo o el cáncer que un hombre de veinte años va a tener a los cuarenta. Del mismo modo la simple moda hoy triunfante de llamarse de «tú» las personas a poco que se aproximen implica, para quien sepa mirar, todo el resto de los grandes cambios políticos y éticos que se avecinan.
Hay, pues, modas en los sentimientos. ¡No faltaría más! Así ahora el amor empieza a no llevarse, como decía al principio. Expresado el hecho con tales palabras damos a nuestra observación un tinte irónico o desdeñoso. No hay cosa viviente o que en algún sentido pertenezca a la vida que no ofrezca un haz desdeñable. Pero esa misma cosa tiene siempre otro grave, respetable, magnífico o temible. Depende de nuestro humor la elección de punto de vista: ambos aspectos son igualmente verídicos. El error consiste en suponer que sólo uno lo es. Entonces nuestra visión queda dañada de parcialidad. Para abrazar bien lo real, para apresarlo en su integridad, tenemos que lanzar hacia él los dos grandes tentáculos: el espanto y la ironía. Quien no se espanta —el thaumázein de Platón— no profundiza; quien no ironiza se deja arrastrar a lo profundo, naufraga, perece ahogado. Lo mejor es hacer como el buzo de Coromandel: que se sumerge hasta hallar en el abismo la valva preciosa; pero sale luego a la superficie iluminada trayendo la perla entre los dientes —gesto de sonrisa que multiplican las espumas innumerables sobre el haz marino.
El sentimiento amoroso tiene, como todo lo humano, su evolución y su historia, que se parecen sobremanera a la evolución y la historia de un arte. Se suceden en él los estilos. Cada época posee su estilo de amar. En rigor, cada generación modifica siempre, en uno u otro grado, el régimen erótico de la antecedente. Con frecuencia es tan débil la modificación, que se escapa al análisis y no se deja claramente definir. Ésta es una de las razones que explican un hecho poco advertido, y, sin embargo, capital para el estudio del amor. Me refiero al hecho de que el hombre en plenitud no logra normalmente enamorarse más que de mujeres que pertenecen a su generación (es decir, aproximadamente, de cinco a diez años más jóvenes que él). El muchacho, es cierto, se enamora con frecuencia de mujeres superiores a él en edad. Esto quiere decir que fácilmente adopta en forma transitoria el estilo erótico de la generación anterior. Pero lo mismo ocurre con las ideas. El joven vive una primera época de receptividad. Es absorbido por los maestros del tiempo antecedente. En esta recepción de lo ajeno se ejercita y moldea externamente su figura espiritual. Pero luego sobreviene una segunda época, de sinceridad creadora, de autenticidad vital, en que, madurecidas sus tendencias propias y originales, comienza a ser fiel a sí mismo. Entonces piensa en sus propios pensamientos y elimina los recibidos. Entonces se desenamora de las mujeres mayores que él y entra para siempre a formar parte de la caravana de su generación con las mujeres de su tiempo, los poetas de su edad, las ideas políticas y el modo de andar inventados a los veinticinco años. Algún hombre de cuarenta años se enamora de una mujer de veinte; pero esto es una excepción, que la sociedad, sin darse bien cuenta por qué, siente como algo anómalo y, en cierta manera, monstruoso. No obstante, si no existiese alguna razón secreta y profunda, debiera parecer más natural que lo inverso. Lo que necesita explicación es que, normalmente, el hombre de cuarenta prefiera la mujer de treinta, ya un poco macerada por las blanduras del otoño inminente, a la mujer de veinte años. Y, sin embargo, es así. Al hombre de cuarenta no le «sabe» amorosamente la mujer primaveral, porque no puede prenderse en ella su estilo de entusiasmo. Parejamente, cada estilo artístico comienza por preferir ciertos temas que son, como materia afín y preformada, dócil a la modulación que aquel estilo va a imponerle. Sólo resulta preferida la mujer muy joven cuando no se trata de amoroso afán, sino de abstracta complacencia sensual, exenta de estilo, común a todos los lugares y tiempos.
No hay escape normal y satisfactorio de la caravana que forma nuestra generación. Vamos prisioneros en ella, a la par que secretamente voluntarios y satisfechos. De cuando en cuando se ve pasar otra caravana con su raro perfil extranjero. Tal vez, en un día festival, la orgía mezcla ambas; pero a la hora de vivir la existencia normal, la caótica unidad se disgrega en los dos grupos verdaderamente orgánicos. Cada individuo reconoce misteriosamente a los demás de su colectividad, como las hormigas de cada hormiguero se distinguen por una peculiar odoración. El descubrimiento de que estamos fatalmente adscritos a un cierto grupo y estilo de vida es una de las experiencias melancólicas que, antes o después, todo hombre sensible llega a hacer. Una generación es una moda integral de existencia que se fija indeleble sobre el individuo. En ciertos pueblos salvajes se reconoce a los miembros de cada edad por su tatuaje. La moda de dibujo epidérmico que se iniciaba cuando fueron adultos ha quedado incrustada en su ser irremediablemente.
La diferencia entre los estilos de dos generaciones consecutivas se manifiesta en todas las actividades, incluso en las más abstractas y que parecen menos sumisas a la mano del tiempo. Si hoy abrimos dos libros de la más alta matemática podremos descubrir, sin previas noticias, cuál de los autores tiene treinta y cuál sesenta años. Pero claro es que la divergencia estilística crece conforme de las funciones más abstractas e impersonales descendemos a las más concretas e íntimas. De aquí que sea la obra de amor el ejercicio donde el hombre advierte con mayor rigor su incompatibilidad con nuevos estilos de vida. Es verdaderamente penoso observar la torpeza, la incongruencia, con que un hombre maduro corteja a una doncellita. Y no por la diferencia abstracta de edad —tal vez el hombre maduro conserva sobradamente la frescura corporal—, sino porque vemos fronteros y antagónicos dos estilos de erotismo que no pueden engranar el uno en el otro.
Mas con todo esto no hemos podido acercarnos al tema inicial de estos párrafos. Quede para otro día el intento de definir la nueva moda amorosa, tan distinta de la que inspiraba a las generaciones anteriores, que, mirada desde éstas, más bien parece la negación del amor y hace decir a los viejos que el amor está en baja y empieza a no llevarse.
El Sol, 18 de julio de 1926
II
NOTA SOBRE EL «AMOR CORTÉS»
I
CHANGE IN THE GENERATIONS
Love is in decline. It is beginning to go out of fashion. Perhaps the reader will ask: but are there also fashions in the orb of the sentiments? The question is trivial. There are people who hasten to flaunt a pretended profundity by showing their disdain for fashions. For my part, when I read in a writer that a certain style of painting or a particular form of ideology little sympathetic to his eyes —perhaps for not understanding them— are «no more than fashion», I stop the reading and do not go on. It is an infallible symptom that the writer is not very intelligent and is superficial.
Human life is in its own substance and in all its radiations a creator of fashions, or, said in another turn, it is essentially «modi-fication». Human life?… Perhaps all life. So that there is no other form of manifestation of the spiritual process than the continuous series of intellectual, aesthetic, moral and religious fashions. As with clothes and manners, so it happens with ideas and the forms of sentiment: that certain men create them and others follow them. So that the resemblance with what is habitually called «fashions» may turn out more perfect, there never lack individuals who oppose the current, like the sturgeon fish, and, going against the «fashion», let it regulate also in the end their conduct.
I say, then, that the things reputed as the most serious march and vary governed by the biological, essential mechanism of fashion, which thus ascends to a profound law of the real, and it is clear that if it is so, so it must be. But, at the same time, it is fitting to add that the fashions in matters of lesser apparent calibre —clothes, social usages, et cetera— always have a much deeper and more serious meaning than that lightly attributed to them, and, consequently, to brand them as superficial, as is customary, amounts to confessing one’s own and nothing more. It is exceedingly verisimilar that one not distant day the microscopic and chemical analysis of an eyelash will reveal in anticipation the tuberculosis that barely begins in an organism or the cancer that a twenty-year-old man is going to have at forty. In the same way, the simple fashion today triumphant of persons saying «thou» to one another at the slightest approach implies, for whoever knows how to look, all the rest of the great political and ethical changes that are coming.
There are, then, fashions in the sentiments. That would be the limit! Thus now love is beginning to go out of fashion, as I said at the beginning. Expressing the fact with such words we give our observation an ironic or disdainful tint. There is no living thing or that in some sense belongs to life that does not offer a contemptible side. But that same thing always has another grave, respectable, magnificent or fearful aspect. The choice of point of view depends on our humour: both aspects are equally veridical. The error consists in supposing that only one is. Then our vision remains damaged with partiality. To embrace the real well, to grasp it in its integrity, we must launch toward it the two great tentacles: dread and irony. Whoever does not dread —the thaumázein of Plato— does not go deep; whoever does not ironise lets himself be dragged into the deep, founders, perishes drowned. The best is to do like the diver of Coromandel: who submerges until he finds in the abyss the precious shell; but then comes out to the illuminated surface bringing the pearl between his teeth —a gesture of smile that the innumerable foams multiply upon the marine surface.
The amorous sentiment has, like everything human, its evolution and its history, which resemble greatly the evolution and history of an art. Styles succeed one another in it. Each epoch possesses its style of loving. Strictly speaking, each generation always modifies, in one degree or another, the erotic regime of the preceding one. Frequently the modification is so weak that it escapes analysis and does not let itself be clearly defined. This is one of the reasons that explain a little-noticed fact, and, nevertheless, capital for the study of love. I refer to the fact that the man in his fullness normally manages to fall in love only with women who belong to his generation (that is, approximately, five to ten years younger than he). The youth, it is true, frequently falls in love with women older than himself. This means that he easily adopts in transitory form the erotic style of the preceding generation. But the same occurs with ideas. The young man lives a first epoch of receptivity. He is absorbed by the masters of the antecedent time. In this reception of what is alien, his spiritual figure is exercised and externally moulded. But then a second epoch supervenes, of creative sincerity, of vital authenticity, in which, his own and original tendencies having matured, he begins to be faithful to himself. Then he thinks his own thoughts and eliminates the received ones. Then he falls out of love with the women older than he and enters forever to form part of the caravan of his generation with the women of his time, the poets of his age, the political ideas and the manner of walking invented at twenty-five. Some forty-year-old man falls in love with a twenty-year-old woman; but this is an exception, which society, without quite realising why, feels as something anomalous and, in a certain manner, monstrous. Nevertheless, if some secret and profound reason did not exist, the inverse ought to seem more natural. What needs explanation is that, normally, the forty-year-old man prefers the thirty-year-old woman, already a little macerated by the softness of the imminent autumn, to the twenty-year-old woman. And, nevertheless, it is so. To the forty-year-old man the spring-like woman does not «taste» amorously, because his style of enthusiasm cannot catch hold of her. Likewise, each artistic style begins by preferring certain themes that are, as matter kindred and preformed, docile to the modulation that that style is going to impose on it. Only the very young woman turns out to be preferred when it is not a matter of amorous eagerness, but of abstract sensual complacency, exempt from style, common to all places and times.
There is no normal and satisfactory escape from the caravan that forms our generation. We go prisoners in it, at the same time secretly voluntary and satisfied. From time to time one sees another caravan pass with its rare foreign profile. Perhaps, on a festival day, the orgy mixes both; but at the hour of living the normal existence, the chaotic unity disintegrates into the two truly organic groups. Each individual mysteriously recognises the others of his collectivity, as the ants of each ant-hill are distinguished by a peculiar odour. The discovery that we are fatally ascribed to a certain group and style of life is one of the melancholy experiences that, sooner or later, every sensitive man comes to make. A generation is an integral fashion of existence that fixes itself indelibly upon the individual. In certain savage peoples the members of each age are recognised by their tattoo. The fashion of epidermal design that began when they were adults has remained incrusted in their being irremediably.
The difference between the styles of two consecutive generations is manifested in all activities, even in the most abstract and those that seem least submissive to the hand of time. If today we open two books of the highest mathematics we shall be able to discover, without prior information, which of the authors is thirty and which sixty years old. But it is clear that the stylistic divergence grows as we descend from the most abstract and impersonal functions to the most concrete and intimate ones. Hence it is the work of love the exercise where man notices with greatest rigour his incompatibility with new styles of life. It is truly painful to observe the clumsiness, the incongruence, with which a mature man courts a little maiden. And not for the abstract difference of age —perhaps the mature man amply preserves bodily freshness—, but because we see bordering and antagonistic two styles of eroticism that cannot engage the one with the other.
But with all this we have not been able to approach the initial theme of these paragraphs. Let there remain for another day the attempt to define the new amorous fashion, so distinct from that which inspired the preceding generations, that, seen from these, it rather seems the negation of love and makes the old say that love is in decline and is beginning to go out of fashion.
El Sol, 18 July 1926
II
NOTE ON «COURTLY LOVE»
I
CAMBIO NELLE GENERAZIONI
L’amore è in ribasso. Comincia a non portarsi più. Forse il lettore domanderà: ma esistono anche mode nell’orbe dei sentimenti? La domanda è triviale. Vi è gente che si affretta a ostentare una pretesa profondità mostrando il suo disdegno per le mode. Da parte mia, quando leggo in uno scrittore che certo stile di pittura o determinata forma di ideologia poco simpatici ai suoi occhi —forse per non comprenderli— sono «niente più che moda», fermo la lettura e non seguo. È un sintomo infallibile che lo scrittore è poco intelligente e superficiale.
La vita umana è nella sua propria sostanza e in tutte le sue irradiazioni creatrice di mode, o, detto in altro giro, è essenzialmente «modi-ficazione». La vita umana?… Forse tutta la vita. Di guisa che non esiste altra forma di manifestarsi del processo spirituale che la serie continua delle mode intellettuali, estetiche, morali e religiose. Come nei vestiti e nelle maniere, accade con le idee e le forme del sentimento: che certi uomini le creano e altri le seguono. Perché la somiglianza con ciò che abitualmente si chiama «mode» risulti più perfetta, non mancano mai individui che si oppongono alla corrente, come il pesce storione, e, andando contro la «moda», lasciano che questa regoli anche alla fine la loro condotta.
Dico, dunque, che le cose reputate come le più serie marciano e variano rette dal meccanismo biologico, essenziale, della moda, che così ascende a legge profonda del reale, e chiaro sta che se è così, così deve essere. Ma, a un tempo, conviene aggiungere che le mode negli affari di minor calibro apparente —vestiti, usi sociali, eccetera— hanno sempre un senso molto più profondo e serio di quello che leggermente si attribuisce loro, e, in conseguenza, tacciarle di superficialità, come è solito, equivale a confessare la propria e niente più. È oltremodo verosimile che un giorno non lontano l’analisi microscopica e chimica di una ciglia riveli con anticipazione la tubercolosi che comincia appena in un organismo o il cancro che un uomo di vent’anni avrà a quaranta. Del medesimo modo la semplice moda oggi trionfante di darsi del «tu» le persone a poco che si approssimino implica, per chi sappia guardare, tutto il resto dei grandi cambiamenti politici ed etici che si avvicinano.
Vi è, dunque, moda nei sentimenti. Non mancherebbe altro! Così ora l’amore comincia a non portarsi, come dicevo al principio. Espresso il fatto con tali parole diamo alla nostra osservazione una tinta ironica o sdegnosa. Non vi è cosa vivente o che in qualche senso appartenga alla vita che non offra un fascio disdegnabile. Ma quella stessa cosa ha sempre un altro aspetto grave, rispettabile, magnifico o temibile. Dipende dal nostro umore la scelta del punto di vista: entrambi gli aspetti sono ugualmente veridici. L’errore consiste nel supporre che solo uno lo sia. Allora la nostra visione resta danneggiata di parzialità. Per abbracciare bene il reale, per afferrarlo nella sua integrità, dobbiamo lanciare verso di lui i due grandi tentacoli: lo spavento e l’ironia. Chi non si spaventa —il thaumázein di Platone— non approfondisce; chi non ironizza si lascia trascinare nel profondo, naufraga, perisce affogato. Il meglio è fare come il palombaro di Coromandel: che si immerge fino a trovare nell’abisso la valva preziosa; ma esce poi alla superficie illuminata portando la perla tra i denti —gesto di sorriso che moltiplicano le spume innumerevoli sul fascio marino.
Il sentimento amoroso ha, come tutto l’umano, la sua evoluzione e la sua storia, che somigliano oltremodo all’evoluzione e alla storia di un’arte. Si succedono in esso gli stili. Ogni epoca possiede il suo stile di amare. In rigor di termini, ogni generazione modifica sempre, in uno o in altro grado, il regime erotico dell’antecedente. Con frequenza è tanto debole la modificazione, che sfugge all’analisi e non si lascia chiaramente definire. Questa è una delle ragioni che spiegano un fatto poco avvertito, e, tuttavia, capitale per lo studio dell’amore. Mi riferisco al fatto che l’uomo in pienezza non riesce normalmente a innamorarsi se non di donne che appartengono alla sua generazione (cioè, approssimativamente, di cinque a dieci anni più giovani di lui). Il ragazzo, è certo, si innamora con frequenza di donne superiori a lui in età. Questo vuol dire che facilmente adotta in forma transitoria lo stile erotico della generazione anteriore. Ma lo stesso accade con le idee. Il giovane vive una prima epoca di ricettività. È assorbito dai maestri del tempo antecedente. In questa recezione dell’altrui si esercita e modella esternamente la sua figura spirituale. Ma poi sopravviene una seconda epoca, di sincerità creatrice, di autenticità vitale, in cui, mature le sue tendenze proprie e originali, comincia a essere fedele a se stesso. Allora pensa nei suoi propri pensieri ed elimina i ricevuti. Allora si disinnamora delle donne maggiori di lui ed entra per sempre a formare parte della carovana della sua generazione con le donne del suo tempo, i poeti della sua età, le idee politiche e il modo di camminare inventati a venticinque anni. Qualche uomo di quarant’anni si innamora di una donna di venti; ma questo è un’eccezione, che la società, senza rendersi bene conto perché, sente come qualcosa di anomalo e, in certa maniera, mostruoso. Nondimeno, se non esistesse qualche ragione segreta e profonda, dovrebbe sembrare più naturale che l’inverso. Ciò che ha bisogno di spiegazione è che, normalmente, l’uomo di quaranta preferisca la donna di trenta, già un poco macerata dalle mollezze dell’autunno imminente, alla donna di vent’anni. E, tuttavia, è così. All’uomo di quaranta non gli «sa» amorosamente la donna primaverile, perché non può attaccarsi in lei il suo stile di entusiasmo. Parimenti, ogni stile artistico comincia per preferire certi temi che sono, come materia affine e preformata, docile alla modulazione che quello stile andrà a imporgli. Solo risulta preferita la donna molto giovane quando non si tratta di amoroso desiderio, ma di astratta compiacenza sensuale, esente da stile, comune a tutti i luoghi e tempi.
Non vi è scampo normale e soddisfacente dalla carovana che forma la nostra generazione. Andiamo prigionieri in essa, a un tempo che segretamente volontari e soddisfatti. Di quando in quando si vede passare un’altra carovana col suo raro profilo straniero. Forse, in un giorno festivo, l’orgia mescola entrambe; ma all’ora di vivere l’esistenza normale, l’unità caotica si disgrega nei due gruppi veramente organici. Ogni individuo riconosce misteriosamente gli altri della sua collettività, come le formiche di ogni formicaio si distinguono per una peculiare odorazione. La scoperta che siamo fatalmente ascritti a un certo gruppo e stile di vita è una delle esperienze malinconiche che, prima o dopo, ogni uomo sensibile arriva a fare. Una generazione è una moda integrale di esistenza che si fissa indelebile sull’individuo. In certi popoli selvaggi si riconoscono i membri di ogni età per il loro tatuaggio. La moda di disegno epidermico che si iniziava quando furono adulti è rimasta incrostata nel loro essere irrimediabilmente.
La differenza tra gli stili di due generazioni consecutive si manifesta in tutte le attività, anche nelle più astratte e che sembrano meno sottomesse alla mano del tempo. Se oggi apriamo due libri della più alta matematica potremo scoprire, senza previe notizie, quale degli autori ha trenta e quale sessant’anni. Ma chiaro è che la divergenza stilistica cresce conforme dalle funzioni più astratte e impersonali discendiamo alle più concrete e intime. Di qui che sia l’opera d’amore l’esercizio dove l’uomo avverte con maggior rigore la sua incompatibilità con nuovi stili di vita. È veramente penoso osservare la goffaggine, l’incongruenza, con cui un uomo maturo corteggia una ragazzina. E non per la differenza astratta di età —forse l’uomo maturo conserva sovrabbondantemente la freschezza corporale—, ma perché vediamo frontali e antagonistici due stili di erotismo che non possono ingranare l’uno nell’altro.
Ma con tutto questo non abbiamo potuto avvicinarci al tema iniziale di questi paragrafi. Resti per un altro giorno il tentativo di definire la nuova moda amorosa, tanto distinta da quella che ispirava le generazioni anteriori, che, guardata da queste, piuttosto sembra la negazione dell’amore e fa dire ai vecchi che l’amore è in ribasso e comincia a non portarsi.
El Sol, 18 luglio 1926
II
NOTA SULL’«AMORE CORTESE»
Vemos pasar el nuevo amor con vaga melancolía, como invitados que llegan tarde a un convite. Aunque seamos irremediablemente fieles a otra forma menos nueva de amar, presentimos las gracias peculiares de este estilo más reciente y las quisiéramos también. La vida es siempre apetitosa, y diez existencias diferentes no nos permitirían renunciar sin nostalgia a la undécima. Ello es que desde fuera vemos la nueva escena erótica, y como no participamos de la raíz vital que la engendra, sólo podemos acercarnos intelectualmente a su esencia. Y el intelecto es acto de comparar. Así el nuevo amor nos aparece sobre el fondo del que nosotros ejercitábamos destacando de él por sus rasgos diferenciales. Nuestro amor, con unas u otras modulaciones pertenecía a la casta del siglo XIX. Era el «amor romántico». En las postrimerías del siglo, el fuego apasionado de sus comienzos se había entibiado en todas las esferas de la vitalidad. Tal vez por eso nos hacíamos la ilusión de que no éramos ya románticos de sentimiento ni literatura. Pero basta que nos confrontemos con la gente moza para que sintamos el tirón histórico que nos mantiene adheridos a los abuelos románticos. Somos su progenie, próxima ya a una nueva especie más mesurada y cuerda. Ya Heine pretendía indecisamente no ser del todo romántico, y se titulaba «rey abdicado del imperio milenario del romanticismo».
El «amor romántico» es una de las creaciones más sugestivas de la evolución humana, y parece increíble que no se haya intentado jamás —al menos que yo sepa— su análisis y filiación. Esto indica que, aproximadamente, se halla todo por hacer y que aún es posible producir los libros más interesantes.
¡El amor romántico! He aquí un ejemplo de lo que antes he llamado «modas del amor». Sucedió a la galantería del siglo XVIII, que, a su vez, no era sino otra moda subsecuente a la «estima» del siglo XVII, al «amor platónico» del XV; en fin, al «amor cortés» del XIII y «gentil» del XIV. No hace falta acercarse, lupa en mano, al detalle histórico para que surja ante nosotros con su perfil diferente tan varia fauna erótica.
Tarea un poco más difícil sería caracterizar esas especies de amor, una por una. Cuando se habla de diferencias y variación en las cosas humanas, se trata siempre de relatividades. Los ingredientes que componen el hombre son, al menos dentro de cada ciclo histórico, aproximadamente los mismos. La diferencia surge de la distinta combinación en que entren para producir la reacción psíquica. Se trata siempre de lo mismo, pero en forma diversa cada vez. Eadem sed aliter. En el amor colaboran la fantasía, el entusiasmo, la sensualidad, la ternura y muchos otros simples de la química íntima. La dosis en que entre cada uno y el rango que ocupe en la perspectiva total deciden del cariz que va a presentar el sentimiento amoroso.
Por lo pronto, conviene tener en cuenta lo siguiente: la persona humana es una entidad polarizada. Se compone de cuerpo y de alma, cuyas formas extremas constituyen los dos polos de la personalidad. Esto permite tomar al ser humano por uno de ellos, situándolo en primer término, subrayándolo, mientras el otro queda semioculto, latente o esfumado. Y hay, en efecto, épocas corporalistas que se fijan del hombre, sobre todo, en su carne, al paso que otras no ven en la carne sino el espejo del alma, el trozo de materia en que aquélla se expresa. Esta inclinación a anteponer el cuerpo o el espíritu es uno de los síntomas más radicales que definen un tiempo histórico. Se comprende que la posibilidad de esta doble perspectiva rinda dos especies distintas de amor y nos sirva para su clasificación.
Así el «amor cortés», descubierto y cultivado en las famosas «cortes de amor» desde el siglo XII, es una forma extrema de erotismo espiritualista. En el siglo XIV, Dante resume siglo y medio de «cortesía» cuando de Beatriz desea sólo el gesto, que es la carne en cuanto expresa alma. A Dante le enamora la sonrisa —el disiato riso— de la mujer ejemplar, que es para él «fin y perfección del amor».
Cose appariscon nello suo aspetto
Che mostran de’ piacer del Paradiso,
Dico negli occhi e nel suo dolce riso.
(Convivio, trattato III)
En este amor cortés es esencial la distancia. Es amor visual o de nostalgia, distancia en el espacio y en el tiempo. Es un amor en que todo lo pone el amante y vive de su poder entusiasta. Ni siquiera necesita conocer a la amada: su química, un poco cerebral, explota con sólo oír la alabanza de una dama. Así el trovador Amanieu de Sescas:
E sabetz que vers es:
C’om ama, de cor fi,
Femma que anc non vi,
Sol per auzir, lauzar.
[Y sabed que es verdadero:
un hombre ama de fino corazón,
mujer que nunca vio,
sólo por oírla alabar.]
El tema repercute en todo el coro semi-arcangélico de los trovadores. Hay uno, Jaufré Rudel, que yo llamaría de grado «el poeta del amor lejano», cuya canción perdurable dice siempre, con unas u otras voces:
Que.l cor joi d’autr’amor non a
mas de cela qu’ieu anc non vi.
Por eso la poesía trovadoresca es en buena parte «loa», encomio; es decir, creación imaginaria inspirada por el entusiasmo, y no narración ni descripción, drama ni oda. Conocemos a Beatriz cuando se ausenta, cuando ha muerto: vemos sólo su rostro vuelto al alejarse, para dedicar al poeta la sua mirabile salute, un ¡adiós! ya ultrarreal, que queda vibrando en misteriosa palpitación erótica, como el eco de una música que alguien tañe, invisible, tras de un soto.
A nosotros nos parece este amor gentil por demás espiritado; pero conviene hacerse cargo de lo que significó a la hora de su florecimiento. La Edad Media, en su etapa más negra y más áspera, está al fondo. El hombre vive aparte de la mujer. La primera Edad Media sólo conoce sociedad de hombres solos; deporte venatorio, gran manducación, borrachera. De otro lado, la Iglesia aprieta las tuercas de un feroz ascetismo. Y he aquí que en ciertos blandos lugares de Francia se inicia audazmente la moda de afirmar algo terrenal —el amor. No podía esto hacerse sino en forma sutil y disfrazada. En efecto, el «amor cortés» vacila siempre entre un sentimiento real y una ficción simbólica. Los mismos trovadores lo dicen: se trata de un fenher; de un fingir o «mentir cortés», juego de corte. Pero esto implica que era una creación del espíritu, algo que sobre el instinto se colocaba como engendro noble de las almas. Este amor no es compatible con ninguna realización sensual: vive en lejanía y soledad, como el ruiseñor. De aquí que fuese incompatible con el amor matrimonial, asentado en plena realización. Es pura dinámica amorosa, exenta de materia, la forma del amor sin la inercia de la carne. En rigor, el amor puro es el amor que no se realiza, todo tensión, afán, anhelo.
Vaya esta breve nota sobre el «amor cortés», como indicación de lo que podía ser una fenomenología de las especies eróticas.
El Sol, 29 de julio de 1926
We see the new love pass with vague melancholy, like guests who arrive late to a banquet. Although we are irremediably faithful to another, less new form of loving, we have a presentiment of the peculiar graces of this more recent style and we should want them too. Life is always appetising, and ten different existences would not allow us to renounce without nostalgia the eleventh. The fact is that from outside we see the new erotic scene, and as we do not participate in the vital root that engenders it, we can only approach intellectually its essence. And the intellect is an act of comparing. Thus the new love appears to us against the background of the one we ourselves practised, standing out from it by its differential traits. Our love, with one or another modulation, belonged to the caste of the nineteenth century. It was «romantic love». In the final years of the century, the passionate fire of its beginnings had grown lukewarm in all the spheres of vitality. Perhaps for that reason we made ourselves the illusion that we were no longer romantics of sentiment or of literature. But it is enough that we confront ourselves with the young people for us to feel the historical pull that keeps us adhered to the romantic grandparents. We are their progeny, close already to a new species more measured and sane. Already Heine claimed indecisively not to be entirely romantic, and titled himself «abdicated king of the millenary empire of romanticism».
«Romantic love» is one of the most suggestive creations of human evolution, and it seems incredible that there has never been attempted —at least that I know— its analysis and filiation. This indicates that, approximately, everything remains to be done and that it is still possible to produce the most interesting books.
Romantic love! Here is an example of what I have before called «fashions of love». It succeeded the gallantry of the eighteenth century, which, in turn, was but another fashion subsequent to the «esteem» of the seventeenth century, to the «platonic love» of the fifteenth; in short, to the «courtly love» of the thirteenth and «gentle» of the fourteenth. There is no need to approach, magnifying glass in hand, the historical detail for so varied an erotic fauna to arise before us with its different profile.
A somewhat more difficult task would be to characterise those species of love, one by one. When one speaks of differences and variation in human things, it is always a matter of relativities. The ingredients that compose man are, at least within each historical cycle, approximately the same. The difference arises from the distinct combination in which they enter to produce the psychic reaction. It is always a matter of the same thing, but in a different form each time. Eadem sed aliter. In love collaborate fantasy, enthusiasm, sensuality, tenderness and many other simples of the intimate chemistry. The dose in which each enters and the rank it occupies in the total perspective decide the character that the amorous sentiment is going to present.
In the first place, it is fitting to take into account the following: the human person is a polarised entity. It is composed of body and soul, whose extreme forms constitute the two poles of personality. This allows one to take the human being for one of them, placing it in the foreground, underlining it, while the other remains half-hidden, latent or faded away. And there are, indeed, corporalist epochs that fix upon man, above all, his flesh, whereas others see in the flesh only the mirror of the soul, the piece of matter in which the latter expresses itself. This inclination to put before the body or the spirit is one of the most radical symptoms that define a historical time. It is understood that the possibility of this double perspective yields two distinct species of love and serves us for its classification.
Thus «courtly love», discovered and cultivated in the famous «courts of love» since the twelfth century, is an extreme form of spiritualist eroticism. In the fourteenth century, Dante sums up a century and a half of «courtesy» when of Beatrice he desires only the gesture, which is the flesh in so far as it expresses soul. Dante is enamoured by the smile —the disiato riso— of the exemplary woman, which is for him «end and perfection of love».
Cose appariscon nello suo aspetto
Che mostran de’ piacer del Paradiso,
Dico negli occhi e nel suo dolce riso.
(Convivio, trattato III)
In this courtly love the distance is essential. It is a visual or nostalgic love, distance in space and in time. It is a love in which the lover puts everything and lives from his enthusiastic power. He does not even need to know the beloved: his chemistry, a little cerebral, explodes with merely hearing a lady’s praise. Thus the troubadour Amanieu de Sescas:
E sabetz que vers es:
C’om ama, de cor fi,
Femma que anc non vi,
Sol per auzir, lauzar.
[And know that it is true:
a man loves with fine heart,
a woman he never saw,
only for hearing her praised.]
The theme reverberates in all the semi-archangelic choir of the troubadours. There is one, Jaufré Rudel, whom I would gladly call «the poet of the distant love», whose enduring song always says, with one or another voice:
Que.l cor joi d’autr’amor non a
mas de cela qu’ieu anc non vi.
For that reason troubadour poetry is in good part «loa», eulogy; that is, imaginary creation inspired by enthusiasm, and not narration nor description, drama nor ode. We know Beatrice when she goes away, when she has died: we see only her face turned on leaving, to dedicate to the poet la sua mirabile salute, a farewell! already ultrareal, that remains vibrating in mysterious erotic palpitation, like the echo of a music that someone plays, invisible, behind a grove.
To us this gentle love seems too much disembodied; but it is fitting to take stock of what it meant at the hour of its flourishing. The Middle Ages, in its blackest and harshest stage, is at the background. Man lives apart from woman. The early Middle Ages knows only society of men alone; hunting sport, great feasting, drunkenness. On the other hand, the Church tightens the screws of a fierce asceticism. And behold that in certain soft places of France the fashion of affirming something earthly —love— audaciously begins. This could not be done except in a subtle and disguised form. Indeed, «courtly love» always wavers between a real sentiment and a symbolic fiction. The troubadours themselves say it: it is a matter of a fenher; of a feigning or «courtly lie», a court game. But this implies that it was a creation of the spirit, something that upon instinct was placed as a noble offspring of the souls. This love is not compatible with any sensual realisation: it lives in distance and solitude, like the nightingale. Hence it was incompatible with matrimonial love, seated in full realisation. It is pure amorous dynamics, exempt from matter, the form of love without the inertia of the flesh. Strictly speaking, pure love is the love that is not realised, all tension, eagerness, yearning.
Let this brief note on «courtly love» go, as an indication of what a phenomenology of the erotic species could be.
El Sol, 29 July 1926
Vediamo passare il nuovo amore con vaga malinconia, come invitati che arrivano tardi a un convito. Anche se siamo irrimediabilmente fedeli a un’altra forma meno nuova di amare, presentiamo le grazie peculiari di questo stile più recente e le vorremmo anche noi. La vita è sempre appetitosa, e dieci esistenze differenti non ci permetterebbero di rinunciare senza nostalgia all’undicesima. Il fatto è che da fuori vediamo la nuova scena erotica, e come non partecipiamo della radice vitale che la genera, solo possiamo avvicinarci intellettualmente alla sua essenza. E l’intelletto è atto di comparare. Così il nuovo amore ci appare sul fondo di quello che noi esercitavamo, staccandosene per i suoi tratti differenziali. Il nostro amore, con le une o le altre modulazioni, apparteneva alla casta del XIX secolo. Era l’«amore romantico». Nelle postrimerie del secolo, il fuoco appassionato dei suoi inizi si era intiepidito in tutte le sfere della vitalità. Forse per questo ci facevamo l’illusione di non essere già romantici di sentimento né di letteratura. Ma basta che ci confrontiamo con la gente giovane perché sentiamo lo strattone storico che ci mantiene aderenti ai nonni romantici. Siamo la loro progenie, prossima già a una nuova specie più misurata e savia. Già Heine pretendeva indecisamente di non essere del tutto romantico, e si titolava «re abdicato dell’impero millenario del romanticismo».
L’«amore romantico» è una delle creazioni più suggestive dell’evoluzione umana, e sembra incredibile che non si sia tentato mai —almeno che io sappia— il suo analisi e filiazione. Questo indica che, approssimativamente, si trova tutto da fare e che ancora è possibile produrre i libri più interessanti.
L’amore romantico! Ecco un esempio di ciò che prima ho chiamato «mode dell’amore». Succedette alla galanteria del XVIII secolo, che, a sua volta, non era se non un’altra moda subseguente alla «stima» del XVII secolo, all’«amore platonico» del XV; in fine, all’«amore cortese» del XIII e «gentile» del XIV. Non fa bisogno avvicinarsi, lente in mano, al dettaglio storico perché sorga dinanzi a noi col suo profilo differente tanto varia fauna erotica.
Compito un po’ più difficile sarebbe caratterizzare queste specie di amore, una per una. Quando si parla di differenze e variazione nelle cose umane, si tratta sempre di relatività. Gli ingredienti che compongono l’uomo sono, almeno dentro ogni ciclo storico, approssimativamente gli stessi. La differenza sorge dalla distinta combinazione in cui entrano per produrre la reazione psichica. Si tratta sempre dello stesso, ma in forma diversa ogni volta. Eadem sed aliter. Nell’amore collaborano la fantasia, l’entusiasmo, la sensualità, la tenerezza e molti altri semplici della chimica intima. La dose in cui entri ciascuno e il rango che occupi nella prospettiva totale decidono del cariz che andrà a presentare il sentimento amoroso.
Per cominciare, conviene tener in conto quanto segue: la persona umana è un’entità polarizzata. Si compone di corpo e di anima, le cui forme estreme costituiscono i due poli della personalità. Questo permette di prendere l’essere umano per uno di essi, situandolo in primo termine, sottolineandolo, mentre l’altro resta semiocculto, latente o svanito. E vi sono, in effetto, epoche corporaliste che si fissano dell’uomo, sopra tutto, nella sua carne, al passo che altre non vedono nella carne se non lo specchio dell’anima, il pezzo di materia in cui quella si esprime. Questa inclinazione a anteporre il corpo o lo spirito è uno dei sintomi più radicali che definiscono un tempo storico. Si comprende che la possibilità di questa doppia prospettiva renda due specie distinte di amore e ci serva per la sua classificazione.
Così l’«amore cortese», scoperto e coltivato nelle famose «corti d’amore» dal secolo XII, è una forma estrema di erotismo spiritualista. Nel secolo XIV, Dante riassume secolo e mezzo di «cortesia» quando di Beatrice desidera solo il gesto, che è la carne in quanto esprime anima. Dante lo innamora il sorriso —il disiato riso— della donna esemplare, che è per lui «fine e perfezione dell’amore».
Cose appariscon nello suo aspetto
Che mostran de’ piacer del Paradiso,
Dico negli occhi e nel suo dolce riso.
(Convivio, trattato III)
In questo amore cortese è essenziale la distanza. È amore visuale o di nostalgia, distanza nello spazio e nel tempo. È un amore in cui tutto lo mette l’amante e vive del suo potere entusiasta. Non ha neppure bisogno di conoscere l’amata: la sua chimica, un po’ cerebrale, esplode con solo udire la lode di una dama. Così il trovatore Amanieu de Sescas:
E sabetz que vers es:
C’om ama, de cor fi,
Femma que anc non vi,
Sol per auzir, lauzar.
[E sappiate che è vero:
un uomo ama di fine cuore,
donna che mai vide,
solo per udirla lodare.]
Il tema ripercuote in tutto il coro semi-arcangelico dei trovatori. Ve n’è uno, Jaufré Rudel, che io chiamerei di grado «il poeta dell’amore lontano», la cui canzone perdurabile dice sempre, con le une o le altre voci:
Que.l cor joi d’autr’amor non a
mas de cela qu’ieu anc non vi.
Per questo la poesia trobadorica è in buona parte «loda», encomio; cioè, creazione immaginaria ispirata dall’entusiasmo, e non narrazione né descrizione, dramma né ode. Conosciamo Beatrice quando si assenta, quando è morta: vediamo solo il suo volto volto nell’allontanarsi, per dedicare al poeta la sua mirabile salute, un addio! già ultrarreale, che resta vibrando in misteriosa palpitazione erotica, come l’eco di una musica che qualcuno suona, invisibile, dietro un boschetto.
A noi sembra questo amore gentile per di più spiritato; ma conviene rendersi conto di ciò che significò all’ora del suo fiorire. Il Medioevo, nella sua tappa più nera e più aspra, sta al fondo. L’uomo vive a parte dalla donna. Il primo Medioevo conosce solo società di uomini soli; sport venatorio, grande mangiata, ubriachezza. Dall’altro lato, la Chiesa stringe le viti di un feroce ascetismo. Ed ecco che in certi luoghi molli di Francia si inizia audacemente la moda di affermare qualcosa di terrena —l’amore. Non poteva questo farsi se non in forma sottile e travestita. In effetto, l’«amore cortese» vacilla sempre tra un sentimento reale e una finzione simbolica. Gli stessi trovatori lo dicono: si tratta di un fenher; di un fingere o «mentir cortese», gioco di corte. Ma questo implica che era una creazione dello spirito, qualcosa che sull’istinto si collocava come nobile genitura delle anime. Questo amore non è compatibile con nessuna realizzazione sensuale: vive in lontananza e solitudine, come l’usignolo. Di qui che fosse incompatibile con l’amore matrimoniale, assestato in piena realizzazione. È pura dinamica amorosa, esente da materia, la forma dell’amore senza l’inerzia della carne. In rigor di termini, l’amore puro è l’amore che non si realizza, tutto tensione, desiderio, anelito.
Vada questa breve nota sull’«amore cortese», come indicazione di ciò che poteva essere una fenomenologia delle specie erotiche.
El Sol, 29 luglio 1926