Abstract
A 1930 political article: like it or not a new state must be forged, since the present one survives only by exploiting national vices, while Spain urgently needs to transform its whole productive system, whose costs are fantastically high. Political journalism.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Se encuentra, pues, la vida de nuestra nación ante una peripecia de máximo calibre, y ahora se va a ver si los españoles son capaces, en serio, de hacer historia, si tienen magnanimidad. Porque con almas pequeñas no se hace historia; se hace, a lo sumo, «aldea». Es preciso que todos, cualesquiera sean nuestra doctrina y nuestro amor, intentemos ensanchar nuestras almas en las tres dimensiones de la reflexión mesurada, de la energía y del entusiasmo por los destinos de España.
Queramos o no, tenemos que forjar un nuevo Estado. Ya sé que hay quienes no quieren: ciertos grupos palatinos y de extrema «derecha», ciertos elementos con arma al costado. Pero el no querer no exime de pensar en si es posible no querer.
Supongamos un instante que renunciamos a crear enérgicamente un nuevo Estado, bien unido con la nación y pertrechado a la altura de los tiempos. ¿Qué pasaría entonces? ¿Se vislumbra algún medio, fuera de la magia, para que el Estado actual, que ha perdido por completo su normalidad histórica, pueda, en día más o menos próximo, reaparecer ungido de los prestigios nacionales que hoy le faltan? O, más crudamente dicho: ¿puede con ese Estado volver a ser normal la vida pública de los españoles? No se ve por qué vía. Al contrario, ese Estado sólo puede prolongar la ficción de su estabilidad aprovechándose en forma cada vez más extrema de los vicios nacionales, de la inercia del celtíbero, de la facilidad con que se deja sobornar. Pero estos usos, es decir, estos perennes abusos, son los que han descalificado al Poder público y han hecho que el Estado sea cada vez menos un Estado de la nación. Se ha empleado el Poder público, que es de todos —sus dineros y su fuerza coercitiva—, para sostener ficticiamente, y contra el deseo profundo de la inmensa mayoría, cierto sistema estatal. El cual, por lo mismo, dejaba de ser el Estado de todos y se convertía en un partido, en una facción. Para ello era menester soltar cotidianamente nuevo lastre de decoro, poner el Poder público al servicio de intereses particulares o amenazar con él abusivamente a los que no eran dóciles. Este arrastre a lo largo de un progresivo envilecimiento y debilitación de la existencia nacional es la única verosimilitud de pervivencia que el Estado actual posee.
Y entretanto bate la urgencia de la hora, por todos lados, a la nación. El resto del mundo se apresta a una vida dura y difícil que sobreviene. Todas las agilidades y solidaridades serían pocas para situar a España en forma frente al tiempo que amenaza. Para no citar sino un detalle. Contra lo que el vulgo cree, es el problema del cambio un mal muy secundario de nuestra substancia económica. Lo verdaderamente grave, lo gravísimo, es que necesitamos, de una manera radical y rapidísima, transformar de arriba abajo, íntegra, la producción nacional, por la sencilla razón de que el tipo de costo de esa producción es fantásticamente elevado sobre el nivel a que ha llegado en el resto del mundo. Esto sí que no es una frase, sino una terrible amenaza de ser aplastados. Y faena tal, ¿va a poderse acometer con un Estado en entredicho, que no ofrece la menor confianza a la mayoría de los españoles? Entre las cosas que es inminente hacer en nuestro país, esto es sólo un detalle, y bien se ve que es enorme. Porque, sin salirse de él, puede el lector imaginar toda la cantidad de otras cosas gigantes que es preciso hacer para cambiar el modo de la producción. Y esas cosas, ¿se van a hacer cuando, sin exagerar nada, las cuatro quintas partes de los hombres más hábiles que hay en España se niegan a aceptar el Estado actual, porque no se fían de él?
Reflexionen, pues, esos grupos que se obstinan en su noluntad, en su no querer una nueva forma de convivencia española. Y háganme un obsequio, que no sería cortés negarme, por lo sencillo y lo innocuo de la demanda: relean, si no la tienen fresca, la historia de las revoluciones en España y fuera de España. Verán que esa historia es siempre la misma. Hay una intentona, una conspiracioncita, un «pronunciamiento», que fácilmente el Gobierno domina y castiga. Fusilamientos, muchos fusilamientos. Pero otro día, otra intentona parecida, que también sofoca el Gobierno. Y así sucesivamente. El Gobierno se harta de triunfar, y un buen día se levanta más seguro que nunca. Pero he aquí que al llegar la prima noche, el Gobierno se ha desvanecido. Entre el angelus matinal y el vespertino, sin que se sepa cómo, ha triunfado la revolución, a pesar de innumerables fusilamientos.