Abstract
Against those who simply want to ‘make’ a revolution in Spain: no authentic revolution was ever made by a group, since before it is executed in the street it is already made in the public air; revolutions are not conspiracies but universal collaboration. He also declares he does not believe in the fertility of any revolution, the French one included.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Pero aunque una revolución triunfe no quiere decir que sea deseable. Los que me lean saben hasta qué punto y por qué robustas razones no creo en la adecuada fertilidad de ninguna revolución, ni de las futuras ni de las pasadas, incluyendo la más ilustre de Francia. Es éste un punto en que hemos aprendido una óptica distinta de la vigente en el siglo pasado. Sin embargo, puedo yo estar en un craso error. Yo no quiero tampoco oponer mis opiniones personales, que además requerirían más minuciosa expresión, a los que juzgan necesario «hacer», así, sin más ni más, una revolución en España. Parejamente he procurado, en cuanto es posible a un pobre humano, eliminar mis opiniones personales frente a los que no quieren un nuevo Estado. He intentado —con grandes probabilidades de fracaso, sin duda— hacer hablar las cosas mismas y que mi voz se esforzase en ser anónima. No discuto, pues, con los «revolucionarios» sobre las revoluciones en general. Supongamos también que son ellos quienes llevan la razón cuando dicen que un nuevo Estado sólo puede surgir revolucionariamente. Muy bien. Pero también fuera oportuno que refrescasen la crónica de la revolución y viesen que jamás ninguna revolución auténtica ha sido en rigor «hecha» por este o el otro grupo. Antes de «ejecutarse» la estampa de la revolución en la calle, estaba hecha y archihecha en el aire público y por el aire público, el más difuso y formidable personaje. Las revoluciones no se «preparan» como un golpe de mano; las revoluciones no son conspiraciones, tapujos, secretos, subterraneidad. Son todo lo contrario: aire público; mejor, vendaval en toda la rosa de los vientos, colaboración universal, exuberante y sin contraseña. Sólo cuando hay esto marcha la turbinita de los que conspiraron.
No. Hay que hacer muchas cosas antes de hacer la revolución. No se fabriquen ilusiones los que piensan lo contrario. Están en un error si creen que la gran mayoría de los españoles resueltos a crear otro Estado y no aceptar el actual se sienten representados por ellos. Sin que yo censure a nadie en particular —hay entre ellos personas a quienes estimo superlativamente—, no se puede ocultar que no han sabido aún limpiar la idea republicana de todo el polvamen manido que envuelve al viejo republicanismo tradicional, tan tradicional y tan inactual como el viejo monarquismo. La nueva figura de República 1930 no consta aún en las cabezas de los españoles. Y sólo eso importaría, porque la añeja carátula —1868, 1848, 1830— no nos sirve para nada.
Es una vergüenza que diez meses después de retirarse la Dictadura no se oiga hablar en público al país, sino sólo musitaciones de antiguo melodrama, que aunque se refieran a acciones serias o respetables, por su técnica extemporánea dan motivo para que sobre ellas cabalgue todo el botaratismo de aldeón que aún queda en la superficie de España. Únicamente si la fuerza apretase las bocas estaría justificado el secreteo y el silencio. Pero entonces el silencio cobraría sin par elocuencia.
No; caminemos la vía en toda su longitud. No dejemos de hacer todo lo que hay que hacer. Se trata precisamente de no peruanizar ni venezolanizar a España. Y no vale ni siquiera hablar de revolución cuando aún no se ha intentado organizar en grande la opinión del país.