Ortega y Gasset
Abstract
A meditation written in an Andalusian landscape: the open country disperses thought, which is precisely the attempt to set oneself apart from everything else. It contrasts the European delight in being an individual with the Asian anguish at individuation (Nirvana), and distinguishes urban from rural culture as two divergent principles of life.
Connections
Concetti: autocoscienza, natura
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
¿Se puede escribir un artículo al aire libre? Lo mejor sería no intentarlo, porque es una empresa difícil. Como el plein air deshace la figura en el cuadro impresionista, disociándola en puros reflejos, en manchitas independientes, átomos de cromatismo, el paisaje libre dispersa la persona, aventa la grey de las ideas, descompone el intelecto en sus simples elementales. El campo no permite el recogimiento, la concentración de fuerzas que constituye la individualidad; por lo menos, esa última potencia de individualidad que es el pensamiento. El sol hace con uno lo mismo que con la gota de rocío, la cual pretende, péndula en la punta de la hoja, captar el paisaje entero dentro de sí, espejándolo en su microcosmos esférico. Pero el mismo rayo de sol que la enciende, y la convierte en diamante, y la vuelve un instante pupila irisada, la asesina sorbiéndola, disgregándola en la atmósfera. Siempre me ha conmovido el pequeño drama cósmico que es la muerte de la nube blanca, que el sol mata volviéndola azul, borrándola, aniquilando su pretensión de destacarse a fuerza de blancura sobre el fondo del firmamento. El pensamiento viene a ser un intento parejo de situarse frente a todo lo demás, fuera y contra todo lo demás; de hacerse a sí mismo isla, de ser aparte del ser universal, que empuja contra nosotros sus formidables espumas metafísicas.
Es curioso que esta impresión elemental de sentirse fuera de lo demás, y que llamamos conciencia individual, ha sido valorada con signo opuesto por el europeo y el asiático. Para el europeo, es la suma delicia sentirse vivir aparte, advertir que él no es las demás cosas. Le complace palpar sus propios límites, recorrer sus fronteras y confirmar que no se confunde en ningún punto con los otros seres. Cuanto más propio se sea, cuanto más diferente, extraño y privado, más intensamente cree vivir. En cambio, el asiático sufre de ser individuo, se angustia de ese aislamiento, se siente al ser sólo lo que él es como desterrado de las demás cosas, y preferiría serlas todas, no por afán de ser más, sino, al contrario, para no ser nada determinado y con límite, para alentar en la unanimidad universal. Percibe su concreta figura como una amputación. Es trozo y fragmento al ser individuo; es muñón del cosmos. Diríase que le duele su propio perfil. De aquí que, para el asiático, la vida más intensa sea la que le lleve al aniquilamiento, que rompa sus fronteras de individuo y le anegue de ser universal. Para nosotros será siempre monstruoso el hecho de que razas enteras consideren el dejar de ser, el Nirvana, como ideal de la vida. Y, sin embargo, Oriente y Occidente han solido encontrarse en las cimas de las mentes místicas. Así, el maestro Eckhart insiste en que todo ser lleva en sí su propio fracaso. Cada ser fracasa en la medida en que no es los demás seres. Consiste, pues, en una negación infinita; su ser está tejido de no ser esto, de no ser lo otro, etcétera.
En términos más moderados, estas dos delicias antagónicas, de ser individuo y dejar de serlo, se disputan el alma del hombre urbano cuando de la ciudad va al campo. No hay duda de que el hombre rural es menos individuo que el hombre ciudadano. Este diferente grado de individuación inspira la radical diversidad que existe entre la cultura de la ciudad y la cultura campesina. Porque no se trata sólo de dos estadios en la evolución de una cultura, sino de dos principios de vida sobremanera divergentes.
II
Escribo sumido en un paisaje andaluz. Blanda serrezuela al fondo. Los olivos, en rangos disciplinados, hacen pesar su fronda plomiza sobre una tierra roja y grasa. Los cortijos multiplican su blancura en placentera dispersión, y las pitas amenazan vanamente al contorno con sus espadas fláccidas.
Siempre que bajo de la áspera Castilla a esta gleba feliz, donde las gentes llevan prendida una sonrisa perdurable entre los dientes, me ocurre preguntarme si se ha escrito alguna vez algo que tenga sentido sobre el alma andaluza, que es una de las más extrañas de Europa. Y es, en verdad, sorprendente que, habiéndose ennegrecido tanto papel sobre Andalucía, no se haya dicho nunca una palabra aguda, un vocablo en forma de llave que nos abra el misterioso aparato de relojería espiritual alojado en esta raza.
Como siempre, ha faltado también en este caso lo que es, según Platón, la emoción preludial en toda obra de intelecto: la sorpresa de que una cosa sea como es, el espanto ante lo evidente. Quien no sea capaz de pasmarse ante el simple hecho de que la vida andaluza exista, quien entre dentro de ella desde luego, como la cosa más natural del mundo, queda imposibilitado de comprender lo que en ella —como en todo— es lo más interesante: sus raíces, sus supuestos primarios, todo eso que no está especialmente en ningún sitio ni en ningún caso, por lo mismo que está en todos los sitios y en todos los casos. Menos que nadie percibe esos supuestos tácitos, secretamente actuosos, el andaluz mismo. Cada vida, individual o colectiva, parte de ciertos principios, que son su a priori psicológico. Por lo mismo que éstos llevan en peso entera aquella vida y son su subsuelo, no se da cuenta de ellos el que los vive. Sólo nos damos cuenta de lo secundario y superficial, de lo cambiante y anecdótico.
He aquí por qué en estos días vagos de viaje y de reposo literario, no pudiendo escribir sobre ningún libro a la mano, bajo la presión deleitable del sol tartesio, envío a mis lectores esta nota sobre un libro no escrito aún, esta nota en que se postula un libro discreto, curioso, penetrante, sobre Andalucía.
Yo creo que hay una cultura andaluza en sentido más hondo y radical que toda esa parada de escuelas andaluzas de pintura, poesía, etcétera. Es ya no haberse enterado de lo que en la cultura andaluza hay de más específico hacerla consistir en arte pictórico o literario. Arte, literatura, ciencia, religión, Estado, todo eso, que constituye, en efecto, las culturas del centro y del norte de Europa, de Roma o de Grecia, trae en el fondo muy sin cuidado al andaluz eterno, cuya cultura consiste precisamente en todo lo demás de la vida que no es eso.
¿En qué, pues?, se me dirá. Muy sencillo: en lo cotidiano. Ha habido y hay razas que anteponen lo extraordinario a la existencia cotidiana. Se afanan en producir aquello, en hacer sobrevenir lo heroico, lo genial, lo trágico, y no paran mientes en la porción de vida —cuantitativamente la más importante— que fluye por las horas y los minutos. Preparan la fecha eminente y desatienden la curva suave e ingloriosa de todos los días, de todas las semanas, de todos los siglos.
En este sentido, la comprensión de la cultura andaluza nos es facilitada por lo que sabemos de los pueblos orientales, de quienes se halla, en efecto, mucho más cerca el andaluz que de los sensu stricto europeos.
Todas las culturas son soluciones o intentos de solución al problema de la vida. Y son diferentes entre sí porque el problema de la vida, radical punto de partida, es sentido por cada raza de un modo distinto. Ésta es la razón de que una cultura extraña no sirva a un pueblo; la solución que ella aporta es incongruente con la fórmula del problema vital que en su fondo orgánico lleva.
La mejor introducción al andalucismo, a la cultura tartesia, es, en mi entender, pensar lo siguiente: supóngase que el problema de la vida consista, no en crear esto o lo otro, no en realizar tales o cuales valores trascendentes —la verdad, la justicia, el dominio sobre la naturaleza, la organización de la humanidad, etcétera, etcétera—, sino simplemente en pasarla lo menos ingratamente que se pueda. Pues bien: desde este supuesto, la vida sevillana es un sistema perfecto, cerrado y completo. Probablemente, hace mil años era en lo esencial[36] idéntica a lo que es hoy, y no hay razón para que no lo sea dentro de otros mil. Ciertamente que un europeo normal no acepta ese supuesto; para él la vida no es un torrente que pasa sobre el hombre y del cual conviene defenderse con astucia, gracia y cautela, sino una fuerza que radica y brota en cada individuo y le incita a empresas. El europeo busca la tragedia, se obstina en intervenir en la marcha del universo con la pretensión de gobernarla. Como esto es, probablemente, imposible, la historia de Europa va de tragedia en tragedia, sometida a perpetuo cambio y constante inquietud. El andaluz es, por el contrario, el hombre resuelto a evitar la tragedia, a sortearla, a darle un quiebro. Esto, claro es, le lleva a no hacer historia. (Uno de los temas del libro sobre Andalucía que postulo, debería determinar la medida en que esta raza ha intervenido o no ha intervenido activamente en la historia).
I
Can one write an article in the open air? The best thing would be not to attempt it, because it is a difficult enterprise. As the plein air undoes the figure in the Impressionist painting, dissociating it into pure reflections, into independent little patches, atoms of chromatism, so the free landscape disperses the person, blows away the flock of ideas, decomposes the intellect into its elemental simples. The countryside does not permit recollection, the concentration of forces that constitutes individuality; at least, that last power of individuality which is thought. The sun does with one the same as with the drop of dew, which pretends, pendulous on the point of the leaf, to capture within itself the whole landscape, mirroring it in its spherical microcosm. But the very ray of sun that lights it, and converts it into a diamond, and turns it for an instant into an iridescent pupil, assassinates it by sipping it up, disgregating it into the atmosphere. I have always been moved by the little cosmic drama that is the death of the white cloud, which the sun kills by turning it blue, blotting it out, annihilating its pretension of standing out by force of whiteness against the background of the firmament. Thought comes to be a like attempt to situate oneself before everything else, outside and against everything else; to make oneself an island, to be apart from the universal being, which pushes against us its formidable metaphysical foams.
It is curious that this elementary impression of feeling oneself outside the rest, and which we call individual consciousness, has been valued with opposite sign by the European and by the Asiatic. For the European, it is the supreme delight to feel oneself living apart, to perceive that he is not the other things. It pleases him to palpate his own limits, to run through his frontiers and to confirm that he does not at any point confuse himself with the other beings. The more one’s own one is, the more different, strange and private, the more intensely one believes he lives. In exchange, the Asiatic suffers from being an individual, is anguished by that isolation, feels in being only what he is as if exiled from the other things, and would prefer to be them all, not out of eagerness to be more, but, on the contrary, in order to be nothing determinate and with limit, in order to breathe in the universal unanimity. He perceives his concrete figure as an amputation. He is a piece and fragment in being an individual; he is a stump of the cosmos. One would say that his own profile pains him. Hence, for the Asiatic, the most intense life is that which leads him to annihilation, which breaks his frontiers of individual and inundates him with universal being. For us it will always be monstrous the fact that whole races consider the ceasing to be, the Nirvana, as the ideal of life. And, nevertheless, Orient and Occident have been wont to meet on the summits of the mystic minds. Thus, Master Eckhart insists that every being carries within itself its own failure. Each being fails in the measure in which it is not the other beings. It consists, then, in an infinite negation; its being is woven of not being this, of not being that, et cetera.
In more moderate terms, these two antagonistic delights, of being an individual and of ceasing to be one, dispute the soul of the urban man when from the city he goes to the country. There is no doubt that the rural man is less an individual than the city man. This different degree of individuation inspires the radical diversity that exists between the culture of the city and the peasant culture. Because it is not only a question of two stages in the evolution of a culture, but of two principles of life enormously divergent.
II
I write sunk in an Andalusian landscape. A soft little sierra in the background. The olive trees, in disciplined ranks, make their leaden foliage weigh upon a red and fat earth. The cortijos multiply their whiteness in pleasant dispersion, and the pitas vainly threaten the surroundings with their flaccid swords.
Whenever I descend from the harsh Castile to this happy glebe, where the people carry a lasting smile pinned between their teeth, it happens to me to ask myself whether anything that has sense has ever been written about the Andalusian soul, which is one of the strangest of Europe. And it is, in truth, surprising that, having blackened so much paper about Andalusia, there has never been said a sharp word, a word in the form of a key that should open for us the mysterious clockwork apparatus of the spirit lodged in this race.
As always, there has also been lacking in this case what is, according to Plato, the preludial emotion in every work of intellect: the surprise that a thing should be as it is, the dread before the evident. Whoever is not capable of being astonished before the simple fact that Andalusian life exists, whoever enters into it at once, as the most natural thing in the world, remains incapacitated to understand what in it —as in everything— is the most interesting: its roots, its primary presuppositions, all that which is not specially in any place nor in any case, precisely because it is in all places and in all cases. Less than anyone does the Andalusian himself perceive those tacit presuppositions, secretly active. Every life, individual or collective, starts from certain principles, which are its psychological a priori. Precisely because these carry in weight that whole life and are its subsoil, he who lives them does not take account of them. We take account only of the secondary and superficial, of the changing and anecdotal.
Here is why, in these vague days of travel and literary rest, being unable to write on any book at hand, under the delightful pressure of the Tartessian sun, I send to my readers this note upon a book not yet written, this note in which there is postulated a discreet, curious, penetrating book on Andalusia.
I believe that there is an Andalusian culture in a deeper and more radical sense than all that parade of Andalusian schools of painting, poetry, et cetera. It is already not to have realized what is most specific in Andalusian culture to make it consist in pictorial or literary art. Art, literature, science, religion, State, all that, which constitutes, in effect, the cultures of the centre and the north of Europe, of Rome or of Greece, leaves at bottom quite indifferent the eternal Andalusian, whose culture consists precisely in all the rest of life that is not that.
In what, then?, I shall be told. Very simple: in the everyday. There have been and there are races that put the extraordinary before the everyday existence. They toil to produce that, to bring about the heroic, the genial, the tragic, and do not pay heed to the portion of life —quantitatively the most important— that flows through the hours and the minutes. They prepare the eminent date and neglect the smooth and inglorious curve of all the days, of all the weeks, of all the centuries.
In this sense, the understanding of Andalusian culture is facilitated to us by what we know of the oriental peoples, from whom the Andalusian is found, in effect, much closer than from the sensu stricto Europeans.
All cultures are solutions or attempts at solution to the problem of life. And they are different among themselves because the problem of life, radical point of departure, is felt by each race in a distinct manner. This is the reason that a strange culture does not serve a people; the solution it brings is incongruent with the formula of the vital problem that it carries in its organic depth.
The best introduction to Andalusianism, to the Tartessian culture, is, to my understanding, to think the following: suppose that the problem of life consists, not in creating this or that, not in realizing such or such transcendent values —truth, justice, dominion over nature, the organization of humanity, et cetera, et cetera—, but simply in passing it as least ungratefully as possible. Well then: from this supposition, the Sevillian life is a perfect, closed and complete system. Probably, a thousand years ago it was in the essential[36] identical to what it is today, and there is no reason that it should not be so in another thousand. Certainly a normal European does not accept that supposition; for him life is not a torrent that passes over man and against which it is fitting to defend oneself with cunning, grace and caution, but a force that is rooted and springs in each individual and incites him to enterprises. The European seeks tragedy, persists in intervening in the march of the universe with the pretension of governing it. As this is, probably, impossible, the history of Europe goes from tragedy to tragedy, subjected to perpetual change and constant disquiet. The Andalusian is, on the contrary, the man resolved to avoid tragedy, to dodge it, to give it a swerve. This, it is clear, leads him not to make history. (One of the themes of the book on Andalusia that I postulate should determine the measure in which this race has or has not actively intervened in history).
I
Si può scrivere un articolo all’aria aperta? La cosa migliore sarebbe non tentarlo, perché è un’impresa difficile. Come il plein air disfa la figura nel quadro impressionista, dissociandola in puri riflessi, in macchioline indipendenti, atomi di cromatismo, il paesaggio libero disperde la persona, sventaglia il gregge delle idee, scompone l’intelletto nei suoi semplici elementari. La campagna non permette il raccoglimento, la concentrazione di forze che costituisce l’individualità; per lo meno, quell’ultima potenza di individualità che è il pensiero. Il sole fa con noi lo stesso che con la goccia di rugiada, la quale pretende, pendula sulla punta della foglia, di catturare dentro di sé il paesaggio intero, rispecchiandolo nel suo microcosmo sferico. Ma lo stesso raggio di sole che l’accende, e la converte in diamante, e la rende un istante pupilla iridata, l’assassina sorbendola, disgregandola nell’atmosfera. Mi ha sempre commosso il piccolo dramma cosmico che è la morte della nuvola bianca, che il sole uccide facendola azzurra, cancellandola, annichilendo la sua pretesa di staccarsi a forza di biancore sul fondo del firmamento. Il pensiero viene a essere un tentativo pari di situarsi di fronte a tutto il resto, fuori e contro tutto il resto; di farsi isola, di essere a parte dell’essere universale, che spinge contro di noi le sue formidabili spume metafisiche.
È curioso che questa impressione elementare di sentirsi fuori dal resto, e che chiamiamo coscienza individuale, sia stata valutata con segno opposto dall’europeo e dall’asiatico. Per l’europeo, è la somma delizia sentirsi vivere a parte, avvertire che egli non è le altre cose. Gli piace palpare i propri limiti, percorrere le sue frontiere e confermare che non si confonde in nessun punto con gli altri esseri. Quanto più proprio si è, quanto più diverso, strano e privato, tanto più intensamente crede di vivere. In cambio, l’asiatico soffre di essere individuo, si angustia di quell’isolamento, si sente nell’essere soltanto ciò che è come esiliato dalle altre cose, e preferirebbe esserle tutte, non per brama di essere di più, ma, al contrario, per non essere nulla di determinato e con limite, per respirare nell’unanimità universale. Percepisce la sua concreta figura come un’amputazione. È pezzo e frammento nell’essere individuo; è moncone del cosmo. Si direbbe che gli duole il proprio profilo. Di qui che, per l’asiatico, la vita più intensa sia quella che lo conduca all’annichilimento, che rompa le sue frontiere di individuo e lo sommerga di essere universale. Per noi sarà sempre mostruoso il fatto che razze intere considerino il cessare di essere, il Nirvana, come ideale della vita. E, tuttavia, Oriente e Occidente si sono soliti incontrare nelle cime delle menti mistiche. Così, il maestro Eckhart insiste che ogni essere porta in sé il proprio fallimento. Ogni essere fallisce nella misura in cui non è gli altri esseri. Consiste, dunque, in una negazione infinita; il suo essere è tessuto di non essere questo, di non essere quest’altro, eccetera.
In termini più moderati, queste due delizie antagoniste, di essere individuo e di cessare di esserlo, si disputano l’anima dell’uomo urbano quando dalla città va in campagna. Non c’è dubbio che l’uomo rurale è meno individuo dell’uomo cittadino. Questo diverso grado di individuazione ispira la radicale diversità che esiste tra la cultura della città e la cultura contadina. Perché non si tratta soltanto di due stadi nell’evoluzione di una cultura, ma di due principi di vita oltremodo divergenti.
II
Scrivo immerso in un paesaggio andaluso. Morbida serretta sullo sfondo. Gli ulivi, in ranghi disciplinati, fanno pesare la loro fronda plumbea su una terra rossa e grassa. I cortijos moltiplicano il loro biancore in placida dispersione, e le agavi minacciano vanamente il contorno con le loro spade flaccide.
Ogni volta che scendo dall’aspra Castiglia a questa gleba felice, dove la gente porta appesa un sorriso perdurabile tra i denti, mi accade di domandarmi se si sia scritto mai qualcosa che abbia senso sull’anima andalusa, che è una delle più strane d’Europa. Ed è, in verità, sorprendente che, avendo annerito tanta carta sull’Andalusia, non si sia mai detta una parola acuta, un vocabolo in forma di chiave che ci apra il misterioso congegno di orologeria spirituale alloggiato in questa razza.
Come sempre, è mancato anche in questo caso ciò che è, secondo Platone, l’emozione preludiale in ogni opera d’intelletto: la sorpresa che una cosa sia come è, lo spavento dinanzi all’evidente. Chi non sia capace di stupirsi dinanzi al semplice fatto che la vita andalusa esista, chi entri dentro di essa senz’altro, come la cosa più naturale del mondo, resta impossibilitato a comprendere ciò che in essa —come in tutto— è il più interessante: le sue radici, i suoi presupposti primari, tutto ciò che non sta specialmente in nessun luogo né in nessun caso, proprio perché sta in tutti i luoghi e in tutti i casi. Meno di chiunque percepisce quei presupposti taciti, segretamente agenti, l’andaluso stesso. Ogni vita, individuale o collettiva, parte da certi principi, che sono il suo a priori psicologico. Proprio perché questi portano in peso intera quella vita e ne sono il sottosuolo, non se ne rende conto chi li vive. Ci rendiamo conto soltanto del secondario e superficiale, del mutevole e aneddotico.
Ecco perché, in questi giorni vaghi di viaggio e di riposo letterario, non potendo scrivere su nessun libro a portata di mano, sotto la pressione dilettevole del sole tartessio, invio ai miei lettori questa nota su un libro non ancora scritto, questa nota in cui si postula un libro discreto, curioso, penetrante, sull’Andalusia.
Io credo che ci sia una cultura andalusa in senso più profondo e radicale di tutta quella parata di scuole andaluse di pittura, poesia, eccetera. È già non essersi accorti di ciò che nella cultura andalusa c’è di più specifico il farla consistere in arte pittorica o letteraria. Arte, letteratura, scienza, religione, Stato, tutto ciò, che costituisce, in effetti, le culture del centro e del nord d’Europa, di Roma o di Grecia, lascia in fondo molto indifferente l’andaluso eterno, la cui cultura consiste precisamente in tutto il resto della vita che non è quello.
In che cosa, dunque?, mi si dirà. Molto semplice: nel quotidiano. Ci sono state e ci sono razze che antepongono lo straordinario all’esistenza quotidiana. Si affannano a produrre quello, a far sopravvenire l’eroico, il geniale, il tragico, e non pongono mente alla porzione di vita —quantitativamente la più importante— che fluisce tra le ore e i minuti. Preparano la data eminente e trascurano la curva soave e ingloriosa di tutti i giorni, di tutte le settimane, di tutti i secoli.
In questo senso, la comprensione della cultura andalusa ci è facilitata da ciò che sappiamo dei popoli orientali, dai quali si trova, in effetti, molto più vicino l’andaluso che dagli europei sensu stricto.
Tutte le culture sono soluzioni o tentativi di soluzione al problema della vita. E sono diverse tra loro perché il problema della vita, radicale punto di partenza, è sentito da ogni razza in un modo distinto. Questa è la ragione per cui una cultura estranea non serve a un popolo; la soluzione che essa apporta è incongruente con la formula del problema vitale che nel suo fondo organico porta.
La migliore introduzione all’andalusismo, alla cultura tartessia, è, a mio intendere, pensare quanto segue: si supponga che il problema della vita consista, non nel creare questo o quest’altro, non nel realizzare tali o quali valori trascendenti —la verità, la giustizia, il dominio sulla natura, l’organizzazione dell’umanità, eccetera, eccetera—, ma semplicemente nel passarla il meno ingratamente che si possa. Ebbene: da questo presupposto, la vita sivigliana è un sistema perfetto, chiuso e completo. Probabilmente, mille anni fa era nell’essenziale[36] identica a ciò che è oggi, e non c’è ragione che non lo sia tra altri mille. Certamente un europeo normale non accetta quel presupposto; per lui la vita non è un torrente che passa sull’uomo e dal quale conviene difendersi con astuzia, grazia e cautela, ma una forza che radica e sboccia in ogni individuo e lo incita a imprese. L’europeo cerca la tragedia, si ostina a intervenire nel cammino dell’universo con la pretesa di governarlo. Siccome questo è, probabilmente, impossibile, la storia d’Europa va di tragedia in tragedia, sottoposta a perpetuo cambiamento e costante inquietudine. L’andaluso è, al contrario, l’uomo risoluto a evitare la tragedia, a schivarla, a darle uno scarto. Questo, chiaro è, lo porta a non fare storia. (Uno dei temi del libro sull’Andalusia che postulo, dovrebbe determinare la misura in cui questa razza ha intervenuto o non ha intervenuto attivamente nella storia).
Lo que la vida andaluza tiene de oriental no es su aparente y superficial orientalismo, sino la común raíz campesina. La cultura tartesia es una cultura eterna y esencialmente rural. Los ritos de la campiña son el sustituto de las ideas de Estado, de los principios religiosos, de las «razones» científicas…
III
El sol evapora el pensamiento. El intento de escribir un artículo al aire libre fracasa. Renunciemos, pues. Otro día, entre cuatro paredes, defendido de la disociación que el campo impone, procuraré decir lo que hace muchos años pienso sobre el alma andaluza. Es tema delicado que, sin motivo justo, puede irritar a mis casi paisanos.
What Andalusian life has of oriental is not its apparent and superficial orientalism, but the common peasant root. The Tartessian culture is an eternal and essentially rural culture. The rites of the countryside are the substitute for the ideas of State, for the religious principles, for the scientific ‘reasons’…
III
The sun evaporates thought. The attempt to write an article in the open air fails. Let us renounce, then. Another day, between four walls, defended from the dissociation that the countryside imposes, I shall try to say what for many years I have thought about the Andalusian soul. It is a delicate theme which, without just motive, may irritate my almost countrymen.
Ciò che la vita andalusa ha di orientale non è il suo apparente e superficiale orientalismo, ma la comune radice contadina. La cultura tartessia è una cultura eterna ed essenzialmente rurale. I riti della campagna sono il sostituto delle idee di Stato, dei principi religiosi, delle «ragioni» scientifiche…
III
Il sole evapora il pensiero. Il tentativo di scrivere un articolo all’aria aperta fallisce. Rinunciamo, dunque. Un altro giorno, tra quattro mura, difeso dalla dissociazione che la campagna impone, cercherò di dire ciò che da molti anni penso sull’anima andalusa. È tema delicato che, senza giusto motivo, può irritare i miei quasi compaesani.