Ortega y Gasset

Abstract

A lecture promoting a Romantic Museum to be housed in Madrid’s Hospicio, a baroque building under threat from the municipal pickaxe. Its underlying thesis: progressives and reactionaries are equally wrong about the past, since the progressive disqualifies the men of yesterday by reducing them to a preparation of the present.

Connections

Assi: Senso della storia
Posizioni: progresso
Concetti: bellezza
Forme: lezione

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

SEÑORAS Y SEÑORES:

Son ustedes, conmigo, invitados que el Marqués de la Vega Inclán reúne hoy en estas salas para que hablemos de una empresa que fuera debido acometer. Expresión de un propósito, propaganda de un proyecto, solicitud de colaboración, y casi nada más van a ser las palabras, no muy numerosas, que me atrevo a dirigir a ustedes.

Los cuadros que penden de estos muros han sido generosamente donados por el Marqués de la Vega Inclán a la propiedad pública. Aspira el donador a que sirvan como núcleo inicial, aunque ya por sí mismo abundante, para la formación de un Museo donde quede resumido y perpetuado lo que fue la vida española en la primera mitad del siglo XIX. En aquella época, como el prólogo al Catálogo indica, Madrid, que había sido hasta entonces sólo oficialmente la capital de España, sale, por decirlo así, a las candilejas de la historia, y con su pueblo alto y bajo comienza a dar tono y color a la sociedad española. Parece, pues, indiscutible que el Museo en que va a conservarse el gesto fenecido de esa edad debe ser alojado en Madrid, y dentro de Madrid, en algún edificio a quien en la cara se conozca claramente la oriundez madrileña.

La elección no es difícil, porque, desgraciadamente, nuestra ciudad ha sido muy pobre en originales inspiraciones arquitectónicas. Encumbrada por conveniencias administrativas, fue siempre Madrid, a la vez, predilecta y víctima de la burocracia. Ahora bien: burocracia e inspiración original son dos cosas completamente incompatibles, y el espíritu madrileño sólo ha logrado en alguna ocasión perforar las rutinas administrativas y dar libremente al viento su plástica canción desde la fachada de alguna casa o en los tazones de alguna fuente pública.

Así en la fachada del Hospicio; por ella asoma el alma de nuestra villa y hace al transeúnte una incesante gesticulación. Como nuestra gente popular, es allí la arquitectura burlona, conceptuosa e inquieta. El estilo barroco a que pertenece fue dondequiera el triunfo de la pasión sobre la razón; pero el barroquismo de un Miguel Ángel, por ejemplo, expresa una pasión grave, reconcentrada y muda, al paso que en esa fachada, transparece el jocundo frenesí de un día de fiesta. La graciosa irrespetuosidad, que es característica del madrileño, ha inspirado al arquitecto, que se entretiene en faltar al respeto a la piedra, material grave y solemne, obligándola a danzar y parlar. A este edificio debiera llevarse el Museo Romántico. Con ello se lograría doble ventaja. La época tan madrileña que en él va a conservarse quedaría alojada en muros de espíritu afín, y, por otra parte, el Museo salvaría el edificio. Porque el Hospicio, señores, se halla en inminente peligro: las terribles piquetas municipales amenazan la sugestiva construcción. Si no se opone a ello un grupo eficaz de vecinos sentimentales, la burocracia inexorable arrasará vengativa ese poco de piedra vibrante y armoniosa.

Importa mucho, señores, que sepamos adoptar frente a las cosas que fueron, frente al pasado, una actitud certera, porque las dos maneras hoy usadas de enfrontarse con él, antagónicas una de otra, son igualmente erróneas y estériles. De un lado están los progresistas; de otro, los reaccionarios. Para los hombres del progreso, el pasado humano sólo tiene interés, sentido y valor, en la medida en que fue preparación del presente. Queda así el pretérito descalificado y en una actitud humilde ante nosotros; durante miles y miles de años, los hombres, a lo que parece, no han vivido para sí, sino para nosotros; han amado y odiado, han trabajado y sufrido, sin otra finalidad que hacer posibles estas cosas del presente, que consideramos maravillosas: nuestra técnica, nuestros ferrocarriles, nuestro sistema parlamentario, nuestras clínicas. Claro está que a los hombres de antaño parecían seguramente sus cosas no menos excelentes que a nosotros las nuestras; pero el progresista, con una ingenuidad específicamente moderna, cree su punto de vista definitivo y el único admisible. Se llega a suponer, más o menos declaradamente, que si un pintor de hace cinco siglos no pintaba como hoy se pinta, fue porque no podía, pero que si se le hubiese dado a elegir entre su modo de pintar y el nuestro, no habría vacilado en preferir éste. Y como del estilo pictórico, se supone de las creencias y opiniones, de las costumbres e instituciones políticas. Hay quien piensa de buena fe que si el hombre medieval hubiese conocido el sistema parlamentario, le habría faltado tiempo para arrinconar el feudalismo. El error que yace en esta manera de sentir aparece bien claro cuando el progresismo se lleva a sus últimas consecuencias, y se advierte que el progreso presente será superado por el de mañana, y, por tanto, nuestra vida actual, la vida del progresista, no tiene tampoco más valor que el de preparar el futuro. El progresismo es, en definitiva, futurismo. Y este futurismo, este afán de supeditar la vida actual y pasada a un mañana que no llega nunca, es una de las enfermedades de nuestro tiempo.

Provocada por ella, en polémica con ella, ha nacido la enfermedad antagónica: el reaccionarismo o arcaísmo. El reaccionarismo se niega a aceptar el presente, al fin y al cabo única vida real que existe; prefiere renunciar a vivir plenamente, y eligiendo una época pasada, que por una u otra razón le parece más cómoda o adecuada a sus conveniencias, resuelve instalarse en ella, irse a vivir a ella, convirtiéndola en un presente inmutable, petrificado, perenne. Para los reaccionarios, pues, tampoco hay propiamente pasado; para ellos no ha pasado, sigue siendo presente. Y como lograr que así sea no depende sólo de la voluntad, viven una vida extemporánea e irreal, un grotesco ensueño, exangüe e inválido.

Como ustedes ven, coinciden ambas actitudes extremas en empequeñecer la existencia; es ésta un prisma mágico, con sus tres dimensiones de pasado, presente y futuro, donde el rayo de la vida viene a quebrarse con el esplendor de un arco iris. Futurismo y arcaísmo se obstinan en amputar dos de esas dimensiones, quedándose sólo con una.

¿No es ya razón sobrada para que corrijamos tan erróneos temperamentos? Nuestro corazón necesita de esa abertura hacia el mañana para que puedan alentar nuestras esperanzas, y ha menester, a la par, del pasado, que envía hacia nosotros, como vahos fragantes, las sugestivas reminiscencias. Es preciso, pues, que aumentemos el presente con el pasado, yendo a buscarle precisamente como algo que ha pasado ya, dulce fantasma inofensivo, cuyos brazos irreales no pueden pretender intervenir en la actualidad.

Acaso la conquista más delicada de la Edad contemporánea, conquista aún muy poco aprovechada, es el sentido histórico, por medio del cual nos asomamos a los tiempos fenecidos, y en cierta manera gozamos de sus goces y nos estremecemos con sus dolores. Recuérdese que todavía Racine introduce en los griegos y romanos, héroes de sus tragedias, las ideas y los sentimientos propios de un cortesano de Versalles. Racine y sus coetáneos no habían aprendido aún a oír el rumor peculiar y exclusivo que es la vida en cada época; les parecía que bajo trajes y maneras diferentes, la vida humana había sido siempre idéntica, como al falto de buen oído musical todos los sonidos le parecen una sola nota. Pues bien: el sentido histórico es el buen oído histórico; órgano exquisito para percibir las modulaciones de la melodía humana a lo largo del tiempo.

Cuanto más se va ahondando en el estudio de la historia, se advierte con mayor claridad que la vida varía profundamente de época en época. Y no es que en una época sea la vida distinta que en otra porque lo sean sus ideas, sus artes, su política, su industria, sino, al revés; dos épocas tienen distintas ideas, artes, política e industria porque el sentimiento radical de la vida era en ellas diferente. Lo que pensamos y lo que hacemos es resultado y fruto de un clima sentimental que traemos al mundo, de una intuición o sensación primaria, simiente de todo lo demás. Conviene que abandonemos la creencia de que los cambios históricos decisivos provienen de grandes, solemnes acontecimientos, de inventos ilustres, de guerras gigantescas. Nada de eso.

LADIES AND GENTLEMEN:

You are, with me, guests whom the Marqués de la Vega Inclán gathers today in these rooms that we may speak of an enterprise which it would have been our duty to undertake. Expression of a purpose, propaganda of a project, request for collaboration, and almost nothing more are going to be the words, not very numerous, that I dare to address to you.

The pictures that hang from these walls have been generously donated by the Marqués de la Vega Inclán to the public property. The donor aspires that they serve as an initial nucleus, although already by itself abundant, for the formation of a Museum where there may remain summarized and perpetuated what Spanish life was in the first half of the nineteenth century. In that epoch, as the prologue to the Catalogue indicates, Madrid, which had been until then only officially the capital of Spain, comes out, so to speak, to the footlights of history, and with its people high and low begins to give tone and colour to Spanish society. It seems, then, indisputable that the Museum in which the expired gesture of that age is to be preserved must be housed in Madrid, and within Madrid, in some building on whose face the Madrilenian origin is clearly known.

The choice is not difficult, because, unfortunately, our city has been very poor in original architectural inspirations. Raised up by administrative conveniences, Madrid was always, at once, the favourite and the victim of bureaucracy. Now then: bureaucracy and original inspiration are two completely incompatible things, and the Madrilenian spirit has only managed on some occasion to pierce the administrative routines and give freely to the wind its plastic song from the façade of some house or in the basins of some public fountain.

Thus in the façade of the Hospicio; through it the soul of our town shows itself and makes to the passer-by an incessant gesticulation. Like our popular people, the architecture there is mocking, conceited and restless. The Baroque style to which it belongs was everywhere the triumph of passion over reason; but the baroquism of a Michelangelo, for example, expresses a grave, concentrated and mute passion, whereas in that façade there shows through the jovial frenzy of a festal day. The graceful irreverence, which is characteristic of the Madrilenian, has inspired the architect, who amuses himself in failing to respect the stone, grave and solemn material, obliging it to dance and chatter. To this building the Romantic Museum should be brought. Thereby a double advantage would be obtained. The epoch so Madrilenian that is to be preserved in it would remain lodged in walls of kindred spirit, and, on the other hand, the Museum would save the building. Because the Hospicio, gentlemen, is in imminent danger: the terrible municipal pickaxes threaten the suggestive construction. If an effective group of sentimental neighbours does not oppose it, the inexorable bureaucracy will raze vengefully that little of vibrating and harmonious stone.

It matters much, gentlemen, that we know how to adopt before the things that were, before the past, an accurate attitude, because the two manners today used of confronting it, antagonistic one to the other, are equally erroneous and sterile. On one side stand the progressives; on the other, the reactionaries. For the men of progress, the human past has interest, sense and value only in the measure in which it was preparation of the present. Thus the past remains disqualified and in a humble attitude before us; for thousands and thousands of years, men, it seems, have not lived for themselves, but for us; they have loved and hated, they have worked and suffered, with no other finality than to make possible these things of the present, which we consider marvellous: our technique, our railways, our parliamentary system, our clinics. It is clear that to the men of old their things surely seemed no less excellent than ours to us; but the progressive, with a specifically modern ingenuousness, believes his point of view definitive and the only admissible one. One comes to suppose, more or less declaredly, that if a painter of five centuries ago did not paint as one paints today, it was because he could not, but that if he had been given the choice between his way of painting and ours, he would not have hesitated to prefer the latter. And as with the pictorial style, it is supposed of beliefs and opinions, of customs and political institutions. There are those who think in good faith that if medieval man had known the parliamentary system, time would have been lacking to him to shelve feudalism. The error that lies in this manner of feeling appears quite clear when progressivism is carried to its last consequences, and it is perceived that the present progress will be surpassed by that of tomorrow, and, therefore, our actual life, the life of the progressive, has no more value either than that of preparing the future. Progressivism is, in the last resort, futurism. And this futurism, this eagerness to subordinate the actual and past life to a tomorrow that never arrives, is one of the diseases of our time.

Provoked by it, in polemic with it, the antagonistic disease has been born: reactionarism or archaism. Reactionarism refuses to accept the present, in the last resort the only real life that exists; it prefers to renounce living fully, and choosing a past epoch, which for one reason or another seems to it more comfortable or adequate to its conveniences, resolves to install itself in it, to go and live in it, converting it into an immutable, petrified, perennial present. For the reactionaries, then, neither is there properly past; for them it has not passed, it continues to be present. And as achieving that it be so does not depend only on the will, they live an extemporaneous and unreal life, a grotesque dream, exsanguinous and invalid.

As you see, both extreme attitudes coincide in belittling existence; the latter is a magic prism, with its three dimensions of past, present and future, where the ray of life comes to break with the splendour of a rainbow. Futurism and archaism persist in amputating two of those dimensions, keeping only one.

Is it not already abundant reason that we should correct such erroneous temperaments? Our heart needs that opening toward tomorrow so that our hopes may breathe, and it has need, at once, of the past, which sends toward us, like fragrant vapours, the suggestive reminiscences. It is necessary, then, that we increase the present with the past, going to seek it precisely as something that has already passed, sweet inoffensive ghost, whose unreal arms cannot pretend to intervene in actuality.

Perhaps the most delicate conquest of the contemporary Age, a conquest still very little turned to profit, is the historical sense, by means of which we look out upon the expired times, and in a certain manner enjoy their enjoyments and shudder with their sorrows. Let it be recalled that Racine still introduces into the Greeks and Romans, heroes of his tragedies, the ideas and sentiments proper to a courtier of Versailles. Racine and his contemporaries had not yet learned to hear the peculiar and exclusive rumour that is life in each epoch; it seemed to them that under different costumes and manners, human life had always been identical, as to him who lacks a good musical ear all sounds seem a single note. Well then: the historical sense is the good historical ear; exquisite organ for perceiving the modulations of the human melody along time.

The more one goes deepening in the study of history, the more clearly it is perceived that life varies profoundly from epoch to epoch. And it is not that in one epoch life is different than in another because its ideas, its arts, its politics, its industry are different, but, on the reverse; two epochs have different ideas, arts, politics and industry because the radical sentiment of life was in them different. What we think and what we do is result and fruit of a sentimental climate that we bring into the world, of a primary intuition or sensation, seed of everything else. It is fitting that we abandon the belief that the decisive historical changes come from great, solemn events, from illustrious inventions, from gigantic wars. Nothing of that.

SIGNORE E SIGNORI:

Sono essi, con me, invitati che il Marchese de la Vega Inclán riunisce oggi in queste sale perché parliamo di un’impresa che sarebbe stato doveroso intraprendere. Espressione di un proposito, propaganda di un progetto, richiesta di collaborazione, e quasi niente più saranno le parole, non molto numerose, che oso rivolgere a essi.

I quadri che pendono da questi muri sono stati generosamente donati dal Marchese de la Vega Inclán alla proprietà pubblica. Aspira il donatore a che servano come nucleo iniziale, benché già per sé stesso abbondante, per la formazione di un Museo dove resti riassunta e perpetuata ciò che fu la vita spagnola nella prima metà del secolo XIX. In quell’epoca, come il prologo al Catalogo indica, Madrid, che era stata fino allora soltanto ufficialmente la capitale di Spagna, esce, per così dire, alle ribalte della storia, e col suo popolo alto e basso comincia a dare tono e colore alla società spagnola. Pare, dunque, indiscutibile che il Museo in cui dovrà conservarsi il gesto defunto di quell’età debba essere alloggiato a Madrid, e dentro Madrid, in qualche edificio a cui in faccia si conosca chiaramente l’origine madrilena.

La scelta non è difficile, perché, disgraziatamente, la nostra città è stata molto povera in originali ispirazioni architettoniche. Innalzata per convenienze amministrative, Madrid fu sempre, insieme, prediletta e vittima della burocrazia. Ora: burocrazia e ispirazione originale sono due cose completamente incompatibili, e lo spirito madrileno è riuscito soltanto in qualche occasione a perforare le routine amministrative e a dare liberamente al vento la sua plastica canzone dalla facciata di qualche casa o nelle tazze di qualche fontana pubblica.

Così nella facciata dell’Hospicio; da essa affiora l’anima della nostra città e fa al passante un’incessante gestualità. Come la nostra gente popolare, è lì l’architettura burlona, concettosa e inquieta. Lo stile barocco a cui appartiene fu dovunque il trionfo della passione sulla ragione; ma il barocchismo di un Michelangelo, per esempio, esprime una passione grave, raccolta e muta, mentre in quella facciata traspare il giocondo frenesì di un giorno di festa. La graziosa irrispettosità, che è caratteristica del madrileno, ha ispirato l’architetto, che si diletta a mancare di rispetto alla pietra, materiale grave e solenne, obbligandola a danzare e a cianciare. A questo edificio dovrebbe portarsi il Museo Romantico. Con ciò si conseguirebbe doppio vantaggio. L’epoca così madrilena che in esso dovrà conservarsi resterebbe alloggiata in muri di spirito affine, e, d’altra parte, il Museo salverebbe l’edificio. Perché l’Hospicio, signori, si trova in imminente pericolo: i terribili picconi municipali minacciano la suggestiva costruzione. Se non si oppone a ciò un gruppo efficace di vicini sentimentali, la burocrazia inesorabile raderà al suolo vendicativa quel poco di pietra vibrante e armoniosa.

Importa molto, signori, che sappiamo adottare di fronte alle cose che furono, di fronte al passato, un atteggiamento accorto, perché i due modi oggi usati di affrontarsi con esso, antagonisti l’uno dell’altro, sono ugualmente erronei e sterili. Da un lato stanno i progressisti; dall’altro, i reazionari. Per gli uomini del progresso, il passato umano ha interesse, senso e valore soltanto nella misura in cui fu preparazione del presente. Resta così il preterito squalificato e in un atteggiamento umile dinanzi a noi; per migliaia e migliaia di anni, gli uomini, a quanto pare, non hanno vissuto per sé, ma per noi; hanno amato e odiato, hanno lavorato e sofferto, senza altra finalità che rendere possibili queste cose del presente, che consideriamo meravigliose: la nostra tecnica, le nostre ferrovie, il nostro sistema parlamentare, le nostre cliniche. Chiaro è che agli uomini d’un tempo le loro cose sembravano senza dubbio non meno eccellenti di quanto a noi le nostre; ma il progressista, con un’ingenuità specificamente moderna, crede il suo punto di vista definitivo e l’unico ammissibile. Si arriva a supporre, più o meno dichiaratamente, che se un pittore di cinque secoli fa non dipingeva come oggi si dipinge, fu perché non poteva, ma che se gli si fosse dato di scegliere tra il suo modo di dipingere e il nostro, non avrebbe esitato a preferire questo. E come dello stile pittorico, si suppone delle credenze e opinioni, dei costumi e istituzioni politiche. C’è chi pensa in buona fede che se l’uomo medievale avesse conosciuto il sistema parlamentare, gli sarebbe mancato tempo per accantonare il feudalesimo. L’errore che giace in questa maniera di sentire appare ben chiaro quando il progressismo si porta alle sue ultime conseguenze, e si avverte che il progresso presente sarà superato da quello di domani, e, pertanto, la nostra vita attuale, la vita del progressista, non ha nemmeno altro valore che quello di preparare il futuro. Il progressismo è, in definitiva, futurismo. E questo futurismo, questa brama di subordinare la vita attuale e passata a un domani che non arriva mai, è una delle malattie del nostro tempo.

Provocata da essa, in polemica con essa, è nata la malattia antagonista: il reazionarismo o arcaismo. Il reazionarismo si nega ad accettare il presente, in fin dei conti unica vita reale che esiste; preferisce rinunciare a vivere pienamente, e scegliendo un’epoca passata, che per l’una o l’altra ragione gli pare più comoda o adeguata alle sue convenienze, risolve di installarsi in essa, di andarsene a vivere in essa, convertendola in un presente immutabile, pietrificato, perenne. Per i reazionari, dunque, nemmeno propriamente c’è passato; per essi non è passato, continua a essere presente. E siccome riuscire che sia così non dipende soltanto dalla volontà, vivono una vita estemporanea e irreale, un grottesco sogno, esangue e invalido.

Come vedete, coincidono entrambi gli atteggiamenti estremi nel rimpicciolire l’esistenza; questa è un prisma magico, con le sue tre dimensioni di passato, presente e futuro, dove il raggio della vita viene a frangersi con lo splendore di un arcobaleno. Futurismo e arcaismo si ostinano ad amputare due di quelle dimensioni, restando soltanto con una.

Non è già ragione più che sufficiente perché correggiamo sì erronei temperamenti? Il nostro cuore ha bisogno di quell’apertura verso il domani perché possano respirare le nostre speranze, e ha mestieri, insieme, del passato, che invia verso di noi, come vapore fragrante, le suggestive reminiscenze. È necessario, dunque, che aumentiamo il presente col passato, andando a cercarlo precisamente come qualcosa che è già passato, dolce fantasma inoffensivo, le cui braccia irreali non possono pretendere di intervenire nell’attualità.

Forse la conquista più delicata dell’Età contemporanea, conquista ancora molto poco sfruttata, è il senso storico, per mezzo del quale ci affacciamo ai tempi defunti, e in certa maniera godiamo dei loro godimenti e ci inorridiamo con i loro dolori. Si ricordi che ancora Racine introduce nei greci e romani, eroi delle sue tragedie, le idee e i sentimenti propri di un cortigiano di Versailles. Racine e i suoi coetanei non avevano ancora imparato a udire il rumore peculiare ed esclusivo che è la vita in ogni epoca; pareva loro che sotto vesti e maniere diverse, la vita umana fosse stata sempre identica, come al mancante di buon orecchio musicale tutti i suoni paiono una sola nota. Ebbene: il senso storico è il buon orecchio storico; organo squisito per percepire le modulazioni della melodia umana lungo il tempo.

Quanto più si va approfondendo lo studio della storia, si avverte con maggiore chiarezza che la vita varia profondamente d’epoca in epoca. E non è che in un’epoca la vita sia diversa che in un’altra perché lo siano le sue idee, le sue arti, la sua politica, la sua industria, ma, al rovescio; due epoche hanno idee, arti, politica e industria diverse perché il sentimento radicale della vita era in esse differente. Ciò che pensiamo e ciò che facciamo è risultato e frutto di un clima sentimentale che portiamo al mondo, di un’intuizione o sensazione primaria, seme di tutto il resto. Conviene che abbandoniamo la credenza che i cambiamenti storici decisivi provengano da grandi, solenni avvenimenti, da invenzioni illustri, da guerre gigantesche. Niente di tutto ciò.

En uno de sus cuentos fantásticos refiere Wells que un aficionado de antigüedades halló en un almacén de ellas un huevo de cristal. Extrañado de encontrar entre los demás objetos valiosos aquél tan baladí, lo compró y salió a la calle con él entre las manos, mirándolo al trasluz. De pronto, al inclinarse hacia un lado, notó que dentro de él se dibujaban escenas nunca vistas donde intervenían seres extrahumanos. Era que el cuerpo cristalino, colocado en cierta inclinación, recogía los rayos de una lejana estrella, los cuales reflejaban la vida insospechada del astro remoto. Pues bien, señores; para que el panorama vital varíe radicalmente, no son menester grandes guerras, pavorosos cataclismos, mágicos inventos; basta con que el corazón del hombre incline su sensitivo vértice hacia un lado o hacia otro del horizonte, hacia el optimismo o hacia el pesimismo, hacia la heroicidad o hacia la utilidad, hacia la lucha o hacia la paz.

Varía, pues, en cada edad la sensación radical de la vida; precisamente por eso el hombre culto necesita confrontarse con los hombres de otros tiempos, asomarse a su intimidad y poner fino oído a la melodía latente de aquellas existencias consumidas. Sólo así caeremos en la cuenta de cuál es nuestra propia sensibilidad y nuestro histórico destino. De otro modo, sin rozarnos con la sensibilidad de otros tiempos, corremos riesgo de creer que nuestra peculiaridad no lo es, que lo que sentimos es lo que siempre se ha sentido y se sentirá. Del mismo modo, de niños aprendemos cuál es el perfil de nuestro cuerpo a fuerza de chocar con las cosas en torno.

Pero, además de esto, no creo que exista placer más denso y elevado que éste de olfatear la vida que fue. Por mucho que una obra de arte nos haga gozar, siempre será ella un objeto material o ideal, no el ser viviente mismo en su inagotable integridad. Para la persona sólo es goce sumo la intimidad de otra persona; por eso la existencia culmina en el amor, donde dos personas se hacen mutua y suprema donación de sí mismas. Se ha exagerado mucho en los últimos tiempos el valor del arte, y sin que yo pretenda ahora disminuirlo, haré notar que el arte supremo será el que haga de la vida misma un arte. Deleitosa es la pintura o la música, pero ¿qué son ambas, emparejadas con una amistad delicadamente cincelada, con un amor pulido y perfecto? La forma soberana del vivir es convivir, y una convivencia cuidada, como se cuida una obra de arte, sería la cima del universo. La época en que nosotros hemos sido educados ponía sus cinco sentidos y toda su atención en la política, o en la economía, o en la ciencia; sólo una cosa había en que no paraba mientes, sólo una cosa hacía sin intención y a la diabla. ¿Cuál? Vivir. Afortunadamente, múltiples signos anuncian que los hombres van a corregir este olvido, y aplicarán sus mejores esfuerzos a hacer de sus propias vidas un edificio lo más perfecto posible. Se inicia una nueva forma de la cultura —la vida selecta y armoniosa—; despierta un arte nuevo: la vida como arte, el refinado sentir, el saber amar, y desdeñar, y conversar, y sonreír… Frente a ese arte sumo, todos los demás, poesía, pintura, música, pasan a ocupar un segundo término, como mero ornato, fondo y aditamento a la vida.

Pero ese sentido estético del vivir que tanto nos importa conquistar exige una educación especial, una técnica y una sabiduría peculiares. No basta para adquirirlo, aprender las ciencias o cultivar las artes; es preciso hacerse, más o menos, un especialista en vidas, un dilettante apasionado de modos de vivir. Vean ustedes por qué un proyecto de museo como el que ahora nos ocupa me parece de exquisita oportunidad.

Hay museos en los que se pretende reunir las obras de arte más valiosas, las creaciones ejemplares de la pintura o la escultura. Yo los llamaría museos de «modelos». ¿Hasta qué punto es acertada tal pretensión? ¿No se corre el riesgo de que los cuadros considerados como modelos por la época que crea el museo no lo parezcan tanto a las épocas subsecuentes? Yo no me atrevería a resolver estas dudas; pero he observado que, dada la modificación constante de los gustos y el carácter recatado del goce estético, los hombres más sensibles al arte, y, a la vez, más sinceros consigo mismos, no suelen recibir en los museos sus mejores emociones pictóricas. Con frecuencia, al ser colgado el cuadro en la pared oficial del museo, parece trasladado a una dimensión convencional que extirpa, a nuestro trato con él, aquel tono de aventura íntima necesario a todo auténtico placer de arte. El clavo que lo clava vulnera y mata sus entrañas sugestivas, dejando al lienzo yerto y disecado, como hace el alfiler del entomólogo con la errabunda mariposa. De todos modos, el museo que el marqués de la Vega Inclán proyecta es de otro género.

En estos cuadros que aquí vemos no faltan trozos excelentes de pintura que pudieran honrar las paredes de un museo de modelos. Pero no se han traído aquí tanto por su valor artístico como por su significación histórica. No es lo más interesante en ellos que sean buenos cuadros, sino que son huella de una generación, impronta de un estilo de vida. Por eso están al lado de otros cuadros menos valiosos pictóricamente, pero de un gran poder evocador. En suma: el museo que se proyecta es un museo de vida.

La vida, señores, es un flúido indócil que no se deja retener, apresar, salvar. Mientras va siendo, va dejando de ser irremediablemente. Cuando queremos prender al sentimiento que en este instante sentimos y volvemos a él la atención, ya ha concluido y ha dejado su puesto a otro. Del que buscábamos vemos sólo la espalda fugitiva, que se aleja tiempo abajo, con vago ademán de espectro. Como el sentimiento, todas las demás funciones vitales tienen una condición transeúnte y fugitiva. La vida no es una cosa estática que permanece y persiste; es una actividad que se consume a sí misma. Por fortuna, esa actividad actúa sobre las cosas, las formas y reforma, dejando en ellas la huella de su paso. De igual modo, el viento, por sí mismo imperceptible, se arroja sobre el cuerpo blando de las nubes, las estira y retuerce, ondea y afila, y nosotros, levantando la vista, vemos en las formas de sus vellones las líneas de embestida del viento, la huella de su puño, raudo y etéreo. Así la vida, cada vida, deja en las cosas la línea de su peculiar ímpetu, el perfil de su afán; en una palabra: su estilo. En el traje y en el mueble, en la pintura y en el libro, queda prisionera la eterna fugaz. Al rodearnos nosotros de estos objetos, como ahora nos ocurre, la unidad de inspiración que les ha dado a todos forma nos aparece con evidencia como una misma melodía, repercutida en mil variaciones. Tal vez no podamos siempre concretar cuáles son las notas que la componen; sin embargo, la sentimos inequívocamente: «Todo esto —decimos— es de una época». Una época es ante todo, señores, un cierto pulso vital.

Por fortuna va educándose en nosotros un misterioso poder de confundirnos transitoriamente con los módulos de vida más diversos, por decirlo así, de ponernos al compás de todos los pulsos vitales. Merced a ello podemos enriquecer nuestra existencia viviendo un momento otras distintas, y el temperamento más delicado será el más capaz de esa conmovedora transmigración por las vidas que pasaron. Cuando Empédocles decía: «Yo he sido una vez águila y moza y pez mudo en el mar», sugería este imperativo de vida múltiple que siente dentro de sí todo corazón impetuoso.

Pobres cosas quietas son estos lienzos y estos muebles; pero apenas fijamos en ellos la mirada, nos parece notar que llega a nosotros detrás de ellos la cálida palpitación de los anhelos y esperanzas, ilusiones y desengaños de que nacieron y entre los cuales se formaron. La vida yerta y sida aparece un momento ante nosotros galvanizada, resurrecta, vibrante, y de todos los rincones avanzan hacia nuestros nervios latidos imaginarios.

Permítanme ustedes una imagen barroca, pero exacta: cuando el toro, en la campiña, acierta a pasar junto al sitio donde queda sangre de otro toro, se estremece magníficamente, retiemblan sus fuertes tendones, jadea frenético y, alzando la testuz al firmamento, llena el cóncavo espacio con un mugido apasionado. Salven ustedes cuanto quieran salvar, pero en el fondo la cosa es la misma. Cuando un hombre que lo sea plenamente halla ante sí una huella profunda que otra vida humana ha dejado, sacude eléctricamente su alma una fraterna convulsión, a un tiempo deleitosa y dolorida.

In one of his fantastic tales Wells relates that a lover of antiquities found in a storehouse of them a crystal egg. Surprised to find among the other valuable objects that one so trivial, he bought it and went out into the street with it in his hands, looking at it against the light. Suddenly, on inclining to one side, he noticed that within it there were drawn scenes never seen in which extrahuman beings intervened. It was that the crystalline body, placed at a certain inclination, gathered the rays of a distant star, which reflected the unsuspected life of the remote star. Well then, gentlemen; for the vital panorama to vary radically, there are not needed great wars, terrifying cataclysms, magical inventions; it suffices that the heart of man incline its sensitive vertex toward one side or another of the horizon, toward optimism or toward pessimism, toward heroism or toward utility, toward struggle or toward peace.

The radical sensation of life varies, then, in each age; precisely for this the cultured man needs to confront himself with the men of other times, to look into their intimacy and to put a fine ear to the latent melody of those consumed existences. Only thus shall we fall into account of what our own sensibility is and our historical destiny. Otherwise, without grazing ourselves with the sensibility of other times, we run the risk of believing that our peculiarity is not such, that what we feel is what has always been felt and will always be felt. In the same way, as children we learn what the profile of our body is by dint of colliding with the things around.

But, besides this, I do not believe that there exists a denser and more elevated pleasure than this one of sniffing the life that was. However much a work of art may make us enjoy, it will always be a material or ideal object, not the living being itself in its inexhaustible integrity. For the person the only supreme enjoyment is the intimacy of another person; hence existence culminates in love, where two persons make each other a mutual and supreme donation of themselves. The value of art has been much exaggerated in recent times, and without my pretending now to diminish it, I shall make note that the supreme art will be that which makes of life itself an art. Delightful is painting or music, but what are both, paired with a delicately chiselled friendship, with a polished and perfect love? The sovereign form of living is living together, and a cared-for coexistence, as a work of art is cared for, would be the summit of the universe. The epoch in which we have been educated put its five senses and all its attention into politics, or into economy, or into science; only one thing there was in which it did not pay heed, only one thing it did without intention and helter-skelter. Which? Living. Fortunately, multiple signs announce that men are going to correct this forgetfulness, and will apply their best efforts to making of their own lives an edifice as perfect as possible. A new form of culture begins —the select and harmonious life—; a new art awakens: life as art, the refined feeling, the knowing how to love, and disdain, and converse, and smile… Faced with that supreme art, all the others, poetry, painting, music, pass to occupy a second place, as mere ornament, background and appendage to life.

But that aesthetic sense of living which so much matters to us to conquer demands a special education, a peculiar technique and wisdom. It does not suffice to acquire it to learn the sciences or cultivate the arts; it is necessary to make oneself, more or less, a specialist in lives, a passionate dilettante of ways of living. You see why a museum project like the one that now occupies us seems to me of exquisite opportunity.

There are museums in which one pretends to gather the most valuable works of art, the exemplary creations of painting or sculpture. I should call them museums of ‘models’. Up to what point is such a pretension accurate? Is not the risk run that the pictures considered as models by the epoch that creates the museum should not seem so much so to the subsequent epochs? I should not dare to resolve these doubts; but I have observed that, given the constant modification of tastes and the reserved character of aesthetic enjoyment, the men most sensitive to art, and, at once, most sincere with themselves, are not wont to receive in museums their best pictorial emotions. Frequently, when the picture is hung on the official wall of the museum, it seems transferred to a conventional dimension that extirpates, from our dealing with it, that tone of intimate adventure necessary to every authentic pleasure of art. The nail that nails it wounds and kills its suggestive entrails, leaving the canvas stiff and dissected, as the entomologist’s pin does with the errant butterfly. In any case, the museum that the Marqués de la Vega Inclán projects is of another genre.

In these pictures that we see here there are not lacking excellent pieces of painting that could honour the walls of a museum of models. But they have not been brought here so much for their artistic value as for their historical signification. The most interesting thing in them is not that they are good pictures, but that they are the trace of a generation, the imprint of a style of life. Hence they stand beside other pictures less valuable pictorially, but of a great evocative power. In sum: the museum that is projected is a museum of life.

Life, gentlemen, is an indocile fluid that does not let itself be retained, seized, saved. While it goes being, it goes ceasing to be irremediably. When we want to seize the sentiment that at this instant we feel and turn our attention back to it, it has already concluded and has left its place to another. Of that which we sought we see only the fugitive back, which recedes down time, with vague gesture of a spectre. Like the sentiment, all the other vital functions have a transient and fugitive condition. Life is not a static thing that remains and persists; it is an activity that consumes itself. By fortune, that activity acts upon things, forms and reforms them, leaving in them the trace of its passage. In the same way, the wind, in itself imperceptible, hurls itself upon the soft body of the clouds, stretches and twists them, undulates and sharpens them, and we, raising our sight, see in the forms of their fleeces the lines of the wind’s assault, the trace of its fist, rapid and ethereal. Thus life, each life, leaves in things the line of its peculiar impetus, the profile of its eagerness; in a word: its style. In the garment and in the furniture, in the painting and in the book, the eternal fugitive remains prisoner. When we surround ourselves with these objects, as now happens to us, the unity of inspiration that has given form to all appears to us with evidence as one same melody, re-echoed in a thousand variations. Perhaps we cannot always make concrete what the notes that compose it are; nevertheless, we feel it unequivocally: ‘All this —we say— is of an epoch’. An epoch is before all, gentlemen, a certain vital pulse.

Fortunately there is being educated in us a mysterious power of confusing ourselves transitorily with the most diverse modules of life, so to speak, of putting ourselves in time with all the vital pulses. By means of it we can enrich our existence living for a moment other different ones, and the most delicate temperament will be the most capable of that moving transmigration through the lives that passed. When Empedocles said: ‘I have once been eagle and maiden and mute fish in the sea’, he suggested this imperative of multiple life that every impetuous heart feels within itself.

Poor quiet things are these canvases and these pieces of furniture; but scarcely do we fix our gaze upon them, it seems to us that we notice arriving to us behind them the warm palpitation of the longings and hopes, illusions and disillusions from which they were born and among which they were formed. The stiff and been life appears for a moment before us galvanized, resurrected, vibrating, and from all the corners there advance toward our nerves imaginary throbbings.

Allow me you a baroque but exact image: when the bull, in the countryside, happens to pass beside the spot where the blood of another bull remains, he shudders magnificently, his strong tendons tremble, he pants frenetic and, raising his head to the firmament, fills the concave space with a passionate bellow. Save you whatever you wish to save, but at bottom the thing is the same. When a man who is fully such finds before himself a deep trace that another human life has left, an electric shock runs through his soul with a fraternal convulsion, at once delightful and painful.

In uno dei suoi racconti fantastici riferisce Wells che un appassionato di antichità trovò in un magazzino di esse un uovo di cristallo. Stupito di trovare tra gli altri oggetti preziosi quello così futile, lo comprò e uscì in strada con esso tra le mani, guardandolo in controluce. A un tratto, chinandosi da un lato, notò che dentro di esso si disegnavano scene mai viste dove intervenivano esseri extraumani. Era che il corpo cristallino, collocato in certa inclinazione, raccoglieva i raggi di una lontana stella, i quali riflettevano la vita insospettata dell’astro remoto. Ebbene, signori; perché il panorama vitale vari radicalmente, non sono necessarie grandi guerre, spaventosi cataclismi, magiche invenzioni; basta che il cuore dell’uomo inclini il suo sensitivo vertice verso un lato o verso l’altro dell’orizzonte, verso l’ottimismo o verso il pessimismo, verso l’eroicità o verso l’utilità, verso la lotta o verso la pace.

Varia, dunque, in ogni età la sensazione radicale della vita; precisamente per questo l’uomo colto ha bisogno di confrontarsi con gli uomini di altri tempi, di affacciarsi alla loro intimità e di porre fine orecchio alla melodia latente di quelle esistenze consumate. Soltanto così cadremo in conto di quale sia la nostra propria sensibilità e il nostro storico destino. Altrimenti, senza sfregarci con la sensibilità di altri tempi, corriamo rischio di credere che la nostra peculiarità non lo sia, che ciò che sentiamo sia ciò che sempre si è sentito e si sentirà. Del pari modo, da bambini impariamo quale sia il profilo del nostro corpo a forza di urtare contro le cose intorno.

Ma, oltre a questo, non credo che esista piacere più denso ed elevato di questo di fiutare la vita che fu. Per molto che un’opera d’arte ci faccia godere, sempre sarà essa un oggetto materiale o ideale, non l’essere vivente stesso nella sua inesauribile integrità. Per la persona soltanto è godimento sommo l’intimità di un’altra persona; perciò l’esistenza culmina nell’amore, dove due persone si fanno mutua e suprema donazione di sé stesse. Si è esagerato molto negli ultimi tempi il valore dell’arte, e senza che io pretenda ora diminuirlo, farò notare che l’arte suprema sarà quella che faccia della vita stessa un’arte. Dilettevole è la pittura o la musica, ma che cosa sono entrambe, accoppiate con un’amicizia delicatamente cesellata, con un amore pulito e perfetto? La forma sovrana del vivere è convivere, e una convivenza curata, come si cura un’opera d’arte, sarebbe la cima dell’universo. L’epoca in cui noi siamo stati educati poneva i suoi cinque sensi e tutta la sua attenzione nella politica, o nell’economia, o nella scienza; soltanto una cosa c’era in cui non poneva mente, soltanto una cosa faceva senza intenzione e alla carlona. Quale? Vivere. Fortunatamente, molteplici segni annunciano che gli uomini correggeranno questa dimenticanza, e applicheranno i loro migliori sforzi a fare delle loro proprie vite un edificio il più perfetto possibile. Si inizia una nuova forma della cultura —la vita eletta e armoniosa—; si desta un’arte nuova: la vita come arte, il raffinato sentire, il saper amare, e sdegnare, e conversare, e sorridere… Di fronte a quell’arte somma, tutte le altre, poesia, pittura, musica, passano a occupare un secondo termine, come mero ornato, fondo e additamento alla vita.

Ma quel senso estetico del vivere che tanto ci importa conquistare esige un’educazione speciale, una tecnica e una sapienza peculiari. Non basta per acquisirlo, imparare le scienze o coltivare le arti; è necessario farsi, più o meno, uno specialista in vite, un dilettante appassionato di modi di vivere. Vedete voi perché un progetto di museo come quello che ora ci occupa mi sembra di esquisita opportunità.

Ci sono musei in cui si pretende riunire le opere d’arte più preziose, le creazioni esemplari della pittura o della scultura. Io li chiamerei musei di «modelli». Fino a che punto è accorta tale pretesa? Non si corre il rischio che i quadri considerati come modelli dall’epoca che crea il museo non lo sembrino tanto alle epoche susseguenti? Io non oserei risolvere questi dubbi; ma ho osservato che, data la modificazione costante dei gusti e il carattere riservato del godimento estetico, gli uomini più sensibili all’arte, e, insieme, più sinceri con sé stessi, non sogliono ricevere nei musei le loro migliori emozioni pittoriche. Di frequente, essendo appeso il quadro nella parete ufficiale del museo, sembra traslocato in una dimensione convenzionale che estirpa, al nostro tratto con esso, quel tono di avventura intima necessario a ogni autentico piacere d’arte. Il chiodo che lo inchioda vulnera e uccide le sue viscere suggestive, lasciando la tela rigida e disseccata, come fa lo spillo dell’entomologo con la farfalla errabonda. In ogni modo, il museo che il marchese de la Vega Inclán progetta è di altro genere.

In questi quadri che qui vediamo non mancano pezzi eccellenti di pittura che potrebbero onorare le pareti di un museo di modelli. Ma non si sono portati qui tanto per il loro valore artistico quanto per la loro significazione storica. Non è il più interessante in essi che siano buoni quadri, ma che sono impronta di una generazione, impronta di uno stile di vita. Perciò stanno accanto ad altri quadri meno preziosi pittoricamente, ma di un grande potere evocatore. In somma: il museo che si progetta è un museo di vita.

La vita, signori, è un fluido indocile che non si lascia ritenere, catturare, salvare. Mentre va essendo, va cessando di essere irrimediabilmente. Quando vogliamo prendere il sentimento che in questo istante sentiamo e volgiamo a esso l’attenzione, già è concluso e ha lasciato il suo posto a un altro. Di quello che cercavamo vediamo soltanto la schiena fuggitiva, che si allontana tempo in giù, con vago cenno di spettro. Come il sentimento, tutte le altre funzioni vitali hanno una condizione transeunte e fuggitiva. La vita non è una cosa statica che permane e persiste; è un’attività che si consuma a sé stessa. Per fortuna, quell’attività agisce sulle cose, le forma e riforma, lasciando in esse l’impronta del suo passaggio. Del pari modo, il vento, per sé stesso impercettibile, si getta sul corpo molle delle nuvole, le stira e le attorce, le ondeggia e le affila, e noi, alzando la vista, vediamo nelle forme dei loro velli le linee di infilata del vento, l’impronta del suo pugno, rapido ed etereo. Così la vita, ogni vita, lascia nelle cose la linea del suo peculiare impeto, il profilo del suo anelito; in una parola: il suo stile. Nel vestito e nel mobile, nella pittura e nel libro, resta prigioniera l’eterna fugace. Circondandoci noi di questi oggetti, come ora ci accade, l’unità di ispirazione che ha dato a tutti forma ci appare con evidenza come una stessa melodia, ripercossa in mille variazioni. Forse non possiamo sempre concretare quali siano le note che la compongono; tuttavia, la sentiamo inequivocabilmente: «Tutto questo —diciamo— è di un’epoca». Un’epoca è innanzitutto, signori, un certo polso vitale.

Per fortuna va educandosi in noi un misterioso potere di confonderci transitoriamente con i moduli di vita più diversi, per così dire, di metterci al tempo di tutti i polsi vitali. Mercé di ciò possiamo arricchire la nostra esistenza vivendo un momento altre diverse, e il temperamento più delicato sarà il più capace di quella commovente trasmigrazione per le vite che passarono. Quando Empedocle diceva: «Io sono stato una volta aquila e fanciulla e pesce muto nel mare», suggeriva questo imperativo di vita molteplice che sente dentro di sé ogni cuore impetuoso.

Povere cose quiete sono queste tele e questi mobili; ma appena fissiamo su di essi lo sguardo, ci pare di notare che arriva a noi dietro di essi la calda palpitazione degli aneliti e speranze, illusioni e disinganni da cui nacquero e tra i quali si formarono. La vita rigida e stata appare un momento dinanzi a noi galvanizzata, risorta, vibrante, e da tutti gli angoli avanzano verso i nostri nervi battiti immaginari.

Permettetemi voi un’immagine barocca, ma esatta: quando il toro, nella campagna, riesce a passare accanto al luogo dove resta sangue di un altro toro, si freme magnificamente, tremolano i suoi forti tendini, ansima frenetico e, alzando la testa al firmamento, riempie lo spazio concavo con un muggito appassionato. Salvate voi quanto vogliate salvare, ma in fondo la cosa è la stessa. Quando un uomo che lo sia pienamente trova dinanzi a sé un’impronta profonda che un’altra vita umana ha lasciato, scuote elettricamente la sua anima una fraterna convulsione, a un tempo dilettevole e dolente.

¿Cómo fueron, cómo fueron en su sentir estos caballeros y estas damas que con su gracioso empaque asisten mudos a esta hora de nuestras vidas? ¿Cómo amaban, cómo odiaban? ¿Qué era lo que preferían y lo que menospreciaban en la existencia? ¿Cómo sonaba esa voz íntima que murmura en el fondo de todo corazón?

Conviene subrayar, como ejemplo curioso y patente de esos cambios de sensibilidad a que antes aludía, el hecho de nuestra creciente afición a esta época romántica. Hace pocos años, todavía era generalmente desdeñada; no se estimaba su pintura y avergonzaba su política. Los hombres de la Restauración y la Regencia hablaban de la España anterior a 1860 con pudoroso menosprecio. Va para ocho años que en una conferencia política intentaba yo una reivindicación de aquel tiempo, denostado injustamente. Hoy ya es general la opinión favorable a ella. Se ha comprendido, al cabo, que es acaso la etapa más sana y fecunda que ha vivido España desde 1650, y, sin disputa, muy superior a esa Restauración y a esa Regencia, en que sólo se cuidó de lo aparente, del compromiso y de un ficticio orden. De 1860 a 1900, en España no se ha vivido: se ha fingido que se vivía. De 1830 a 1860 no se han hecho grandes cosas gloriosas en ningún orden; pero el pueblo español gozó de una vital sacudida. Las masas populares se enardecen por los emblemas políticos y ponen su pecho en las barricadas; los escritores y hombres de ciencia quiebran las míseras rutinas y el estrecho círculo mental en que se movieron durante el siglo XVIII y reciben las nuevas inspiraciones de los tiempos que llegan por los caminos de Francia; los políticos luchan fervorosamente, a veces mortalmente, por sus programas de reforma. La sociedad entera vibra apasionada. Es una etapa de ardiente dinamismo, de esfuerzo, de pasión. Como en todas las épocas de vida intensa, la gente está dispuesta a morir por algo, pues la realidad arroja la paradójica observación de que el afán de morir es el síntoma más evidente de la energía vital.

El Romanticismo, germinado en las postrimerías del siglo XVIII, significa en la historia el triunfo del sentimiento. Hasta entonces había solido el hombre avergonzarse de sus emociones, demasiado orgulloso de sus ideas, y las mantenía prisioneras en una cárcel de razón. Por eso, durante el siglo XVIII, la poesía propiamente no existe; sirve el verso tan sólo para expresar pensamientos, no pasiones. La pura razón frígida y rígida gobierna el mundo. Mas, abiertas las poternas de la prisión donde estaban aherrojados, y en esclavitud los sentimientos, saltan éstos sobre la existencia como sobre una presa, derriten con su fuego la vida congelada, y, enardecidos, lo incendian todo: la política y la ciencia, las artes y el trato social. Al revés que en la época anterior, cada hombre va inclinado sobre sus propias emociones, puesto el oído atento a la fluencia sentimental que mana de su víscera cordial. Todo el mundo se siente presa de una pasión, generalmente dolorida y fatal. Byron y Chateaubriand habían creado los gestos de la época: aquél, de orgía desesperada; éste, de desventura irremediable. El pesimismo es el mal del siglo, un mal que casi todos acarician. Los varones se hacen un semblante sombrío, y las mujeres sesgan la vida conservando una encantadora palidez.

Esta voluptuosidad de la tristeza, este «mal del siglo», es la emoción radical de que emana la actitud romántica, y vierte su color sobre toda la época. Hay una anécdota en las Memorias de ultratumba que, en cierta manera, podría resumir la historia de este período. Durante su Embajada de Roma, Chateaubriand dio una fiesta suntuosa. Con el codo magníficamente apoyado en el mármol de la chimenea, el torso erguido, la cabeza peinada en coup de vent, como si el vendaval del Niágara todavía la fatigase, recibía el gran charmeur a sus invitados. Una dama inglesa, desconocida de él, se acercó a saludarle, y, misteriosamente, le dijo estas palabras: «¡Ah, señor embajador, cómo se conoce que es usted muy desgraciado!» El embajador romántico se sintió halagado en su más honda intimidad: fueron aquellas palabras de la inglesa anónima una de las caricias más deleitosas que había recibido en su vida, y al recordarlas, cuando escribía sus Memorias, le sirven de pretexto para hacer ante nosotros unas cuantas piruetas de magnífica melancolía e hinchar su garganta de viejo ruiseñor literario con algunos períodos de espléndida euritmia.

En España es ésta de 1830 la primera generación posterior al antiguo régimen. La sociedad cambia de estructura. La antigua organización jerárquica daba a la clase noble un carácter de ejemplaridad. En una continuidad de mil años había la nobleza elaborado todo un código de vida, un repertorio de gestos, de reacciones vitales, de actitudes, obtenido por medio de lentísima selección. Ese modo noble de vivir actuaba constantemente sobre las clases inferiores como modelo, norma y disciplina. Después de su triunfo sobre esa aristocracia, la burguesía se ve obligada a vivir por sí misma, a decidir sus propias actitudes. Pero un sistema de normas y disciplinas vitales no se improvisa.

Los hombres recién libertados no saben cómo usar de la libertad, principio meramente formalista y vacío. Entonces se produce un fenómeno curiosísimo. Vencido políticamente el antiguo régimen, se vuelve éste a incorporar sentimentalmente en el corazón de los burgueses. La vida noble, que antes era un derecho, se convierte en una norma, en una disciplina moral, en un ideal de existencia. Ahora que todos los hombres son iguales, pares, se sienten todos los hombres señores, Pares. La Edad Media conquista la moda. Los burgueses se portan como señores de la Tabla Redonda: de aquí ese empaque a que antes aludía. Esta primera burguesía ensaya una interpretación caballeresca de la nueva existencia democrática. Es la época de las estocadas, de los desafíos, y don Diego de León, el magister equitum que ahí está retratado, imita a Roger de Flor y opta a Bayardo. No es necesario decir que este ensayo de la burguesía caballeresca fracasa bajo la presión de una segunda burguesía mucho menos caballeresca y mucho más capitalista.

Se adora el pasado y, súbitamente, las ruinas adquieren un encanto imprevisto. Comienza la afición a los viejos monumentos, a las costumbres tradicionales, al folklore. Los Bécquer peregrinan por los caminitos de España en busca de conventos mutilados y escenas populares.

Habría querido que el tiempo no me hubiese ganado el terreno, para poder hablar ahora de dos admirables cosas, creación original de esta época. Me refiero al amor romántico y a la mujer contemporánea: aquél y ésta aparecen juntos en el escenario histórico.

El mismo error que se comete al creer que la vida humana fue siempre idéntica, reaparece cuando se habla de cada uno de los sentimientos. Es una ignorancia de la realidad histórica suponer que se ha amado siempre del mismo modo. Esta sublime emoción amorosa recoge, como ancha vena fluvial, cuanto el hombre es, y depende, en consecuencia, del grado de perfección a que haya llegado en las facultades superiores de su espíritu. El amor no es un instinto que, nacido de una vez para siempre, perdura imperfectible. Es una dimensión de la cultura en que se avanza o se retrocede, que es más pulido en un tiempo y más tosco en otro. Como en las ciencias y en las artes, hay en amor genialidades e ineptitudes, decadencias y descubrimientos.

La época romántica descubre una nueva calidad de amor. El siglo XVIII había significado, en este punto, un evidente retroceso. El imperio de la razón no dejó exento este territorio, y vertió sobre los tiernos afectos su período glacial. Fue el amor del XVIII frío erotismo, sensualidad exquisita y refinada nada más. ¡Qué diferentes de aquellas damiselas, casi inverosímiles, deliciosas porcelanas, maravillas de humana cerámica, cabecitas de agudo y claro pensar, donde anidaba un alma sin temperatura —estas otras damas aquí retratadas, sin duda menos graciosas y brillantes, pero que dejan entrever posibilidades de fuego entusiasta y ardiente sacrificio!

How were they, how were they in their feeling, these gentlemen and these ladies who with their graceful bearing assist mute at this hour of our lives? How did they love, how did they hate? What was it that they preferred and what they scorned in existence? How did that intimate voice sound that murmurs in the depth of every heart?

It is worth underlining, as a curious and patent example of those changes of sensibility to which I alluded before, the fact of our growing fondness for this romantic age. A few years ago it was still generally scorned; its painting was not esteemed and its politics made one ashamed. The men of the Restoration and the Regency spoke of the Spain before 1860 with prudish contempt. It is almost eight years since, in a political lecture, I attempted a vindication of that time, unjustly reviled. Today the opinion favorable to it is already general. It has been understood, at last, that it is perhaps the soundest and most fruitful stage that Spain has lived since 1650, and, without dispute, far superior to that Restoration and that Regency, in which only the apparent was cared for, the compromise and a fictitious order. From 1860 to 1900, in Spain no one has lived: it was feigned that one lived. From 1830 to 1860 no great glorious deeds were done in any order; but the Spanish people enjoyed a vital shock. The popular masses grow ardent over political emblems and put their breast on the barricades; the writers and men of science break the wretched routines and the narrow mental circle in which they moved during the eighteenth century and receive the new inspirations of the times that arrive by the roads of France; the politicians struggle fervently, sometimes mortally, for their programs of reform. The whole society vibrates impassioned. It is a stage of ardent dynamism, of effort, of passion. As in all ages of intense life, people are ready to die for something, since reality offers the paradoxical observation that the eagerness to die is the most evident symptom of vital energy.

Romanticism, germinated in the closing years of the eighteenth century, signifies in history the triumph of feeling. Until then man had been wont to be ashamed of his emotions, too proud of his ideas, and kept them prisoners in a prison of reason. For that reason, during the eighteenth century, poetry properly does not exist; verse serves only to express thoughts, not passions. Pure reason, frigid and rigid, governs the world. But, once the posterns of the prison were opened where the feelings lay shackled and in slavery, they leap upon existence as upon a prey, melt with their fire the congealed life and, inflamed, set everything ablaze: politics and science, the arts and social intercourse. Contrary to the earlier age, every man goes bent over his own emotions, his ear attentive to the sentimental flow that wells from his cordial viscera. Everyone feels himself prey to a passion, generally dolorous and fatal. Byron and Chateaubriand had created the gestures of the age: the former, of desperate orgy; the latter, of irremediable misfortune. Pessimism is the malady of the century, a malady that almost everyone caresses. The men put on a somber countenance, and the women skew their life preserving a charming pallor.

This voluptuousness of sadness, this “malady of the century”, is the radical emotion from which the romantic attitude emanates, and pours its color over the whole age. There is an anecdote in the Memoirs from Beyond the Tomb that, in a certain way, could sum up the history of this period. During his Embassy at Rome, Chateaubriand gave a sumptuous party. With his elbow magnificently resting on the marble of the mantelpiece, his torso erect, his head combed à la coup de vent, as if the gale of Niagara still wearied it, the great charmeur received his guests. An English lady, unknown to him, approached to greet him and, mysteriously, said to him these words: “Ah, Mr. Ambassador, one can tell that you are very unhappy!” The romantic ambassador felt flattered in his deepest intimacy: those words of the anonymous Englishwoman were one of the most delightful caresses he had received in his life, and in remembering them, when he wrote his Memoirs, they serve him as a pretext to perform before us a few pirouettes of magnificent melancholy and to swell his throat of old literary nightingale with some periods of splendid eurhythmy.

In Spain this generation of 1830 is the first posterior to the old regime. Society changes its structure. The ancient hierarchical organization gave the noble class a character of exemplariness. In a continuity of a thousand years the nobility had elaborated an entire code of life, a repertoire of gestures, of vital reactions, of attitudes, obtained by means of a very slow selection. That noble way of living acted constantly upon the lower classes as model, norm and discipline. After its triumph over that aristocracy, the bourgeoisie finds itself obliged to live by itself, to decide its own attitudes. But a system of norms and vital disciplines is not improvised.

The newly liberated men do not know how to use freedom, a merely formalist and empty principle. Then a most curious phenomenon occurs. Politically vanquished, the old regime returns to be incorporated sentimentally in the hearts of the bourgeois. Noble life, which before was a right, becomes a norm, a moral discipline, an ideal of existence. Now that all men are equal, peers, all men feel themselves lords, Peers. The Middle Ages conquers fashion. The bourgeois behave like lords of the Round Table: hence that bearing to which I alluded before. This first bourgeoisie attempts a chivalric interpretation of the new democratic existence. It is the age of thrusts, of challenges, and don Diego de León, the magister equitum who is portrayed there, imitates Roger de Flor and aspires to Bayard. It is not necessary to say that this experiment of the chivalric bourgeoisie fails under the pressure of a second bourgeoisie much less chivalric and much more capitalist.

The past is adored and, suddenly, ruins acquire an unforeseen charm. The fondness for old monuments, for traditional customs, for folklore begins. The Bécquers roam the little paths of Spain in search of mutilated convents and popular scenes.

I would have wished that time had not gained ground on me, in order to be able to speak now of two admirable things, original creation of this age. I refer to romantic love and the contemporary woman: the former and the latter appear together on the historical stage.

The same error that is committed in believing that human life was always identical reappears when one speaks of each one of the feelings. It is an ignorance of historical reality to suppose that one has always loved in the same way. This sublime amorous emotion gathers, like a broad riverine vein, all that man is, and depends, consequently, on the degree of perfection to which he has arrived in the superior faculties of his spirit. Love is not an instinct that, born once and for all, endures imperfectible. It is a dimension of culture in which one advances or retreats, which is more polished in one time and coarser in another. As in the sciences and the arts, in love there are geniuses and ineptitudes, decadences and discoveries.

The romantic age discovers a new quality of love. The eighteenth century had signified, on this point, an evident regression. The empire of reason did not leave this territory exempt, and poured over the tender affections its glacial period. The love of the eighteenth century was cold eroticism, exquisite and refined sensuality, nothing more. How different from those damsels, almost implausible, delicious porcelains, marvels of human ceramics, little heads of acute and clear thinking, where nested a soul without temperature — these other ladies here portrayed, without doubt less graceful and brilliant, but who allow a glimpse of possibilities of enthusiastic fire and ardent sacrifice!

Come furono, come furono nel loro sentire questi cavalieri e queste dame che con il loro grazioso portamento assistono muti a questa ora delle nostre vite? Come amavano, come odiavano? Che cosa preferivano e che cosa disprezzavano nell’esistenza? Come suonava quella voce intima che mormora nel fondo di ogni cuore?

Conviene sottolineare, come esempio curioso e palese di quei cambiamenti di sensibilità a cui prima accennavo, il fatto della nostra crescente passione per quest’epoca romantica. Pochi anni fa era ancora generalmente disdegnata; non si stimava la sua pittura e la sua politica faceva vergognare. Gli uomini della Restaurazione e della Reggenza parlavano della Spagna anteriore al 1860 con pudico disprezzo. Vanno per otto anni da quando, in una conferenza politica, tentavo una rivendicazione di quel tempo, ingiustamente denigrato. Oggi l’opinione favorevole ad essa è già generale. Si è compreso, finalmente, che è forse la tappa più sana e feconda che la Spagna abbia vissuto dal 1650, e, senza dubbio, molto superiore a quella Restaurazione e a quella Reggenza, in cui si curò soltanto l’apparenza, il compromesso e un fittizio ordine. Dal 1860 al 1900, in Spagna non si è vissuto: si è finto di vivere. Dal 1830 al 1860 non si sono fatte grandi cose gloriose in nessun ordine; ma il popolo spagnolo godette di una scossa vitale. Le masse popolari si infervorano per gli emblemi politici e pongono il petto sulle barricate; gli scrittori e gli uomini di scienza spezzano le misere routine e lo stretto cerchio mentale in cui si mossero durante il XVIII secolo e ricevono le nuove ispirazioni dei tempi che giungono per le vie di Francia; i politici lottano fervorosamente, talvolta mortalmente, per i loro programmi di riforma. La società intera vibra appassionata. È una tappa di ardente dinamismo, di sforzo, di passione. Come in tutte le epoche di vita intensa, la gente è disposta a morire per qualcosa, poiché la realtà offre la paradossale osservazione che l’ansia di morire è il sintomo più evidente dell’energia vitale.

Il Romanticismo, germinato nella parte declinante del XVIII secolo, significa nella storia il trionfo del sentimento. Fino ad allora l’uomo aveva solito vergognarsi delle proprie emozioni, troppo orgoglioso delle proprie idee, e le manteneva prigioniere in una prigione di ragione. Perciò, durante il XVIII secolo, la poesia propriamente non esiste; il verso serve soltanto ad esprimere pensieri, non passioni. La pura ragione fredda e rigida governa il mondo. Ma, aperte le porte della prigione dove erano incatenati, e in schiavitù i sentimenti, questi balzano sull’esistenza come su una preda, fondono con il loro fuoco la vita congelata e, infervorati, incendiano ogni cosa: la politica e la scienza, le arti e il tratto sociale. Al contrario che nell’epoca anteriore, ogni uomo va chinato sulle proprie emozioni, con l’orecchio attento alla fluenza sentimentale che sgorga dalla sua viscere cordiale. Tutti si sentono preda di una passione, generalmente dolorosa e fatale. Byron e Chateaubriand avevano creato i gesti dell’epoca: quello, di orgia disperata; questo, di sventura irreparabile. Il pessimismo è il male del secolo, un male che quasi tutti accarezzano. Gli uomini si fanno un aspetto cupo, e le donne obliquano la vita conservando un’affascinante pallidezza.

Questa voluttuosità della tristezza, questo «male del secolo», è l’emozione radicale da cui emana l’atteggiamento romantico, e versa il suo colore su tutta l’epoca. C’è un aneddoto nelle Memorie d’oltretomba che, in certo modo, potrebbe riassumere la storia di questo periodo. Durante la sua ambasceria di Roma, Chateaubriand diede una festa sontuosa. Con il gomito magnificamente appoggiato al marmo del caminetto, il busto eretto, la testa pettinata a coup de vent, come se la bufera del Niagara ancora lo affaticasse, riceveva il gran charmeur i suoi invitati. Una dama inglese, a lui sconosciuta, si avvicinò a salutarlo e, misteriosamente, gli disse queste parole: «Ah, signor ambasciatore, si vede che lei è molto infelice!» L’ambasciatore romantico si sentì lusingato nella sua più profonda intimità: quelle parole dell’inglese anonima furono una delle carezze più deliziose che avesse ricevuto in vita sua, e nel ricordarle, quando scriveva le sue Memorie, gli servono di pretesto per fare davanti a noi qualche piroetta di magnifica malinconia e gonfiare la sua gola di vecchio usignolo letterario con alcuni periodi di splendida euritmia.

In Spagna questa del 1830 è la prima generazione posteriore all’antico regime. La società cambia struttura. L’antica organizzazione gerarchica dava alla classe nobile un carattere di esemplarità. In una continuità di mille anni la nobiltà aveva elaborato tutto un codice di vita, un repertorio di gesti, di reazioni vitali, di atteggiamenti, ottenuto per mezzo di lentissima selezione. Quel modo nobile di vivere agiva costantemente sulle classi inferiori come modello, norma e disciplina. Dopo il suo trionfo su quell’aristocrazia, la borghesia si vede obbligata a vivere da sé, a decidere i propri atteggiamenti. Ma un sistema di norme e discipline vitali non si improvvisa.

Gli uomini appena liberati non sanno come usare della libertà, principio meramente formalista e vuoto. Allora si produce un fenomeno curiosissimo. Vinto politicamente l’antico regime, questo si reincorpora sentimentalmente nel cuore dei borghesi. La vita nobile, che prima era un diritto, si converte in una norma, in una disciplina morale, in un ideale di esistenza. Ora che tutti gli uomini sono uguali, pari, tutti gli uomini si sentono signori, Pari. Il Medioevo conquista la moda. I borghesi si comportano come signori della Tavola Rotonda: di qui quel portamento a cui prima accennavo. Questa prima borghesia prova un’interpretazione cavalleresca della nuova esistenza democratica. È l’epoca delle stoccate, dei duelli, e don Diego de León, il magister equitum che lì è ritratto, imita Ruggiero di Flor e aspira a Bayardo. Non è necessario dire che questo esperimento della borghesia cavalleresca fallisce sotto la pressione di una seconda borghesia molto meno cavalleresca e molto più capitalista.

Si adora il passato e, all’improvviso, le rovine acquistano un fascino imprevisto. Comincia la passione per i vecchi monumenti, per i costumi tradizionali, per il folklore. I Bécquer pellegrinano per i sentieri di Spagna in cerca di conventi mutilati e scene popolari.

Avrei voluto che il tempo non mi avesse guadagnato terreno, per poter parlare ora di due ammirevoli cose, creazione originale di quest’epoca. Mi riferisco all’amore romantico e alla donna contemporanea: l’uno e l’altra appaiono insieme sulla scena storica.

Lo stesso errore che si commette credendo che la vita umana sia stata sempre identica, riappare quando si parla di ciascuno dei sentimenti. È un’ignoranza della realtà storica supporre che si sia sempre amato allo stesso modo. Questa sublime emozione amorosa raccoglie, come ampia vena fluviale, quanto l’uomo è, e dipende, in conseguenza, dal grado di perfezione a cui sia giunto nelle facoltà superiori del suo spirito. L’amore non è un istinto che, nato una volta per sempre, perdura imperfettibile. È una dimensione della cultura in cui si avanza o si indietreggia, che è più raffinata in un tempo e più rozza in un altro. Come nelle scienze e nelle arti, in amore ci sono genialità e inettitudini, decadenze e scoperte.

L’epoca romantica scopre una nuova qualità d’amore. Il XVIII secolo aveva significato, in questo punto, un evidente regresso. L’impero della ragione non lasciò esente questo territorio, e versò sui teneri affetti il suo periodo glaciale. Fu l’amore del Settecento freddo erotismo, sensualità squisita e raffinata, niente di più. Che diverse da quelle damigelle, quasi inverosimili, deliziose porcellane, meraviglie di umana ceramica, testoline di acuto e chiaro pensare, dove annidava un’anima senza temperatura — queste altre dame qui ritratte, senza dubbio meno graziose e brillanti, ma che lasciano intravedere possibilità di fuoco entusiasta e ardente sacrificio!

Yo no quería, según al comienzo dije, sino atraer la atención de ustedes sobre el proyecto generoso y oportuno del marqués de la Vega Inclán. Razones, como hemos visto, de alguna trascendencia nos invitan a esperar algunas espirituales ventajas en el confrontamiento de nuestra sensibilidad actual con la época romántica. Es indudable que padeció ésta un exceso de gesto y una evidente propensión a exagerarlo todo. Pero bajo esa pompa inútil del sobrado ademán y la palabra superlativa laten en ella potencias abundantes de sana vitalidad. Pues bien; yo creo que nada es hoy tan urgente en España como mover los corazones a que se abreven, a que se embriaguen en anhelos de vivir. No tenemos mucha ciencia ni mucha previsión; nos falta buen orden, buena economía, buen gobierno; todo esto es cierto; pero ninguno de esos defectos importaría gravemente si en el cuerpo peninsular se sintiese la vibración de una vitalidad poderosa, resuelta a exigir a la hora que pasa la posible plenitud. Llevamos treinta años buscando qué es lo que falta a la vida española, sin encontrarlo en definitiva. Y es que acaso lo que nos falta es precisamente la vida.

1922

I did not wish, as I said at the beginning, anything other than to draw your attention to the generous and opportune project of the Marquis de la Vega Inclán. Reasons, as we have seen, of some consequence invite us to hope for some spiritual advantages in the confronting of our present sensibility with the romantic age. There is no doubt that it suffered an excess of gesture and an evident propensity to exaggerate everything. But under that useless pomp of the overdone bearing and the superlative word there lie dormant in it abundant powers of sound vitality. Well then; I believe that nothing is today so urgent in Spain as to move hearts to drink, to intoxicate themselves with yearnings to live. We do not have much science nor much foresight; we lack good order, good economy, good government; all of this is true; but none of those defects would matter gravely if in the peninsular body one felt the vibration of a powerful vitality, resolved to demand from the passing hour the possible plenitude. We have been going thirty years seeking what it is that is lacking to Spanish life, without finding it definitively. And it is that perhaps what we lack is precisely life.

1922

Io non volevo, come dissi al principio, se non attirare l’attenzione di voi sul progetto generoso e opportuno del marchese de la Vega Inclán. Ragioni, come abbiamo visto, di qualche trascendenza ci invitano a sperare alcuni vantaggi spirituali nel confronto della nostra sensibilità attuale con l’epoca romantica. È indubbio che questa patì un eccesso di gesto e un’evidente propensione ad esagerare ogni cosa. Ma sotto quella pompa inutile del soverchio atteggiamento e della parola superlativa latitano in essa abbondanti potenze di sana vitalità. Ebbene; io credo che nulla sia oggi così urgente in Spagna come muovere i cuori ad abbeverarsi, ad inebriarsi di aneliti di vivere. Non abbiamo molta scienza né molta previdenza; ci manca il buon ordine, la buona economia, il buon governo; tutto questo è vero; ma nessuno di questi difetti importerebbe gravemente se nel corpo peninsulare si sentisse la vibrazione di una vitalità poderosa, risoluta ad esigere dall’ora che passa la possibile pienezza. Portiamo trent’anni a cercare che cosa manca alla vita spagnola, senza trovarlo in definitiva. Ed è che forse ciò che ci manca è precisamente la vita.

1922