Abstract
A lecture promoting a Romantic Museum to be housed in Madrid’s Hospicio, a baroque building under threat from the municipal pickaxe. Its underlying thesis: progressives and reactionaries are equally wrong about the past, since the progressive disqualifies the men of yesterday by reducing them to a preparation of the present.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
SEÑORAS Y SEÑORES:
Son ustedes, conmigo, invitados que el Marqués de la Vega Inclán reúne hoy en estas salas para que hablemos de una empresa que fuera debido acometer. Expresión de un propósito, propaganda de un proyecto, solicitud de colaboración, y casi nada más van a ser las palabras, no muy numerosas, que me atrevo a dirigir a ustedes.
Los cuadros que penden de estos muros han sido generosamente donados por el Marqués de la Vega Inclán a la propiedad pública. Aspira el donador a que sirvan como núcleo inicial, aunque ya por sí mismo abundante, para la formación de un Museo donde quede resumido y perpetuado lo que fue la vida española en la primera mitad del siglo XIX. En aquella época, como el prólogo al Catálogo indica, Madrid, que había sido hasta entonces sólo oficialmente la capital de España, sale, por decirlo así, a las candilejas de la historia, y con su pueblo alto y bajo comienza a dar tono y color a la sociedad española. Parece, pues, indiscutible que el Museo en que va a conservarse el gesto fenecido de esa edad debe ser alojado en Madrid, y dentro de Madrid, en algún edificio a quien en la cara se conozca claramente la oriundez madrileña.
La elección no es difícil, porque, desgraciadamente, nuestra ciudad ha sido muy pobre en originales inspiraciones arquitectónicas. Encumbrada por conveniencias administrativas, fue siempre Madrid, a la vez, predilecta y víctima de la burocracia. Ahora bien: burocracia e inspiración original son dos cosas completamente incompatibles, y el espíritu madrileño sólo ha logrado en alguna ocasión perforar las rutinas administrativas y dar libremente al viento su plástica canción desde la fachada de alguna casa o en los tazones de alguna fuente pública.
Así en la fachada del Hospicio; por ella asoma el alma de nuestra villa y hace al transeúnte una incesante gesticulación. Como nuestra gente popular, es allí la arquitectura burlona, conceptuosa e inquieta. El estilo barroco a que pertenece fue dondequiera el triunfo de la pasión sobre la razón; pero el barroquismo de un Miguel Ángel, por ejemplo, expresa una pasión grave, reconcentrada y muda, al paso que en esa fachada, transparece el jocundo frenesí de un día de fiesta. La graciosa irrespetuosidad, que es característica del madrileño, ha inspirado al arquitecto, que se entretiene en faltar al respeto a la piedra, material grave y solemne, obligándola a danzar y parlar. A este edificio debiera llevarse el Museo Romántico. Con ello se lograría doble ventaja. La época tan madrileña que en él va a conservarse quedaría alojada en muros de espíritu afín, y, por otra parte, el Museo salvaría el edificio. Porque el Hospicio, señores, se halla en inminente peligro: las terribles piquetas municipales amenazan la sugestiva construcción. Si no se opone a ello un grupo eficaz de vecinos sentimentales, la burocracia inexorable arrasará vengativa ese poco de piedra vibrante y armoniosa.
Importa mucho, señores, que sepamos adoptar frente a las cosas que fueron, frente al pasado, una actitud certera, porque las dos maneras hoy usadas de enfrontarse con él, antagónicas una de otra, son igualmente erróneas y estériles. De un lado están los progresistas; de otro, los reaccionarios. Para los hombres del progreso, el pasado humano sólo tiene interés, sentido y valor, en la medida en que fue preparación del presente. Queda así el pretérito descalificado y en una actitud humilde ante nosotros; durante miles y miles de años, los hombres, a lo que parece, no han vivido para sí, sino para nosotros; han amado y odiado, han trabajado y sufrido, sin otra finalidad que hacer posibles estas cosas del presente, que consideramos maravillosas: nuestra técnica, nuestros ferrocarriles, nuestro sistema parlamentario, nuestras clínicas. Claro está que a los hombres de antaño parecían seguramente sus cosas no menos excelentes que a nosotros las nuestras; pero el progresista, con una ingenuidad específicamente moderna, cree su punto de vista definitivo y el único admisible. Se llega a suponer, más o menos declaradamente, que si un pintor de hace cinco siglos no pintaba como hoy se pinta, fue porque no podía, pero que si se le hubiese dado a elegir entre su modo de pintar y el nuestro, no habría vacilado en preferir éste. Y como del estilo pictórico, se supone de las creencias y opiniones, de las costumbres e instituciones políticas. Hay quien piensa de buena fe que si el hombre medieval hubiese conocido el sistema parlamentario, le habría faltado tiempo para arrinconar el feudalismo. El error que yace en esta manera de sentir aparece bien claro cuando el progresismo se lleva a sus últimas consecuencias, y se advierte que el progreso presente será superado por el de mañana, y, por tanto, nuestra vida actual, la vida del progresista, no tiene tampoco más valor que el de preparar el futuro. El progresismo es, en definitiva, futurismo. Y este futurismo, este afán de supeditar la vida actual y pasada a un mañana que no llega nunca, es una de las enfermedades de nuestro tiempo.
Provocada por ella, en polémica con ella, ha nacido la enfermedad antagónica: el reaccionarismo o arcaísmo. El reaccionarismo se niega a aceptar el presente, al fin y al cabo única vida real que existe; prefiere renunciar a vivir plenamente, y eligiendo una época pasada, que por una u otra razón le parece más cómoda o adecuada a sus conveniencias, resuelve instalarse en ella, irse a vivir a ella, convirtiéndola en un presente inmutable, petrificado, perenne. Para los reaccionarios, pues, tampoco hay propiamente pasado; para ellos no ha pasado, sigue siendo presente. Y como lograr que así sea no depende sólo de la voluntad, viven una vida extemporánea e irreal, un grotesco ensueño, exangüe e inválido.
Como ustedes ven, coinciden ambas actitudes extremas en empequeñecer la existencia; es ésta un prisma mágico, con sus tres dimensiones de pasado, presente y futuro, donde el rayo de la vida viene a quebrarse con el esplendor de un arco iris. Futurismo y arcaísmo se obstinan en amputar dos de esas dimensiones, quedándose sólo con una.
¿No es ya razón sobrada para que corrijamos tan erróneos temperamentos? Nuestro corazón necesita de esa abertura hacia el mañana para que puedan alentar nuestras esperanzas, y ha menester, a la par, del pasado, que envía hacia nosotros, como vahos fragantes, las sugestivas reminiscencias. Es preciso, pues, que aumentemos el presente con el pasado, yendo a buscarle precisamente como algo que ha pasado ya, dulce fantasma inofensivo, cuyos brazos irreales no pueden pretender intervenir en la actualidad.
Acaso la conquista más delicada de la Edad contemporánea, conquista aún muy poco aprovechada, es el sentido histórico, por medio del cual nos asomamos a los tiempos fenecidos, y en cierta manera gozamos de sus goces y nos estremecemos con sus dolores. Recuérdese que todavía Racine introduce en los griegos y romanos, héroes de sus tragedias, las ideas y los sentimientos propios de un cortesano de Versalles. Racine y sus coetáneos no habían aprendido aún a oír el rumor peculiar y exclusivo que es la vida en cada época; les parecía que bajo trajes y maneras diferentes, la vida humana había sido siempre idéntica, como al falto de buen oído musical todos los sonidos le parecen una sola nota. Pues bien: el sentido histórico es el buen oído histórico; órgano exquisito para percibir las modulaciones de la melodía humana a lo largo del tiempo.
Cuanto más se va ahondando en el estudio de la historia, se advierte con mayor claridad que la vida varía profundamente de época en época. Y no es que en una época sea la vida distinta que en otra porque lo sean sus ideas, sus artes, su política, su industria, sino, al revés; dos épocas tienen distintas ideas, artes, política e industria porque el sentimiento radical de la vida era en ellas diferente. Lo que pensamos y lo que hacemos es resultado y fruto de un clima sentimental que traemos al mundo, de una intuición o sensación primaria, simiente de todo lo demás. Conviene que abandonemos la creencia de que los cambios históricos decisivos provienen de grandes, solemnes acontecimientos, de inventos ilustres, de guerras gigantescas. Nada de eso.
En uno de sus cuentos fantásticos refiere Wells que un aficionado de antigüedades halló en un almacén de ellas un huevo de cristal. Extrañado de encontrar entre los demás objetos valiosos aquél tan baladí, lo compró y salió a la calle con él entre las manos, mirándolo al trasluz. De pronto, al inclinarse hacia un lado, notó que dentro de él se dibujaban escenas nunca vistas donde intervenían seres extrahumanos. Era que el cuerpo cristalino, colocado en cierta inclinación, recogía los rayos de una lejana estrella, los cuales reflejaban la vida insospechada del astro remoto. Pues bien, señores; para que el panorama vital varíe radicalmente, no son menester grandes guerras, pavorosos cataclismos, mágicos inventos; basta con que el corazón del hombre incline su sensitivo vértice hacia un lado o hacia otro del horizonte, hacia el optimismo o hacia el pesimismo, hacia la heroicidad o hacia la utilidad, hacia la lucha o hacia la paz.
Varía, pues, en cada edad la sensación radical de la vida; precisamente por eso el hombre culto necesita confrontarse con los hombres de otros tiempos, asomarse a su intimidad y poner fino oído a la melodía latente de aquellas existencias consumidas. Sólo así caeremos en la cuenta de cuál es nuestra propia sensibilidad y nuestro histórico destino. De otro modo, sin rozarnos con la sensibilidad de otros tiempos, corremos riesgo de creer que nuestra peculiaridad no lo es, que lo que sentimos es lo que siempre se ha sentido y se sentirá. Del mismo modo, de niños aprendemos cuál es el perfil de nuestro cuerpo a fuerza de chocar con las cosas en torno.
Pero, además de esto, no creo que exista placer más denso y elevado que éste de olfatear la vida que fue. Por mucho que una obra de arte nos haga gozar, siempre será ella un objeto material o ideal, no el ser viviente mismo en su inagotable integridad. Para la persona sólo es goce sumo la intimidad de otra persona; por eso la existencia culmina en el amor, donde dos personas se hacen mutua y suprema donación de sí mismas. Se ha exagerado mucho en los últimos tiempos el valor del arte, y sin que yo pretenda ahora disminuirlo, haré notar que el arte supremo será el que haga de la vida misma un arte. Deleitosa es la pintura o la música, pero ¿qué son ambas, emparejadas con una amistad delicadamente cincelada, con un amor pulido y perfecto? La forma soberana del vivir es convivir, y una convivencia cuidada, como se cuida una obra de arte, sería la cima del universo. La época en que nosotros hemos sido educados ponía sus cinco sentidos y toda su atención en la política, o en la economía, o en la ciencia; sólo una cosa había en que no paraba mientes, sólo una cosa hacía sin intención y a la diabla. ¿Cuál? Vivir. Afortunadamente, múltiples signos anuncian que los hombres van a corregir este olvido, y aplicarán sus mejores esfuerzos a hacer de sus propias vidas un edificio lo más perfecto posible. Se inicia una nueva forma de la cultura —la vida selecta y armoniosa—; despierta un arte nuevo: la vida como arte, el refinado sentir, el saber amar, y desdeñar, y conversar, y sonreír… Frente a ese arte sumo, todos los demás, poesía, pintura, música, pasan a ocupar un segundo término, como mero ornato, fondo y aditamento a la vida.
Pero ese sentido estético del vivir que tanto nos importa conquistar exige una educación especial, una técnica y una sabiduría peculiares. No basta para adquirirlo, aprender las ciencias o cultivar las artes; es preciso hacerse, más o menos, un especialista en vidas, un dilettante apasionado de modos de vivir. Vean ustedes por qué un proyecto de museo como el que ahora nos ocupa me parece de exquisita oportunidad.
Hay museos en los que se pretende reunir las obras de arte más valiosas, las creaciones ejemplares de la pintura o la escultura. Yo los llamaría museos de «modelos». ¿Hasta qué punto es acertada tal pretensión? ¿No se corre el riesgo de que los cuadros considerados como modelos por la época que crea el museo no lo parezcan tanto a las épocas subsecuentes? Yo no me atrevería a resolver estas dudas; pero he observado que, dada la modificación constante de los gustos y el carácter recatado del goce estético, los hombres más sensibles al arte, y, a la vez, más sinceros consigo mismos, no suelen recibir en los museos sus mejores emociones pictóricas. Con frecuencia, al ser colgado el cuadro en la pared oficial del museo, parece trasladado a una dimensión convencional que extirpa, a nuestro trato con él, aquel tono de aventura íntima necesario a todo auténtico placer de arte. El clavo que lo clava vulnera y mata sus entrañas sugestivas, dejando al lienzo yerto y disecado, como hace el alfiler del entomólogo con la errabunda mariposa. De todos modos, el museo que el marqués de la Vega Inclán proyecta es de otro género.
En estos cuadros que aquí vemos no faltan trozos excelentes de pintura que pudieran honrar las paredes de un museo de modelos. Pero no se han traído aquí tanto por su valor artístico como por su significación histórica. No es lo más interesante en ellos que sean buenos cuadros, sino que son huella de una generación, impronta de un estilo de vida. Por eso están al lado de otros cuadros menos valiosos pictóricamente, pero de un gran poder evocador. En suma: el museo que se proyecta es un museo de vida.
La vida, señores, es un flúido indócil que no se deja retener, apresar, salvar. Mientras va siendo, va dejando de ser irremediablemente. Cuando queremos prender al sentimiento que en este instante sentimos y volvemos a él la atención, ya ha concluido y ha dejado su puesto a otro. Del que buscábamos vemos sólo la espalda fugitiva, que se aleja tiempo abajo, con vago ademán de espectro. Como el sentimiento, todas las demás funciones vitales tienen una condición transeúnte y fugitiva. La vida no es una cosa estática que permanece y persiste; es una actividad que se consume a sí misma. Por fortuna, esa actividad actúa sobre las cosas, las formas y reforma, dejando en ellas la huella de su paso. De igual modo, el viento, por sí mismo imperceptible, se arroja sobre el cuerpo blando de las nubes, las estira y retuerce, ondea y afila, y nosotros, levantando la vista, vemos en las formas de sus vellones las líneas de embestida del viento, la huella de su puño, raudo y etéreo. Así la vida, cada vida, deja en las cosas la línea de su peculiar ímpetu, el perfil de su afán; en una palabra: su estilo. En el traje y en el mueble, en la pintura y en el libro, queda prisionera la eterna fugaz. Al rodearnos nosotros de estos objetos, como ahora nos ocurre, la unidad de inspiración que les ha dado a todos forma nos aparece con evidencia como una misma melodía, repercutida en mil variaciones. Tal vez no podamos siempre concretar cuáles son las notas que la componen; sin embargo, la sentimos inequívocamente: «Todo esto —decimos— es de una época». Una época es ante todo, señores, un cierto pulso vital.
Por fortuna va educándose en nosotros un misterioso poder de confundirnos transitoriamente con los módulos de vida más diversos, por decirlo así, de ponernos al compás de todos los pulsos vitales. Merced a ello podemos enriquecer nuestra existencia viviendo un momento otras distintas, y el temperamento más delicado será el más capaz de esa conmovedora transmigración por las vidas que pasaron. Cuando Empédocles decía: «Yo he sido una vez águila y moza y pez mudo en el mar», sugería este imperativo de vida múltiple que siente dentro de sí todo corazón impetuoso.
Pobres cosas quietas son estos lienzos y estos muebles; pero apenas fijamos en ellos la mirada, nos parece notar que llega a nosotros detrás de ellos la cálida palpitación de los anhelos y esperanzas, ilusiones y desengaños de que nacieron y entre los cuales se formaron. La vida yerta y sida aparece un momento ante nosotros galvanizada, resurrecta, vibrante, y de todos los rincones avanzan hacia nuestros nervios latidos imaginarios.
Permítanme ustedes una imagen barroca, pero exacta: cuando el toro, en la campiña, acierta a pasar junto al sitio donde queda sangre de otro toro, se estremece magníficamente, retiemblan sus fuertes tendones, jadea frenético y, alzando la testuz al firmamento, llena el cóncavo espacio con un mugido apasionado. Salven ustedes cuanto quieran salvar, pero en el fondo la cosa es la misma. Cuando un hombre que lo sea plenamente halla ante sí una huella profunda que otra vida humana ha dejado, sacude eléctricamente su alma una fraterna convulsión, a un tiempo deleitosa y dolorida.
¿Cómo fueron, cómo fueron en su sentir estos caballeros y estas damas que con su gracioso empaque asisten mudos a esta hora de nuestras vidas? ¿Cómo amaban, cómo odiaban? ¿Qué era lo que preferían y lo que menospreciaban en la existencia? ¿Cómo sonaba esa voz íntima que murmura en el fondo de todo corazón?
Conviene subrayar, como ejemplo curioso y patente de esos cambios de sensibilidad a que antes aludía, el hecho de nuestra creciente afición a esta época romántica. Hace pocos años, todavía era generalmente desdeñada; no se estimaba su pintura y avergonzaba su política. Los hombres de la Restauración y la Regencia hablaban de la España anterior a 1860 con pudoroso menosprecio. Va para ocho años que en una conferencia política intentaba yo una reivindicación de aquel tiempo, denostado injustamente. Hoy ya es general la opinión favorable a ella. Se ha comprendido, al cabo, que es acaso la etapa más sana y fecunda que ha vivido España desde 1650, y, sin disputa, muy superior a esa Restauración y a esa Regencia, en que sólo se cuidó de lo aparente, del compromiso y de un ficticio orden. De 1860 a 1900, en España no se ha vivido: se ha fingido que se vivía. De 1830 a 1860 no se han hecho grandes cosas gloriosas en ningún orden; pero el pueblo español gozó de una vital sacudida. Las masas populares se enardecen por los emblemas políticos y ponen su pecho en las barricadas; los escritores y hombres de ciencia quiebran las míseras rutinas y el estrecho círculo mental en que se movieron durante el siglo XVIII y reciben las nuevas inspiraciones de los tiempos que llegan por los caminos de Francia; los políticos luchan fervorosamente, a veces mortalmente, por sus programas de reforma. La sociedad entera vibra apasionada. Es una etapa de ardiente dinamismo, de esfuerzo, de pasión. Como en todas las épocas de vida intensa, la gente está dispuesta a morir por algo, pues la realidad arroja la paradójica observación de que el afán de morir es el síntoma más evidente de la energía vital.
El Romanticismo, germinado en las postrimerías del siglo XVIII, significa en la historia el triunfo del sentimiento. Hasta entonces había solido el hombre avergonzarse de sus emociones, demasiado orgulloso de sus ideas, y las mantenía prisioneras en una cárcel de razón. Por eso, durante el siglo XVIII, la poesía propiamente no existe; sirve el verso tan sólo para expresar pensamientos, no pasiones. La pura razón frígida y rígida gobierna el mundo. Mas, abiertas las poternas de la prisión donde estaban aherrojados, y en esclavitud los sentimientos, saltan éstos sobre la existencia como sobre una presa, derriten con su fuego la vida congelada, y, enardecidos, lo incendian todo: la política y la ciencia, las artes y el trato social. Al revés que en la época anterior, cada hombre va inclinado sobre sus propias emociones, puesto el oído atento a la fluencia sentimental que mana de su víscera cordial. Todo el mundo se siente presa de una pasión, generalmente dolorida y fatal. Byron y Chateaubriand habían creado los gestos de la época: aquél, de orgía desesperada; éste, de desventura irremediable. El pesimismo es el mal del siglo, un mal que casi todos acarician. Los varones se hacen un semblante sombrío, y las mujeres sesgan la vida conservando una encantadora palidez.
Esta voluptuosidad de la tristeza, este «mal del siglo», es la emoción radical de que emana la actitud romántica, y vierte su color sobre toda la época. Hay una anécdota en las Memorias de ultratumba que, en cierta manera, podría resumir la historia de este período. Durante su Embajada de Roma, Chateaubriand dio una fiesta suntuosa. Con el codo magníficamente apoyado en el mármol de la chimenea, el torso erguido, la cabeza peinada en coup de vent, como si el vendaval del Niágara todavía la fatigase, recibía el gran charmeur a sus invitados. Una dama inglesa, desconocida de él, se acercó a saludarle, y, misteriosamente, le dijo estas palabras: «¡Ah, señor embajador, cómo se conoce que es usted muy desgraciado!» El embajador romántico se sintió halagado en su más honda intimidad: fueron aquellas palabras de la inglesa anónima una de las caricias más deleitosas que había recibido en su vida, y al recordarlas, cuando escribía sus Memorias, le sirven de pretexto para hacer ante nosotros unas cuantas piruetas de magnífica melancolía e hinchar su garganta de viejo ruiseñor literario con algunos períodos de espléndida euritmia.
En España es ésta de 1830 la primera generación posterior al antiguo régimen. La sociedad cambia de estructura. La antigua organización jerárquica daba a la clase noble un carácter de ejemplaridad. En una continuidad de mil años había la nobleza elaborado todo un código de vida, un repertorio de gestos, de reacciones vitales, de actitudes, obtenido por medio de lentísima selección. Ese modo noble de vivir actuaba constantemente sobre las clases inferiores como modelo, norma y disciplina. Después de su triunfo sobre esa aristocracia, la burguesía se ve obligada a vivir por sí misma, a decidir sus propias actitudes. Pero un sistema de normas y disciplinas vitales no se improvisa.
Los hombres recién libertados no saben cómo usar de la libertad, principio meramente formalista y vacío. Entonces se produce un fenómeno curiosísimo. Vencido políticamente el antiguo régimen, se vuelve éste a incorporar sentimentalmente en el corazón de los burgueses. La vida noble, que antes era un derecho, se convierte en una norma, en una disciplina moral, en un ideal de existencia. Ahora que todos los hombres son iguales, pares, se sienten todos los hombres señores, Pares. La Edad Media conquista la moda. Los burgueses se portan como señores de la Tabla Redonda: de aquí ese empaque a que antes aludía. Esta primera burguesía ensaya una interpretación caballeresca de la nueva existencia democrática. Es la época de las estocadas, de los desafíos, y don Diego de León, el magister equitum que ahí está retratado, imita a Roger de Flor y opta a Bayardo. No es necesario decir que este ensayo de la burguesía caballeresca fracasa bajo la presión de una segunda burguesía mucho menos caballeresca y mucho más capitalista.
Se adora el pasado y, súbitamente, las ruinas adquieren un encanto imprevisto. Comienza la afición a los viejos monumentos, a las costumbres tradicionales, al folklore. Los Bécquer peregrinan por los caminitos de España en busca de conventos mutilados y escenas populares.
Habría querido que el tiempo no me hubiese ganado el terreno, para poder hablar ahora de dos admirables cosas, creación original de esta época. Me refiero al amor romántico y a la mujer contemporánea: aquél y ésta aparecen juntos en el escenario histórico.
El mismo error que se comete al creer que la vida humana fue siempre idéntica, reaparece cuando se habla de cada uno de los sentimientos. Es una ignorancia de la realidad histórica suponer que se ha amado siempre del mismo modo. Esta sublime emoción amorosa recoge, como ancha vena fluvial, cuanto el hombre es, y depende, en consecuencia, del grado de perfección a que haya llegado en las facultades superiores de su espíritu. El amor no es un instinto que, nacido de una vez para siempre, perdura imperfectible. Es una dimensión de la cultura en que se avanza o se retrocede, que es más pulido en un tiempo y más tosco en otro. Como en las ciencias y en las artes, hay en amor genialidades e ineptitudes, decadencias y descubrimientos.
La época romántica descubre una nueva calidad de amor. El siglo XVIII había significado, en este punto, un evidente retroceso. El imperio de la razón no dejó exento este territorio, y vertió sobre los tiernos afectos su período glacial. Fue el amor del XVIII frío erotismo, sensualidad exquisita y refinada nada más. ¡Qué diferentes de aquellas damiselas, casi inverosímiles, deliciosas porcelanas, maravillas de humana cerámica, cabecitas de agudo y claro pensar, donde anidaba un alma sin temperatura —estas otras damas aquí retratadas, sin duda menos graciosas y brillantes, pero que dejan entrever posibilidades de fuego entusiasta y ardiente sacrificio!
Yo no quería, según al comienzo dije, sino atraer la atención de ustedes sobre el proyecto generoso y oportuno del marqués de la Vega Inclán. Razones, como hemos visto, de alguna trascendencia nos invitan a esperar algunas espirituales ventajas en el confrontamiento de nuestra sensibilidad actual con la época romántica. Es indudable que padeció ésta un exceso de gesto y una evidente propensión a exagerarlo todo. Pero bajo esa pompa inútil del sobrado ademán y la palabra superlativa laten en ella potencias abundantes de sana vitalidad. Pues bien; yo creo que nada es hoy tan urgente en España como mover los corazones a que se abreven, a que se embriaguen en anhelos de vivir. No tenemos mucha ciencia ni mucha previsión; nos falta buen orden, buena economía, buen gobierno; todo esto es cierto; pero ninguno de esos defectos importaría gravemente si en el cuerpo peninsular se sintiese la vibración de una vitalidad poderosa, resuelta a exigir a la hora que pasa la posible plenitud. Llevamos treinta años buscando qué es lo que falta a la vida española, sin encontrarlo en definitiva. Y es que acaso lo que nos falta es precisamente la vida.
1922