Ortega y Gasset

Abstract

An essay on Ortiz Echagüe’s photographs of popular dress: their aesthetic value lies in fixing the equivocal instant when the people already feel their own costume as a disguise. The case of Lagartera shows that reviving old attire is in fact a modern advertising device.

Connections

Concetti: abitudine, bellezza
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Con su máquina fotográfica Ortiz Echagüe ha conseguido algo épico… No sé bien qué: ¿tragedia, comedia, fábula más bien? Pero estas páginas nos cuentan historias mudas de dos héroes. Los dos protagonistas son Paño y Piedra. Nos ostentan, con cierto cinismo entre orgulloso y zumbón, sus músculos, sus masas, sus poros, sus luces, sus sombras. La Piedra, más segura de sí misma, se suele quedar al fondo, donde afirma su dureza geológica. Y, sin embargo, juega consigo misma a curvarse como un junco en el arco, en el portal, a bombearse en la panza de los torreones, a enternecerse en los detalles íntimos de un blasón que florece sobre la sillería granítica. El Paño, menos confiado en su destino, se adelanta al primer plano, como un tenor, para cantarnos su aria romántica, para que le veamos bien y nos interesemos por su suerte. Tienen también estos trajes extemporáneos, al acercarse a quien contempla las fotografías de Ortiz Echagüe, algo de animales exóticos, que en el Zoo, tras los barrotes, se aproximan al visitante con la esperanza de que les eche algo.

No es impropia esta imagen que sugieren, porque, en efecto, como muchos animales de Zoo, no existen ya o van muriendo en sus territorios naturales. Seguramente, el que recorra estas láminas admirables recibirá una impresión extraña de equívoca mascarada. El pueblo, que si es algo peculiar es precisamente vida espontánea y que se ignora a sí misma, aparece aquí como sorprendido de ser tal y cual es, como representando, por eutrapelia, un papel que algún poeta erudito le ha compuesto, es decir, viviendo la definición que de él ha dado alguien que no es pueblo.

Y es que el pueblo, capaz de vestir con ingenuidad este indumento, ya no existe o casi no existe. Donde, por azar, perdura aún, es cuestión de horas su desaparición. Podrá usar todavía en su vida normal tales anacrónicos atavíos, pero ya ha decidido arrumbarlos. Por dentro es incompatible con su atuendo. Es la larva unos minutos antes de rasgar su forma, cuando siente ya bajo ella agitarse la seda de unas alas definitivas.

Haber fijado este instante crítico, equívoco, irónico, es lo que da, a mi juicio, mayor calidad estética a la obra de Ortiz Echagüe. Lo otro hubiera sido o inocente o inhumano: complacerse en que unos hermanos nuestros usen un plumaje absurdo y parezcan seres infrahumanos, raras especies ornitológicas, o bien tapires y okapis.

Aunque he caminado bastante por los caminitos de España, no conozco más que un rincón donde el traje popular, tradicional, en vez de retroceder se haya afirmado. Es el pueblo de Lagartera. ¿Quiere decir esto que por un estrambótico destino los vecinos de este lugar vivan hacia atrás y sufran lamentable involución? Todo lo contrario. Al decidir la repristinación de los viejos atavíos este pueblo ejercita de la manera más curiosa su modernismo. Lo moderno es la industria y la explotación. Pues bien, los lagarteranos, que habían ya casi abandonado sus usos indumentarios, conservaron la tradición de sus bordados. Algunos finos aficionados —sobre todo de la Institución Libre de Enseñanza— pusieron de moda, va para treinta años, estas labores tan propias para el ornato de las casas actuales, y el bordado lagarterano se convirtió en industria que explota sobre todo al turista. Pero la industria moderna necesita del reclamo. Y he aquí que, como anuncio de su industria tradicional, resuelve el pueblo entero de Lagartera rehabilitar sus antiguas ropas. Por las calles de Madrid se ve pasar a las lagarteranas llevando las mercancías a domicilio: van con sus faldas huecas y sus colorines, con aire de faisanes. El entusiasta de lo castizo, que suele ser un alma torpe o ingenua, se conmueve ante el contraste de esas figuras que representan al pueblo eterno y las novedades técnicas de la gran urbe actual. ¡Cuál no sería su desilusión si cayesen en la cuenta de que, bajo esa tupida fronda de haldas multicolores, se oculta el espíritu hipermoderno de mister Ford —nada tierno, nada romántico, que cínicamente acepta la farsa de sí mismo, con tal de vender su manufactura!

Raro será el sitio donde el pueblo no sienta ya como disfraz su traje popular. Esto significa, en prieto resumen, muchas cosas: significa casi entera la lista de problemas sugestivos que el traje popular plantea.

Parece increíble, pero, que yo sepa, no existe un solo estudio sobre el traje popular. Cien veces se han descrito los usos indumentarios de tal o cual país. Pero nadie se ha parado a meditar sobre el hecho genérico del traje popular, sobre su naturaleza y las leyes de su variación.

El fenómeno que acabo de señalar —que nuestro pueblo siente como un disfraz su traje tradicional— pone de manifiesto una de esas leyes. Por cierto, sorprendente. Es ésta. El pueblo no usa en todas las épocas históricas un traje popular, sino sólo en algunas. Por ejemplo, en la que ahora entramos se desnuda de sus pintorescos y peculiares ropajes y adopta el traje común universal. El hecho es terráqueo. En estos años cuelga el mandarín su vesta cromática de pájaro humano y se introduce en el inameno completo del europeo. En Turquía, Mustafá Kemal siega en un día todas las chechias de Anatolia y las sustituye por el chapeo occidental. Lo propio acontece en los pueblecitos de España. Hay, pues, épocas de uniformismo indumentario que hacen desaparecer los atuendos populares. El Imperio romano fue tiempo de esta índole e impuso el traje latino desde Palmira a Lusitania, desde el Sáhara al Vístula, desde el Cáucaso a la isla de los britanos. En cambio, hay otras sazones de heterogeneidad triunfante en que cada pequeña región da caprichosamente su traje particular.

Dentro de Europa, las clases sociales superiores han mantenido siempre un formato común de vestimenta, bien que modulado diversamente. Las diferencias radicales eran, en cambio, atributo popular.

Conviene, sin embargo, defenderse de la ilusión óptica que suele producir todo lo popular, en virtud de la cual nos parece antiquísimo, vetusto y espontáneo. En realidad, los trajes populares no son ni más ni menos modas que los usados por las aristocracias. La única diferencia consiste en que el tempo de variación, de modificación, es mucho más lento en el pueblo. Esta lentitud hace que se olvide el origen de la vestimenta y que parezca nacida espontáneamente, por una profunda y latente inspiración étnica. De aquí el culto romántico al casticismo de los trajes pueblerinos. Pero este culto no es más que inocencia. He aquí un gracioso ejemplo. Revolución popular no ha habido en España más que una: el motín de Squilache o de las capas y sombreros. La plebe peninsular ha solido ser mansa. Sufrió todo, soportó todo lo que con ella quiso hacerse. Pero un buen día los gobernantes ilustrados de Carlos III quisieron adecentarla un poco, quitarle el aspecto pintoresco, estrafalario, extraeuropeo que su manera de vestir le proporcionaba. Con este fin se publicó un bando para que todo el mundo recortara sus capas talares y recogiera las enormes alas de sus sombreros. El pueblo se sintió ofendido en lo más recóndito de su ser: era como tocarle a la propia alma tocar a su sombrerazo, que solía llamarse chambergo y gacho. Como la guardia walona era la encargada del orden público y tuvo que ocuparse en dar cumplimiento al bando anticastizo, creció la hostilidad que ya de tiempo atrás sentían por ella los barrios bajos de Madrid. Si el bando, que procedía de un extranjero, Squilace, era ya un atentado sacrílego a la espontaneidad tradicional del traje popular, la intervención autoritaria de soldados extranjeros acentuaba su carácter antinacional. Reformar el sombrero castizo, ¿no era como extirpar al pueblo su más autóctona personalidad? Y, en efecto, por una vez, el pueblo se sublevó y se dedicó a cazar guardias walonas.

Así cuentan el hecho los historiadores y no hay nada que rectificar a su relación. Sólo les imputo una falta: no decirnos por qué ese sombrero tan castizo, tan consustancial con la raza madrileña, se llamaba chambergo. La palabra huele enormemente a extranjería. Chambergo viene de Schomberg. Y ¿quién fue Schomberg? Schomberg fue el comandante de la guardia flamenca traída a España en tiempos de Carlos II, aproximadamente un siglo antes del motín de Squilache. Esta guardia flamenca despertó también la antipatía popular. ¡Irritaban aquellos hombres barrocos del Norte, tocados con sus enormes sombreros a lo Schomberg! Pero es el caso que, no mucho después, el pueblo matritense adoptó el amplio chapeo extranjero y que dos generaciones más tarde lo consideraba como simbólico fetiche de la más pura casta madrileña. Por defenderlo se entregó denodadamente a linchar guardias walonas, herederos de aquéllos a quienes había tomado el sombrero.

With his photographic camera Ortiz Echagüe has achieved something epic… I do not know well what: tragedy, comedy, fable rather? But these pages tell us mute stories of two heroes. The two protagonists are Cloth and Stone. They flaunt to us, with a certain cynicism between proud and bantering, their muscles, their masses, their pores, their lights, their shadows. Stone, more sure of itself, usually stays in the background, where it affirms its geological hardness. And, nevertheless, it plays with itself at curving like a reed in the arch, in the doorway, at swelling in the belly of the towers, at growing tender in the intimate details of a coat of arms that blossoms upon the granite seating. Cloth, less confident in its destiny, steps forward to the foreground, like a tenor, to sing us its romantic aria, so that we see it well and take an interest in its fate. These untimely dresses also have, when approaching whoever contemplates the photographs of Ortiz Echagüe, something of exotic animals, which in the Zoo, behind the bars, approach the visitor with the hope that he will throw them something.

This image that they suggest is not improper, because, indeed, like many Zoo animals, they no longer exist or are dying in their natural territories. Surely, whoever goes through these admirable plates will receive a strange impression of equivocal masquerade. The people, which if it is something peculiar is precisely spontaneous life that ignores itself, appears here as surprised at being what it is, as playing, out of eutrapelia, a role that some erudite poet has composed for it, that is, living the definition that someone who is not the people has given of it.

And the fact is that the people, capable of dressing with ingenuity this garb, no longer exists or almost does not exist. Where, by chance, it still endures, its disappearance is a matter of hours. It may still use in its normal life such anachronistic attires, but it has already decided to set them aside. Inwardly it is incompatible with its dress. It is the larva a few minutes before tearing its form, when it already feels under it the silk of definitive wings stirring.

Having fixed this critical, equivocal, ironic instant is what gives, in my judgement, the greater aesthetic quality to the work of Ortiz Echagüe. The other thing would have been either innocent or inhuman: to take pleasure in that some of our brothers wear an absurd plumage and seem infra-human beings, rare ornithological species, or else tapirs and okapis.

Although I have walked a good deal along the little paths of Spain, I know only one corner where the popular, traditional dress, instead of retreating, has asserted itself. It is the town of Lagartera. Does this mean that by an extravagant destiny the dwellers of this place live backwards and suffer a lamentable involution? All the contrary. In deciding the reinstatement of the old attires this people exercises in the most curious manner its modernism. The modern is industry and exploitation. Well then, the Lagarterans, who had already almost abandoned their sartorial usages, conserved the tradition of their embroideries. Some fine amateurs —above all of the Institución Libre de Enseñanza— put into fashion, going on thirty years, these labours so suited to the ornament of present-day houses, and the Lagarteran embroidery became an industry that exploits above all the tourist. But modern industry needs advertising. And behold that, as an advertisement of its traditional industry, the whole town of Lagartera resolves to rehabilitate its old clothes. Through the streets of Madrid one sees the Lagarteran women pass carrying the goods to the home: they go with their flared skirts and their bright colours, with an air of pheasants. The enthusiast of the castizo, who is usually a clumsy or naive soul, is moved before the contrast of those figures that represent the eternal people and the technical novelties of the great present-day metropolis. What would his disillusionment not be if they realised that, under that dense foliage of multicoloured skirts, the hypermodern spirit of mister Ford hides —nothing tender, nothing romantic, which cynically accepts the farce of itself, provided it sells its manufacture!

Rare will be the place where the people does not already feel its popular dress as a disguise. This means, in a dense summary, many things: it means almost the whole list of suggestive problems that the popular dress poses.

It seems incredible, but, as far as I know, there does not exist a single study on the popular dress. A hundred times the sartorial usages of this or that country have been described. But nobody has stopped to meditate on the generic fact of the popular dress, on its nature and the laws of its variation.

The phenomenon that I have just pointed out —that our people feels its traditional dress as a disguise— brings to light one of those laws. Indeed, surprising. It is this. The people does not use a popular dress in all historical epochs, but only in some. For example, in the one into which we now enter it strips itself of its picturesque and peculiar robes and adopts the common universal dress. The fact is earthly-wide. In these years the mandarin hangs up his chromatic vest of a human bird and introduces himself into the unpleasant full dress of the European. In Turkey, Mustafa Kemal reaps in one day all the fezzes of Anatolia and substitutes them with the Western hat. The same happens in the little towns of Spain. There are, then, epochs of sartorial uniformism that make the popular attires disappear. The Roman Empire was a time of this kind and imposed the Latin dress from Palmyra to Lusitania, from the Sahara to the Vistula, from the Caucasus to the island of the Britons. In contrast, there are other seasons of triumphant heterogeneity in which each small region capriciously gives its particular dress.

Within Europe, the upper social classes have always maintained a common format of clothing, albeit modulated diversely. The radical differences were, in contrast, a popular attribute.

It is fitting, nevertheless, to defend oneself from the optical illusion that everything popular usually produces, by virtue of which it seems to us most ancient, old and spontaneous. In reality, popular dresses are neither more nor less fashions than those used by the aristocracies. The only difference consists in that the tempo of variation, of modification, is much slower in the people. This slowness makes the origin of the clothing be forgotten and seem born spontaneously, by a profound and latent ethnic inspiration. Hence the romantic cult of the casticismo of the village dresses. But this cult is nothing more than innocence. Here is a graceful example. Popular revolution there has been in Spain only one: the mutiny of Squillace or of the capes and hats. The peninsular plebs has usually been meek. It suffered everything, endured everything that was wanted to be done with it. But one fine day the enlightened rulers of Charles III wanted to make it a little more decent, to remove from it the picturesque, extravagant, extra-European aspect that its manner of dressing gave it. To this end a proclamation was published so that everyone would shorten their ankle-length capes and fold up the enormous brims of their hats. The people felt offended in the most hidden part of its being: it was like touching its own soul to touch its big hat, which used to be called chambergo and gacho. As the Walloon guard was in charge of public order and had to concern itself with giving fulfilment to the anti-castizo proclamation, the hostility grew that the low quarters of Madrid already felt for it since long before. If the proclamation, which proceeded from a foreigner, Squillace, was already a sacrilegious attack on the traditional spontaneity of the popular dress, the authoritarian intervention of foreign soldiers accentuated its anti-national character. To reform the castizo hat, was it not like extirpating from the people its most autochthonous personality? And, indeed, for once, the people rose up and devoted itself to hunting Walloon guards.

Thus the historians relate the fact and there is nothing to rectify in their account. I only impute to them one lack: not telling us why that hat so castizo, so consubstantial with the Madrilenian race, was called chambergo. The word smells enormously of foreignness. Chambergo comes from Schomberg. And who was Schomberg? Schomberg was the commander of the Flemish guard brought to Spain in the times of Charles II, approximately a century before the mutiny of Squillace. This Flemish guard also awakened popular antipathy. Those baroque men of the North irritated, covered with their enormous hats à la Schomberg! But it is the case that, not much later, the Madrilenian people adopted the ample foreign hat and that two generations later considered it as the symbolic fetish of the purest Madrilenian caste. To defend it, it gave itself resolutely to lynching Walloon guards, heirs of those from whom it had taken the hat.

Con la sua macchina fotografica Ortiz Echagüe ha ottenuto qualcosa di epico… Non so bene che cosa: tragedia, commedia, favola piuttosto? Ma queste pagine ci raccontano storie mute di due eroi. I due protagonisti sono Panno e Pietra. Ci ostentano, con un certo cinismo tra orgoglioso e canzonatorio, i loro muscoli, le loro masse, i loro pori, le loro luci, le loro ombre. La Pietra, più sicura di sé stessa, si suole restare in fondo, dove afferma la sua durezza geologica. E, tuttavia, gioca con sé stessa a curvarsi come un giunco nell’arco, nel portale, a gonfiarsi nella pancia dei torrioni, a intenerirsi nei dettagli intimi di un blasone che fiorisce sulla sedia granitica. Il Panno, meno fiducioso nel suo destino, si avanza in primo piano, come un tenore, per cantarci la sua aria romantica, perché lo vediamo bene e ci interessiamo della sua sorte. Hanno anche questi vestiti intempestivi, nell’avvicinarsi a chi contempla le fotografie di Ortiz Echagüe, qualcosa di animali esotici, che nello Zoo, dietro le sbarre, si avvicinano al visitatore con la speranza che getti loro qualcosa.

Non è impropria questa immagine che suggeriscono, perché, in effetto, come molti animali di Zoo, non esistono già o vanno morendo nei loro territori naturali. Sicuramente, chi percorrerà queste tavole ammirevoli riceverà una impressione strana di equivoca mascherata. Il popolo, che se è qualcosa di peculiare è precisamente vita spontanea e che si ignora a sé stessa, appare qui come sorpreso di essere tal quale è, come rappresentando, per eutrapelia, un ruolo che qualche poeta erudito gli ha composto, cioè, vivendo la definizione che di lui ha dato qualcuno che non è popolo.

Ed è che il popolo, capace di vestire con ingenuità questo indumento, non esiste già o quasi non esiste. Dove, per caso, perdura ancora, è questione di ore la sua sparizione. Potrà usare ancora nella sua vita normale tali anacronici abbigliamenti, ma ha già deciso di metterli da parte. Per dentro è incompatibile col suo vestito. È la larva alcuni minuti prima di squarciare la sua forma, quando sente già sotto di essa agitarsi la seta di ali definitive.

L’aver fissato questo istante critico, equivoco, ironico, è ciò che dà, a mio giudizio, maggiore qualità estetica all’opera di Ortiz Echagüe. L’altro sarebbe stato o innocente o inumano: compiacersi che alcuni nostri fratelli usino un piumaggio assurdo e sembrino esseri infrumani, rare specie ornitologiche, oppure tapiro e okapi.

Anche se ho camminato abbastanza per i viottoli della Spagna, non conosco più che un angolo dove il vestito popolare, tradizionale, invece di retrocedere si sia affermato. È il paese di Lagartera. Vuol dire questo che per uno strabiliante destino i vicini di questo luogo vivano all’indietro e soffrano lamentabile involuzione? Tutto il contrario. Nel decidere la repristinazione dei vecchi abbigliamenti questo popolo esercita nella maniera più curiosa il suo modernismo. Il moderno è l’industria e lo sfruttamento. Orbene, i lagarterani, che avevano già quasi abbandonato i loro usi indumentari, conservarono la tradizione dei loro ricami. Alcuni fini dilettanti —sopra tutto dell’Istituzione Libera di Insegnamento— misero di moda, va per trent’anni, questi lavori tanto propri per l’ornamento delle case attuali, e il ricamo lagarterano si convertì in industria che sfrutta sopra tutto il turista. Ma l’industria moderna ha bisogno del richiamo. Ed ecco che, come annuncio della sua industria tradizionale, risolve il popolo intero di Lagartera di riabilitare i suoi antichi vestiti. Per le strade di Madrid si vede passare le lagarterane portando le mercanzie a domicilio: vanno con le loro gonne a campana e i loro colori vivaci, con aria di fagiani. L’entusiasta del castizo, che suole essere un’anima goffa o ingenua, si commuove dinanzi al contrasto di quelle figure che rappresentano il popolo eterno e le novità tecniche della grande urbe attuale. Quale non sarebbe la sua delusione se si accorgessero che, sotto quella folta fronda di gonne multicolori, si nasconde lo spirito ipermoderno di mister Ford —niente tenero, niente romantico, che cinicamente accetta la farsa di sé stesso, con tal di vendere la sua manifattura!

Raro sarà il luogo dove il popolo non senta già come travestimento il suo vestito popolare. Questo significa, in breve riassunto, molte cose: significa quasi intera la lista di problemi suggestivi che il vestito popolare pone.

Sembra incredibile, ma, che io sappia, non esiste un solo studio sul vestito popolare. Cento volte si sono descritti gli usi indumentari di tale o quale paese. Ma nessuno si è fermato a meditare sul fatto generico del vestito popolare, sulla sua natura e le leggi della sua variazione.

Il fenomeno che ho appena segnalato —che il nostro popolo sente come un travestimento il suo vestito tradizionale— mette in evidenza una di quelle leggi. Per certo, sorprendente. È questa. Il popolo non usa in tutte le epoche storiche un vestito popolare, ma solo in alcune. Per esempio, in quella in cui ora entriamo si denuda dei suoi pittoreschi e peculiari abiti e adotta il vestito comune universale. Il fatto è terracqueo. In questi anni il mandarino appende la sua veste cromatica di uccello umano e si introduce nell’inameno completo dell’europeo. In Turchia, Mustafà Kemal miete in un giorno tutte le chechie dell’Anatolia e le sostituisce col cappello occidentale. Lo proprio accade nei paesini della Spagna. Vi è, dunque, epoche di uniformismo indumentario che fanno sparire gli abbigliamenti popolari. L’Impero romano fu tempo di questa indole e impose il vestito latino da Palmira a Lusitania, dal Sahara al Vistola, dal Caucaso all’isola dei britanni. In cambio, vi sono altre stagioni di eterogeneità trionfante in cui ogni piccola regione dà capricciosamente il suo vestito particolare.

Dentro l’Europa, le classi sociali superiori hanno mantenuto sempre un formato comune di vestimenta, ben che modulato diversamente. Le differenze radicali erano, in cambio, attributo popolare.

Conviene, tuttavia, difendersi dall’illusione ottica che suole produrre tutto il popolare, in virtù della quale ci sembra antichissimo, vetusto e spontaneo. In realtà, i vestiti popolari non sono né più né meno mode di quelli usati dalle aristocrazie. L’unica differenza consiste in che il tempo di variazione, di modificazione, è molto più lento nel popolo. Questa lentezza fa che si dimentichi l’origine della vestimenta e che sembri nata spontaneamente, per una profonda e latente ispirazione etnica. Di qui il culto romantico al castizismo dei vestiti paesani. Ma questo culto non è più che innocenza. Ecco un grazioso esempio. Rivoluzione popolare non vi è stata in Spagna più che una: il motino di Squillace o delle cappe e dei cappelli. La plebe peninsulare suole essere stata mansueta. Soffrì tutto, sopportò tutto ciò che con lei si volle fare. Ma un bel giorno i governanti illuminati di Carlo III vollero addomesticarla un poco, toglierle l’aspetto pittoresco, stravagante, extraeuropeo che la sua maniera di vestire le procurava. Con questo fine si pubblicò un bando perché tutti accorciassero le loro cappe talari e raccogliessero le enormi ali dei loro cappelli. Il popolo si sentì offeso nel più recondito del suo essere: era come toccargli la propria anima toccare il suo cappellaccio, che si soleva chiamare chambergo e gacho. Poiché la guardia vallona era l’incaricata dell’ordine pubblico e dovette occuparsi di dare compimento al bando anticastizo, crebbe l’ostilità che già da tempo sentivano per essa i quartieri bassi di Madrid. Se il bando, che procedeva da uno straniero, Squillace, era già un attentato sacrilego alla spontaneità tradizionale del vestito popolare, l’intervenzione autoritaria di soldati stranieri accentuava il suo carattere antinazionale. Riformare il cappello castizo, non era come estirpare al popolo la sua più autoctona personalità? E, in effetto, per una volta, il popolo si sollevò e si dedicò a cacciare guardie vallone.

Così raccontano il fatto gli storici e non vi è nulla da rettificare alla loro relazione. Solo li imputo una mancanza: non dirci perché quel cappello tanto castizo, tanto consustanziale con la razza madrilena, si chiamava chambergo. La parola odora enormemente di stranieria. Chambergo viene da Schomberg. E chi fu Schomberg? Schomberg fu il comandante della guardia fiamminga portata in Spagna ai tempi di Carlo II, approssimativamente un secolo prima del motino di Squillace. Questa guardia fiamminga svegliò anche l’antipatia popolare. Irritavano quegli uomini barocchi del Nord, coperti con i loro enormi cappelli a lo Schomberg! Ma è il caso che, non molto dopo, il popolo madrileno adottò l’ampio cappello straniero e che due generazioni più tardi lo considerava come simbolico feticcio della più pura casta madrilena. Per difenderlo si consegnò denodatamente a linciare guardie vallone, eredi di quelli a cui aveva tolto il cappello.

Este dato nos invita a reformar nuestra manera de deleitarnos con el traje popular. Su gracia no está en su efectiva antigüedad, sino precisamente en la portentosa ilusión de vetustez, más aún de sin-edad, que el pueblo da a cuanto adopta, aunque sea de ayer. Ésta es su peculiar y genial ironía. Mientras las clases superiores acentúan la novedad de cuanto usan y hacen, cayendo siempre, más o menos, en una gesticulación de parvenus, aunque no lo sean, el pueblo parece complacerse en lo contrario, y da a su traje y a su canto y a su vocablo pátina de milenio y resonancias inmemorables.

Ningún traje popular es autóctono ni eterno, y, sin embargo, todos lo parecen. Esto es lo interesante, lo sugestivo. En esto revela, efectivamente, la clase inferior social su potencia de estilo. La auténtica antigüedad de un objeto usado por ella, y sólo por ella, no permitirá reconocer su fuerza de creación artística, personalísima, impregnadora de cuanta materia toca.

El único indumento popular que es de verdad eterno es el harapo. El mendigo que con fruición dibuja una y otra vez Rembrandt es idéntico al de Goya, y ambos no se diferencian del mendigo medieval. Lo cual —entre paréntesis— nos insinúa sutilmente que, como el harapo, el oficio que simboliza es un modo eterno de ser hombre, un modo radical, invariable, categórico, en comparación con el cual todos los otros modos de ser hombre resultan transitorios, mudables y anecdóticos. El mendigo es acaso la forma más pura de conservarse Adán al través de la historia. Por ello, nuestro lenguaje vulgar dice del que va harapiento que va hecho un Adán.

Pero prosigamos un poco más estos primeros apuntes para una historia natural del traje popular. Hemos dicho que no suele ser muy antiguo; ahora añadamos que su origen no suele ser popular. ¿De dónde proviene entonces? No cabe duda; de las aristocracias. El traje de la hembra popular aragonesa y el de la valenciana son el traje de la dama dieciochesca, interpretado en material humilde por oficiales toscos. El traje de la ansotana y de casi todos los valles altos es el traje mundano, usado por las señoras a fines de la Edad Media y durante el Renacimiento. ¿Se advierte la curiosa ley que esta observación nos descubre? En las tierras bajas y abiertas, el traje popular femenino procede de una moda aristocrática relativamente reciente. Es decir, que la aragonesa adoptó lo que hoy consideramos como su ropa castiza, cuando esa ropa era el uso universal en las clases superiores, en Madrid como en Versalles. Por tanto, en una época de uniformismo, en que el pueblo no quiere parecer heteróclito, ni pintoresco, ni castizo. Por el contrario, en las aldeas de la alta montaña, en los vallecitos angostos y perdidos del Pirineo ha quedado retenida una moda aristocrática mucho más antigua. Evidentemente hubo un tiempo de pleamar, uniformador a fines del Renacimiento, que llevó los usos de vestimenta a la sazón vigentes hasta los últimos pueblos montañeses, como el diluvio elevó el arca de Noé hasta la cima del monte Ararat. Aquella pleamar fue seguida de un reflujo de siglos, en que predominó la heterogeneidad en el vestir regional, y las modas popularizadas hacia 1500 quedaron encalladas en la montaña, fijas, estabilizadas. De esta manera, los trajes de cada región son como los petrefactos signos de corrientes sociales que un día llegaron hasta allí, depositando en aluvión formas de ornato y vestidura, que procedían de los centros urbanos más refinados y remotos.

Hay, es cierto, trajes populares femeninos cuya oriundez aristocrática es menos clara. Pero da la casualidad de que esos trajes parecen todavía menos autóctonos y peculiares que los citados. Así, el vestido lagarterano es casi un lugar común de toda Europa; con ligeras diferencias se encuentra en todo el centro y el norte del continente. A veces, como ante el traje de joven jamallera o de la nena en fiesta, que Ortiz Echagüe reproduce maravillosamente, recordamos atavíos centroasiáticos o de Siam.

Con todo respeto para opiniones divergentes de la mía, diré que, a mi juicio, el traje más misterioso, más relativamente autóctono, más extraño y de más fino sabor castizo es el que pudiera parecer más moderno de todos: el traje andaluz femenino, con volantes o faralaes. No creo que se encuentre nada parecido en el resto de Europa ni en Asia. Sólo lo hallamos donde los españoles lo llevaron, como en América. Sin embargo, la arquitectura de esta falda parece circunscribirla al siglo XIX. En la galería de Ortiz Echagüe —y en la realidad— no hay otro indumento popular de aspecto más contemporáneo. Pero si desandamos cuatro mil años, la volvemos a encontrar idéntica en las diosas de Creta. Allá, en el Oriente mediterráneo, las mujeres vistieron faldas gitanas hace cuatro milenios. Y —¡curiosa coincidencia!— esas mujeres de Creta asistían con mantillas a corridas de toros. Se conservan trozos de mosaico, donde aparecen unas damas, contemporáneas del rey Minos, o poco menos, que desde un palco contemplan una fiesta tauromáquica. Son unas sevillanas o malagueñas inconfundibles. A mí la cosa no me sorprende demasiado, porque desde hace mucho sostengo que los andaluces proceden del Asia menor, y son parientes de los cretenses, de los etruscos y de otros pueblos, hasta hace poco misteriosos, que en cierta altura de la historia se desparramaron por el Mediterráneo y fundaron Estados admirables, entre ellos Tartasia. En el libro de Schulten puede verse una descripción de la vida tartesia hacia el año 1000 a. de C., y sorprenderá la identidad de carácter y usos entre aquellos hombres y nuestros floridos contemporáneos los andaluces.

Diciembre, 1929

This fact invites us to reform our way of taking delight in popular dress. Its charm lies not in its real antiquity, but precisely in the portentous illusion of age, more still of age-lessness, which the people impart to everything they adopt, even though it be of yesterday. This is its peculiar and genial irony. While the upper classes accentuate the novelty of everything they use and do, always falling, more or less, into a gesticulation of parvenus, even when they are not such, the people seem to take pleasure in the contrary, and give to their dress and their song and their word a patina of a millennium and immemorial resonances.

No popular dress is autochthonous or eternal, and yet all seem to be so. This is what is interesting, what is suggestive. In this the lower social class reveals, indeed, its power of style. The genuine antiquity of an object used by it, and only by it, will not allow us to recognize its force of artistic creation, most personal, which impregnates whatever matter it touches.

The only popular garment that is truly eternal is the rag. The beggar that Rembrandt draws again and again with relish is identical to that of Goya, and both are indistinguishable from the medieval beggar. Which —parenthetically— subtly insinuates to us that, like the rag, the office it symbolizes is an eternal way of being man, a radical, invariable, categorical mode, in comparison with which all the other ways of being man prove transitory, mutable, and anecdotal. The beggar is perhaps the purest form of Adam preserving himself throughout history. Hence our vulgar speech says of him who goes in rags that he goes made a very Adam.

But let us proceed a little further with these first notes for a natural history of popular dress. We have said that it is not usually very ancient; now let us add that its origin is not usually popular. From whence does it come, then? There is no doubt: from the aristocracies. The dress of the Aragonese woman of the people and that of the Valencian woman are the dress of the eighteenth-century lady, interpreted in humble material by coarse craftsmen. The dress of the woman of Ansó and of nearly all the high valleys is the worldly dress worn by ladies at the end of the Middle Ages and during the Renaissance. Is the curious law that this observation reveals to us perceived? In the low and open lands, the popular feminine dress proceeds from a relatively recent aristocratic fashion. That is to say, the Aragonese woman adopted what we today consider her castizo clothing, when that clothing was the universal usage in the upper classes, in Madrid as in Versailles. Hence, in an age of uniformism, in which the people do not wish to appear heteroclite, nor picturesque, nor castizo. On the contrary, in the villages of the high mountains, in the narrow and lost little valleys of the Pyrenees, a much more ancient aristocratic fashion has been retained. Evidently there was a time of high tide, a uniforming one, at the end of the Renaissance, which carried the fashions of dress then in force even to the last mountain towns, as the flood lifted Noah’s ark to the summit of Mount Ararat. That high tide was followed by an ebb of centuries, in which heterogeneity in regional dress predominated, and the fashions popularized around 1500 remained stranded in the mountains, fixed, stabilized. In this way, the costumes of each region are like petrified signs of social currents that one day reached there, depositing in alluvium forms of ornament and vesture that came from the most refined and remote urban centres.

There are, to be sure, popular feminine dresses whose aristocratic origin is less clear. But it so happens that those dresses seem even less autochthonous and peculiar than the ones cited. Thus, the Lagartera dress is almost a commonplace of all Europe; with slight differences it is found throughout the centre and the north of the continent. At times, as before the dress of a young jamallera girl or of a child in festal attire, which Ortiz Echagüe reproduces marvellously, we recall Central Asian or Siamese costumes.

With all due respect for opinions divergent from mine, I shall say that, to my judgment, the most mysterious, the most relatively autochthonous, the strangest costume and of the finest castizo flavour is the one that might seem the most modern of all: the Andalusian feminine dress, with flounces or faralaes. I do not believe anything similar is to be found in the rest of Europe or in Asia. We find it only where the Spaniards carried it, as in America. Nevertheless, the architecture of this skirt seems to confine it to the nineteenth century. In the gallery of Ortiz Echagüe —and in reality— there is no other popular garment of more contemporary aspect. But if we retrace four thousand years, we find it again identical in the goddesses of Crete. There, in the Mediterranean Orient, women wore gypsy skirts four millennia ago. And —curious coincidence!— those women of Crete attended bullfights with mantillas. Fragments of mosaic are preserved, in which appear certain ladies, contemporaries of King Minos, or little less, who from a box contemplate a tauromachic festival. They are unmistakable Sevillanas or Malaguenas. The thing does not surprise me overmuch, because I have long maintained that the Andalusians come from Asia Minor, and are kin to the Cretans, to the Etruscans, and to other peoples, until recently mysterious, who at a certain height of history scattered throughout the Mediterranean and founded admirable States, among them Tartessus. In Schulten’s book one may see a description of Tartessian life around the year 1000 B.C., and the identity of character and usages between those men and our flowery contemporaries the Andalusians will surprise.

December, 1929

Questo dato ci invita a riformare il nostro modo di godere del costume popolare. La sua grazia non sta nella sua effettiva antichità, ma precisamente nella portentosa illusione di vetustà, anzi di senza-età, che il popolo dà a quanto adotta, sia pure di ieri. È questa la sua peculiare e geniale ironia. Mentre le classi superiori accentuano la novità di quanto usano e fanno, cadendo sempre, più o meno, in una gestualità da parvenu, anche quando non lo sono, il popolo sembra compiacersi del contrario, e dà al suo costume e al suo canto e alla sua parola una patina di millennio e risonanze immemorabili.

Nessun costume popolare è autoctono né eterno, e tuttavia tutti lo sembrano. È questo l’interessante, il suggestivo. In questo rivela, effettivamente, la classe sociale inferiore la sua potenza di stile. L’autentica antichità di un oggetto usato da essa, e soltanto da essa, non permetterà di riconoscere la sua forza di creazione artistica, personalissima, impregnante di quanta materia tocca.

L’unico indumento popolare che è davvero eterno è lo straccio. Il mendicante che Rembrandt disegna una e un’altra volta con fruizione è identico a quello di Goya, ed entrambi non si differenziano dal mendicante medievale. La qual cosa —tra parentesi— ci insinua sottilmente che, come lo straccio, il mestiere che simboleggia è un modo eterno di essere uomo, un modo radicale, invariabile, categorico, in confronto al quale tutti gli altri modi di essere uomo risultano transitori, mutevoli e aneddotici. Il mendicante è forse la forma più pura di conservarsi Adamo attraverso la storia. Perciò il nostro linguaggio volgare dice di chi va stracciato che va fatto un Adamo.

Ma proseguiamo un poco questi primi appunti per una storia naturale del costume popolare. Abbiamo detto che di solito non è molto antico; ora aggiungiamo che la sua origine di solito non è popolare. Da dove proviene allora? Non c’è dubbio: dalle aristocrazie. Il costume della donna popolare aragonese e quello della valenciana sono il costume della dama settecentesca, interpretato in materiale umile da artefici grossolani. Il costume dell’ansotana e di quasi tutte le valli alte è il costume mondano, usato dalle signore alla fine del Medioevo e durante il Rinascimento. Si avverte la curiosa legge che questa osservazione ci scopre? Nelle terre basse e aperte, il costume popolare femminile procede da una moda aristocratica relativamente recente. Cioè, l’aragonese adottò quella che oggi consideriamo la sua veste castiza, quando quella veste era l’uso universale nelle classi superiori, a Madrid come a Versailles. Dunque, in un’epoca di uniformismo, in cui il popolo non vuole sembrare eteroclito, né pittoresco, né castizo. Al contrario, nei villaggi dell’alta montagna, nei valloni angusti e sperduti dei Pirenei è rimasta trattenuta una moda aristocratica molto più antica. Evidentemente ci fu un tempo di alta marea, uniformatrice alla fine del Rinascimento, che portò gli usi del vestire allora vigenti fino agli ultimi paesi montani, come il diluvio elevò l’arca di Noè fino alla cima del monte Ararat. A quella piena seguì un riflusso di secoli, in cui predominò l’eterogeneità nel vestire regionale, e le mode popolarizzate verso il 1500 rimasero incagliate in montagna, fisse, stabilizzate. In tal modo, i costumi di ogni regione sono come i segni pietrificati di correnti sociali che un giorno giunsero fin là, depositando in alluvione forme di ornato e di vestimento, che provenivano dai centri urbani più raffinati e remoti.

Vi sono, è vero, costumi popolari femminili la cui origine aristocratica è meno chiara. Ma capita che questi costumi sembrano ancora meno autoctoni e peculiari di quelli citati. Così, il vestito di Lagartera è quasi un luogo comune di tutta Europa; con lievi differenze si trova in tutto il centro e il nord del continente. A volte, come dinanzi al costume della giovane jamallera o della bambina in festa, che Ortiz Echagüe riproduce meravigliosamente, ricordiamo abbigliamenti centroasiatici o del Siam.

Con tutto il rispetto per le opinioni divergenti dalla mia, dirò che, a mio giudizio, il costume più misterioso, più relativamente autoctono, più strano e di più fine sapore castizo è quello che potrebbe sembrare il più moderno di tutti: il costume andaluso femminile, con volanti o faralaes. Non credo che si trovi nulla di simile nel resto d’Europa né in Asia. Lo troviamo soltanto dove gli spagnoli lo portarono, come in America. Tuttavia, l’architettura di questa gonna sembra circoscriverla al secolo XIX. Nella galleria di Ortiz Echagüe —e nella realtà— non c’è altro indumento popolare di aspetto più contemporaneo. Ma se ripercorriamo all’indietro quattromila anni, la ritroviamo identica nelle dee di Creta. Là, nell’Oriente mediterraneo, le donne vestirono gonne gitane quattro millenni fa. E —curiosa coincidenza!— quelle donne di Creta assistevano con le mantiglie alle corride. Si conservano frammenti di mosaico, dove appaiono alcune dame, contemporanee del re Minosse, o poco meno, che da un palco contemplano una festa taurina. Sono delle sivigliane o malagueñe inconfondibili. La cosa non mi sorprende troppo, perché da molto tempo sostengo che gli andalusi provengono dall’Asia minore, e sono parenti dei cretesi, degli etruschi e di altri popoli, fino a poco fa misteriosi, che a una certa altezza della storia si sparsero per il Mediterraneo e fondarono Stati ammirevoli, tra essi Tartesso. Nel libro di Schulten si può vedere una descrizione della vita tartessia verso l’anno 1000 a.C., e sorprenderà l’identità di carattere e di usi tra quegli uomini e i nostri fioriti contemporanei andalusi.

Dicembre, 1929