Ortega y Gasset
Abstract
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Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Nada hay tan halagüeño para un varón como oír que las mujeres dicen de él que es un hombre interesante. Pero ¿cuándo es un hombre interesante según la mujer? La cuestión es de las más sutiles que se pueden plantear, pero a la vez, una de las más difíciles. Para salir a su encuentro con algún rigor sería menester desarrollar toda una nueva disciplina, aún no intentada y que desde hace años me ocupa y preocupa. Suelo darle el nombre de Conocimiento del hombre o antropología filosófica. Esta disciplina nos enseñará que las almas tienen formas diferentes, lo mismo que los cuerpos. Con más o menos claridad, según la perspicacia de cada uno, percibimos todos en el trato social esa diversa configuración íntima de las personas, pero nos cuesta mucho trabajo transformar nuestra evidente percepción en conceptos claros, en pleno conocimiento. Sentimos a los demás, pero no los sabemos.
Sin embargo, el lenguaje usual ha acumulado un tesoro de finos atisbos que se conserva en cápsulas verbales de sugestiva alusión. Se habla, en efecto, de almas ásperas y de almas suaves, de almas agrias y dulces, profundas y superficiales, fuertes y débiles, pesadas y livianas. Se habla de hombres magnánimos y pusilánimes, reconociendo así tamaño a las almas como a los cuerpos. Se dice de alguien que es un hombre de acción o bien que es un contemplativo, que es un «cerebral» o un sentimental, etcétera, etcétera. Nadie se ha ocupado de realizar metódicamente el sentido preciso de tan varias denominaciones, tras de las cuales presumimos la diversidad maravillosa de la fauna humana. Ahora bien: todas esas expresiones no hacen más que aludir a diferencias de configuración de la persona interna e inducen a construir una anatomía psicológica. Se comprende que el alma del niño ha de tener por fuerza distinta estructura que la del anciano, y que un ambicioso posee diferente figura anímica que un soñador. Este estudio, hecho con un poco de sistema, nos llevaría a una urgente caracterología de nuevo estilo, merced a la cual podríamos describir, con insospechada delicadeza, las variedades de la intimidad humana. Entre ellas aparecería el hombre interesante según la mujer.
El intento de entrar a fondo en su análisis me produciría pavor, porque al punto nos encontraríamos rodeados de una selva donde todo es problema. Pues lo primero y más externo que del hombre interesante cabe decir es esto: el hombre interesante es el hombre de quien las mujeres se enamoran. Pero ya esto nos pierde, lanzándonos en medio de los mayores peligros. Caemos en plena selva de amor. Y es el caso que no hay en toda la topografía humana paisaje menos explorado que el de los amores. Puede decirse que está todo por decir: mejor, que está todo por pensar.
Un repertorio de ideas toscas se halla instalado en las cabezas e impide que se vean con mediana claridad los hechos. Todo está confundido y tergiversado. Razones múltiples hay para que sea así. En primer lugar, los amores son, por esencia, vida arcana. Un amor no se puede contar: al comunicarlo se desdibuja o volatiliza. Cada cual tiene que atenerse a su experiencia personal, casi siempre escasa, y no es fácil acumular la de los prójimos. ¿Qué hubiera sido de la física si cada físico poseyese únicamente sus personales observaciones? Pero, en segundo lugar, acaece que los hombres más capaces de pensar sobre el amor son los que menos lo han vivido, y los que lo han vivido suelen ser incapaces de meditar sobre él, de analizar con sutileza su plumaje tornasolado y siempre equívoco. Por último, un ensayo sobre el amor es obra sobremanera desagradecida. Si un médico habla sobre la digestión, las gentes escuchan con modestia y curiosidad. Pero si un psicólogo habla del amor, todos le oyen con desdén; mejor dicho, no le oyen, no llegan a enterarse de lo que enuncia, porque todos se creen doctores en la materia. En pocas cosas aparece tan de manifiesto la estupidez habitual de las gentes. ¡Como si el amor no fuera, a la postre, un tema teórico del mismo linaje que los demás y, por tanto, hermético para quien no se acerque a él con agudos instrumentos intelectuales! Pasa lo mismo que con Don Juan. Todo el mundo cree tener la auténtica doctrina sobre él —sobre Don Juan, el problema más recóndito, más abstruso, más agudo de nuestro tiempo. Y es que, con pocas excepciones, los hombres pueden dividirse en tres clases: los que creen ser Don Juanes, los que creen haberlo sido y los que creen haberlo podido ser, pero no quisieron. Estos últimos son los que propenden, con benemérita intención, a atacar a Don Juan y tal vez a decretar su cesantía.
Existen, pues, razones sobradas para que las cuestiones de que todo el mundo presume entender —amor y política— sean las que menos han progresado. Sólo por no escuchar las trivialidades que la gente inferior se apresura a emitir apenas se toca alguna de ellas, han preferido callar los que mejor hubieran hablado.
Conviene, pues, hacer constar que ni los Don Juanes ni los enamorados saben cosa mayor sobre Don Juan ni sobre el amor, y viceversa; sólo hablará con precisión de ambas materias quien viva a distancia de ellas, pero atento y curioso, como el astrónomo hace con el sol. Conocer las cosas no es serlas, ni serlas conocerlas. Para ver algo hay que alejarse de ello, y la separación lo convierte de realidad vivida en objeto de conocimiento. Otra cosa nos llevaría a pensar que el zoólogo, para estudiar las avestruces, tiene que volverse avestruz. Que es lo que se vuelve Don Juan cuando habla de sí mismo.
Por mi parte, sé decir que no he conseguido llegar a claridad suficiente sobre estos grandes asuntos, a pesar de haber pensado mucho sobre ellos. Afortunadamente, no hay para qué hablar ahora de Don Juan. Tal vez fuera forzoso decir que Don Juan es siempre un hombre interesante, contra lo que sus enemigos quieren hacernos creer. Pero es evidente que no todo hombre interesante es un Don Juan, con lo cual basta para que eliminemos de estas notas su perfil peligroso. En cuanto al amor, será menos fácil evitar su intromisión en nuestro tema. Me veré, pues, forzado a formular con aparente dogmatismo, sin desarrollo ni prueba, algunos de mis pensamientos sobre el amor que discrepan sobremanera de las ideas recibidas. Conviene que el lector los tome sólo como una aclaración imprescindible de lo que diga sobre el «hombre interesante» y no insista, por hoy, mucho en decidir si son o no razonables.
II
Y como antes sugería, lo primero que de éste cabe decir es que es el hombre de quien las mujeres se enamoran. Pero al punto se objetará que todos los hombres normales consiguen el amor de alguna mujer y, en consecuencia, todos serán interesantes. A lo que yo necesitaría responder perentoriamente estas dos cosas. La primera: que del hombre interesante se enamora no una mujer, sino muchas. ¿Cuántas? No importa la estadística, porque lo decisivo es esta segunda cosa: del hombre no interesante no se enamora ninguna mujer. El «todo» y el «nada», el «muchas» y el «ninguna» han de entenderse más bien como exageraciones de simplificación que no optan a exactitud. La exactitud en todo problema de vida sería lo más inexacto, y las calificaciones cuantitativas se contraen a expresar situaciones típicas, normalidades, predominancias.
Esta creencia de que el amor es operación mostrenca y banal es una de las que más estorban la inteligencia de los fenómenos eróticos, y se ha formado al amparo de un innumerable equívoco. Con el solo nombre de amor denominamos los hechos psicológicos más diversos, y así acaece luego que nuestros conceptos y generalizaciones no casan nunca con la realidad. Lo que es cierto para el amor en un sentido del vocablo, no lo es para otro, y nuestra observación, acaso certera en el círculo de erotismo donde la obtuvimos, resulta falsa al extenderse sobre los demás.
I
Nothing is so flattering to a man as to hear that women say of him that he is an interesting man. But when is a man interesting according to woman? The question is among the most subtle that can be posed, yet at the same time one of the most difficult. To go out to meet it with some rigor it would be necessary to develop a whole new discipline, as yet unattempted, and one that for years has occupied and preoccupied me. I am wont to give it the name of Knowledge of man or philosophical anthropology. This discipline will teach us that souls have different forms, just as bodies do. With more or less clarity, according to each one’s perspicacity, we all perceive in social intercourse that diverse intimate configuration of persons, but it costs us great labour to transform our evident perception into clear concepts, into full knowledge. We feel others, but we do not know them.
Nevertheless, ordinary language has accumulated a treasure of fine glimpses that is preserved in verbal capsules of suggestive allusion. One speaks, indeed, of rough souls and of smooth souls, of bitter and sweet souls, deep and superficial, strong and weak, heavy and light. One speaks of magnanimous and pusillanimous men, thus recognizing a size to souls as to bodies. One says of someone that he is a man of action or else that he is a contemplative, that he is a ‘cerebral’ or a sentimentalist, et cetera, et cetera. No one has taken it upon himself to work out methodically the precise sense of such varied denominations, behind which we surmise the marvellous diversity of the human fauna. Now then: all these expressions do no more than allude to differences of configuration of the inner person and lead one to construct a psychological anatomy. It is understood that the child’s soul must of necessity have a structure different from that of the old man, and that an ambitious man possesses a different psychic figure than a dreamer. This study, done with a little system, would lead us to an urgent characterology of a new style, by means of which we could describe, with unsuspected delicacy, the varieties of human intimacy. Among them would appear the interesting man according to woman.
The attempt to enter deeply into its analysis would fill me with terror, because at once we should find ourselves surrounded by a jungle where everything is a problem. For the first and most external thing that can be said of the interesting man is this: the interesting man is the man with whom women fall in love. But already this undoes us, hurling us into the midst of the greatest dangers. We fall into the full jungle of love. And it is the case that there is in all human topography no landscape less explored than that of loves. It may be said that everything is still to be said: better, that everything is still to be thought.
A repertory of crude ideas is installed in men’s heads and prevents the facts from being seen with moderate clarity. Everything is confused and misrepresented. There are multiple reasons that it should be so. In the first place, loves are, by essence, arcane life. A love cannot be told: in communicating it, it is blurred or volatilized. Each one must rely on his personal experience, almost always scanty, and it is not easy to accumulate that of others. What would have become of physics if each physicist possessed only his personal observations? But, in the second place, it happens that the men most capable of thinking about love are those who have lived it least, and those who have lived it are usually incapable of meditating upon it, of analyzing with subtlety its iridescent and ever-equivocal plumage. Lastly, an essay on love is an extremely thankless work. If a doctor speaks about digestion, people listen with modesty and curiosity. But if a psychologist speaks of love, everyone hears him with disdain; rather, they do not hear him, they do not manage to understand what he states, because everyone believes himself a doctor in the matter. In few things does the habitual stupidity of people appear so manifest. As if love were not, in the last resort, a theoretical subject of the same lineage as all the rest and, therefore, hermetic to whoever does not approach it with sharp intellectual instruments! The same happens as with Don Juan. Everyone believes he has the authentic doctrine about him —about Don Juan, the most recondite, most abstruse, most acute problem of our time. And the fact is that, with few exceptions, men may be divided into three classes: those who believe they are Don Juans, those who believe they have been so, and those who believe they could have been so but did not wish to. These last are those who incline, with meritorious intention, to attack Don Juan and perhaps to decree his dismissal.
There exist, then, abundant reasons that the questions everyone presumes to understand —love and politics— should be those that have progressed least. Only in order not to listen to the trivialities that inferior people hasten to emit as soon as one of them is touched, have those who would have spoken best preferred to keep silent.
It is fitting, then, to make it plain that neither the Don Juans nor the lovers know anything much about Don Juan or about love, and vice versa; only he who lives at a distance from both subjects, but attentive and curious, as the astronomer does with the sun, will speak of them with precision. To know things is not to be them, nor is to be them to know them. To see something one must distance oneself from it, and separation converts it from lived reality into object of knowledge. Anything else would lead us to think that the zoologist, to study ostriches, must become an ostrich. Which is what Don Juan becomes when he speaks of himself.
For my part, I can say that I have not succeeded in attaining sufficient clarity on these great matters, despite having thought much upon them. Fortunately, there is no need to speak now of Don Juan. Perhaps it would be inevitable to say that Don Juan is always an interesting man, against what his enemies would have us believe. But it is evident that not every interesting man is a Don Juan, which is enough for us to eliminate from these notes his dangerous profile. As for love, it will be less easy to avoid its intrusion into our subject. I shall, then, find myself forced to formulate with apparent dogmatism, without development or proof, some of my thoughts on love, which diverge enormously from received ideas. It is fitting that the reader take them only as an indispensable clarification of what I shall say about the ‘interesting man’ and not insist, for today, much on deciding whether they are reasonable or not.
II
And as I suggested before, the first thing that can be said of this man is that he is the man with whom women fall in love. But at once it will be objected that all normal men obtain the love of some woman and, consequently, all will be interesting. To which I should need to answer peremptorily these two things. The first: that it is not one woman who falls in love with the interesting man, but many. How many? Statistics do not matter, because the decisive thing is this second one: with the uninteresting man no woman falls in love. The ‘all’ and the ‘none’, the ‘many’ and the ‘no woman’ are rather to be understood as exaggerations of simplification that do not aspire to exactitude. Exactitude in any problem of life would be the most inexact thing, and quantitative qualifications are confined to expressing typical situations, normalities, predominances.
This belief that love is a common and banal operation is one of those that most obstruct the understanding of erotic phenomena, and it has been formed under the shelter of an innumerable equivocation. With the single name of love we designate the most diverse psychological facts, and so it comes about that our concepts and generalizations never agree with reality. What is true for love in one sense of the word is not so in another, and our observation, perhaps accurate in the circle of eroticism where we obtained it, proves false when extended over the others.
I
Nulla è così lusinghiero per un uomo come udire che le donne dicono di lui che è un uomo interessante. Ma quand’è che un uomo è interessante secondo la donna? La questione è tra le più sottili che si possano porre, ma insieme una delle più difficili. Per andarle incontro con qualche rigore bisognerebbe sviluppare tutta una nuova disciplina, ancora non tentata e che da anni mi occupa e mi preoccupa. Sono solito darle il nome di Conoscenza dell’uomo o antropologia filosofica. Questa disciplina ci insegnerà che le anime hanno forme diverse, come i corpi. Con più o meno chiarezza, secondo la perspicacia di ciascuno, tutti percepiamo nel tratto sociale quella diversa configurazione intima delle persone, ma ci costa molto lavoro trasformare la nostra evidente percezione in concetti chiari, in piena conoscenza. Sentiamo gli altri, ma non li sappiamo.
Tuttavia, il linguaggio usuale ha accumulato un tesoro di fini intuizioni che si conserva in capsule verbali di suggestiva allusione. Si parla, infatti, di anime aspre e di anime soavi, di anime agre e dolci, profonde e superficiali, forti e deboli, pesanti e lievi. Si parla di uomini magnanimi e pusillanimi, riconoscendo così una grandezza alle anime come ai corpi. Si dice di qualcuno che è un uomo d’azione oppure che è un contemplativo, che è un «cerebrale» o un sentimentale, eccetera, eccetera. Nessuno si è occupato di realizzare metodicamente il senso preciso di sì varie denominazioni, dietro le quali presagiamo la meravigliosa diversità della fauna umana. Orbene: tutte queste espressioni non fanno che alludere a differenze di configurazione della persona interna e inducono a costruire un’anatomia psicologica. Si comprende che l’anima del bambino deve avere per forza una struttura diversa da quella dell’anziano, e che un ambizioso possiede una figura animica diversa da un sognatore. Questo studio, fatto con un po’ di sistema, ci condurrebbe a un’urgente caratterologia di nuovo stile, mercé la quale potremmo descrivere, con insospettata delicatezza, le varietà dell’intimità umana. Tra esse apparirebbe l’uomo interessante secondo la donna.
Il tentativo di entrare a fondo nella sua analisi mi farebbe paura, perché subito ci troveremmo circondati da una selva dove tutto è problema. Infatti la prima e più esteriore cosa che dell’uomo interessante si può dire è questa: l’uomo interessante è l’uomo del quale le donne si innamorano. Ma già questo ci perde, lanciandoci in mezzo ai più grandi pericoli. Cadiamo in piena selva d’amore. Ed è il caso che non c’è in tutta la topografia umana paesaggio meno esplorato di quello degli amori. Si può dire che tutto resta da dire: meglio, che tutto resta da pensare.
Un repertorio di idee grossolane è installato nelle teste e impedisce che i fatti si vedano con mediocre chiarezza. Tutto è confuso e travisato. Molteplici sono le ragioni per cui è così. In primo luogo, gli amori sono, per essenza, vita arcana. Un amore non si può raccontare: comunicandolo si sfuma o si volatilizza. Ognuno deve attenersi alla propria esperienza personale, quasi sempre scarsa, e non è facile accumulare quella dei prossimi. Che cosa sarebbe stato della fisica se ogni fisico possedesse unicamente le proprie personali osservazioni? Ma, in secondo luogo, accade che gli uomini più capaci di pensare sull’amore sono quelli che meno lo hanno vissuto, e quelli che lo hanno vissuto di solito sono incapaci di meditare su di esso, di analizzare con sottigliezza il suo piumaggio cangiante e sempre equivoco. Infine, un saggio sull’amore è opera oltremodo ingrata. Se un medico parla della digestione, la gente ascolta con modestia e curiosità. Ma se uno psicologo parla dell’amore, tutti lo ascoltano con disdegno; anzi, non lo ascoltano, non arrivano a intendere ciò che enuncia, perché tutti si credono dottori nella materia. In poche cose appare così manifesta l’abituale stupidità della gente. Come se l’amore non fosse, in fin dei conti, un tema teorico dello stesso lignaggio degli altri e, pertanto, ermetico per chi non vi si avvicini con aguzzi strumenti intellettuali! Accade lo stesso che con Don Juan. Tutti credono di possedere l’autentica dottrina su di lui —su Don Juan, il problema più recondito, più astruso, più acuto del nostro tempo. Ed è che, con poche eccezioni, gli uomini possono dividersi in tre classi: quelli che credono di essere Don Juan, quelli che credono di esserlo stati e quelli che credono di aver potuto esserlo, ma non vollero. Questi ultimi sono quelli che propendono, con benemerita intenzione, ad attaccare Don Juan e magari a decretarne la destituzione.
Esistono, dunque, ragioni più che sufficienti perché le questioni che tutti presumono di intendere —amore e politica— siano quelle che meno sono progredite. Solo per non ascoltare le banalità che la gente inferiore si affretta a emettere appena se ne tocca qualcuna, hanno preferito tacere quelli che avrebbero parlato meglio.
Conviene, dunque, far constare che né i Don Juan né gli innamorati sanno gran cosa su Don Juan né sull’amore, e viceversa; parlerà con precisione di entrambe le materie soltanto chi vive a distanza da esse, ma attento e curioso, come l’astronomo fa col sole. Conoscere le cose non è esserle, né esserle è conoscerle. Per vedere qualcosa bisogna allontanarsene, e la separazione la converte da realtà vissuta in oggetto di conoscenza. Altrimenti saremmo condotti a pensare che lo zoologo, per studiare gli struzzi, debba diventare struzzo. Che è ciò che diventa Don Juan quando parla di sé stesso.
Da parte mia, so dire che non sono riuscito a giungere a una sufficiente chiarezza su queste grandi questioni, benché abbia pensato molto su di esse. Fortunatamente, non c’è bisogno di parlare ora di Don Juan. Forse sarebbe inevitabile dire che Don Juan è sempre un uomo interessante, contro ciò che i suoi nemici vogliono farci credere. Ma è evidente che non ogni uomo interessante è un Don Juan, il che basta perché eliminiamo da queste note il suo profilo pericoloso. Quanto all’amore, sarà meno facile evitarne l’intrusione nel nostro tema. Mi vedrò, dunque, costretto a formulare con apparente dogmatismo, senza sviluppo né prova, alcuni dei miei pensieri sull’amore che discordano oltremodo dalle idee ricevute. Conviene che il lettore li prenda soltanto come un chiarimento imprescindibile di ciò che dirò sull’«uomo interessante» e non insista, per oggi, molto nel decidere se siano o no ragionevoli.
II
E come prima suggerivo, la prima cosa che di costui si può dire è che è l’uomo del quale le donne si innamorano. Ma subito si obietterà che tutti gli uomini normali ottengono l’amore di qualche donna e, di conseguenza, tutti saranno interessanti. A che cosa dovrei rispondere perentoriamente con queste due cose. La prima: che dell’uomo interessante si innamora non una donna, ma molte. Quante? Non importa la statistica, perché la cosa decisiva è questa seconda: dell’uomo non interessante non si innamora nessuna donna. Il «tutto» e il «niente», il «molte» e l’«nessuna» devono intendersi piuttosto come esagerazioni di semplificazione che non aspirano all’esattezza. L’esattezza in ogni problema di vita sarebbe la cosa più inesatta, e le qualificazioni quantitative si contraggono a esprimere situazioni tipiche, normalità, predominanze.
Questa credenza che l’amore sia operazione comune e banale è una di quelle che più ostacolano l’intelligenza dei fenomeni erotici, e si è formata all’ombra di un innumerevole equivoco. Col solo nome di amore denominiamo i fatti psicologici più diversi, e così accade poi che i nostri concetti e le nostre generalizzazioni non si accordino mai con la realtà. Ciò che è vero per l’amore in un senso del vocabolo, non lo è per un altro, e la nostra osservazione, forse accorta nel circolo di erotismo dove l’ottenemmo, risulta falsa estendendosi sugli altri.
El origen del equívoco no es dudoso. Los actos sociales y privados en que vienen a manifestarse las más diferentes atracciones entre hombre y mujer forman, en sus líneas esquemáticas, un escaso repertorio. El hombre a quien le gusta la forma corporal de una mujer, el que por vanidad se interesa en su persona, el que llega a perder la cabeza, víctima del efecto mecánico que una mujer puede producir con una táctica certera de atracción y desdén, el que simplemente se adhiere a una mujer por ternura, lealtad, simpatía, «cariño», el que cae en un estado pasional, en fin, el que ama de verdad enamorado, se comportan de manera poco más o menos idéntica. Quien desde lejos observa sus actos no se fija en ese poco más o menos, y atendiendo sólo a la gruesa anatomía de la conducta, juzga que ésta no es diferente y, por tanto, tampoco el sentimiento que la inspira. Mas bastaría que tomase la lupa y desde cerca las estudiase para advertir que las acciones se parecen sólo en sus grandes líneas, pero ofrecen diversísimas indentaciones. Es un enorme error interpretar un amor por sus actos y palabras: ni unos ni otras suelen proceder de él, sino que constituyen un repertorio de grandes gestos, ritos, fórmulas, creados por la sociedad, que el sentimiento halla ante sí como un aparato presto e impuesto cuyo resorte se ve obligado a disparar. Sólo el pequeño gesto original, sólo el acento y el sentido más hondo de la conducta nos permiten diferenciar los amores diferentes.
Yo hablo ahora sólo del pleno amor de enamoramiento, que es radicalmente distinto del fervor sensual, del amour-vanité, del embalamiento mecánico, del «cariño», de la «pasión». He aquí una variada fauna amorosa que fuera sugestivo filiar en su multiforme contextura.
El amor de enamoramiento —que es, a mi juicio, el prototipo y cima de todos los erotismos— se caracteriza por contener a la vez estos dos ingredientes: el sentirse «encantado» por otro ser que nos produce «ilusión» íntegra y el sentirse absorbido por él hasta la raíz de nuestra persona, como si nos hubiera arrancado de nuestro propio fondo vital y viviésemos trasplantados a él, con nuestras raíces vitales en él. No es sino decir de otra manera esto último agregar que el enamorado se siente entregado totalmente al que ama; donde no importa que la entrega corporal o espiritual se haya cumplido o no. Es más: cabe que la voluntad del enamorado logre impedir su propia entrega a quien ama en virtud de consideraciones reflexivas —decoro social, moral, dificultades de cualquier orden. Lo esencial es que se sienta entregado al otro, cualquiera que sea la decisión de su voluntad.
Y no hay en esto contradicción: porque la entrega radical no la hace él, sino que se efectúa en profundidades de la persona mucho más radicales que el plano de su voluntad. No es un querer entregarse: es un entregarse sin querer. Y dondequiera que la voluntad nos lleva, vamos irremediablemente entregados al ser amado, inclusive cuando nos lleva al otro extremo del mundo para apartarnos de él[19].
Este caso extremo de disociación, de antagonismo entre la voluntad y el amor, sirve para subrayar la peculiaridad de este último y conviene, además, contar con él porque es una complicación posible. Posible, pero ciertamente poco probable. Es muy difícil que en un alma auténticamente enamorada surjan con vigor consideraciones que exciten su voluntad para defenderse del amado. Hasta el punto que, en la práctica, ver que en la persona amada la voluntad funciona, que «se hace reflexiones», que halla motivos «muy respetables» para no amar o amar menos, suele ser el síntoma más inequívoco de que, en efecto, no ama. Aquel alma se siente vagamente atraída por la otra, pero no ha sido arrancada de sí misma —es decir, no ama.
Es, pues, esencial en el amor de que hablamos la combinación de los dos elementos susodichos: el encantamiento y la entrega. Su combinación no es mera coexistencia, no consiste en darse juntos, lo uno al lado de lo otro, sino que lo uno nace y se nutre de lo otro. Es la entrega por encantamiento.
La madre se entrega al hijo, el amigo al amigo, pero no en virtud de la «ilusión», del «encanto». La madre lo hace por un instinto radical casi ajeno a su espiritualidad. El amigo se entrega por clara decisión de su voluntad. En él es lealtad —por tanto, una virtud que a fuer de tal posee una raíz reflexiva. Diríamos que el amigo se toma en su propia mano y se dona al otro. En el amor lo típico es que se nos escapa el alma de nuestra mano y queda como sorbida por la otra. Esta succión que la personalidad ajena ejerce sobre nuestra vida mantiene a ésta en levitación, la descuaja de su enraigamiento en sí misma y la trasplanta al ser amado, donde las raíces primitivas parece que vuelven a prender como en nueva tierra. Merced a esto vive el enamorado no desde sí mismo, sino desde el otro, como el hijo antes de nacer vive corporalmente de la madre, en cuyas entrañas está plantado y sumido.
Pues bien: esta absorción del amante por el amado no es sino el efecto del encantamiento. Otro ser nos encanta y este encanto lo sentimos en forma de tirón continuo y suavemente elástico que da de nuestra persona. La palabra «encanto», tan trivializada, es, no obstante, la que mejor expresa la clase de actuación que sobre el que ama ejerce lo amado. Conviene, pues, restaurar su uso resucitando el sentido mágico que en su origen tuvo.
En la atracción sexual no hay propiamente atracción. El cuerpo sugestivo excita un apetito, un deseo de él. Pero en el deseo no vamos a lo deseado, sino al revés: nuestra alma tira de lo deseado hacia sí. Por eso se dice muy certeramente que el objeto despierta un deseo, como indicando que en el desear él no interviene, que su papel concluyó al hacer brotar el deseo y que en éste lo hacemos todo nosotros. El fenómeno psicológico del deseo y el de «ser encantado» tienen signo inverso. En aquél tiendo a absorber el objeto; en éste soy yo el absorbido. De aquí que en el apetito no haya entrega de mi ser, sino, al contrario, captura del objeto[20].
Tampoco hay entrega verdadera en la «pasión». En los últimos tiempos se ha otorgado a esta forma inferior del amor un rango y un favor resueltamente indebidos. Hay quien piensa que se ama más y mejor en la medida que se esté cerca del suicidio o del asesinato, de Werther o de Otelo, y se insinúa que toda otra forma de amor es ficticia y «cerebral». Yo creo, inversamente, que urge devolver al vocablo «pasión» su antiguo sentido peyorativo. Pegarse un tiro o matar no garantizan lo más nimio la calidad ni siquiera la cantidad de un sentimiento. La «pasión» es un estado patológico que implica la defectuosidad de un alma. La persona fácil al mecanismo de la obsesión o de estructura muy simple y ruda, convertirá en «pasión», es decir, en manía, todo germen de sentimiento que en ella caiga[21]. Desmontemos del apasionamiento el aderezo romántico con que se le ha ornamentado. Dejemos de creer que el hombre está enamorado en la proporción que se haya vuelto estúpido o pronto a hacer disparates.
Lejos de esto, fuera bueno establecer como tema general para la psicología del amor este aforismo: siendo el amor el acto más delicado y total de un alma, en él se reflejarán la condición e índole de ésta. Es preciso no atribuir al amor los caracteres que a él llegan de la persona que lo siente. Si ésta es poco perspicaz, ¿cómo va a ser zahorí el amor? Si es poco profunda, ¿cómo será hondo su amor? Según se es, así se ama. Por esta razón podemos hallar en el amor el síntoma más decisivo de lo que una persona es. Todos los demás actos y apariencias pueden engañarnos sobre su verdadera índole: sus amores nos descubrirán el secreto de su ser, tan cuidadosamente recatado. Y, sobre todo, la elección de amado. En nada como en nuestra preferencia erótica se declara nuestro más íntimo carácter.
Con frecuencia oímos decir que las mujeres inteligentes se enamoran de hombres tontos, y viceversa: de mujeres necias los hombres agudos. Yo confieso que, aun habiéndolo oído muchas veces, no lo he creído nunca, y en todos los casos donde pude acercarme y usar la lupa psicológica, he encontrado que aquellas mujeres y aquellos hombres no eran, en verdad, inteligentes, o, viceversa, no eran tontos los elegidos.
The origin of the equivocation is not doubtful. The social and private acts in which the most different attractions between man and woman come to manifest themselves form, in their schematic lines, a scanty repertory. The man who likes the bodily form of a woman, the one who from vanity takes an interest in her person, the one who comes to lose his head, victim of the mechanical effect that a woman can produce with an accurate tactic of attraction and disdain, the one who simply attaches himself to a woman out of tenderness, loyalty, sympathy, ‘affection’, the one who falls into a state of passion, finally, the one who truly loves, enamoured, all behave in a manner little more or less identical. Whoever observes their acts from afar does not notice that little more or less, and attending only to the gross anatomy of conduct, judges that this is not different and, therefore, neither is the sentiment that inspires it. But it would suffice that he take the magnifying glass and study them from close to perceive that the actions resemble one another only in their broad lines, but offer the most diverse indentations. It is an enormous error to interpret a love by its acts and words: neither the one nor the other usually proceed from it, but constitute a repertory of grand gestures, rites, formulas, created by society, which the sentiment finds before itself as an apparatus ready and imposed whose spring it is obliged to release. Only the small original gesture, only the accent and the deepest sense of the conduct allow us to differentiate the different loves.
I speak now only of the full love of falling in love, which is radically distinct from sensual fervour, from amour-vanité, from mechanical infatuation, from ‘affection’, from ‘passion’. Here is a varied amorous fauna that it would be suggestive to classify in its multiform texture.
The love of falling in love —which is, to my judgment, the prototype and summit of all eroticisms— is characterized by containing at once these two ingredients: the feeling of being ‘enchanted’ by another being who produces in us an integral ‘illusion’, and the feeling of being absorbed by him to the very root of our person, as if he had torn us from our own vital foundation and we lived transplanted into him, with our vital roots in him. To add this last thing is nothing but to say in another way that the lover feels himself delivered up totally to the one he loves; where it does not matter whether the bodily or spiritual surrender has been accomplished or not. More than that: it is possible that the lover’s will should succeed in preventing its own surrender to the one he loves by virtue of reflective considerations —social decorum, morality, difficulties of any order. The essential thing is that he feel himself surrendered to the other, whatever be the decision of his will.
And there is no contradiction in this: because the radical surrender is not made by him, but is effected in depths of the person much more radical than the plane of his will. It is not a willing to surrender: it is a surrendering without willing. And wherever the will carries us, we go irremediably surrendered to the beloved being, even when it carries us to the other end of the world to separate us from him[19].
This extreme case of dissociation, of antagonism between the will and love, serves to underline the peculiarity of the latter and it is fitting, moreover, to reckon with it because it is a possible complication. Possible, but certainly little probable. It is very difficult that in an authentically enamoured soul there should arise with vigour considerations that excite its will to defend itself from the beloved. To the point that, in practice, to see that in the loved person the will functions, that ‘one makes reflections’, that one finds ‘very respectable’ motives not to love or to love less, is wont to be the most unequivocal symptom that, in effect, one does not love. That soul feels itself vaguely attracted by the other, but it has not been torn from itself —that is, it does not love.
It is, then, essential in the love we speak of the combination of the two aforementioned elements: the enchantment and the surrender. Their combination is not mere coexistence, does not consist in giving themselves together, one beside the other, but in the one being born of and nourished by the other. It is the surrender through enchantment.
The mother surrenders to the son, the friend to the friend, but not by virtue of the ‘illusion’, of the ‘enchantment’. The mother does it by a radical instinct almost alien to her spirituality. The friend surrenders by clear decision of his will. In him it is loyalty —therefore, a virtue that, by being such, possesses a reflective root. We should say that the friend takes himself in his own hand and donates himself to the other. In love the typical thing is that the soul escapes our hand and remains as if sipped up by the other. This suction that the alien personality exerts upon our life keeps the latter in levitation, uproots it from its self-rootedness and transplants it into the beloved being, where the primitive roots seem to take hold again as in new earth. By means of this the lover lives not from himself, but from the other, as the child before being born lives bodily from the mother, in whose entrails it is planted and submerged.
Well then: this absorption of the lover by the beloved is nothing but the effect of the enchantment. Another being enchants us and this enchantment we feel in the form of a continuous and gently elastic tug it gives to our person. The word ‘enchantment’, so trivialized, is, nevertheless, the one that best expresses the kind of action that the beloved exerts upon the lover. It is fitting, then, to restore its use, resuscitating the magical sense it had in its origin.
In sexual attraction there is properly no attraction. The suggestive body excites an appetite, a desire for it. But in desire we do not go to the desired, but the reverse: our soul pulls the desired toward itself. Hence it is said very accurately that the object awakens a desire, as if indicating that in the desiring it does not intervene, that its role ended in making the desire spring up, and that in this we do everything ourselves. The psychological phenomenon of desire and that of ‘being enchanted’ have inverse signs. In the former I tend to absorb the object; in the latter I am the absorbed one. Hence in appetite there is no surrender of my being, but, on the contrary, capture of the object[20].
Nor is there true surrender in the ‘passion’. In recent times there has been granted to this inferior form of love a rank and a favour resolutely undue. There are those who think that one loves more and better in the measure that one is near suicide or murder, near Werther or Othello, and it is insinuated that every other form of love is fictitious and ‘cerebral’. I believe, inversely, that it is urgent to restore to the word ‘passion’ its ancient pejorative sense. Shooting oneself or killing do not guarantee in the least either the quality or even the quantity of a sentiment. The ‘passion’ is a pathological state that implies the defectiveness of a soul. The person easy to the mechanism of obsession or of very simple and rude structure will convert into ‘passion’, that is, into mania, every germ of sentiment that falls into it[21]. Let us dismount from passionateness the romantic adornment with which it has been ornamented. Let us cease to believe that a man is in love in the proportion that he has become stupid or ready to commit follies.
Far from this, it would be well to establish as a general theme for the psychology of love this aphorism: love being the most delicate and total act of a soul, in it there will be reflected the condition and nature of the latter. It is necessary not to attribute to love the characters that come to it from the person who feels it. If the latter is little perspicacious, how is love going to be a diviner? If it is little profound, how will its love be deep? As one is, so one loves. For this reason we can find in love the most decisive symptom of what a person is. All the other acts and appearances may deceive us as to its true nature: its loves will reveal to us the secret of its being, so carefully concealed. And, above all, the choice of the beloved. In nothing as in our erotic preference is our most intimate character declared.
We frequently hear it said that intelligent women fall in love with stupid men, and vice versa: sharp men with foolish women. I confess that, even having heard it many times, I have never believed it, and in all the cases where I could draw near and use the psychological magnifying glass, I have found that those women and those men were not, in truth, intelligent, or, vice versa, that the chosen ones were not stupid.
L’origine dell’equivoco non è dubbia. Gli atti sociali e privati in cui vengono a manifestarsi le più diverse attrazioni tra uomo e donna formano, nelle loro linee schematiche, uno scarso repertorio. L’uomo a cui piace la forma corporea di una donna, quello che per vanità si interessa alla sua persona, quello che arriva a perdere la testa, vittima dell’effetto meccanico che una donna può produrre con una tattica accorta di attrazione e disdegno, quello che semplicemente si lega a una donna per tenerezza, lealtà, simpatia, «affetto», quello che cade in uno stato passionale, infine, quello che ama davvero innamorato, si comportano in maniera poco più o meno identica. Chi da lontano osserva i loro atti non bada a quel poco più o meno, e attendendo soltanto alla grossa anatomia della condotta, giudica che questa non è diversa e, pertanto, nemmeno il sentimento che la ispira. Ma basterebbe che prendesse la lente e da vicino li studiasse per avvertire che le azioni si somigliano soltanto nelle grandi linee, ma offrono diversissime rientranze. È un enorme errore interpretare un amore dai suoi atti e dalle sue parole: né gli uni né le altre di solito procedono da esso, ma costituiscono un repertorio di grandi gesti, riti, formule, creati dalla società, che il sentimento trova dinanzi a sé come un apparecchio pronto e imposto il cui congegno si vede costretto a far scattare. Soltanto il piccolo gesto originale, soltanto l’accento e il senso più profondo della condotta ci permettono di differenziare gli amori diversi.
Io parlo ora soltanto del pieno amore d’innamoramento, che è radicalmente distinto dal fervore sensuale, dall’amour-vanité, dall’imbalamiento meccanico, dall’«affetto», dalla «passione». Ecco una varia fauna amorosa che sarebbe suggestivo classificare nella sua multiforme consistenza.
L’amore d’innamoramento —che è, a mio giudizio, il prototipo e il culmine di tutti gli eroticismi— si caratterizza per contenere insieme questi due ingredienti: il sentirsi «incantato» da un altro essere che ci produce «illusione» integra e il sentirsi assorbito da lui fino alla radice della nostra persona, come se ci avesse strappato dal nostro proprio fondo vitale e vivessimo trapiantati in lui, con le nostre radici vitali in lui. Non è che dire in altro modo quest’ultima cosa aggiungere che l’innamorato si sente consegnato totalmente a chi ama; dove non importa che la consegna corporea o spirituale si sia compiuta o no. Di più: è possibile che la volontà dell’innamorato riesca a impedire la propria consegna a chi ama in virtù di considerazioni riflessive —decoro sociale, morale, difficoltà di ogni ordine. L’essenziale è che si senta consegnato all’altro, qualunque sia la decisione della sua volontà.
E non c’è in questo contraddizione: perché la consegna radicale non la fa lui, ma si effettua in profondità della persona molto più radicali del piano della sua volontà. Non è un volersi consegnare: è un consegnarsi senza volere. E dovunque la volontà ci porta, andiamo irrimediabilmente consegnati all’essere amato, inclusivamente quando ci porta all’altro estremo del mondo per allontanarci da lui[19].
Questo caso estremo di dissociazione, di antagonismo tra la volontà e l’amore, serve a sottolineare la peculiarità di quest’ultimo e conviene, inoltre, fare i conti con esso perché è una complicazione possibile. Possibile, ma certamente poco probabile. È molto difficile che in un’anima autenticamente innamorata sorgano con vigore considerazioni che eccitino la sua volontà per difendersi dall’amato. Al punto che, nella pratica, vedere che nella persona amata la volontà funziona, che «si fa delle riflessioni», che trova motivi «molto rispettabili» per non amare o amare meno, suole essere il sintomo più inequivocabile che, in effetti, non ama. Quell’anima si sente vagamente attratta dall’altra, ma non è stata strappata da sé stessa —cioè, non ama.
È, dunque, essenziale nell’amore di cui parliamo la combinazione dei due elementi suddetti: l’incantamento e la consegna. La loro combinazione non è mera coesistenza, non consiste nel darsi insieme, l’uno accanto all’altro, ma nel fatto che l’uno nasce e si nutre dell’altro. È la consegna per incantamento.
La madre si consegna al figlio, l’amico all’amico, ma non in virtù dell’«illusione», dell’«incanto». La madre lo fa per un istinto radicale quasi estraneo alla sua spiritualità. L’amico si consegna per chiara decisione della sua volontà. In lui è lealtà —dunque, una virtù che a forza di esser tale possiede una radice riflessiva. Diremmo che l’amico si prende nella propria mano e si dona all’altro. Nell’amore la cosa tipica è che l’anima ci scappa di mano e resta come sorbita dall’altra. Questa suzione che la personalità altrui esercita sulla nostra vita mantiene questa in levitazione, la sradica dal suo radicamento in sé stessa e la trapianta nell’essere amato, dove le radici primitive sembra che tornino ad attaccarsi come in terra nuova. Mercé di ciò l’innamorato vive non da sé stesso, ma dall’altro, come il figlio prima di nascere vive corporalmente della madre, nelle cui viscere è piantato e sommerso.
Ebbene: questa assorbimento dell’amante da parte dell’amato non è che l’effetto dell’incantamento. Un altro essere ci incanta e questo incanto lo sentiamo in forma di strattone continuo e soavemente elastico che dà alla nostra persona. La parola «incanto», così trivializzata, è, nondimeno, quella che meglio esprime la specie di azione che sull’amante esercita l’amato. Conviene, dunque, restaurarne l’uso risuscitando il senso magico che ebbe nella sua origine.
Nell’attrazione sessuale non c’è propriamente attrazione. Il corpo suggestivo eccita un appetito, un desiderio di esso. Ma nel desiderio non andiamo al desiderato, al contrario: la nostra anima tira il desiderato verso di sé. Perciò si dice molto giustamente che l’oggetto desta un desiderio, come a indicare che nel desiderare egli non interviene, che il suo ruolo concluse nel far sorgere il desiderio e che in questo facciamo tutto noi. Il fenomeno psicologico del desiderio e quello dell’«essere incantato» hanno segno inverso. In quello tendo ad assorbire l’oggetto; in questo sono io l’assorbito. Di qui che nell’appetito non vi sia consegna del mio essere, ma, al contrario, cattura dell’oggetto[20].
Nemmeno nella «passione» c’è vera consegna. Negli ultimi tempi si è attribuito a questa forma inferiore dell’amore un rango e un favore risolutamente indebiti. C’è chi pensa che si ami di più e meglio nella misura in cui si sia vicini al suicidio o all’assassinio, a Werther o a Otello, e si insinua che ogni altra forma d’amore sia fittizia e «cerebrale». Io credo, inversamente, che urge restituire al vocabolo «passione» il suo antico senso peggiorativo. Spararsi o uccidere non garantiscono il più minimo né la qualità né la quantità di un sentimento. La «passione» è uno stato patologico che implica la difettosità di un’anima. La persona facile al meccanismo dell’ossessione o di struttura molto semplice e rude, convertirà in «passione», cioè in mania, ogni germe di sentimento che in essa cada[21]. Smontiamo dall’appassionamento l’ornamento romantico con cui lo si è addobbato. Cessiamo di credere che l’uomo sia innamorato nella proporzione in cui sia diventato stupido o pronto a fare scempiaggini.
Lungi da ciò, sarebbe bene stabilire come tema generale per la psicologia dell’amore questo aforisma: essendo l’amore l’atto più delicato e totale di un’anima, in esso si rifletteranno la condizione e l’indole di questa. È necessario non attribuire all’amore i caratteri che a esso giungono dalla persona che lo sente. Se questa è poco perspicace, come potrà essere indovino l’amore? Se è poco profonda, come sarà profondo il suo amore? Come si è, così si ama. Per questa ragione possiamo trovare nell’amore il sintomo più decisivo di ciò che una persona è. Tutti gli altri atti e apparenze possono ingannarci sulla sua vera indole: i suoi amori ci scopriranno il segreto del suo essere, così accuratamente celato. E, soprattutto, la scelta dell’amato. In nulla come nella nostra preferenza erotica si dichiara il nostro più intimo carattere.
Di frequente sentiamo dire che le donne intelligenti si innamorano di uomini stupidi, e viceversa: di donne stolte gli uomini acuti. Io confesso che, pur avendolo sentito molte volte, non l’ho mai creduto, e in tutti i casi dove potei avvicinarmi e usare la lente psicologica, ho trovato che quelle donne e quegli uomini non erano, in verità, intelligenti, o, viceversa, che non erano stolti gli eletti.
No es, pues, la pasión culminación del afán amoroso, sino al contrario, su degeneración en almas inferiores. En ella no hay —quiero decir, no tiene que haber— ni encanto ni entrega. Los psiquiatras saben que el obsesionado lucha contra su obsesión, que no la acepta en sí, y, sin embargo, ella le domina. Así cabe una enorme pasión sin contenido apreciable de amor.
Esto indica al lector que mi interpretación del fenómeno amoroso va en sentido opuesto a la falsa mitología que hace de él una fuerza elemental y primitiva que se engendra en los senos oscuros de la animalidad humana y se apodera brutalmente de la persona, sin dejar intervención apreciable a las porciones superiores y más delicadas del alma.
Sin discutir ahora la conexión que pueda tener con ciertos instintos cósmicos yacentes en nuestro ser, creo que el amor es todo lo contrario de un poder elemental. Casi, casi —aun a sabiendas de la parte de error que va en ello— yo diría que el amor, más que un poder elemental, parece un género literario. Fórmula que —naturalmente— indignará a más de un lector, antes —naturalmente— de haber meditado sobre ella. Y claro está que es excesiva e inaceptable si pretendiese ser la última, mas yo no pretendo con ella sino sugerir que el amor, más que un instinto, es una creación y, aun como creación, nada primitiva en el hombre. El salvaje no la sospecha, el chino y el indio no la conocen, el griego del tiempo de Pericles apenas la entrevé[22]. Dígaseme si ambas notas: ser una creación espiritual y aparecer sólo en ciertas etapas y formas de la cultura humana, harían mal en la definición de un género literario.
Como del hervor sensual y de la «pasión», podíamos separar claramente el amor de sus otras pseudomorfosis. Así de lo que he llamado «cariño». En el «cariño» —que suele ser, en el mejor caso, la forma del amor matrimonial— dos personas sienten mutua simpatía, fidelidad, adhesión, pero tampoco hay encantamiento ni entrega. Cada cual vive sobre sí mismo, sin arrebato en el otro; desde sí mismo envía al otro efluvios suaves de estima, benevolencia, corroboración.
Lo dicho basta para imbuir un poco de sentido —no pretendo ahora otra cosa— a esta afirmación: Si se quiere ver claro en el fenómeno del amor, es preciso ante todo desasirse de la idea vulgar que ve en él un sentimiento demótico que todos o casi todos son capaces de sentir y se produce a toda hora en torno nuestro, cualquiera que sea la sociedad, raza, pueblo, época en que vivimos. Las distinciones que las páginas antecedentes dibujan reduce sobremanera la frecuencia del amor, alejando de su esfera muchas cosas que erróneamente se incluyen en ella. Un paso más y podremos decir sin excesiva extravagancia que el amor es un hecho poco frecuente y un sentimiento que sólo ciertas almas pueden llegar a sentir; en rigor, un talento específico que algunos seres poseen, el cual se da de ordinario unido a los otros talentos, pero puede ocurrir aislado y sin ellos.
Sí, enamorarse es un talento maravilloso que algunas criaturas poseen, como el don de hacer versos, como el espíritu de sacrificio, como la inspiración melódica, como la valentía personal, como el saber mandar. No se enamora cualquiera, ni de cualquiera se enamora el capaz. El divino suceso se origina sólo cuando se dan ciertas rigorosas condiciones en el sujeto y en el objeto. Muy pocos pueden ser amantes y muy pocos amados. El amor tiene su ratio, su ley, su esencia unitaria, siempre idéntica, que no excluye dentro de su exergo las abundancias de la casuística y la más fértil variabilidad[23].
III
Basta enumerar algunas de las condiciones y supuestos del enamoramiento para que se haga altamente verosímil su extremada infrecuencia. Sin pretender con ello ser completos, podríamos decir que esas condiciones forman tres órdenes, como son tres los grandes componentes del amor: condiciones de percepción para ver la persona que va a ser amada, condiciones de emoción con que respondemos sentimentalmente nosotros a esa visión de lo amable y condiciones de constitución en nuestro ser o cómo sea el resto de nuestra alma. Porque, aun dándose correctamente las otras dos operaciones de percibir y de sentir, aún puede acaecer que este sentimiento no arrastre ni invada ni informe toda nuestra persona, por ser ésta poco sólida y elástica, desparramada o sin resortes vigorosos.
Insinuemos breves sugestiones sobre cada uno de estos órdenes.
Para ser encantados necesitamos ante todo ser capaces de ver a otra persona, y para esto no basta con abrir los ojos[24]. Hace falta una previa curiosidad de un sesgo peculiar mucho más amplia, íntegra y radical que las curiosidades orientadas hacia cosas (como la científica, la técnica, la del turismo, la de «ver mundo», etcétera), y aun a actos particulares de las personas (por ejemplo, la chismografía). Hay que ser vitalmente curioso de humanidad, y de ésta en la forma más concreta: la persona como totalidad viviente, como módulo individual de existencia. Sin esta curiosidad, pasarán ante nosotros las criaturas más egregias y no nos percataremos. La lámpara, siempre encendida, de las vírgenes evangélicas es el símbolo de esta virtud que constituye como el umbral del amor.
Pero nótese que, a su vez, tal curiosidad supone muchas otras cosas. Es ella un lujo vital que sólo pueden poseer organismos con alto nivel de vitalidad. El débil es incapaz de esa atención desinteresada y previa a lo que pueda sobrevenir fuera de él. Más bien teme a lo inesperado que la vida pueda traer envuelto en los pliegues de su halda fecunda y se hace hermético a cuanto no se relacione, desde luego, con su interés subjetivo. Esta paradoja del interés «desinteresado» penetra el amor en todas sus funciones y órdenes, como el hilo rojo que va incluido en todos los cables de la Real Marina inglesa.
Simmel —siguiendo a Nietzsche— ha dicho que la esencia de la vida consiste precisamente en anhelar más vida. Vivir es más vivir, afán de aumentar los propios latidos. Cuando no es así, la vida está enferma y, en su medida, no es vida. La aptitud para interesarse en una cosa por lo que ella sea en sí misma y no en vista del provecho que nos rinda es el magnífico don de generosidad que florece sólo en las cimas de mayor altitud vital. Que el cuerpo sea médicamente débil por defectos del aparato anatómico no arguye, sin más, defecto de vitalidad, como, viceversa, la corporeidad hercúlea no garantiza grandes energías orgánicas (así muy frecuentemente ocurre con los atletas).
Casi todos los hombres y las mujeres viven sumergidos en la esfera de sus intereses subjetivos, algunos, sin duda, bellos o respetables, y son incapaces de sentir el ansia emigratoria hacia el más allá de sí mismos. Contentos o maltratados por el detalle de lo que les rodea, viven, en definitiva, satisfechos con la línea de su horizonte y no echan de menos las vagas posibilidades que a ultranza pueda haber. Semejante tesitura es incompatible con la curiosidad radical, que es, a la postre, un incansable instinto de emigraciones, un bronco afán de ir desde sí mismo a lo otro[25]. Por eso es tan difícil que el petit bourgeois y la petite bourgeoise se enamoren de manera auténtica; para ellos es la vida precisamente un insistir sobre lo conocido y habitual, una inconmovible satisfacción dentro del repertorio consuetudinario.
Esta curiosidad, que es, a la par, ansia de vida, no puede darse más que en almas porosas donde circule el aire libre, no confinado por ningún muro de limitación —el aire cósmico cargado con polvo de estrellas remotas. Pero no basta ella para que «veamos» esa delicada y complejísima entidad que es una persona. La curiosidad prepara el órgano visual, pero éste ha de ser perspicaz. Y tal perspicacia es ya el primer talento y dote extraordinaria que actúa como ingrediente en el amor. Se trata de una especial intuición que nos permite rápidamente descubrir la intimidad de otros hombres, la figura de su alma en unión con el sentido expresado por su cuerpo. Merced a ella podemos «distinguir» de personas, apreciar su calidad, su trivialidad o su excelencia, en fin, su rango de perfección vital. No se crea por esto que pretendo intelectualizar el sentimiento de amor. Esa perspicacia no tiene nada que ver con la inteligencia, y aunque es más probable su presencia en criaturas de mente clara, puede existir señera como el don poético, que tantas veces viene a alojarse en hombres casi imbéciles. De hecho no es fácil que la hallemos sino en personas provistas de alguna agudeza intelectual, pero su más y su menos no marchan al par de ésta. Así ocurre que esa intuición suele darse relativamente más en la mujer que en el hombre, al revés que el don de intelecto, tan sexuado de virilidad[26].
It is not, then, the passion the culmination of the amorous longing, but, on the contrary, its degeneration in inferior souls. In it there is —I mean, there does not have to be— neither enchantment nor surrender. Psychiatrists know that the obsessed man struggles against his obsession, that he does not accept it in himself, and, nevertheless, it dominates him. Thus an enormous passion is possible without appreciable content of love.
This indicates to the reader that my interpretation of the amorous phenomenon goes in a direction opposite to the false mythology that makes of it an elementary and primitive force which is engendered in the dark bosoms of human animality and brutally takes possession of the person, leaving no appreciable intervention to the superior and most delicate portions of the soul.
Without now discussing the connection it may have with certain cosmic instincts lying in our being, I believe that love is everything the contrary of an elementary power. Almost, almost —even knowing the portion of error that goes into this— I should say that love, more than an elementary power, seems a literary genre. A formula that —naturally— will outrage more than one reader, before —naturally— having meditated upon it. And it is clear that it is excessive and unacceptable if it claimed to be the last word, but I claim with it only to suggest that love, more than an instinct, is a creation and, even as creation, nothing primitive in man. The savage does not suspect it, the Chinese and the Indian do not know it, the Greek of Pericles’ time scarcely glimpses it[22]. Let me be told whether both notes —to be a spiritual creation and to appear only in certain stages and forms of human culture— would come amiss in the definition of a literary genre.
As from sensual seething and from the ‘passion’, we could clearly separate love from its other pseudomorphoses. Thus from what I have called ‘affection’. In the ‘affection’ —which is wont to be, in the best case, the form of matrimonial love— two persons feel mutual sympathy, fidelity, adherence, but neither is there enchantment nor surrender. Each one lives upon himself, without rapture in the other; from himself he sends the other soft effluvia of esteem, benevolence, corroboration.
What has been said suffices to imbue a little sense —I now pretend nothing else— into this affirmation: If one wishes to see clearly in the phenomenon of love, it is necessary above all to free oneself of the vulgar idea that sees in it a demotic sentiment that all or almost all are capable of feeling and that is produced at all hours around us, whatever be the society, the race, the people, the epoch in which we live. The distinctions that the preceding pages draw greatly reduces the frequency of love, removing from its sphere many things that erroneously are included in it. One step more and we can say without excessive extravagance that love is an infrequent fact and a sentiment that only certain souls can come to feel; in rigor, a specific talent that some beings possess, which is ordinarily given united to the other talents, but may occur isolated and without them.
Yes, falling in love is a marvellous talent that some creatures possess, like the gift of making verses, like the spirit of sacrifice, like melodic inspiration, like personal valour, like knowing how to command. Not anyone falls in love, nor does the capable one fall in love with just anyone. The divine event originates only when certain rigorous conditions are given in the subject and in the object. Very few can be lovers and very few beloved. Love has its ratio, its law, its unitary essence, always identical, which does not exclude within its exergue the abundances of casuistry and the most fertile variability[23].
III
It suffices to enumerate some of the conditions and presuppositions of falling in love for its extreme infrequency to become highly verisimilar. Without pretending thereby to be complete, we could say that those conditions form three orders, as three are the great components of love: conditions of perception to see the person who is going to be loved, conditions of emotion with which we respond sentimentally to that vision of the lovable, and conditions of constitution in our being or of how the rest of our soul is. Because, even though the other two operations of perceiving and feeling should be correctly given, it can still happen that this sentiment does not drag along, nor invade, nor inform our whole person, by being the latter little solid and elastic, scattered about or without vigorous springs.
Let us insinuate brief suggestions upon each one of these orders.
To be enchanted we need above all to be capable of seeing another person, and for this it is not enough to open the eyes[24]. There is required a previous curiosity of a peculiar cast, much more ample, integral and radical than the curiosities oriented toward things (such as the scientific, the technical, that of tourism, that of ‘seeing the world’, et cetera), and even toward particular acts of persons (for example, gossip). One must be vitally curious of humanity, and of this in its most concrete form: the person as living totality, as individual module of existence. Without this curiosity, the most egregious creatures will pass before us and we shall not notice them. The lamp, always lit, of the evangelical virgins is the symbol of this virtue which constitutes, as it were, the threshold of love.
But let it be noted that, in turn, such curiosity presupposes many other things. It is a vital luxury that only organisms with a high level of vitality can possess. The weak one is incapable of that disinterested attention, previous to whatever may come upon him from outside. Rather he fears the unexpected that life may bring wrapped in the folds of its fecund lap, and he makes himself hermetic to all that is not, at once, related to his subjective interest. This paradox of the ‘disinterested’ interest penetrates love in all its functions and orders, like the red thread that goes included in all the cables of the English Royal Navy.
Simmel —following Nietzsche— has said that the essence of life consists precisely in longing for more life. To live is to live more, eagerness to increase one’s own heartbeats. When it is not so, life is sick and, in its measure, is not life. The aptitude to take an interest in a thing for what it is in itself and not in view of the profit it yields us is the magnificent gift of generosity that flowers only on the peaks of greatest vital altitude. That the body should be medically weak from defects of the anatomical apparatus does not argue, without more, defect of vitality, as, vice versa, the Herculean corporeity does not guarantee great organic energies (thus very frequently happens with athletes).
Almost all men and women live submerged in the sphere of their subjective interests, some, no doubt, beautiful or respectable, and are incapable of feeling the emigratory longing toward the beyond of themselves. Contented or mistreated by the detail of what surrounds them, they live, in the last resort, satisfied with the line of their horizon and do not miss the vague possibilities that there may be at the end of it. Such a disposition is incompatible with radical curiosity, which is, in the end, an untiring instinct of emigrations, a rough eagerness to go from oneself to the other[25]. Hence it is so difficult that the petit bourgeois and the petite bourgeoise should fall in love in an authentic manner; for them life is precisely an insisting upon the known and habitual, an immovable satisfaction within the customary repertory.
This curiosity, which is, at once, longing for life, cannot be given except in porous souls where the free air circulates, confined by no wall of limitation —the cosmic air charged with the dust of remote stars. But it does not suffice for us to ‘see’ that delicate and most complex entity which is a person. Curiosity prepares the visual organ, but this must be perspicacious. And such perspicacity is already the first talent and extraordinary endowment that acts as an ingredient in love. It is a question of a special intuition that allows us rapidly to discover the intimacy of other men, the figure of their soul in union with the sense expressed by their body. By means of it we can ‘distinguish’ persons, appreciate their quality, their triviality or their excellence, in short, their rank of vital perfection. Let it not be believed for this that I pretend to intellectualize the sentiment of love. That perspicacity has nothing to do with intelligence, and although its presence is more probable in creatures of clear mind, it can exist solitary like the poetic gift, which so many times comes to lodge in almost imbecilic men. In fact it is not easy to find it except in persons provided with some intellectual sharpness, but its more and less do not keep pace with the latter. Thus it happens that that intuition is wont to be given relatively more in woman than in man, contrary to the gift of intellect, so sexed with virility[26].
Non è, dunque, la passione culminazione dell’ansia amorosa, ma, al contrario, la sua degenerazione nelle anime inferiori. In essa non c’è —voglio dire, non deve esserci— né incanto né consegna. Gli psichiatri sanno che l’ossessionato lotta contro la sua ossessione, che non la accetta in sé, e, tuttavia, essa lo domina. Così è possibile un’enorme passione senza un contenuto apprezzabile di amore.
Questo indica al lettore che la mia interpretazione del fenomeno amoroso va in senso opposto alla falsa mitologia che ne fa una forza elementare e primitiva che si genera nei seni oscuri dell’animalità umana e si impadronisce brutalmente della persona, senza lasciare un intervento apprezzabile alle porzioni superiori e più delicate dell’anima.
Senza discutere ora la connessione che possa avere con certi istinti cosmici giacenti nel nostro essere, credo che l’amore sia tutto il contrario di un potere elementare. Quasi, quasi —anche sapendo della parte di errore che va in ciò— direi che l’amore, più che un potere elementare, sembra un genere letterario. Formula che —naturalmente— indignerà più di un lettore, prima —naturalmente— di aver meditato su di essa. Ed è chiaro che è eccessiva e inaccettabile se pretendesse di essere l’ultima, ma io con essa non pretendo se non di suggerire che l’amore, più che un istinto, è una creazione e, anche come creazione, nulla di primitivo nell’uomo. Il selvaggio non la sospetta, il cinese e l’indiano non la conoscono, il greco del tempo di Pericle appena la intravede[22]. Mi si dica se entrambe le note: essere una creazione spirituale e apparire soltanto in certe tappe e forme della cultura umana, farebbero male nella definizione di un genere letterario.
Come dal ribollire sensuale e dalla «passione», potevamo separare chiaramente l’amore dalle sue altre pseudomorfosi. Così da ciò che ho chiamato «affetto». Nell’«affetto» —che suole essere, nel migliore dei casi, la forma dell’amore matrimoniale— due persone sentono mutua simpatia, fedeltà, adesione, ma nemmeno qui c’è incantamento né consegna. Ognuno vive su sé stesso, senza rapimento nell’altro; da sé stesso invia all’altro effluvi soavi di stima, benevolenza, corroborazione.
Quanto detto basta per infondere un po’ di senso —non pretendo ora altro— a questa affermazione: Se si vuol vedere chiaro nel fenomeno dell’amore, è necessario innanzitutto sbarazzarsi dell’idea volgare che vede in esso un sentimento demotico che tutti o quasi tutti sono capaci di sentire e che si produce a ogni ora intorno a noi, qualunque sia la società, la razza, il popolo, l’epoca in cui viviamo. Le distinzioni che le pagine antecedenti disegnano riduce oltremodo la frequenza dell’amore, allontanando dalla sua sfera molte cose che erroneamente vi si includono. Un passo di più e potremo dire senza eccessiva stravaganza che l’amore è un fatto poco frequente e un sentimento che soltanto certe anime possono arrivare a sentire; in rigore, un talento specifico che alcuni esseri possiedono, il quale si dà di ordinario unito agli altri talenti, ma può occorrere isolato e senza di essi.
Sì, innamorarsi è un talento meraviglioso che alcune creature possiedono, come il dono di far versi, come lo spirito di sacrificio, come l’ispirazione melodica, come la valentia personale, come il saper comandare. Non si innamora chiunque, né di chiunque si innamora il capace. Il divino evento si origina soltanto quando si danno certe rigorose condizioni nel soggetto e nell’oggetto. Molto pochi possono essere amanti e molto pochi amati. L’amore ha la sua ratio, la sua legge, la sua essenza unitaria, sempre identica, che non esclude dentro il suo esergo le abbondanze della casistica e la più fertile variabilità[23].
III
Basta enumerare alcune delle condizioni e dei presupposti dell’innamoramento perché la sua estrema infrequenza diventi altamente verosimile. Senza pretendere con ciò di essere completi, potremmo dire che queste condizioni formano tre ordini, come tre sono i grandi componenti dell’amore: condizioni di percezione per vedere la persona che sarà amata, condizioni di emozione con cui rispondiamo sentimentalmente noi a quella visione dell’amabile e condizioni di costituzione nel nostro essere o di come sia il resto della nostra anima. Perché, anche dandosi correttamente le altre due operazioni di percepire e di sentire, può ancora accadere che questo sentimento non trascini né invada né informi tutta la nostra persona, per essere questa poco solida ed elastica, sparpagliata o senza congegni vigorosi.
Insinuiamo brevi suggestioni su ciascuno di questi ordini.
Per essere incantati abbiamo bisogno innanzitutto di essere capaci di vedere un’altra persona, e per questo non basta aprire gli occhi[24]. Occorre una curiosità previa di una piega peculiare molto più ampia, integra e radicale delle curiosità orientate verso le cose (come quella scientifica, la tecnica, quella del turismo, quella del «veder mondo», eccetera), e anche verso atti particolari delle persone (per esempio, la pettegolezza). Bisogna essere vitalmente curiosi di umanità, e di questa nella forma più concreta: la persona come totalità vivente, come modulo individuale di esistenza. Senza questa curiosità, passeranno dinanzi a noi le creature più egregie e non ce ne accorgeremo. La lampada, sempre accesa, delle vergini evangeliche è il simbolo di questa virtù che costituisce come la soglia dell’amore.
Ma si noti che, a sua volta, tale curiosità presuppone molte altre cose. Essa è un lusso vitale che possono possedere soltanto organismi con alto livello di vitalità. Il debole è incapace di quell’attenzione disinteressata e previa a ciò che possa sopravvenire fuori di lui. Piuttosto teme l’inatteso che la vita possa portare avvolto nelle pieghe del suo grembo fecondo e si fa ermetico a quanto non si relazioni, senz’altro, col suo interesse soggettivo. Questo paradosso dell’interesse «disinteressato» penetra l’amore in tutte le sue funzioni e ordini, come il filo rosso che va incluso in tutti i cavi della Real Marina inglese.
Simmel —seguendo Nietzsche— ha detto che l’essenza della vita consiste precisamente nell’anelare a più vita. Vivere è vivere di più, brama di aumentare i propri battiti. Quando non è così, la vita è malata e, nella sua misura, non è vita. L’attitudine a interessarsi di una cosa per ciò che essa sia in sé stessa e non in vista del profitto che ce ne renda è il magnifico dono di generosità che fiorisce soltanto nelle cime di maggiore altitudine vitale. Che il corpo sia medicamente debole per difetti dell’apparato anatomico non argomenta, senza altro, difetto di vitalità, come, viceversa, la corporeità erculea non garantisce grandi energie organiche (così molto di frequente accade con gli atleti).
Quasi tutti gli uomini e le donne vivono sommersi nella sfera dei loro interessi soggettivi, alcuni, senza dubbio, belli o rispettabili, e sono incapaci di sentire l’ansia emigratoria verso l’al di là di sé stessi. Contentati o maltrattati dal dettaglio di ciò che li circonda, vivono, in definitiva, soddisfatti della linea del loro orizzonte e non rimpiangono le vaghe possibilità che a oltranza possa esserci. Siffatta disposizione è incompatibile con la curiosità radicale, che è, in fin dei conti, un instancabile istinto di emigrazioni, un aspro anelito di andare da sé stesso all’altro[25]. Perciò è tanto difficile che il petit bourgeois e la petite bourgeoise si innamorino in maniera autentica; per loro la vita è precisamente un insistere sul conosciuto e abituale, una inconmovibile soddisfazione dentro il repertorio consuetudinario.
Questa curiosità, che è, a un tempo, ansia di vita, non può darsi se non in anime porose dove circoli l’aria libera, non confinata da nessun muro di limitazione —l’aria cosmica carica di polvere di stelle remote. Ma essa non basta perché «vediamo» quella delicata e complessissima entità che è una persona. La curiosità prepara l’organo visuale, ma questo dev’essere perspicace. E tale perspicacia è già il primo talento e dote straordinaria che agisce come ingrediente nell’amore. Si tratta di una speciale intuizione che ci permette rapidamente di scoprire l’intimità di altri uomini, la figura della loro anima in unione col senso espresso dal loro corpo. Mercé di essa possiamo «distinguere» le persone, apprezzare la loro qualità, la loro trivialità o la loro eccellenza, insomma, il loro rango di perfezione vitale. Non si creda per questo che pretenda di intellettualizzare il sentimento d’amore. Quella perspicacia non ha nulla a che vedere con l’intelligenza, e benché sia più probabile la sua presenza in creature di mente chiara, può esistere solitaria come il dono poetico, che tante volte viene ad albergare in uomini quasi imbecilli. Di fatto non è facile che la troviamo se non in persone provviste di qualche acutezza intellettuale, ma il suo più e il suo meno non camminano al paro di questa. Così accade che quella intuizione suole darsi relativamente di più nella donna che nell’uomo, al contrario del dono dell’intelletto, così sessuato di virilità[26].
Los que imaginan el amor como un efecto entre mágico y mecánico que en el hombre se produce, repugnarán que se haga de la perspicacia uno de sus atributos esenciales. Según ellos, el amor nace siempre «sin razón», es ilógico, antirracional y más bien excluye toda perspicacia. Éste es uno de los puntos capitales en que me veo obligado a discrepar resueltamente de las ideas recibidas.
Decimos que un pensamiento es lógico cuando no nace en nosotros aislado y porque sí; antes bien, le vemos manar y sustentarse de otro pensamiento nuestro, que es su fuente psíquica. El ejemplo clásico es la conclusión. Porque pensamos las premisas, aceptamos la consecuencia: si aquéllas son puestas en duda, la consecuencia queda en suspenso, dejamos de creer en ella. El porque es el fundamento, la prueba, la razón, el logos, en suma, que proporciona racionalidad al pensamiento. Pero, a la vez, es el manantial psicológico de donde sentimos brotar ésta, la fuerza real que lo suscita y mantiene en el espíritu.
El amor, aunque nada tenga de operación intelectual, se parece al razonamiento en que no nace en seco y, por decirlo así, a nihilo, sino que tiene su fuente psíquica en las calidades del objeto amado. La presencia de éstas engendra y nutre al amor, o, dicho de otro modo, nadie ama sin porqué o porque sí; todo el que ama tiene a la vez la convicción de que su amor está justificado; más aún: amar es «creer» (sentir) que lo amado es, en efecto, amable por sí mismo, como pensar es creer que las cosas son, en realidad, según las estamos pensando. Es posible que en uno y otro caso padezcamos error, que ni lo amable lo sea según sentimos ni real lo real según lo pensamos; pero es el caso que amamos y pensamos en tanto que es ésa nuestra convicción. En esta propiedad de sentirse justificado y vivir precisamente de su justificación, alimentándose en todo instante de ella, corroborándose en la evidencia de su motivo, consiste el carácter lógico del pensamiento. Leibniz expresa esto mismo diciendo que el pensamiento no es ciego, sino que piensa una cosa porque ve que es tal y como la piensa. Parejamente, el amor ama porque ve que el objeto es amable, y así resulta para el amante la actitud ineludible, la única adecuada al objeto, y no comprende que los demás no lo amen —origen de los celos, que, en cierto giro y medida, son consustanciales al amor.
No es éste, por tanto, ilógico ni antirracional. Será, sin duda, a-lógico e irracional, ya que logos y ratio se refieren exclusivamente a la relación entre conceptos. Pero hay un uso del término «razón» más amplio, que incluye todo lo que no es ciego, todo lo que tiene sentido, nous. A mi juicio, todo amor normal tiene sentido, está bien fundado en sí mismo y es, en consecuencia, logoide.
Me siento cada vez más lejos de la propensión contemporánea a creer que las cosas carecen de sentido, de nous, y proceden ciegamente, como los movimientos de los átomos, que un mecanicismo devastador ha elevado a prototipo de toda realidad[27].
Véase por qué considero imprescindible en un amor auténtico el momento de perspicacia que nos hace patente la persona del prójimo donde el sentimiento halla «razones» para nacer y aumentar.
Esta perspicacia puede ser mayor o menor y cabe en ella ser vulgar o genial. Aunque no el más importante, es éste uno de los motivos que me llevan a calificar el amor de talento sui generis que admite todas las gradaciones hasta la genialidad. Pero, claro es, que también comparte con la visión corporal y la inteligencia el destino de poder errar. Lo mecánico y ciego no yerra nunca. Muchos casos de anomalía amorosa se reducen a confusiones en la percepción de la persona amada: ilusiones ópticas y espejismos ni más extraños ni menos explicables que los que cometen a menudo nuestros ojos, sin dar motivo para declararnos ciegos. Precisamente porque el amor se equivoca a veces —aunque muchas menos de lo que se dice—, tenemos que devolverle el atributo de la visión, como Pascal quería: «Les poètes n’ont pas eu raison de nous dépeindre l’amour comme un aveugle: Il faut lui ôter son bandeau et lui rendre désormais la jouissance de ses yeux». (Sur les passions de l’amour).
Revista de Occidente, julio, 1925
Those who imagine love as an effect between magical and mechanical that is produced in man will revolt at perspicacity being made one of its essential attributes. According to them, love is always born ‘without reason’, it is illogical, anti-rational, and rather excludes all perspicacity. This is one of the capital points in which I find myself obliged resolutely to disagree with received ideas.
We say that a thought is logical when it is not born in us isolated and just because; rather, we see it well up and sustain itself from another thought of ours, which is its psychic source. The classical example is the conclusion. Because we think the premises, we accept the consequence: if the former are put in doubt, the consequence remains suspended, we cease to believe in it. The because is the foundation, the proof, the reason, the logos, in sum, which provides rationality to the thought. But, at the same time, it is the psychological spring from which we feel this rationality gush, the real force that arouses and maintains it in the spirit.
Love, although it has nothing of intellectual operation, resembles reasoning in that it is not born dry and, so to speak, a nihilo, but has its psychic source in the qualities of the beloved object. The presence of these engenders and nourishes love, or, said in another way, no one loves without a why or just because; everyone who loves has at once the conviction that his love is justified; more still: to love is to ‘believe’ (to feel) that the beloved is, in effect, lovable in itself, as to think is to believe that things are, in reality, as we are thinking them. It is possible that in the one and the other case we suffer error, that neither the lovable be so according to what we feel nor the real real according to what we think; but the fact is that we love and think inasmuch as that is our conviction. In this property of feeling oneself justified and living precisely on one’s justification, feeding on it at every instant, corroborating oneself in the evidence of one’s motive, consists the logical character of thought. Leibniz expresses this same thing by saying that thought is not blind, but thinks a thing because it sees that it is such and as it thinks it. In like manner, love loves because it sees that the object is lovable, and so there results for the lover the ineluctable attitude, the only one adequate to the object, and he does not understand that others do not love it —origin of jealousy, which, in a certain turn and measure, is consubstantial with love.
It is not this, therefore, illogical nor anti-rational. It will be, no doubt, a-logical and irrational, since logos and ratio refer exclusively to the relation between concepts. But there is a wider use of the term ‘reason’, which includes everything that is not blind, everything that has sense, nous. To my judgment, all normal love has sense, is well founded in itself and is, consequently, logoid.
I feel myself every time farther from the contemporary propensity to believe that things lack sense, lack nous, and proceed blindly, like the movements of atoms, which a devastating mechanism has elevated to prototype of all reality[27].
See why I consider indispensable in an authentic love the moment of perspicacity that makes patent to us the person of our fellow man, where the sentiment finds ‘reasons’ to be born and to increase.
This perspicacity can be greater or lesser and can in it be vulgarity or genius. Although not the most important, it is one of the motives that lead me to qualify love as a talent sui generis that admits all the gradations up to genius. But, it is clear, it also shares with bodily vision and intelligence the destiny of being able to err. The mechanical and the blind never err. Many cases of amorous anomaly reduce themselves to confusions in the perception of the loved person: optical illusions and mirages neither stranger nor less explicable than those our eyes often commit, without giving reason to declare ourselves blind. Precisely because love is sometimes mistaken —although many fewer times than is said—, we have to return to it the attribute of vision, as Pascal wished: «Les poètes n’ont pas eu raison de nous dépeindre l’amour comme un aveugle: Il faut lui ôter son bandeau et lui rendre désormais la jouissance de ses yeux». (Sur les passions de l’amour).
Revista de Occidente, July, 1925
Quelli che immaginano l’amore come un effetto tra magico e meccanico che nell’uomo si produce, si sdegneranno che si faccia della perspicacia uno dei suoi attributi essenziali. Secondo loro, l’amore nasce sempre «senza ragione», è illogico, antirazionale e piuttosto esclude ogni perspicacia. Questo è uno dei punti capitali in cui mi vedo obbligato a discordare risolutamente dalle idee ricevute.
Diciamo che un pensiero è logico quando non nasce in noi isolato e perché sì; piuttosto, lo vediamo scaturire e sostenersi da un altro nostro pensiero, che è la sua fonte psichica. L’esempio classico è la conclusione. Perché pensiamo le premesse, accettiamo la conseguenza: se quelle sono messe in dubbio, la conseguenza resta in sospeso, cessiamo di credere in essa. Il perché è il fondamento, la prova, la ragione, il logos, in somma, che fornisce razionalità al pensiero. Ma, a un tempo, è il manante psicologico da dove sentiamo sgorgare questa, la forza reale che la suscita e la mantiene nello spirito.
L’amore, benché non abbia nulla di operazione intellettuale, somiglia al ragionamento in quanto non nasce a secco e, per così dire, a nihilo, ma ha la sua fonte psichica nelle qualità dell’oggetto amato. La presenza di queste genera e nutre l’amore, o, detto in altro modo, nessuno ama senza perché o perché sì; chiunque ama ha insieme la convinzione che il suo amore sia giustificato; di più: amare è «credere» (sentire) che l’amato sia, in effetti, amabile per sé stesso, come pensare è credere che le cose siano, in realtà, secondo le stiamo pensando. È possibile che in un caso e nell’altro caso patiamo errore, che né l’amabile lo sia secondo sentiamo né reale il reale secondo lo pensiamo; ma è il caso che amiamo e pensiamo in quanto è questa la nostra convinzione. In questa proprietà di sentirsi giustificato e vivere precisamente della sua giustificazione, alimentandosi in ogni istante di essa, corroborandosi nell’evidenza del suo motivo, consiste il carattere logico del pensiero. Leibniz esprime questo stesso dicendo che il pensiero non è cieco, ma pensa una cosa perché vede che è tale e come la pensa. Pareggiatamente, l’amore ama perché vede che l’oggetto è amabile, e così risulta per l’amante l’atteggiamento ineludibile, l’unico adeguato all’oggetto, e non comprende che gli altri non lo amino —origine della gelosia, che, in certo giro e misura, è consustanziale all’amore.
Non è questo, pertanto, illogico né antirazionale. Sarà, senza dubbio, a-logico e irrazionale, giacché logos e ratio si riferiscono esclusivamente alla relazione tra concetti. Ma c’è un uso del termine «ragione» più ampio, che include tutto ciò che non è cieco, tutto ciò che ha senso, nous. A mio giudizio, ogni amore normale ha senso, è ben fondato in sé stesso ed è, di conseguenza, logoide.
Mi sento ogni volta più lontano dalla propensione contemporanea a credere che le cose siano prive di senso, di nous, e procedano ciecamente, come i movimenti degli atomi, che un meccanicismo devastatore ha elevato a prototipo di ogni realtà[27].
Vedasi perché considero imprescindibile in un amore autentico il momento di perspicacia che ci rende patente la persona del prossimo dove il sentimento trova «ragioni» per nascere e aumentare.
Questa perspicacia può essere maggiore o minore e può in essa esserci volgarità o genialità. Benché non il più importante, è questo uno dei motivi che mi portano a qualificare l’amore come talento sui generis che ammette tutte le gradazioni fino alla genialità. Ma, chiaro è, che condivide anche con la visione corporea e l’intelligenza il destino di poter errare. Il meccanico e il cieco non errano mai. Molti casi di anomalia amorosa si riducono a confusioni nella percezione della persona amata: illusioni ottiche e miraggi né più strani né meno spiegabili di quelli che commettono spesso i nostri occhi, senza dare motivo per dichiararci ciechi. Precisamente perché l’amore a volte si sbaglia —benché molte meno volte di quanto si dica—, dobbiamo restituirgli l’attributo della visione, come voleva Pascal: «Les poètes n’ont pas eu raison de nous dépeindre l’amour comme un aveugle: Il faut lui ôter son bandeau et lui rendre désormais la jouissance de ses yeux». (Sur les passions de l’amour).
Revista de Occidente, luglio, 1925