Abstract

An unsigned Easter editorial (El Sol, 1920): while the Resurrection bells ring, Spanish politics stays nailed to its own calvary, and keeping the status quo is the greatest madness. Occasional political commentary.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Bajo las cruces de las torres ya voltean las campanas de Resurrección. Es la fiesta más alegre del cristianismo, un símbolo encantador del poder triunfante del espíritu y una concesión a la primavera.

Nosotros queremos hacer votos por que resurja todo en España. No pocas circunstancias favorecen la posibilidad de ello. Estábamos por decir que ninguna es hostil. Sólo los hombres, sólo nosotros los españoles ponemos dificultades a nuestra propia elevación. Parecemos resueltos a conservar el lastre de nuestra política compuesta toda de cosas pesadas: materialismo, estupidez y metales grávidos, oro, plata y plomo.

Es inconcebible lo que estos días viene acaeciendo. Aplacado transitoriamente el movimiento agrario andaluz, quieto por unas horas el sindicalismo catalán, demorada por un rato la huelga ferroviaria, colocadas por unos días las Juntas de defensa en su lugar de descanso, parece transcurrir un instante en que se puede respirar. Fuera natural aprovecharlo para preparar sin congojas alguna solución digna y seria a los problemas de la gobernación. Los pavores sufridos, las angustias, los peligros debieran haber enseñado a los poderes superiores todas las lecciones de todos los libros y sobre todo una, la de no perder el tiempo ni desaprovechar la ocasión. En todos los tonos de nuestro fagot editorial venimos diciendo que, dada la calidad del espíritu público en los tiempos que corren, la mayor demencia es conservar el statu quo. Lo mismo en lo político que en lo social.

Y, sin embargo, apenas se sale de una apretura oímos decir que ya no se quiere intentar nada, que se prefiere ir tirando, que para qué una crisis grande, que bien se puede seguir con el señor Allendesalazar. Nosotros creemos que este camino va siendo cada vez más hondamente peligroso. Nos falta, empero, la fe y la esperanza de que se desvíen de él los altos poderes. Tememos que una vez más se dé a la situación política una solución que no lo sea y se desmoralice nuevamente el ánimo colectivo oponiendo a los graves problemas en torno un Gobierno paralítico.

El presupuesto —llamémoslo así—, va a ser aprobado por fin. Esto tiene una utilidad, pero sólo una: dejar franca la ruta a la real prerrogativa. Para ello han colaborado todos los partidos en la generación de este esperpento financiero: todos, desde el melifluo celta Bugallal hasta las más extremas izquierdas. Si ahora resulta que la real prerrogativa no funciona es de temer un movimiento de justificada irritación en muchos grupos parlamentarios.

Ciertamente que la cuestión ferroviaria requiere una solución y que ésta ha de ser parlamentaria. Se pretenderá que este Gobierno, tras el presupuesto, resuelva el embrollo. Pero se nos antoja un poco difícil tal empeño. Este Gobierno, presidido por nuestro gran vizcaíno, con su talle de Falstaff y su humor de alegre comadre, ha vivido hasta aquí de lo que no vivió jamás Gobierno alguno. Porque muchos otros Gabinetes se han sustentado en el Poder a pesar de su vilipendio: pero éste ha vivido precisamente de él y sólo de él. A fuerza de no tener autoridad, a costa de revolcarse en todos los barros, vive y pervive. ¿En tales condiciones va este barro gubernamental a cocer el puchero de las tarifas que han sido casualmente su mayor desprestigio?

Y, en otro caso, ¿va a encargarse de legislar sobre tarifas a las Compañías mismas, es decir, al señor Dato? Parece un poco excesivo.

Pero no insistamos hoy, día de gran fiesta y entre el vuelo regocijado de las campanas, sobre las negruras del horizonte. Bástenos recordar a los buenos españoles que en esta jornada de Resurrección sigue nuestra política más hincada que nunca en un calvario.

Publicado sin firma, El Sol, 3 de abril de 1920