Ortega y Gasset

Abstract

The sample covers only the biological half: against adaptation biology, which treats life as a sum of external functions, it shows that the discovery of internal secretions and hormones forces us to see vitality as prior to and creative of its functions (‘the river fathers the stream’). The title also promises pedagogy, but the sample does not reach it.

Connections

Concetti: natura
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

De 1850 a 1900, por uno u otro camino, vía Darwin o vía Lamarck, se llegaba siempre a definir la vida esencial como una adaptación al medio[97]. Tal modo de pensar conducía por fuerza a atender con excesiva predilección aquellas funciones orgánicas que operan directamente sobre el medio envolvente y que consisten, bien en amoldarse a él, bien en transformarlo. El pelo blanco de la liebre polar sería la aceptación, por su parte, del color de la nieve sobre que corre milenariamente. En cambio, sus zancajos y la velocidad de su carrera son adaptaciones más positivas; merced a ellas el animal huye, esto es, cambia un medio peligroso por otro favorable. En fin: la mano, sobre todo en el hombre, es el órgano ejemplar de la adaptación creadora, que consiste en transformar provechosamente el medio.

En estas funciones, el organismo confina inmediatamente con el medio, con el exterior; son funciones que concluyen fuera del individuo, y que, por tanto, podemos llamar externas. Las secreciones digestivas son, en este sentido, no menos externas que la locomoción o la aprehensión manual, puesto que actúan sobre la realidad exterior que, en forma de alimentos, ha sido introducida en el estómago[98].

Habituados los naturalistas a considerar las funciones externas como el prototipo de la acción vitalmente útil, no sabían bien qué pensar de muchos órganos interiores cuya función no parecía rozarse directamente con el medio. Así, toda la serie de glándulas ocupadas en segregar sustancias que son absorbidas difusamente por el organismo y en él desaparecen sin tropezar en ningún punto de su trayectoria con el mundo exterior. Miradas desde la teoría en uso, tales órganos y tal función de íntimas exudaciones parecían completamente inútiles. Ahora bien: la inutilidad es el escándalo biológico, como la contradicción es el escándalo lógico.

Por razones cuyo mero enunciado prolongaría indebidamente estas páginas, la biología de la adaptación propende a considerar la vitalidad como la suma de funciones singulares relativamente independientes. Vida, sería, según esto, ver + oír + andar + digerir…, como el río es la colección de los arroyos y riberas preexistentes. Esta propensión hacía olvidar o cegarse para todos aquellos fenómenos que presentan al ser vivo funcionando integralmente, de modo que cada una de sus funciones es operación del organismo entero. No hace mucho que comenzaron los laboratorios a estudiar con mayor cuidado todos estos procesos de unidad funcional[99]. Merced a ello, se inicia una interpretación de la vida inversa de la tradicional: en lugar de aparecernos como una suma que resulta de ciertos sumandos previamente existentes, adquiere más bien el cariz de una división, esto es, de una especificación. La vitalidad es anterior y creadora de sus funciones concretas; el río es padre del arroyo[100].

Al amparo de esta tendencia, confesada tácita o aun inconsciente en muchos investigadores, se ha descubierto la profunda importancia biológica de aquellos órganos y funciones que antes parecían inútiles. No hay, por ventura, en la ciencia actual capítulo más revolucionario de las viejas concepciones que la doctrina de las secreciones internas[101]. Ahora resulta que sin esas exudaciones íntimas nada funcionaría en el ser vivo. La glándula vierte su jugo en las canales sanguiníferas, y al través de su maravillosa red, acaso también por medio del sistema nervioso, hace llegar a los lugares más apartados del cuerpo su sustancia específica, excitando la actividad de aquéllos, deprimiéndola, equilibrando y regulando cada función con el resto. Considerando la acción excitadora como la más característica, Starling ha llamado a la sustancia básica de la secreción interna «hormona», lo «incitante». He aquí, pues, que la hormona no es útil para adaptación ninguna al mundo exterior; la secreción hormonal no concluye fuera del organismo, no es tangente al medio, no vierte su influjo fuera, no es función externa; por el contrario, nace y termina en la intimidad fisiológica, vierte dentro, es función interna.

De esta sencilla averiguación ha nacido la rama más importante de la terapéutica actual, y gracias a ella la medicina se prepara a un gigantesco progreso. Ahora, para obtener el perfecto desarrollo de un órgano o la exactitud de su funcionamiento, no se atiende a él, no se actúa sobre él; antes bien, olvidándolo por completo, se acude a tratar en un plano más hondo de la fisiología esta o aquella secreción interna.

Aparte de sus aplicaciones médicas, dentro de la pura teoría biológica pertenecen las secreciones internas a la clase general de los fenómenos de regulación, que hoy van invadiendo la atención de los laboratorios. Ahora bien; frente a las funciones de adaptación y funcionamiento de los órganos representan las funciones de regulación un orden más profundo de la vitalidad, y están mucho más cerca que aquéllas de lo que he llamado vitalidad primaria. El uso que el cangrejo hace de sus pinzas es relativamente mecánico si se compara con el hecho de que ese mismo cangrejo, rota una de sus pinzas, hace nacer otra nueva en el mismo sitio de su cuerpo. Éste es un fenómeno de regeneración, la cual Driesch y otros grandes naturalistas consideran como una forma especial de la regulación[102]. Que un infusorio puesto en movimiento prosiga en la misma dirección, es relativamente mecánico en comparación con un cambio de trayectoria en ese movimiento. Jennings ha estudiado minuciosamente todas las variaciones del movimiento como casos de regulación[103]. Y así sucesivamente, porque la lista no acabaría nunca.

Pasemos ahora a la vitalidad psíquica. También ella ha padecido los mismos errores y manías que la biología corporal durante la pasada centuria. Pero no son éstos lugar ni ocasión para hacer un esquema de la historia de la psicología en los últimos ochenta años. Lo que estrechamente importa a nuestro tema es que también, al observar la vida psíquica, hallamos, por lo pronto, funciones que, sin dejar de ser psíquicas, cabe llamar externas en el sentido que arriba he fijado. La percepción proporciona una aprehensión adecuada del medio, la memoria conserva ésta, tesauriza nuestras noticias del mundo real, y las ciencias naturales, usando de aparatos mentales económicos —como la industria de sus máquinas—, amplían nuestra recepción del medio, restaurando el pasado y anticipando el porvenir. Asimismo la conciencia moral al uso adapta nuestros apetitos al contorno social, eliminando aquellas acciones nuestras que la colectividad castiga, o, cuando menos, reprueba. De este modo sabemos querer lo que, según normas objetivas —esto es, impuestas por el medio—, se debe querer.

Todas estas funciones vierten, pues, hacia fuera, confinan con el medio y son regidas por él, o directamente en vista de él.

Pero si penetramos alma adentro, hallamos estratos más profundos de vida psíquica, que no es fácil filiar como adaptaciones al medio; antes bien, parecerían audaces inadaptaciones. Y es curioso advertir, desde luego, que esa trastierra espiritual, esa fauna psíquica inadaptada, es mucho más rica, enérgica y abundante que la prudente y útil.

From 1850 to 1900, by one road or another, via Darwin or via Lamarck, one always arrived at defining essential life as an adaptation to the environment[97]. Such a mode of thinking led necessarily to attending with excessive predilection to those organic functions that operate directly upon the surrounding environment and that consist either in molding themselves to it or in transforming it. The white hair of the polar hare would be the acceptance, on its part, of the color of the snow over which it runs for millennia. On the other hand, its hocks and the speed of its running are more positive adaptations; by virtue of them the animal flees, that is, it changes a dangerous environment for a favorable one. In short: the hand, above all in man, is the exemplary organ of creative adaptation, which consists in profitably transforming the environment.

In these functions, the organism borders immediately upon the environment, upon the exterior; they are functions that end outside the individual, and that, therefore, we can call external. The digestive secretions are, in this sense, no less external than locomotion or manual apprehension, since they act upon the exterior reality that, in the form of foods, has been introduced into the stomach[98].

Habituated as the naturalists were to consider external functions as the prototype of vitally useful action, they did not know well what to think of many interior organs whose function did not seem to come directly into contact with the environment. Thus, the whole series of glands occupied in secreting substances that are absorbed diffusely by the organism and disappear in it without colliding at any point of their trajectory with the exterior world. Seen from the theory in use, such organs and such a function of intimate exudations seemed completely useless. Now then: uselessness is the biological scandal, as contradiction is the logical scandal.

For reasons whose mere enunciation would unduly prolong these pages, the biology of adaptation tends to consider vitality as the sum of singular functions relatively independent. Life would be, according to this, to see + to hear + to walk + to digest…, as the river is the collection of the pre-existing streams and banks. This propensity made one forget or blind oneself to all those phenomena that present the living being functioning integrally, so that each one of its functions is an operation of the whole organism. It was not long ago that the laboratories began to study with greater care all these processes of functional unity[99]. By virtue of this, an interpretation of life is initiated inverse to the traditional one: instead of appearing to us as a sum that results from certain pre-existing summands, it acquires rather the guise of a division, that is, of a specification. Vitality is prior and creative of its concrete functions; the river is the father of the stream[100].

Under the shelter of this tendency, confessed tacitly or even unconsciously in many investigators, there has been discovered the profound biological importance of those organs and functions that before seemed useless. There is not, perhaps, in present science a chapter more revolutionary of the old conceptions than the doctrine of the internal secretions[101]. Now it turns out that without those intimate exudations nothing would function in the living being. The gland pours its juice into the blood channels, and through their marvelous network, perhaps also by means of the nervous system, it makes its specific substance reach the most remote places of the body, exciting the activity of those, depressing it, equilibrating and regulating each function with the rest. Considering the excitatory action as the most characteristic, Starling has called the basic substance of the internal secretion “hormone”, the “incitant”. Behold, then, that the hormone is not useful for any adaptation to the exterior world; the hormonal secretion does not end outside the organism, is not tangent to the environment, does not pour its influence outside, is not an external function; on the contrary, it is born and ends in the physiological intimacy, it pours within, it is an internal function.

From this simple inquiry has been born the most important branch of present-day therapeutics, and thanks to it medicine prepares itself for a gigantic progress. Now, to obtain the perfect development of an organ or the exactness of its functioning, one does not attend to it, one does not act upon it; rather, forgetting it completely, one resorts to treating at a deeper plane of physiology this or that internal secretion.

Apart from its medical applications, within pure biological theory the internal secretions belong to the general class of the phenomena of regulation, which today are invading the attention of the laboratories. Now then; as against the functions of adaptation and functioning of the organs, the functions of regulation represent a deeper order of vitality, and are much closer than the former to what I have called primary vitality. The use that the crab makes of its pincers is relatively mechanical if compared with the fact that that same crab, once one of its pincers is broken, brings forth another new one in the same place of its body. This is a phenomenon of regeneration, which Driesch and other great naturalists consider as a special form of regulation[102]. That an infusorian set in motion should continue in the same direction is relatively mechanical in comparison with a change of trajectory in that movement. Jennings has minutely studied all the variations of movement as cases of regulation[103]. And so successively, because the list would never end.

Let us now pass to psychic vitality. It too has suffered the same errors and manias as bodily biology during the past century. But this is neither place nor occasion to make a sketch of the history of psychology in the last eighty years. What strictly matters to our theme is that also, in observing psychic life, we find, for the moment, functions that, without ceasing to be psychic, can be called external in the sense that I have fixed above. Perception provides an adequate apprehension of the environment, memory conserves it, treasures our notices of the real world, and the natural sciences, using economical mental apparatuses —like industry with its machines—, enlarge our reception of the environment, restoring the past and anticipating the future. Likewise, moral consciousness as commonly used adapts our appetites to the social surroundings, eliminating those actions of ours that the collectivity punishes, or, at least, disapproves. In this way we know how to want what, according to objective norms —that is, imposed by the environment—, one ought to want.

All these functions pour, then, outward, border upon the environment and are governed by it, or directly in view of it.

But if we penetrate deep into the soul, we find deeper strata of psychic life, which are not easy to file as adaptations to the environment; rather, they would seem bold non-adaptations. And it is curious to note, from the start, that that spiritual hinterland, that unadapted psychic fauna, is much richer, more energetic and abundant than the prudent and useful one.

Dal 1850 al 1900, per l’una o l’altra via, via Darwin o via Lamarck, si giungeva sempre a definire la vita essenziale come un adattamento al mezzo[97]. Tale modo di pensare conduceva per forza a prestare attenzione con eccessiva predilezione a quelle funzioni organiche che operano direttamente sul mezzo avvolgente e che consistono, o nell’adattarsi ad esso, o nel trasformarlo. Il pelo bianco della lepre polare sarebbe l’accettazione, da parte sua, del colore della neve su cui corre da millenni. Invece, i suoi garretti e la velocità della sua corsa sono adattamenti più positivi; mercé loro l’animale fugge, cioè, cambia un mezzo pericoloso per uno favorevole. Insomma: la mano, soprattutto nell’uomo, è l’organo esemplare dell’adattamento creatore, che consiste nel trasformare proficuamente il mezzo.

In queste funzioni, l’organismo confina immediatamente con il mezzo, con l’esterno; sono funzioni che concludono fuori dell’individuo, e che, quindi, possiamo chiamare esterne. Le secrezioni digestive sono, in questo senso, non meno esterne della locomozione o dell’apprensione manuale, posto che agiscono sulla realtà esteriore che, in forma di alimenti, è stata introdotta nello stomaco[98].

Abituati i naturalisti a considerare le funzioni esterne come il prototipo dell’azione vitalmente utile, non sapevano bene che pensare di molti organi interiori la cui funzione non sembrava sfiorare direttamente il mezzo. Così, tutta la serie di ghiandole occupate a segregare sostanze che sono assorbite diffusamente dall’organismo e in esso spariscono senza inciampare in nessun punto della loro traiettoria con il mondo esteriore. Guardati dalla teoria in uso, tali organi e tale funzione di intime essudazioni sembravano completamente inutili. Ora bene: l’inutilità è lo scandalo biologico, come la contraddizione è lo scandalo logico.

Per ragioni il cui mero enunciato prolungherebbe indebitamente queste pagine, la biologia dell’adattamento propende a considerare la vitalità come la somma di funzioni singolari relativamente indipendenti. Vita, sarebbe, secondo questo, vedere + udire + camminare + digerire…, come il fiume è la collezione dei ruscelli e rive preesistenti. Questa propensione faceva dimenticare o accecare per tutti quei fenomeni che presentano l’essere vivo funzionante integralmente, di modo che ciascuna delle sue funzioni è operazione dell’organismo intero. Non fa molto che i laboratori cominciarono a studiare con maggiore cura tutti questi processi di unità funzionale[99]. Mercé ciò, si inizia un’interpretazione della vita inversa della tradizionale: in luogo di apparirci come una somma che risulta di certi addendi preesistenti, acquista piuttosto il cariz di una divisione, cioè, di una specificazione. La vitalità è anteriore e creatrice delle sue funzioni concrete; il fiume è padre del ruscello[100].

All’amparo di questa tendenza, confessata tacita o ancora inconscia in molti ricercatori, si è scoperta la profonda importanza biologica di quegli organi e funzioni che prima sembravano inutili. Non c’è, per ventura, nella scienza attuale capitolo più rivoluzionario delle vecchie concezioni che la dottrina delle secrezioni interne[101]. Ora risulta che senza quelle intime essudazioni nulla funzionerebbe nell’essere vivo. La ghiandola versa il suo succo nei canali sanguiniferi, e attraverso la sua meravigliosa rete, forse anche per mezzo del sistema nervoso, fa giungere ai luoghi più remoti del corpo la sua sostanza specifica, eccitando l’attività di quelli, deprimendola, equilibrando e regolando ogni funzione con il resto. Considerando l’azione eccitatrice come la più caratteristica, Starling ha chiamato alla sostanza base della secrezione interna «ormone», l’«incitante». Ecco, dunque, che l’ormone non è utile per adattamento nessuno al mondo esteriore; la secrezione ormonale non conclude fuori dell’organismo, non è tangente al mezzo, non versa il suo influsso fuori, non è funzione esterna; al contrario, nasce e termina nell’intimità fisiologica, versa dentro, è funzione interna.

Di questa semplice indagine è nato il ramo più importante della terapeutica attuale, e grazie ad essa la medicina si prepara a un gigantesco progresso. Ora, per ottenere il perfetto sviluppo di un organo o l’esattezza del suo funzionamento, non si attende ad esso, non si agisce su di esso; anzi, dimenticandolo per completo, si accorre a trattare in un piano più profondo della fisiologia questa o quella secrezione interna.

A parte delle sue applicazioni mediche, dentro la pura teoria biologica appartengono le secrezioni interne alla classe generale dei fenomeni di regolazione, che oggi vanno invadendo l’attenzione dei laboratori. Ora bene; di fronte alle funzioni di adattamento e funzionamento degli organi rappresentano le funzioni di regolazione un ordine più profondo della vitalità, e stanno molto più vicino di quelle a ciò che ho chiamato vitalità primaria. L’uso che il granchio fa delle sue chele è relativamente meccanico se si confronta con il fatto che quello stesso granchio, rotta una delle sue chele, fa nascere un’altra nuova nello stesso luogo del suo corpo. Questo è un fenomeno di rigenerazione, la quale Driesch e altri grandi naturalisti considerano come una forma speciale della regolazione[102]. Che un infusorio messo in movimento prosegua nella stessa direzione, è relativamente meccanico in confronto a un cambiamento di traiettoria in quel movimento. Jennings ha studiato minuziosamente tutte le variazioni del movimento come casi di regolazione[103]. E così successivamente, perché la lista non finirebbe mai.

Passiamo ora alla vitalità psichica. Anche essa ha patito gli stessi errori e manie che la biologia corporale durante il passato secolo. Ma non sono questi luogo né occasione per fare uno schema della storia della psicologia negli ultimi ottanta anni. Ciò che strettamente importa al nostro tema è che anche, osservando la vita psichica, troviamo, per il momento, funzioni che, senza cessare di essere psichiche, si possono chiamare esterne nel senso che sopra ho fissato. La percezione fornisce un’apprensione adeguata del mezzo, la memoria conserva questa, tesaurizza le nostre notizie del mondo reale, e le scienze naturali, usando di apparati mentali economici —come l’industria delle sue macchine—, ampliano la nostra ricezione del mezzo, restaurando il passato e anticipando l’avvenire. Allo stesso modo la coscienza morale all’uso adatta i nostri appetiti al contorno sociale, eliminando quelle azioni nostre che la collettività castiga, o, quando meno, riprova. In questo modo sappiamo volere ciò che, secondo norme oggettive —cioè, imposte dal mezzo—, si deve volere.

Tutte queste funzioni versano, dunque, verso fuori, confinano con il mezzo e sono rette da esso, o direttamente in vista di esso.

Ma se penetriamo anima addentro, troviamo strati più profondi di vita psichica, che non è facile affiliare come adattamenti al mezzo; anzi, sembrerebbero audaci inadattamenti. Ed è curioso avvertire, senz’altro, che quella retroterra spirituale, quella fauna psichica inadattata, è molto più ricca, energica e abbondante che la prudente e utile.