Ortega y Gasset
Abstract
A New Year article on the duality between the formal, reasoning person and a naive ‘I’, puerile or savage, that fears Tuesday the 13th and trusts hunches. It cites Plato: the rational man cannot fear death, but he always carries a child inside, and it is that child that fears; the same child lends magic importance to New Year’s Day, a division of time that is our own invention.
Connections
Assi: Tempo e morte
Concetti: morte, tempo
Figure: Platone
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Como de un clavo clavado en el aire pende todo el año del día de año nuevo. Al menos así nos lo parece cuando en una hora de debilidad dejamos que se oiga dentro de nosotros la vocecilla tímida de un personaje íntimo que todos llevamos dentro, y al cual ni concedemos autoridad para que nos guíe al través de la vida, ni logramos arrojar de nuestra personalidad. ¿No es cierto, lector, que has notado dentro de ti la presencia de ese personaje que llamaremos el yo ingenuo? ¿No has notado mil veces que aquella tu persona que vive en sociedad, que se ocupa de los negocios o hace política, que se exterioriza en la conversación, que aprende y cultiva una ciencia, que obra en virtud de razonamientos, no es tu única persona? Bajo aquélla, como ahogada y retenida por ella, hace su vida latente un yo que no sabemos bien si calificar de pueril o de salvaje. Tiene de lo uno y de lo otro la nota característica de no ser, por así decirlo, una persona formal, que se rija por razones. Tu persona formal sabe muy bien que la coincidencia de un martes con la fecha trece es por completo indiferente y, sin embargo, tu persona pueril sufre un extraño encogimiento. Tu persona formal se hace cargo de que no debe darse en la vida de los negocios un paso sin previa deliberación, sin sopesar las probabilidades claras de éxito, guiándose sólo de los datos y circunstancias evidentes; pues, no obstante, tu persona pueril quiere decidirse por lo que llamamos corazonadas. Cuando te conviene relacionarte con otro hombre, a lo mejor, tu yo pueril siente una infundada pero indomable antipatía hacia este hombre. Cuando la acción social, los negocios o la lucha de partidos te obliga a desarrollar tu máxima energía, ocurre tal vez que tu yo díscolo decide tumbarse a la bartola, sentir como un deseo de dormir. Esta dualidad podía ser hallada en cosas imnumerables; pero baste con lo dicho. No hay duda que vivimos por partida doble y que dentro de nuestra personalidad razonable llevamos prisionera otra absolutamente caprichosa, pueril o salvaje pero, queramos o no, la más íntima, la más espontánea. ¿Quién que acostumbre a observarse a sí mismo no se halla a toda hora sorprendido por las tonterías que le pasan por la cabeza, los deseos infantiles, las fantasías y ensueños absurdos que parecen manar de una fontecilla interior y secreta, abierta en lo más hondo de nuestra alma?
Los psicólogos modernos no han tenido firmeza bastante para acertar a ocuparse de este fenómeno, tan general, que yo dudo mucho falte en hombre alguno. Platón, en cambio, que tenía una tercera oreja sutilísima vuelta hacia su corazón, oía muy bien los ruidos que hace ese menudo e inquieto personaje y así decía, por ejemplo: «Para temer a la muerte no hay razón alguna; porque si el alma es inmortal no hay tal muerte y no perdemos nada al parecer que morimos; y si al morir todo se acaba, entonces no sentimos nada ni echamos de menos nada ni nos dolerá nada. Como el hombre es un ser razonable, no puede temer, en consecuencia, a la muerte. Lo malo es que el hombre lleva dentro siempre un niño y este niño interno es el que teme a la muerte».
Pues este mismo niño es quien nos hace pensar con una extraña inquietud en el día primero del año y da a esta fecha una mágica importancia. Vano será que le digamos cómo somos nosotros quienes libérrimamente hemos puesto divisiones en el tiempo que fluye siempre igual a sí mismo, como un río imperecedero y exento de crecidas o sequías. El año y, por consiguiente, el día primero de año son invenciones nuestras que traen sin cuidado a la realidad.
Todas estas advertencias son inútiles. Queramos o no, el día primero de año se nos presenta como el primero de una nueva serie, como el hermano mayor de una nueva familia de días y sentimos un anhelo inmenso por descubrir en su rostro los rasgos comunes a toda esa familia desconocida. ¿Traerá para nosotros favor u hostilidad? —nos preguntamos. Los trescientos sesenta y cinco días se nos presentan condensados de una vez en este primer día, como esas cajas japonesas que llevan dentro otra y en ésta otra y así un gran número de ellas, de suerte que al abrir la mayor nos parece abrir ciento.
Y yo diría que en este caso es nuestro yo pueril más razonable de lo que a primera vista puede creerse. La mitad de nuestro espíritu vive proyectada sobre el futuro, mientras la otra mitad se vuelve como la mujer de Loth hacia el pasado. El presente es sólo una línea ideal, el bisel donde lo venidero y lo pretérito se cortan. Y es el caso que, por una parte, estamos mejor dotados para conservar lo que fue que para prever el porvenir, mientras por otra, nos importa mucho más éste que aquello. ¿No es esto injusto? El pasado nos ocupa más, pero el futuro nos preocupa más. Nuestra vida es un raro mecanismo de reminiscencias y de esperanzas. En este mecanismo las reminiscencias sirven sólo de punto de apoyo para que den su arrancada las esperanzas, las cuales son de dos castas: unas blancas, los deseos, otras negras, los temores. Deseos y temores son en cada instante de nuestra vida espiritual, como innúmeras manos implorantes, como tentáculos psíquicos que de nuestra alma salen y anhelosos quieren palpar el porvenir.
Ahora bien, este porvenir sólo existe para nosotros bajo la especie de lo deseado o lo temido. No lo conocemos, no podemos dominarlo. Es un ser misterioso que no da la cara, pero influye en nuestra vida mucho más que el pasado. Sería menos cruel —¿no es cierto?— que pues no lo conocemos no existiera para nosotros; pero ahí está, que no lo conocemos y sin embargo, lo deseamos o lo tememos. La ciencia no logra prever más que eclipses de sol o cosas parecidas, hechos tan generales que, en verdad, no nos importan como individuos. Necesitaríamos saber por anticipado, no que va a ocurrir un eclipse de sol sino lo que ese eclipse de sol u otros sucesos análogos del universo van a acarrearnos a cada uno. El futuro que nos preocupa es el nuestro, no el futuro del sol.
La ciencia, y, en general, el razonamiento, quedan un poco en ridículo ante nuestra preocupación del porvenir. Pues lo más que pueden hacer es mostrarnos las consecuencias probables que el pasado y el presente traerán, si nada nuevo interviene. Pero el futuro nos importa demasiado seriamente para que nos contentemos con probabilidades. No: necesitamos previsiones seguras con que calmemos todas esas manos de nuestra alma que avanzan en la tiniebla hacia el porvenir. Y como el razonamiento no las proporciona, el yo pueril, el yo irrazonable, aprovecha la ocasión para imponerse al otro, y, en este asunto del tiempo venidero, resulta ser el que tiene razón, precisamente porque nadie la tiene.
Por ello, en este día primero de año, debíamos todos celebrar como el santo de nuestro niño interior. Porque en ese día todos nos preguntamos: ¿qué me pasará a mí este año? Y como nadie puede dar una respuesta razonada; como la razón es una vieja harta de recuerdos, que sabe todo lo viejo, todo lo sido, pero ciega para lo nuevo y por venir, entran en sus derechos las corazonadas, las sospechas pueriles, las llamadas supersticiones del menudo salvaje interior.
Para él, el primero de enero es la anticipación de todo el año; es la fiesta del tiempo, si ustedes quieren; el día en que todos los días vienen a celebrar su «día». En él están anticipados todos los del año; por única vez nos parece que se encuentran juntos apretando sus miles de horas en las veinticuatro de esta jornada. Es la fiesta; la fiesta de los hermanos anuales: un momento de confusión y mezcolanza en que todo anda junto e indistinto; lo bueno y lo malo; el hielo y la canícula. Luego tendrán que separarse para siempre, ponerse en una larguísima hilera y venir uno a uno, cada cual con su odrecillo a la espalda, cargado de dolor o de placer, para descargarlo sobre nuestro corazón, donde viven juntos, quieran o no, nuestra persona formal y nuestro niño íntimo, salvaje, ingenuo y supersticioso.
¿Qué pasará, qué nos pasará este año? El mundo está triste, la humanidad acongojada como pocas veces a lo largo de toda su historia. La guerra, dondequiera, no ha hecho sino sembrar pesimismo en las entrañas. Aquí, allá podrá resonar una voz de aparente alborozo: la vanidad, el odio o el interés se entretienen en esa ficción de regocijo. En el fondo, el vanidoso, el rencoroso y el interesado, sienten la misma desolación cordial que el humilde, el amoroso y el indiferente.
As from a nail driven into the air hangs the whole year from New Year’s day. At least so it seems to us when, in an hour of weakness, we let be heard within us the timid little voice of an intimate character that we all carry inside, and to whom we neither grant authority to guide us through life, nor manage to cast out of our personality. Is it not true, reader, that you have noticed within you the presence of that character whom we shall call the naive self? Have you not noticed a thousand times that that your person that lives in society, that occupies itself with business or does politics, that exteriorizes itself in conversation, that learns and cultivates a science, that acts by virtue of reasonings, is not your only person? Beneath that one, as if drowned and restrained by it, a self lives its latent life of which we do not know well whether to qualify as puerile or savage. It has from the one and the other the characteristic note of not being, so to speak, a formal person, that is governed by reasons. Your formal person knows very well that the coincidence of a Tuesday with the date thirteen is completely indifferent and, nevertheless, your puerile person suffers a strange shrinking. Your formal person takes account that one must not take in the life of business a step without previous deliberation, without weighing the clear probabilities of success, being guided only by the evident data and circumstances; since, nonetheless, your puerile person wants to decide for what we call hunches. When it suits you to relate to another man, maybe, your puerile self feels an unfounded but indomitable antipathy toward this man. When social action, business or the struggle of parties obliges you to develop your maximum energy, it happens perhaps that your unruly self decides to lie down lazily, to feel like a desire to sleep. This duality could be found in innumerable things; but let what has been said suffice. There is no doubt that we live by double entry and that within our reasonable personality we carry prisoner another absolutely capricious, puerile or savage but, whether we want or not, the most intimate, the most spontaneous. Who, being wont to observe himself, does not find himself at every hour surprised by the stupidities that pass through his head, the infantile desires, the fantasies and absurd reveries that seem to flow from a small inner and secret fountain, opened in the deepest part of our soul?
Modern psychologists have not had enough firmness to succeed in occupying themselves with this phenomenon, so general, that I very much doubt it is lacking in any man. Plato, on the other hand, who had a third, most subtle ear turned toward his heart, heard very well the noises that that minute and restless character makes and thus said, for example: “To fear death there is no reason; because if the soul is immortal there is no such death and we lose nothing in seeming that we die; and if in dying everything ends, then we feel nothing nor miss anything nor will anything hurt us. As man is a reasonable being, he cannot fear, consequently, death. The bad thing is that man always carries within a child and this inner child is the one that fears death.”
Well, this same child is the one who makes us think with a strange restlessness about the first day of the year and gives to this date a magical importance. Vain it will be that we tell him how we are the ones who freely have placed divisions in time that flows always equal to itself, like an imperishable river exempt from floods or droughts. The year and, consequently, the first day of the year are our inventions that leave reality untroubled.
All these warnings are useless. Whether we want or not, the first day of the year presents itself to us as the first of a new series, as the elder brother of a new family of days and we feel an immense yearning to discover in its face the traits common to all that unknown family. Will it bring for us favor or hostility? —we ask ourselves. The three hundred sixty-five days present themselves to us condensed all at once in this first day, like those Japanese boxes that carry within another and in this one another and thus a great number of them, so that in opening the largest it seems to us we open a hundred.
And I would say that in this case our puerile self is more reasonable than at first sight may be believed. Half of our spirit lives projected upon the future, while the other half turns like Lot’s wife toward the past. The present is only an ideal line, the bevel where the coming and the past are cut. And it is the case that, on one hand, we are better endowed for conserving what was than for foreseeing the future, while on the other, the latter matters to us much more than the former. Is not this unjust? The past occupies us more, but the future worries us more. Our life is a strange mechanism of reminiscences and hopes. In this mechanism the reminiscences serve only as a point of support so that the hopes may take their start, which are of two castes: some white, the desires, others black, the fears. Desires and fears are in each instant of our spiritual life like innumerable imploring hands, like psychic tentacles that come out of our soul and yearningly want to touch the future.
Now then, this future exists for us only under the species of the desired or the feared. We do not know it, we cannot dominate it. It is a mysterious being that does not show its face, but influences our life much more than the past. It would be less cruel —is it not true?— that since we do not know it it should not exist for us; but there it is, that we do not know it and nevertheless, we desire it or fear it. Science does not manage to foresee more than eclipses of the sun or similar things, facts so general that, in truth, they do not matter to us as individuals. We would need to know in advance, not that an eclipse of the sun will happen but what that eclipse of the sun or other analogous events of the universe will bring to each one of us. The future that worries us is ours, not the future of the sun.
Science, and, in general, reasoning, remain a little ridiculous before our preoccupation with the future. For the most they can do is show us the probable consequences that the past and present will bring, if nothing new intervenes. But the future matters to us too seriously for us to content ourselves with probabilities. No: we need sure forecasts with which to calm all those hands of our soul that advance in the darkness toward the future. And as reasoning does not provide them, the puerile self, the unreasonable self, takes advantage of the occasion to impose itself upon the other, and, in this business of the coming time, turns out to be the one that is right, precisely because no one is.
Therefore, on this first day of the year, we should all celebrate as the name day of our inner child. Because on that day we all ask ourselves: what will happen to me this year? And as no one can give a reasoned answer; as reason is an old woman sated with memories, who knows all that is old, all that has been, but blind to what is new and coming, the hunches, the puerile suspicions, the so-called superstitions of the little inner savage enter into their rights.
For him, the first of January is the anticipation of the whole year; it is the feast of time, if you will; the day on which all the days come to celebrate their “day”. In it are anticipated all those of the year; for the only time it seems to us that they find themselves together pressing their thousands of hours into the twenty-four of this day. It is the feast; the feast of the annual brothers: a moment of confusion and medley in which everything goes together and indistinct; the good and the bad; the ice and the dog days. Then they will have to separate forever, put themselves in a very long row and come one by one, each one with his little skin of wine on his back, laden with pain or pleasure, to unload it upon our heart, where they live together, whether they want or not, our formal person and our intimate child, savage, naive and superstitious.
What will happen, what will happen to us this year? The world is sad, humanity anguished as rarely in the course of all its history. The war, everywhere, has done nothing but sow pessimism in our entrails. Here, there a voice of apparent rejoicing may resound: vanity, hatred or interest amuse themselves in that fiction of gladness. At bottom, the vain, the spiteful and the self-interested feel the same cordial desolation as the humble, the loving and the indifferent.
Come da un chiodo piantato nell’aria pende tutto l’anno dal giorno di anno nuovo. Almeno così ci sembra quando in un’ora di debolezza lasciamo che si oda dentro di noi la vocina timida di un personaggio intimo che tutti portiamo dentro, e al quale né concediamo autorità perché ci guidi attraverso la vita, né riusciamo a scacciare dalla nostra personalità. Non è vero, lettore, che hai notato dentro di te la presenza di quel personaggio che chiameremo l’io ingenuo? Non hai notato mille volte che quella tua persona che vive in società, che si occupa dei negozi o fa politica, che si esteriorizza nella conversazione, che apprende e coltiva una scienza, che opera in virtù di ragionamenti, non è la tua unica persona? Sotto quella, come soffocato e trattenuto da essa, fa la sua vita latente un io che non sappiamo bene se qualificare di puerile o di selvaggio. Ha dell’uno e dell’altro la nota caratteristica di non essere, per così dire, una persona formale, che si regga per ragioni. La tua persona formale sa molto bene che la coincidenza di un martedì con la data tredici è per completo indifferente e, tuttavia, la tua persona puerile soffre uno strano rimpicciolimento. La tua persona formale si fa carico che non deve darsi nella vita dei negozi un passo senza previa deliberazione, senza soppesare le probabilità chiare di successo, guidandosi soltanto dei dati e circostanze evidenti; poiché, nonostante ciò, la tua persona puerile vuole decidersi per ciò che chiamiamo corazonate. Quando ti conviene relazionarti con un altro uomo, magari, il tuo io puerile sente un’infondata ma indomabile antipatia verso quest’uomo. Quando l’azione sociale, i negozi o la lotta di partiti ti obbliga a sviluppare la tua massima energia, accade forse che il tuo io indisciplinato decida di sdraiarsi alla bartola, sentire come un desiderio di dormire. Questa dualità potrebbe essere trovata in cose innumerevoli; ma basti con quanto detto. Non c’è dubbio che viviamo per partita doppia e che dentro la nostra personalità ragionevole portiamo prigioniera un’altra assolutamente capricciosa, puerile o selvaggia ma, vogliamo o no, la più intima, la più spontanea. Chi, che usi osservarsi a sé stesso, non si trova a ogni ora sorpreso dalle sciocchezze che gli passano per la testa, i desideri infantili, le fantasie e sogni assurdi che sembrano sgorgare da una fonte interiore e segreta, aperta nella parte più profonda della nostra anima?
I psicologi moderni non hanno avuto fermezza abbastanza per riuscire a occuparsi di questo fenomeno, tanto generale, che io dubito molto manchi in uomo alcuno. Platone, invece, che aveva una terza orecchia sottilissima rivolta verso il suo cuore, udiva molto bene i rumori che fa quel minuto e inquieto personaggio e così diceva, per esempio: «Per temere la morte non c’è ragione alcuna; perché se l’anima è immortale non c’è tale morte e non perdiamo nulla nel sembrare che moriamo; e se morendo tutto si finisce, allora non sentiamo nulla né rimpiangiamo nulla né ci duole nulla. Come l’uomo è un essere ragionevole, non può temere, in conseguenza, la morte. La brutta cosa è che l’uomo porta dentro sempre un bambino e questo bambino interno è quello che teme la morte».
Poi questo stesso bambino è colui che ci fa pensare con una strana inquietudine al giorno primo dell’anno e dà a questa data una magica importanza. Vano sarà che gli diciamo come siamo noi coloro che liberamente abbiamo posto divisioni nel tempo che fluisce sempre uguale a sé stesso, come un fiume imperituro ed esente da crescite o siccità. L’anno e, per conseguenza, il giorno primo dell’anno sono invenzioni nostre che non riguardano la realtà.
Tutti questi avvertimenti sono inutili. Vogliamo o no, il giorno primo dell’anno ci si presenta come il primo di una nuova serie, come il fratello maggiore di una nuova famiglia di giorni e sentiamo un anelito immenso per scoprire nel suo volto i tratti comuni a tutta quella famiglia sconosciuta. Porterà per noi favore o ostilità? —ci domandiamo. I trecentosessantacinque giorni ci si presentano condensati di una volta in questo primo giorno, come quelle scatole giapponesi che portano dentro un’altra e in questa un’altra e così un gran numero di esse, di maniera che aprendo la maggiore ci sembra aprire cento.
E io direi che in questo caso è il nostro io puerile più ragionevole di quanto a prima vista possa credersi. La metà del nostro spirito vive proiettata sul futuro, mentre l’altra metà si volge come la moglie di Loth verso il passato. Il presente è soltanto una linea ideale, il bisello dove il venturo e il pretérito si tagliano. Ed è il caso che, da una parte, siamo meglio dotati per conservare ciò che fu che per prevedere l’avvenire, mentre dall’altra, ci importa molto più questo di quello. Non è questo ingiusto? Il passato ci occupa di più, ma il futuro ci preoccupa di più. La nostra vita è un raro meccanismo di reminiscenze e di speranze. In questo meccanismo le reminiscenze servono soltanto di punto di appoggio perché diano la loro scattata le speranze, le quali sono di due caste: une bianche, i desideri, altre nere, i timori. Desideri e timori sono in ogni istante della nostra vita spirituale, come innumerevoli mani imploranti, come tentacoli psichici che dalla nostra anima escono e anelanti vogliono palpare l’avvenire.
Ora bene, questo avvenire esiste soltanto per noi sotto la specie del desiderato o del temuto. Non lo conosciamo, non possiamo dominarlo. È un essere misterioso che non dà la faccia, ma influisce nella nostra vita molto più che il passato. Sarebbe meno crudele —non è vero?— che poiché non lo conosciamo non esistesse per noi; ma eccolo lì, che non lo conosciamo e tuttavia, lo desideriamo o lo temiamo. La scienza non riesce a prevedere più che eclissi di sole o cose simili, fatti tanto generali che, in verità, non ci importano come individui. Necessiteremmo sapere per anticipato, non che accadrà un’eclissi di sole ma ciò che quell’eclissi di sole o altri successi analoghi dell’universo porteranno a ciascuno di noi. Il futuro che ci preoccupa è il nostro, non il futuro del sole.
La scienza, e, in generale, il ragionamento, restano un poco in ridicolo davanti alla nostra preoccupazione dell’avvenire. Poi il massimo che possono fare è mostrarci le conseguenze probabili che il passato e il presente porteranno, se nulla di nuovo interviene. Ma il futuro ci importa troppo seriamente perché ci contentiamo con probabilità. No: necessitiamo previsioni sicure con cui calmiamo tutte quelle mani della nostra anima che avanzano nella tenebra verso l’avvenire. E come il ragionamento non le fornisce, l’io puerile, l’io irragionevole, approfitta l’occasione per imporsi all’altro, e, in questo affare del tempo venturo, risulta essere quello che ha ragione, precisamente perché nessuno ce l’ha.
Per ciò, in questo giorno primo dell’anno, dovremmo tutti celebrare come l’onomastico del nostro bambino interiore. Perché in quel giorno tutti ci domandiamo: che mi accadrà a me quest’anno? E come nessuno può dare una risposta ragionata; come la ragione è una vecchia sazia di ricordi, che sa tutto il vecchio, tutto il stato, ma cieca per il nuovo e venturo, entrano nei loro diritti le corazonate, i sospetti puerili, le chiamate superstizioni del minuto selvaggio interiore.
Per lui, il primo di gennaio è l’anticipazione di tutto l’anno; è la festa del tempo, se volete; il giorno in cui tutti i giorni vengono a celebrare il loro «giorno». In esso sono anticipati tutti quelli dell’anno; per unica volta ci sembra che si trovino insieme stringendo le loro migliaia di ore nelle ventiquattro di questa giornata. È la festa; la festa dei fratelli annuali: un momento di confusione e mescolanza in cui tutto sta insieme e indistinto; il buono e il cattivo; il gelo e la canicola. Poi avranno da separarsi per sempre, mettersi in una lunghissima fila e venire uno a uno, ciascuno con il suo otre sulla schiena, carico di dolore o di piacere, per scaricarlo sul nostro cuore, dove vivono insieme, vogliano o no, la nostra persona formale e il nostro bambino intimo, selvaggio, ingenuo e superstizioso.
Che accadrà, che ci accadrà quest’anno? Il mondo è triste, l’umanità angosciata come poche volte nel corso di tutta la sua storia. La guerra, dovunque, non ha fatto che seminare pessimismo nelle viscere. Qui, là potrà risuonare una voce di apparente allegrezza: la vanità, l’odio o l’interesse si divertono in quella finzione di giubilo. In fondo, il vanitoso, il rancoroso e l’interessato, sentono la stessa desolazione cordiale che l’umile, l’amoroso e l’indifferente.
Para encontrar una tristeza igual sobre el haz de Europa, habría que retornar al siglo X, cuando, poco antes del año mil, las gentes temieron que llegase el fin del mundo. Las doctrinas del milenio dieron lugar a la leyenda de los famosos terrores milenarios. Aunque hoy se sepa que esos terrores no adquirieron el valor pintoresco que se suponía, se sabe también que hambres, plagas, la horrible peste del fuego ardiente sobre todo, las guerras, la falta de ideales supremos y un enorme cansancio universal, apretaron amargamente los corazones. Y las gentes donaban sus bienes a los conventos en escrituras que comenzaban así: Appropinquante termino mundi.
Así, ahora, han coincidido el desamparo en que vivimos de principios optimistas, que empujen a la vida, con la patentización de los odios, rencores y limitaciones que, medio ocultos, llevamos los hombres dentro.
Afortunadamente, el niño interior que se inquieta ante el primero de año, sólo tiene razón cuando nadie, ni siquiera él la tiene. Su pesimismo es como su optimismo, injustificado. Nacerán otros días y el sol mandará desde el horizonte su sonrisa universal sobre el haz de la tierra.
Pero ello es que ayer, cuando, no mi yo pueril, sino mi hijo carnal me preguntaba: Padre, ¿y qué es el mundo?, yo no supe responderle más que esto: «Hijo mío, el mundo es una cosa muy grande que tiene dentro muchas cosas pequeñas».
La Ilustración Española y Americana, 30 de diciembre de 1915
To find an equal sadness over the face of Europe, one would have to return to the tenth century, when, shortly before the year one thousand, people feared that the end of the world was at hand. The doctrines of the millennium gave rise to the legend of the famous millennial terrors. Although it is now known that those terrors never acquired the picturesque value that was supposed, it is also known that famines, plagues, above all the horrible plague of the burning fire, the wars, the lack of supreme ideals, and an enormous universal weariness bitterly oppressed men’s hearts. And people donated their goods to the convents in deeds that began thus: Appropinquante termino mundi.
Thus, now, the helplessness in which we live, bereft of optimistic principles that push life forward, has coincided with the manifestation of the hatreds, resentments, and limitations that, half-concealed, we men carry within us.
Fortunately, the inner child who grows restless before the first of the year is right only when no one, not even he, is. His pessimism is like his optimism, unjustified. Other days will be born, and the sun will send from the horizon its universal smile over the face of the earth.
But the fact is that yesterday, when, not my puerile self, but my carnal son asked me: Father, and what is the world?, I could answer him nothing more than this: «My son, the world is a very big thing that has inside it many little things».
La Ilustración Española y Americana, December 30, 1915
Per trovare una tristezza uguale sulla faccia d’Europa, bisognerebbe tornare al secolo X, quando, poco prima dell’anno mille, le genti temettero che giungesse la fine del mondo. Le dottrine del millennio diedero origine alla leggenda dei famosi terrori millenaristi. Benché oggi si sappia che quei terrori non acquistarono il valore pittoresco che si supponeva, si sa anche che carestie, pestilenze, soprattutto la orribile peste del fuoco ardente, le guerre, la mancanza di ideali supremi e un enorme stanchezza universale strinsero amaramente i cuori. E le genti donavano i loro beni ai conventi in scritture che cominciavano così: Appropinquante termino mundi.
Così, ora, sono coincisi l’abbandono in cui viviamo, di principi ottimisti che spingano la vita, con la palesarsi degli odii, dei rancori e delle limitazioni che, mezzo nascosti, portiamo gli uomini dentro di sé.
Per fortuna, il bambino interiore che si inquieta davanti al primo dell’anno ha ragione soltanto quando nessuno, nemmeno lui, ce l’ha. Il suo pessimismo è come il suo ottimismo, ingiustificato. Nasceranno altri giorni e il sole manderà dall’orizzonte il suo sorriso universale sulla faccia della terra.
Ma il fatto è che ieri, quando, non il mio io puerile, ma mio figlio carnale mi domandava: Padre, e che cos’è il mondo?, io non seppi rispondergli altro che questo: «Figlio mio, il mondo è una cosa molto grande che ha dentro molte cose piccole».
La Ilustración Española y Americana, 30 dicembre 1915