Abstract

A New Year article on the duality between the formal, reasoning person and a naive ‘I’, puerile or savage, that fears Tuesday the 13th and trusts hunches. It cites Plato: the rational man cannot fear death, but he always carries a child inside, and it is that child that fears; the same child lends magic importance to New Year’s Day, a division of time that is our own invention.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Como de un clavo clavado en el aire pende todo el año del día de año nuevo. Al menos así nos lo parece cuando en una hora de debilidad dejamos que se oiga dentro de nosotros la vocecilla tímida de un personaje íntimo que todos llevamos dentro, y al cual ni concedemos autoridad para que nos guíe al través de la vida, ni logramos arrojar de nuestra personalidad. ¿No es cierto, lector, que has notado dentro de ti la presencia de ese personaje que llamaremos el yo ingenuo? ¿No has notado mil veces que aquella tu persona que vive en sociedad, que se ocupa de los negocios o hace política, que se exterioriza en la conversación, que aprende y cultiva una ciencia, que obra en virtud de razonamientos, no es tu única persona? Bajo aquélla, como ahogada y retenida por ella, hace su vida latente un yo que no sabemos bien si calificar de pueril o de salvaje. Tiene de lo uno y de lo otro la nota característica de no ser, por así decirlo, una persona formal, que se rija por razones. Tu persona formal sabe muy bien que la coincidencia de un martes con la fecha trece es por completo indiferente y, sin embargo, tu persona pueril sufre un extraño encogimiento. Tu persona formal se hace cargo de que no debe darse en la vida de los negocios un paso sin previa deliberación, sin sopesar las probabilidades claras de éxito, guiándose sólo de los datos y circunstancias evidentes; pues, no obstante, tu persona pueril quiere decidirse por lo que llamamos corazonadas. Cuando te conviene relacionarte con otro hombre, a lo mejor, tu yo pueril siente una infundada pero indomable antipatía hacia este hombre. Cuando la acción social, los negocios o la lucha de partidos te obliga a desarrollar tu máxima energía, ocurre tal vez que tu yo díscolo decide tumbarse a la bartola, sentir como un deseo de dormir. Esta dualidad podía ser hallada en cosas imnumerables; pero baste con lo dicho. No hay duda que vivimos por partida doble y que dentro de nuestra personalidad razonable llevamos prisionera otra absolutamente caprichosa, pueril o salvaje pero, queramos o no, la más íntima, la más espontánea. ¿Quién que acostumbre a observarse a sí mismo no se halla a toda hora sorprendido por las tonterías que le pasan por la cabeza, los deseos infantiles, las fantasías y ensueños absurdos que parecen manar de una fontecilla interior y secreta, abierta en lo más hondo de nuestra alma?

Los psicólogos modernos no han tenido firmeza bastante para acertar a ocuparse de este fenómeno, tan general, que yo dudo mucho falte en hombre alguno. Platón, en cambio, que tenía una tercera oreja sutilísima vuelta hacia su corazón, oía muy bien los ruidos que hace ese menudo e inquieto personaje y así decía, por ejemplo: «Para temer a la muerte no hay razón alguna; porque si el alma es inmortal no hay tal muerte y no perdemos nada al parecer que morimos; y si al morir todo se acaba, entonces no sentimos nada ni echamos de menos nada ni nos dolerá nada. Como el hombre es un ser razonable, no puede temer, en consecuencia, a la muerte. Lo malo es que el hombre lleva dentro siempre un niño y este niño interno es el que teme a la muerte».

Pues este mismo niño es quien nos hace pensar con una extraña inquietud en el día primero del año y da a esta fecha una mágica importancia. Vano será que le digamos cómo somos nosotros quienes libérrimamente hemos puesto divisiones en el tiempo que fluye siempre igual a sí mismo, como un río imperecedero y exento de crecidas o sequías. El año y, por consiguiente, el día primero de año son invenciones nuestras que traen sin cuidado a la realidad.

Todas estas advertencias son inútiles. Queramos o no, el día primero de año se nos presenta como el primero de una nueva serie, como el hermano mayor de una nueva familia de días y sentimos un anhelo inmenso por descubrir en su rostro los rasgos comunes a toda esa familia desconocida. ¿Traerá para nosotros favor u hostilidad? —nos preguntamos. Los trescientos sesenta y cinco días se nos presentan condensados de una vez en este primer día, como esas cajas japonesas que llevan dentro otra y en ésta otra y así un gran número de ellas, de suerte que al abrir la mayor nos parece abrir ciento.

Y yo diría que en este caso es nuestro yo pueril más razonable de lo que a primera vista puede creerse. La mitad de nuestro espíritu vive proyectada sobre el futuro, mientras la otra mitad se vuelve como la mujer de Loth hacia el pasado. El presente es sólo una línea ideal, el bisel donde lo venidero y lo pretérito se cortan. Y es el caso que, por una parte, estamos mejor dotados para conservar lo que fue que para prever el porvenir, mientras por otra, nos importa mucho más éste que aquello. ¿No es esto injusto? El pasado nos ocupa más, pero el futuro nos preocupa más. Nuestra vida es un raro mecanismo de reminiscencias y de esperanzas. En este mecanismo las reminiscencias sirven sólo de punto de apoyo para que den su arrancada las esperanzas, las cuales son de dos castas: unas blancas, los deseos, otras negras, los temores. Deseos y temores son en cada instante de nuestra vida espiritual, como innúmeras manos implorantes, como tentáculos psíquicos que de nuestra alma salen y anhelosos quieren palpar el porvenir.

Ahora bien, este porvenir sólo existe para nosotros bajo la especie de lo deseado o lo temido. No lo conocemos, no podemos dominarlo. Es un ser misterioso que no da la cara, pero influye en nuestra vida mucho más que el pasado. Sería menos cruel —¿no es cierto?— que pues no lo conocemos no existiera para nosotros; pero ahí está, que no lo conocemos y sin embargo, lo deseamos o lo tememos. La ciencia no logra prever más que eclipses de sol o cosas parecidas, hechos tan generales que, en verdad, no nos importan como individuos. Necesitaríamos saber por anticipado, no que va a ocurrir un eclipse de sol sino lo que ese eclipse de sol u otros sucesos análogos del universo van a acarrearnos a cada uno. El futuro que nos preocupa es el nuestro, no el futuro del sol.

La ciencia, y, en general, el razonamiento, quedan un poco en ridículo ante nuestra preocupación del porvenir. Pues lo más que pueden hacer es mostrarnos las consecuencias probables que el pasado y el presente traerán, si nada nuevo interviene. Pero el futuro nos importa demasiado seriamente para que nos contentemos con probabilidades. No: necesitamos previsiones seguras con que calmemos todas esas manos de nuestra alma que avanzan en la tiniebla hacia el porvenir. Y como el razonamiento no las proporciona, el yo pueril, el yo irrazonable, aprovecha la ocasión para imponerse al otro, y, en este asunto del tiempo venidero, resulta ser el que tiene razón, precisamente porque nadie la tiene.

Por ello, en este día primero de año, debíamos todos celebrar como el santo de nuestro niño interior. Porque en ese día todos nos preguntamos: ¿qué me pasará a mí este año? Y como nadie puede dar una respuesta razonada; como la razón es una vieja harta de recuerdos, que sabe todo lo viejo, todo lo sido, pero ciega para lo nuevo y por venir, entran en sus derechos las corazonadas, las sospechas pueriles, las llamadas supersticiones del menudo salvaje interior.

Para él, el primero de enero es la anticipación de todo el año; es la fiesta del tiempo, si ustedes quieren; el día en que todos los días vienen a celebrar su «día». En él están anticipados todos los del año; por única vez nos parece que se encuentran juntos apretando sus miles de horas en las veinticuatro de esta jornada. Es la fiesta; la fiesta de los hermanos anuales: un momento de confusión y mezcolanza en que todo anda junto e indistinto; lo bueno y lo malo; el hielo y la canícula. Luego tendrán que separarse para siempre, ponerse en una larguísima hilera y venir uno a uno, cada cual con su odrecillo a la espalda, cargado de dolor o de placer, para descargarlo sobre nuestro corazón, donde viven juntos, quieran o no, nuestra persona formal y nuestro niño íntimo, salvaje, ingenuo y supersticioso.

¿Qué pasará, qué nos pasará este año? El mundo está triste, la humanidad acongojada como pocas veces a lo largo de toda su historia. La guerra, dondequiera, no ha hecho sino sembrar pesimismo en las entrañas. Aquí, allá podrá resonar una voz de aparente alborozo: la vanidad, el odio o el interés se entretienen en esa ficción de regocijo. En el fondo, el vanidoso, el rencoroso y el interesado, sienten la misma desolación cordial que el humilde, el amoroso y el indiferente.

Para encontrar una tristeza igual sobre el haz de Europa, habría que retornar al siglo X, cuando, poco antes del año mil, las gentes temieron que llegase el fin del mundo. Las doctrinas del milenio dieron lugar a la leyenda de los famosos terrores milenarios. Aunque hoy se sepa que esos terrores no adquirieron el valor pintoresco que se suponía, se sabe también que hambres, plagas, la horrible peste del fuego ardiente sobre todo, las guerras, la falta de ideales supremos y un enorme cansancio universal, apretaron amargamente los corazones. Y las gentes donaban sus bienes a los conventos en escrituras que comenzaban así: Appropinquante termino mundi.

Así, ahora, han coincidido el desamparo en que vivimos de principios optimistas, que empujen a la vida, con la patentización de los odios, rencores y limitaciones que, medio ocultos, llevamos los hombres dentro.

Afortunadamente, el niño interior que se inquieta ante el primero de año, sólo tiene razón cuando nadie, ni siquiera él la tiene. Su pesimismo es como su optimismo, injustificado. Nacerán otros días y el sol mandará desde el horizonte su sonrisa universal sobre el haz de la tierra.

Pero ello es que ayer, cuando, no mi yo pueril, sino mi hijo carnal me preguntaba: Padre, ¿y qué es el mundo?, yo no supe responderle más que esto: «Hijo mío, el mundo es una cosa muy grande que tiene dentro muchas cosas pequeñas».

La Ilustración Española y Americana, 30 de diciembre de 1915