Ortega y Gasset
Abstract
A portrait of his friend Pepe Tudela, an archivist from Soria turning cattle-breeder, plus a chronicle of an excursion to Numantia. Ortega admits he feels none of the standard patriotic emotion before the Arevaci and recalls that Rome had to send Scipio Aemilianus, i.e. ‘an intellectual’. An occasional piece.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
No será indiferente a los amigos de Pepe Tudela notificarles que éste se va a hacer ganadero. Es Pepe Tudela un muchacho soriano que vino a Madrid para estudiar carrera, hizo luego oposiciones al Cuerpo de Archiveros, y habiendo triunfado en ellas, se reintegró a la provincia maternal como jefe del archivo de Hacienda. Durante sus años madrileños, Tudela ganó la amistad de nuestros hombres de letras y ciencias, cultivó a críticos e historiadores del arte y fue asiduo miembro de la tertulia que en «El Gato Negro» gobierna con mano hábil don José María Soltura. Yo siempre había estimado su gesto sencillo y discreto, su culto delicado a las cosas excelentes y una como sanidad moral que emana de su persona. Por todo ello me ha complacido, después de algunos años, volverle a hallar este verano en una excursión que desde Soria hice a la altura de Numancia.
El cadáver milenario de Numancia yace sobre un cabezo de empinadas laderas que impera a un magnífico valle castellano. El perímetro de la urbe ciñe exactamente el del cabezo, de suerte que el perfil de las murallas, peraltado sobre el paisaje, debía irradiar sobre el ancho contorno una incesante gesticulación. Hoy de la ciudad ejemplar sólo queda una huella geométrica, la planta de sus calles y habitaciones. Sobre este esquema numantino vamos haciendo vía. Pepe Tudela, que es buen arqueólogo, me hace notar la existencia de dos Numancias superpuestas: la villa celtíbera que Escipión arrasó y la urbe romana construida sobre aquélla. Medio metro de escombros separa una de otra, lo que me obliga a preguntar frecuentemente a cuál Municipio pertenece la tierra que voy pisando, cuidadoso de acomodar mis emociones a la arqueología.
Porque es lo cierto que en lugares como Numancia no sabe uno qué sentir. Hay hombres envidiables, provistos de un espléndido patriotismo de convención que al llegar aquí se sienten inmediatamente legítimos herederos de las virtudes que ejercitaron los arevacos, y son capaces de inclinar el torso sobre el bisel del cerro, tender hacia el valle el puño e insultar a Escipión Emiliano. Son los mismos que ante los dibujos rupestres de Altamira experimentan doméstico orgullo, por considerar a los cavernarios dibujantes como gente de la familia.
Por mi parte, no sé bien qué sentir sobre esta colina famosa. En rigor, lo único que me conmueve hondamente es la magnífica desnudez del panorama y la gracia con que el sol actual vierte su flúida exaltación sobre esta tierra limpia. En cambio, de los arevacos me separan, no sólo veintitrés siglos, sino cosas mucho más difíciles de salvar. Así, todos los discursos donde el nombre de Numancia, conjugado con los de Otumba y Lepanto, ha servido para idiotizar a mis compatriotas; así también, los innumerables cuadros académicos en que la ciudad celtíbera, rendida al hambre, está representada por unos mozos desnudos, de rolliza carnalidad, que en correctas posturas de cuadro plástico yugulan a sus mujeres o perforan las propias entrañas. Ciertamente que la historia de Numancia es una página de las más pulcras y simpáticas que hay en la historia. Estos arevacos de cabellos rizados —torti crines, dice Tito Livio— y vestidos con negras pieles poseían una egregia porción de dignidad. A las infidencias de los capitanes romanos respondieron siempre con inspirada nobleza.
Roma atravesaba un período de corrupción. Intrigas de subsuelo decidían del nombramiento de los generales que, ineptos y venales, desmoralizaban las legiones y agostaban las provincias. Un puñado de celtíberos bastaba para poner en franca huida a todo un ejército de latinos. No hubo más remedio, a la postre, que enviar contra los numantinos a un hombre apto, honesto e inteligente, y entonces Roma tuvo que enviar a un «intelectual». Porque esto era Escipión Emiliano, única figura respetable que había a la sazón en la alta vida de la República. Es frecuente que los militares mediocres pretendan excusar su falta de adiestramiento mental, diciendo que ellos son soldados, como si el ejercicio bélico eximiese a los hombres de ser cultivados y sagaces. Por esta razón conviene recordar que los grandes capitanes han sido siempre gente letrada, de fina espiritualidad y exuberante afición a las ideas y las artes. Escipión Emiliano fue no sólo un «intelectual», sino, lo que es peor todavía, un «intelectual europeizante». Verdad es que Europa no existía aún, pero lo mismo da. Lo que para nosotros es Europa fue para los romanos Grecia. Escipión fue el primer helenizante de Roma; su casa, la primera donde se habló el griego, y su círculo, vivero donde germinaron todos los pensamientos de reforma que, al cabo, habrían de triunfar en la historia romana, no obstante la hostilidad de los patriotas castizos. Hombres como él, obcecados en el estudio, son los que mayor bien han solido labrar a su patria, y no los que casquivanamente se entretienen dictaminando sobre el patriotismo de los demás.
Pero, a seguir estas rutas ideales que desembocan en el pasado, prefiero escuchar lo que Pepe Tudela me cuenta de su vida presente.
—¡Vuelvo al campo! —me dice. He arrendado una dehesa, y el mes que viene, para comenzar, echo cien cabezas de ganado. Acaso no sospeche usted todo lo que esto significa para mí. Es haber hallado la calma moral y un centro de segura gravitación a mi existencia. Mis años de Madrid fueron de inquietud sin riberas, de íntimo desasosiego, de caos espiritual. Al tornar a esta gleba mía, a la pequeña ciudad campesina, inspeccionada perpetuamente por los cerros inmediatos, el caos se ha ido ordenando, la inquieta y contradictoria diversidad de ideas y deseos se ha simplificado, y una ilusión directriz —volver al campo— presenta rumbo firme a mi vida. Y es el caso que, otros paisanos míos, después de haber estudiado carreras en Madrid, hacen lo mismo que yo y se sienten animados de idéntica ilusión. Pertrechados con una preparación científica de que hasta ahora ha carecido el campesino, reharemos la ganadería y mejoraremos el campo.
Así habló Pepe Tudela mientras descendíamos de la colina arqueológica, camino de Soria. Yo comprendo que sus palabras despierten escasísimo interés en quien no se halle, como yo, habitado de tiempo atrás por la idea de que asistimos al final de una larga bicentenaria contienda entre la ciudad y el campo. ¿Es un hecho esporádico y sin trascendencia el retorno a la gleba nativa de esos jóvenes sorianos, o es un síntoma de la época? ¿Se inicia aquí y allá la succión de la campiña sobre la capital, o seguirá imperturbada la tiranía de las ciudades tentaculares?
Hay quien piensa que la vida europea no puede continuar inspirada por las urbes, y que, so pena de sucumbir, habrá de renovarse ruralizándose. Por otra parte, no cabe negar que la propensión a la existencia urbana es característica de nuestro destino meridional. La historia de los pueblos clásicos comienza con una fundación de ciudad, con una fiesta municipal. Detrás de Rómulo y Remo nos parece vislumbrar los instrumentos de una charanga, y casi oímos un elocuente discurso de primera piedra. ¿Qué había pasado antes? No acertamos a imaginarlo: el griego y el romano exigen, para ser reconocidos, un fondo arquitectónico. Se opondrá a esto que aun los hombres prehistóricos fueron inquilinos de casas, o al menos de cavernas. Pero una ciudad, al menos en el sentido europeo, no es una casa ni una aglomeración de ellas. En Atenas y en Roma las habitaciones son mero pretexto: el órgano esencial de la ciudad es la plaza, el ágora o foro. Fundar una ciudad es crear una plazuela. Fuera, pues, erróneo atribuir su origen al mismo instinto y las mismas necesidades que llevaron a fabricar la morada, el hogar, la habitación. La ciudad clásica nace de un instinto opuesto al doméstico[121].
It will not be a matter of indifference to Pepe Tudela’s friends to be notified that he is going to become a stockbreeder. Pepe Tudela is a young man from Soria who came to Madrid to study for a career, then sat the competitive examinations for the Corps of Archivists, and having triumphed in them, returned to the mother province as chief of the Treasury archive. During his Madrid years, Tudela won the friendship of our men of letters and science, cultivated critics and art historians, and was a regular member of the tertulia that don José María Soltura governs with a skillful hand at «El Gato Negro». I had always esteemed his simple and discreet manner, his delicate worship of excellent things, and a kind of moral health that emanates from his person. For all this it has pleased me, after some years, to find him again this summer on an excursion I made from Soria to the heights of Numantia.
The millenary corpse of Numantia lies on a hill of steep slopes that commands a magnificent Castilian valley. The perimeter of the city exactly girdles that of the hill, so that the profile of the walls, raised above the landscape, must have radiated over the wide contour an incessant gesticulation. Today of the exemplary city there remains only a geometric trace, the ground plan of its streets and dwellings. Over this Numantine scheme we make our way. Pepe Tudela, who is a good archaeologist, points out to me the existence of two superimposed Numantias: the Celtiberian town that Scipio razed and the Roman city built upon it. Half a meter of rubble separates one from the other, which obliges me to ask frequently to which Municipality the land I am treading belongs, careful to accommodate my emotions to the archaeology.
For it is certain that in places like Numantia one does not know what to feel. There are enviable men, provided with a splendid conventional patriotism, who upon arriving here immediately feel themselves legitimate heirs of the virtues exercised by the Arevaci, and are capable of leaning their torso over the bevel of the hill, thrusting their fist toward the valley, and insulting Scipio Aemilianus. They are the same ones who before the cave paintings of Altamira experience domestic pride, for considering the cavemen draftsmen as people of the family.
For my part, I do not well know what to feel on this famous hill. Strictly speaking, the only thing that moves me deeply is the magnificent bareness of the panorama and the grace with which the present sun pours its fluid exaltation over this clean land. On the other hand, from the Arevaci I am separated not only by twenty-three centuries, but by things much more difficult to overcome. Thus, all the speeches where the name of Numantia, conjugated with those of Otumba and Lepanto, has served to idiocize my compatriots; so too the innumerable academic paintings in which the Celtiberian city, surrendered to hunger, is represented by naked youths, of rotund carnality, who in correct poses of a plastic painting strangle their women or pierce their own entrails. Certainly the history of Numantia is one of the most polished and pleasing pages in history. These Arevaci of curly hair —torti crines, says Livy— and dressed in black skins possessed an egregious portion of dignity. To the faithlessness of the Roman captains they always responded with inspired nobility.
Rome was passing through a period of corruption. Subterranean intrigues decided the appointment of generals who, inept and venal, demoralized the legions and blighted the provinces. A handful of Celtiberians sufficed to put an entire army of Latins to frank flight. There was no remedy, in the end, but to send against the Numantines a man apt, honest and intelligent, and then Rome had to send an «intellectual». For this was Scipio Aemilianus, the only respectable figure there was at the time in the high life of the Republic. It is frequent that mediocre soldiers try to excuse their lack of mental training by saying that they are soldiers, as though the exercise of war exempted men from being cultivated and sagacious. For this reason it is well to remember that the great captains have always been lettered people, of fine spirituality and exuberant fondness for ideas and the arts. Scipio Aemilianus was not only an «intellectual», but, what is even worse, a «Europeanizing intellectual». It is true that Europe did not yet exist, but it is all the same. What for us is Europe was for the Romans Greece. Scipio was the first Hellenizer of Rome; his house, the first where Greek was spoken, and his circle, a nursery where all the thoughts of reform germinated that, in the end, would triumph in Roman history, notwithstanding the hostility of the pure-blooded patriots. Men like him, obsessed with study, are those who have usually wrought the greatest good to their fatherland, and not those who with a light head amuse themselves dictating verdicts on the patriotism of others.
But, to follow these ideal routes that open out into the past, I prefer to listen to what Pepe Tudela tells me of his present life.
—I am returning to the countryside! —he tells me. I have rented a dehesa, and next month, to begin, I put out a hundred head of cattle. Perhaps you do not suspect all that this means for me. It is having found moral calm and a center of sure gravitation for my existence. My Madrid years were of restlessness without shores, of intimate unease, of spiritual chaos. Upon returning to this glebe of mine, to the small peasant town, perpetually inspected by the nearby hills, the chaos has been ordering itself, the restless and contradictory diversity of ideas and desires has been simplified, and a guiding illusion —returning to the countryside— presents a firm course to my life. And it is the case that other countrymen of mine, after having studied careers in Madrid, do the same as I and feel themselves animated by the same illusion. Equipped with a scientific preparation that the peasant has lacked until now, we shall remake the livestock industry and improve the countryside.
Thus spoke Pepe Tudela as we descended from the archaeological hill, on the road to Soria. I understand that his words awaken very scant interest in one who is not, like me, inhabited from long ago by the idea that we are assisting at the end of a long bicentenary contest between the city and the countryside. Is the return to the native glebe of those young men from Soria a sporadic fact without consequence, or is it a symptom of the age? Is the suction of the countryside upon the capital beginning here and there, or will the tyranny of the tentacular cities continue unperturbed?
There are those who think that European life cannot continue to be inspired by the cities, and that, on pain of perishing, it will have to renew itself by becoming ruralized. On the other hand, it cannot be denied that the propensity to urban existence is characteristic of our southern destiny. The history of the classical peoples begins with a city foundation, with a municipal festival. Behind Romulus and Remus we seem to glimpse the instruments of a brass band, and we almost hear an eloquent speech at the laying of the first stone. What had happened before? We cannot imagine it: the Greek and the Roman demand, to be recognized, an architectural background. It will be objected to this that even prehistoric men were tenants of houses, or at least of caverns. But a city, at least in the European sense, is not a house nor an agglomeration of them. In Athens and Rome the dwellings are a mere pretext: the essential organ of the city is the square, the agora or forum. To found a city is to create a little square. It would, then, be erroneous to attribute its origin to the same instinct and the same needs that led to the building of the dwelling, the hearth, the habitation. The classical city is born of an instinct opposed to the domestic[121].
Non sarà indifferente agli amici di Pepe Tudela notificare loro che costui si farà allevatore di bestiame. Pepe Tudela è un giovane di Soria che venne a Madrid per studiare una carriera, fece poi concorsi per il Corpo degli Archivisti, e avendo trionfato in essi, si reintegrò nella provincia materna come capo dell’archivio di Hacienda. Durante i suoi anni madrileni, Tudela conquistò l’amicizia dei nostri uomini di lettere e scienze, coltivò critici e storici dell’arte e fu assiduo membro della tertulia che nel «Gato Negro» governa con mano abile don José María Soltura. Io ho sempre stimato il suo gesto semplice e discreto, il suo delicato culto delle cose eccellenti e una come sanità morale che emana dalla sua persona. Per tutto ciò mi ha fatto piacere, dopo alcuni anni, ritrovarlo quest’estate in un’escursione che da Soria feci all’altezza di Numancia.
Il cadavere millenario di Numancia giace su un’altura di pendici scoscese che domina una magnifica valle castigliana. Il perimetro della città cinge esattamente quello del colle, di modo che il profilo delle mura, rialzato sul paesaggio, doveva irradiare sull’ampio contorno una incessante gesticolazione. Oggi della città esemplare resta solo un’impronta geometrica, la pianta delle sue strade e abitazioni. Su questo schema numantino andiamo facendo via. Pepe Tudela, che è buon archeologo, mi fa notare l’esistenza di due Numanzie sovrapposte: la villa celtibera che Scipione rase al suolo e la città romana costruita su quella. Mezzo metro di macerie separa l’una dall’altra, ciò che mi obbliga a domandare frequentemente a quale Municipio appartenga la terra che vado calpestando, attento ad accomodare le mie emozioni all’archeologia.
Perché è certo che in luoghi come Numancia non si sa cosa sentire. Ci sono uomini invidiabili, provvisti di uno splendido patriottismo di convenzione che giungendo qui si sentono immediatamente legittimi eredi delle virtù che esercitarono gli arevaci, e sono capaci di inclinare il busto sul ciglio del colle, tendere verso la valle il pugno e insultare Scipione Emiliano. Sono gli stessi che davanti ai disegni rupestri di Altamira provano orgoglio domestico, per considerare i cavernicoli disegnatori come gente di famiglia.
Da parte mia, non so bene cosa sentire su questa collina famosa. In rigor di termini, l’unica cosa che mi commuove profondamente è la magnifica nudità del panorama e la grazia con cui il sole attuale riversa la sua fluida esaltazione su questa terra pulita. Invece, dagli arevaci mi separano non solo ventitré secoli, ma cose molto più difficili da salvare. Così, tutti i discorsi in cui il nome di Numancia, coniugato con quelli di Otumba e Lepanto, è servito a idiotizzare i miei compatrioti; così anche gli innumerevoli quadri accademici in cui la città celtibera, resa dalla fame, è rappresentata da alcuni giovani nudi, di paffuta carnalità, che in corrette posture da quadro plastico strozzano le loro donne o si trafiggono le proprie viscere. Certamente la storia di Numancia è una pagina tra le più pulite e simpatiche che ci siano nella storia. Questi arevaci dai capelli ricciuti —torti crines, dice Tito Livio— e vestiti di nere pelli possedevano un’egregia porzione di dignità. Alle infedeltà dei capitani romani risposero sempre con ispirata nobiltà.
Roma attraversava un periodo di corruzione. Intrighi di sottosuolo decidevano della nomina dei generali che, incapaci e venali, demoralizzavano le legioni e inaridivano le province. Una manciata di celtiberi bastava per mettere in franca fuga tutto un esercito di latini. Non ci fu altro rimedio, alla fine, che inviare contro i numantini un uomo adatto, onesto e intelligente, e allora Roma dovette inviare un «intellettuale». Perché questo era Scipione Emiliano, unica figura rispettabile che ci fosse a quel tempo nell’alta vita della Repubblica. È frequente che i militari mediocri pretendano di scusare la loro mancanza di addestramento mentale dicendo che loro sono soldati, come se l’esercizio bellico esimesse gli uomini dall’essere colti e sagaci. Per questa ragione conviene ricordare che i grandi capitani sono stati sempre gente letterata, di fine spiritualità ed esuberante passione per le idee e le arti. Scipione Emiliano fu non solo un «intellettuale», ma, ciò che è ancora peggio, un «intellettuale europeizzante». Verità è che l’Europa non esisteva ancora, ma lo stesso fa. Ciò che per noi è Europa fu per i romani Grecia. Scipione fu il primo ellenizzante di Roma; la sua casa, la prima dove si parlò il greco, e il suo circolo, vivaio dove germinarono tutti i pensieri di riforma che, alla fine, sarebbero trionfati nella storia romana, nonostante l’ostilità dei patrioti puristi. Uomini come lui, ostinati nello studio, sono quelli che hanno solitamente arrecato maggior bene alla loro patria, e non quelli che con leggerezza si intrattengono a sentenziare sul patriottismo degli altri.
Ma, a seguire queste rotte ideali che sboccano nel passato, preferisco ascoltare ciò che Pepe Tudela mi racconta della sua vita presente.
—Torno alla campagna! —mi dice. Ho affittato una dehesa, e il mese prossimo, per cominciare, metto cento capi di bestiame. Forse lei non sospetta tutto ciò che questo significa per me. È aver trovato la calma morale e un centro di sicura gravitazione per la mia esistenza. I miei anni di Madrid furono di inquietudine senza rive, di intimo disagio, di caos spirituale. Tornando a questa mia gleba, alla piccola città contadina, ispezionata perpetuamente dai colli vicini, il caos si è andato ordinando, l’inquieta e contraddittoria diversità di idee e desideri si è semplificata, e un’illusione direttrice —tornare alla campagna— presenta una rotta ferma alla mia vita. E il caso è che altri miei paesani, dopo aver studiato a Madrid, fanno come me e si sentono animati dalla medesima illusione. Forniti di una preparazione scientifica di cui finora il contadino è stato privo, rifaremo l’allevamento e miglioreremo la campagna.
Così parlò Pepe Tudela mentre scendevamo dalla collina archeologica, in cammino verso Soria. Io comprendo che le sue parole sveglino scarsissimo interesse in chi non sia, come me, abitato da tempo dall’idea che assistiamo alla fine di una lunga contesa bicentenaria tra la città e la campagna. È un fatto sporadico e senza trascendenza il ritorno alla gleba nativa di quei giovani soriani, o è un sintomo dell’epoca? Si inizia qua e là la suzione della campagna sulla capitale, o seguirà imperturbata la tirannia delle città tentacolari?
C’è chi pensa che la vita europea non possa continuare ad essere ispirata dalle città, e che, a pena di soccombere, dovrà rinnovarsi ruralizzandosi. D’altra parte, non si può negare che la propensione all’esistenza urbana sia caratteristica del nostro destino meridionale. La storia dei popoli classici comincia con una fondazione di città, con una festa municipale. Dietro Romolo e Remo ci pare di intravedere gli strumenti di una fanfara, e quasi sentiamo un eloquente discorso di prima pietra. Che era successo prima? Non riusciamo a immaginarlo: il greco e il romano esigono, per essere riconosciuti, uno sfondo architettonico. Si opporrà a ciò che anche gli uomini preistorici furono inquilini di case, o almeno di caverne. Ma una città, almeno nel senso europeo, non è una casa né un’agglomerazione di esse. In Atene e in Roma le abitazioni sono mero pretesto: l’organo essenziale della città è la piazza, l’agorà o foro. Fondare una città è creare una piazzetta. Sarebbe, dunque, erroneo attribuire la sua origine allo stesso istinto e alle stesse necessità che portarono a fabbricare la dimora, il focolare, l’abitazione. La città classica nasce da un istinto opposto a quello domestico[121].
Se edifica la casa para estar en ella; se funda la ciudad para salir de la casa y reunirse con otros que también han salido de sus casas. Un sentimiento de insuficiencia dentro del círculo doméstico, un afán de romper éste, de hacer nuestra vida tangente a otras vidas, de convivencia, de trato, de sociabilidad ultradoméstica, engendra la urbe antigua. Por eso, mientras el semita, que ignora propiamente la ciudad, pondera la virtud de la hospitalidad, esto es, el arte de recibir a otro en nuestra casa, la virtud esencial de la urbe es la urbanitas, la urbanidad; esto es, el arte de comportarnos fuera de casa en el trato que con otros tenemos sobre la vía pública. Para decirlo de una vez: el impulso creador de la ciudad grecolatina no fue el hogar, ni el mercado o zoco, ni la defensa, ni el templo, fue simplemente un apetito genial de conversación. Aquellos locuaces mediterráneos necesitaban de la charla y la disputa. No es un azar que la palabra más prestigiosa en Grecia fuese la palabra «palabra», el logos, el hablar. La ciencia suprema que descubrieron fue llamada «dialéctica», que quiere decir conversación, y cuando una divinidad semítica conquista sus corazones, lo más alto que de ella saben decir es que era el logos, el verbo hecho carne.
Sin embargo, la urbe antigua, con la única excepción de Roma en el medio y bajo imperio, no deja de ser campesina. No sólo se ve desde la plaza la campiña que asiste, como mentor, a la existencia urbana, sino que el ciudadano sigue siendo labrador. Sus ideas, sus sentimientos, conservan la raíz hincada en el terruño. Sobre todo en el romano persiste intacto hasta el siglo II, después de Cristo, el carácter agrícola, y su historia es predominantemente una historia agraria. Cuando el gesto labriego desaparece de las fisonomías senatoriales, se inicia la decadencia definitiva del gran Estado latino. Rotos los conductos de moral nutrimiento que unen a la ingente ciudad con la gleba circundante, Roma pierde su poder creador, se le anquilosa el alma, y la plebe desruralizada vive servilmente de pan y de circo. La destrucción del Imperio habría sido más rápida si los emperadores no hubieran abandonado la capital para vivir en perpetua emigración por las provincias, habitando aldeas o pequeñas ciudades, con frecuencia campamentos. El secreto de la perseverancia del mundo antiguo está en el título de Peregrinus que adoptaron sus emperadores. Su vida trashumante les dotó de cierta sensibilidad vivaz para las nuevas necesidades del mundo, que se habría embotado en el aire confinado de Roma.
Cuando los germanos penetran en el foro —en aquella tertulia de diez siglos—, y lo destruyen, comienza una nueva civilización. La irrupción del bárbaro en la ciudad que destruye simboliza la restauración de los derechos del campo sobre la historia humana. Viento nuevo sopla en Europa; va a retoñar la historia de nuevas raíces rurales. El germano no es labrador, pero es también campesino; más aún, es selvático. Guerrero y cazador, prefiere el aislamiento. En vez de una ciudad, erige un castillo, un burgo de ofensa y defensa, que es como la guarida a la fiera y la peña al aguilucho. En torno de la mansión aguileña se agrupan las cabañas de los agrícolas; es el tipo de la nueva población, hecha por el campo y para el campo. El puño del señor feudal va así organizando, estructurando las glebas medievales de que han surgido las naciones modernas. Mas de la antigua civilización quedan restos magistrales: algunos municipios romanos siguen en pie con sus ágoras verbipotentes. Y es curioso perseguir la contienda, a lo largo de la Edad Media, entre el puño feudal y la lengua urbana, entre el castillo campal y la plazuela parlanchina. Son dos principios opuestos: el derecho germánico, personalista y sentimental, contra el derecho romano, colectivista y conceptual.
Los monarcas, apoyándose en la gente de la plazuela —abogados, prestes, comerciantes—, dieron la batalla a los señores feudales, es decir, pusieron cerco a la inspiración rural de la vida humana. La suerte andaba muy dudosa cuando en el siglo XVII aparece el capitalismo, y con él el lujo, y con ambos la ciudad moderna. Werner Sombart ha demostrado[122] que los grandes hacinamientos de población, característicos de los últimos tres siglos, se han formado al compás de la riqueza suntuaria. Lo que ha juntado las enormes masas ciudadanas de nuestras urbes ha sido el lujo de unos cuantos, de los capitalistas. París, Londres, Berlín, Madrid, están habitadas por consumidores en torno a los cuales se agrupan todos los intermediarios del consumo.
La ciudad moderna no produce, consume. Y esto, que es verdad en el orden económico, ¿no lo es también en los demás? La vida que ha palpitado en nuestras ciudades —creencia, arte, moral—, ¿no es propiamente el resto del impulso campesino anterior a ellas? El hombre de la gran capital —¿quién lo duda?— es más pulido, más agudo e ingenioso que el campesino. Pero esas calidades son virtudes adscritas exclusivamente a la periferia de nuestra personalidad. Tal vez el vecino de la gran ciudad ha cultivado su yo social, que es sólo nuestra corteza psíquica, aquel haz de nuestra persona que roza con la ajena, a costa del yo íntimo, fuente de nuestra propia vitalidad. Ved el arte y la política que hoy hacemos: ¿no les faltan entrañas, latido de vísceras ocultas bajo la grácil apariencia? En su intimidad, las almas urbanas viven hoy desmoralizadas, sin grandes entusiasmos ni prestigiosas disciplinas. Una existencia mecanizada va suplantando en nosotros el sentido orgánico de la vida. ¿No llegará un momento en que la población de consumidores se consuma a su vez?…
Entretanto, este amigo mío, soriano, Pepe Tudela, vuelve a educar su persona en la eterna y fecunda ley del campo. Con vaga desazón de envidia le entreveo que trashuma en los prados serranos, bajo la comba faz de lo azul, detrás de sus merinas, que avanzan dando corcovos por las viejas cañadas de la Mesta, guiadas por los moruecos y los solemnes carneros adalides.
1921
The house is built to dwell in it; the city is founded to leave the house and meet with others who have likewise left their houses. A feeling of insufficiency within the domestic circle, an eagerness to break it, to make our life tangent to other lives, of coexistence, of dealing, of ultradomestic sociability, engenders the ancient city. For this reason, while the Semite, who properly knows no city, extols the virtue of hospitality, that is, the art of receiving another into our house, the essential virtue of the city is the urbanitas, urbanity; that is, the art of conducting ourselves outside the house in the dealing we have with others on the public street. To say it once for all: the creative impulse of the Greco-Latin city was neither the hearth, nor the market or souk, nor defense, nor the temple; it was simply a genial appetite for conversation. Those loquacious Mediterraneans had need of talk and dispute. It is no chance that the most prestigious word in Greece was the word «word», the logos, speech. The supreme science they discovered was called «dialectic», which means conversation, and when a Semitic divinity conquers their hearts, the highest thing they know how to say of it is that it was the logos, the word made flesh.
Nevertheless, the ancient city, with the sole exception of Rome in the middle and lower empire, does not cease to be rustic. Not only is the countryside seen from the square, assisting, like a mentor, at urban existence, but the citizen remains a tiller of the soil. His ideas, his feelings, keep the root planted in the native soil. Above all in the Roman the agricultural character persists intact until the second century after Christ, and his history is predominantly an agrarian history. When the peasant gesture disappears from the senatorial countenances, the definitive decadence of the great Latin state begins. Once the conduits of moral nourishment that unite the huge city with the surrounding glebe are broken, Rome loses its creative power, its soul stiffens, and the deruralized plebs lives servilely on bread and circuses. The destruction of the Empire would have been swifter had the emperors not abandoned the capital to live in perpetual emigration through the provinces, dwelling in villages or small towns, often in camps. The secret of the perseverance of the ancient world lies in the title of Peregrinus that its emperors adopted. Their transhumant life endowed them with a certain lively sensitivity to the new needs of the world, which would have grown dull in the confined air of Rome.
When the Germans penetrate the forum —into that ten-century tertulia— and destroy it, a new civilization begins. The irruption of the barbarian into the city he destroys symbolizes the restoration of the rights of the countryside over human history. A new wind blows over Europe; history is going to sprout again from new rural roots. The German is not a tiller of the soil, but he is also a peasant; more than that, he is a man of the forest. Warrior and hunter, he prefers isolation. Instead of a city, he raises a castle, a burgh of offense and defense, which is like the lair to the wild beast and the crag to the eaglet. Around the eagle’s mansion are grouped the huts of the agriculturalists; it is the type of the new settlement, made by the countryside and for the countryside. The fist of the feudal lord thus goes about organizing, structuring the medieval glebes from which the modern nations have sprung. But of the ancient civilization there remain masterly remnants: some Roman municipalities still stand with their verbipotent agoras. And it is curious to pursue the contest, throughout the Middle Ages, between the feudal fist and the urban tongue, between the camped castle and the chatty little square. They are two opposed principles: Germanic law, personalist and sentimental, against Roman law, collectivist and conceptual.
The monarchs, leaning on the people of the little square —lawyers, priests, merchants—, gave battle to the feudal lords, that is, they laid siege to the rural inspiration of human life. Fortune hung very much in doubt when in the seventeenth century capitalism appears, and with it luxury, and with both the modern city. Werner Sombart has shown[122] that the great heaps of population, characteristic of the last three centuries, have been formed to the measure of sumptuary wealth. What has brought together the enormous urban masses of our cities has been the luxury of a few, of the capitalists. Paris, London, Berlin, Madrid, are inhabited by consumers around whom are grouped all the intermediaries of consumption.
The modern city does not produce, it consumes. And this, which is true in the economic order, is it not also true in the others? The life that has palpitated in our cities —belief, art, morals—, is it not properly the leftover of the peasant impulse prior to them? The man of the great capital —who doubts it?— is more polished, more acute and ingenious than the peasant. But those qualities are virtues attached exclusively to the periphery of our personality. Perhaps the resident of the great city has cultivated his social self, which is only our psychic cortex, that sheaf of our person which grazes against the other’s, at the cost of the intimate self, source of our own vitality. Look at the art and the politics we make today: do they not lack entrails, the beating of viscera hidden beneath the graceful appearance? In their intimacy, urban souls live today demoralized, without great enthusiasms or prestigious disciplines. A mechanized existence is going about supplanting in us the organic sense of life. Will a moment not come when the population of consumers in turn consumes itself?…
Meanwhile, this friend of mine, from Soria, Pepe Tudela, returns to educate his person in the eternal and fecund law of the countryside. With a vague uneasiness of envy I catch a glimpse of him transhuming in the mountain meadows, under the curved face of the blue, behind his merino sheep, which advance with leaps through the old drove-roads of the Mesta, guided by the rams and the solemn leading wethers.
1921
Si edifica la casa per starvi dentro; si fonda la città per uscire di casa e riunirsi con altri che sono pure usciti dalle loro case. Un sentimento di insufficienza dentro il cerchio domestico, un’ansia di romperlo, di rendere la nostra vita tangente ad altre vite, di convivenza, di tratto, di socievolezza ultradomestica, genera l’urbe antica. Per questo, mentre il semita, che propriamente ignora la città, esalta la virtù dell’ospitalità, cioè l’arte di ricevere un altro in casa nostra, la virtù essenziale dell’urbe è la urbanitas, l’urbanità; cioè l’arte di comportarci fuori di casa nel tratto che con altri abbiamo sulla pubblica via. Per dirla una volta per tutte: l’impulso creatore della città grecolatina non fu il focolare, né il mercato o zoco, né la difesa, né il tempio, fu semplicemente un appetito geniale di conversazione. Quei loquaci mediterranei avevano bisogno della chiacchiera e della disputa. Non è un azzardo che la parola più prestigiosa in Grecia fosse la parola «parola», il logos, il parlare. La scienza suprema che scoprirono fu chiamata «dialettica», che vuol dire conversazione, e quando una divinità semitica conquista i loro cuori, la cosa più alta che di essa sanno dire è che era il logos, il verbo fatto carne.
Tuttavia, l’urbe antica, con la sola eccezione di Roma nel medio e basso impero, non cessa di essere campagnola. Non solo dalla piazza si vede la campagna che assiste, come mentore, all’esistenza urbana, ma il cittadino continua ad essere contadino. Le sue idee, i suoi sentimenti, conservano la radice piantata nel terrazzo. Soprattutto nel romano persiste intatto fino al II secolo dopo Cristo il carattere agricolo, e la sua storia è prevalentemente una storia agraria. Quando il gesto contadino scompare dalle fisionomie senatorie, inizia la decadenza definitiva del grande Stato latino. Rotti i condotti di nutrimento morale che uniscono l’ingente città con la gleba circostante, Roma perde il suo potere creatore, l’anima le si anchilosa, e la plebe deruralizzata vive servilmente di pane e di circo. La distruzione dell’Impero sarebbe stata più rapida se gli imperatori non avessero abbandonato la capitale per vivere in perpetua emigrazione per le province, abitando villaggi o piccole città, spesso accampamenti. Il segreto della perseveranza del mondo antico sta nel titolo di Peregrinus che adottarono i suoi imperatori. La loro vita transumante li dotò di una certa sensibilità vivace per le nuove necessità del mondo, che si sarebbe intorpidita nell’aria confinata di Roma.
Quando i germani penetrano nel foro —in quella tertulia di dieci secoli— e lo distruggono, comincia una nuova civiltà. L’irruzione del barbaro nella città che distrugge simbolizza la restaurazione dei diritti della campagna sulla storia umana. Vento nuovo soffia in Europa; la storia sta per germogliare di nuove radici rurali. Il germano non è contadino, ma è anche campagnolo; anzi, è selvatico. Guerriero e cacciatore, preferisce l’isolamento. Invece di una città, erige un castello, un borgo di offesa e difesa, che è come la tana per la fiera e la rupe per l’aquilotto. Intorno alla dimora aquilina si raggruppano le capanne degli agricoltori; è il tipo della nuova popolazione, fatta dalla campagna e per la campagna. Il pugno del signore feudale va così organizzando, strutturando le glebe medievali da cui sono sorte le nazioni moderne. Ma dell’antica civiltà restano avanzi magistrali: alcuni municipi romani continuano in piedi con le loro agorà verbipotenti. Ed è curioso inseguire la contesa, lungo il Medioevo, tra il pugno feudale e la lingua urbana, tra il castello campale e la piazzetta ciarliera. Sono due principi opposti: il diritto germanico, personalista e sentimentale, contro il diritto romano, collettivista e concettuale.
I monarchi, appoggiandosi alla gente della piazzetta —avvocati, preti, commercianti—, diedero battaglia ai signori feudali, cioè misero assedio all’ispirazione rurale della vita umana. La sorte andava molto dubbia quando nel secolo XVII appare il capitalismo, e con esso il lusso, e con entrambi la città moderna. Werner Sombart ha dimostrato[122] che i grandi ammassamenti di popolazione, caratteristici degli ultimi tre secoli, si sono formati al ritmo della ricchezza suntuaria. Ciò che ha riunito le enormi masse cittadine delle nostre urbi è stato il lusso di pochi, dei capitalisti. Parigi, Londra, Berlino, Madrid, sono abitate da consumatori intorno ai quali si raggruppano tutti gli intermediari del consumo.
La città moderna non produce, consuma. E questo, che è vero nell’ordine economico, non lo è anche negli altri? La vita che ha palpitato nelle nostre città —credenza, arte, morale—, non è propriamente il resto dell’impulso campagnolo ad esse anteriore? L’uomo della grande capitale —chi ne dubita?— è più levigato, più acuto e ingegnoso del contadino. Ma quelle qualità sono virtù ascritte esclusivamente alla periferia della nostra personalità. Forse l’abitante della grande città ha coltivato il suo io sociale, che è solo la nostra corteccia psichica, quel fascio della nostra persona che sfiora l’altrui, a spese dell’io intimo, fonte della nostra stessa vitalità. Guardate l’arte e la politica che oggi facciamo: non manca loro forse il midollo, il battito di viscere nascoste sotto la graziosa apparenza? Nella loro intimità, le anime urbane vivono oggi demoralizzate, senza grandi entusiasmi né prestigiose discipline. Un’esistenza meccanizzata va soppiantando in noi il senso organico della vita. Non arriverà un momento in cui la popolazione di consumatori si consumerà a sua volta?…
Frattanto, questo mio amico, soriano, Pepe Tudela, torna a educare la sua persona nell’eterna e feconda legge della campagna. Con vago disagio di invidia lo intravedo transumare nei prati montani, sotto la curva faccia dell’azzurro, dietro le sue pecore merine, che avanzano facendo corbelli per le vecchie carraie della Mesta, guidate dai montoni e dai solenni arieti adalidi.
1921