Ortega y Gasset

Abstract

An article against the proposed National Theatre and against Catalan Solidaridad: Spain will be saved not by the spontaneous but by a labour of reflective energy. It mocks Cambó’s idea that Spanish decadence is explained by centralism—an ‘administrative’ reading of history replacing Marx’s economic one. The sample is only the opening.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El proyectado Teatro Nacional, que anda ahora en los ambages de una comisión parlamentaria, ofrece algunos inconvenientes que no son del género económico, sino del de las cuestiones culturales. Por lo pronto, esa ostentación de nacionalismo no me parece discreta ni simpática. Puede ocurrir que en algún caso el fervor, la piedad hacia lo castizo, hacia lo nativo deban tomar la forma del pudor. Y si alguna vez se da ese caso, yo creo que estamos en él los españoles.

La cuestión no es vana ni se pierde en las nubes; en su fondo lleva todo el problema político de nuestro país. Así, aun cuando la Solidaridad catalana no fuera lo que se dice que es, una iniciación del separatismo, y sobre todo un movimiento que al cabo sólo favorecerá a los curas y a los ricos, yo seguiría siendo antisolidario. Los solidarios creen que el problema español necesita una solución espontánea; yo creo más probable que España alcance su salvación mediante una labor de energía reflexiva; es decir, todo lo contrario.

Hace tiempo que se viene hablando en España de lo espontáneo; parece haberse descubierto en el régimen político, económico, pedagógico, imperantes en nuestra historia, el manantial de las desdichas nacionales. Se ha llegado a más; los señores Cambó y Vallés y Ribot han esbozado en sus últimos discursos una nueva interpretación materialista de la historia, según la cual las causas de las buenas y malas andanzas de un pueblo han de buscarse, ya que no en lo económico, como Marx quería, en lo administrativo. Razonando de tal suerte, llegan a ver en la decadencia española un efecto del centralismo. Esta teoría es ingenua y benévola; me parece que da una importancia excesiva al balduque y a los gobernadores de provincia, y me recuerda aquel manuscrito español existente en Londres que cita don Vicente Barrantes en su «Aparato bibliográfico para Extremadura». El índice del manuscrito comienza así:

Capítulo I. —Dios.

The projected National Theater, which is now wandering in the labyrinths of a parliamentary commission, offers some drawbacks that are not of the economic kind, but of that of cultural questions. To begin with, that ostentation of nationalism does not seem to me discreet or likeable. It may happen that in some case fervor, piety toward the castizo, toward the native, should take the form of modesty. And if that case ever occurs, I believe we Spaniards are in it.

The question is not vain nor does it get lost in the clouds; at its bottom it carries the whole political problem of our country. Thus, even though the Catalan Solidarity were not what it is said to be, an initiation of separatism, and above all a movement that in the end will only favor the priests and the rich, I would still be anti-Solidarity. The Solidarians believe that the Spanish problem needs a spontaneous solution; I believe it more probable that Spain will reach its salvation through a labor of reflective energy; that is, exactly the opposite.

It has long been spoken in Spain of the spontaneous; there seems to have been discovered in the political, economic, pedagogical regime prevailing in our history the source of the national misfortunes. More has been reached; Messrs. Cambó and Vallés and Ribot have sketched in their latest speeches a new materialist interpretation of history, according to which the causes of the good and bad fortunes of a people are to be sought, if not in the economic, as Marx wanted, in the administrative. Reasoning thus, they come to see in the Spanish decadence an effect of centralism. This theory is naive and benevolent; it seems to me that it gives an excessive importance to the red tape and to the provincial governors, and it reminds me of that Spanish manuscript existing in London that Don Vicente Barrantes cites in his «Aparato bibliográfico para Extremadura». The index of the manuscript begins thus:

Chapter I. —God.

Il progettato Teatro Nazionale, che ora si trova negli ambages di una commissione parlamentare, offre alcuni inconvenienti che non sono del genere economico, ma di quello delle questioni culturali. Per il momento, quella ostentazione di nazionalismo non mi sembra discreta né simpatica. Può accadere che in qualche caso il fervore, la pietà verso il castizo, verso il nativo, debbano prendere la forma del pudore. E se mai si dà quel caso, io credo che ci siamo noi spagnoli in esso.

La questione non è vana né si perde nelle nuvole; nel suo fondo porta tutto il problema politico del nostro paese. Così, anche se la Solidaridad catalana non fosse ciò che si dice che sia, un’iniziazione del separatismo, e soprattutto un movimento che alla fine favorirà solo i preti e i ricchi, io seguirei ad essere antisolidario. I solidari credono che il problema spagnolo abbia bisogno di una soluzione spontanea; io credo più probabile che la Spagna raggiunga la sua salvezza mediante una labor di energia riflessiva; cioè, tutto il contrario.

Da tempo si viene parlando in Spagna dello spontaneo; sembra essersi scoperto nel regime politico, economico, pedagogico, imperanti nella nostra storia, la sorgente delle disgrazie nazionali. Si è arrivati a di più; i signori Cambó e Vallés e Ribot hanno abbozzato nei loro ultimi discorsi una nuova interpretazione materialista della storia, secondo la quale le cause delle buone e cattive venture di un popolo vanno cercate, se non nell’economico, come voleva Marx, nell’amministrativo. Ragionando in tal modo, arrivano a vedere nella decadenza spagnola un effetto del centralismo. Questa teoria è ingenua e benevola; mi sembra che dia un’importanza eccessiva al balduque e ai governatori di provincia, e mi ricorda quel manoscritto spagnolo esistente a Londra che cita don Vicente Barrantes nella sua «Aparato bibliográfico para Extremadura». L’indice del manoscritto comincia così:

Capitolo I. —Dio.

IV. —Creación de los alcaldes de cuadrillas y para qué sirvieron y sirven quienes deban serlo en los pueblos.

Puede, sin duda, una organización administrativa desacertada acarrear una decadencia política y económica, pero nunca una decadencia integral, una decadencia histórica como la nuestra. ¿Por ventura la mengua española se reduce a la falta de brillantez de nuestro comercio y de nuestra industria? Desgraciadamente no es así: se trata de que la actividad total de la raza ha sufrido una progresiva desviación de la línea clásica de la cultura; a esto llamo decadencia histórica, y esto es lo que aún está por explicar. Ni por un momento me ocurre ensayar una explicación de tan pavoroso enigma, pero formulo mi protesta de que se hallen para efectos de tanto valor trágico causas tan mínimas. Mal me parece todo intento de reconstruir la historia sobre la hipótesis de la desigualdad de las razas, pero al menos esta hipótesis tiene grandeza y hondura suficientes para que se la ponga latiendo tras las variaciones seculares. El libro del conde de Gobineau, donde por primera vez se ensaya, convierte la historia en una sorda tragedia fisiológica, mas no en una bufonada. Según Gobineau, la cultura, ampolla ideal de esencias odorantes y densas que constituyen lo humano, es manufactura de una de las razas puras originales. La primera mezcla de dos sangres distintas fue beneficiosa, como en los árboles frutales un primer injerto. Pero la historia es un inmenso epitalamio, una estentórea canción de bodas, que canta una vez y otra, con inconsciente alegría, la fusión de las razas. Alegremente los pueblos se han ayuntado: todas las luchas acabaron en pompas conyugales; la sangre, vehículo de la tradición moral e intelectual de cada grupo étnico, ha ido antecogiendo materias contradictorias y haciéndose un licor confuso, donde van disueltas las cosas más hostiles. Así nacieron las razas decadentes que llevan en sus venas el principio de desorientación.

No creo que esta teoría sea cierta; la he mentado únicamente para indicar que la explicación de nuestra decadencia exige motivos tan radicales, por lo menos, como los propuestos por Gobineau.

No viene de hoy ni de ayer nuestro desmedramiento: la sustancia española está enferma hace siglos, y es su mal tan profundo, que no hallaremos en la historia de España político con genio suficiente para atribuirle los inferidos daños. De no ver esto, de empequeñecer nuestra malaventura, de abufonar esa historia de España, es de lo que acuso al sistema de afirmaciones catalanistas, dejando todo mi respeto para las personas que se entretienen sustentándolo. Hay que ponerse, una vez siquiera, con toda precisión, el problema de la cultura; hay que obligarse, una vez siquiera, a contestar «técnicamente» a esta pregunta: ¿Qué es la cultura?

En La ciencia española, o mejor dicho, en una nota de la reedición (notas que acusan un poco más de continencia en el nacionalismo del autor), se percata el señor Menéndez Pelayo de que en la llamada cultura española han faltado las matemáticas: en cambio —viene a decir— hemos cultivado grandemente las ciencias biológicas. ¿Cómo? ¿Es que da lo mismo? ¿Es que son materias coordinadas, de significación equivalente en el globus intellectualis? Yo creo que el símil de una esfera es muy aplicable a la cultura, también tiene ésta un centro y una periferia. Las matemáticas, juntamente con la filosofía, son el centro de la cultura europea, que es de la que hablamos, y si cupiera aún mayor centración, eso serían en la cultura europea moderna, que comienza, no en el renacimiento de la plástica o de los versos griegos, sino en la traducción que Nicolás Cusano hizo de la mecánica de Arquímedes y en la fiesta con que la Academia Florentina celebró el natalicio de Platón.

Si no hemos tenido matemáticas, «orgullo de la razón humana», que decía Kant; si, como es consecuencia, no hemos tenido filosofía, podemos decir muy lisamente que no nos hemos iniciado siquiera en la cultura moderna. Éstas no son palabras para quien conozca el valor de las palabras: éste es el hecho brutal, indubitable y trágico; ésta es la herida profunda que lleva en medio del corazón nuestra raza, y la hace andar como un pueblo fantasma, revenant, sobre un fondo de paisajes nuevos, en cuyo cultivo no ha intervenido para nada y hasta el nombre de cuyas plantas y senderos desconoce.

Pensando de esta manera, ¿resultará extraño que abomine de toda fe en lo espontáneo de la raza? Los «solidarios» y don Gumersindo de Azcárate creen que todos los males provienen de la legislación vigente en España desde los Reyes Católicos: suprimámosla y presenciaremos la restauración espontánea de las energías sociales. Ésta es una aplicación en menor escala del razonamiento anarquista que hay en el fondo de todo el viejo liberalismo individualista: el hombre en estado nativo es bueno; la sociedad reglamentada le hace malo; destruid ésta y renacerá sobre sus ruinas la bondad humana como un jaramago inmortal. Esto es la medula del romanticismo, y en mi vocabulario romanticismo quiere decir pecado.

¡Lo espontáneo!… Es decir, si no entiendo mal, la última intimidad del carácter, la reacción inmediata del yo ante las influencias del medio para establecer el equilibrio vital. Pero el medio ha cambiado, no ciertamente por nuestro impulso: todos los dolores y las dificultades del siglo XX nos están hiriendo. ¡Y queremos que nuestro yo, un yo pétreo del siglo XVI, entregado a su espontaneidad, luche contra ese medio, lo plasme y lo sojuzgue! No: lo espontáneo español es forzosamente malo. Nuestra labor consiste precisamente en labrarnos una nueva espontaneidad, un yo contemporáneo, una conciencia actual. En otras palabras, tenemos que educarnos. Y la educación no es obra de espontaneidad, sino de lo contrario, de reflexión y de tutela. Hemos de fingirnos un yo ideal, simbólico, ejemplar, reflexionando sobre el alma, sobre el carácter europeos. Nada de realidades orgánicas, término tan del gusto «solidario». Emplear símiles biológicos refiriéndose a entidades morales es cosa completamente desacreditada, según es sabido, pero mucho más cuando se habla de España, de una raza espiritualmente muerta. Preferible fuera usar de comparaciones teológicas; porque, en verdad, se trata de una resurrección.

El problema español es un problema educativo; pero éste, a su vez, es un problema de ciencias superiores, de alta cultura. El verdadero nacionalismo, en lugar de aferrarse a lo espontáneo y castizo, procura nacionalizar lo europeo.

Es preciso, ante todo, que España produzca ciencia. Y mientras tanto cuidemos de ocultar la bastedad nativa: no descubramos, como malos hijos, el cuerpo del patrio Noé cuando está beodo e impresentable. Y si lo hacemos, sea suscitando, a fuerza de genio, idealidad sobre nuestras lacerías, como ese pintor Zuloaga que anda por el mundo removiendo las almas con la barbarie pintoresca de nuestras llagas.

Hoy es muy difícil realizar trabajos científicos en España: salvo algunas materias, es decididamente imposible. Comienza por no haber una sola biblioteca de libros científicos modernos. La Biblioteca Nacional es inservible; apenas si basta para asuntos de historia y literatura españolas, que son las disciplinas menos europeas. Las demás ciencias se hallan por completo desprovistas de material bibliográfico. Faltan las obras más elementales. Apenas si hay revistas. Para colmo de desventuras, el reglamento es paladinamente ridículo. El principio en que se funda este reglamento es que los libros están en la Biblioteca para que no se los lleven; no para que sean leídos bajo ciertas garantías, sino exclusivamente para que no se los lleven, aunque nadie los lea.

Creo que una biblioteca de libros científicos (y claro está que esto quiere decir de libros científicos extranjeros) es institución mucho más urgente que ese teatro nacional proyectado. Puede vivir dignamente una nación sin un Teatro Nacional: sin una biblioteca medianamente provista, España vive deshonrada.

¿Habrá en el Parlamento algunos diputados que tengan la bondad y la devoción de tomar sobre sí este empeño? ¿Se dejará conmover el Gobierno por esta petición que le hacen desde el fondo de sus corazones cuantos se afanan ardorosamente por nacionalizar la cultura? No necesitaría el Gobierno buscar fuera del partido conservador la personalidad idónea para organizar y dirigir esa Biblioteca: el nombre respetabilísimo de don Eduardo de Hinojosa daría la suma autoridad a esta nueva institución. Y sería el mejor homenaje que a tan benemérito español corresponde y es debido.

El Imparcial, 21 de febrero de 1909

IV. —Creation of the alcaldes of the squadrons and what they served for and serve, those who are to be such in the towns.

A mistaken administrative organization can, without doubt, bring about a political and economic decadence, but never an integral decadence, a historical decadence like ours. Does the Spanish diminishment perchance reduce itself to the lack of brilliance of our commerce and our industry? Unfortunately it is not so: the matter is that the total activity of the race has suffered a progressive deviation from the classical line of culture; this I call historical decadence, and this is what still remains to be explained. Not for a moment does it occur to me to attempt an explanation of so frightful an enigma, but I register my protest that causes so minimal are sought for effects of such tragic value. Every attempt to reconstruct history on the hypothesis of the inequality of the races seems bad to me, but at least this hypothesis has sufficient greatness and depth that it be set beating behind the secular variations. The book of the Count de Gobineau, where it is first attempted, converts history into a deaf physiological tragedy, but not into a buffoonery. According to Gobineau, culture, that ideal ampoule of odorant and dense essences that constitute the human, is a manufacture of one of the pure original races. The first mixture of two distinct bloods was beneficial, as in fruit trees a first graft. But history is an immense epithalamium, a stentorian wedding song, that sings once and again, with unconscious joy, the fusion of the races. Joyfully the peoples have coupled: all the struggles ended in conjugal pomp; the blood, vehicle of the moral and intellectual tradition of each ethnic group, has been gathering contradictory matters and making itself a confused liquor, in which the most hostile things go dissolved. Thus were born the decadent races that carry in their veins the principle of disorientation.

I do not believe this theory to be true; I have mentioned it only to indicate that the explanation of our decadence demands motives as radical, at least, as those proposed by Gobineau.

Our dwindling does not come from today or yesterday: the Spanish substance has been sick for centuries, and its malady is so profound that we shall not find in the history of Spain a politician with enough genius to attribute to him the inferred harms. Of not seeing this, of belittling our misfortune, of making a farce of this history of Spain, it is of this that I accuse the system of Catalanist assertions, leaving all my respect for the persons who amuse themselves sustaining it. One must set oneself, once at least, with all precision, the problem of culture; one must oblige oneself, once at least, to answer «technically» this question: What is culture?

In Spanish Science, or better, in a note of the reissue (notes that show a little more continence in the author’s nationalism), Señor Menéndez Pelayo perceives that in the so-called Spanish culture the mathematics have been lacking: on the other hand —he comes to say— we have greatly cultivated the biological sciences. What? Is it all the same? Are they coordinated matters, of equivalent signification in the globus intellectualis? I believe that the simile of a sphere is very applicable to culture; it too has a center and a periphery. The mathematics, together with philosophy, are the center of European culture, which is the one we speak of, and if a still greater centration were possible, that would be in modern European culture, which begins, not in the renaissance of the plastic arts or of the Greek verses, but in the translation that Nicholas of Cusa made of the mechanics of Archimedes and in the festival with which the Florentine Academy celebrated the birthday of Plato.

If we have not had mathematics, «pride of human reason», as Kant said; if, as a consequence, we have not had philosophy, we can say very plainly that we have not even been initiated into modern culture. These are not words for one who knows the value of words: this is the brutal, indubitable, and tragic fact; this is the deep wound that our race carries in the middle of its heart, and that makes it walk like a ghost people, a revenant, against a background of new landscapes, in whose cultivation it has in no way intervened and even the name of whose plants and paths it does not know.

Thinking in this manner, will it seem strange that I abominate all faith in the spontaneous of the race? The «Solidarians» and Don Gumersindo de Azcárate believe that all the evils come from the legislation in force in Spain since the Catholic Monarchs: let us suppress it and we shall witness the spontaneous restoration of social energies. This is an application on a smaller scale of the anarchist reasoning that lies at the bottom of all the old individualistic liberalism: man in a native state is good; regulated society makes him bad; destroy this and upon its ruins human goodness will be reborn like an immortal jaramago. This is the marrow of romanticism, and in my vocabulary romanticism means sin.

The spontaneous!… That is, if I understand correctly, the last intimacy of character, the immediate reaction of the self before the influences of the environment to establish vital equilibrium. But the environment has changed, certainly not by our impulse: all the sorrows and difficulties of the twentieth century are wounding us. And we want our self, a stony sixteenth-century self, given over to its spontaneity, to fight against that environment, to shape it and subjugate it! No: the spontaneous Spanish is necessarily bad. Our labor consists precisely in forging ourselves a new spontaneity, a contemporary self, an actual consciousness. In other words, we must educate ourselves. And education is not a work of spontaneity, but of its contrary, of reflection and tutelage. We must feign for ourselves an ideal, symbolic, exemplary self, reflecting on the European soul, on the European character. Nothing of organic realities, that term so much to the «Solidarian» taste. To employ biological similes referring to moral entities is a completely discredited thing, as is well known, but much more when Spain is spoken of, a spiritually dead race. It would be preferable to use theological comparisons; because, in truth, it is a question of a resurrection.

The Spanish problem is an educational problem; but this, in turn, is a problem of the higher sciences, of high culture. True nationalism, instead of clinging to the spontaneous and the castizo, tries to nationalize the European.

It is necessary, above all, that Spain produce science. And meanwhile let us take care to hide the native coarseness: let us not uncover, like bad sons, the body of the father Noah when he is drunk and unpresentable. And if we do so, let it be by arousing, by force of genius, ideality over our sores, like that painter Zuloaga who goes about the world stirring souls with the picturesque barbarity of our wounds.

Today it is very difficult to carry out scientific works in Spain: except for some subjects, it is decidedly impossible. It begins with there not being a single library of modern scientific books. The National Library is useless; it barely suffices for matters of Spanish history and literature, which are the least European disciplines. The other sciences are found completely devoid of bibliographic material. The most elementary works are lacking. There are barely any journals. To crown the misfortunes, the regulation is plainly ridiculous. The principle on which this regulation is founded is that the books are in the Library so that they may not be taken away; not so that they may be read under certain guarantees, but exclusively so that they may not be taken away, even if nobody reads them.

I believe that a library of scientific books (and it is clear that this means of foreign scientific books) is a much more urgent institution than that projected national theater. A nation can live with dignity without a National Theater: without a moderately furnished library, Spain lives dishonored.

Will there be in Parliament some deputies who have the goodness and the devotion to take upon themselves this undertaking? Will the Government let itself be moved by this petition that is made to it from the bottom of their hearts by all those who ardently strive to nationalize culture? The Government would not need to seek outside the conservative party the fitting personality to organize and direct that Library: the most respectable name of Don Eduardo de Hinojosa would give the sum of authority to this new institution. And it would be the best homage that corresponds and is due to so deserving a Spaniard.

El Imparcial, February 21, 1909

IV. —Creazione degli alcaldi delle quadrille e a che cosa servirono e servono coloro che debbano esserlo nei paesi.

Può, senza dubbio, un’organizzazione amministrativa sbagliata arrecare una decadenza politica ed economica, ma mai una decadenza integrale, una decadenza storica come la nostra. Per avventura la mengua spagnola si riduce alla mancanza di brillantezza del nostro commercio e della nostra industria? Disgraziatamente non è così: si tratta che l’attività totale della razza ha subito una progressiva deviazione dalla linea classica della cultura; a questo chiamo decadenza storica, e questo è ciò che resta ancora da spiegare. Né per un momento mi accade di tentare una spiegazione di così spaventoso enigma, ma formulo la mia protesta che si trovino per effetti di tanto valore tragico cause tanto minime. Male mi sembra ogni tentativo di ricostruire la storia sull’ipotesi della disuguaglianza delle razze, ma almeno questa ipotesi ha grandezza e profondità sufficienti perché la si metta a pulsare dietro le variazioni secolari. Il libro del conte di Gobineau, dove per la prima volta si tenta, converte la storia in una sorda tragedia fisiologica, ma non in una buffonata. Secondo Gobineau, la cultura, ampolla ideale di essenze odoranti e dense che costituiscono l’umano, è manifattura di una delle razze pure originali. La prima mescolanza di due sangui distinti fu benefica, come negli alberi da frutto un primo innesto. Ma la storia è un immenso epitalamio, una stertorosa canzone di nozze, che canta una volta e un’altra, con inconscia allegria, la fusione delle razze. Allegramente i popoli si sono congiunti: tutte le lotte finirono in pompe coniugali; il sangue, veicolo della tradizione morale e intellettuale di ogni gruppo etnico, è andato raccogliendo materie contraddittorie e facendosi un liquore confuso, dove vanno disciolte le cose più ostili. Così nacquero le razze decadenti che portano nelle loro vene il principio di disorientamento.

Non credo che questa teoria sia vera; l’ho menzionata unicamente per indicare che la spiegazione della nostra decadenza esige motivi tanto radicali, almeno, quanto quelli proposti da Gobineau.

Non viene da oggi né da ieri il nostro deperimento: la sostanza spagnola è malata da secoli, ed è il suo male così profondo, che non troveremo nella storia di Spagna un politico con genio sufficiente per attribuirgli i danni inferiti. Di non vedere ciò, di rimpicciolire la nostra sventura, di abuffonare questa storia di Spagna, è di ciò che accuso il sistema di affermazioni catalaniste, lasciando tutto il mio rispetto per le persone che si intrattengono a sostenerlo. Bisogna porsi, una volta almeno, con tutta precisione, il problema della cultura; bisogna obbligarsi, una volta almeno, a rispondere «tecnicamente» a questa domanda: Che cos’è la cultura?

In La scienza spagnola, o meglio, in una nota della riedizione (note che accusano un po’ più di continenza nel nazionalismo dell’autore), si accorge il signor Menéndez Pelayo che nella cosiddetta cultura spagnola sono mancate le matematiche: invece —viene a dire— abbiamo coltivato grandemente le scienze biologiche. Come? È che fa lo stesso? È che sono materie coordinate, di significazione equivalente nel globus intellectualis? Io credo che il símil di una sfera sia molto applicabile alla cultura, anche questa ha un centro e una periferia. Le matematiche, insieme con la filosofia, sono il centro della cultura europea, che è di quella che parliamo, e se ci capitasse ancora maggior centrazione, quello sarebbero nella cultura europea moderna, che comincia, non nel rinascimento della plastica o dei versi greci, ma nella traduzione che Niccolò Cusano fece della meccanica di Archimede e nella festa con cui l’Accademia Fiorentina celebrò la nascita di Platone.

Se non abbiamo avuto matematiche, «orgoglio della ragione umana», che diceva Kant; se, come conseguenza, non abbiamo avuto filosofia, possiamo dire molto schiettamente che non ci siamo iniziati nemmeno alla cultura moderna. Queste non sono parole per chi conosca il valore delle parole: questo è il fatto brutale, indubitabile e tragico; questa è la ferita profonda che porta in mezzo al cuore la nostra razza, e la fa andare come un popolo fantasma, revenant, su uno sfondo di paesaggi nuovi, nella cui coltivazione non è intervenuta per nulla e finanche il nome delle cui piante e sentieri ignora.

Pensando in questo modo, risulterà strano che io abomini di ogni fede nello spontaneo della razza? I «solidari» e don Gumersindo de Azcárate credono che tutti i mali provengano dalla legislazione vigente in Spagna dai Re Cattolici: sopprimiamola e presenzieremo la restaurazione spontanea delle energie sociali. Questa è un’applicazione in scala minore del ragionamento anarchico che c’è in fondo a tutto il vecchio liberalismo individualista: l’uomo in stato nativo è buono; la società regolamentata lo fa cattivo; distruggete questa e rinascerà sulle sue rovine la bontà umana come un jaramago immortale. Questa è la midolla del romanticismo, e nel mio vocabolario romanticismo vuol dire peccato.

Lo spontaneo!… Cioè, se non capisco male, l’ultima intimità del carattere, la reazione immediata dell’io davanti alle influenze del mezzo per stabilire l’equilibrio vitale. Ma il mezzo è cambiato, non certo per nostro impulso: tutti i dolori e le difficoltà del secolo XX ci stanno ferendo. E vogliamo che il nostro io, un io petreo del secolo XVI, consegnato alla sua spontaneità, lotti contro quel mezzo, lo plasmi e lo soggioghi! No: lo spontaneo spagnolo è forzosamente cattivo. La nostra labor consiste precisamente nel forgiarci una nuova spontaneità, un io contemporaneo, una coscienza attuale. In altre parole, dobbiamo educarci. E l’educazione non è opera di spontaneità, ma del contrario, di riflessione e di tutela. Dobbiamo fingerci un io ideale, simbolico, esemplare, riflettendo sull’anima, sul carattere europei. Nulla di realtà organiche, termine tanto di gusto «solidario». Impiegare símili biologici riferendosi a entità morali è cosa completamente screditata, come è noto, ma molto più quando si parla di Spagna, di una razza spiritualmente morta. Preferibile sarebbe usare di comparazioni teologiche; perché, in verità, si tratta di una resurrezione.

Il problema spagnolo è un problema educativo; ma questo, a sua volta, è un problema di scienze superiori, di alta cultura. Il vero nazionalismo, invece di aggrapparsi allo spontaneo e al castizo, procura nazionalizzare l’europeo.

È necessario, prima di tutto, che la Spagna produca scienza. E frattanto curiamo di nascondere la rozzezza nativa: non scopriamo, come cattivi figli, il corpo del patrio Noè quando è ubriaco e impresentabile. E se lo facciamo, sia suscitando, a forza di genio, idealità sulle nostre piaghe, come quel pittore Zuloaga che va per il mondo commuovendo le anime con la barbarie pittoresca delle nostre ferite.

Oggi è molto difficile realizzare lavori scientifici in Spagna: salvo alcune materie, è decisamente impossibile. Comincia per il fatto che non c’è una sola biblioteca di libri scientifici moderni. La Biblioteca Nazionale è inservibile; appena se basta per affari di storia e letteratura spagnole, che sono le discipline meno europee. Le altre scienze si trovano completamente sprovviste di materiale bibliografico. Mancano le opere più elementari. Appena se ci sono riviste. Per colmo di sventure, il regolamento è palesemente ridicolo. Il principio su cui si fonda questo regolamento è che i libri stanno nella Biblioteca perché non se li portino via; non perché siano letti sotto certe garanzie, ma esclusivamente perché non se li portino via, anche se nessuno li legge.

Credo che una biblioteca di libri scientifici (e chiaro sta che questo vuol dire di libri scientifici stranieri) sia istituzione molto più urgente di quel teatro nazionale progettato. Può vivere dignitosamente una nazione senza un Teatro Nazionale: senza una biblioteca mediocremente provvista, la Spagna vive disonorata.

Ci saranno nel Parlamento alcuni deputati che abbiano la bontà e la devozione di prendere su di sé questo impegno? Si lascerà commuovere il Governo da questa petizione che gli fanno dal fondo dei loro cuori quanti si affannano ardentemente per nazionalizzare la cultura? Non avrebbe bisogno il Governo di cercare fuori del partito conservatore la personalità idonea per organizzare e dirigere quella Biblioteca: il rispettabilissimo nome di don Eduardo de Hinojosa darebbe la somma autorità a questa nuova istituzione. E sarebbe il miglior omaggio che a così benemerito spagnolo corrisponde ed è dovuto.

El Imparcial, 21 febbraio 1909