Ortega y Gasset
Abstract
A dialogue with the character Rubín de Cendoya, ‘Spanish mystic’, in the corridors of Parliament: nothing human is spontaneous, everything requires apprenticeship. He defends parliamentary conventionalism against the cult of sincerity—‘the orangutan is the sincere man’—because truth is not felt but invented, and culture is the realm of the conventional set against nature.
Connections
Concetti: natura, abitudine
Forme: dialogo
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Hacía mucho tiempo que no veía a Rubín de Cendoya, místico español; fue grande mi sorpresa al hallarle la otra tarde en el salón de conferencias.
—No hay otro remedio —me dijo— que dedicarnos todos a la política; en otros países puede el hombre sin ambiciones de dominio desentenderse de los negocios públicos. Tales sociedades se encuentran en un estado más avanzado de diferenciación funcional. En España, por el contrario, tiene que hacer cada cual todos los menesteres como en el clan primitivo. El individuo humano no es el individuo físico, sino el individuo de la sociedad; de aquí que cuando la sociedad no está hecha, el afán primordial de cada aspirante a hombre sea hacerla. Así acontece entre nosotros.
—¿Y se ha afiliado usted a algún partido?
—Todavía no; ya conoce usted mi opinión fundamental: nada humano es espontáneo, todo requiere aprendizaje. Es frecuente escuchar que si irrumpieran en el Parlamento unos cuantos hombres sinceros, todo se arreglaría. Yo lo niego; yo no he creído nunca en la fecundidad política de esa virtud —la sinceridad—, que es, al cabo, la menos costosa de las virtudes; decir lo que se siente no es a menudo sino una prueba de escasa imaginación. Hay, claro está, que decir la verdad; pero la verdad no se siente, la verdad se inventa. ¡Expresar la verdad que a costa de enormes esfuerzos hemos logrado inventar, ésta sí que es una alta y enérgica virtud peculiar a nuestra especie! ¡Divina Veracidad, virtud activa, que nos mueves, no tanto a decir la verdad como a buscarla antes de decirla! La sinceridad, en cambio, es un hábito negativo que ejercitan todos los animales, y se reduce a no interponer entre las excitaciones de fuera y las reacciones espontáneas que de dentro responden, lo que podríamos llamar un cortocircuito. Unos cuantos hombres sinceros en el recinto del Congreso acabarían dándose de puñaladas. El orangután es el hombre sincero.
—¿De modo que el convencionalismo parlamentario?…
—¿Qué sería de España sin él, qué sería de Europa? El Parlamento es una de esas sabias interpolaciones colocadas por la humanidad entre la fisiología sincera del pithecanthropus erectus y sus aspiraciones superiores. Ser convencional es lo más que puede ser una cosa, y, si esto no es paradoja, yo no tengo la culpa de vivir entre gentes que no han meditado nunca, y atenidos a una visión simplista de los fenómenos, motejan de paradójico todo juicio dotado de alguna mayor filosofía.
Cuanto en el hombre no sea mantenencia y ayuntamiento con fembra es convencional: la cultura es frente a la natura el reino de lo conveniente y lo convenido. Tanto es así, que nuestra era contemporánea, el siglo de la cultura reflexiva, viene datada de la Revolución francesa, de la cual el instituto supremo juzgó oportuno llamarse Convención. No creo, pues, que nuestro Parlamento, hijo de la Convención, sufra desdoro porque se le llame convencional.
—Sin embargo, el éxito de Pablo Iglesias ha significado un triunfo de la sinceridad.
—No lo creo, amigo. En la Cámara popular, como en la impopular —que dicen Senado— no abundan los hombres de talento ni los hombres completamente serios. Pablo Iglesias posee con amplitud esas dos cualidades, a las que, so pena de caer en un horrible pesimismo cósmico, hemos de vaticinar, dondequiera se presenten, éxito seguro.
Hablando así salimos al pasillo, y la conversación fue interrumpida brevemente, porque los que iban y venían nos separaron un instante. Pasaron por entre ambos no pocos periodistas, muchos políticos nombrados y alguna bruja de Shakespeare.
El místico español continuó de esta manera:
—Es muy importante la reivindicación de lo convencional, tan importante, que sólo de la fe en el poder de la convención para transformar la naturaleza, puede surgir para nosotros la fe en el porvenir de la raza. Hay mucha gente que no se ha convencido todavía de que lo espontáneo es forzosamente malo, y sólo podremos mejorar cuando nos finjamos, por un acto de clara volición, una naturaleza nueva y convenida. Pero esto es cuestión de muy larga disputa: ahí está don Gumersindo de Azcárate, que aún cree en los impulsos orgánicos, espontáneos, sinceros de nuestro pueblo. ¡Qué hombre más grato y respetable!: bien es verdad que su corazón vale mucho más que su sociología.
Cruzó, en efecto, ante nosotros, el ilustre hombre público; se detuvo a hablar con un diputado. Los trazos de su rostro y las posturas le daban el aspecto de un viejo Don Quijote a quien ha vuelto la cordura.
—Amigo mío; ahora es moda maldecir del sistema parlamentario. Los conservadores franceses, que tienen sobre los españoles la inmensa ventaja de ser ingeniosos y escribir deleitadamente, han puesto cerco de ironías a esta institución democrática. Le achacan que no es cosa perfecta, que padece muchas menguas e impurezas. Nosotros nos contentaremos diciendo que es el menor de todos los males. ¿Y no será esto bastante? Lo último de las mejores cosas humanas se reduce a que son las menos malas.
—Se censura a los Parlamentos, sobre todo, porque diluyen las energías nacionales en retórica.
—No siga usted, no siga usted. Pero ¿qué creen esas gentes? ¿Creen que la humanidad es imbécil? ¿Que ha vivido veintitantos siglos preocupándose de retórica, para que ahora venga a resultar una majadería? Yo soy más tradicionalista que todos los conservadores juntos; cuando formo sobre algo una opinión, no me satisfago hasta tanto no he podido comprobar que lo pensado por mí lo han pensado en su vocabulario los hombres juiciosos de todos los tiempos. La originalidad es el error y una especie de frivolidad. Todo lo discreto fue pensado ya una vez —dice Goethe—; sólo nos resta ensayar una expresión nueva y más precisa. ¡Las gentes que eso dicen son cimarronas! La retórica y la buena educación son las dos postreras convenciones, los dos últimos yugos culturales que quisieran arrojar para en dos zancadas volverse a la selva maternal y ponerse a pegar saltos al sol naciente, como suelen en el junco los cinocéfalos. En suma, amigo; yo he venido aquí a aprender el arte de la política que, como todas las cosas del mundo que algo valen, no se da en estado nativo dentro de nadie, como no sea de los genios. Es menester aprender a andar por el hemiciclo y a dar las gracias cuando algún secretario benévolo nos envía unos caramelos, de los que dice mi amigo Luis de Zulueta que, sin ellos, la oposición sería mucho más impaciente y violenta. Todo, aun lo baladí, puede estar bien o mal hecho, y tiene, por lo tanto, su ciencia, su escuela, su noviciado. Quien viniera aquí sin previo estudio, fracasaría inútilmente. Llegaría ahíto de prejuicios provinciales y domésticos, hecho a no ver en el Parlamento sino una ocupada ociosidad a que se dedican unos cuantos hombres de no buen vivir.
—Pero, ¿qué va usted a hacer sin una orientación, sin un programa?— interrumpí yo.
—¡Ah! Yo estoy también construyendo mi programa; pero no me contento, como es uso, demandando orientaciones a la economía, ciencia tan nueva; a la sociología, ciencia que no lo es; o a la historia, que aunque antigua y honrada, apenas si contiene la evolución de unas cuantas docenas de siglos. He preferido fijarme en la astronomía, que cuenta las centurias por horas y sabe de profundos cambios milenarios y de sorprendentes metamorfoseos.
Entonces fue cuando sacó del bolsillo un libro que me enseñó: Mars et ses canaux, ses conditions de vie, por Perceval Lowel.
—Aquí tiene usted una prueba del poder de transformar lo natural que es adherente a toda inteligencia. La historia de Marte muestra la evolución de un planeta guerrero y conquistador en un planeta de pacífico regadío. ¿No es éste nuestro caso? Pues yo le contaré cómo vive de paz y de agua este globo en que antes no hubo paz y ahora no hay agua: aprendamos alta política de este noble planeta sediento.
El Imparcial, 25 de julio de 1910.
II
Este Perceval Lowel —prosiguió Rubín de Cendoya— es un hombre de imaginación. Yo admiro sobremanera a quien se halla provisto de imaginación a la moderna. Porque ha de advertirse un cambio profundo entre la antigua y la nueva manera de ejercitar la fantasía. El antiguo imaginario huía de la confrontación con las cosas reales; el moderno, por el contrario, se sume en el extremo realismo, busca una contención y un cauce a sus invenciones en las rígidas e inequívocas fisonomías de las cosas. Éste es un carácter distintivo de los pueblos nuevos, y muy especialmente de los yankees, el pueblo de mayor juventud. Edgar Poe, el genio más representativo de Norteamérica, no hizo otra cosa, y lo hizo con plena conciencia, como lo prueban sus Marginalia.
I
It had been a long time since I had seen Rubín de Cendoya, a Spanish mystic; great was my surprise at finding him the other afternoon in the lecture hall.
“There is no other remedy —he told me— than for us all to devote ourselves to politics; in other countries a man without ambitions of domination can disengage himself from public affairs. Such societies find themselves in a more advanced state of functional differentiation. In Spain, on the contrary, everyone has to perform all the tasks, as in the primitive clan. The human individual is not the physical individual, but the individual of society; hence, when society is not yet made, the primordial concern of every aspirant to manhood is to make it. Thus it happens among us.”
“And have you joined some party?”
“Not yet; you already know my fundamental opinion: nothing human is spontaneous, everything requires learning. It is common to hear that if a few sincere men burst into Parliament, everything would be put right. I deny it; I have never believed in the political fecundity of that virtue —sincerity—, which is, after all, the least costly of the virtues; to say what one feels is often but a proof of scant imagination. The truth, of course, must be spoken; but the truth is not felt, the truth is invented. To express the truth that at the cost of enormous efforts we have managed to invent —this indeed is a high and energetic virtue peculiar to our species! Divine Truthfulness, active virtue, which moves us not so much to tell the truth as to seek it before telling it! Sincerity, in contrast, is a negative habit that all animals practice, and it reduces itself to not interposing between the excitations from outside and the spontaneous reactions that respond from within, what we might call a short-circuit. A few sincere men in the precincts of Congress would end up stabbing one another. The orangutan is the sincere man.”
“So that parliamentary conventionalism?…”
“What would become of Spain without it, what would become of Europe? Parliament is one of those wise interpolations placed by humanity between the sincere physiology of pithecanthropus erectus and its higher aspirations. To be conventional is the most a thing can be, and, if this is not a paradox, I am not to blame for living among people who have never meditated, and, holding to a simplistic vision of phenomena, brand as paradoxical every judgment endowed with some greater philosophy.”
Whatever in man is not sustenance and coupling with a female is conventional: culture is, as against nature, the kingdom of the convenient and the agreed. So much is this so, that our contemporary era, the century of reflective culture, comes dated from the French Revolution, from which the supreme institute judged it opportune to call itself Convention. I do not believe, then, that our Parliament, son of the Convention, suffers dishonor from being called conventional.
“Nevertheless, the success of Pablo Iglesias has signified a triumph of sincerity.”
“I do not believe it, friend. In the popular Chamber, as in the unpopular one —called the Senate— men of talent nor completely serious men do not abound. Pablo Iglesias possesses amply those two qualities, to which, on pain of falling into a horrible cosmic pessimism, we must prophesy, wherever they appear, certain success.”
Talking thus we went out into the corridor, and the conversation was briefly interrupted, because those coming and going separated us for a moment. Between the two of us passed not a few journalists, many well-known politicians, and some witch of Shakespeare.
The Spanish mystic continued in this manner:
“Very important is the vindication of the conventional, so important, that only from faith in the power of convention to transform nature can faith in the future of the race arise for us. There are many people who have not yet convinced themselves that the spontaneous is necessarily bad, and we shall only be able to improve when we feign, by an act of clear volition, a new and agreed nature. But this is a matter of very long dispute: there is don Gumersindo de Azcárate, who still believes in the organic, spontaneous, sincere impulses of our people. What a most pleasing and respectable man!: it is quite true that his heart is worth much more than his sociology.”
The illustrious public man, in effect, crossed before us; he stopped to speak with a deputy. The lines of his face and his postures gave him the look of an old Don Quixote to whom sanity has returned.
“My friend; now it is the fashion to curse the parliamentary system. The French conservatives, who have over the Spaniards the immense advantage of being ingenious and of writing delightfully, have laid siege of ironies to this democratic institution. They charge it with not being a perfect thing, with suffering many defects and impurities. We shall content ourselves with saying that it is the least of all evils. And will this not be enough? The last word of the best human things reduces itself to their being the least bad.”
“Parliaments are censured, above all, because they dilute national energies in rhetoric.”
“Do not go on, do not go on. But what do those people believe? Do they believe that humanity is imbecile? That it has lived twenty-some centuries worrying about rhetoric, so that now it should turn out to be nonsense? I am more of a traditionalist than all the conservatives together; when I form an opinion about something, I do not satisfy myself until I have been able to verify that what I have thought, the judicious men of all times have thought in their vocabulary. Originality is error and a kind of frivolity. Everything discreet was already thought once —says Goethe—; all that remains to us is to try a new and more precise expression. The people who say that are runaways! Rhetoric and good breeding are the two last conventions, the two last cultural yokes they would like to throw off in order, in two strides, to return to the maternal forest and start leaping at the rising sun, as the cynocephali are wont to do in the reeds. In short, friend; I have come here to learn the art of politics which, like all things in the world worth anything, is not given in native state within anyone, save the geniuses. One must learn to walk about the hemicycle and to give thanks when some benevolent secretary sends us some caramels, of which my friend Luis de Zulueta says that, without them, the opposition would be much more impatient and violent. Everything, even the trifling, can be well or badly done, and has, therefore, its science, its school, its novitiate. Whoever came here without previous study would fail uselessly. He would arrive stuffed with provincial and domestic prejudices, wont to see in Parliament nothing but an occupied idleness to which a few men of no good living devote themselves.”
“But what are you going to do without an orientation, without a program?” —I interrupted.
“Ah! I too am building my program; but I do not content myself, as is customary, with demanding orientations from economics, a science so new; from sociology, a science that is not; or from history, which, though ancient and honorable, barely contains the evolution of a few dozen centuries. I have preferred to fix on astronomy, which counts the centuries by hours and knows of profound millennial changes and of surprising metamorphoses.”
It was then that he took from his pocket a book which he showed me: Mars et ses canaux, ses conditions de vie, by Perceval Lowel.
“Here you have a proof of the power of transforming the natural that is adherent to every intelligence. The history of Mars shows the evolution of a warrior and conquering planet into a planet of peaceful irrigation. Is this not our case? Well, I shall tell you how this globe lives on peace and water, in which before there was no peace and now there is no water: let us learn high politics from this noble thirsty planet.”
El Imparcial, 25 July 1910.
II
“This Perceval Lowel —continued Rubín de Cendoya— is a man of imagination. I admire exceedingly whoever is provided with imagination in the modern way. For a deep change must be noted between the ancient and the new manner of exercising fancy. The ancient imaginer fled the confrontation with real things; the modern, on the contrary, plunges into extreme realism, seeks a restraint and a channel for his inventions in the rigid and unequivocal physiognomies of things. This is a distinctive character of the new peoples, and very especially of the Yankees, the people of greatest youth. Edgar Poe, the most representative genius of North America, did nothing else, and he did it with full consciousness, as his Marginalia prove.”
I
Era da molto tempo che non vedevo Rubín de Cendoya, mistico spagnolo; fu grande la mia sorpresa nel trovarlo l’altra sera nella sala delle conferenze.
—Non c’è altro rimedio —mi disse— che dedicarci tutti alla politica; in altri paesi può l’uomo senza ambizioni di dominio disinteressarsi degli affari pubblici. Tali società si trovano in uno stato più avanzato di differenziazione funzionale. In Spagna, al contrario, ciascuno deve fare tutti i mestieri come nel clan primitivo. L’individuo umano non è l’individuo fisico, bensì l’individuo della società; di qui che quando la società non è fatta, l’ansia primordiale di ogni aspirante a uomo sia farla. Così accade tra noi.
—E si è affiliato a qualche partito?
—Ancora no; lei conosce già la mia opinione fondamentale: nulla di umano è spontaneo, tutto richiede apprendimento. È frequente sentire che se irrompessero nel Parlamento alcuni uomini sinceri, tutto si accomoderebbe. Io lo nego; io non ho mai creduto nella fecondità politica di quella virtù —la sincerità—, che è, in fin dei conti, la meno costosa delle virtù; dire ciò che si sente non è spesso che una prova di scarsa immaginazione. C’è, naturalmente, da dire la verità; ma la verità non si sente, la verità si inventa. Esprimere la verità che a costo di enormi sforzi siamo riusciti a inventare, questa sì che è un’alta ed energica virtù peculiare alla nostra specie! Divina Veracità, virtù attiva, che ci muovi non tanto a dire la verità quanto a cercarla prima di dirla! La sincerità, invece, è un’abitudine negativa che esercitano tutti gli animali, e si riduce a non interporre tra le eccitazioni di fuori e le reazioni spontanee che rispondono di dentro, quello che potremmo chiamare un cortocircuito. Alcuni uomini sinceri nel recinto del Congresso finirebbero per darsi pugnalate. L’orango è l’uomo sincero.
—Cosicché il convenzionalismo parlamentare?…
—Che ne sarebbe della Spagna senza di esso, che ne sarebbe dell’Europa? Il Parlamento è una di quelle sagge interpolazioni collocate dall’umanità tra la fisiologia sincera del pithecanthropus erectus e le sue aspirazioni superiori. Essere convenzionale è il massimo che una cosa possa essere, e, se questo non è paradosso, io non ho colpa di vivere tra genti che non hanno mai meditato, e, attenendosi a una visione semplicistica dei fenomeni, tacciano di paradossale ogni giudizio dotato di una qualche maggiore filosofia.
Quanto nell’uomo non sia mantenimento e congiungimento con femmina è convenzionale: la cultura è, di fronte alla natura, il regno del conveniente e del convenuto. Tanto è vero, che la nostra era contemporanea, il secolo della cultura riflessiva, viene datata dalla Rivoluzione francese, dalla quale l’istituto supremo ritenne opportuno chiamarsi Convenzione. Non credo, dunque, che il nostro Parlamento, figlio della Convenzione, soffra disdoro perché lo si chiami convenzionale.
—Tuttavia, il successo di Pablo Iglesias ha significato un trionfo della sincerità.
—Non lo credo, amico. Nella Camera popolare, come nella impopolare —che dicono Senato— non abbondano gli uomini di talento né gli uomini completamente seri. Pablo Iglesias possiede con ampiezza queste due qualità, alle quali, pena cadere in un orribile pessimismo cosmico, dobbiamo vaticinare, dovunque si presentino, successo sicuro.
Parlando così uscimmo nel corridoio, e la conversazione fu interrotta brevemente, perché quelli che andavano e venivano ci separarono un istante. Passarono tra noi due non pochi giornalisti, molti politici di nome e qualche strega di Shakespeare.
Il mistico spagnolo continuò in questo modo:
—È molto importante la rivendicazione del convenzionale, tanto importante, che solo dalla fede nel potere della convenzione di trasformare la natura può sorgere per noi la fede nell’avvenire della razza. C’è molta gente che non si è ancora convinta che lo spontaneo è forzosamente cattivo, e solo potremo migliorare quando ci fingeremo, per un atto di chiara volizione, una natura nuova e convenuta. Ma questa è questione di lunghissima disputa: ecco don Gumersindo de Azcárate, che crede ancora negli impulsi organici, spontanei, sinceri del nostro popolo. Che uomo più grato e rispettabile!: ben è vero che il suo cuore vale molto più della sua sociologia.
Attraversò, infatti, dinanzi a noi, l’illustre uomo pubblico; si fermò a parlare con un deputato. I tratti del suo volto e le posture gli davano l’aspetto di un vecchio Don Chisciotte a cui è tornato il senno.
—Amico mio; ora è moda maledire il sistema parlamentare. I conservatori francesi, che hanno sugli spagnoli l’immensa vantaggio di essere spiritosi e di scrivere deliziosamente, hanno posto un assedio di ironie a questa istituzione democratica. Le rinfacciano che non è cosa perfetta, che patisce molte manchevolezze e impurità. Noi ci contenteremo dicendo che è il minore di tutti i mali. E non sarà questo abbastanza? L’estremo delle migliori cose umane si riduce a che sono le meno cattive.
—Si censurano i Parlamenti, soprattutto, perché diluiscono le energie nazionali in retorica.
—Non continui, non continui. Ma che cosa credono quelle genti? Credono che l’umanità sia imbecille? Che abbia vissuto ventitré secoli preoccupandosi di retorica, perché ora venga a risultare una sciocchezza? Io sono più tradizionalista di tutti i conservatori messi insieme; quando mi formo un’opinione su qualcosa, non mi do pace finché non ho potuto constatare che ciò che io ho pensato, gli uomini giudiziosi di tutti i tempi l’hanno pensato nel loro vocabolario. L’originalità è l’errore e una specie di frivolità. Tutto il discreto fu già pensato una volta —dice Goethe—; non ci resta che provare un’espressione nuova e più precisa. Le genti che dicono ciò sono cimarroni! La retorica e la buona educazione sono le due ultime convenzioni, i due ultimi gioghi culturali che vorrebbero gettare per tornare in due falcate alla selva materna e mettersi a far salti al sole nascente, come sogliono nel canneto i cinocefali. In somma, amico; io sono venuto qui a imparare l’arte della politica che, come tutte le cose del mondo che valgono qualcosa, non si dà in stato nativo dentro a nessuno, se non ai geni. Bisogna imparare a camminare per l’emiciclo e a ringraziare quando qualche benevolo segretario ci invia dei caramelli, dei quali dice il mio amico Luis de Zulueta che, senza di essi, l’opposizione sarebbe molto più impaziente e violenta. Tutto, anche il futile, può essere ben o mal fatto, e ha, perciò, la sua scienza, la sua scuola, il suo noviziato. Chi venisse qui senza previo studio, fallirebbe inutilmente. Arriverebbe satollo di pregiudizi provinciali e domestici, abituato a non vedere nel Parlamento se non un’occupata oziosità a cui si dedicano alcuni uomini di non buon vivere.
—Ma che cosa farà lei senza un orientamento, senza un programma? —interruppi io.
—Ah! Anche io sto costruendo il mio programma; ma non mi contento, come è uso, domandando orientamenti all’economia, scienza tanto nuova; alla sociologia, scienza che non lo è; o alla storia, che, sebbene antica e onorata, appena se contiene l’evoluzione di alcune dozzine di secoli. Ho preferito fissarmi nell’astronomia, che conta le centurie a ore e sa di profondi mutamenti millenari e di sorprendenti metamorfosi.
Fu allora che tirò fuori dalla tasca un libro che mi mostrò: Mars et ses canaux, ses conditions de vie, di Perceval Lowel.
—Qui ha lei una prova del potere di trasformare il naturale che è aderente a ogni intelligenza. La storia di Marte mostra l’evoluzione di un pianeta guerriero e conquistatore in un pianeta di pacifico irriguo. Non è questo il nostro caso? Ebbene, io le racconterò come vive di pace e di acqua questo globo in cui prima non ci fu pace e ora non c’è acqua: impariamo alta politica da questo nobile pianeta assetato.
El Imparcial, 25 luglio 1910.
II
Questo Perceval Lowel —proseguì Rubín de Cendoya— è un uomo di immaginazione. Io ammiro oltremodo chi si trova provvisto di immaginazione alla moderna. Perché si deve notare un profondo cambiamento tra l’antico e il nuovo modo di esercitare la fantasia. L’antico immaginatore fuggiva il confronto con le cose reali; il moderno, al contrario, si immerge nell’estremo realismo, cerca una contenzione e un canale per le sue invenzioni nelle rigide e inequivoche fisionomie delle cose. Questo è un carattere distintivo dei popoli nuovi, e molto specialmente degli yankees, il popolo di maggiore gioventù. Edgar Poe, il genio più rappresentativo del Nordamerica, non fece altro, e lo fece con piena coscienza, come provano le sue Marginalia.
Lowel, asimismo, para poder imaginar con mayor energía, se dedicó a los estudios astronómicos, y, buscando una atmósfera propicia a las inquisiciones planetarias, se aisló en el desierto del Arizona y montó un Observatorio. Largos años hace que allí vive perescrutando la vida íntima de Marte, y ahora resume en un libro sus contemplaciones.
De ellas resulta que este planeta se halla habitado por una raza venturosa de pacíficos ingenieros. ¿No es esto prodigioso? Marte fue, en otro tiempo, el punto del firmamento escogido por los poetas y los sabios para localizar el espíritu guerrero. Mas «la guerra —dice Lowel— es entre nosotros un resto del alma salvaje, y seduce principalmente ahora a la porción infantil e irreflexiva del pueblo. Los sabios saben que hay otros modos de practicar el heroísmo y de asegurar la supervivencia de los mejores. Esto es el progreso. Pero séase pacífico por razonamiento o sin él, la evolución de la naturaleza nos fuerza a ello. Cuando los habitantes de un planeta se hayan combatido y muerto de una manera suficiente, los que sobrevivan encontrarán mayores ventajas en el trabajo solidario por el bien común. No podremos decir si el desarrollo del buen sentido o la presión de la necesidad ha traído a los marcianos hasta este estado eminentemente justo: lo cierto es que han llegado a él y que, de no llegar, habrían muerto».
¿Por qué? Muy sencillo. En Marte la atmósfera se ha ido enrareciendo —lo mismo que en España—, hasta el punto que no hay más agua que la que en invierno se congela en los casquetes polares. He aquí el hecho físico que ha cambiado los apetitos de los marcianos. ¡Cómo andarse a mover guerras gentes que se mueren de sed! De esta necesidad fisiológica elemental procede toda la evolución posterior de nuestros vecinos de sistema, y si entre ellos hay algún filósofo, no habrá dejado de construir una concepción hidráulica de la historia.
La tierra sitibunda se hizo estéril, y los marcianos, junto a la sed, hubieron hambre; debieron pasar siglos tristísimos, terribles, purificadores, espantosas jornadas de desesperanza. Mas el dolor hace a las gentes discretas. «Sobre un mundo —dice Lowel— donde las condiciones de la vida se hacen tan difíciles, los seres tienen que ser cada vez más inteligentes para poder sobrevivir, y la evolución se realiza en este sentido. El estado del planeta nos conduce, pues, a admitir en Marte una vida caracterizada por una alta inteligencia».
Efectivamente; los marcianos depusieron las arrogancias, descolgaron la valentía y se dedicaron a estudiar matemáticas. Los pueblos ecuatoriales tuvieron que firmar paz perpetua con los tropicales y éstos con los polares para que no interceptaran las aguas reunidas en los Polos. Y diéronse todos los seres la gran tregua del agua, aquella misma ley sagrada que obedecen en la selva, según Rudyard Kipling, los animales más fieros.
Comenzaron a abrirse canales por toda la redondez de la estrella, maravillosas venas científicas, portadoras de la sangre cristalina que había de infundir al planeta una nueva juventud. Al telescopio presenta Marte un enrejado complicadísimo de sutiles líneas prodigiosamente geométricas; el gran Schiapparelli las vio por vez primera en 1877. Estas líneas recorren centenares y aun miles de kilómetros en acertadísima combinación unas con otras.
En invierno Marte ostenta sus dos casquetes helados: la vida duerme en él entonces. La primavera llega y el astrónomo nota primero un borde azulado en la masa blanca de los Polos: se inicia el deshielo. Más tarde las líneas casi borradas de los canales van entrando en vigor y un suave matiz, entre verdoso y rojizo, va cubriendo los trópicos: es una ola de verdura exuberante, una textura magnífica de vegetación que comienza a cubrir el viejo planeta sediento, remendado por el ingenio.
¡Qué cantos no resonarán entonces! Porque no ha de faltar allí la música: donde hay arroyos, verdura y paz, el ritmo fructifica. Habrá canciones rituales al agua madre, que descenderá eternamente grácil por los magníficos estuarios; habrá una literatura que se inspirará en los altos canales henchidos de la primavera, y otra más elegíaca a los canales vacíos invernales. Habrá también una religión. ¿Cómo no? Melquíades Álvarez nos ha dicho en el salón de sesiones hace un momento que el planeta no puede vivir sin religión. Sin agua tampoco, ilustre don Melquíades, habremos de decirle nosotros. En Marte hay la religión del agua, como en la Tierra la del espíritu que se movía sobre el agua.
Esta consideración astronómica de la historia permite llegar a grandes simplificaciones. La distancia realiza por sí misma lo que a la mente humana cuesta tanto lograr: reducir lo complejo a principios breves. Así vemos la vida de Marte derivándose toda de estos dos simples elementos: el agua y la vegetación.
¿Y no ha de sernos un ejemplo esta transformación radical de las ideas políticas que ha salvado a Marte? Este planeta ejercita hoy una política hidráulica y cereal. De bélico ha venido a convertirse en planeta eminentemente agrícola. Es un caso enorme de la ley que Spencer estatuía, según la cual los pueblos van pasando del estado guerrero al estado industrial. Castelar, desde el año 85, citaba esta ley en todos sus discursos y derivaba de ella lo que él llamaba su política experimental.
Según Lowel, «Marte no es hoy una morada desagradable». Esperemos que algún día pueda decirse otro tanto de España. Pero, ¿cuándo se cumplirá la ley de Spencer? Acaso ni don Gumersindo de Azcárate lo sepa, no obstante ser el último spenceriano que queda sobre la Tierra.
—Esta política astronómica parece una mixtificación —dije yo entonces, con un poco de brutalidad.
—Todo lo serio habrá de considerarse mixtificación por los seres frívolos que carecen de órganos táctiles para percibir la realidad de las cosas superiores. Mas en este caso, afortunadamente, tengo clásicos que apoyan mis afirmaciones y reconfortan mi convicción. Herder, el infinito Herder, padre de la moderna historiografía, comienza su libro diciendo que la filosofía de la historia humana tiene que comenzar con el cielo. Por otra parte, la doctrina más moderna sobre los métodos históricos sigue los principios de Ratzel, que dan a la reconstrucción del pasado una base antropogeográfica. «El influjo de la naturaleza sobre la historia —afirma Ratzel— da a ésta un profundo carácter telúrico. A primera vista depende una evolución histórica únicamente del suelo en que se realiza. Si profundizamos más le hallamos raíces adheridas a las propiedades fundamentales del planeta».
Acaso mi excursión marciana no sea inmediatamente aprovechable, pero significará, al menos, como un símbolo expresivo de que los pequeños problemas sólo pueden ser resueltos desde los grandes. Mientras hablamos aquí, ahí dentro se pretende resolver el problema español con puntos de vista verdaderamente simplicísimos. Frente a esto yo postulo una política ni municipal, ni regional, ni nacional, sino planetaria. Hay, amigo, que contar con el planeta, dentro del cual actúan fuerzas universales: los «monzones», soplando, han hecho por sí solos una décima parte de la historia, y los Alpes, inmóviles en el centro de Europa, impidieron a Roma operar sobre Alemania directamente.
El Imparcial, 1 de agosto de 1910
Lowel, likewise, in order to imagine with greater energy, devoted himself to astronomical studies, and, seeking an atmosphere propitious to planetary inquiries, isolated himself in the Arizona desert and set up an Observatory. For long years he has lived there scrutinizing the intimate life of Mars, and now he summarizes in a book his contemplations.
From them it results that this planet is found inhabited by a fortunate race of peaceful engineers. Is this not prodigious? Mars was, in another time, the point of the firmament chosen by the poets and the sages to localize the warrior spirit. But “war —says Lowel— is among us a remnant of the savage soul, and now seduces chiefly the childish and unreflective portion of the people. The sages know that there are other ways of practicing heroism and of assuring the survival of the best. This is progress. But whether one is peaceful by reasoning or without it, the evolution of nature forces us to it. When the inhabitants of a planet have fought and killed one another in a sufficient manner, those who survive will find greater advantages in solidary work for the common good. We shall not be able to say whether the development of good sense or the pressure of necessity has brought the Martians to this eminently just state: what is certain is that they have arrived at it and that, had they not arrived, they would have died.”
Why? Very simple. On Mars the atmosphere has gradually rarefied —just as in Spain—, to the point that there is no more water than what in winter freezes in the polar caps. Here is the physical fact that has changed the appetites of the Martians. How can people dying of thirst go about moving wars! From this elementary physiological necessity proceeds all the later evolution of our neighbors in the system, and if there is some philosopher among them, he will not have failed to construct a hydraulic conception of history.
The thirsty earth became sterile, and the Martians, besides thirst, had hunger; they must have passed most sorrowful, terrible, purifying centuries, appalling days of hopelessness. But pain makes people discreet. “On a world —says Lowel— where the conditions of life become so difficult, beings must be each time more intelligent in order to survive, and evolution is realized in this sense. The state of the planet leads us, then, to admit on Mars a life characterized by a high intelligence.”
Indeed; the Martians laid down their arrogances, hung up their courage, and devoted themselves to studying mathematics. The equatorial peoples had to sign perpetual peace with the tropical ones, and these with the polar ones, so that they would not intercept the waters gathered at the Poles. And all beings gave themselves the great truce of water, that same sacred law which, according to Rudyard Kipling, the fiercest animals obey in the forest.
Canals began to open across the whole roundness of the star, marvelous scientific veins, bearers of the crystalline blood that was to infuse into the planet a new youth. Through the telescope Mars presents a most complicated lattice of subtle lines, prodigiously geometric; the great Schiaparelli saw them for the first time in 1877. These lines run hundreds and even thousands of kilometers in a most apt combination with one another.
In winter Mars displays its two icy caps: life sleeps on it then. Spring arrives and the astronomer first notes a bluish edge in the white mass of the Poles: the thaw begins. Later the almost erased lines of the canals gradually come into force and a soft tint, between greenish and reddish, gradually covers the tropics: it is a wave of exuberant greenery, a magnificent texture of vegetation that begins to cover the old thirsty planet, patched by ingenuity.
What songs will not resound then! For music must not be lacking there: where there are brooks, greenery and peace, rhythm fructifies. There will be ritual songs to the mother water, which will descend eternally graceful through the magnificent estuaries; there will be a literature that will be inspired by the high canals swollen with spring, and another, more elegiac, to the empty winter canals. There will also be a religion. How could it not? Melquíades Álvarez has told us in the session hall a moment ago that the planet cannot live without religion. Nor without water either, illustrious don Melquíades, we shall have to tell him. On Mars there is the religion of water, as on Earth that of the spirit which moved over the water.
This astronomical consideration of history allows one to arrive at great simplifications. Distance realizes by itself what the human mind finds so hard to achieve: reducing the complex to brief principles. Thus we see the life of Mars deriving entirely from these two simple elements: water and vegetation.
And must not this radical transformation of political ideas that has saved Mars be an example to us? This planet today practices a hydraulic and cereal policy. From bellicose it has come to become an eminently agricultural planet. It is an enormous case of the law that Spencer established, according to which peoples pass from the warrior state to the industrial state. Castelar, from the year ‘85, cited this law in all his speeches and derived from it what he called his experimental politics.
According to Lowel, “Mars is not today an unpleasant abode”. Let us hope that some day as much may be said of Spain. But when will the law of Spencer be fulfilled? Perhaps not even don Gumersindo de Azcárate knows, notwithstanding being the last Spencerian remaining on Earth.
“This astronomical politics seems a mystification” —I said then, with a little brutality.
“All that is serious must be considered a mystification by the frivolous beings who lack tactile organs to perceive the reality of higher things. But in this case, fortunately, I have classics that support my affirmations and comfort my conviction. Herder, the infinite Herder, father of modern historiography, begins his book saying that the philosophy of human history must begin with the sky. On the other hand, the most modern doctrine on historical methods follows the principles of Ratzel, which give to the reconstruction of the past an anthropogeographic base. “The influence of nature on history —affirms Ratzel— gives to it a profound telluric character. At first sight a historical evolution depends solely on the soil in which it is realized. If we go deeper we find roots adherent to the fundamental properties of the planet.""
Perhaps my Martian excursion is not immediately exploitable, but it will signify, at least, as an expressive symbol that small problems can be resolved only from the great ones. While we talk here, in there they claim to solve the Spanish problem with truly most simplistic points of view. Against this I postulate a politics neither municipal, nor regional, nor national, but planetary. One must, friend, reckon with the planet, within which universal forces act: the “monsoons”, blowing, have made by themselves a tenth of history, and the Alps, motionless in the center of Europe, prevented Rome from operating on Germany directly.
El Imparcial, 1 August 1910
Lowel, similmente, per poter immaginare con maggiore energia, si dedicò agli studi astronomici, e, cercando un’atmosfera propizia alle inquisizioni planetarie, si isolò nel deserto dell’Arizona e impiantò un Osservatorio. Sono lunghi anni che lì vive scrutando la vita intima di Marte, e ora riassume in un libro le sue contemplazioni.
Da esse risulta che questo pianeta si trova abitato da una razza venturosa di pacifici ingegneri. Non è prodigioso? Marte fu, in altro tempo, il punto del firmamento scelto dai poeti e dai sapienti per localizzare lo spirito guerriero. Ma «la guerra —dice Lowel— è tra noi un resto dell’anima selvaggia, e seduce principalmente ora la porzione infantile e irriflessiva del popolo. I sapienti sanno che ci sono altri modi di praticare l’eroismo e di assicurare la sopravvivenza dei migliori. Questo è il progresso. Ma si sia pacifici per ragionamento o senza di esso, l’evoluzione della natura ci forza a ciò. Quando gli abitanti di un pianeta si saranno combattuti e uccisi in maniera sufficiente, i sopravvissuti troveranno maggiori vantaggi nel lavoro solidale per il bene comune. Non potremo dire se lo sviluppo del buon senso o la pressione della necessità abbia portato i marziani fino a questo stato eminentemente giusto: la cosa certa è che vi sono giunti e che, a non giungervi, sarebbero morti».
Perché? Molto semplice. Su Marte l’atmosfera si è andata rarefacendo —lo stesso che in Spagna—, fino al punto che non c’è altra acqua che quella che in inverno si congela nei ghiacci polari. Ecco il fatto fisico che ha cambiato gli appetiti dei marziani. Come andare a muovere guerre genti che muoiono di sete! Da questa necessità fisiologica elementare procede tutta l’evoluzione posteriore dei nostri vicini di sistema, e se tra loro c’è qualche filosofo, non avrà mancato di costruire una concezione idraulica della storia.
La terra sitibonda si fece sterile, e i marziani, oltre alla sete, ebbero fame; dovettero passare secoli tristissimi, terribili, purificatori, spaventose giornate di disperanza. Ma il dolore fa le genti discrete. «Su un mondo —dice Lowel— dove le condizioni della vita si fanno tanto difficili, gli esseri devono essere sempre più intelligenti per poter sopravvivere, e l’evoluzione si realizza in questo senso. Lo stato del pianeta ci conduce, dunque, ad ammettere su Marte una vita caratterizzata da un’alta intelligenza».
Effettivamente; i marziani deposero le arroganze, appesero il coraggio e si dedicarono a studiare matematica. I popoli equatoriali dovettero firmare pace perpetua con i tropicali e questi con i polari perché non intercettassero le acque riunite ai Poli. E tutti gli esseri si diedero la grande tregua dell’acqua, quella stessa legge sacra che obbediscono nella selva, secondo Rudyard Kipling, gli animali più feroci.
Cominciarono ad aprirsi canali per tutta la rotondità della stella, meravigliose vene scientifiche, portatrici del sangue cristallino che doveva infondere al pianeta una nuova gioventù. Al telescopio Marte presenta un complicatissimo reticolato di sottili linee prodigiosamente geometriche; il grande Schiapparelli le vide per la prima volta nel 1877. Queste linee percorrono centinaia e anche migliaia di chilometri in azzeccatissima combinazione le une con le altre.
In inverno Marte ostenta i suoi due ghiacci gelati: la vita dorme su di esso allora. La primavera arriva e l’astronomo nota prima un orlo azzurrastro nella massa bianca dei Poli: inizia il disgelo. Più tardi le linee quasi cancellate dei canali vanno entrando in vigore e una dolce sfumatura, tra verdastra e rossiccia, va coprendo i tropici: è un’onda di verzura esuberante, una magnifica tessitura di vegetazione che comincia a coprire il vecchio pianeta assetato, rattoppato dall’ingegno.
Che canti non risuoneranno allora! Perché non deve mancare lì la musica: dove ci sono ruscelli, verzura e pace, il ritmo fruttifica. Ci saranno canzoni rituali all’acqua madre, che scenderà eternamente aggraziata per i magnifici estuari; ci sarà una letteratura che si ispirerà agli alti canali rigonfi di primavera, e un’altra più elegiaca ai canali vuoti invernali. Ci sarà anche una religione. Come no? Melquíades Álvarez ci ha detto nella sala delle sessioni un momento fa che il pianeta non può vivere senza religione. Senz’acqua nemmeno, illustre don Melquíades, dovremo dirle noi. Su Marte c’è la religione dell’acqua, come sulla Terra quella dello spirito che si muoveva sull’acqua.
Questa considerazione astronomica della storia permette di giungere a grandi semplificazioni. La distanza realizza da sé ciò che alla mente umana costa tanto conseguire: ridurre il complesso a brevi principi. Così vediamo la vita di Marte derivando tutta da questi due semplici elementi: l’acqua e la vegetazione.
E non deve esserci un esempio questa trasformazione radicale delle idee politiche che ha salvato Marte? Questo pianeta esercita oggi una politica idraulica e cerealicola. Da bellico è venuto a convertirsi in pianeta eminentemente agricolo. È un caso enorme della legge che Spencer statuiva, secondo la quale i popoli vanno passando dallo stato guerriero allo stato industriale. Castelar, dall’anno 85, citava questa legge in tutti i suoi discorsi e ne derivava ciò che egli chiamava la sua politica sperimentale.
Secondo Lowel, «Marte non è oggi una dimora sgradevole». Speriamo che un giorno si possa dire altrettanto della Spagna. Ma, quando si adempirà la legge di Spencer? Forse neppure don Gumersindo de Azcárate lo sa, nonostante essere l’ultimo spenceriano che resta sulla Terra.
—Questa politica astronomica sembra una mistificazione —dissi io allora, con un po’ di brutalità.
—Tutto il serio dovrà considerarsi mistificazione dagli esseri frivoli che mancano di organi tattili per percepire la realtà delle cose superiori. Ma in questo caso, fortunatamente, ho dei classici che sostengono le mie affermazioni e riconfortano la mia convinzione. Herder, l’infinito Herder, padre della moderna storiografia, comincia il suo libro dicendo che la filosofia della storia umana deve cominciare col cielo. D’altra parte, la dottrina più moderna sui metodi storici segue i principi di Ratzel, che danno alla ricostruzione del passato una base antropogeografica. «L’influsso della natura sulla storia —afferma Ratzel— dà a questa un profondo carattere tellurico. A prima vista un’evoluzione storica dipende unicamente dal suolo in cui si realizza. Se approfondiamo di più le troviamo radici aderite alle proprietà fondamentali del pianeta».
Forse la mia escursione marziana non è immediatamente sfruttabile, ma significherà, almeno, come un simbolo espressivo che i piccoli problemi possono essere risolti soltanto dai grandi. Mentre parliamo qui, là dentro si pretende di risolvere il problema spagnolo con punti di vista veramente semplicissimi. Contro questo io postulo una politica né municipale, né regionale, né nazionale, ma planetaria. C’è, amico, da contare col pianeta, dentro il quale agiscono forze universali: i «monsoni», soffiando, hanno fatto da soli una decima parte della storia, e le Alpi, immobili al centro dell’Europa, impedirono a Roma di operare sulla Germania direttamente.
El Imparcial, 1 agosto 1910