Ortega y Gasset
Abstract
A 1931 article: Spain’s only genuine problem is to build a new state, and a state is above all a public power that is respectable and therefore respected, not a matter of police force. If the state attacks a social group it ipso facto ceases to be a state and becomes Revolution or Counter-revolution: ‘Russia and Italy are not states’.
Connections
Assi: Stato e individuo
Concetti: Stato
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Hoy no hay en España más que un problema auténtico: los demás son «pseudos» en uno u otro sentido, por una u otra razón. Y ese problema único consiste en la construcción de un nuevo Estado. Y mientras ese nuevo Estado no exista plenamente España vivirá en peligro, y con ella y en ella todos los españoles, absolutamente todos, inclusive los que creen que la atmósfera de peligro —el río revuelto— les favorece. Porque, entre tanto, nuestra vida pública quedará reducida a una serie de coletazos contradictorios. Hoy serán machacados los de un lado, mañana los del otro. Hay que estabilizar la vida pública, y esto no se consigue, como el vocablo mismo lo sugiere, más que con un Estado.
Un Estado es, ante todo, un Poder público respetable, y porque respetable, respetado. ¡Ah, no haya duda! Como el Poder público, por la dignidad de sus palabras y de sus actos, por la altitud de su moral y de su gesto sea respetable, se puede estar seguro de que será automáticamente respetado. Ni que decir tiene que algunos intentarán faltarle al respeto, pero —¡ahí está!— no lo lograrán. El aire público, sin más, anulará el intento, lo sacudirá enérgicamente sobre sus autores. No es cuestión de fuerza pública. ¡Qué enorme error! La fuerza pública no interviene en la política sino para llenar los huecos de respetabilidad del Poder público, que es un Poder espiritual. Cuando los huecos son demasiado grandes, la fuerza pública acaba por faltar al respeto al Poder público, cuya es.
Pero, ¿cómo se fabrica de verdad y en serio un Estado? Yo creo que haciendo aproximadamente lo contrario de lo que se viene haciendo en estos meses. Me repugna la injusticia inevitable con que toda fórmula sintética aplasta y viola los casos excepcionales que, precisamente por su contraste, la confirman. En estos meses se han hecho y dicho algunas cosas excelentísimas que pueden servir de ejemplo para la doctrina que sustento. Procuraré aludir a ellas en esta serie de artículos conforme acuda la ocasión. Estén seguros sus protagonistas de que no me han pasado desapercibidas. Pero hecha esta salvedad, fuerza es decir que no han servido de nada porque su infrecuencia impidió que tiñesen con su color saludable la enorme masa de yerros que se iban cometiendo. Una política no es éste o el otro acto, sino un tinte general de la conducta y la silueta monumental de unos principios. Monumental porque la política no es faena de intimidad, sino ademán que se hace para ser visto a distancia.
Lo decisivo es que los ciudadanos, sea cual fuere la coincidencia o discrepancia de sus «ideas» con las sustentadas por los gobernantes, tengan la impresión de que éstos respetan profundamente al Estado. De modo que yo, ciudadano, respeto, quiera o no, al Estado cuando se me impone, quiera o no, la evidencia de que los gobernantes mismos lo respetan.
¿Y en qué consiste ese respeto del gobernante al Estado? En la cosa más sencilla del mundo: en que maneje al Estado como lo que es, como un Poder «público», y no como un Poder particular. Desde el Estado no se puede ni favorecer ni agredir metódicamente a ningún grupo de los que integran la comunidad. En la medida que haga esto el gobernante denigra al Estado y lo irrespetabiliza. Si los grupos todos, aun los más hostiles al Estado, no se sienten atendidos por él, tenidos en cuenta en cada acto y palabra del Gobierno, el Estado no es tal Estado. Es lo contrario del Estado. Cuando un grupo social practica agresión sobre el Estado, responde éste con fulminante y aplastante energía. Entonces es verdadero Estado. Sea «derechista», sea «izquierdista», el Estado está obligado a sentir una suspicacia fabulosa por sus prerrogativas. Pero si es el Estado quien practica agresión sobre un grupo social, deja ipso facto de ser Estado y se convierte en su contrario: Revolución o Contrarrevolución y golpe de Estado. El golpe de Estado es, ante todo, golpe al Estado, su desnucamiento. (Rusia e Italia no son Estados. Son Revolución y Contrarrevolución enquistadas. Durarán el tiempo que sea, pero su duración no será nunca estabilización, «estado». Es fácil decir, pero es falso decir, que son «nuevos» Estados. Ni nuevos ni viejos. Son precisamente lo otro. Hay en ellos gérmenes de inspiración aprovechable, pero nada más. Lo propio acontece con el nacionalsocialismo de Alemania. ¡Aviso a los jóvenes que quieran de verdad buscar el verdadero Estado nuevo!)
La respetabilidad de un Estado no tiene, pues, nada que ver con el sentido de su legislación. Puede ésta ser superlativamente avanzada o retrógrada, y, sin embargo, ser respetable, o viceversa: ser sumamente moderada y, no obstante, irrespetable. Una ley muy dura, que me es adversa, provocará en mí enojo, irritación o dolor, pero si en la intervención de Poder público que ella define se ve clara la seria voluntad de servir una necesidad colectiva, por mucho que me esfuerce en lo contrario, sentiré hacia ella respeto. Ni importa siquiera, para estos efectos, que el gobernante se haya equivocado. Hay precisamente equivocaciones respetables. Basta con que nos conste el cuidado, la pulcritud que el gobernante ha puesto en no atropellarnos porque sí, alegremente, frívolamente, atento sólo a su particular juicio o manía y sin voluntad de contar con nosotros, que vamos a ser por la ley perjudicados.
En cambio, una ley casi inocua, que apenas nos roza, pero que va gritando la ligereza con que el gobernante maneja el enorme artefacto «común» que es el Estado, suscita en nosotros de manera automática la irrespetuosidad.
Y esto no vale sólo para las leyes o actos de gobierno, sino también para las palabras y los gestos. Por eso todas las manifestaciones estatales, sean de un ministro o de un diputado, y más si son de toda una colectividad gobernante, tienen, por fuerza, que emplear determinado decoro. Un ministro o un diputado no son criaturas particulares, sino miembros del Poder público, y no tienen derecho a ostentar obscenamente en su actuación pública la desnudez de sus caprichos privados, verbales o de gesticulación. El estilo de Estado podrá cambiar según los tiempos, y en los nuestros deberá, sin duda, hacerse llano, pero sin traspasar jamás la frontera que desnuda lo público de lo particular. No es, pues, cuestión de ritualismo anticuado. Es que el Estado, quiérase o no, tiene su estilo. La palabra «decoro» —decorum— significó en su origen precisamente eso: lo que conviene o es decente en el comportamiento público, de Estado.
Luz, 15 de enero de 1932
Today there is in Spain but one authentic problem: the rest are “pseudo” in one sense or another, for one reason or another. And that unique problem consists in the construction of a new State. And as long as that new State does not fully exist Spain will live in danger, and with it and in it all Spaniards, absolutely all, including those who believe that the atmosphere of danger —the troubled river— favors them. Because, in the meantime, our public life will remain reduced to a series of contradictory tail-lashes. Today those of one side will be crushed, tomorrow those of the other. Public life must be stabilized, and this is not achieved, as the very word suggests, save by a State.
A State is, above all, a public Power that is respectable, and because respectable, respected. Ah, make no mistake! As long as the public Power, by the dignity of its words and its acts, by the altitude of its morality and its gesture, is respectable, one can be sure that it will be automatically respected. Needless to say, some will attempt to fail it in respect, but —there it is!— they will not succeed. The public air, without more, will annul the attempt, will shake it vigorously upon its authors. It is not a question of public force. What an enormous error! Public force does not intervene in politics except to fill the gaps of respectability of the public Power, which is a spiritual Power. When the gaps are too large, public force ends up failing in respect to the public Power, whose it is.
But how is a State truly and seriously manufactured? I believe by doing approximately the opposite of what has been being done in these months. The inevitable injustice with which every synthetic formula crushes and violates the exceptional cases which, precisely by their contrast, confirm it, is repugnant to me. In these months some most excellent things have been done and said that can serve as an example for the doctrine I uphold. I shall try to allude to them in this series of articles as occasion offers. Let their protagonists be sure that they have not passed unnoticed by me. But this reservation made, it must be said that they have served nothing, because their infrequency prevented them from dyeing with their healthy color the enormous mass of errors that were being committed. A politics is not this or that act, but a general tint of conduct and the monumental silhouette of certain principles. Monumental because politics is not an affair of intimacy, but a gesture made to be seen from a distance.
The decisive thing is that citizens, whatever the coincidence or discrepancy of their “ideas” with those sustained by the rulers, have the impression that the latter profoundly respect the State. In such a way that I, a citizen, respect, whether I will or not, the State when there is imposed on me, whether I will or not, the evidence that the rulers themselves respect it.
And in what does this respect of the ruler for the State consist? In the simplest thing in the world: in his handling the State as what it is, as a “public” Power, and not as a particular Power. From the State one can neither favor nor methodically aggress any of the groups that integrate the community. To the extent that the ruler does this he denigrates the State and unrespectabilizes it. If all groups, even the most hostile to the State, do not feel attended by it, taken into account in every act and word of the Government, the State is not such a State. It is the opposite of the State. When a social group practices aggression upon the State, the latter responds with fulminating and crushing energy. Then it is a true State. Whether “rightist” or “leftist”, the State is obliged to feel a fabulous suspicion over its prerogatives. But if it is the State that practices aggression upon a social group, it ceases ipso facto to be a State and becomes its contrary: Revolution or Counter-revolution and coup d’état. The coup d’état is, above all, a blow to the State, its breaking of the neck. (Russia and Italy are not States. They are encysted Revolution and Counter-revolution. They will last whatever they may last, but their duration will never be stabilization, “state”. It is easy to say, but it is false to say, that they are “new” States. Neither new nor old. They are precisely the other. There are in them germs of exploitable inspiration, but nothing more. The same happens with the National Socialism of Germany. A warning to the young who truly want to seek the true new State!)
The respectability of a State has, then, nothing to do with the sense of its legislation. The latter may be superlatively advanced or retrograde, and, nevertheless, respectable, or vice versa: be extremely moderate and, nonetheless, unrespectable. A very hard law, which is adverse to me, will provoke in me anger, irritation or pain, but if in the intervention of public Power which it defines one sees clearly the serious will to serve a collective necessity, however hard I strive to the contrary, I shall feel respect toward it. Nor does it even matter, for these purposes, that the ruler has erred. There are precisely respectable errors. It suffices that the care, the scrupulousness the ruler has put into not running over us for no reason, gaily, frivolously, attentive only to his particular judgment or mania and without will to reckon with us, who are going to be harmed by the law, be known to us.
In contrast, an almost innocuous law, which barely grazes us, but which goes shouting the levity with which the ruler handles the enormous “common” artifact that is the State, automatically arouses in us disrespectfulness.
And this holds not only for the laws or acts of government, but also for the words and the gestures. That is why all state manifestations, whether of a minister or of a deputy, and the more so if they are of a whole governing collectivity, must, by force, employ a certain decorum. A minister or a deputy are not particular creatures, but members of the public Power, and they have no right to display obscenely in their public actuation the nudity of their private caprices, verbal or of gesticulation. The style of the State may change according to the times, and in ours it should, undoubtedly, be made plain, but without ever crossing the frontier that strips the public bare of the particular. It is not, then, a question of antiquated ritualism. It is that the State, whether one wills or not, has its style. The word “decoro” —decorum— signified in its origin precisely that: what befits or is decent in public, state behavior.
Luz, 15 January 1932
Oggi non c’è in Spagna che un problema autentico: gli altri sono «pseudo» in un senso o nell’altro, per una ragione o per un’altra. E quell’unico problema consiste nella costruzione di un nuovo Stato. E finché quel nuovo Stato non esista pienamente la Spagna vivrà in pericolo, e con essa e in essa tutti gli spagnoli, assolutamente tutti, compresi quelli che credono che l’atmosfera di pericolo —il fiume in piena— li favorisca. Perché, nel frattempo, la nostra vita pubblica resterà ridotta a una serie di guizzi contraddittori. Oggi saranno pestati quelli di un lato, domani quelli dell’altro. Bisogna stabilizzare la vita pubblica, e questo non si consegue, come il vocabolo stesso suggerisce, se non con uno Stato.
Uno Stato è, innanzi tutto, un Potere pubblico rispettabile, e perché rispettabile, rispettato. Ah, non v’è dubbio! Poiché il Potere pubblico, per la dignità delle sue parole e dei suoi atti, per l’altezza della sua morale e del suo gesto sia rispettabile, si può essere sicuri che sarà automaticamente rispettato. Inutile dire che alcuni tenteranno di mancargli di rispetto, ma —ecco!— non ci riusciranno. L’aria pubblica, senz’altro, annullerà il tentativo, lo scuoterà energicamente addosso ai suoi autori. Non è questione di forza pubblica. Che enorme errore! La forza pubblica non interviene in politica se non per colmare i vuoti di rispettabilità del Potere pubblico, che è un Potere spirituale. Quando i vuoti sono troppo grandi, la forza pubblica finisce per mancare di rispetto al Potere pubblico, di cui è.
Ma come si fabbrica davvero e sul serio uno Stato? Io credo facendo approssimativamente il contrario di ciò che si viene facendo in questi mesi. Mi ripugna l’ingiustizia inevitabile con cui ogni formula sintetica schiaccia e viola i casi eccezionali che, proprio per il loro contrasto, la confermano. In questi mesi si sono fatte e dette alcune cose eccellentissime che possono servire da esempio per la dottrina che sostengo. Cercherò di alludervi in questa serie di articoli man mano che se ne presenti l’occasione. Stiano sicuri i loro protagonisti che non mi sono passate inosservate. Ma fatta questa riserva, forza è dire che non sono servite a nulla perché la loro infrequenza impedì che tingessero col loro colore salutare l’enorme massa di errori che si andavano commettendo. Una politica non è questo o quell’atto, ma una tinta generale della condotta e la sagoma monumentale di alcuni princìpi. Monumentale perché la politica non è faccenda d’intimità, ma cenno che si fa per essere visto a distanza.
La cosa decisiva è che i cittadini, qualunque sia la coincidenza o la discrepanza delle loro «idee» con quelle sostenute dai governanti, abbiano l’impressione che questi rispettino profondamente lo Stato. Di modo che io, cittadino, rispetto, voglia o no, lo Stato quando mi si impone, voglia o no, l’evidenza che i governanti stessi lo rispettano.
E in che consiste questo rispetto del governante verso lo Stato? Nella cosa più semplice del mondo: nel fatto che maneggi lo Stato come ciò che è, come un Potere «pubblico», e non come un Potere particolare. Dallo Stato non si può né favorire né aggredire metodicamente alcun gruppo di quelli che integrano la comunità. Nella misura in cui fa questo, il governante denigra lo Stato e lo irrispettabilizza. Se tutti i gruppi, anche i più ostili allo Stato, non si sentono da esso considerati, tenuti in conto in ogni atto e parola del Governo, lo Stato non è tale Stato. È il contrario dello Stato. Quando un gruppo sociale pratica aggressione contro lo Stato, risponde questo con fulminante e schiacciante energia. Allora è vero Stato. Sia «di destra», sia «di sinistra», lo Stato è obbligato a sentire una favolosa suscettibilità per le sue prerogative. Ma se è lo Stato a praticare aggressione contro un gruppo sociale, cessa ipso facto di essere Stato e si converte nel suo contrario: Rivoluzione o Controrivoluzione e colpo di Stato. Il colpo di Stato è, innanzi tutto, colpo allo Stato, il suo spezzamento del collo. (Russia e Italia non sono Stati. Sono Rivoluzione e Controrivoluzione incistate. Dureranno quanto sarà, ma la loro durata non sarà mai stabilizzazione, «stato». È facile dire, ma è falso dire, che sono «nuovi» Stati. Né nuovi né vecchi. Sono precisamente l’altro. Ci sono in essi germi di ispirazione sfruttabile, ma niente di più. Lo stesso avviene col nazionalsocialismo della Germania. Avviso ai giovani che vogliano davvero cercare il vero Stato nuovo!)
La rispettabilità di uno Stato non ha, dunque, nulla a che vedere col senso della sua legislazione. Questa può essere superlativamente avanzata o retrograda, e, tuttavia, essere rispettabile, o viceversa: essere sommamente moderata e, nondimeno, irrispettabile. Una legge molto dura, che mi è avversa, provocherà in me cruccio, irritazione o dolore, ma se nell’intervento di Potere pubblico che essa definisce si vede chiara la seria volontà di servire una necessità collettiva, per quanto mi sforzi in contrario, sentirò verso di essa rispetto. Non importa neppure, a questi effetti, che il governante si sia sbagliato. Ci sono precisamente sbagli rispettabili. Basta che ci consti la cura, la pulitezza che il governante ha messo nel non atropellarci perché sì, allegramente, frivolemente, attento solo al suo particolare giudizio o mania e senza volontà di far conto di noi, che andiamo a essere dalla legge pregiudicati.
In cambio, una legge quasi innocua, che appena ci sfiora, ma che va gridando la leggerezza con cui il governante maneggia l’enorme artefatto «comune» che è lo Stato, suscita in noi in maniera automatica l’irrispettosità.
E questo non vale soltanto per le leggi o gli atti di governo, ma anche per le parole e i gesti. Perciò tutte le manifestazioni statali, siano di un ministro o di un deputato, e più se sono di tutta una collettività governante, devono, per forza, impiegare un determinato decoro. Un ministro o un deputato non sono creature particolari, ma membri del Potere pubblico, e non hanno diritto di ostentare oscenamente nella loro attuazione pubblica la nudità dei loro capricci privati, verbali o di gesticolazione. Lo stile di Stato potrà cambiare secondo i tempi, e nei nostri dovrà, senza dubbio, farsi piano, ma senza oltrepassare mai la frontiera che denuda il pubblico dal particolare. Non è, dunque, questione di ritualismo antiquato. È che lo Stato, voglia o no, ha il suo stile. La parola «decoro» —decorum— significò nella sua origine precisamente questo: ciò che conviene o è decente nel comportamento pubblico, di Stato.
Luz, 15 gennaio 1932