Ortega y Gasset

Abstract

It notes that physicists and biologists are again forced into philosophical questions, and that this is no anomaly but a return to the norm of the centuries. ‘Scientific truth’ is exact and verifiable only because it renounces the ultimate problems—physics will never say whence matter comes—and it was nineteenth-century imperialism that claimed it as the only kind of truth.

Connections

Assi: Origine della conoscenza
Concetti: ragione
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Uno de los síntomas más sugerentes de la hora presente es que los especialistas de todo orden, y principalmente los físicos y biólogos, se sientan forzados a plantearse cuestiones filosóficas y a emplear para ellas métodos filosóficos. Puede decirse que en el horizonte universal se hincha una pleamar filosófica. Basta para advertirlo asomarse a las publicaciones de cada ciencia y hojear las revistas especiales. Conviene no olvidar, a fin de que cada palo aguante su vela, que algunos habíamos anunciado hace diez, hace quince años, esta sorprendente mudanza.

La pleamar filosófica que sobreviene no representa, sin embargo, una anormalidad. Todo lo contrario. Lo anormal era lo acaecido en los últimos ochenta años. Como en tantas cosas —por ejemplo, en política («derechas e izquierdas», la vida pública constituida esencialmente en lucha)— la centuria pasada significa una monstruosidad, una aberración de la norma histórica. Y ahora, al mudarse los usos, no se hace sino volver a ésta, recobrar el cauce acostumbrado de los siglos. Así acontece con este retorno de la «ciencia» a la filosofía.

En medio del general derrumbamiento padecido por todos los poderes históricos que hasta hace poco regulaban nuestra vida, sólo la ciencia ha quedado invulnerada y triunfante, más aún, coincidiendo con el universal cataclismo de los prestigios, se le han abierto horizontes más amplios e imantados que nunca. Ni la religión, ni el arte, ni la política, ni la economía, han cumplido sus promesas privativas; sólo la ciencia cumple la suya. Cada día descubre una ley cósmica, nueva, un nuevo hecho, un nuevo nexo rigoroso entre los fenómenos naturales.

Pero si la ciencia ha podido atravesar la gran crisis presente, invulnerada, no puede decirse que haya quedado intacta. Bastaría para advertirlo con que pusiésemos el oído a los ataques que la «verdad científica» sufre precisamente en los países donde mayor y mejor porción de ciencia se produce. Pues acaece lo siguiente: la «verdad científica» es una especie exquisita de verdad; es, en un determinado sentido, la verdad de más quilates. Esta superior calidad proviene de que la verdad científica es exacta y es rigorosamente comprobable. A su vez, esta exactitud y esta facultad de ser comprobada provienen de ciertos métodos y condiciones que se emplean para descubrirla. Mas tales excelencias conquístalas la «verdad científica» a costa de no pocas desventajas. Y una de éstas, sobre todo, es de importancia gigante. La ciencia logra fabricar una clase ejemplar de verdades, gracias a que renuncia a resolver los problemas fundamentales. Así la física descubrirá las leyes rigorosísimas según las cuales acontecen las modificaciones de la materia, pero no nos dirá nunca de dónde procede la materia. La biología llegará a averiguar con suficiente rigor cómo funciona el ojo para ver y el estómago para digerir, pero no nos revelará nunca qué es la vida misma del organismo y cómo se origina. Más aún: de no intentar resolver tan graves y últimos problemas, ha venido a hacer su virtud máxima. Los métodos que emplea son exactos, pero incapaces de responder a las postreras preguntas.

Hasta aquí no habría motivo alguno de queja. El que da lo que puede ha cumplido. Pero es el caso que la ciencia, no contenta con poseer la mejor clase de verdad, ha pretendido que sea ésta la única y exclusiva. El hecho de esta pretensión exorbitante se ha producido, claro está, en el siglo XIX, que fue el siglo de las grandes pretensiones. Ya hoy empezamos a ver, con alguna sorpresa, que el rasgo más saliente de esa centuria fue el imperialismo. Durante ella cada hombre o grupo humano quiso mandar sobre los demás, y cuando esto era imposible, inventó la manera de que, al menos, no mandase nadie, con la secreta esperanza de que, hallándose vacante el Poder, pudiese en una hora de descuido arrebatarlo cualquiera. La democracia fue así un rodeo que se buscó para hacer posible el imperialismo del individuo. En el orden de la cultura aconteció lo propio. Es curioso asistir al proceso en el que las ciencias y las artes, que en edades anteriores convivían jerarquizadas, localizada cada cual en su lugar, empiezan a declararse primero independientes y luego a querer dominar todas las demás. Hasta la música, que había conservado siempre el lugar discreto y modesto que le corresponde y se limitaba a extender en las Catedrales los terciopelos acústicos del órgano, o a sonar dulcemente al fondo de un banquete o a infiltrarse entre los movimientos de un sarao o, cuando más, en fin, a punzar en un pasajero ocio di camera los corazones, comienza a dar de codo para aventajarse, y reclama larga y densa atención en conciertos públicos, donde desdeña el auxilio del drama, la danza y el decorado, con quienes antes colaboraba. Las grandes sinfonías se proponen ingentes y profundos temas y con Wagner, cuna del imperialismo musical, pretende esta musa ser todo y no dejar nada fuera: la ópera wagneriana quiere ser la obra artística integral que absorbe y humilla la voz humana y su melodía infinita no se contenta con menos que con representar la nueva religión y la nueva metafísica. El wagnerismo fue la invasión napoleónica de la musicalidad, que envió por todo el mundo el estruendo de orquestas, numerosas como ejércitos con sus trompas beligerantes, con sus violines aguerridos, el arco amenazador en la mano, estratégicamente disciplinadas por ese mariscal de espaldas que es el Kapellmeister.

No se vea en esto desdén alguno hacia el valor musical de la obra wagneriana. Aunque ella fuese la culminación del arte músico, la pretensión que la inspiró, de convertir la música en un poder soberano de la historia, nos parece hoy exorbitante, monstruosa y ridícula. Es vano esperar tanto de la música, que no contiene en sí tesoro suficiente para guiar y nutrir toda la vida humana, suplantando la religión y la filosofía. Como el fracaso resulta siempre de la desproporción entre la esperanza y las consecuencias —quien nada promete nunca fracasa—, no es extraño que a tan vana aspiración haya seguido la humillación de la música que ahora presenciamos. El jazz band con su negro antropoide es el castigo del arcángel wagneriano que quiso ser como Dios. La música vuelve a su lugar en el fondo del banquete y el rincón del sarao.

Otro fenómeno imperialista, pero de mayores dimensiones, fue la gran subversión de la ciencia experimental, especialmente de la física. Había ésta nacido en Grecia como un conocimiento de segundo grado. Por encima de ella se alzaba la ciencia primera, la prima philosophia, que era un conocimiento esencial de las primeras y últimas realidades, de las definitivas. La física se ocupaba y se ocupa sólo de realidades intermedias, de los fenómenos o apariencias que emergen ante los sentidos. Y, adaptando la fórmula acuñada en la academia platónica, más bien que conocer, aspiraba únicamente a «salvar las apariencias, los fenómenos» —ta fainómena sozein—, es decir, a ordenar las cosas perceptibles según leyes de coexistencia y sucesión, en forma que podamos con todo rigor predecir los hechos materiales. No pretendía propiamente comprender lo que es el Universo, sino tan sólo averiguar de él lo necesario para poder prever los acontecimientos. Su verdad no era, pues, reveladora, penetrante, profunda, iluminante, inteligente: era, en cambio, práctica, útil. Las leyes físicas no son descubiertas con un propósito utilitario, pero llevan en sí la condición de poder ser siempre aplicadas, sirven para facilitar al hombre el detalle de su vida, mas no resuelven, ni siquiera atacan los grandes problemas hincados en el alma humana.

Siglos y siglos se ha mantenido la física circunscrita a su verdadero oficio. En esos siglos ha crecido y ha realizado sus mayores conquistas. Pero he aquí que en el pasado los laboratorios se sublevan y proclaman la doctrina de que la verdad física es, no una forma de verdad entre otras, sino la única. Asume con exclusividad el título de «ciencia», negándoselo a las demás castas de conocimiento, como son, el pensar filosófico y el milenario saber vital de que usamos en la vida espontánea. Entonces fue cuando para toda idea que no fuese meramente descriptiva o experimental se forjó, como una apelación desdeñosa, el título de «mito».

De esta manera se nos confinaba en un plano de verdades intermedias, prohibiéndonos todo movimiento audaz hacia las últimas verdades. Du Bois-Reymond, pontificando desde el laboratorio, lanzó urbi et orbi su Ignorabimus. Pero no bastaba con quererlo así. Una perspectiva no puede componerse sólo de planos intermedios; le es ineludible poseer un primer plano y un fondo o plano último. Cuando a una perspectiva le amputamos violentamente el último plano, el que era sólo penúltimo pasa automáticamente a hacerse extremo. Quiero decir con esto que no se halla en nuestra mano renunciar a la adopción de posiciones ante los temas últimos, porque si nos quedamos en una posición penúltima, queramos o no, se alza ésta, bien que fraudulentamente, con todos los atributos de la ultimidad.

One of the most suggestive symptoms of the present hour is that specialists of every order, and chiefly physicists and biologists, feel themselves forced to pose philosophical questions and to employ for them philosophical methods. It may be said that on the universal horizon a philosophical high tide is swelling. To perceive it, it suffices to lean over the publications of each science and leaf through the specialized journals. It is well not to forget, so that each pole may hold its sail, that some of us had announced ten, fifteen years ago this surprising change.

The philosophical high tide that comes on does not, nevertheless, represent an abnormality. Quite the contrary. The abnormal was what had happened in the last eighty years. As in so many things —for example, in politics (“rights and lefts”, public life constituted essentially as struggle)— the past century signifies a monstrosity, an aberration of the historical norm. And now, with the changing of usages, one does nothing but return to it, recover the accustomed course of the centuries. Thus it happens with this return of “science” to philosophy.

In the midst of the general collapse suffered by all the historical powers that until recently regulated our life, only science has remained invulnerate and triumphant; moreover, coinciding with the universal cataclysm of prestiges, horizons wider and more magnetic than ever have opened to it. Neither religion, nor art, nor politics, nor economy, have fulfilled their exclusive promises; only science fulfills its own. Every day it discovers a cosmic law, new, a new fact, a new rigorous nexus among natural phenomena.

But if science has been able to traverse the great present crisis, invulnerate, it cannot be said that it has remained intact. It would suffice, to perceive it, for us to lend our ear to the attacks that “scientific truth” suffers precisely in the countries where the greater and better portion of science is produced. For the following occurs: “scientific truth” is an exquisite species of truth; it is, in a determinate sense, the truth of the most carats. This superior quality comes from the fact that scientific truth is exact and rigorously verifiable. In its turn, this exactness and this faculty of being verified come from certain methods and conditions that are employed to discover it. But such excellences “scientific truth” conquers at the cost of not a few disadvantages. And one of these, above all, is of gigantic importance. Science manages to fabricate an exemplary class of truths, thanks to its renouncing the resolution of the fundamental problems. Thus physics will discover the most rigorous laws according to which the modifications of matter occur, but it will never tell us whence matter proceeds. Biology will come to ascertain with sufficient rigor how the eye functions to see and the stomach to digest, but it will never reveal to us what the very life of the organism is and how it originates. Moreover: from not attempting to resolve such grave and ultimate problems, it has come to make its maximum virtue. The methods it employs are exact, but incapable of answering the ultimate questions.

Thus far there would be no motive whatever for complaint. He who gives what he can has fulfilled. But it is the case that science, not content with possessing the best class of truth, has pretended that this one be the only and exclusive one. The fact of this exorbitant pretension has been produced, of course, in the nineteenth century, which was the century of great pretensions. Already today we begin to see, with some surprise, that the most salient trait of that century was imperialism. During it each man or human group wanted to command over the others, and when this was impossible, invented the way that, at least, no one should command, with the secret hope that, the Power being vacant, anyone might in an hour of carelessness seize it. Democracy was thus a detour that was sought to make possible the imperialism of the individual. In the order of culture the same thing happened. It is curious to attend the process in which the sciences and the arts, which in earlier ages coexisted hierarchized, each located in its place, begin first to declare themselves independent and then to want to dominate all the others. Even music, which had always preserved the discreet and modest place that corresponds to it and limited itself to spreading in the Cathedrals the acoustic velvets of the organ, or to sounding sweetly at the back of a banquet or to infiltrating among the movements of an evening party or, at most, finally, to pricking in a passing chamber-idleness the hearts, begins to elbow forward to get ahead, and claims long and dense attention in public concerts, where it disdains the aid of the drama, the dance and the décor, with which it formerly collaborated. The great symphonies propose to themselves huge and profound themes and with Wagner, cradle of musical imperialism, this muse pretends to be everything and to leave nothing outside: the Wagnerian opera wants to be the integral artistic work that absorbs and humiliates the human voice and its infinite melody contents itself with nothing less than representing the new religion and the new metaphysics. Wagnerism was the Napoleonic invasion of musicality, which sent throughout the world the thunder of orchestras, numerous as armies with their belligerent horns, with their war-seasoned violins, the bow threatening in hand, strategically disciplined by that marshal of backs who is the Kapellmeister.

Let no disdain be seen in this toward the musical value of the Wagnerian work. Although it were the culmination of the musical art, the pretension that inspired it, of converting music into a sovereign power of history, seems to us today exorbitant, monstrous and ridiculous. It is vain to expect so much of music, which does not contain in itself treasure enough to guide and nourish all human life, supplanting religion and philosophy. Since failure always results from the disproportion between hope and the consequences —he who promises nothing never fails—, it is not strange that to so vain an aspiration there should have followed the humiliation of music we now witness. The jazz band with its anthropoid negro is the punishment of the Wagnerian archangel who wanted to be like God. Music returns to its place at the back of the banquet and the corner of the evening party.

Another imperialist phenomenon, but of greater dimensions, was the great subversion of experimental science, especially of physics. This one had been born in Greece as a knowledge of second degree. Above it rose the first science, the prima philosophia, which was an essential knowledge of the first and last realities, of the definitive ones. Physics occupied itself, and occupies itself, only with intermediate realities, with the phenomena or appearances that emerge before the senses. And, adapting the formula coined in the Platonic academy, rather than know, it aspired only to “save the appearances, the phenomena” —ta fainómena sozein—, that is, to order the perceptible things according to laws of coexistence and succession, in such a way that we may with all rigor predict the material facts. It did not properly pretend to comprehend what the Universe is, but only to ascertain of it what is necessary to be able to foresee events. Its truth was not, then, revealing, penetrating, profound, illuminating, intelligent: it was, in contrast, practical, useful. Physical laws are not discovered with a utilitarian purpose, but they carry in themselves the condition of being able to be always applied; they serve to facilitate for man the detail of his life, but they do not resolve, they do not even attack the great problems planted in the human soul.

For centuries and centuries physics has maintained itself circumscribed to its true office. In those centuries it has grown and realized its greatest conquests. But behold, in the past the laboratories rise up and proclaim the doctrine that physical truth is, not a form of truth among others, but the only one. It assumes with exclusivity the title of “science”, denying it to the other castes of knowledge, such as philosophical thought and the millennial vital knowledge we use in spontaneous life. It was then that for every idea that was not merely descriptive or experimental there was forged, as a disdainful appellation, the title of “myth”.

In this way we were confined to a plane of intermediate truths, prohibiting us all audacious movement toward the ultimate truths. Du Bois-Reymond, pontificating from the laboratory, launched urbi et orbi his Ignorabimus. But it was not enough to will it so. A perspective cannot be composed only of intermediate planes; it is ineluctable for it to possess a foreground and a background or ultimate plane. When from a perspective we violently amputate the ultimate plane, that which was only penultimate automatically passes to become extreme. By this I mean that it is not in our hand to renounce the adoption of positions before the ultimate themes, because if we remain in a penultimate position, whether we will or not, it rises up, albeit fraudulently, with all the attributes of ultimacy.

Uno dei sintomi più suggestivi dell’ora presente è che gli specialisti di ogni ordine, e principalmente i fisici e i biologi, si sentano forzati a porsi questioni filosofiche e a impiegare per esse metodi filosofici. Può dirsi che nell’orizzonte universale si gonfi una marea filosofica. Basta, per avvertirla, affacciarsi alle pubblicazioni di ogni scienza e sfogliare le riviste speciali. Conviene non dimenticare, a che ogni palo regga la sua vela, che alcuni di noi avevano annunciato dieci, quindici anni fa questo sorprendente mutamento.

La marea filosofica che sopravviene non rappresenta, tuttavia, un’anormalità. Tutto il contrario. L’anormale era ciò che era accaduto negli ultimi ottant’anni. Come in tante cose —per esempio, in politica («destre e sinistre», la vita pubblica costituita essenzialmente in lotta)— la centuria passata significa una mostruosità, un’aberrazione della norma storica. E ora, al mutarsi degli usi, non si fa che tornare a questa, ricuperare il corso consueto dei secoli. Così accade con questo ritorno della «scienza» alla filosofia.

In mezzo al generale crollo patito da tutti i poteri storici che fino a poco fa regolavano la nostra vita, soltanto la scienza è rimasta invulnerata e trionfante, anzi, coincidendo col cataclisma universale dei prestigi, le si sono aperti orizzonti più ampi e imantati che mai. Né la religione, né l’arte, né la politica, né l’economia hanno adempito le loro promesse privative; soltanto la scienza adempie la sua. Ogni giorno scopre una legge cosmica, nuova, un nuovo fatto, un nuovo nesso rigoroso tra i fenomeni naturali.

Ma se la scienza ha potuto attraversare la grande crisi presente, invulnerata, non può dirsi che sia rimasta intatta. Basterebbe, per avvertirlo, che porgessimo l’orecchio agli attacchi che la «verità scientifica» soffre precisamente nei paesi dove maggiore e migliore porzione di scienza si produce. Poiché accade quanto segue: la «verità scientifica» è una specie squisita di verità; è, in un determinato senso, la verità di più carati. Questa qualità superiore proviene dal fatto che la verità scientifica è esatta ed è rigorosamente comprovabile. A sua volta, questa esattezza e questa facoltà di essere comprovata provengono da certi metodi e condizioni che si impiegano per scoprirla. Ma tali eccellenze le conquista la «verità scientifica» a costo di non poche svantaggi. E una di queste, soprattutto, è di importanza gigante. La scienza riesce a fabbricare una classe esemplare di verità, grazie al fatto che rinuncia a risolvere i problemi fondamentali. Così la fisica scoprirà le leggi rigorosissime secondo le quali avvengono le modificazioni della materia, ma non ci dirà mai da dove procede la materia. La biologia arriverà a indagare con sufficiente rigore come funziona l’occhio per vedere e lo stomaco per digerire, ma non ci rivelerà mai che cosa è la vita stessa dell’organismo e come si origina. Anzi: dal non tentare di risolvere problemi tanto gravi e ultimi, è venuta a fare la sua virtù massima. I metodi che impiega sono esatti, ma incapaci di rispondere alle ultime domande.

Fin qui non ci sarebbe motivo alcuno di lagnanza. Chi dà ciò che può ha adempito. Ma è il caso che la scienza, non contenta di possedere la migliore classe di verità, ha preteso che questa sia l’unica ed esclusiva. Il fatto di questa pretesa esorbitante si è prodotto, chiaramente, nel secolo XIX, che fu il secolo delle grandi pretese. Già oggi cominciamo a vedere, con qualche sorpresa, che il tratto più saliente di quella centuria fu l’imperialismo. Durante essa ogni uomo o gruppo umano volle comandare sugli altri, e quando questo era impossibile, inventò il modo che, almeno, non comandasse nessuno, con la segreta speranza che, trovandosi vacante il Potere, potesse in un’ora di distrazione impadronirsene chiunque. La democrazia fu così un rodeo che si cercò per rendere possibile l’imperialismo dell’individuo. Nell’ordine della cultura avvenne lo stesso. È curioso assistere al processo in cui le scienze e le arti, che in età anteriori convivevano gerarchizzate, localizzata ciascuna al suo posto, cominciano a dichiararsi prima indipendenti e poi a voler dominare tutte le altre. Fino la musica, che aveva sempre conservato il luogo discreto e modesto che le corrisponde e si limitava a distendere nelle Cattedrali i velluti acustici dell’organo, o a suonare dolcemente in fondo a un banchetto o a infiltrarsi tra i movimenti di un veglione o, quando più, infine, a pungere in un passeggero ozio di camera i cuori, comincia a dar di gomito per avanzare, e reclama lunga e densa attenzione in concerti pubblici, dove sdegna l’aiuto del dramma, della danza e della scenografia, con i quali prima collaborava. Le grandi sinfonie si propongono ingenti e profondi temi e con Wagner, culla dell’imperialismo musicale, pretende questa musa essere tutto e non lasciare nulla fuori: l’opera wagneriana vuole essere l’opera artistica integrale che assorbe e umilia la voce umana e la sua melodia infinita non si contenta di meno che di rappresentare la nuova religione e la nuova metafisica. Il wagnerismo fu l’invasione napoleonica della musicalità, che inviò per tutto il mondo lo strepito di orchestre, numerose come eserciti con le loro trombe belligeranti, coi loro violini agguerriti, l’arco minaccioso in mano, strategicamente disciplinate da quel maresciallo di spalle che è il Kapellmeister.

Non si veda in questo disdegno alcuno verso il valore musicale dell’opera wagneriana. Sebbene essa fosse la culminazione dell’arte musica, la pretesa che la ispirò, di convertire la musica in un potere sovrano della storia, ci sembra oggi esorbitante, mostruosa e ridicola. È vano sperare tanto dalla musica, che non contiene in sé tesoro sufficiente per guidare e nutrire tutta la vita umana, soppiantando la religione e la filosofia. Poiché il fallimento risulta sempre dalla sproporzione tra la speranza e le conseguenze —chi nulla promette non fallisce mai—, non è strano che a così vana aspirazione sia seguita l’umiliazione della musica che ora presenziamo. Il jazz band col suo negro antropoide è il castigo dell’arcangelo wagneriano che volle essere come Dio. La musica torna al suo posto in fondo al banchetto e nell’angolo del veglione.

Altro fenomeno imperialista, ma di maggiori dimensioni, fu la grande sovversione della scienza sperimentale, specialmente della fisica. Questa era nata in Grecia come una conoscenza di secondo grado. Al di sopra di essa si alzava la scienza prima, la prima philosophia, che era una conoscenza essenziale delle prime e ultime realtà, delle definitive. La fisica si occupava e si occupa soltanto di realtà intermedie, dei fenomeni o apparenze che emergono dinanzi ai sensi. E, adattando la formula coniata nell’accademia platonica, più che conoscere, aspirava unicamente a «salvare le apparenze, i fenomeni» —ta fainómena sozein—, cioè, a ordinare le cose percettibili secondo leggi di coesistenza e successione, in forma che possiamo con tutto rigore predire i fatti materiali. Non pretendeva propriamente comprendere che cosa è l’Universo, ma soltanto indagare di esso il necessario per poter prevedere gli avvenimenti. La sua verità non era, dunque, rivelatrice, penetrante, profonda, illuminante, intelligente: era, in cambio, pratica, utile. Le leggi fisiche non sono scoperte con un proposito utilitario, ma portano in sé la condizione di poter essere sempre applicate; servono a facilitare all’uomo il dettaglio della sua vita, ma non risolvono, né pure attaccano i grandi problemi conficcati nell’anima umana.

Secoli e secoli la fisica si è mantenuta circoscritta al suo vero ufficio. In quei secoli è cresciuta e ha realizzato le sue maggiori conquiste. Ma ecco che nel passato i laboratori si sollevano e proclamano la dottrina che la verità fisica è, non una forma di verità tra altre, ma l’unica. Assume con esclusività il titolo di «scienza», negandolo alle altre caste di conoscenza, come sono il pensare filosofico e il millenario sapere vitale di cui usiamo nella vita spontanea. Allora fu che per ogni idea che non fosse meramente descrittiva o sperimentale si forgiò, come un’appellazione sdegnosa, il titolo di «mito».

In questo modo ci si confinava in un piano di verità intermedie, proibendoci ogni movimento audace verso le ultime verità. Du Bois-Reymond, pontificando dal laboratorio, lanciò urbi et orbi il suo Ignorabimus. Ma non bastava volerlo così. Una prospettiva non può comporsi soltanto di piani intermedi; le è ineludibile possedere un primo piano e un fondo o piano ultimo. Quando a una prospettiva amputiamo violentemente l’ultimo piano, quello che era soltanto penultimo passa automaticamente a farsi estremo. Voglio dire con questo che non si trova nella nostra mano rinunciare all’adozione di posizioni dinanzi ai temi ultimi, perché se restiamo in una posizione penultima, vogliamo o no, si alza questa, sia pure fraudolentemente, con tutti gli attributi dell’ultimità.

Así la física subversiva no tuvo más remedio que tomar actitud de soberana intelectual, produciendo una pésima filosofía: materialismo o positivismo. El materialismo consistía simplemente en la divinización de la materia. Como el físico maneja la materia, pero ignora lo que es, hizo con ella lo que el salvaje que no sabe qué es el rayo y por eso lo diviniza. Más cauteloso, el positivismo renuncia a intentar apoteosis. Convencido de que la física sólo puede resolver las cuestiones penúltimas, declara que es imposible resolver las últimas. Y haciendo, como otra vez he dicho, un gracioso gesto de zorra ante uvas altaneras, las llama mitos, predica el agnosticismo, es decir, el abandono de los problemas supremos. Y así acaeció que durante casi un siglo la humanidad occidental ha vivido con una perspectiva mutilada, con un mundo al cual faltaba el primero y el último plano, alimentándose de cuestiones intermedias, segundas si se empieza a contar por el principio, penúltimas si se cuenta por el fin.

Decía Fichte: La filosofía que se tenga depende del hombre que se sea. Esto es verdad, aun generalizando mucho más la fórmula. No sólo la filosofía, el repertorio íntegro de ideas dominante en una época, depende del tipo humano que en esa época predomine. Y toda variación profunda de la ideología es indicio de que un nuevo tipo de hombre ha triunfado en la mecánica social. Ahora bien: en el siglo XIX triunfa la burguesía sobre las viejas aristocracias, la burguesía que en largas centurias se había ido formando como una clase de segundo rango en la jerarquía pública. Y esta situación social intermedia era símbolo de su psicología. El burgués no es el hombre guerrero de las grandes decisiones, ni es el hombre religioso de las sublimes contemplaciones, es el homo oeconomicus, el hombre que atiende, sobre todo, a lo útil. Allá en la hora germinal de nuestras naciones occidentales, mientras el hombre de guerra erige el castillo de ofensa y defensa y el sacerdote levanta la iglesia con una aspiración de fuga ultraterrena, el burgués organiza un mercado, planta a su vera un taller y se ampara creando la técnica social del derecho, la jurisprudencia. El burgués es mercader, fabricante, juez y abogado. Deja al guerrero el afán de dominar a los hombres y se preocupa de dominar las cosas. Crea la técnica, que es la cultura de los medios materiales; crea la policía y la justicia pública, que son la cultura de los medios sociales. El día que triunfó y pudo desalojar al guerrero y al sacerdote, la humanidad europea quedó confinada a una cultura toda de medios y de intermedios. En ella hemos sido educados, de ella aspiramos a evadirnos. Era natural que bajo la constelación de la burguesía la ciencia experimental celebrase su hora culminante.

La nueva pleamar filosófica revela que un nuevo tipo de hombre inicia su dominación. Yo he procurado reiteradamente y desde distintas vertientes sugerir su perfil: es el hombre para quien la vida tiene un sentido deportivo y festivo. Sin embargo, no me he decidido nunca a desarrollar lo que bajo ese título entiendo: me aterra un poco la ardua labor que tal empresa requiere y, sobre todo, la audacia inevitable a que obliga. Porque ello llevaría a hundir bien honda la mano en los senos más ocultos del hombre moderno y bucear en el cieno para cazar las perlas más valiosas. De todas suertes, me había propuesto atacar, por fin, el tema con toda su amplitud en un curso extra-universitario de conferencias que preparaba para Buenos Aires. Un destino adverso me impide este año gravitar desde esa ciudad hacia el centro de la tierra. Espero que se logre mi afán el año próximo.

Entre tanto, la velocidad de los acontecimientos espirituales es tal al presente, que dentro de un año la pleamar filosófica batirá ya los más adustos promontorios.

Conviene, no obstante, hacer constar que nada ni nadie puede hacernos abandonar la vieja ciencia experimental. Su exceso de última hora no permite olvidar su gloriosa y ejemplar fecundidad. La sazón no es para abandonar el ayer, sino para integrarlo con el mañana.

La Nación, 10 de mayo de 1925

Thus subversive physics had no remedy but to take the attitude of intellectual sovereign, producing a very bad philosophy: materialism or positivism. Materialism consisted simply in the divinization of matter. Since the physicist handles matter, but ignores what it is, he did with it what the savage does who does not know what the lightning is and for that reason divinizes it. More cautious, positivism renounces the attempt at apotheosis. Convinced that physics can resolve only the penultimate questions, it declares that it is impossible to resolve the ultimate ones. And making, as I have said on another occasion, a graceful gesture of the fox before haughty grapes, it calls them myths, preaches agnosticism, that is, the abandonment of the supreme problems. And thus it happened that for almost a century Western humanity has lived with a mutilated perspective, with a world to which the first and the last plane were lacking, feeding on intermediate questions, second ones if one begins to count from the beginning, penultimate ones if one counts from the end.

Fichte used to say: The philosophy one has depends on the man one is. This is true, even generalizing the formula much further. Not only philosophy, the entire repertoire of ideas dominant in an epoch, depends on the human type that predominates in that epoch. And every profound variation of ideology is a sign that a new type of man has triumphed in the social mechanics. Now then: in the nineteenth century the bourgeoisie triumphs over the old aristocracies, the bourgeoisie which in long centuries had been gradually forming as a class of second rank in the public hierarchy. And this intermediate social situation was a symbol of its psychology. The bourgeois is not the warrior man of great decisions, nor is he the religious man of sublime contemplations; he is the homo oeconomicus, the man who attends, above all, to the useful. There, in the germinal hour of our Western nations, while the man of war erects the castle of offence and defence and the priest raises the church with an aspiration of ultraterrestrial flight, the bourgeois organizes a market, plants at his side a workshop and shelters himself by creating the social technique of law, jurisprudence. The bourgeois is merchant, manufacturer, judge and lawyer. He leaves to the warrior the craving to dominate men and concerns himself with dominating things. He creates technique, which is the culture of material means; he creates the police and public justice, which are the culture of social means. The day he triumphed and was able to dislodge the warrior and the priest, European humanity remained confined to a culture all of means and of intermediates. In it we have been educated; from it we aspire to escape. It was natural that under the constellation of the bourgeoisie experimental science should celebrate its culminating hour.

The new philosophical high tide reveals that a new type of man initiates its domination. I have repeatedly, and from different slopes, tried to suggest its profile: it is the man for whom life has a sporting and festive sense. Nevertheless, I have never decided to develop what I understand under that title: the arduous labor such an enterprise requires somewhat terrifies me and, above all, the inevitable audacity to which it obliges. Because it would lead to plunging the hand very deep into the most hidden bosoms of modern man and to diving in the mire to hunt the most valuable pearls. In any case, I had proposed to attack, at last, the theme with all its amplitude in an extra-university course of lectures that I was preparing for Buenos Aires. An adverse destiny prevents me this year from gravitating from that city toward the center of the earth. I hope my desire is achieved next year.

Meanwhile, the velocity of spiritual events is such at present, that within a year the philosophical high tide will already beat against the most austere promontories.

It is well, nevertheless, to record that nothing nor anyone can make us abandon the old experimental science. Its last-hour excess does not permit us to forget its glorious and exemplary fecundity. The season is not for abandoning yesterday, but for integrating it with tomorrow.

La Nación, 10 May 1925

Così la fisica sovversiva non ebbe altro rimedio che prendere atteggiamento di sovrana intellettuale, producendo una pessima filosofia: materialismo o positivismo. Il materialismo consisteva semplicemente nella divinizzazione della materia. Poiché il fisico maneggia la materia, ma ignora che cosa è, fece con essa ciò che il selvaggio che non sa che cosa è il fulmine e perciò lo divinizza. Più cauto, il positivismo rinuncia a tentare l’apoteosi. Convinto che la fisica possa risolvere soltanto le questioni penultime, dichiara che è impossibile risolvere le ultime. E facendo, come altre volte ho detto, un grazioso gesto di volpe dinanzi a uve altanere, le chiama miti, predica l’agnosticismo, cioè, l’abbandono dei problemi supremi. E così accadde che durante quasi un secolo l’umanità occidentale ha vissuto con una prospettiva mutilata, con un mondo al quale mancava il primo e l’ultimo piano, nutrendosi di questioni intermedie, seconde se si comincia a contare dal principio, penultime se si conta dalla fine.

Diceva Fichte: La filosofia che si ha dipende dall’uomo che si è. Questo è vero, anche generalizzando molto di più la formula. Non solo la filosofia, l’intero repertorio di idee dominante in un’epoca, dipende dal tipo umano che in quell’epoca predomina. E ogni variazione profonda dell’ideologia è indizio che un nuovo tipo di uomo ha trionfato nella meccanica sociale. Orbene: nel secolo XIX trionfa la borghesia sulle vecchie aristocrazie, la borghesia che in lunghe centurie si era andata formando come una classe di secondo rango nella gerarchia pubblica. E questa situazione sociale intermedia era simbolo della sua psicologia. Il borghese non è l’uomo guerriero delle grandi decisioni, né è l’uomo religioso delle sublimi contemplazioni, è l’homo oeconomicus, l’uomo che attende, soprattutto, all’utile. Là nell’ora germinale delle nostre nazioni occidentali, mentre l’uomo di guerra erige il castello di offesa e difesa e il sacerdote innalza la chiesa con un’aspirazione di fuga ultraterrena, il borghese organizza un mercato, pianta al suo fianco un’officina e si protegge creando la tecnica sociale del diritto, la giurisprudenza. Il borghese è mercante, fabbricante, giudice e avvocato. Lascia al guerriero l’ansia di dominare gli uomini e si preoccupa di dominare le cose. Crea la tecnica, che è la cultura dei mezzi materiali; crea la polizia e la giustizia pubblica, che sono la cultura dei mezzi sociali. Il giorno in cui trionfò e poté sloggiare il guerriero e il sacerdote, l’umanità europea restò confinata a una cultura tutta di mezzi e di intermedi. In essa siamo stati educati, da essa aspiriamo a evaderci. Era naturale che sotto la costellazione della borghesia la scienza sperimentale celebrasse la sua ora culminante.

La nuova marea filosofica rivela che un nuovo tipo di uomo inizia la sua dominazione. Io ho cercato reiteratamente e da diversi versanti di suggerire il suo profilo: è l’uomo per il quale la vita ha un senso sportivo e festivo. Tuttavia, non mi sono mai deciso a sviluppare ciò che sotto quel titolo intendo: mi atterrisce un po’ l’ardua fatica che tale impresa richiede e, soprattutto, l’audacia inevitabile a cui obbliga. Perché ciò porterebbe a immergere ben profonda la mano nei seni più occulti dell’uomo moderno e a far pesca nel fango per cacciare le perle più preziose. In ogni caso, mi ero proposto di attaccare, finalmente, il tema con tutta la sua ampiezza in un corso extra-universitario di conferenze che preparavo per Buenos Aires. Un destino avverso mi impedisce quest’anno di gravitare da quella città verso il centro della terra. Spero che si raggiunga il mio desiderio l’anno prossimo.

Nel frattempo, la velocità degli avvenimenti spirituali è tale al presente, che entro un anno la marea filosofica batterà già i più adusti promontori.

Conviene, nondimeno, far constare che nulla né nessuno può farci abbandonare la vecchia scienza sperimentale. Il suo eccesso dell’ultima ora non permette di dimenticare la sua gloriosa ed esemplare fecondità. La stagione non è per abbandonare l’ieri, ma per integrarlo con il domani.

La Nación, 10 maggio 1925