Abstract
Against Dato and García Prieto, who call for a return to the two great parties: their dissolution is not Spanish but universal, and it marks off twentieth-century politics from that of the nineteenth, when men fought over juridical convictions—democratic liberalism, the rights of man—that is, over simple abstract concepts that summoned everyone.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Cuando yo era niño —dice una vez Anatolio France—, creía que siendo el mundo una cosa tan grande, se comportaría con alguna seriedad.
Yo podría decir asimismo que cuando era muchacho imaginaba a los altos políticos españoles, sobre cuyas espaldas descansa la historia nacional, como unos hombres completamente serios, dotados de una segunda visión en todas las cosas. Juzgaba ineludible admitir este poder de segunda visión porque ya entonces sus palabras me parecían ligeramente incongruas: lo que yo veía no coincidía jamás con lo que ellos hablaban. Era, pues, palmario que aquellos hombres vislumbraban, «no lo que el vulgo viola con sus ojos», sino el profundo y secreto fermentar de la naturaleza.
Al perder la muchachez, he perdido también esta fe en la perspicacia y en la formalidad del político indígena. Y si algún poso de ella me quedara, se habría desvanecido ahora oyendo decir a los señores Dato y García Prieto que es preciso volver a los dos grandes partidos para que la gobernación de España vaya bien ordenada.
Hemos pasado uno de los años más azarosos que se recuerdan: durante él se ha hecho patente hasta qué punto han perdido su dominio moral las instituciones públicas, y adónde llega el desprecio que todo el mundo siente por el régimen político usado. No obstante, los señores Dato y García Prieto extraen la consecuencia de que es preciso reincidir en los dos grandes partidos. Fue menester, para dar frente a las circunstancias, formar un Ministerio de aglutinación, cuya única fuerza está precisamente en presentar a los ojos del pueblo disueltas las agrupaciones tradicionales, borrados transitoriamente los confines de los partidos. En el fondo de todas las conciencias yace hoy la sospecha de que tras este Gobierno, si no se intenta algo verdaderamente nuevo, sólo puede venir el diluvio. No obstante, los señores García Prieto y Dato sostienen que es preciso volver a los grandes partidos. Cuando después de milenios volvamos a reunirnos en el valle de Josafat, veremos adelantarse a los señores Dato y García Prieto que, como si nada hubiese acontecido, propondrán al Gran Arquitecto la perduración del partido conservador y del partido liberal.
El turno de dos grandes partidos es, sin duda, el aparato más cómodo que se puede inventar para la gobernación de un Estado. Asimismo, tener una gran fortuna es el procedimiento más perfecto que se conoce para resolver el problema de alimentar una familia. Pero, a veces, tiene uno familia y no tiene uno fortuna. Del mismo modo, a veces hay que gobernar un pueblo sin tener a la mano grandes partidos ni la posibilidad de ellos. Éste es, a todas luces, el caso de España.
La desvirtuación de los grandes partidos no es, ciertamente, un fenómeno exclusivo de nuestro país. Por el contrario, puede afirmarse ya que caracteriza la política del siglo XX frente a la del siglo XIX. Cuando la guerra estalló, apenas si en alguna nación subsistía la política de grandes partidos, y donde éstos prolongaban su existencia, como en Inglaterra, comenzaba su rápida e irremediable descomposición.
La universalidad del hecho muestra que no obedece a causas accidentales, sino a la evolución de la política en todas partes. Durante el siglo pasado versó la lucha política en torno a una sola gran cuestión: el liberalismo democrático. Fue, pues, una política jurídica; se peleaba por convicciones de derecho, por una especie de credo civil. Cuestiones que hoy nos parecería absurdo discutir con razones que no fueran secamente estadísticas —por ejemplo, el librecambio—, apasionaban entonces a los hombres bajo un disfraz de problemas jurídicos. Así, en el tiempo de la Anti-corn Law defendía Cobden el librecambio por ser la norma de equidad que se deriva del Evangelio. Se trataba de los derechos del hombre, esto es, de unas definiciones legales donde se alojaban unos conceptos muy sencillos y muy abstractos. El hombre del Norte y el del Sur, el rico y el pobre, el blanco y el negro, se sentían requeridos igualmente para tomar posiciones ante una política de contenido tan simple, y por lo mismo, tan hondo y tan conmovedor. Cualesquiera otras afinidades y repulsiones quedaban supeditadas a la actitud en que cada cual se sintiese respecto a esas últimas ideas de derecho. De este modo, la nación entera se hallaba dividida en dos grandes torrentes de opinión. Entonces, por un mecanismo automático, nacieron los grandes partidos, fiel expresión orgánica del estado de lucha en que vivía la colectividad.
Pero aquella política jurídica cumplió sus horas. El triunfo casi total del liberalismo democrático hizo vacar las conciencias a otras preocupaciones. No cometamos la irreflexión de creernos más realistas que los que combatieron por los derechos del hombre. Digamos simplemente que nuestra realidad es distinta y que, desde luego, es más complicada, menos susceptible de condensación en fórmulas sencillas que mantengan un continuado apasionamiento en toda la nación. La contienda jurídica queda hoy relegada al fondo del paisaje político: en el primer término se combate por cuestiones de organización social, de técnica administrativa, de intereses económicos. Como ninguna de estas cuestiones goza de un rango preeminente sobre las demás, nuestra política es multiforme, sin centro único de gravedad. Coincidentes en un punto, nos separamos en otro de análoga importancia; lo que incita a pelear en dos bandos a unos ciudadanos, deja indiferentes al resto. En tales condiciones no es posible la existencia de grandes partidos.
Su perduración sería una falsificación de la política. Desde 1900 soportamos en España esta falsificación. Unos partidos fantasmas, exangües y sin virtud han tenido cercado el poder político en los días que más urgía la enérgica vitalización de los instrumentos de gobierno. No representaban estados de convicción pública, no representaban siquiera intereses orgánicos de clase, de núcleo, de grupo. ¿Cómo, sin embargo, se perpetuaban en el gobierno de España?
Una palabra clara y leal tiene que ser dicha en respuesta a esa pregunta: desde hace más de quince años los grandes partidos se alimentan exclusivamente de la confianza de la Corona. Como los caballos de Diomedes, se nutren de lirios, y a poco que insistan, dejarán la pradera sin una flor de lis.
No sé hasta qué altura sobre el nivel del público puede llegar la voz de un meditador desinteresado.
Mas aunque los vocablos se deshagan vanamente en el aire, conviene decir hoy que lo más grave, lo más peligroso que puede hacer la Corona es intentar la rehabilitación de los grandes partidos. Atarse a los muertos es la más infeliz de las aventuras.
El Sol, 25 de septiembre de 1918