Abstract

An editorial against political murders that traces them to their moral root: nineteenth-century capitalism, cultivating the nerve of interest and the dogma of utility to the exclusion of all else, blunted the moral emotions. Marx rejected justice as a ground for socialism and Sorel commends violence because it works; the low agitator draws the last utilitarian consequence—assassination.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Lejos de menguar, crece el número de crímenes y atentados sociales. La marea de sangre aumenta, y con ella el asco que se va acumulando en todo ánimo honrado. Tuvimos un momento la esperanza de que el vil deporte de asesinar fuese una moda salvaje, pero transitoria, suscitada por los usos sanguinolentos que han deshonrado la iniciación del bolchevismo. Este turbio movimiento de Rusia que había desorientado a nuestros obreros en política, hacía también que algunos vacilasen en moral. Pero la decadencia del bolchevismo eslavo, la inverosimilitud creciente de su triunfo en Europa —Rusia es históricamente Asia, y el ruso una especie de chino más joven— han disminuido la influencia de la política leninista sobre los obreros occidentales. Tiempo es ya sobrado para exigir de la manera más enérgica que cese el influjo en la moral práctica de éstos. Es preciso organizar la guerra sin cuartel al asesinato. La paciencia de todos los que no son asesinos va siendo excesiva y tiñéndose con un innoble matiz de complicidad.

El capitalismo del siglo XIX ha desmoralizado a la Humanidad. Sin duda que creó una fabulosa riqueza material; pero ha empobrecido la conciencia ética del hombre. Cultivando con insensato exclusivismo el nervio del interés y el dogma de la utilidad, ha embotado en los individuos todas las emociones propiamente morales. Hoy recoge la cosecha de su venenosa simiente. Los que ahora ejecutan estos crímenes cuotidianos no son, claro está, cosa nueva en el mundo: son los asesinos de siempre, ni más ni menos asesinos que cuantos han matado de improviso a su prójimo. Pero el carácter epidémico adquirido por tales delitos indica que hallan éstos una atmósfera incubadora y propicia. El crimen mayor está ahora, no en los que matan, sino en los que no matan pero dejan matar y aplauden el acierto homicida. En ciertos núcleos del proletariado, congoja causa decirlo, el asesinato es como un sacramento político que se administra ad majorem plebis gloriam. La radical perversión ética que este hecho patentiza es lo que consideramos consecuencia de la desmoralización sembrada por los hábitos del capitalismo.

Porque los agitadores de la masa obrera han ido sacando las consecuencias del imperativo utilitario que predicaron con la palabra, y más aún con el ejemplo, los capitalistas. La justicia y la moral generosa son dos palabras vacías —dicen aquéllos al trabajador. Las acciones se estiman por su utilidad, y la política obrera no debe parar mientes al escoger sus medios en otra cosa que en la eficacia de éstos. Carlos Marx no vaciló en adoptar, desde luego, esta doctrina perversa. Le ponía fuera de sí oír que se diese como razón para el futuro triunfo del socialismo la justicia de sus demandas fundamentales. Quería que se impusiese a la sociedad, como se impone a la nave el aquilón. Jorge Sorel, movido por el mismo espíritu, recomienda a los obreros la violencia. Es ésta inmoral; pero ¿qué importa, si es eficaz?

Claro es que ni Marx ni Sorel proponen el asesinato como instrumento político de socialización. Pero un agitador de bajos fondos sacará esta última consecuencia del utilitarismo: asesino en germen, propondrá a los demás que asesinen. ¿No ha dicho Sorel que la huelga general es útil, aunque no pueda realizarse, porque amedrenta a la burguesía? La táctica obrera debe ser aterrar. El burgués es cobarde y el terrorismo le paraliza. ¡Asesinad, y de vosotros será el reino de la tierra!

Tal es el evangelio de Caín —porque ni siquiera le adorna el garbo de la novedad. La gran masa obrera claro es que no lo acepta. Pero va ganando terreno la convicción de que en algunas zonas del proletariado ha prendido esta cruenta bestialidad. En ellas se remonta el ánimo del asesino, se le propone la víctima, se encubre la ejecución y se exalta la criminal destreza. ¿Dónde termina el radio de la complicidad? Donde no llega su forma activa, comienza una pasiva adhesión, y en el confín de ésta empieza a colaborar la inmoral indiferencia.

Esto es lo que debiera urgentemente concluir. Es preciso que se sepa dónde está la línea divisoria entre los amigos del asesinato y sus resueltos enemigos. Fuera, sobre todo, una vileza en los que, como nosotros, creen en la misión histórica del socialismo, permitir el equívoco entre socializar y asesinar. El que mata no es ni más ni menos socialista que otro: es una bestia infrahumana que debe entrar al punto en su jaulón.

No concebimos la tibieza con que el partido obrero reacciona contra este ensangrentamiento de la idea socialista. Distraídamente asiste a la frecuencia de estos crímenes, que, para escarnio de su idea, se han llamado sociales. Crimen y social, ¿no son las dos palabras que más se embisten en el diccionario?

Parece increíble que en esta vejez de los siglos en que nos toca vivir vuelva nadie a creer en la eficacia del terror. No se ha dado una sola vez en la Historia el caso de que consiga su propósito: si ha operado por sorpresa, ha durado su imperio las horas que la sociedad tardó en volver sobre sí. El terrorismo ha concluido siempre por ser, a su vez, aterrorizado.

El que dice, como Sorel, al obrero que las demás clases sociales se acobardan fácilmente, le engaña de miserable manera. Es estúpido creer que si hoy mismo asisten con tan larga paciencia a la fila interminable de asesinatos «sociales», se debe a pánicas influencias. La verdad es lo contrario: la convicción que en el fondo de la conciencia pública existe hoy de la justicia radical yacente en el movimiento obrero, contiene el afán de represalias que van sintiendo las demás clases sociales. La indiferencia aparente durará hasta que pese más el crimen que la equidad de la idea bajo cuya bandera pretende cometerse. Pensar otra cosa sería no poco absurdo. Si el terror fuese tan fértil, periódicamente caería el planeta en las manos de bandas aventureras que usarían la facilísima receta.

El terrorismo es, pues, además de un crimen, una estupidez, y urge que se deslinden los campos entre los asesinos que se enmascaran de socialistas y los socialistas que desenmascaran a los asesinos.

Va en ello mucho del porvenir que espera al obrerismo. Créannos los trabajadores: se lo dice un periódico que, al tiempo de decírselo, tiene enfrente de sí más de una institución irritada por las campañas que en favor de la política socialista ha realizado.

Publicado sin firma, El Sol, 16 de octubre de 1920