Ortega y Gasset

Abstract

An editorial against the Dato government: lacking political forces and ideas, and tied to the plutocracy, it can face neither the workers’ unrest nor the economic crisis, which would require taxing the rich. Partisan political commentary, no philosophical content.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

A principios de octubre hicimos unas cuantas observaciones sobre la política iniciada en Llodio. Dijimos que se había aconsejado a la Monarquía perniciosamente, que los responsables la habían inducido a un grave error y la habían llevado a un callejón sin salida. Anunciábamos que en la situación presente de España el señor Dato no podría gobernar; le faltaban para ello las dos cosas esenciales: fuerzas políticas e ideas de gobierno. Cuando la declaración ministerial fue publicada, hicimos notar su inane y logomáquico contenido. Se advierte, decíamos, que estas gentes no tienen idea alguna de lo que van a hacer, que en su vida las han visto más gordas, y que, cegados por pasiones particulares, asumen las responsabilidades de gobierno con una inconsciencia sólo perdonable en menores de edad. Como el señor Dato no es precisamente un niño, sospechamos que se trata de su ingreso en la segunda infancia.

Dos problemas gravísimos, de urgencia imponderable, ocupan el primer plano de la existencia nacional: la convulsión obrerista y la crisis económica en su doble aspecto de crisis económica nacional y crisis del Tesoro público. De antemano constaba que el señor Dato no podía hacer frente a ninguno de ambos problemas. Le faltaba autoridad para oponer a los obreros una política de rigor (política que a nosotros nos parece desacertada, pero que, al fin y al cabo, es una política) y le faltaba libertad para ofrecerles un sistema articulado de amplias, hondas concesiones. Ligado, desde su nacimiento político, a los núcleos más representativos de la plutocracia, tiene menos que nadie las manos libres para intentar usos nuevos frente a lo que hay de excesivo y erróneo en la actual forma del capitalismo. Esta misma razón le condenaba a priori a la más exquisita parálisis frente a la crisis económica. Imposible es corregir ésta sin ejercer fuerte presión desde el Gobierno sobre los bolsillos pletóricos, sin decapitar la especulación, sin abaratar las condiciones de vida, sin tirar duramente de la rienda al galope tendido que corren los Bancos, y, sobre todo, sin poner resueltamente la proa a un presupuesto serio, cuya primera exigencia sería una radical reforma de los ingresos, aumentando considerablemente los impuestos a los ricos y aliviando los que gravitan sobre los pobres. ¿Cómo iba a hacer esto el señor Dato, que es el homo missus a Deo, el enviado por Dios a los bienaventurados propietarios de la península Ibérica?

Pero ya que carecía de ideas serias, de intenciones políticas viables, podría disculparse su elección para dirigir estas jornadas españolas en el hecho de que poseyese el señor Dato grandes fuerzas condensables en un Parlamento. Ya se ha visto, y cada día, cada hora con mayor evidencia, que tampoco hay tal. Las izquierdas detestan al señor Dato, y las derechas, mauristas y ciervistas, le hostilizan duramente. Lejos de significar su advenimiento la concentración de las legiones conservadoras, ha sido el toque de clarín para la máxima dispersión: a su propio grupo liberal-conservador le crujen las cuadernas, fatigadas por un vendaval de desunión e íntimas discordias. Nadie ignora la tibieza del subgrupo dirigido por el señor Bergamín, la insolidaridad del señor Sánchez de Toca y la irritación, que estos días raya en arrebato, del señor Sánchez Guerra, obligado a asistir, como espectador de primera fila, a su propia estrangulación parlamentaria. Sabido es que el melifluo celta conde Bugallal ha corrido un lazo de seda al pescuezo del ex presidente del Congreso, reservando para los amigos de éste los más crudos distritos y sirviendo los pucheros mejor cocidos a los propios.

En estas circunstancias sobrevienen los primeros síntomas de catástrofe económica. La decadencia velocísima de la peseta abre, al fin, los ojos a los ciegos temperamentos conservadores. La ignorancia y la impureza han desaprovechado el mejor tiempo para situar la riqueza nacional fuera de peligro. La orgía irreflexiva de estos años termina en castañeteo de dientes. Y al querer poner tardío reparo, el Gobierno mismo cae en la cuenta de que su propia constitución y esencial índole le impiden hacer frente al problema. Mira en torno, y advierte que por días crece la desconfianza hacia él entre las clases sociales que representa, a destiempo convencidas de que fue frívolo traer al Gobierno a su gerente cuando las circunstancias, las insobornables circunstancias, eran tan poco adecuadas.

Para colmo, y a la vez como signo de lo apretada que es la coyuntura, se habla de crisis parcial muy próxima.

Tal es el paisaje sobre cuyo fondo se ve comprometido el Gobierno a dar el salto mortal de unas elecciones generales, con el pie forzado de aprontar una dócil mayoría que le salga de la propia cabeza.

Dígasenos ahora si nuestra oposición al llamamiento hecho en Llodio al señor Dato carecía de fundamentos.

Por desgracia, la capacidad de reacción en la conciencia pública es hoy mínima. Desánimo, desesperanza, asco y corrupción anegan al presente el alma española. Un periódico no puede entregarse al empeño de querer ser más papista que el Papa. En batalla continua contra todos los poderes de aniquilamiento nacional, creemos haber rebasado los límites de cuanto el más exigente rigorismo puede pedir a la libertad, al sacrificio y a la independencia de un periódico. El cuerpo espiritual y aun el material del nuestro certifican nuestros fervores con la documentación de anchas y graves heridas. Ahora nos toca esperar y asistir a lo que se avecina con patriótico dolor, pero, a la vez, perfectamente libres de contaminación y de responsabilidad.

Hacemos esta formal advertencia con ocasión de reiterar lo que más de una vez hemos dicho y que consideramos previsión de la mayor importancia.

En estos últimos años, la desautorización del Poder público, el anquilosamiento e ineficacia de las instituciones que son los órganos de la vida colectiva ordenada, la inutilización progresiva de todos los partidos políticos, la desagregación de los grupos sociales, la anarquía espiritual, han llegado a todos los extremos imaginables. No puede estar más deshecha una estructura social de lo que ha venido a estar la española. Sin embargo, durante ese tiempo no se ha llegado, afortunadamente, a las manifestaciones extremas, a las convulsiones definitivas que semejante estado parecía haber de traer consigo. ¿Por qué?

Sólo hallamos una explicación que a la vez orienta sobre el porvenir. La vida pública española no ha caído en el extremo frenesí porque con todas esas desdichas y enfermedades ha coincidido una gran ventura: el aumento transitorio, pero enorme, de la riqueza. No se olvide esto porque es capital para comprender la situación actual de España. Por vez primera desde hace muchos siglos, los españoles han tenido dinero, y este bienestar crematístico tan insólito ha bastado para detener a la sociedad patria justamente en el borde del abismo. Por muy mal que cada ciudadano se sintiese como miembro social, se sentía muy bien como individuo: ganaba más, gastaba más, gozaba más y sufría menos. Los cinco o seis mil millones de aumento en la riqueza han sido lluvia de aceite sobre la marejada española.

Y ahora nos preguntamos: si a la perduración de aquel desorden omnímodo se añade mañana el retorno a la pobreza, a la miseria, al hambre, ¿qué ocurrirá?

No vamos a extendernos en una respuesta cargada de tintas sombrías. En rigor, la respuesta no nos interesa. Basta a nuestro propósito que se advierta la gravedad de la pregunta. Un poco cansados de buscar en nuestro país una sensibilidad para sus íntimos problemas, que, por lo visto, no existe o alienta amodorrada, evitamos ademanes de espanto y grandes gritos de precaución. Agotaremos nuestro estricto deber invitando sencillamente a que abran los ojos todos los que se precien de poseerlos. Lo demás, lo que les venga en ganas hacer se escapa a nuestra voluntad. Bastaría tal vez que propusiésemos una solución a los altos poderes, para que se resolviesen por la contraria.

Publicado sin firma, El Sol, 21 de noviembre de 1920

1921

At the beginning of October we made a few observations on the policy initiated at Llodio. We said that the Monarchy had been advised perniciously, that those responsible had induced it into a grave error and had led it into a blind alley. We announced that in the present situation of Spain señor Dato would not be able to govern; he lacked for that the two essential things: political forces and ideas of government. When the ministerial declaration was published, we pointed out its inane and logomachic content. It is noticed, we said, that these people have no idea whatever of what they are going to do, that in their lives they have never seen a more serious affair, and that, blinded by private passions, they assume the responsibilities of government with a recklessness only pardonable in minors. Since señor Dato is not precisely a child, we suspect that it is a matter of his entry into second childhood.

Two most grave problems, of imponderable urgency, occupy the foreground of national existence: the workerist convulsion and the economic crisis in its double aspect of national economic crisis and crisis of the public Treasury. It was established beforehand that señor Dato could not face either of the two problems. He lacked authority to oppose to the workers a policy of rigor (a policy which seems to us mistaken, but which, after all, is a policy) and he lacked freedom to offer them an articulated system of broad, deep concessions. Bound, from his political birth, to the most representative nuclei of the plutocracy, he has less than anyone his hands free to attempt new usages in the face of what is excessive and erroneous in the present form of capitalism. This same reason condemned him a priori to the most exquisite paralysis in the face of the economic crisis. It is impossible to correct this without exercising strong pressure from the Government upon the plethoric pockets, without beheading speculation, without cheapening the conditions of life, without tugging hard at the rein upon the full gallop at which the Banks run, and, above all, without resolutely setting the prow toward a serious budget, whose first demand would be a radical reform of revenues, considerably increasing the taxes on the rich and relieving those that gravitate upon the poor. How was señor Dato going to do this, he who is the homo missus a Deo, the envoy sent by God to the blessed proprietors of the Iberian peninsula?

But since he lacked serious ideas, viable political intentions, his election to direct these Spanish days might be excused by the fact that señor Dato possessed great forces condensable into a Parliament. It has already been seen, and each day, each hour with greater evidence, that neither is there any such thing. The lefts detest señor Dato, and the rights, Maurist and Ciervist, harass him hard. Far from his advent signifying the concentration of the conservative legions, it has been the clarion call for the maximum dispersion: his own liberal-conservative group’s ribs creak, wearied by a gale of disunion and intimate discords. No one ignores the tepidity of the subgroup directed by señor Bergamín, the lack of solidarity of señor Sánchez de Toca and the irritation, which these days borders on fury, of señor Sánchez Guerra, obliged to attend, as a front-row spectator, his own parliamentary strangulation. It is well known that the mellifluous Celt, Count Bugallal, has run a silken noose around the neck of the ex-president of the Congress, reserving for the latter’s friends the harshest districts and serving the best-cooked pots to his own.

In these circumstances there come on the first symptoms of economic catastrophe. The most rapid decadence of the peseta finally opens the eyes of the blind conservative temperaments. Ignorance and impurity have wasted the best time to situate the national wealth out of danger. The unreflective orgy of these years ends in chattering of teeth. And on wanting to put a belated remedy, the Government itself falls into realizing that its own constitution and essential nature prevent it from facing the problem. It looks around, and perceives that by days the distrust toward it grows among the social classes it represents, belatedly convinced that it was frivolous to bring to the Government its manager when the circumstances, the incorruptible circumstances, were so little adequate.

To crown it all, and at the same time as a sign of how tight the conjuncture is, there is talk of a very near partial crisis.

Such is the landscape against whose background the Government is seen committed to making the somersault of a general election, with the forced footing of making ready a docile majority that should come out of its own head.

Let it be told us now whether our opposition to the summons made at Llodio to señor Dato lacked foundations.

Unfortunately, the capacity for reaction in the public conscience is today minimal. Discouragement, hopelessness, disgust and corruption at present inundate the Spanish soul. A newspaper cannot deliver itself to the endeavor of wanting to be more papist than the Pope. In continual battle against all the powers of national annihilation, we believe we have overpassed the limits of whatever the most exacting rigorism can ask of the liberty, the sacrifice and the independence of a newspaper. The spiritual and even the material body of ours certify our fervors with the documentation of broad and grave wounds. Now it falls to us to wait and attend to what approaches with patriotic pain, but, at the same time, perfectly free of contamination and of responsibility.

We make this formal warning on the occasion of reiterating what more than once we have said and which we consider a forecast of the greatest importance.

In these last years, the disauthorization of the public Power, the ankylosis and inefficacy of the institutions that are the organs of ordered collective life, the progressive disabling of all the political parties, the disaggregation of the social groups, the spiritual anarchy, have come to all imaginable extremes. A social structure cannot be more undone than the Spanish one has come to be. Nevertheless, during that time one has not arrived, fortunately, at the extreme manifestations, at the definitive convulsions that such a state seemed destined to bring with itself. Why?

We find only one explanation that at the same time gives orientation on the future. Spanish public life has not fallen into the extreme frenzy because with all those misfortunes and maladies there has coincided a great fortune: the transitory, but enormous, increase of wealth. Let this not be forgotten because it is capital for understanding the present situation of Spain. For the first time in many centuries, the Spaniards have had money, and this chrematistic well-being so unusual has sufficed to stop the fatherland’s society precisely on the edge of the abyss. However badly each citizen felt himself as a social member, he felt very well as an individual: he earned more, spent more, enjoyed more and suffered less. The five or six thousand millions of increase in wealth have been a rain of oil upon the Spanish swell.

And now we ask ourselves: if to the perduration of that omnimodal disorder there is added tomorrow the return to poverty, to misery, to hunger, what will happen?

We are not going to stretch ourselves out in an answer laden with somber tints. Strictly speaking, the answer does not interest us. It suffices for our purpose that the gravity of the question be perceived. A little weary of seeking in our country a sensibility for its intimate problems, which, apparently, does not exist or breathes drowsily, we avoid gestures of fright and great cries of precaution. We shall exhaust our strict duty by simply inviting all who pride themselves on possessing eyes to open them. The rest, whatever comes into their fancy to do, escapes our will. It would perhaps suffice that we proposed a solution to the high powers, for them to resolve upon the contrary.

Published unsigned, El Sol, 21 November 1920

1921

Ai primi di ottobre facemmo alcune osservazioni sulla politica iniziata a Llodio. Dicemmo che si era consigliata la Monarchia perniciosamente, che i responsabili l’avevano indotta a un grave errore e l’avevano portata in un vicolo cieco. Annunciavamo che nella situazione presente della Spagna il signor Dato non avrebbe potuto governare; gli mancavano per ciò le due cose essenziali: forze politiche e idee di governo. Quando la dichiarazione ministeriale fu pubblicata, facemmo notare il suo inane e logomachico contenuto. Si avverte, dicevamo, che queste genti non hanno alcuna idea di ciò che andranno a fare, che in vita loro non ne hanno viste di più grosse, e che, accecati da passioni particolari, assumono le responsabilità di governo con un’incoscienza soltanto perdonabile in minorenni. Poiché il signor Dato non è precisamente un bambino, sospettiamo che si tratti del suo ingresso nella seconda infanzia.

Due problemi gravissimi, di urgenza imponderabile, occupano il primo piano dell’esistenza nazionale: la convulsione operaista e la crisi economica nel suo doppio aspetto di crisi economica nazionale e di crisi del Tesoro pubblico. In anticipo constava che il signor Dato non poteva far fronte a nessuno dei due problemi. Gli mancava autorità per opporre agli operai una politica di rigore (politica che a noi sembra sbagliata, ma che, in fin dei conti, è una politica) e gli mancava libertà per offrire loro un sistema articolato di ampie, profonde concessioni. Legato, dalla sua nascita politica, ai nuclei più rappresentativi della plutocrazia, ha meno di chiunque le mani libere per tentare usi nuovi di fronte a ciò che c’è di eccessivo ed errato nell’attuale forma del capitalismo. Questa stessa ragione lo condannava a priori alla più squisita paralisi di fronte alla crisi economica. Impossibile è correggere questa senza esercitare forte pressione dal Governo sulle tasche pletoriche, senza decapitare la speculazione, senza rendere più a buon mercato le condizioni di vita, senza tirare duramente la redine al galoppo disteso che corrono le Banche, e, soprattutto, senza mettere risolutamente la prua verso un bilancio serio, la cui prima esigenza sarebbe una riforma radicale delle entrate, aumentando considerevolmente le imposte ai ricchi e alleviando quelle che gravitano sui poveri. Come avrebbe potuto fare questo il signor Dato, che è l’homo missus a Deo, l’inviato da Dio ai beati proprietari della penisola iberica?

Ma giacché mancava di idee serie, di intenzioni politiche vitali, potrebbe scusarsi la sua elezione per dirigere queste giornate spagnole nel fatto che il signor Dato possedesse grandi forze condensabili in un Parlamento. Già si è visto, e ogni giorno, ogni ora con maggiore evidenza, che neppure di questo c’è. Le sinistre detestano il signor Dato, e le destre, mauriste e cierviste, lo ostilizzano duramente. Lungi dal significare il suo avvento la concentrazione delle legioni conservatrici, è stato il tocco di chiarina per la massima dispersione: al suo proprio gruppo liberale-conservatore scricchiolano le ossature, affaticate da un vento di disunione e d’intime discordie. Nessuno ignora la tiepidezza del sottogruppo diretto dal signor Bergamín, l’insolidarietà del signor Sánchez de Toca e l’irritazione, che questi giorni rasenta il trasporto, del signor Sánchez Guerra, obbligato ad assistere, come spettatore di prima fila, alla propria strangolamento parlamentare. Noto è che il mellifluo celta conte Bugallal ha corso un laccio di seta al collo dell’ex presidente del Congresso, riservando per gli amici di questo i distretti più crudi e servendo i pentolini meglio cotti ai propri.

In queste circostanze sopravvengono i primi sintomi di catastrofe economica. La velocissima decadenza della peseta apre, finalmente, gli occhi ai ciechi temperamenti conservatori. L’ignoranza e l’impurità hanno sciupato il miglior tempo per situare la ricchezza nazionale fuori di pericolo. L’orgia irriflessiva di questi anni termina in stridore di denti. E nel voler porre tardo rimedio, il Governo stesso cade nell’accorgersi che la sua propria costituzione ed essenziale indole gli impediscono di far fronte al problema. Guarda intorno, e avverte che di giorno in giorno cresce la sfiducia verso di lui tra le classi sociali che rappresenta, a controtempo convinte che fu frivolo portare al Governo il suo gerente quando le circostanze, le incorruttibili circostanze, erano tanto poco adeguate.

Per giunta, e a un tempo come segno di quanto sia stretta la congiuntura, si parla di una crisi parziale molto prossima.

Tale è il paesaggio sul cui sfondo si vede compromesso il Governo a dare il salto mortale di elezioni generali, col piede forzato di approntare una docile maggioranza che gli esca dalla propria testa.

Ci si dica ora se la nostra opposizione all’appello fatto a Llodio al signor Dato mancava di fondamenti.

Per disgrazia, la capacità di reazione nella coscienza pubblica è oggi minima. Scoramento, disperanza, disgusto e corruzione inondano al presente l’anima spagnola. Un giornale non può consegnarsi all’impegno di voler essere più papista del Papa. In battaglia continua contro tutti i poteri di annientamento nazionale, crediamo di aver superato i limiti di quanto il più esigente rigorismo può chiedere alla libertà, al sacrificio e all’indipendenza di un giornale. Il corpo spirituale e anche il materiale del nostro certificano i nostri fervori con la documentazione di ampie e gravi ferite. Ora ci tocca aspettare e assistere a ciò che si avvicina con dolore patriottico, ma, a un tempo, perfettamente liberi di contaminazione e di responsabilità.

Facciamo questo formale avviso in occasione di reiterare ciò che più di una volta abbiamo detto e che consideriamo previsione della maggiore importanza.

In questi ultimi anni, la disautorizzazione del Potere pubblico, l’anchilosamento e l’inefficacia delle istituzioni che sono gli organi della vita collettiva ordinata, l’inutilizzazione progressiva di tutti i partiti politici, la disgregazione dei gruppi sociali, l’anarchia spirituale, sono giunti a tutti gli estremi immaginabili. Non può essere più disfatta una struttura sociale di quanto è venuta a essere la spagnola. Tuttavia, durante quel tempo non si è giunti, fortunatamente, alle manifestazioni estreme, alle convulsioni definitive che simile stato pareva dover portare con sé. Perché?

Soltanto troviamo una spiegazione che a un tempo orienta sull’avvenire. La vita pubblica spagnola non è caduta nell’estremo furore perché con tutte quelle disgrazie e malattie ha coinciso una grande ventura: l’aumento transitorio, ma enorme, della ricchezza. Non si dimentichi questo perché è capitale per comprendere la situazione attuale della Spagna. Per la prima volta da molti secoli, gli spagnoli hanno avuto denaro, e questo benessere crematistico tanto insolito è bastato per fermare la società patria proprio sull’orlo dell’abisso. Per quanto male ogni cittadino si sentisse come membro sociale, si sentiva molto bene come individuo: guadagnava di più, spendeva di più, godeva di più e soffriva di meno. I cinque o sei mila milioni di aumento nella ricchezza sono stati pioggia d’olio sulla mareggiata spagnola.

E ora ci domandiamo: se alla perdurazione di quel disordine omnimodo si aggiunge domani il ritorno alla povertà, alla miseria, alla fame, che cosa accadrà?

Non andremo a distenderci in una risposta carica di tinte cupe. In rigore, la risposta non ci interessa. Basta al nostro proposito che si avverta la gravità della domanda. Un po’ stanchi di cercare nel nostro paese una sensibilità per i suoi intimi problemi, che, a quanto pare, non esiste o alita sonnecchiante, evitiamo cenni di spavento e grandi grida di precauzione. Esauriremo il nostro stretto dovere invitando semplicemente ad aprire gli occhi tutti coloro che si pregio di possederli. Il resto, ciò che venga loro in voglia di fare, sfugge alla nostra volontà. Basterebbe forse che proponessimo una soluzione agli alti poteri, perché si risolvessero per la contraria.

Pubblicato senza firma, El Sol, 21 novembre 1920

1921