Abstract

A reply to the attacks of Argentine writers: he wrote those essays freely, foreseeing and willing the consequences. His reason is that he owes Argentina a substantial portion of his own life—and life, being always someone’s, is for that someone the absolute, since everything else arrives through it and within it.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Ya he recibido las primeras andanadas de ataques y de insultos que me dirigen los jóvenes escritores argentinos. Ya puedo, por consecuencia, escribir este artículo. Por otro de Victoria Ocampo, publicado en La Nación hace meses, tuve las primeras noticias del enojo que mis ensayos «La Pampa… promesas» y «El hombre a la defensiva», habían producido. Poco después, una página de Caras y Caretas, firmada por el señor Alberti, me confirmaba el hecho. Ambos escritores se adelantaban, generosos, a mi defensa y destacaban argumentos para aminorar la hostilidad contra mí germinante. Yo agradezco de corazón a ambos espontáneos paladines la efusión de su defensa, pero han de permitirme añadir que no era necesaria. Nadie que conozca aun vagamente la Argentina, puede dudar un momento de que al escribir yo aquellos ensayos sabía que iba a condensar sobre mi cabeza todas las electricidades del iracundo denuesto. Pero si nadie puede dudar de que presumía esa violenta repercusión, nadie puede dudar que había en mí la resolución de concitarla. Ninguna fuerza externa me obligaba a pensar, manuscribir y publicar aquellos ideogramas. Si todo ello lo hice libérrimamente, claro es que asumía, libérrimamente también, sus enojosas consecuencias. Sobre esto conviene que no exista la más leve incertidumbre.

Entonces, ¿es que yo quería, con franco albedrío, ver funcionar a mi costa la procacidad habitual de esa juventud literaria? A decir verdad, no tenía empeño alguno en ello, pero, por fuerza, había de quererlo también, ya que era imprescindible si quería publicar «El hombre a la defensiva». Quien no sea, por completo, pueril, al querer la causa quiere conjuntamente la variada prole de sus efectos. Todo se retrotrae, pues, al hecho rotundo de que yo he tenido la inquebrantable voluntad de escribir aquellas páginas. ¿Por qué la he tenido? La intención de insinuarlo engendra las líneas siguientes, donde el lector hallará todo menos arrepentimiento.

Es seguro que no pocas personas de la Argentina se habrán dicho al leer mi último Espectador: «Por dos veces hemos recibido a este señor en nuestro país con exuberante amabilidad. ¿Es admisible que este señor pague aquellas atenciones diciendo de nosotros cosas que en parte son sobremanera desagradables?» Yo acepto que el asunto se plantee así, sólo que necesito intensificarlo hasta un grado superlativo.

No se trata sólo de que la Argentina me haya recibido con reiterada amabilidad. Ésta es una expresión tibia, frívola y oficial. Se trata de mucho más.

En una comida que la revista Nosotros organizó en mi obsequio durante mi última permanencia en Buenos Aires, tomó la palabra el doctor Alejandro Korn y dijo que en algún capítulo de la historia argentina habría, tal vez, que citar mi nombre. Sus palabras fueron, en rigor, mucho más taxativas, pero yo las traduzco al modo dubitativo y condicional, con el fin de no complicar en mis peligrosas andanzas a un hombre a quien quiero, estimo y respeto tanto como a Korn. Las traigo, no obstante, a mención para poder añadir que si ellas son posiblemente, dubitativamente, condicionalmente verdad, lo es con verdad radical, indubitable y categórica que no podría escribirse mi biografía —dado que ella tuviese algún interés— sin dedicar algunos capítulos centrales a la Argentina. Es decir, que yo debo, ni más ni menos, toda una porción de mi vida —situación, emociones, hondas experiencias, pensamientos— a ese país. Así, absolutamente así. La vida, que es siempre de alguien, es para ese alguien lo absoluto. Todo lo demás que exista llega al través de su vida dentro de su vida. Así yo no tengo en el universo y del universo más que mi vida y resulta que una parte muy importante de ella se debe a la Argentina. Se trata, pues, no de deber atenciones a ese país como a tantos otros transeúntes acontecerá, sino de algo fabulosamente más grave: se trata de que debo una parte substancial de mí mismo, de mi vida, a la Argentina. Y esto son ya palabras gruesas. Y mi vida, que a los demás no tiene por qué interesar, a mí me interesa enormemente. Tanto, que es lo único que me interesa del universo. A cada cual, si se analiza y entiende lo que digo, le acontece lo propio —porque su vida, repito, es lo único que tiene del universo, porque su vida es, en verdad, el universo.

Quiere decirse, pues, que yo tengo una deuda enorme con ese país. Y esto no son palabras, temblor de aire, caligrafía. No es que yo diga que tengo esa deuda, sino que la tengo, dígalo o no; la tengo a ella, no a su enunciación; la tengo y sostengo sobre mi existencia efectiva y no verbal, la llevo y la arrastro con sucesivos crecimientos desde que hace catorce años, escritor español desconocido, entré por la boca bicorne del puerto bonaerense.

Es notorio que yo he alardeado durante un decenio de ese gravamen. En una revista de esa capital leí hace unos meses una entrevista con el conde de Keyserling, donde este amigo mío e incalculable conde hacía constar que el único europeo que hablaba con fervor de la Argentina era yo. Amputemos la exageración del exclusivismo y queda una pura verdad.

Dígaseme ahora si puedo aceptar que se plantee el asunto de mi saldo de deuda con la Argentina mediante expresión tan tibia, frívola y oficial como la antedicha. No: yo debo completamente en serio y he de pagar no menos en serio. Ya he empezado. Las páginas irritantes del séptimo Espectador son las primeras monedas.

La forma del pago no podía para mí ser dudosa. Tenía que ser homogénea a la deuda. Y si la Argentina ha contribuido a hacer mi vida, yo tengo que contribuir, bien que en la cuantía mínima posible a un escritor, a hacer la vida de la Argentina.

¿Sería contribuir a hacer la vida de la Argentina verbalizar elogios sobre ese país que a nadie interesarían ni a nadie convencerían? Pero aun en el caso de que interesasen y convenciesen, eso no sería hacer la vida argentina, sino, a lo sumo, hacer la opinión de los demás sobre ésta. Y resultado tal me parece demasiado inoperante. Lo decisivo es lo que seamos, no lo que opinen los demás. Una vida bien metida en su auténtico destino no vive de la benevolencia crítica de los prójimos.

Pero además, quien conozca la Argentina actual sabe que nada puede hacerle tanto daño como alabarla, como interesarla en la opinión ajena sobre ella, antes bien, es preciso empujarla hacia sí misma, recluirla en su inexorable ser. Esto se propone El hombre a la defensiva.

En él se dice que es la Argentina «el pueblo con resortes históricos más fuertes que hoy existe». Esto no se dice por decir: se dice dos veces y con letra especial para que conste. Lo cual indica que yo tengo muchas cosas laudatorias que decir sobre la Argentina —por lo visto las que propago por Europa, según Keyserling. Y esas cosas son, en parte, óptimas como esa frase indica. Yo podría, pues, con entera sinceridad de escritor y siguiendo mi ininterrumpido uso de no escribir sino lo que creo hasta la raíz de mí mismo, haber magnificado ante el público europeo esa nación irritable. Es más, nadie que siga mi obra intelectual dudará de que tras esa frase sobre los resortes históricos de la Argentina, se ocultan teorías sobre lo social y lo histórico que piafan en puras ganas de expresarse. Mas yo las he reprimido y de todo ello enuncio sólo ese teorema sobre la vitalidad histórica de la Argentina, teorema que formulado en seco me compromete evidentemente ante mis lectores europeos, los cuales verán en él una paradoja y una arbitrariedad.

Cada cual se maneja con el aparato de su conciencia. La mía me invitaba a detener la alabanza a la Argentina. ¿Se quería que con loas pagase yo mi deuda? ¿Que mi pago consistiera en hacer algo que la Argentina… me agradeciese? ¿Que pagase a mi acreedor haciéndole deudor mío? ¿Que rescatase las antiguas «atenciones» dando motivo a otras nuevas?

Todo eso me parece ridículo, petit-bourgeois, extemporáneo y repugnante. Pero, además, no es cuestión de que me parezca a mí bien o mal. Si para devolver a la Argentina el beneficio de su intromisión en mi vida yo tenía que colaborar en la suya y entrometerme en ella, el asunto quedaba fuera del área de mi elección. Todo vivir, individual o colectivo, es un hacer; más precisamente, un hacerse. De aquí que la vida se presente siempre, en su más íntimo y radical aspecto, como una tarea. Y si la conciencia no anda turbia, vemos con indomable evidencia el plano de esa tarea y en él el lugar y la porción de esfuerzo que nos corresponde. No hay más que una manera de colaborar en la vida de otro: arrimar resueltamente el hombro allí donde uno ve que hace falta.

Ahora bien: yo he visto que hoy el problema más sustantivo de la existencia argentina es su reforma moral. Me irrita este vocablo «moral». Me irrita porque en su uso y abuso tradicionales se entiende por moral no sé bien qué añadido de ornamento puesto a la vida y ser de un hombre o de un pueblo. Por eso yo prefiero que el lector lo entienda por lo que significa, no en la contraposición moral-inmoral, sino en el sentido que adquiere cuando de alguien se dice que está desmoralizado. Entonces se advierte que la moral no es una performance suplementaria y lujosa que el hombre añade a su ser para obtener un premio, sino que es el ser mismo del hombre cuando está en su propio quicio y vital eficiencia. Un hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad y por ello no vive su vida y por ello no crea ni fecunda ni hinche su destino. Para mí la moral no es lo que el hombre debe ser, pero por lo visto puede prescindir de ser, sino que es simplemente el ser inexorable de cada hombre, de cada pueblo. Por eso, desde siempre y una vez más en mis conferencias últimas de Buenos Aires, cuando anunciaba yo un posible curso de Ética —que ya no sé bien si haré— proclamaba como imperativo fundamental de la mía el grito del viejo Píndaro: genoi’ hoios essi —llega a ser el que eres.

En este sentido, el hombre argentino está desmoralizado y lo está en un momento grave de su historia nacional, cuando —después de dos generaciones en que ha vivido de fuera— tiene que volver a vivir de su propia substancia en todos los órdenes: económico, político, intelectual. Tal es mi convicción madurada calladamente durante muchos años y que no es fácil hagan vacilar lo más mínimo las diatribas, insolencias y chistes de esos jóvenes intelectuales argentinos que emplean en gesticulaciones narcisistas su tiempo, en vez de arrimar el hombro, como yo, sin posturas, sin «maneras», a la tarea de hacer una nación que, por fortuna no merecida de ellos, puede ser una formidable nación. ¿Saben esos jóvenes que emplean sus plumas más que para escribir —para esa soberana labor de crear que es el escribir— tan sólo, como el pavo real, para hacer la rueda —saben esos jóvenes lo que es nacer en un pueblo que puede ser una gran nación? ¿Saben que hay muy pocos pueblos que puedan serlo?

Yo no podía elegir mi tarea. No he hecho más que aceptarla y comenzar a cumplirla. Es preciso llamar al argentino al fondo auténtico de sí mismo, retraerle a la disciplina rigorosa de ser sí mismo, de sumirse en el duro quehacer propuesto por su individual destino. Sólo así podrá modificarse la moral colectiva, el tipo de valores preferidos, el standard de virtudes y modos de ser que, prestigiados, informen con fértil automatismo la existencia argentina.

Un primer empujón hacia esto significan mis páginas del Espectador. Son drásticas, son enojosas, son antipáticas. Pero dudo mucho que pueda conseguirse en otra forma esa llamada a fondo. Otra cosa serían unas páginas lindas para ser leídas, que atrajesen un aplauso hacia su autor. Pero no se trataba de una obra literaria —«El hombre a la defensiva» está mal escrito—, sino de una obra operante, que actuase inclusive sobre el que más hostil fuese a ella. Podrá haber en mi ensayo cuantos errores de detalle quieran encontrarse, pero su substancia —el planteamiento de su propia intimidad como problema para el argentino— no puede borrarse ni sofisticarse: está ahí, operando ya como un alcaloide sobre el alma argentina, incluyendo la de los jóvenes literatos que me dedican el homenaje de un insulto.

Por lo mismo, no debo exagerar las proporciones de mi sacrificio. La convicción de haber intentado lo que mi destino me proponía me hace automáticamente impermeable a todos los denuestos y me anestesia por anticipado para todas las vulneraciones.

Ahora vendrán aquéllos y éstas. Pero luego, andando no mucho tiempo, grupos de otros jóvenes de vida más auténtica —en alguna Universidad, en la misma sociedad patricia de la Argentina— pensarán de otro modo. Y yo he escrito esas páginas, con muchas más que a su hora verán la luz, para que acontezca primero lo uno y luego lo otro. Beethoven tituló una de sus sonatas: Hacia la alegría por el dolor. Yo podía haber titulado estas páginas mías: Hacia la gratitud por el insulto.

La Nación, 13 de abril de 1930