Abstract
An article defending the Republic: in politics there are no principles—those belong to geometry—only historical circumstances that define what must be done. The Republic must be defended because it is the one regime that corrects itself and tolerates no falsification of itself, and because only through it can Spaniards become a nation.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
¿Lo hará por misticismo republicano? Tampoco. En materia de política no admito misticismo, ni siquiera admito que se sea republicano, como suele decirse, «por principios». Siempre he sostenido que en política no hay eso que se llama principio. Los principios son cosas para la Geometría. En política hay sólo circunstancias históricas, y éstas definen lo que hay que hacer. Yo sostuve hace tres años, y sostengo hoy con mayor brío, que la única posibilidad de que España se salve históricamente, se rehaga y triunfe es la República, porque sólo mediante ella pueden los españoles llegar a nacionalizarse, es decir, a sentirse una Nación. Y esto es cosa infinitamente más importante que las estupideces o desmanes cometidos por unos gobernantes durante la anécdota de un par de años. Ya a estas horas, en estas elecciones, aunque los electores, todavía torpes, envían al Parlamento gentes en buena parte tan indeseables como las anteriores, han sentido que actuaban sobre el cuerpo nacional, han despertado a la conciencia de que se trataba de su propio destino. Todavía no han votado por y para la nación, sino movidos reactivamente por intereses particulares, de orden material o de orden espiritual, la propiedad o la religión —para el caso da lo mismo, porque ambos intereses, aunque sean respetables, son particulares, no son la Nación. Mas por ahí se empieza: es el aprendizaje de la política que termina descubriendo la Nación como el más auténtico, más concreto y más decisivo interés político, porque es el interés de todos.
Muchas veces, una de ellas en plena Dictadura, he afirmado que la República es el único Régimen que automáticamente se corrige a sí mismo, y en consecuencia, no tolera su propia falsificación. La República, o expresa una realidad nacional, o no puede vivir. La República es, quiérase o no, sinceridad histórica, y ésa es la suprema fuerza a que puede llegar un pueblo. Cuando éste ha conquistado su propia sinceridad, cuando cobra esa radical conciencia de sí mismo, nada ni nadie se le puede poner enfrente. Las Monarquías, en cambio, fácilmente se convierten en máscaras que un pueblo se pone a sí mismo, y no le dejan verse y sentirse y ser y a lo mejor bajo el antifaz remilgado de una Corte se van muriendo y pudriendo por dentro.
Estense, pues, quedos los monárquicos. Tenemos profundo derecho —¡qué diablo, derecho!—, tenemos inexcusable obligación los españoles de hacer a fondo la experiencia republicana. Y esta experiencia es larga como todo lo que posee dimensiones históricas. Tienen que pasar muchas cosas. Lo primero que tenía que pasar era que vomitasen las llamadas «izquierdas» todas las necedades que tenían en el vientre. Que esto haya acontecido es ya un avance y una ganancia, no es pura pérdida. Ahora pasará que van a practicar la misma operación con las suyas las llamadas «derechas». Luego, España, si desde ahora la preparamos, tomará la vía ascendente.
Como tenemos, pues, la obligación de hacer esa gran experiencia, sépanlo, estamos resueltos a defender la República. Yo también. Sin desplantes ni aspavientos, que detesto. Pero conste: yo también. Yo, que apenas si cruzo la palabra con esos hombres que han gobernado estos años, algunos de los cuales me parecen no ya jabalíes, sino rinocerontes.
Pero ¿qué queríais, españoles? ¿Que hubiesen estado ahí esperando, armados de punta en blanco, hombres maravillosos para gobernaros? Pero ¿qué habíais hecho antes para tener esos hombres? ¿Creéis que esas cosas se regalan, que lograrlas no supone dolores, esfuerzos, angustias a los pueblos? Si queréis regalos, si queréis manteneros en vuestra concepción de la vida estrecha, interesada, sin altitud y sin arrestos, sin anchura de horizonte delante, sin afán de fuertes empresas, sin claridad de cabeza, tenéis que contentaros por los siglos de los siglos con elegir entre don Marcelino Domingo y el señor Goicoechea.