Ortega y Gasset
Abstract
A six-point reply to señor Bello on Catalan autonomy: the nationalist question must be kept apart from regional autonomy, and his doctrine—set out in La redención de las provincias and España invertebrada—means to push both centralism and autonomism to the limit so each compensates the other. The start of ‘Memorias de quince meses’ follows.
Connections
Concetti: Stato
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En un artículo que el señor Bello publicó el sábado en Luz se dice que yo, «por motivos políticos, circunstanciales, he rebajado para Cataluña el cupo de atribuciones correspondientes a la región —a la gran comarca—, según criterio no de ahora, sino de hace años». Es ya la cuarta o quinta vez que, paladina o alusivamente, el señor Bello hace esta afirmación ejemplarmente gratuita y arbitraria. A ella opongo las siguientes observaciones:
Primera. En La redención de las provincias y en las otras series de artículos —porque han sido varias— que con anterioridad a la recogida en ese volumen exponen mi política de autonomías regionales excluyo aquellas regiones españolas, que, como Cataluña y Vasconia, plantean además una cuestión totalmente distinta de la autonomía y que no vale barateramente —¡qué torrente de baratería ha inundado la política republicana!— confundir con ella: la cuestión nacionalista.
Segunda. Esa exclusión no significa que yo pensase para esas regiones una autonomía menor que para las otras. En modo alguno. La tesis de mi política autonomista consiste en llegar a la posible solución del problema que esas regiones plantean, evitando tratarlo por separado. Por eso analizo las necesidades del resto de España, dejando a un lado provisionalmente, por razón de método, las comarcas nacionalistas. Si pensando en ese resto de España hallamos que él exige una reorganización autonómica, habremos encontrado una solución española, nacional, común y orgánica a la porción soluble de la demanda nacionalista. Pero no cabe negar que queda el residuo insoluble o difícilmente soluble, y éste requiere, claro está, un tratamiento especial. Por muchas nieblas que el señor Bello quiera fabricar no es idéntica la cuestión de una universidad regional andaluza y la de una universidad catalana. Pretender fingir esa identidad no es sino dificultar las relaciones entre los lectores del señor Bello y la verdad de las cosas.
Tercera. En La redención de las provincias y en las series anteriores —aun no refiriendo la doctrina a Cataluña— hago constar siempre que el Estado podrá mantener o crear en las regiones junto y aun frente a los centros de enseñanza regionales y a otros institutos que no son de enseñanza, establecimientos propios. Esa presencia y actuación directa del Estado en la región desarrolla la idea de lo que yo denomino «instituciones reguladoras».
Cuarta. Esta idea, a su vez, no es sino una aplicación secundaria y de detalle del principio que inspira todo el libro La redención de las provincias, y que se expresa allí con exageración deliberada diciendo: es preciso llevar al extremo y compensar así una con otra las dos tendencias: la centralista y la autonomista. Y esto no por accidente, sino creyendo precisamente que sólo habrá en España verdadero y saludable centralismo —es decir, Estado— cuando haya vigoroso autonomismo y viceversa. A este pensamiento, raíz precisa, rigorosa de mi doctrinal político, proporcioné una modesta base histórica en mi libro España invertebrada, publicado hace diez u once años. Aquí no hay, pues, más circunstancial que el señor Bello mismo.
Quinta. Consecuencia inmediata del anterior principio es la total incompatibilidad de mis ideas autonomistas con ese lamentable federalismo de casino suburbano que circula aún por España, con respecto al cual, por decoro de las ideas republicanas, pido una y otra vez que cuando menos sea revisado y puesto al día el surtido de sus conceptos.
Sexta. Cuando yo he defendido en el Parlamento y presentado como voto particular la política de la organización autonómica para toda España, estuvieron con olímpico desdén enfrente de ella todos estos señores que, como el señor Bello, ejercen ahora, con ocasión de Cataluña, el oficio de prestes del autonomismo. Porque conviene recordar el ligerísimo detalle de que soy yo, y no el señor Bello, quien, en la hora oportuna, pidió que se organizase todo el país autonómicamente. Lo que hice entonces y sigo haciendo ahora es oponerme a que «se conceda una prima al nacionalismo».
Luz, 8 de agosto de 1932
MEMORIAS DE QUINCE MESES
Madrid, julio de 1932
PREPARACIÓN
Los hechos acontecidos en la vida pública española desde abril de 1931 constan a todos suficientemente. No hay, pues, urgencia alguna para que se haga un relato, una historia de esos quince meses. En cambio, no se ha intentado todavía un análisis político de aquellos hechos, un ensayo de interpretarlos poniendo al aire sus raíces, la razón de por qué fueron así y por qué no fueron de otro modo. Un estudio de esta índole contribuiría no poco a aclarar el presente e iluminar la patética tiniebla en que se emboza siempre el porvenir humano. En las notas subsecuentes se hallará algo de ese análisis político; no son memorias de hechos, sino memorias de juicios, de interpretaciones. Sin embargo, su propósito es muy limitado. Yo he manifestado mi discrepancia respecto a la política que se ha seguido, y quedo obligado a fijar con toda precisión las líneas de la divergencia. No creo que quepa otra forma más leal y completa de hacerlo que repasar lo acontecido y dibujar ante cada situación la actitud que a mi juicio debió adoptarse. Pero como sería demasiado cómodo corregir las actitudes post festum yo debo recoger ahora las palabras que en cada hora dije, las cuales fueron casi siempre paladinas, pero a veces tuvieron sólo el carácter de insinuación impuesto por la oportunidad.
Por otra parte, estas memorias no llevan una finalidad contemplativa, sino que quisieran servir a la política del día. Llevan, pues, prisa y tienen que renunciar al atributo más característico de las memorias, que es la delectación morosa. Intentemos comprimir en pocos artículos toda la doctrina. Pareja operación comprensiva no es nada fácil. Porque, no se le dé vueltas, las divergencias «políticas» proceden siempre de discrepancias más hondas en el modo de pensar histórico, económico, jurídico, filosófico. Será, por tanto, ineludible que yo enuncie por qué razones previas a la política repruebo una política y recomiendo otra. Mas no tema el lector que me pierda y le pierda a él en una selva de razonamientos. Formularé aquellas mis convicciones prepolíticas con un laconismo extremo, pero ello compromete al lector a no confundir el laconismo de la enunciación con pretensiones dogmáticas por mi parte. Por ejemplo: una de las matrices que engendran nuestras apreciaciones políticas es la idea que tengamos de cómo es nuestro pueblo en sus reacciones individuales y colectivas. Sería ilusorio que yo pretendiera ahora razonar debidamente por qué pienso que el hombre y la sociedad españoles son de tal modo y no de otro. El menor intento de ello consumiría demasiadas columnas y páginas del periódico. La idea que cada cual tiene del hombre español es resumen de toda una vida cargada de observaciones sobre nuestro presente y nuestro pasado, lecturas, datos, reflexiones, análisis. Imposible querer transmitir en pocas líneas toda esa enorme masa de cosas pensadas, vistas, leídas. Precisamos, a los efectos de ahora, un seco laconismo. Después de todo, las memorias no son ciencia, sino confesión.
Desde hacía muchos años procuraba yo atraer la atención no sólo de los políticos sino de los historiadores, sobre el hecho evidentísimo de que España ha sido siempre un país anormalmente exento de revoluciones. No se comprende cómo un hecho tan evidente ha pasado inadvertido. Pero, además, era para mí una experiencia curiosa presenciar la irritación que en «izquierdas» y «derechas» producía esta observación. A los unos les irritaba que hiciese yo constar la ausencia de revoluciones; a los otros les irritaba que considerase esta ausencia como un carácter anormal de nuestra historia. Y el caso es que ambas cosas son verdades incontrovertibles. La ausencia de revoluciones, porque es un hecho innegable. La anormalidad, por esta sencilla consideración: no podemos hacer calificación de alguna importancia sobre nuestra historia si no contemplamos a España moviéndose sobre el fondo de naciones afines con quienes ha convivido, sobre el paisaje de la comunidad europea dentro del cual indiscutiblemente se halla inscrita. Ahora bien: la revolución ha sido el modo normal de producirse ciertos grandes cambios en la vida pública de las demás naciones occidentales, «lo mismo en las de condición inquieta e innovadora, como Francia, que en las de temple profundamente conservador, como Inglaterra». Esta última indicación es importante para que no se esterilice la cuestión diciendo, sin más ni más, que España no es revolucionaria «porque» es conservadora. Esta idea, muy extendida en el extranjero y aun entre nosotros mismos, de que España es conservadora por naturaleza, estorba grandemente para la comprensión de nuestro ser. Sin discutirla ahora, ensayemos, por simple cautela, prescindir de ella.
En cambio, debemos preguntarnos qué significa concretamente para los efectos de la previsión política que un pueblo no sea revolucionario.
Hay revolución cuando a los defectos y errores de un régimen político responde con cierta prontitud una parte de la sociedad que se constituye como oposición extragubernamental y logra, «en cuanto tal oposición», fuerza suficiente para luchar con el poder constituido. Por mucho que se quiera volatilizar la idea de revolución política, no habrá manera de amputarle este componente de lucha.
In an article that Señor Bello published on Saturday in Luz it is said that I, «for political, circumstantial motives, have reduced for Catalonia the quota of attributions corresponding to the region —to the great district—, according to a criterion not of now but of years ago». It is already the fourth or fifth time that, openly or allusively, Señor Bello makes this exemplarily gratuitous and arbitrary assertion. Against it I set the following observations:
First. In La redención de las provincias and in the other series of articles —for there have been several— which before the gathering in that volume set forth my policy of regional autonomies, I exclude those Spanish regions which, like Catalonia and the Basque Country, raise besides a question totally distinct from autonomy and which it is not worth cheaply —what a torrent of huckstering has flooded republican politics!— confusing with it: the nationalist question.
Second. That exclusion does not mean that I thought for those regions a lesser autonomy than for the others. In no way. The thesis of my autonomist policy consists in arriving at the possible solution of the problem those regions raise, avoiding treating it separately. Hence I analyze the needs of the rest of Spain, setting aside provisionally, for reasons of method, the nationalist districts. If, thinking of that rest of Spain, we find that it demands an autonomist reorganization, we shall have found a Spanish, national, common, and organic solution to the soluble portion of the nationalist demand. But it cannot be denied that there remains the insoluble or hardly soluble residue, and this requires, of course, a special treatment. Whatever fogs Señor Bello may wish to manufacture, the question of an Andalusian regional university and that of a Catalan university are not identical. To pretend to feign that identity is only to make difficult the relations between Señor Bello’s readers and the truth of things.
Third. In La redención de las provincias and in the earlier series —even without referring the doctrine to Catalonia— I always record that the State may maintain or create in the regions, alongside and even facing the regional teaching centers and other institutes that are not for teaching, establishments of its own. This presence and direct action of the State in the region develops the idea of what I call «regulatory institutions».
Fourth. This idea, in turn, is but a secondary and detailed application of the principle that inspires the whole book La redención de las provincias, and that is expressed there with deliberate exaggeration saying: it is necessary to carry to the extreme and thus compensate one with the other the two tendencies: the centralist and the autonomist. And this not by accident, but believing precisely that there will be in Spain true and healthy centralism —that is, State— only when there is vigorous autonomism, and vice versa. To this thought, the precise, rigorous root of my political doctrine, I provided a modest historical basis in my book España invertebrada, published ten or eleven years ago. Here, then, there is no more circumstantial than Señor Bello himself.
Fifth. An immediate consequence of the foregoing principle is the total incompatibility of my autonomist ideas with that lamentable suburban-casino federalism that still circulates through Spain, with respect to which, for the decorum of republican ideas, I ask again and again that at least the stock of its concepts be revised and brought up to date.
Sixth. When I have defended in Parliament and presented as a special vote the policy of the autonomic organization for the whole of Spain, all these gentlemen stood with Olympian disdain before it, these gentlemen who, like Señor Bello, now exercise, on the occasion of Catalonia, the office of priests of autonomism. For it is worth remembering the very slight detail that it is I, and not Señor Bello, who, at the opportune hour, asked that the whole country be organized autonomically. What I did then and continue to do now is to oppose that «a premium be granted to nationalism».
Luz, 8 August 1932
MEMOIRS OF FIFTEEN MONTHS
Madrid, July 1932
PREPARATION
The events that have taken place in Spanish public life since April 1931 are sufficiently known to all. There is, then, no urgency at all for a narration, a history of those fifteen months to be made. Instead, a political analysis of those events has not yet been attempted, an essay of interpreting them by laying bare their roots, the reason why they were thus and why they were not otherwise. A study of this kind would contribute not a little to clarifying the present and illuminating the pathetic darkness in which the human future always wraps itself. In the subsequent notes will be found something of that political analysis; they are not memoirs of facts, but memoirs of judgments, of interpretations. Nevertheless, their purpose is very limited. I have manifested my disagreement with the policy that has been followed, and I remain obliged to fix with all precision the lines of the divergence. I do not believe there is a more loyal and complete way of doing so than to review what happened and to draw before each situation the attitude that, in my judgment, ought to have been adopted. But since it would be all too convenient to correct attitudes post festum, I must now gather up the words that I said at each hour, which were almost always open, but at times had only the character of insinuation imposed by opportunity.
On the other hand, these memoirs do not carry a contemplative purpose, but would wish to serve the politics of the day. They are, then, in a hurry and must renounce the most characteristic attribute of memoirs, which is lingering delectation. Let us try to compress in a few articles the whole doctrine. Such a comprehensive operation is not at all easy. Because, let there be no doubt, «political» divergences always proceed from deeper discrepancies in the historical, economic, juridical, philosophical way of thinking. It will therefore be unavoidable that I state for what reasons, prior to politics, I disapprove of one policy and recommend another. But let the reader not fear that I lose myself, and lose him too, in a forest of reasoning. I shall formulate those prepolitical convictions of mine with extreme laconism, but that commits the reader not to confuse the laconism of the enunciation with dogmatic pretensions on my part. For example: one of the matrices that engender our political appreciations is the idea we have of what our people is like in its individual and collective reactions. It would be illusory for me to pretend now to reason properly why I think that Spanish man and Spanish society are of such a manner and not of another. The least attempt at it would consume too many columns and pages of the newspaper. The idea that each one has of the Spanish man is the summary of a whole life laden with observations on our present and our past, readings, data, reflections, analyses. It is impossible to wish to transmit in a few lines all that enormous mass of things thought, seen, read. We need, for the purposes of now, a dry laconism. After all, memoirs are not science, but confession.
For many years I sought to draw the attention not only of politicians but of historians to the most evident fact that Spain has always been a country abnormally free of revolutions. One cannot understand how so evident a fact has gone unnoticed. But, besides, it was for me a curious experience to witness the irritation that this observation produced in «lefts» and «rights». Some were irritated that I recorded the absence of revolutions; others were irritated that I considered this absence an abnormal character of our history. And the case is that both things are incontrovertible truths. The absence of revolutions, because it is an undeniable fact. The abnormality, for this simple consideration: we cannot make any qualification of importance about our history if we do not contemplate Spain moving against the background of kindred nations with which it has lived together, against the landscape of the European community within which it is indisputably inscribed. Now then: revolution has been the normal way certain great changes come about in the public life of the other Western nations, «alike in those of restless and innovative condition, like France, as in those of profoundly conservative temper, like England». This last indication is important so that the question may not be sterilized by saying, without more ado, that Spain is not revolutionary «because» it is conservative. This idea, very widespread abroad and even among ourselves, that Spain is conservative by nature, greatly obstructs the understanding of our being. Without discussing it now, let us try, by simple caution, to set it aside.
Instead, we must ask ourselves what it concretely means, for the purposes of political foresight, that a people should not be revolutionary.
There is revolution when, to the defects and errors of a political regime, a part of society responds with a certain promptness, constituting itself as an extra-governmental opposition and managing, «as such an opposition», to attain sufficient force to fight with the constituted power. However much one may wish to volatilize the idea of political revolution, there will be no way of amputating from it this component of struggle.
In un articolo che il signor Bello pubblicò sabato su Luz si dice che io, «per motivi politici, circostanziali, ho ridotto per la Catalogna la quota di attribuzioni corrispondenti alla regione —alla grande comarca—, secondo un criterio non di adesso, ma di anni fa». È già la quarta o quinta volta che, apertamente o allusivamente, il signor Bello fa questa affermazione esemplarmente gratuita e arbitraria. A essa oppongo le seguenti osservazioni:
Prima. In La redención de las provincias e nelle altre serie di articoli —perché sono state parecchie— che, anteriormente alla raccolta in quel volume, espongono la mia politica di autonomie regionali, escludo quelle regioni spagnole che, come la Catalogna e la Vasconia, sollevano inoltre una questione totalmente diversa dall’autonomia e che non vale, a buon mercato —che torrente di baratteria ha inondato la politica repubblicana!— confonderla con essa: la questione nazionalista.
Seconda. Quella esclusione non significa che io pensassi per quelle regioni un’autonomia minore che per le altre. In nessun modo. La tesi della mia politica autonomista consiste nel giungere alla possibile soluzione del problema che quelle regioni sollevano, evitando di trattarlo separatamente. Perciò analizzo i bisogni del resto della Spagna, lasciando da parte provvisoriamente, per ragione di metodo, le comarche nazionaliste. Se pensando a quel resto di Spagna troviamo che esso esige una riorganizzazione autonomica, avremo trovato una soluzione spagnola, nazionale, comune e organica alla porzione solubile della domanda nazionalista. Ma non si può negare che resti il residuo insolubile o difficilmente solubile, e questo richiede, naturalmente, un trattamento speciale. Per quante nebbie il signor Bello voglia fabbricare, non è identica la questione di una università regionale andalusa e quella di una università catalana. Pretendere di fingere quella identità non è che rendere difficili le relazioni tra i lettori del signor Bello e la verità delle cose.
Terza. In La redención de las provincias e nelle serie anteriori —pur non riferendo la dottrina alla Catalogna— faccio sempre constare che lo Stato potrà mantenere o creare nelle regioni, accanto e anche di fronte ai centri di insegnamento regionali e ad altri istituti che non sono di insegnamento, stabilimenti propri. Questa presenza e attuazione diretta dello Stato nella regione sviluppa l’idea di ciò che io denomino «istituzioni regolatrici».
Quarta. Questa idea, a sua volta, non è che un’applicazione secondaria e di dettaglio del principio che ispira tutto il libro La redención de las provincias, e che vi si esprime con deliberata esagerazione dicendo: è necessario portare all’estremo e compensare così l’una con l’altra le due tendenze: la centralista e l’autonomista. E questo non per accidente, ma credendo precisamente che ci sarà in Spagna vero e sano centralismo —cioè Stato— solo quando ci sarà vigoroso autonomismo e viceversa. A questo pensiero, radice precisa, rigorosa del mio dottrinale politico, fornii una modesta base storica nel mio libro España invertebrada, pubblicato dieci o undici anni fa. Qui non c’è, dunque, più circostanziale che il signor Bello stesso.
Quinta. Conseguenza immediata del principio precedente è la totale incompatibilità delle mie idee autonomiste con quel lamentevole federalismo da casino suburbano che circola ancora per la Spagna, rispetto al quale, per decoro delle idee repubblicane, chiedo una volta e l’altra che, quanto meno, sia rivisto e aggiornato il corredo dei suoi concetti.
Sesta. Quando io ho difeso in Parlamento e presentato come voto particolare la politica dell’organizzazione autonomica per tutta la Spagna, stettero con olimpico disdegno di fronte ad essa tutti questi signori che, come il signor Bello, esercitano ora, in occasione della Catalogna, l’ufficio di sacerdoti dell’autonomismo. Perché conviene ricordare il leggerissimo dettaglio che sono io, e non il signor Bello, colui che, nell’ora opportuna, chiese che tutto il paese si organizzasse autonomamente. Ciò che feci allora e seguita a fare ora è oppormi a che «si conceda una primia al nazionalismo».
Luz, 8 agosto 1932
MEMORIE DI QUINDICI MESI
Madrid, luglio 1932
PREPARAZIONE
I fatti accaduti nella vita pubblica spagnola dall’aprile 1931 sono a tutti sufficientemente noti. Non c’è, dunque, urgenza alcuna perché si faccia una narrazione, una storia di quei quindici mesi. Invece, non si è ancora tentato un’analisi politica di quei fatti, un saggio di interpretarli mettendo allo scoperto le loro radici, la ragione del perché furono così e del perché non furono altrimenti. Uno studio di tal genere contribuirebbe non poco a chiarire il presente e a illuminare la patetica tenebra in cui si ravvolge sempre l’avvenire umano. Nelle note successive si troverà qualcosa di quell’analisi politica; non sono memorie di fatti, ma memorie di giudizi, di interpretazioni. Tuttavia, il loro proposito è molto limitato. Io ho manifestato la mia discrepanza rispetto alla politica che si è seguita, e resto obbligato a fissare con tutta precisione le linee della divergenza. Non credo che ci sia altra forma più leale e completa di farlo che ripassare l’accaduto e disegnare dinanzi a ogni situazione l’atteggiamento che, a mio giudizio, si sarebbe dovuto adottare. Ma poiché sarebbe troppo comodo correggere gli atteggiamenti post festum, io devo raccogliere ora le parole che dissi in ogni ora, le quali furono quasi sempre aperte, ma a volte ebbero solo il carattere di insinuazione imposto dall’opportunità.
D’altra parte, queste memorie non portano una finalità contemplativa, ma vorrebbero servire alla politica del giorno. Portano, dunque, fretta e devono rinunciare all’attributo più caratteristico delle memorie, che è la dilettazione morosa. Tentiamo di comprimere in pochi articoli tutta la dottrina. Pari operazione comprensiva non è per niente facile. Perché, non se ne dia volta, le divergenze «politiche» procedono sempre da discrepanze più profonde nel modo di pensare storico, economico, giuridico, filosofico. Sarà, perciò, ineludibile che io enunci per quali ragioni previe alla politica riprovo una politica e ne raccomando un’altra. Ma non tema il lettore che io mi perda e perda anche lui in una selva di ragionamenti. Formulerò quelle mie convinzioni prepolitiche con un laconismo estremo, ma ciò impegna il lettore a non confondere il laconismo dell’enunciazione con pretese dogmatiche da parte mia. Per esempio: una delle matrici che generano le nostre apprezzazioni politiche è l’idea che abbiamo di com’è il nostro popolo nelle sue reazioni individuali e collettive. Sarebbe illusorio che io pretendessi ora di ragionare debitamente perché penso che l’uomo e la società spagnoli siano in tal modo e non in un altro. Il minimo tentativo di ciò consumerebbe troppe colonne e pagine del giornale. L’idea che ciascuno ha dell’uomo spagnolo è riassunto di tutta una vita carica di osservazioni sul nostro presente e sul nostro passato, letture, dati, riflessioni, analisi. Impossibile voler trasmettere in poche righe tutta quell’enorme massa di cose pensate, viste, lette. Precisiamo, agli effetti di adesso, un secco laconismo. Dopo tutto, le memorie non sono scienza, ma confessione.
Da molti anni cercavo di attirare l’attenzione non solo dei politici ma anche degli storici sull’evidentissimo fatto che la Spagna è stata sempre un paese anormalmente esente da rivoluzioni. Non si comprende come un fatto così evidente sia passato inosservato. Ma, inoltre, era per me un’esperienza curiosa presenziare all’irritazione che questa osservazione produceva in «sinistre» e «destre». Agli uni irritava che io facessi constare l’assenza di rivoluzioni; agli altri irritava che considerassi questa assenza come un carattere anormale della nostra storia. E il caso è che entrambe le cose sono verità incontrovertibili. L’assenza di rivoluzioni, perché è un fatto innegabile. L’anormalità, per questa semplice considerazione: non possiamo fare qualificazione di qualche importanza sulla nostra storia se non contempliamo la Spagna muoversi sullo sfondo di nazioni affini con cui ha convissuto, sul paesaggio della comunità europea entro cui indiscutibilmente si trova iscritta. Ora: la rivoluzione è stata il modo normale di prodursi certi grandi cambiamenti nella vita pubblica delle altre nazioni occidentali, «tanto in quelle di condizione inquieta e innovatrice, come la Francia, quanto in quelle di tempra profondamente conservatrice, come l’Inghilterra». Quest’ultima indicazione è importante perché la questione non si sterilizzi dicendo, senza più, che la Spagna non è rivoluzionaria «perché» è conservatrice. Questa idea, molto diffusa all’estero e anche tra noi stessi, che la Spagna sia conservatrice per natura, ostacola grandemente la comprensione del nostro essere. Senza discuterla ora, proviamo, per semplice cautela, a prescinderne.
Invece, dobbiamo domandarci che cosa significhi concretamente, agli effetti della previsione politica, che un popolo non sia rivoluzionario.
C’è rivoluzione quando ai difetti e agli errori di un regime politico risponde con una certa prontezza una parte della società che si costituisce come opposizione extra-governativa e riesce, «in quanto tale opposizione», a raggiungere forza sufficiente per lottare col potere costituito. Per quanto si voglia volatilizzare l’idea di rivoluzione politica, non ci sarà modo di amputarle questa componente di lotta.
Pero la lucha supone que cuando la oposición tiene ya fuerza suficiente para combatir el poder público, éste conserva todavía buena parte de la suya. Sólo así acontecerá que en cierto instante dos fuerzas opuestas coexisten y se enfrontan dentro del ámbito nacional. La revolución significa, pues, que el país se divide radicalmente en dos bandos, ninguno de los cuales es mínimo. Esto ha acaecido en Inglaterra, en Francia, en Alemania, en Italia (en estos dos últimos países con menos claridad por la interferencia que en sus revoluciones producía su falta de unidad estatal).
Imaginemos ahora el caso de un país donde la oposición es tan lenta en condensar su fuerza de combate que da tiempo para que el poder público, persistiendo en sus errores, se enajene prácticamente la sociedad entera. Entonces el régimen cae, pero no en virtud de una lucha «con» la oposición, sino por asfixia, merced a que el pueblo íntegro le ha retirado su adhesión. Lo verdaderamente característico de un país donde las cosas acontecen de este modo es que en él no llega a formarse nunca una oposición que merezca el nombre de tal, y por eso no hay en él revolución. Como ésta viene a ser el cortocircuito histórico, la historia de una nación así se arrastra inevitablemente con tempo lento. Para que en ella se produzca un cambio profundo hay que esperar a que la sociedad entera se desplace. Yo creo que este caso ha sido siempre el de España. Nuestro pueblo, o cambia en bloque o no cambia. Somos un pueblo tardígrado, lo cual no tiene por qué apenarnos. Es un estilo vital como otro cualquiera aunque opuesto al normal de Europa, y si implica algunos inconvenientes contiene otras grandes ventajas. Nuestra marcha por los espacios históricos se parece mucho a la de las caravanas, en que el camello adalid no empieza a caminar hasta que el último y zaguero no esté ya cargado.
Esta convicción me hizo pronosticar que la Monarquía de Sagunto moriría como nació: sin revolución. El vaticinio era paradójico, pero el hecho es que se cumplió. La República nace sin lucha y una vez más se cumple en ella la misteriosa ley de nuestra historia según la cual «en España no ha habido nunca ni vencedores ni vencidos». Porque éste es el corolario inevitable de que un pueblo no sea revolucionario: que, para los efectos de la vida pública, no está nunca dividido en dos, uno encima del otro pesando sobre éste y oprimiéndolo. La misma causa que impide la revolución «ha impedido siempre en España la dictadura violenta». ¿Cómo no sorprende también el hecho de esta otra ausencia? ¿Se tienen bien presentes las atrocidades que un régimen de opresión ha ejecutado una y otra vez en los demás pueblos europeos? En este punto la diferencia entre el nuestro y los demás de Europa es radical y permanente. Tan permanente que para advertirla no necesitamos confinarnos en la Edad Moderna. La Edad Media española presenta ya con claridad superlativa esta peculiaridad de nuestro cuerpo social. «Tampoco en nuestra Edad Media las clases gobernantes oprimieron duramente a las gobernadas» —se entiende siempre, en comparación con lo acontecido en el resto de Europa.
La Nación, 20 de agosto de 1932
But struggle presupposes that when the opposition already has sufficient force to combat the public power, the latter still conserves a good part of its own. Only thus will it happen that at a certain instant two opposed forces coexist and confront each other within the national ambit. Revolution signifies, then, that the country divides itself radically into two camps, neither of which is minimal. This has occurred in England, in France, in Germany, in Italy (in these last two countries with less clarity, because of the interference that their lack of state unity produced in their revolutions).
Let us now imagine the case of a country where the opposition is so slow in condensing its combat force that it gives time for the public power, persisting in its errors, to alienate practically the whole society. Then the regime falls, but not by virtue of a struggle «with» the opposition, but by asphyxiation, thanks to the fact that the entire people has withdrawn its adherence from it. What is truly characteristic of a country where things happen in this way is that in it an opposition worthy of the name never comes to be formed, and for that reason there is no revolution in it. Since the latter comes to be the historical short-circuit, the history of such a nation drags along inevitably at a slow tempo. For a profound change to occur in it, one must wait for the whole society to shift. I believe this has always been the case of Spain. Our people either changes en bloc or does not change. We are a slow-moving people, which need not grieve us. It is a vital style like any other, though opposed to the normal one of Europe, and if it implies some inconveniences it contains other great advantages. Our march through historical spaces greatly resembles that of the caravans, in which the leading camel does not begin to walk until the last, the rearguard one, is already laden.
This conviction made me predict that the Monarchy of Sagunto would die as it was born: without revolution. The prophecy was paradoxical, but the fact is that it was fulfilled. The Republic is born without struggle and once more there is fulfilled in it the mysterious law of our history according to which «in Spain there have never been either victors or vanquished». Because this is the inevitable corollary of a people’s not being revolutionary: that, for the purposes of public life, it is never divided in two, one above the other weighing on the latter and oppressing it. The very cause that prevents revolution «has always prevented violent dictatorship in Spain». How is one not surprised also at the fact of this other absence? Are the atrocities that a regime of oppression has executed again and again in the other European peoples well borne in mind? At this point the difference between ours and the others of Europe is radical and permanent. So permanent that to notice it we do not need to confine ourselves to the Modern Age. The Spanish Middle Ages already presents with superlative clarity this peculiarity of our social body. «Nor in our Middle Ages did the governing classes oppress harshly the governed» —always understood, in comparison with what has happened in the rest of Europe.
La Nación, 20 August 1932
Ma la lotta suppone che quando l’opposizione ha già forza sufficiente per combattere il potere pubblico, questo conservi ancora buona parte della propria. Solo così accadrà che in un certo istante due forze opposte coesistano e si affrontino entro l’ambito nazionale. La rivoluzione significa, dunque, che il paese si divide radicalmente in due fazioni, nessuna delle quali è minima. Questo è accaduto in Inghilterra, in Francia, in Germania, in Italia (in questi due ultimi paesi con meno chiarezza per l’interferenza che nelle loro rivoluzioni produceva la loro mancanza di unità statale).
Immaginiamo ora il caso di un paese dove l’opposizione è così lenta a condensare la sua forza di combattimento che dà tempo al potere pubblico, persistendo nei suoi errori, di alienarsi praticamente l’intera società. Allora il regime cade, ma non in virtù di una lotta «con» l’opposizione, bensì per asfissia, mercé il fatto che il popolo intero gli ha ritirato la propria adesione. Ciò che è veramente caratteristico di un paese dove le cose accadono in questo modo è che in esso non giunge mai a formarsi un’opposizione che meriti il nome di tale, e perciò non c’è in esso rivoluzione. Siccome questa viene a essere il cortocircuito storico, la storia di una nazione così si trascina inevitabilmente con tempo lento. Perché in essa si produca un cambiamento profondo bisogna aspettare che la società intera si sposti. Io credo che questo caso sia stato sempre quello della Spagna. Il nostro popolo, o cambia in blocco o non cambia. Siamo un popolo tardigrado, il che non ha perché affliggerci. È uno stile vitale come un altro qualunque, sebbene opposto a quello normale dell’Europa, e se implica alcuni inconvenienti contiene altre grandi vantaggi. La nostra marcia per gli spazi storici somiglia molto a quella delle carovane, in cui il cammello guida non comincia a camminare finché l’ultimo, il retroguardia, non sia già carico.
Questa convinzione mi fece pronosticare che la Monarchia di Sagunto sarebbe morta com’era nata: senza rivoluzione. Il vaticinio era paradossale, ma il fatto è che si è compiuto. La Repubblica nasce senza lotta e una volta di più si compie in essa la misteriosa legge della nostra storia secondo la quale «in Spagna non ci sono mai stati né vincitori né vinti». Perché questo è il corollario inevitabile del fatto che un popolo non sia rivoluzionario: che, agli effetti della vita pubblica, non è mai diviso in due, uno sopra l’altro, gravando su questo e opprimendolo. La stessa causa che impedisce la rivoluzione «ha impedito sempre in Spagna la dittatura violenta». Come non sorprende anche il fatto di quest’altra assenza? Si tengono ben presenti le atrocità che un regime di oppressione ha eseguito una volta e l’altra negli altri popoli europei? In questo punto la differenza tra il nostro e gli altri d’Europa è radicale e permanente. Tanto permanente che per avvertirla non abbiamo bisogno di confinarci nell’Età Moderna. Il Medioevo spagnolo presenta già con chiarezza superba questa peculiarità del nostro corpo sociale. «Nemmeno nel nostro Medioevo le classi governanti oppressero duramente le governate» —s’intende sempre, in confronto a quanto è accaduto nel resto d’Europa.
La Nación, 20 agosto 1932