Ortega y Gasset

Abstract

The sample consists entirely of a quoted speech against the idea of annexing Portugal: three conditions would be needed—that Europe tolerate it, that Spain want it, that Portugal let itself be conquered—and none obtains. A reported political text, not a philosophical argument by Ortega.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

«Anexión de Portugal. A esto se alude vagamente, amigos y correligionarios de Granada, cuando se habla por alguien de una posible intervención armada de España en la República vecina. Es una de las muchas imprudencias con que sueñan a diario los pocos, poquísimos españoles que tienen la vanidad imperialista, y que por tenerla, revelan desconocer tanto a su país como al pueblo lusitano. Doy de barato que semejante idea sea el fruto de una exaltación patriótica. No he de inferirles el agravio de suponer lo contrario. Mas habremos de convenir en que hay exaltaciones de patriotismo que, por lo que tienen de nocivas y perturbadoras, merecen la camisa de fuerza. Y ésta es una de ellas.

»¡Conquista de Portugal! ¡Anexión de Portugal! ¡Ahí es nada! Para lograrlo serían precisas, cuando menos, tres condiciones: que Europa la tolerase, que España la quisiera y que Portugal se dejara conquistar. Me parece que ninguna de las tres condiciones se da en el presente caso. La voz de Europa la lleva en este asunto Inglaterra, y teniendo, como tiene, un Tratado de alianza con Portugal, no habría de permitir, y haría bien, que nadie, con mengua del Derecho, atentara contra la independencia y menoscabara en lo más mínimo la soberanía de aquel pueblo hermano nuestro. Aun suponiendo, lo que para mí es improbable, que Alemania fuese vencedora e Inglaterra vencida, no habría de permitir aquélla, por odio a Portugal, que España le arrebatara caprichosamente su territorio, formando así la nacionalidad ibérica y echando de nuevo en Europa las bases de su futura grandeza. De tolerar esta expoliación mil veces inicua, sería Alemania quien la realizara, y la realización, no lo dudéis, en su favor, ya que al hacerlo no sólo adquiría una poderosa base naval en el Atlántico, consolidando así su preponderancia en el mar, sino que, al poner su planta en el pueblo lusitano, esclavizaría totalmente a España bajo su autoridad y su capricho.

»De modo, correligionarios, que lo mismo en un caso que en otro Europa no sancionaría con su aquiescencia ese sacrificio de Portugal en favor de España. Presumir lo contrario es una aberración, tan sólo propia de cabezas enfermas. Mas, discurriendo aun en la hipótesis inverosímil de que tal expoliación se realizara con el silencio de Europa, yo afirmo que ni España sería capaz de cometer semejante infamia, ni Portugal pasaría por el oprobio de consentirla. Una y otra nación recuerdan todavía aquellos ochenta y tres años de dominación austríaca que empezaron en la época de Felipe II y terminaron, con la política del conde duque de Olivares, en la época de Felipe IV. Ni una ni otra quieren que se repitan aquellos luctuosos sucesos: lo que desean, por el contrario, es que los lazos del cariño vayan fortaleciendo cada día con mayor ahínco la aproximación que reclaman de consuno sus intereses recíprocos.

»España, además, está cansada de esa política conquistadora, de aventuras locas, que ha enervado considerablemente su vitalidad y le ha conducido al estado de decadencia en que hoy se encuentra. España, en fin, sabe que Portugal ama su independencia con idolatría, con fanatismo, con la misma pasión salvaje con que los españoles aman la suya, y sabe también que antes de perderla sabría santificar su suelo con el heroísmo y la sangre de sus hijos. ¿Adónde, pues, nos conducen esos imperialistas con sus aberraciones fratricidas? Por bien de todos conviene no dar oídos siquiera a tales locuras. ¡Oídlo bien! Portugal y España quieren vivir como hermanas, ya que tienen el presentimiento de que la Historia les reserva en el porvenir una misión común, llena de prestigios y de glorias.

»En aras de esta misión necesitan estrechar por de pronto sus relaciones económicas y políticas, haciéndolas cada día más intensas y más íntimas, única manera de que Portugal y España puedan conjuntamente practicar en alguna fecha una misma política internacional y presentarse mañana ante Europa llevando la voz de Iberia, que ambas y cada una de ellas representan.

»De aquí mi ardiente deseo de que trabajemos sin descanso por concertar una alianza entre los dos pueblos, sobre la base única e indestructible del recíproco respeto a la independencia y a la soberanía de ambas naciones.

»Laboremos por conseguirlo. Será una obra bienhechora que nos enaltezca a todos; y entonces, sólo entonces, con el pensamiento puesto en los intereses comunes, españoles y portugueses realizaremos la obra fecunda de civilización y de progreso a que nos requiere nuestro pasado y que será seguramente la más eficaz garantía de nuestra grandeza futura.

»Pero ya que os hablo de Portugal, permitidme, correligionarios de Granada, que exteriorice aquí lo que constituye, en el orden de la política internacional, el mayor empeño del partido reformista: me refiero a la política americana».

«Annexation of Portugal. To this one alludes vaguely, friends and co-religionists of Granada, when someone speaks of a possible armed intervention of Spain in the neighbouring Republic. It is one of the many imprudences with which the few, very few Spaniards who have the imperialist vanity dream daily, and who, for having it, reveal themselves to know neither their country nor the Lusitanian people. I take for granted that such an idea is the fruit of a patriotic exaltation. I shall not infer upon them the injury of supposing the contrary. But we shall have to agree that there are exaltations of patriotism which, for what they have of harmful and perturbing, deserve the straitjacket. And this is one of them.

»Conquest of Portugal! Annexation of Portugal! Aha, that is nothing! To achieve it there would be necessary, at the least, three conditions: that Europe tolerate it, that Spain want it and that Portugal let itself be conquered. It seems to me that none of the three conditions is given in the present case. The voice of Europe is carried in this matter by England, and having, as it has, a Treaty of alliance with Portugal, it would not have to permit, and would do well, that anyone, with detriment of Right, should attack the independence and diminish in the least the sovereignty of that people our brother. Even supposing, what for me is improbable, that Germany were victor and England vanquished, she would not have to permit, out of hatred of Portugal, that Spain capriciously snatch away its territory, thus forming the Iberian nationality and laying again in Europe the bases of its future greatness. If it were to tolerate this expoliation a thousand times iniquitous, it would be Germany who realized it, and the realization, do not doubt it, in her favour, since in doing so she not only acquired a powerful naval base in the Atlantic, thus consolidating her preponderance on the sea, but also, setting her foot on the Lusitanian people, would totally enslave Spain under her authority and her caprice.

»Thus, co-religionists, that as much in one case as in the other Europe would not sanction with its acquiescence that sacrifice of Portugal in favour of Spain. To presume the contrary is an aberration, proper only to sick heads. But, reasoning even in the improbable hypothesis that such expoliation were realized with the silence of Europe, I affirm that neither would Spain be capable of committing such an infamy, nor would Portugal pass through the opprobrium of consenting to it. One and the other nation still remember those eighty-three years of Austrian domination that began in the epoch of Philip II and ended, with the policy of the Count-Duke of Olivares, in the epoch of Philip IV. Neither the one nor the other wants those mournful events to be repeated: what they desire, on the contrary, is that the bonds of affection go strengthening each day with greater zeal the approximation that their reciprocal interests claim in common.

»Spain, moreover, is tired of that conquering policy, of mad adventures, which has considerably enervated its vitality and has led it to the state of decadence in which it finds itself today. Spain, in short, knows that Portugal loves its independence with idolatry, with fanaticism, with the same savage passion with which the Spaniards love their own, and knows also that before losing it it would know how to sanctify its soil with the heroism and the blood of its children. Where, then, do those imperialists lead us with their fratricidal aberrations? For the good of all it is fitting not even to give ear to such follies. Hear it well! Portugal and Spain want to live as sisters, since they have the presentiment that History reserves for them in the future a common mission, full of prestiges and glories.

»In behalf of this mission they need to tighten for the time being their economic and political relations, making them each day more intense and more intimate, the only way that Portugal and Spain may conjointly practise at some date one same international policy and present themselves tomorrow before Europe carrying the voice of Iberia, which both and each one of them represent.

»Hence my ardent desire that we work without rest to concert an alliance between the two peoples, upon the sole and indestructible basis of reciprocal respect for the independence and for the sovereignty of both nations.

»Let us labour to achieve it. It will be a beneficent work that ennobles us all; and then, only then, with the thought placed on the common interests, Spaniards and Portuguese will realize the fecund work of civilization and of progress to which our past summons us and which will surely be the most efficacious guarantee of our future greatness.

»But since I speak to you of Portugal, permit me, co-religionists of Granada, to externalize here what constitutes, in the order of international politics, the greatest endeavour of the reformist party: I refer to the American policy».

«Annessione del Portogallo. A questo si allude vagamente, amici e correligionari di Granada, quando da qualcuno si parla di una possibile intervento armato della Spagna nella Repubblica vicina. È una delle molte imprudenze con cui sognano ogni giorno i pochi, pochissimi spagnoli che hanno la vanità imperialista, e che per averla, rivelano di non conoscere né il loro paese né il popolo lusitano. Do per scontato che simile idea sia il frutto di un’esaltazione patriottica. Non devo infliggere loro l’offesa di supporre il contrario. Ma dovremo convenire che ci sono esaltazioni di patriottismo che, per ciò che hanno di nocivo e perturbatore, meritano la camicia di forza. E questa è una di esse.

»Conquista del Portogallo! Annessione del Portogallo! Eh, non è niente! Per ottenerla sarebbero necessarie, per lo meno, tre condizioni: che l’Europa la tollerasse, che la Spagna la volesse e che il Portogallo si lasciasse conquistare. Mi sembra che nessuna delle tre condizioni si dia nel presente caso. La voce dell’Europa la porta in questa faccenda l’Inghilterra, e avendo, come ha, un Trattato di alleanza con il Portogallo, non dovrebbe permettere, e farebbe bene, che nessuno, con menomazione del Diritto, attentasse contro l’indipendenza e intaccasse minimamente la sovranità di quel nostro popolo fratello. Anche supponendo, ciò che per me è improbabile, che la Germania fosse vincitrice e l’Inghilterra vinta, quella non dovrebbe permettere, per odio al Portogallo, che la Spagna le strappasse capricciosamente il suo territorio, formando così la nazionalità iberica e gettando di nuovo in Europa le basi della sua futura grandezza. Se dovesse tollerare questa spoliazione mille volte iniqua, sarebbe la Germania a realizzarla, e la realizzazione, non dubitate, in suo favore, poiché facendolo non solo acquisterebbe una potente base navale nell’Atlantico, consolidando così la sua preponderanza sul mare, ma, ponendo il suo piede sul popolo lusitano, schiavizzerebbe totalmente la Spagna sotto la sua autorità e il suo capriccio.

»Dunque, correligionari, così in un caso come nell’altro l’Europa non sanzionerebbe con la sua acquiescenza questo sacrificio del Portogallo in favore della Spagna. Presumere il contrario è un’aberrazione, propria soltanto di teste malate. Ma, ragionando ancora nell’ipotesi inverosimile che tale spoliazione si realizzasse col silenzio dell’Europa, io affermo che né la Spagna sarebbe capace di commettere simile infamia, né il Portogallo passerebbe per l’obbrobrio di consentirla. L’una e l’altra nazione ricordano ancora quei ottantatré anni di dominazione austriaca che cominciarono nell’epoca di Filippo II e terminarono, con la politica del conte duca di Olivares, nell’epoca di Filippo IV. Né l’una né l’altra vogliono che si ripetano quei luttuosi successi: ciò che desiderano, al contrario, è che i legami dell’affetto vadano rafforzando ogni giorno con maggiore impegno l’avvicinamento che reclamano di comune accordo i loro interessi reciproci.

»La Spagna, inoltre, è stanca di quella politica conquistatrice, di avventure pazze, che ha enervato considerevolmente la sua vitalità e l’ha condotta allo stato di decadenza in cui oggi si trova. La Spagna, infine, sa che il Portogallo ama la sua indipendenza con idolatria, con fanatismo, con la stessa passione selvaggia con cui gli spagnoli amano la loro, e sa anche che prima di perderla saprebbe santificare il suo suolo con l’eroismo e il sangue dei suoi figli. Dove, dunque, ci conducono quegli imperialisti con le loro aberrazioni fratricide? Per il bene di tutti conviene non dare nemmeno ascolto a tali follie. Udite bene! Portogallo e Spagna vogliono vivere come sorelle, poiché hanno il presentimento che la Storia riservi loro nell’avvenire una missione comune, piena di prestigi e di glorie.

»In nome di questa missione necessitano di stringere per il momento le loro relazioni economiche e politiche, rendendole ogni giorno più intense e più intime, unico modo perché Portogallo e Spagna possano congiuntamente praticare in qualche data una stessa politica internazionale e presentarsi domani davanti all’Europa portando la voce dell’Iberia, che entrambe e ciascuna di esse rappresentano.

»Di qui il mio ardente desiderio che lavoriamo senza riposo per concertare un’alleanza tra i due popoli, sulla base unica e indistruttibile del reciproco rispetto dell’indipendenza e della sovranità di entrambe le nazioni.

»Lavoriamo per ottenerlo. Sarà un’opera benefattrice che ci elevi tutti; e allora, solo allora, col pensiero posto negli interessi comuni, spagnoli e portoghesi realizzeremo l’opera feconda di civiltà e di progresso a cui ci richiama il nostro passato e che sarà sicuramente la più efficace garanzia della nostra grandezza futura.

»Ma poiché vi parlo del Portogallo, permettetemi, correligionari di Granada, di esteriorizzare qui ciò che costituisce, nell’ordine della politica internazionale, il maggiore impegno del partito riformista: mi riferisco alla politica americana».